lunes, 28 de noviembre de 2016

"Diario ínfimo", de Mercedes Roffé

Cada poema de Diario ínfimo (Isla de Siltolá, 2016), de Mercedes Roffé, lleva una fecha exacta, un lugar en el calendario, en el tiempo. La poesía sucede paralela al acontecer diario y se impregna de esos días, de lo que ocurre dentro y fuera de nosotros.

El adjetivo “ínfimo” nos sugiere una nota al margen, como si las palabras adquirieran la función de una frase aclaratoria. Pero no es ese su objetivo, sino el de indagar a través de las múltiples vías por las que transcurre el pensamiento y la intuición poética.

El libro se inicia con un “pero”, un obstáculo, un desdecir. Es el “pero” que inmoviliza –“un no/ una forma de no/ de doblegar/ de hundirse”–, que detiene lo que discurre y que a su vez genera un nuevo afluente.

Detrás de la caída es necesario reconstruirse, como la metáfora de las nubes en el poema “Urgencia”; con qué facilidad la nube cambia de estado, se desprende de sí misma: “desperezándose hasta/ desentenderse/ de su propia materia”. Pero en esos cambios, en eso que no fuimos o “nunca seremos”, hay un instante, una ráfaga de luz que permanece.

Indagamos en la memoria y el pasado habita en nuestro presente y nuestro futuro. De este modo leemos en el poema “Tiempos”:

no hay retornar del rayo al cielo
de la ola, a la planicie del mar
de la ceniza al silencio

y sin embargo
las horas se componen
se re-componen
laberintos de luz y sombras
en las vísceras del tiempo

Subyace en los poemas un deseo de regresar al origen para seguir avanzando: “entonces la manera de empezar/ es remontarse/ desandar cada senda”, escribe Mercedes Roffé en “Pasos”; y en el poema “Lo otro”: “Y con un gesto de la mano/ fundió/ el pasado y el presente/ el presente con lo porvenir”.

La poesía de Mercedes Roffé no es ajena al devenir histórico; así el poema “Túnez”, con fecha de 30 de junio, nos recuerda los atentados perpetrados en un complejo hotelero dos días antes: “¿qué mas indefensión que tenderse/ desnudo al sol?”.  

Hay días “en que las piedras vienen a visitarnos”, en los que la felicidad se cubre con un “pero” aplastante, como en “Todo es miedo”: “soy feliz/ o quizás podría serlo/ o lo he sido/ (…) “pero el miedo”. Días en que nos habitan el “tenaz cansancio” –“esa coraza adentro/ esa camisa de fuerza”–, las grietas, las heridas, “un surco”. Días como “Laberintos”: “la tentación de entrar/ la sospecha/ de no poder salir”.

Encontramos también en Diario ínfimo un diálogo con el arte; la poesía es ritmo, forma parte del ritmo del universo, como la música que “va dictando lo/ que (no) se ve”. La pintura, al igual que el poema, ansía detener el instante. Mercedes Roffé dialoga con obras de pintoras como Olga Rozanova, Alice Bailly, o Marianne von Werefkin, cuyos cuadros reflejan la preocupación de la poeta por la situación de las mujeres, nuestro papel en la historia y en el mundo en que vivimos. Así leemos en el poema “Mujeres de negro”:

Pero ellas van mirándose
la punta de los zapatos

no alzar la vista
ni la voz
podría decirse
         su esencia

La vuelta al origen se concentra en imágenes como las del poema “Continentes”: “como el océano/ que entra en la gota”. Se trata de una búsqueda nos lleva a una constante interrogación: “Pero/¿qué es el pasado? ¿qué el presente?”, escribe Mercedes Roffé en el poema “Indagaciones”:

memoria y percepción
¿no son coetáneos?

si la mente es perpetuo movimiento
y el tiempo es movimiento
y el ayer y el hoy se buscan
en una danza que es, a un tiempo,
repetición y réplica y
contrapunto

Porque el pasado y el presente confluyen “en ese diario de viaje/ que es la vida”, y el presente quizás sea “ese ayer revisitado siempre”.

Diario ínfimo se cierra con el poema “Conciliación o Celebración de la belleza”,  hermoso diálogo con “Siete argumentos para defender la poesía en medio del ruido”, un ensayo de Rafael Argullol, para quien la poesía nace del silencio y se aparta del ruido cotidiano para indagar dentro de nosotros. Como contrapunto escribe Mercedes Roffé:

no hay frontera
no hay
término que separe
reflexión y emoción
discernimiento y belleza

La poesía es ritmo, ritmo primigenio que nace del origen, del silencio, y se expande como el Big Bang. Es el “eco” de Osip Mandelstam, “el infinito y el viento” de Leopardi. La poesía continúa celebrando la belleza; está inmersa en el tiempo en el que nace, y se impregna a su vez de de un anhelo de eternidad.


La poesía de Mercedes Roffé se adentra en el laberinto de la memoria, busca llegar al centro y encontrar la salida. La acompaña el juego de la imaginación. Con la poesía viajamos por las fronteras interiores, nos sentimos invitados a celebrar la belleza de lo real y lo intangible; y el poema se convierte en ese “iluminado artificio” con el que “la intuición penetra el hontanar/ de enigmas que nos cerca”.

Marianne von Werefkin, Mujeres de negro, Sprengel Museum

MUJERES DE NEGRO

bolsa al hombro
–cuando no nosotras
dentro

y la soledad cada cual
como puede
–algunas, bajo el brazo
otras
quebrándoles la cadera
otra, hundiéndose
a lo lejos

¿es un río?
mujeres son
–dicen

¿un río somos?
a lo más un arroyo

y las casitas allá
alineadas
tan prolijas

y ese mundo
aun más atrás
tan alto
y fuego
y noche

Pero ellas van mirándose
la punta de los zapatos

no alzar la vista
ni la voz
podría decirse
su esencia

bajo la luz de una lámpara color miel
lee
fuma
bebe
un señor en su bata de seda azul

de las anchas solapas
sacude
–soplando apenas–
una brizna dorada
Reseña publicada en Tendencias 21

lunes, 31 de octubre de 2016

“La hija del optimista”, de Eudora Welty

La idea de morir no es más extraña que la idea de vivir. Pero sobrevivir a alguien es quizás la idea más extraña de todas.
                                   
                             Eudora Welty, La hija del optimista


En 2009 se cumplía el centenario del nacimiento de Eudora Welty (Jackson, Misisipi 1909-2001), y la editorial Impedimenta lo celebraba con la primera edición en castellano de La hija del optimista, novela que había obtenido el premio Pulitzer en 1973. El argumento es una historia sencilla, cotidiana: la enfermedad de un padre, la muerte, la aceptación del paso del tiempo, la conciencia de nuestra propia vida, la aventura de conocernos a nosotros mismos.

La novela se desarrolla en la década de los 50. El señor Mckelva, un juez retirado de 71 años, ha viajado a Nueva Orleans desde Mount Salas, una pequeña localidad de Misisipi. El motivo del viaje es visitar al doctor Courtand, antiguo vecino al que el juez había ayudado para que acabara su carrera. Acompañan al juez su hija Laurel, de unos 45 años, y su segunda esposa, Fay, algo más joven.

El señor Mckelva sentía molestias en un ojo porque se había lastimado con un rosal. Sin embargo el origen del malestar es distinto y debe operarse. Cuando el doctor le dice que la operación “no es cien por cien segura”, el juez bromea: “Bueno, soy un optimista”.

Fay, la esposa, aparece como una nota discordante. La conocemos a través de sus palabras y sus actos, a menudo teatrales, estereotipados, llenos de falsedad y reproches, lejanos al mundo de la familia Mckelva. Fay no comprende la relación de su marido con el doctor:

–Por qué actúa de ese modo tan amable? –dijo Fay mientras bajaban–. Apuesto a que cuando mande la factura sus honorarios no serán tan amables.

El optimista va a sentir por primera vez que la vida se escapa de su control. En el momento en que esperan a una ambulancia que lo traslade al hospital, Laurel percibe en su padre la actitud de “un hombre capaz de admitir una mínima incertidumbre en su futuro”.

En la novela subyacen algunos elementos autobiográficos, como el amor a los libros y a la lectura, que los padres de Eudora Welty le inculcaron a su hija. Un día en que Fay entra en la habitación del hospital sorprende a Laurel dormida en su silla, con las gafas puestas:

–¿Qué? ¿Fastidiándote los ojos también tú? Ya le dije que si no se hubiera pasado tantos años de su vida con la cabeza metida en esos libros viejos y polvorientos, ahora tendría unos ojos muy fuertes –le dijo Fay. Se acercó un poco más a la cama–. ¿Ya estás listo para levantarte, querido? –gritó–. ¡Oye eso! Está pasando un desfile en este mismo momento.

Fay pertenece a un mundo distinto, el de las conversaciones banales, los lugares comunes, la
Fotografía: The Eudora Welty Foundation
insensibilidad. Para Laurel, una mujer que vive en Chicago, donde trabaja como diseñadora, los libros forman parte de su vida:

Laurel adoraba sus propios libros, pero aún sentía más cariño por los libros de sus padres, porque eran tanto como sus propias voces. A altas horas de la noche, sus voces leyéndose mutuamente, en un lugar desde donde ella podía oírlas, sin que hubiera un silencio que los dividiera o los interrumpiera, se unían hasta convertirse en un susurro constante que envolvía a Laurel a medida que escuchaba, tan calladamente como si estuviera dormida.

Más adelante, vuelve a relacionar los libros con los recuerdos más hermosos de su niñez:

Todos y cada uno de aquellos libros habían sido en algún momento como miembros de su propia familia. Gracias a ellos, Laurel había oído sus voces, la de su padre y la de su madre. Y puede que no les importara realmente lo que leían, o no siempre; lo que verdaderamente les gustaba era el aliento vital que brotaba de aquellos libros, y aquellas palabras trascendentales construyendo la propia vida. En algunas parejas cada palabra que se pronuncia es maravillosa, o puede llegar a serlo.

Durante las horas que preceden al funeral del juez, los personajes hablan sin cesar. Los viejos amigos cuentan anécdotas de su vecino; la familia de Fay irrumpe bulliciosa en la escena: “¡Volved por donde habéis venido…! ¿Quién les dijo a estos que vinieran?”, les grita la viuda

Palabras y palabras insustanciales pretenden construir una imagen del juez contra la que Laurel no puede hacer nada: “Soy su hija. Y quiero que lo que la gente diga en estos momentos sea la verdad”. Por su mente cruza esta paradoja:

El misterio, pensó Laurel, no radica en lo poco que conocemos a quienes nos rodean, sino quizás en lo mucho que los conocemos realmente.

Para Laurel la familia de Fay es como tantas otras grandes familias atestadas de parentela que “podrían haber salido de cualquier tiempo difícil, del pasado o del futuro”, familias formadas “por aquellos que nunca comprenden lo que les ocurre”.

Después del entierro, Fay se va con su madre algunos días y Laurel se queda en la casa antes de regresar a Chicago. Busca antiguos papeles, cartas, algo que la ayude a comprender mejor su vida y la de sus padres. El juez no conservaba correspondencia, todo lo tiraba. En cambio, los cajones del viejo escritorio de su madre acumulaban cartas y recuerdos. Fay no había tocado nada pues, para ella, “nadie que tuviera necesidad de escribir podía considerarse una verdadera rival”. La vida de la familia había comenzado a cambiar con la larga enfermedad de la madre:

Su padre, en su hogareña bondad, sentía un terror pánico a toda clase de enfrentamiento privado, a todo tipo de divergencia frente a los seres queridos, y frente a lo real y lo explicable y lo objetivo. Era un hombre de gran sensibilidad; y lo que no tenía por naturaleza, había conseguido aprenderlo de su esposa. Se enfadaba con mucha educación. Lo que no podía controlar era su creencia de que todos los problemas de su esposa se solucionarían finalmente, por la sencilla razón de que no había nada que no le hubieran proporcionado ya.

Pero Becky, la madre, sí era consciente de lo que estaba sucediendo. En alguna ocasión le recrimina a su marido: “¿Por qué me casaría con un cobarde?”. A veces parecía consolarlo, otras le gritaba de rabia:

Ojalá pudiera saber qué he hecho yo… ¿Por qué es necesario que se me castigue así y no se me diga por qué?” Y luego se aferraba rápidamente a sus manos, a las de Laurel también. Su llanto no era un lamento; era rabia por querer saber y que se le negara el conocimiento; era la profunda rabia del amor.

El juez adoraba a su esposa y le hacía promesas de que todo iría bien; comenzó a  considerarse “un optimista”. Pero eso era un motivo de sufrimiento para la madre, porque “la única persona a la que ella amaba desesperadamente (…) se negaba a aceptar que ella estuviera desesperada”.

Años después de morir su esposa, cuando casi ha cumplido los 70, el juez se casa con Fay, quien alguna vez se había referido a Becky como su “rival”. Laurel reflexiona ante esto:

La rivalidad no existe entre los vivos y los muertos, o entre la esposa antigua y la nueva; la rivalidad se crea entre el amor y la ausencia de amor. No hay rivalidad más amarga.

Es el momento en que Laurel recuerda a Phil, su marido, fallecido en la guerra, y llora de pena “por su amor y por los muertos”. En ese dolor, en esa fragilidad, Laurel se da cuenta de que “todo lo que había descubierto allí le había servido para descubrirse a sí misma”.

Phil ya no vive y es imposible volver atrás, saber lo que hubiera sucedido en un futuro que no existió: “El amor se había encerrado en su perfección y allí se había quedado”. Pero Phil aún podía decirle “cómo tenía que ser su vida”: “Pues su vida, cualquier vida –Laurel no tenía más remedio que creerlo así–, no era nada sino la pervivencia del amor”.

Una tabla de cortar el pan que Phil había fabricado para Becky, su suegra, se convierte en el objeto que desata el enfrentamiento entre Fay y Laurel. Toda la relativa calma y los silencios entre una y otra se van a convertir en furia y sentimientos desatados. Sin embargo, para entonces, Laurel ya había descubierto que:

Los recuerdos no viven en un objeto concreto, sino en las manos libres, perdonadas y liberadas, y en el corazón que puede vaciarse y llenarse de nuevo; en los motivos renovados por los sueños.


viernes, 21 de octubre de 2016

“El silbato”: leyendo a Eudora Welty

Bottle trees, Fotografía de Eudora Welty.
En The Eudora Welty Foundation
Una cortina de follaje (1941) reunía los primeros relatos de Eudora Welty (Jackson, Misisipi 1909-2001), por entonces una joven fotógrafa y escritora de una extraordinaria sensibilidad. El libro recibió el elogio de su admirado William Faulkner. Eudora Welty reflejaba en su obra el mundo del Sur, de la América profunda, durante la época de la Gran Depresión.

En algunos relatos los personajes hablan sin cesar y en ese parloteo vamos conociendo algo de sus vidas. En otras historias, en cambio, predomina un silencio pesado e inquietante. El lector intuye que cuando ese silencio se rompa puede que se desvele algún misterio o que este quede oculto para siempre, en el terreno de lo que no se ve, lo que no se oye, pero está ahí, respirando con nosotros.

jueves, 25 de agosto de 2016

"Después de la oscuridad", de Marta López Luaces

Después de la oscuridad (Pre-Textos, 2016) es el último libro de la poeta, narradora y ensayista Marta López Luaces (A Coruña, 1964). Se trata de un largo poema dividido en cinco secciones: Agua, Tierra, Fuego, Aire y Quark, en las que la autora indaga en la relación entre la poesía, la filosofía y la ciencia, y poetiza sobre el papel del poeta en la sociedad a lo largo de historia, desde Grecia hasta el día de hoy.

Marta López Luaces reside en Nueva York desde los dieciséis años. Allí realiza sus estudios, obtiene el doctorado en Filosofía y trabaja como profesora de literatura española e hispanoamericana en Montclair State University.

Su obra, coherente y original, es fruto de esa confluencia de tradiciones, de ese vivir en dos mundos distintos, aunque, como ella misma dice, la escritura es su único mundo, el lugar donde verdaderamente se siente a gusto.

domingo, 17 de julio de 2016

"Marta & María" de María Victoria Atencia y "Los cuerpos oscuros" de Juana Castro inauguran la Colección Genialogías


Para escribir acerca de esta nueva edición de los libros Marta & María de María Victoria Atencia y Los cuerpos oscuros de Juana Castro habría que empezar contando la historia de un proyecto que se gesta en octubre de 2013, cuando se celebra en Madrid la reunión “Genialogías: XI Encuentro entre mujeres poetas”.

Cada seis meses se han seguido manteniendo reuniones y en 2015 se crea la Asociación Genialogías de poetas mujeres, con un plan de trabajo muy concreto y con objetivos bien definidos. Uno de ellos es el de “recuperar las voces de aquellas mujeres poetas de nuestro país cuyos nombres han quedado a la sombra”.

En colaboración con la Editorial Tigres de Papel toma forma el proyecto de la Colección Genialogías, en la que se reeditarán obras esenciales de las más relevantes poetas españolas de los siglos XX y XXI, libros que ahora se encuentran agotados y que son de difícil acceso para lectores y estudiosos de la literatura. Es necesario recuperar esa memoria poética que corre el riesgo de perderse; una memoria viva, que debe ocupar el lugar que le pertenece en el canon literario.

Con la aparición, en marzo de 2016, de Marta & María, de María Victoria Atencia (Málaga, 1931) y Los cuerpos oscuros, de Juana Castro (Villanueva de Córdoba, 1945) –los dos primeros libros de la Colección Genialogías–, el proyecto se ha convertido en una realidad.

lunes, 13 de junio de 2016

"La nada que parpadea", de Yaiza Martínez

El primer enigma que nos plantea Yaiza Martínez en su libro La nada que parpadea (Ediciones La Palma, 2016) aparece ya en el título. Conforme avancemos en su lectura los poemas irán desvelando la naturaleza de esa imagen.

Entendemos la nada como el vacío, la ausencia de cualquier elemento, la insignificancia. El parpadeo es un instante, un movimiento rápido de los ojos, de una pantalla de televisión, de una estrella. Pero, como el aleteo de la mariposa, un ligero movimiento puede cambiar el curso del relato.

Dos símbolos centrales vertebran el libro: el mercurio –en su doble acepción de dios o metal–, y el laberinto. ¿Queremos llegar al centro o salir del laberinto? La mente y el universo son también laberintos; la palabra crea el laberinto y a la vez la salida: “lo que se dice hay”.

domingo, 8 de mayo de 2016

Unamuno en "La isla del viento"

Si alguien busca en el Diccionario de la Real Academia Española el significado de la palabra “cocotología”, encontrará esta definición: “Del fr. cocotte “pajarita de papel” y –logía, término acuñado por Miguel de Unamuno”. “Arte de hacer pajaritas de papel”.

Una pajarita de papel se convierte en el hilo que ensarta la historia de La isla del viento*, el primer largometraje de ficción de Manuel Menchón (Málaga, 1977), director de cine que pertenece a una generación nacida ya en democracia. El nombre de Miguel de Unamuno (1864-1936) está asociado a sus recuerdos de instituto, cuando le obligaban a leer alguna de sus novelas. Para unos las obras de Unamuno eran aburridas lecturas obligatorias; para otros, tenían mucho que ver con sus dudas y anhelos juveniles.