domingo, 17 de julio de 2016

"Marta & María" de María Victoria Atencia y "Los cuerpos oscuros" de Juana Castro inauguran la Colección Genialogías


Para escribir acerca de esta nueva edición de los libros Marta & María de María Victoria Atencia y Los cuerpos oscuros de Juana Castro habría que empezar contando la historia de un proyecto que se gesta en octubre de 2013, cuando se celebra en Madrid la reunión “Genialogías: XI Encuentro entre mujeres poetas”.

Cada seis meses se han seguido manteniendo reuniones y en 2015 se crea la Asociación Genialogías de poetas mujeres, con un plan de trabajo muy concreto y con objetivos bien definidos. Uno de ellos es el de “recuperar las voces de aquellas mujeres poetas de nuestro país cuyos nombres han quedado a la sombra”.

En colaboración con la Editorial Tigres de Papel toma forma el proyecto de la Colección Genialogías, en la que se reeditarán obras esenciales de las más relevantes poetas españolas de los siglos XX y XXI, libros que ahora se encuentran agotados y que son de difícil acceso para lectores y estudiosos de la literatura. Es necesario recuperar esa memoria poética que corre el riesgo de perderse; una memoria viva, que debe ocupar el lugar que le pertenece en el canon literario.

Con la aparición, en marzo de 2016, de Marta & María, de María Victoria Atencia (Málaga, 1931) y Los cuerpos oscuros, de Juana Castro (Villanueva de Córdoba, 1945) –los dos primeros libros de la Colección Genialogías–, el proyecto se ha convertido en una realidad.


Marta & María, “perdidamente humanas”

Marta & María inaugura una nueva etapa en la poesía de María Victoria Atencia, Cuando en 1976 publica por primera vez este libro, en una edición no venal, María Victoria Atencia llevaba quince años sin escribir. Hasta 1961 sólo había publicado dos libros y en ediciones limitadas. Durante ese tiempo, el ajetreo de la vida cotidiana, la crianza de los hijos, la obtención del título de piloto civil de aviación, la habían alejado de la poesía.

En esa época, como nos recuerda Juana Castro en su prólogo, María Victoria Atencia sufre la experiencia de la muerte de los padres y de su querida amiga Blanca: “Y aunque un frío finísimo paralizó mi sangre,/ estuvo a punto el té, como todos los días”.

Esta mujer poeta, en la plenitud de sus 45 años y sacudida por una crisis vital, experimenta, como ella misma dice, “el deseo físico de escribir”: “Perdidamente humana pude sentirme un día”, leemos en “Casa de Blanca”. Y en el poema “Heredarán los campos” encontramos esta declaración de intenciones: “Ahora que quiero hablar, dame todas las fuerzas /de las que he carecido. Pues se te fue la mano/ en amor y dulzura”:

Mas ser el centro y eje donde todos se apoyan
hace que el cantearme me resulte más duro.

De aquel torrente creador surgen versos de una intensidad estremecedora:

Qué hacer si de repente descubres que te habita
abarcándote toda alguien que te es extraño
y confunde tu lengua con un verbo distinto.

Desde entonces su trabajo poético no ha cesado, como lo demuestran su abundante bibliografía y los premios y reconocimientos obtenidos. María Victoria Atencia ocupa un lugar de honor en el canon literario del siglo XX y XXI; pero es una autora difícilmente encasillable, y los libros de texto, los programas educativos, acostumbrados a clasificar, dejan a un lado a quien no se ajuste a un determinado paradigma.

En Marta & María oímos la música del lenguaje; las palabras se combinan en perfectos alejandrinos y en estrofas simétricas que a veces se quiebran, porque así lo exige el ritmo interno, como en el poema “Muñecas”:

Esto quiere la vida: más vida poseída,
vivida, incorporada.

No hay rima, sólo en alguna ocasión una suave asonante, como en los versos del poema “Mar”, que nos traen el ritmo de las olas: “Me siento con mi sueño a ver pasar el agua”. Ese anhelo de perfección formal aparece en los versos finales de “Saudade”, poema en el que María Victoria Atencia se dirige a Rosalía de Castro:

Déjame que me vea reflejada en tu espejo
y no falte a mi canto la palabra precisa.

Marta & María trata de los temas esenciales de la poesía y del ser humano: el amor, la muerte y el paso del tiempo. La grandeza de un poeta se halla en el estilo, en conseguir una voz única. María Victoria Atencia es una poeta mujer y sus imágenes parten de un mundo propio que se transforma en universal por arte de las palabras. Qué triste sería el mundo y la poesía si solo existiese una visión. Cuánto perderíamos los seres humanos si acalláramos la mitad de nuestra experiencia vital y artística.

A veces las imágenes surgen del ámbito doméstico; así el poema “La maleta” comienza con estos versos:

Bajo la cama tengo otra vez la maleta
pero no con la ropa en espera de un hijo.

Pero la maleta mostrará su inesperado contenido. Porque ha llegado el momento de “aprender a morir”, de vivir con la certeza de la muerte, que siempre estará ahí, como en el poema “Con la mesa dispuesta”:

Donde comemos seis, bien puede comer siete,
y el pan compartiremos y la sal de las horas
sobre nuestras cabezas.

Aceptar lo irreparable no significa sucumbir. Escribe María Victoria Atencia en el poema “San Juan”:

La vida me recorre, hoy, ayer y mañana,
con rapidez sin tregua y no suspenso giro.
El tiempo, el tiempo siempre; el tiempo, el tiempo, el tiempo:
saltaré mientras dure la comba de las horas.

A pesar de las pérdidas, de lo que vamos dejando atrás –“Y cuando me desnudo, apagadas las luces, /tiemblo a veces sin son, y otras porque comprendo”–, el mundo continúa ofreciéndonos su belleza: “Todo tiene el misterio de una luz imprevista. /Parece que le hubiésemos dado la vuelta al mapa”.

El amor, aquello que nos hace seguir vivos, impregna los versos de Marta & María. Conmueve la voz poética del poema “Blanca niña, muerta, habla con su padre”:

Tanto amor tengo tuyo que no te estoy ausente
pues mi sangre retorna nuevamente a la tuya
y aguardo desde el polvo, floralmente, tu mano.

En “Marta y María”, el último poema, toma la palabra María, la hermana que en la Biblia dejaba todas las tareas domésticas para escuchar a Jesús. Ella será la encargada de cerrar el libro:  

“Qué importa que mi hermana o los demás murmuren,
si en mi defensa sales, ya que solo amor cuenta”

María Victoria Atencia y Juana Castro en la presentación de Genialogías
en la Fundación Centro de Poesía José Hierro
Los cuerpos oscuros, “la vida, siempre la vida”

Dice Ana Mañeru en su prólogo a Los cuerpos oscuros que “la escritura de Juana Castro es poesía viviente, nacida de su carne y de su sangre para celebrar la vida y alumbrar el dolor”.

En una entrevista con la escritora Yaiza Martínez, recogida al final del libro, Juana Castro habla acerca de su poética. Desde niña comenzó a leer poesía, pero en los libros de texto no aparecían poetas mujeres. Nos recuerda que para ella fue una revelación conocer la obra de Juana Ibarbourou.

Juana Castro sentía la necesidad de dar voz a las mujeres, hacerlas visibles en el poema. En cuanto a la forma, las ideas y el ritmo del lenguaje configuran la estructura del poema. Para Juana Castro “no hay verdad ni poesía fuera de la música”. 

Los cuerpos oscuros –que obtuvo el XXI Premio Jaén de Poesía– se publicó por primera vez en 2005 en la editorial Hiperión. En la génesis de esta obra, como de toda la poesía de Juana Castro, está “la vida, siempre la vida”.

Porque detrás de Los cuerpos oscuros se halla una experiencia vital. Juana Castro, una de las voces poéticas españolas más importantes hoy en día, ha sido maestra, ha llevado a cabo una necesaria tarea en temas de coeducación, a través de los Centros de Profesores de Córdoba, ha escrito críticas y artículos de opinión en la prensa, y es madre y abuela.

En el torbellino de la vida, Juan Castro deberá enfrentarse a un doloroso escollo: la enfermedad de sus padres. El diagnóstico fue tajante, su padre padecía Alzheimer y su madre demencia senil. “Y en las treguas del sinvivir empiezo a escribir algún poema”. De este modo surge el primer poema, “Océanos”, en el que la voz poética comienza siendo la de una cuidadora.

Para Juana Castro la conciencia del cuerpo es esencial: “Cada mujer y cada hombre “es” su cuerpo”. Ahora aquellos cuerpos queridos “son grandes y son lentos como dos/ proboscidios”. El padre muere al final del primer año. La madre vive enferma seis años más. No hay tiempo para lamentarse, sino para afrontar la vida. En “Madre del agua”, la voz poética ha tomado conciencia de la soledad de los padres: “Mis niños arrecidos, tan huérfanos de mí”. Y en el poema “Lacería” escribe: “Y locura es mirarme/ tan huérfana de ti,/ con tu locura sola”.

Los papeles han cambiado. La madre se ha convertido en la hija y esta en la madre de dos seres desvalidos. Así leemos en “Equinoccio”:

Ahora es otra la mano.
Se acabó el alargar los dobladillos.
Ahora alguien dispone, y tira y limpia
y plancha en un baúl aquel incendio.

Las situaciones cotidianas habitan en inquietantes poemas como “Calle Cruz de Ventura”, donde oímos la voz de dos ancianos perdidos en la ciudad; o en “Brasas”, un poema de amor que nos despierta esa melancólica sonrisa con la que escuchamos las palabras de alguien que comienza a vivir en un mundo aparte: “Cómo va a ser este mi marido”, concluye la voz de la madre al contemplar a aquel anciano que ahora está junto a ella. En “Viento norte”, aparece la vieja casa familiar con su olor a cerrado:

Pero el fondo
se ha quedado sin límites
y es oscuro y se pierde
como una caja china entre la niebla.

Los poemas de Los cuerpos oscuros dan voz a ese mundo paralelo, inaccesible desde lo racional. La madre que se levanta a horas inesperadas, la que trastoca el orden de las horas de la noche y el día, nos dice desde el poema “Buenas noches”:

Tengo miedo del tiempo.
Tengo miedo.
Y voy a levantarme
porque quiero la luz, el día de verdad (…)

Paradójicamente Los cuerpos oscuros es un libro de amor y un canto a la vida, a pesar de nuestras limitaciones. Porque es un acto de amor dar la palabra a los que la han perdido. Escribe Juana Castro en el poema “Mordedura”:

Para todo lo que
no pudiste decir y ya no existe.
Para ti, madre mía, desarbolada y ciega.

Y como trasfondo de todo el tiempo: “¿Para qué más correr?/ El mañana es el hoy, y ya ha llegado”, se pregunta “La hija de la loba”.  Para la madre es el  momento de los “Retornos”, del final del viaje:

Y hay que ir hacia atrás
des-aprendiendo nombres,
des-conociendo pájaros y trenes…

El tiempo, ese decorado donde se desarrolla la vida, es el instante que el arte y la poesía anhelan detener para siempre:

El tiempo estaba atado.
(La ajena se sentaba
tan fuera de su sombra).
El tiempo era una sábana
muy al fondo del tiempo.



Artículo publicado en Tendencias21

lunes, 13 de junio de 2016

"La nada que parpadea", de Yaiza Martínez

El primer enigma que nos plantea Yaiza Martínez en su libro La nada que parpadea (Ediciones La Palma, 2016) aparece ya en el título. Conforme avancemos en su lectura los poemas irán desvelando la naturaleza de esa imagen.

Entendemos la nada como el vacío, la ausencia de cualquier elemento, la insignificancia. El parpadeo es un instante, un movimiento rápido de los ojos, de una pantalla de televisión, de una estrella. Pero, como el aleteo de la mariposa, un ligero movimiento puede cambiar el curso del relato.

Dos símbolos centrales vertebran el libro: el mercurio –en su doble acepción de dios o metal–, y el laberinto. ¿Queremos llegar al centro o salir del laberinto? La mente y el universo son también laberintos; la palabra crea el laberinto y a la vez la salida: “lo que se dice hay”.

domingo, 8 de mayo de 2016

Unamuno en "La isla del viento"

Si alguien busca en el Diccionario de la Real Academia Española el significado de la palabra “cocotología”, encontrará esta definición: “Del fr. cocotte “pajarita de papel” y –logía, término acuñado por Miguel de Unamuno”. “Arte de hacer pajaritas de papel”.

Una pajarita de papel se convierte en el hilo que ensarta la historia de La isla del viento*, el primer largometraje de ficción de Manuel Menchón (Málaga, 1977), director de cine que pertenece a una generación nacida ya en democracia. El nombre de Miguel de Unamuno (1864-1936) está asociado a sus recuerdos de instituto, cuando le obligaban a leer alguna de sus novelas. Para unos las obras de Unamuno eran aburridas lecturas obligatorias; para otros, tenían mucho que ver con sus dudas y anhelos juveniles.

viernes, 18 de marzo de 2016

“Dos años, ocho meses y veintiocho noches” en Lucena


Nosotros, por nuestra parte, nos llamamos a nosotros mismos simplemente «nosotros». «Nosotros» somos la criatura que se cuenta historias a sí misma para entender qué clase de criatura es.
                                      Salman Rushdie, Dos años, ocho meses y veintiocho noches

Dos años, ocho meses y veintiocho noches, es decir, mil y una noches, fue el tiempo que tardó en crearse una dinastía a la que su patriarca, Ibn Rushd, bautizó como Duniazada, “la gente del mundo”, en honor a Duniazar, la hermana de la famosa protagonista de Hazar Afsané, Sherezade.

Así lo relatan las crónicas futuras mil ochocientos años después. Historia o mitología, tal vez sueño o leyenda, lo cierto es que los hechos se transmitieron de boca en boca y en muchas versiones: “Algunos lo llamamos cuento de hadas. Pero en una cosa estamos todos de acuerdo: contar una historia del pasado comporta también contar una historia del presente”, dice el cronista.

miércoles, 17 de febrero de 2016

El fin del “Homo sovieticus” de Svetlana Aleksiévich


Vivimos un tiempo de segunda mano; esa es la idea que vertebra El fin del “Homo sovieticus” (Acantilado, 2015) de la escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich. Tiempo de segunda mano: el fin del hombre rojo sería la traducción literal del título.

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, Svetlana Aleksiévich (Unión Soviética, 1948) se refería a esta metáfora: el momento actual  es “un tiempo de segunda mano” porque no hemos sido capaces de crear algo nuevo y el miedo ha sustituido a la esperanza. Nos sentimos en peligro, en situación de riesgo; el miedo forma parte de nuestras vidas.

Si bien Rusia y los otros estados que conformaban la URSS poseen una historia, una geografía y unas circunstancias concretas, no debemos olvidar que todos vivimos en el mismo pequeño planeta Tierra y que, como nos recuerda Aleksiévich, sería un peligroso error desdeñar la experiencia del sufrimiento de otros pueblos.

sábado, 2 de enero de 2016

Alice Munro visita a Horacio

Cuando a finales del siglo I a. C. el poeta Quinto Horacio Flaco escribió la composición número 11, del Libro primero de sus Odas, no podía imaginar el destino que aguardaba a esas palabras dirigidas a una tal Leucónoe:  Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi/ finem di dederint...[1] En el último verso de la oda, una simple exhortación: carpe diem, disfruta –cosecha– el día, se convertiría en uno de los tópicos más famosos de la literatura y en un monumento de la cultura universal.


La literatura culta y la sabiduría popular se unieron en esta frase en la que una lengua, de las que hemos llamado muertas, sigue permaneciendo viva.

 

jueves, 24 de diciembre de 2015

Ave del paraíso


Tu belleza estaba allí,
inmutable.
Entre todos los lugares
del universo
tú habías elegido ese,
y allí se posaron tus manos
y tu risa,
la forma en que mirabas el mundo.

Todo parecía tan simple
–las palabras y el destino–,
hoy un paso y mañana otro.

Sin embargo, el misterio…
¿Podíamos tocarlo
o era tan solo un nombre?
Nuestra imaginación,
¿cómo viviríamos sin ella?

Porque tú sigues aquí
y has elegido este lugar del universo,
ave del paraíso serás siempre.