martes, 29 de mayo de 2018

“Ítaca”, de Francisca Aguirre


Francisca Aguirre aprendió muy pronto que la vida duele y que el dolor es mayor cuanto más se sabe y se siente. Vivir con los ojos abiertos exige que paguemos un tributo; después habrá que ajustar las cuentas con la vida, siempre con la verdad por delante. Francisca Aguirre (Alicante, 1930) no era solo la hija de, la esposa de, la secretaria de, la madre, el ama de casa, la trabajadora incansable, porque en el centro de su existencia, de los múltiples yoes que nos habitan, iba creciendo una gran poeta; y el fruto, ya maduro, se convirtió en Ítaca (1972), su primer poemario, con el que había ganado el premio de poesía Leopoldo Panero de 1971.

Eran los últimos años de la dictadura franquista y en España comenzaban a respirarse aires nuevos. En 1970 José María Castellet había publicado la famosa antología Nueve novísimos que agrupaba a poetas que se alejaban de la poesía de la generación del 50, a la que por edad, debía pertenecer Francisca Aguirre. Los manuales de literatura tienden a la simplificación y lo que no se ajusta a ella, queda excluido. Sin embargo solo habían pasado treinta años desde la guerra civil y poco más de veinte de lo que había sido lo más duro de la posguerra. El horror y la experiencia traumática de una generación que ahora rondaba los cuarenta años no se habían borrado ni de la memoria, ni de la realidad vital e histórica del momento.

Como escribe Marta Agudo en su esclarecedor prólogo a esta nueva edición de Ítaca (Tigres de papel, 2017), existen dos lacras en el estudio de la poesía española: la tendencia a agrupar a los autores por año de nacimiento, y la exclusión de mujeres poetas en grupos y antologías que por ahora han pasado a formar parte del canon de la poesía del siglo XX. Sin embargo, aún es demasiado pronto para saber lo que perdurará en el tiempo y no es demasiado tarde para recuperar esas voces que se han quedado al margen de los manuales. Poemarios como Ítaca merecen perdurar. Este ha sido uno de los objetivos de la asociación Genialogías al crear su colección del mismo nombre.

El libro se cierra con una entrevista de Isabel Navarro a Francisca Aguirre, quien nos revela algunas claves de su poética y de la gestación de Ítaca, un poemario en el que la materia autobiográfica resulta esencial. La poeta lo ha dicho muchas veces, la lectura de Kavafis transformó su manera de entender la poesía y de escribir, por eso quemó en el horno de una panadería todos sus poemas de la primera juventud, llenos de un romanticismo trasnochado, de un lenguaje que no era el suyo.

Francisca Aguirre, en su casa. Detrás el retrato
que le hizo su padre, el pintor Lorenzo Aguirre.
Fuente: Editorial Tigres de Papel
La poesía de Francisca Aguirre no es un calco de Kavafis. La voz del poeta alejandrino es un eco, como el mar de Ítaca, y le dio una respuesta: que existe una forma distinta de escribir, un lenguaje cuyo tono coloquial da la impresión de ser fácil, de estar al alcance de todos y que, sin embargo, oculta bajo esa ilusión de sencillez una enorme complejidad. Y existen otros ecos, una tradición poética que se inicia con nuestros clásicos y que llega hasta la poesía del siglo XX. Es duro el aprendizaje de la persona autodidacta, como lo es Francisca Aguirre, pero también está lleno de sorpresas y de felices descubrimientos, libres del encorsetado academicismo.

En los tiempos felices de su niñez, Francisca Aguirre aprendió de sus padres. En la dura adolescencia de posguerra se convirtió en una ávida lectora de todo lo que caía en sus manos. Las palabras la ayudaron a sobrevivir, a soportar el dolor por la muerte de su padre, el pintor Lorenzo Aguirre –asesinado por la dictadura franquista en 1942–, a soportar el hambre y las humillaciones. Después asistió a las tertulias del Ateneo y el café Gijón, se casó con el poeta Félix Grande y su casa llegó a ser un lugar donde recalaron grandes artistas, músicos y escritores. Durante trece años Francisca Aguirre trabajó también como secretaria del poeta Luis Rosales en Cuadernos Hispanoamericanos.

Francisca Aguirre consiguió el tono que necesitaba y a partir de ahí la melodía oculta fue emergiendo. Con sus palabras Francisca Aguirre dio también voz a los silenciados, a las mujeres que crecieron en la posguerra y que debían cumplir con el prototipo de mujer de la Sección Femenina: sumisa, dueña y esclava del hogar. Y a las mujeres derrotadas, las que vivieron la triste infancia de la guerra y de los primeros años de la dictadura, con el hambre, la represión y la miseria moral como telón de fondo.

La poesía de Francisca Aguirre adquiere un tono confesional en el que la nostalgia y la afirmación de un nuevo yo se engarzan, fortalecidos por las palabras y sus múltiples significados. El yo dialoga con su alter ego, Penélope, el arquetipo de la mujer que espera en su Ítaca, la mujer a la que se le ordena guardar silencio en lo público: “Vete/ a tus salas de nuevo y atiende a tus propias labores,/ al telar y a la rueca (…)”, le dice su hijo Telémaco en el Canto I de la Odisea, y añade: “El hablar les compete a los hombres/ y entre todos a mí porque tengo el poder de la casa”.

Francisca Aguirre dividió su poemario en dos partes: “el círculo de Ítaca” y “el desván de Penélope”. Si el sentido de la “Ítaca” de Kavafis era el trascurso de la vida, el lugar donde se acaba el viaje, la Ítaca de Francisca Aguirre es el sitio donde se permanece en el tiempo que nos ha tocado vivir. Ítaca está dentro de nosotros y allí es donde tenemos que buscarla:

Ítaca nos resume como un libro,
nos acompaña hacia nosotros mismos,
nos descubre el sonido de la espera.

Frente a Ulises, el viajero que sueña con volver a Ítaca durante ese largo viaje repleto de peligros, pero también de amor, Penélope se alza como protagonista, la mujer que teje y desteje en ese círculo que se abre y se cierra en uno mismo. Ítaca nos sobrecoge desde el primer poema, “Triste fiera”, en el que el yo poético interroga al mar y este solo le responde “socorro”:

Fui hasta el mar y lo toqué
con cuidado, como se toca un animal equívoco,
un animal que se come la tierra
y en su límite último intenta confundirse con el cielo.
Fui hasta él con la inerme disposición
con que nos acercamos a lo desconocido
esperando una respuesta mayor que nuestra dolorosa pregunta.

Ítaca es una “isla es infinita:/ una vida resultaría escasa/ para cubrir su territorio”. Pero “Ítaca está dentro, o no se alcanza”. Para abarcarla necesitamos las palabras: “Los dioses son palabras; con el silencio, mueren”. Como en el poema “Sísifo de los acantilados”, Penélope persigue una ausencia mientras “Telémaco sigue creciendo”.  A veces asoma la desesperanza; así leemos en el poema “El oráculo”: “Eres como un oráculo que no cree en el futuro”. Y en “Penélope desteje”, un atardecer nos recuerda  “esa hermosura ardiente/ de todo cuanto se asoma hacia la nada”.

En “Espejismo: Penélope y la mujer de Lot”, Francisca Aguirre funde, de manera excepcional, esos dos arquetipos de mujer: la que espera y la que, como castigo a su curiosidad, queda convertida en estatua de sal. Las dos conviven en un entorno doméstico. La mujer de Lot mira al pasado y busca un sentido, aunque el conocimiento resulte doloroso.

“Pero también el miedo une”, escribe Francisca Aguirre en “La espera”, porque “Cualquiera se puede morir, pero morir a solas es más largo”. La primera parte de Ítaca se cierra con el poema “La bienvenida”, el regreso del héroe: “la historia de Ítaca se resume en lo cotidiano”; sin embargo esa domesticidad, donde casi nada sucede y todo vuelve a su cauce, oculta también el mayor enigma:

Ha vuelto. No sabe bien a qué.
Pues más que a morir le teme a envejecer.
Sospecha de la calma como si contuviera un virus.
Soy para él peor que una traición:
soy tan inexplicable como él mismo.

De este modo llegamos al “desván de Penélope”, el lugar de los recuerdos y la memoria de lo que fuimos y lo que dejamos atrás. Aquellos “paisajes de papel”, en una “infancia triste”, pero también el amor a la vida y la necesidad de crear un lenguaje con el que poner nombre a lo que se vive y se siente:

Buscábamos palabras en el diccionario
con el afán de comprenderlo todo:
necesitábamos hacer lenguaje.

Portada de la primera
edición de Ítaca
En el desván se oculta la soledad, como en los poemas “Drago (1963)”, o “Drago revisitado (1970)”: “De nuevo la ciudad, más ya/ como el amor para nosotros:/ Patria y exilio al mismo tiempo. Y en “Apuesta” leemos: “Somos tan solo el ansia de lo que nunca fuimos”. Frente al deseo de totalidad se trata de asumir las despedidas, el miedo, la finitud, la nada. Después habrá que tomar una decisión: “Y me pongo a llorar sobre la vida/ diciéndome: Penélope, / deberíamos hacer algo que no fuera morir.”

Subyace en estos poemas un tono melancólico, pero no lastimero, porque en cualquier momento puede aparecer la ironía, y un afilado sentido del humor, como en el poema “Totalidad”: “Porque ni aún en la pena somos coherentes,/ ni siquiera para sufrir somos totales”, pues somos como las lagartijas “a las que un niño dividiera en dos”.

Penélope continúa esperando, aunque a veces, en lugar de Ulises aparece “El extraño”:

Estoy muy asustada:
tengo miedo a que se quede para siempre.
Porque si éste se queda
yo sé que nunca más volverá el otro).

Comprender y colocar las cosas en su sitio reclaman un precio: “Y sobre todo y más verdad que nada/ ese vacío que deja la verdad”, leemos en el poema “Escúchame”. Y si en “Las certidumbres”, Francisca Aguirre escribe “Cuando sentimos mucho/ es muy fácil llegar/ a algunas certidumbres”, el yo poético concluye asumiendo ese “hondo prescindir”:  

Viuda de certidumbres
y comprendiendo que
lo único posible
es ir muriendo junto a ti
en una cama o en cualquier lugar,
y aceptando mi sueño y tu vigilia
como el aprendizaje
de un hondo prescindir
que alguna vez será definitivo.

Si no es posible la felicidad plena, sí podemos vivir “tristes horas de felicidad”, siendo conscientes de nuestros límites: “aceptando con humildad los pañuelos/ y las voces que amorosamente la protegían”. Ítaca termina con el “Telar”, breves textos en los que Francisca y Penélope tejen su pensamiento y dialogan:

Déjale a tu tristeza
el sitio que le corresponde
pero no permitas que se arrogue
carácter moral.

Porque a pesar de la soledad, la nostalgia y las pérdidas amamos la vida. Por eso Penélope da un último consejo: “Francisca Aguirre, acompáñate”.


UN POEMA DE ÍTACA:

“Espejismo: Penélope y la mujer de Lot”

Me he quedado parada
a mitad del pasillo
y hacia atrás he vuelto los ojos,
hacia mis tiernas construcciones,
a mis primeras tentativas,
esas que amarraba a mi vida
como los lazos a mis trenzas.
He contemplado detenidamente,
sin apasionamiento
aunque con algo de nostalgia,
los ansiosos esfuerzos
de estos treinta y seis años míos.
Me he aproximado a todo ello
con la insistencia de un miope.
Me he detenido largamente
en felices sucesos,
en tardes prodigiosas,
en el sexo y sus galas nocturnas.
Y he visto con asombro y espanto
este andamiaje de segundos
borrándose bajo un acuoso salitre,
y he luchado desesperadamente
contra esa solidez de sal y lágrima
que poco a poco me va inmovilizando.

Francisca Aguirre

domingo, 8 de abril de 2018

"Tratado de las mariposas" de Yaiza Martínez

Papilio palinurus, de Rafael Lucena


Recuerdo que, de niña, me maravillaba el misterio de las mariposas. Cuando llegaba la primavera, mi mejor amiga criaba gusanos de seda en una caja de zapatos. Nos gustaba ver cómo las larvas se movían entre las hojas de morera, la planta madre de la que se alimentaban. Aguardábamos a que los gusanos sufrieran la transformación y fueran envolviéndose en una hermosa crisálida. Y seguíamos esperando, pacientemente, porque sabíamos que un día nacería de allí una mariposa. Huevo, larva, crisálida, mariposa; aquellos pequeños seres eran varios y solo uno. ¿Cómo la naturaleza había podido hacer algo tan extraordinario y lo había puesto ante nuestros ojos infantiles, ávidos se saber, de descubrir todos los secretos?

Recuerdo también la llegada de las mariposas a los patios encalados; corríamos detrás de ellas asombrados por su vuelo. Ignorábamos cuál era la especie, solo percibíamos que, con su presencia, alegraban las tardes de primavera y verano. Aquella fiesta cotidiana se fue perdiendo conforme nos adentrábamos en el hábitat urbano. Pero todavía hoy las mariposas aparecen revoloteando entre los geranios de un balcón en la ciudad, para que no nos olvidemos de que ellas continúan siendo una revelación de la vida.

domingo, 4 de marzo de 2018

“Frankenstein o el moderno Prometeo” (Edición anotada para científicos, creadores y curiosos en general)


Mi aspecto era repugnante, y mi estatura gigantesca. ¿Qué significaba aquello? ¿Quién era yo?  ¿Qué era yo? ¿De dónde venía? ¿Cuál era mi destino? Me hacía aquellas preguntas constantemente, pero era incapaz de darles una respuesta.
                                                         Mary Shelley  Frankenstein

Frankenstein o el moderno Prometeo acaba de cumplir doscientos años. El 1 de enero de 1818 se publicó por primera vez esta novela cuya gestación se remontaba a 1816, cuando la joven Mary Godwin pasaba un verano lluvioso y frío en Ginebra. La erupción del volcán Tambora, en Indonesia, había sido la causa de que muchos lugares de la Tierra sufrieran esos extraños cambios atmosféricos. A 1816 se le llamó “el año sin verano”. No sabemos si la criatura de Frankenstein hubiera nacido de no haberse dado esta circunstancia que obligó a Mary y a sus ilustres acompañantes a pasar largas horas sin salir, buscando distracciones como la lectura de relatos de misterio, o participando en un juego que el 16 de junio propuso lord Byron: “¡Escribamos cada uno una historia de terror!”.

Animados por su hermanastra Claire –amante de Byron–, Mary y su pareja, el poeta Percy B. Shelley, con su hijo William de pocos meses, habían alquilado una casa en el lago. Lord Byron y Polidori, su médico, se instalaron en villa Diodati, una mansión cercana, que se convertiría en escenario de largas conversaciones entre los poetas Shelley y Byron en las que hablaban sobre la “naturaleza del principio de la vida”, de los experimentos del doctor Darwin, del galvanismo. Mary los acompañaba “como una casi silenciosa oyente”, según sus palabras.

martes, 30 de enero de 2018

"Seres de un día", de Atonio Luis Ginés


"Seres de un día, ¿quién es uno?, ¿quién no es?,
sueño de una sombra el hombre".

Píndaro. Píticas VIII

“El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo”, escribe Charles Simic en Una mosca en la sopa. Simic define la poesía como una fotografía mental en la que los lectores nos reconocemos a nosotros mismos. La fotografía capta el instante, es la imagen de algo que ya ha dejado de existir: ese momento en que una mano nos roza o una mirada se dirige a un punto que ha quedado fuera del encuadre; pero algo permanece.

Como lectores dejamos al margen la erudición y nos adentramos en la poesía a través de sus propios códigos. Somos ese tú al que se dirige el llamado “yo poético”, como si la propia creación poética no fuese una experiencia personal que se nutre de lo vivido y lo sentido. Este debate lo resuelve Antonio Luis Ginés con una sencilla frase: “Escribir es exponerse”.

viernes, 12 de enero de 2018

“Vestidas para un baile en la nieve”, de Monika Zgustova

En Réquiem, escribía Anna Ajmátova: “No soy yo esa, es otra quien sufre./ No lo resistiría yo. Que velos negros/ cubran lo sucedido, que retiren/ los faroles…/Noche. Años después, Ariadna Efron, hija de la poeta Marina Tsvetáieva, recordaba este poema al pensar en todo lo que había sufrido.

Vestidas para un baile en la nieve (Galaxia Gutenberg, 2017) comienza a gestarse en septiembre de 2008, cuando la escritora, traductora y periodista Monika Zgustova (Praga, 1957), que reside en Barcelona, viaja a Moscú y asiste, a instancias de su amigo Vitali Shentalinski, a una reunión de antiguos presos del gulag. Se leyeron poemas, cuentos y ensayos. Monika Zgustova se sorprendió al ver el gran número de mujeres que había y decidió entrevistar a algunas de ellas. 

Las historias de Vestidas para un baile en la nieve muestran la capacidad de sufrimiento del ser humano, su resistencia y su deseo de sobrevivir. Se ha escrito mucho acerca del gulag, una palabra que surge de unas siglas –“Central administrativa de los campos de trabajo correccionales”–, y que acaba designan do al “campo de concentración” o al “conjunto de centros penitenciarios” de la antigua Unión Soviética. Por encima de las cifras y estadísticas de la gran maquinaria represiva nos conmueven los testimonios de las personas que vivieron ese infierno.

martes, 5 de diciembre de 2017

Montaigne en Roma

"Su ruina misma está llena de gloria y de pompa". (Montaigne, La vanidad)
Aun las cosas presentes las poseemos sólo con la fantasía. Dado que me encuentro inútil para este siglo, me entrego a aquel otro; y me embelesa tanto, que el estado de la vieja Roma, libre, justa y floreciente —porque no amo ni su nacimiento ni su vejez— me importa y apasiona. (…). ¿Se debe a la naturaleza, o a un error de la fantasía, que la contemplación de los sitios que sabemos fueron frecuentados y habitados por personas cuya memoria tenemos en estima, nos conmueva en cierto modo más que escuchar el relato de sus acciones o que leer sus escritos?
                                                                  Michel de Montaigne, La vanidad

El viaje de Michel de Montaigne por Alemania, Suiza e Italia debía culminar con la llegada a Roma, lugar imaginado y a la vez familiar. Pero, ¿cómo sería Roma?, ¿cumpliría todas las expectativas? Montaigne quien, sometido a un curioso experimento, aprendió latín antes que la lengua francesa, temía que Roma lo defraudase. Por ello su secretario anotó:
Y en cuanto a Roma, adonde los demás ansiaban ir, él deseaba verla menos que otros lugares, pues todo el mundo la conocía. (...). Decía también que le parecía ser igual que esos que leen algún cuento muy placentero, o un hermoso libro, y tienen miedo de que llegue pronto el final.

Llegaron, “a las veinte horas del último día de noviembre,
 festividad de San Andrés, a la puerta del Popolo”
Sin embargo, el señor de Montaigne, cuando ya se hallaba cerca de Roma, no pudo disimular su nerviosismo. En la jornada final se levantaron “tres horas antes de amanecer, tantos eran los deseos que tenía de pisar el suelo de Roma”. Llegaron, “a las veinte horas del último día de noviembre (de 1580), festividad de San Andrés, a la puerta del Popolo”. Al entrar en Roma le confiscaron sus Ensayos y otros libros para que los examinaran los censores de la Inquisición. No se los devolvieron hasta marzo, con una llamada de atención por utilizar demasiado la palabra “fortuna” y por mencionar a poetas heréticos.

lunes, 27 de noviembre de 2017

"Diario de viaje a Italia", de Michel de Montaigne

Monteriggioni. La Toscana

No porque lo dijera Sócrates, sino porque en verdad es mi inclinación, y acaso no sin algún exceso considero a todos los hombres compatriotas míos, y abrazo a un polaco como a un francés, posponiendo el lazo nacional al universal y común.
                  
                                                                     Michel de Montaigne, La vanidad

El largo viaje de Montaigne por tierras de Alemania, Suiza e Italia duró diecisiete meses y ocho días. Marchó de su castillo el 22 junio de 1580  y no regresó hasta el 30 de noviembre de 1581. El lunes 5 de septiembre de 1580 Montaigne comenzó a llevar un diario en el que anotaba los lugares por donde iba pasando y todo lo digno de ser recordado. Esta “hermosa tarea”, aunque algo molesta, era el cometido de uno de los hombres que lo acompañaban, un secretario encargado de escribir lo que le indicaba su señor, unas veces al dictado, otras incluyendo detalles y expresiones que consideraba del gusto de Montaigne.

A mediados de febrero de 1581, el secretario se despide y es Montaigne quien  prosigue con la tarea. Quizás más tarde estas anotaciones le servirían para escribir algo nuevo, o para introducir modificaciones en los Ensayos, cuya primera edición se había publicado en 1580, con gran éxito de ventas y mayor fama para su autor. El 13 de mayo de 1581, hallándose en la Toscana, Montaigne se atreve a escribir sus notas en italiano: “Parlar un poco questa altra lingua”. Al fin y al cabo se trataba de unos escritos privados, que no pensaba publicar.

Tras su muerte, en 1592, aquellos papeles se quedaron guardados en un arcón y durante casi dos siglos, Michel de Montaigne siguió siendo el autor de un admirable libro único: sus Ensayos.