miércoles, 18 de enero de 2017

“¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”, de Jeanette Winterson

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? (Lumen, 2012), de Jeanette Winterson podría parecer un manual de autoayuda, pero no lo es; aunque para su autora la escritura de este libro se convirtió en una terapia, una forma de reconciliarse con la historia de su vida.

De Jeanette Winterson había leído hacía mucho tiempo La pasión; me atrajo profundamente y pensaba volver algún día a esta escritora. Cuando hace unos meses cayó en mis manos ¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal? me dije que, aunque solo fuera por el título, merecía la pena visitar a Winterson. Y no me defraudó.

Jeanette Winterson es capaz de escribir acerca de sus complicadas circunstancias vitales con inteligencia, humor y una enorme fuerza narrativa. De este modo, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? cumple fielmente el tópico lector de “nada más comenzar la primera página no podemos abandonarlo”. Winterson sabe moverse por el terreno de la metáfora y las comparaciones que fluyen de modo natural en una prosa ágil y aparentemente sencilla. Es el estilo el que construye la genial recreación de la señora Winterson, como recién salida de una novela de Dickens. 
           
A la señora Winterson le debemos también el título del libro. Cuando Jeanette le habla ya sin tapujos acerca de su amor por una chica y de que se siente feliz con ella, la señora Winterson asiente:

Parecía que comprendía y pensé, de verdad, por un instante, que iba a cambiar de opinión, que hablaríamos, que estaríamos al mismo lado del muro de cristal. Esperé. Al final me soltó: —¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Mi consejo para todos: vale la pena nacer

“Mi consejo para todos: vale la pena nacer” es el título del segundo capítulo, en la más pura línea de un libro de autoayuda. Jeanette Winterson se adentra en sus orígenes, su nacimiento en Manchester, en 1959: “Donde naces —en lo que naces, el lugar, la historia del lugar, cómo esa historia se imbrica con la tuya— deja una impronta en quién eres, por mucho que digan los expertos en globalización”.

Su madre biológica tenía diecisiete años y pertenecía a la clase obrera, al igual que los Winterson, los padres adoptivos, con los que, desde enero de 1960, Jeanette vivió en Accrington, en un barrio obrero de pequeñas casas adosadas con fachada de ladrillo. Aquel lugar se convirtió en el campo de batalla de una guerra que comenzó desde que aquel bebé llorón irrumpiera “como si se sintiera despojado de algo”:

Los niños adoptados nos autoinventamos porque no tenemos otra salida; hay una ausencia, un vacío, un signo de interrogación justo al principio de nuestras vidas.

La situación de los tres miembros que componían el hogar es descrita por Jeanette Winterson con esta breve frase: “Éramos como refugiados en nuestra propia vida”. La señora Winterson no amaba la vida y hubiera querido más que un hijo un aliado: “Pero la verdadera batalla entre nosotras era en realidad la batalla entre la felicidad y la infelicidad”.

Jeanette Winterson fue una niña solitaria, llena de rencor y rabia: “Aprendí pronto el secretismo. A ocultar mi corazón. A esconder mis pensamientos”. Sufrió castigos físicos, hasta el punto de que su madre la dejara noches enteras en la calle; y nunca tuvo una llave de la casa.

La madre dominaba aquel hogar con sus manías, sus dos dentaduras postizas (la de diario y la de las ocasiones especiales), su obsesión por el Apocalipsis y su aversión al sexo. El padre era como un niño pequeño que aceptada todo lo que la mujer imponía.  En el hogar de los Winterson –miembros de la Iglesia evangélica de pentecostés–, los libros eran objetos peligrosos, excepto la Biblia, que la señora Winterson se encargaba de leer a diario en voz alta.

A Jeanette le sirvió de ayuda creer en un Dios del cielo que la amaba. Más tarde tendría que aprender que la rabia enorme y poderosa puede matarnos si no logramos dominarla: “hasta que le enseñamos a comportarse, lo que significa volver a meterla en la botella para mostrarle quién está al mando. Esto no es represión, sino la búsqueda de un recipiente”:

Ahora sé que nos curamos siendo amados y amando a los demás. No nos curamos formando una sociedad secreta de uno, obsesionándonos con el otro único «uno» al que admitiríamos, condenándonos a la decepción. La señora Winterson era su propia sociedad secreta y deseaba que yo me uniera a ella.

Pero la pequeña Jeanette amaba la vida y buscaba la felicidad:

Buscar la felicidad, algo que hice y todavía hago, no es lo mismo que ser feliz, algo que considero fugaz, dependiente de las circunstancias y un poco soso. Si el sol brilla, deja que te dé —sí, sí, sí—. Los tiempos felices son maravillosos, pero los tiempos felices pasan —así tiene que ser— porque el tiempo pasa. La búsqueda de la felicidad es algo más difícil.

Los libros, para mí, son un hogar

En aquel ambiente los libros acabaron convirtiéndose para Jeanette Winterson en su hogar.

Los libros no hacen un hogar, son un hogar, en el sentido de que hacemos como con una puerta, abrimos un libro y entramos. En su interior hay un espacio diferente y un tiempo diferente.

Ocultaba libros bajo el colchón de la cama hasta que su madre los descubrió y los quemó. Pero Jeanette sabía que “mientras tuviera palabras, imágenes, historias, no estaba perdida”. Cuando se escribe, cuando se cuenta una historia, las palabras se convierten en “esa parte de silencio que se puede expresar”. También cuando leemos, cuando recurrimos al lenguaje de los otros, encontramos las palabras que a nosotros nos faltan. Jeanette Winterson “necesitaba palabras porque las familias infelices son un pacto de silencio. Quien rompa el silencio jamás será perdonado. Él o ella tiene que aprender a perdonarse a sí mismo”.

No le interesaba la poesía, pero un día, con dieciséis años y a punto de que la echaran de casa definitivamente, su madre le encargó que recogiera de la biblioteca lo que ella pensaba que era una novela policiaca: Asesinato en la catedral, de T.S. Eliot. Jeanette echó un vistazo al libro y se encontró con unos versos que le hicieron más soportable aquel día de dudas y conflictos:

Por eso cuando la gente dice que la poesía es un lujo, o una opción, o para las clases medias cultas, o que no se debería leer en el colegio porque es irrelevante, o cualquiera de esas extrañas tonterías que se dicen sobre la poesía y el lugar que ocupa en nuestras vidas, sospecho que a la gente que las dice le ha ido bastante bien. Una vida dura necesita un lenguaje duro, y eso es la poesía. Eso es lo que nos ofrece la literatura: un idioma suficientemente poderoso para contar cómo son las cosas.
  No es un lugar donde esconderse. Es un lugar donde encontrar.

Había decidido leer toda la narrativa en inglés de la biblioteca, de la A a la Z, y se fue dando cuenta de que había pocas mujeres escritoras y de que sus libros se hallaban estantes más apartados: “Cuando intentaba leer libros «sobre» literatura (siempre un error) no podía evitar fijarme en que los libros estaban escritos por hombres sobre hombres que escribían”.

Aún no tenía conciencia del papel que los críticos literarios la habían asignado a la mujer escritora, ni se había despertado en ella su conciencia feminista que más tarde  le haría enfurecerse contra la idea “de que las mujeres siempre escriben sobre «experiencia» —la brújula de lo que conocen—, mientras que la escritura de los hombres es más amplia y audaz —un gran lienzo, el experimento con la forma—“.

En su aprendizaje, y en la fascinación que ejercían sobre ella la identidad y cómo te defines, fueron esenciales la Autobiografía de Alice B. Toklas de Gertrude Stein y Orlando de Virginia Woolf. Pero también en los años de instituto hubo algún desencuentro, y así se quejaba de Nabokov.

Lolita me resultaba desagradable. Era la primera vez que la literatura me parecía una traición. Le pregunté a la bibliotecaria —por lo general era de fiar— y me dijo que a ella tampoco le gustaba Nabokov y que muchas mujeres sentían lo mismo pero era mejor no decirlo en compañía mixta.

Los finales felices son solo una pausa

Con dieciséis años Jeanette Winterson tuvo que vivir en los asientos de un Mini hasta que su profesora de Literatura le dejó una habitación de su casa y la preparó para los exámenes de Oxford. En el mundo elitista de esa universidad comprobó que “Oxford no era un pacto de silencio en lo que a las mujeres se refiere; era un pacto de ignorancia”.

Winterson debía valerse por sí misma, estaba “fuera de la red de seguridad”; se convirtió en el prototipo de votante de Margaret Thatcher: “No me daba cuenta de las consecuencias de privatizar la sociedad”.

Después llegó el triunfo como escritora, la fama y el dinero. Pero seguía siendo una persona solitaria, se “autoinventaba”: “No creía en la biología ni en la biografía. Creía en mí. ¿Padres? ¿Para qué? Aparte de para hacerte daño”.

Todo ello, unido a una crisis de pareja, provocó que se abrieran las heridas que siempre habían estado ahí. Volvió su obsesión por la madre, “nuestra primera historia de amor”: “Y si más adelante la odiamos, nos llevamos esa rabia con nosotros y la soltamos con otros amantes. Y si la perdemos, ¿dónde vamos a volver a encontrarla?”. Llegó a pensar incluso en el suicidio:

En los días malos, simplemente me aferraba a una cuerda cada vez más fina. Esa cuerda era la poesía. Toda la poesía que aprendí cuando tenía que guardar una biblioteca en mi interior ahora me ofrecía una cuerda de salvación.

Pero no hay nada romántico ni creativo en el suicidio: “La creatividad está de parte de la salud, no es lo que nos vuelve locos; es una capacidad que tenemos que intenta salvarnos de la demencia”.
 
Y por otro lado está el amor, aprender a amar y también a recibir. En ese aprendizaje puede que se halle el final feliz de una historia, aunque como escribe Winterson:
 
Los finales felices son solo una pausa. Hay tres tipos de grandes finales: Venganza. Tragedia. Perdón. La Venganza y la Tragedia suelen suceder juntas. El Perdón redime el pasado. El Perdón desbloquea el futuro.


Jeanette Winterson encontró sus papeles de adopción y pudo conocer a Ann, su madre biológica; pero también acabó reconciliándose con su pasado. Nunca podría ser la hija que su madre biológica quería, ni tampoco la hija que su madre adoptiva quería. Pero, gracias a su pasado, había llegado a ser quien era. Por eso detestaba que Ann criticara a la señora Winterson, porque para Jeanette “era un monstruo, pero era su monstruo”.

lunes, 2 de enero de 2017

"Brindis" (sobre un cuadro de Germán Bandera)

"Brindis" de Germán Bandera
Óleo sobre lienzo, (Ø 143)

Brindis

Pesar el tiempo, medirlo,
contarlo:
doce segundos, doce campanadas,
doce uvas,
un anillo nada en el champán,
la espuma rebosa en las copas.

Reímos, nos buscamos, nos besamos.
Pensamos: es hermoso estar aquí
reunidos,
en este lugar del tiempo.´

C. A.


Con este cuadro de Germán Bandera, una celebración de la vida, os deseo todo lo mejor para el 2017


domingo, 11 de diciembre de 2016

"Entre actos", de Virginia Woolf

Entre actos (1941) fue la última novela de Virginia Woolf. La escribió al final de su vida, coincidiendo con un periodo de intensa actividad y con la Segunda Guerra Mundial como escenario vital e histórico. A pesar del agotamiento, Virginia luchaba contra la amenaza de recaer en una crisis de su enfermedad.

Un hilo misterioso recorre Entre actos, enlazando las conversaciones, los pensamientos,  cada matiz de las palabras. Todo parece estar hecho de una materia ligera, como si los personajes flotaran en aquel ambiente, como si vivieran en un sueño. Subyace un aire melancólico, en el que no cabe la queja o el reproche, sino la aceptación estoica. Al igual que en La tempestad, la última obra de Shakespeare, aparece el teatro dentro del teatro hasta llegar a la escena final cuando se abre un nuevo telón, una representación de la que ya los lectores no seremos testigos.

lunes, 28 de noviembre de 2016

"Diario ínfimo", de Mercedes Roffé

Cada poema de Diario ínfimo (Isla de Siltolá, 2016), de Mercedes Roffé, lleva una fecha exacta, un lugar en el calendario, en el tiempo. La poesía sucede paralela al acontecer diario y se impregna de esos días, de lo que ocurre dentro y fuera de nosotros.

El adjetivo “ínfimo” nos sugiere una nota al margen, como si las palabras adquirieran la función de una frase aclaratoria. Pero no es ese su objetivo, sino el de indagar a través de las múltiples vías por las que transcurre el pensamiento y la intuición poética.

El libro se inicia con un “pero”, un obstáculo, un desdecir. Es el “pero” que inmoviliza –“un no/ una forma de no/ de doblegar/ de hundirse”–, que detiene lo que discurre y que a su vez genera un nuevo afluente.

lunes, 31 de octubre de 2016

“La hija del optimista”, de Eudora Welty

La idea de morir no es más extraña que la idea de vivir. Pero sobrevivir a alguien es quizás la idea más extraña de todas.
                                   
                             Eudora Welty, La hija del optimista


En 2009 se cumplía el centenario del nacimiento de Eudora Welty (Jackson, Misisipi 1909-2001), y la editorial Impedimenta lo celebraba con la primera edición en castellano de La hija del optimista, novela que había obtenido el premio Pulitzer en 1973. El argumento es una historia sencilla, cotidiana: la enfermedad de un padre, la muerte, la aceptación del paso del tiempo, la conciencia de nuestra propia vida, la aventura de conocernos a nosotros mismos.

La novela se desarrolla en la década de los 50. El señor Mckelva, un juez retirado de 71 años, ha viajado a Nueva Orleans desde Mount Salas, una pequeña localidad de Misisipi. El motivo del viaje es visitar al doctor Courtand, antiguo vecino al que el juez había ayudado para que acabara su carrera. Acompañan al juez su hija Laurel, de unos 45 años, y su segunda esposa, Fay, algo más joven.

viernes, 21 de octubre de 2016

“El silbato”: leyendo a Eudora Welty

Bottle trees, Fotografía de Eudora Welty.
En The Eudora Welty Foundation
Una cortina de follaje (1941) reunía los primeros relatos de Eudora Welty (Jackson, Misisipi 1909-2001), por entonces una joven fotógrafa y escritora de una extraordinaria sensibilidad. El libro recibió el elogio de su admirado William Faulkner. Eudora Welty reflejaba en su obra el mundo del Sur, de la América profunda, durante la época de la Gran Depresión.

En algunos relatos los personajes hablan sin cesar y en ese parloteo vamos conociendo algo de sus vidas. En otras historias, en cambio, predomina un silencio pesado e inquietante. El lector intuye que cuando ese silencio se rompa puede que se desvele algún misterio o que este quede oculto para siempre, en el terreno de lo que no se ve, lo que no se oye, pero está ahí, respirando con nosotros.

jueves, 25 de agosto de 2016

"Después de la oscuridad", de Marta López Luaces

Después de la oscuridad (Pre-Textos, 2016) es el último libro de la poeta, narradora y ensayista Marta López Luaces (A Coruña, 1964). Se trata de un largo poema dividido en cinco secciones: Agua, Tierra, Fuego, Aire y Quark, en las que la autora indaga en la relación entre la poesía, la filosofía y la ciencia, y poetiza sobre el papel del poeta en la sociedad a lo largo de historia, desde Grecia hasta el día de hoy.

Marta López Luaces reside en Nueva York desde los dieciséis años. Allí realiza sus estudios, obtiene el doctorado en Filosofía y trabaja como profesora de literatura española e hispanoamericana en Montclair State University.

Su obra, coherente y original, es fruto de esa confluencia de tradiciones, de ese vivir en dos mundos distintos, aunque, como ella misma dice, la escritura es su único mundo, el lugar donde verdaderamente se siente a gusto.