domingo, 8 de abril de 2018

"Tratado de las mariposas" de Yaiza Martínez

Papilio palinurus, de Rafael Lucena


Recuerdo que, de niña, me maravillaba el misterio de las mariposas. Cuando llegaba la primavera, mi mejor amiga criaba gusanos de seda en una caja de zapatos. Nos gustaba ver cómo las larvas se movían entre las hojas de morera, la planta madre de la que se alimentaban. Aguardábamos a que los gusanos sufrieran la transformación y fueran envolviéndose en una hermosa crisálida. Y seguíamos esperando, pacientemente, porque sabíamos que un día nacería de allí una mariposa. Huevo, larva, crisálida, mariposa; aquellos pequeños seres eran varios y solo uno. ¿Cómo la naturaleza había podido hacer algo tan extraordinario y lo había puesto ante nuestros ojos infantiles, ávidos se saber, de descubrir todos los secretos?

Recuerdo también la llegada de las mariposas a los patios encalados; corríamos detrás de ellas asombrados por su vuelo. Ignorábamos cuál era la especie, solo percibíamos que, con su presencia, alegraban las tardes de primavera y verano. Aquella fiesta cotidiana se fue perdiendo conforme nos adentrábamos en el hábitat urbano. Pero todavía hoy las mariposas aparecen revoloteando entre los geranios de un balcón en la ciudad, para que no nos olvidemos de que ellas continúan siendo una revelación de la vida.

Sabemos, por el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot, que para algunos pueblos antiguos, las mariposas representaban al alma, la atracción hacia lo luminoso, la vida; o que para el psicoanálisis significa el renacer. Con el Tratado de las mariposas (Tigres de papel, 2018) Yaiza Martínez nos devuelve en clave poética la fascinación por esos seres que conviven con nosotros en el planeta Tierra. “Cuidando lo pequeño se teje protección”, leemos en uno de sus versos. La supervivencia de las especies es nuestra supervivencia.

Este Tratado de las mariposas es algo más que un “escrito o discurso de una materia determinada”, porque en él las mariposas escapan de la destrucción de las vitrinas –“¡Qué hermosas muertas de hambre tras el vidrio!”– para volar libremente a través de las páginas, contándonos su historia y las de otros viajeros que las acompañan, contando nuestra propia historia: nacer, morir y renacer. Permanece la forma, la geometría, la esencia, el alma.

Como en todo buen tratado hay notas aclaratorias y algo más: un cuaderno de campo, un blog que complementa nuestra lectura, para que conozcamos mejor a las mariposas y a los viajeros ilustradores que han colaborado en este proyecto, entre ellos nuestro compañero y amigo Rafael Lucena, con su hermosa Papilio palinurus, la mariposa esmeralda.  

Yaiza ha estructurado su poemario en tres partes, tres estados del lepidóptero. Pequeñas mariposas sobrevuelan los poemas de los dos primeros capítulos; algunas se convertirán en los imagos de la sección final, las mariposas adultas en todo su esplendor.

Iniciamos el viaje en esa caja de zapatos que ahora es lenguaje, cuerpo y mundo. “De la tierra haciendo cascarón y templo”, así comienza la historia de huevos y larvas, acunados por las “plantas madre”, alimento de la mayoría de las mariposas, lugar donde las hembras ponen los huevos, donde nacen las larvas y se alimentan. Es el origen del ciclo, el mundo vegetal. Si una planta se extingue, un mundo desaparece con ella.

De historias de destrucción y de supervivencia nos hablan los once poemas que componen la primera parte. Como la mariposa Lycaeides melissa samuelis, conocida como la Karner Blue, porque fue encontrada en Karner, una aldea del estado de Nueva York.  Pero la urbanización ha destruido al “salvaje lupino” su planta madre: “Han separado la tierra/ y a las criaturas de la tierra/ y a la tierra de sus criaturas”.  

Nuestro viaje nos lleva hasta Japón, donde el accidente nuclear de Fukushima fue causa de mutaciones en la Zizeeria maha. Seguiremos después a la mariposa monarca en su largo peregrinaje desde Canadá a Méjico, a los “santuarios de hibernación”, lugares para proteger a su planta madre y con ella a la monarca, la Danaus plexippus. Para el pueblo indígena de los mazahura estas mariposas son el símbolo de sus muertos, que regresan a visitarlos cada año: “Al final de la ruta una boca/ llama a los muertos”. Porque, como leeremos en la sección final: “El cuerpo es la ruta de los ancestros”.

Desde el parque de Anaga, en Tenerife, nos llega el lamento de la mariposa capuchina; “el paso de los militares”, la avispa para controlar las plagas, ha sido la causa de que no se vea este ejemplar desde los años 90: las avispas “penetran en la niña/ para masticarla desde el interior”. “Me escondí para siempre”, susurra la gigante blanca de la isla de Madeira, pues durante siglos la quema de los bosques donde habitaba ha provocado la desaparición de esta especie.

Pero la mariposa, como los seres que habitamos la tierra, posee una enorme capacidad de adaptación. Un impulso vital le permite sobrevivir en las circunstancias más adversas. Así tenemos a la Biston betularia de Manchester. Si en un principio fue blanca para camuflarse entre la corteza de los abedules, las industrias derivadas del carbón tiñeron de negro las cortezas, y durante años la mariposa fue cambiando sus alas para adaptarse al nuevo medio:

“niña come
esta hoja de hollín
sobre la corteza de los abedules”

La mariposa bandera argentina también se encuentra en peligro si desaparece su planta madre. En la región Punta del Indio se les rinde cada año un homenaje: “y allá donde se iza/ la tierra es sagrada”.

Contraportada de
Tratado de las mariposas,
con el poema Morpho azul y la
ilustración de Laura Giordani
Y de este modo, nuestros huevos y larvas se han convertido en crisálidas “
toca la costura entre mundo y cuerpo”. En su camino hacia la continuidad de la vida las acompañan otros seres: “Parten los Viajeros/ hacia la restauración de la Frondosa”. Las notas nos remiten a los nombres científicos de las mariposas, nombres de resonancias mitológicas que conformarán el mundo simbólico de la tercera parte del poemario. También los nombres comunes de las mariposas atesoran una historia, desde la forma de sus cuerpos hasta la majestuosidad del vuelo. Seres con dos nombres, con múltiples significaciones, como la luz que se refleja en las escamas de sus alas y las trasforma en cristales, en prismas donde esa luz se convierte en transparencia o color: azules, esmeraldas, amarillos, rojos o anaranjados.

Pero no adelantemos el final. Acompañemos a esas madres y niñas entre versos que hablan de muerte y destrucción, como en el poema “Nadie”, y su Tatochila Theodice, la mariposa blanca de Chile. Por un momento  parece que nos adentramos en un cuerpo-mundo donde “entre el montón de huesos/ respira la música”. Es un viaje “en realidad dirigido/ al núcleo del costillar”, a la “celosía de huesos”. La poesía da voz a lo que permanece enterrado y oculto, a lo que no se quiere nombrar, para de ese modo borrar su existencia. Hay una muerte después de la muerte: el silencio y el olvido. La palabra recupera la memoria, “Hazlo saber”:

“es doble la muerte
cuando los huesos
se ocultan a la luz”

“Benjamin Driscoll”, personaje del cuento La mañana verde de Ray Bradbury, vuela con la Heliconius erato, “el pequeño cartero”. “Agua y paciencia para el latido”, leemos en el poema. Esta mariposa, de origen muy remoto, guarda la memoria de los lugares donde hay néctar y polen. Después, en la sección “Imago”, oiremos su orden: “Obedece al amor/ Traslada a los poetas/ Erato”. Aunque ahora estamos comenzando y aprendiendo; con la vegetación aparece la vida:

“En el corazón
tocan los Viajeros
el bosque y la savia-cincel
de las algas primeras”

Seguimos el viaje a través de la historia y la memoria de los que fueron silenciados, como Hipatia, mujer y filósofa que sufrió la crueldad y la destrucción por su condición de mujer: “En el esternón encuentra golpe, hoguera,/ desolladura”. Pero Hipatia es Actias luna, una mariposa nocturna que burla a sus depredadores, los murciélagos, girando su cola para desviar el sonido y confundirlos. La memoria de Hipatia sobrevive. Cuando de la crisálida salga como imago la Actias luna comprobaremos que “Como en mil y un relatos se muestra/ a la fuerza vence lo sutil”.

Vence el amor; lo sabe bien la Hypolimnas bolina o mariposa de la luna azul, cuyas hembras no abandonan las hojas donde ponen los huevos. Hay que “acostar a las niñas en un pozo seguro/ y hacer de cada órgano/ lumbre y nevero”, nos dice en el poema “Jojo”:

Llegan los Viajeros al día
es tiempo para jugar

No hay que temer el viaje. De eso nos habla la “Pieza de Ismael y de Laertes”, con su hermosa Papilio machaon, la macaón: “Las mariposas tocan tórax y brazos/ con la boca de la infancia”. Frente al poder, se alza de nuevo el silencioso resistir de las mujeres en la historia:

“qué consuela este acuario circular

de las mujeres
donde cuerpo y pensamiento
se reúnen”

Con “Naia”, nombre que se le dio al esqueleto de una adolescente de más de 12.000 años de edad, viaja la Calyptra thalictri, o polilla vampiro que se alimenta de sangre o lágrimas: “En la montaña del ser/ vino a posarse la mano”.

En este tejido del tiempo, nunca están solas las mariposas; entre la luz de la “Pieza de la luciérnaga” o el dolor de “Magma”: “Mi pueblo muerto/ genera tejido de observación, / susurro miel de aguarda”. Y en los poemas “Amaris” y “María”, la niña de Sierra Nevada, una de las diez especies más amenazadas del mundo, cuida a la vulneraria, su planta madre: Lamiendo a la madre/ se cura el esqueje.

El amor se yergue frente a la ira y la cólera del poema “Aquiles”: “El azufre volcánico ha invadido este mar, cuerpo de Erinias/ que de amor aprendió violencia”. La Attacus atlas, la mariposa más grande del mundo, aparece en el “Pléyades”, hijas del titán Atlas. Pero este lepidóptero, de treinta centímetros, carece de boca en su etapa adulta y muere a los pocos días de convertirse en imago: “El gigante carece de boca/ pero piensa/ piedra de Toukbal sostiene el cielo”.

Los viajeros sobreviven a un mundo hostil, porque se conserva la memoria del amor, como en el poema “Pan”, donde regresa la mariposa de la luna azul: “Acarician los Viajeros la malla del alma/ crecida sin madre”. Otra vez “el pespunte late” y los seres que habitan la tierra se funden en uno. De este modo leemos en la “Pieza de la paz”:

“Las mujeres
atraviesan la puerta
para salvar la ciudad
Detuvieron la guerra
No lo dice la Historia

Solo voceaban los niños”

“Las dos caras de esta moneda rezan solo dar”, escribe Yaiza en el poema “Antonio D. Varela”, un canto a la generosidad, a la palabra como portadora de luz, como un cauce donde el desorden, el caos, se convierten en el lenguaje de la razón y la justicia: “se impone logos al viento”.

Otros poemas nos hablan de resignación, de soledad, pero también de calma, alegría y crecimiento (“el cuerpo de agua alcanzará el mar”, leemos en “Sinclair”). En “Asclepias” la mariposa monarca nos lo recuerda, para que no lo olvidemos nunca:

“A ras de tierra
son cincuenta años luz

y guarda

la moneda de amor que liba”

En la “Pieza del maestro”, “palpan los viajeros el deseo/ de enseñar al desierto a ser agua”. Todo parece volver a su lugar y el orden se restaura: “el Reino Vegetal impregna el canto”.

Ha sido un largo camino el de estos lepidópteros que en el capítulo final se han convertido en adultos, en mariposas de breve pero intensa vida. Qué poco sabíamos de ellas, y cuánto nos han enseñado. Ahora vuelan al ritmo de los versos, de la naturaleza. Nos piden que las dejemos volar y que volemos con ellas, a través de las metáforas, de las imágenes que Yaiza Martínez ha ido engarzando para crear un mundo, un lugar en el lenguaje donde reposar tranquilos, pero sin olvidarnos de una amorosa vigilancia.

“La forma es el color”, nos dice de la morpho azul, y la “mariposa de cristal” nos enseña la “transparente geometría de los instintos”, mientras la  mariposa arlequín agita majestuosamente sus alas, o la Caligo, nos remite a las tinieblas, un estado que existía antes que el caos.

Nos conmueve la belleza de algunas mariposas, que se sienten atraídas por la fruta podrida, la arena empapada de orín y los flujos de los animales muertos, como la mariposa del madroño. Y admiramos las distintas formas de sobrevivir, como la de la Vanessa atalanta que utiliza la técnica del camuflaje “la fe es culpa del color  y el resto es rúbrica alar que convence / de amar la batalla”. O la de la mariposa cebra, y su vuelo circular para huir de los extraños:

“Y un espiral de plata la lleva
  Al reloj azul del ápice

Siempre al mismo punto distinto”

El poemario se cierra con el poema de la mariposa blanca de Chile, en el que se repiten versos como un círculo. Es el regreso, el renacer y nosotros estamos allí, somos los “animales lectores”, que habitan en “edificios tiernos /que se pueden comer”, en la naturaleza. De este modo concluye y se inicia de nuevo, el Tratado de las mariposas, el ciclo de la vida:

Cuando el fuego se apaga
aquí
la forma siempre es el color

el cómo y el qué
son un circuito


Este texto se leyó en la Presentación de "El tratado de las mariposas", de Yaiza Martínez
en la sala de fondo local de la Biblioteca Pública Municipal de Lucena. 5 de abril de 2018 







domingo, 4 de marzo de 2018

“Frankenstein o el moderno Prometeo” (Edición anotada para científicos, creadores y curiosos en general)


Mi aspecto era repugnante, y mi estatura gigantesca. ¿Qué significaba aquello? ¿Quién era yo?  ¿Qué era yo? ¿De dónde venía? ¿Cuál era mi destino? Me hacía aquellas preguntas constantemente, pero era incapaz de darles una respuesta.
                                                         Mary Shelley  Frankenstein

Frankenstein o el moderno Prometeo acaba de cumplir doscientos años. El 1 de enero de 1818 se publicó por primera vez esta novela cuya gestación se remontaba a 1816, cuando la joven Mary Godwin pasaba un verano lluvioso y frío en Ginebra. La erupción del volcán Tambora, en Indonesia, había sido la causa de que muchos lugares de la Tierra sufrieran esos extraños cambios atmosféricos. A 1816 se le llamó “el año sin verano”. No sabemos si la criatura de Frankenstein hubiera nacido de no haberse dado esta circunstancia que obligó a Mary y a sus ilustres acompañantes a pasar largas horas sin salir, buscando distracciones como la lectura de relatos de misterio, o participando en un juego que el 16 de junio propuso lord Byron: “¡Escribamos cada uno una historia de terror!”.

Animados por su hermanastra Claire –amante de Byron–, Mary y su pareja, el poeta Percy B. Shelley, con su hijo William de pocos meses, habían alquilado una casa en el lago. Lord Byron y Polidori, su médico, se instalaron en villa Diodati, una mansión cercana, que se convertiría en escenario de largas conversaciones entre los poetas Shelley y Byron en las que hablaban sobre la “naturaleza del principio de la vida”, de los experimentos del doctor Darwin, del galvanismo. Mary los acompañaba “como una casi silenciosa oyente”, según sus palabras.

“¿Cómo es posible que yo, entonces una jovencita, pudiera concebir y desarrollar una idea tan horrorosa?”, escribía Mary en la introducción a la edición de Frankenstein de 1831. Hija de dos ilustres pensadores y escritores, el filósofo político William Godwin y la filósofa feminista Mary Wollstonecraft, Mary había tenido desde pequeña la idea de escribir. En su casa se reunían grandes científicos y poetas; sin embargo, para ella su vida era “anodina”, sentía la gran ausencia de su madre, que había muerto a los once días de que ella naciera, y solo encontraba la felicidad en la imaginación y en los sueños.
Por las tierras donde nace Frankenstein. Foto: Carmen H.

Luego su vida “se hizo más compleja y la realidad ocupó el lugar de la ficción”. Se fugó con Shelley, un hombre casado, viajó con él por Europa, en condiciones difíciles, tuvo una hija prematura, que murió a las pocas semanas, y después un hijo, William. Esa intensa experiencia vital la había hecho madurar demasiado aprisa.

Todavía no había cumplido dieciocho años cuando en un sueño despierta “su imaginación, sin que nadie la llamara, se adueñó de ella y le mostró el camino”. Ve en su mente al “estudiante que crea esa cosa diabólica”. Frankenstein iba a ser un cuento corto para participar en el juego de Byron, pero animada por Shelley –quien le insistía en que procurara una buena reputación literaria” y demostrara  “ser digna de sus padres”–, Mary lo va convirtiendo en una novela que crecía a la vez que su creadora, rodeada de circunstancias como los suicidios de su hermana Fanny y de la esposa de Shelley, el matrimonio con el poeta y el nacimiento de su hija Clara.

Frankenstein se publicó sin el nombre de la autora. Solo aparecía en el lomo el apellido Shelley, y se pensó que el autor era él. Sin embargo, como escribe Mary, su marido “no le sugirió ningún episodio”.

Con motivo del bicentenario, la editorial Ariel ha publicado Frankenstein: o el moderno Prometeo: edición anotada para científicos, creadores y curiosos en general. El texto de la edición de 1818, corregido por el especialista Charles E. Robinson ha sido traducido por José C. Valdés.

El propósito de esta edición, llevada a cabo por tres profesores de un instituto de tecnología de la Universidad de Arizona –David Guston, Ed Finn y Jason Scott–, es el de educar a estudiantes de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Por ello el libro se convierte en un dialogo con colaboradores del ámbito científico y creativo. En el prefacio los editores señalan que “ninguna obra literaria ha hecho tanto para moldear la forma en que los humanos imaginan la ciencia y sus consecuencias morales como Frankestein o El moderno Prometeo”.

Mary Shelley tomó como referencia algunos detalles de la ciencia de su tiempo y fue la precursora de lo más tarde sería llamado el género de la ciencia ficción. Pero esta edición se centra en “la relación entre la creatividad científica y la responsabilidad”. Para los editores “Mary no era tan solo una escritora interesante sino también una pensadora potente”.

Lo que estaba destinado a ser una historia de terror comenzó a adquirir vida propia, a caminar por sí solo y a convertirse en un mito. Pero lo verdaderamente terrorífico no es el “monstruo”, la criatura, sino la idea de su creación.

Mary Shelley utiliza la técnica de la novela epistolar para enmarcar la acción que se desarrolla a finales del siglo XVIII. El joven Robert Walton, emplea su fortuna en alquilar un barco y contratar a la tripulación para llegar al Polo Norte y “descubrir la maravillosa fuerza que atrae la aguja de la brújula”: “He preferido la gloria a cualquier otra tentación que las riquezas me pudieran ofrecer”. En las cartas que le escribe a su hermana, Walton se lamenta de su soledad: “Puedes acusarme de ser un romántico, mi querida hermana, pero siento amargamente la necesidad de contar con un amigo”.

En su travesía entre los hielos, Walton, se encuentra con un ser extraño, y después con Victor Frankenstein: “Este no era, como parecía ser el otro, un habitante salvaje de alguna isla ignota, sino un europeo”.  El contraste entre los adjetivos “salvaje” y “europeo” refleja la mentalidad colonialista de la época.

Walton encuentra en Victor al amigo que buscaba y decide transcribir la historia que este le empieza a narrar. Victor se da cuenta de ello y le pide ver las notas: “Él mismo las corrigió y las aumentó en muchos lugares, pero principalmente se ocupó de dar vida y fuerza a las conversaciones que mantuvo con su enemigo”.

Esas conversaciones convierten a Frankenstein o el moderno Prometeo en una obra excepcional, a pesar de sus fallos. Es cierto que algunos personajes son planos y responden a los modelos de la novela sentimental, que alguna carta que enlentece la acción, que a la historia de los De Lacey le sobran bastantes páginas, o que no podemos creer que Victor no se diera cuenta de la verdadera amenaza para el día de su boda. Pero lo que no se le puede reprochar a Mary Shelley es la falta de verosimilitud, pues entonces deberíamos medir con el mismo rasero los mitos y las historias “fantásticas” que forman parte del imaginario colectivo y de la literatura universal. A modo de captatio benevolentiae, en el prefacio de la primera edición –escrito por Percy Shelley, según recuerda Mary–, se apela a obras como El sueño de una noche de verano o la Tempestad de Shakespeare, La Ilíada o El paraíso perdido. Nosotros ahora podríamos añadir obras de ciencia ficción o La metamorfosis de Kafka, o los relatos de Borges, por ejemplo.
Victor Frankenstein nace en Ginebra en un mundo ideal. Es querido por sus padres, tiene un gran amigo, Clerval y una prima y compañera, Elizabeth, destinada a ser su futura esposa. Primero Victor, y luego Clerval serán trasuntos de Percy Shelley. La descripción de Elizabeth nos recuerda a la propia Mary:

Me encantaba investigar lo que ocurría en el mundo; ella prefería ocuparse en perseguir las etéreas creaciones de los poetas. El mundo era para mí un misterio que deseaba desvelar; para ella era un espacio que deseaba poblar con sus propias imaginaciones.

La ciencia se va convirtiendo para Victor en una pasión. Leía las obras de los alquimistas Cornelio Agripa, Paracelso y Alberto Magno, y se entusiasmaba ante  descubrimientos como el de la electricidad. Pero ese afán de conocimiento va unido al deseo de alcanzar la gloria sin que importen las consecuencias: “¡Pero qué fama alcanzaría si pudiera erradicar la enfermedad de la condición humana y conseguir que el hombre fuera invulnerable a cualquier cosa excepto a una muerte violenta!”

A los diecisiete años el mundo idílico se derrumba. Antes de viajar a la Universidad de Ingolstadt para iniciar sus estudios, Victor sufre la muerte de su madre. Se siente solo, lejos de los que le aman, pero pronto su pasión por la ciencia hará que olvide sus afectos. En la universidad conoce al doctor Krempe, cuyo aspecto le desagrada. Krempe desanima a Victor, burlándose de sus desfasadas lecturas: “Se me estaba pidiendo que cambiara quimeras de infinita grandeza por realidades que apenas valían nada”. Sin embargo se entusiasma con las clases del doctor Waldman: 

Los antiguos maestros de la ciencia –dijo– prometían imposibles y no consiguieron nada. Los maestros modernos prometen muy poco. Saben que los metales no pueden transmutarse y que el elixir de la vida es solo una quimera. Pero estos nuevos filósofos, cuyas manos parecen hechas solo para escarbar en la suciedad y cuyos ojos parecen solo destinados a escudriñar en el microscopio o en el crisol, en realidad han conseguido milagros.

Victor quiere descubrir el principio de la vida y para ello recurre a la muerte, a estudiar la descomposición. Investigará en las tumbas y en los osarios. No solo alcanzará este objetivo sino que será capaz “de infundir vida en la materia muerta”. Pero, al igual que Prometeo, le ha robado el fuego a Dios, ha cometido un acto de hybris, de soberbia. Duda acerca de cómo utilizar ese poder. Por momentos se siente como un dios: “Una nueva especie me bendeciría como a su creador y fuente de vida; y muchos seres felices y maravillosos me deberían sus existencias”.

Victor crea una criatura compuesta de retazos y para darle vida recurre a una maquinaria “con la que iba a poder insuflar una chispa de existencia en aquella cosa exánime”. Mary utiliza las investigaciones de Galvani sobre el uso de la corriente eléctrica para activar un músculo. Y entonces la criatura abre los ojos “amarillentos y turbios”, respira y agita sus miembros. Victor ha conseguido lo que quería pero en ese mismo instante experimenta el horror y huye dejando solo al ser que acaba de llegar a la vida. La criatura busca a su creador pero este vuelve a escapar. En su huida encuentra a su amigo Clerval, que ha llegado a Ingolstadt para iniciar sus estudios. Durante meses Victor sufre unas fiebres nerviosas, luego se recupera y todo parece tranquilizarse, hasta que llega la carta del padre en la que comunica el asesinato de William, el hermano pequeño.

Victor visita el lugar del crimen mientras se desata una tormenta “tan hermosa y, sin embargo, tan aterradora”. Habían transcurrido seis años desde que saliera de su hogar y dos años desde que le dio vida al engendro, cuya figura distingue entre los relámpagos. Victor Frankenstein se siente culpable de la muerte de William y la injusta condena de la joven Justine, cuya muerte cae también sobre su conciencia.

La naturaleza –como sucede en Werther y en tantas obras románticas– tiene un papel esencial en la novela. Para descansar y calmar el dolor a familia hace un viaje a Chamonix: “Aquellos paisajes sublimes y magníficos me proporcionaban todo el consuelo que estaba en mi mano recibir”. Sin embargo, el día en que Victor vuelve a encontrarse con su criatura “llueve, y densas nieblas ocultan las montañas”. Aunque también “la contemplación de lo terrible y lo majestuoso en la naturaleza (…) ennoblece su espíritu”. Ha llegado el momento de enfrentarse con el otro, con la criatura, que ahora habla y razona y ha aprendido a enfrentarse a su creador:

Pero vos, mi creador, me odiáis y me rechazáis, a vuestra criatura, a quien estáis ligado por lazos que solo se romperán con la muerte de uno de los dos. Os proponéis matarme… ¿Cómo os atrevéis a jugar así con la vida? ¡Cumplid con vuestro deber para conmigo y yo cumpliré con vos y con el resto de la humanidad!

Cubierta de Frankstein. Edidión de 1831
Fuente: Wikipedia
La criatura, que ni siquiera tiene nombre, le cuenta a Victor su historia. Llegó a la vida y se encontró solo, sin saber ni comprender nada; entonces lloró: “Sentía la luz, el hambre, la sed y la oscuridad”. Sin embargo, logró sobrevivir. Con la cercanía y la observación de la familia D Lacey aprendió a hablar, a escribir, a adquirir conocimientos. No había tenido padre, ni madre que le diera cariño; nadie era como él: “¿Era entonces un monstruo, un error sobre la Tierra, un ser del que todos los hombres huían y a quien todos los hombres rechazaban?”. No era Adán, sino el ángel caído. No obstante amaba la vida y quería defenderla.

Pero el conocimiento entrañaba más dolor. En un bosque encontró una bolsa con unos libros, los mismos que Mary leía en el verano que nace la novela: El Paraíso perdido, las Vidas de Plutarco y las Desventuras de Werther. La criatura se siente identificada con Werther, y en la novela encuentra “una fuente inagotable de reflexión y asombro”. Con su lectura aprende acerca de los sentimientos y la manera de expresarlos: “Y pensaba que el propio Werther era el ser más maravilloso que hubiera visto o imaginado jamás. Su carácter no era pretencioso, pero dejó una profunda huella en mí”. Las palabras del “monstruo” logran conmover a Victor Frankestein, que por primera vez siente “que un creador tenía deberes para con su criatura”:

Creí que había una parte de justicia en su argumentación. Su relato y los sentimientos que ahora expresaba demostraban que era una criatura de emociones delicadas; y yo, como su hacedor, ¿no debía proporcionarle toda la felicidad que estuviera en mi mano concederle?

Victor se compadece, quiere consolarlo, pero le repugna la fealdad de esa “masa inmunda” y siente “horror y odio”. No obstante, accede a su petición: crear una mujer “tan deforme y horrible”, como él, siempre y cuando la pareja se marche de Europa, al exilio. En lugar de contraer matrimonio con Elizabeth, Victor parte hacia un nuevo viaje con destino a Inglaterra. Su prima acepta el aplazamiento: “Y solo lamentaba que ella no tuviera las mismas oportunidades para ampliar sus conocimientos y cultivar su inteligencia”.

Victor se dispone a cumplir la promesa lejos de su hogar, pero le acechan las dudas. Puede que esté creando una nueva especie y que la humanidad lo maldiga por ello. Y entonces destruye a aquella nueva criatura que está a punto de crear. Los papeles se han invertido y ahora Victor se ha convertido en el esclavo del monstruo: “Tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño: ¡obedéceme!”.  Quizás esta fue la razón por la que la que Frankenstein se prohibió en la Sudáfrica del apartheid:

La novela se cierra con nuevas cartas de Walton a su hermana. Victor nunca le ha querido hablar de los detalles de su creación: “Aprenda de mis desdichas, y no pretenda aumentar las suyas”. Y se despedirá de Walton de este modo: “Busque la felicidad en la tranquilidad y evite la ambición, aunque sea la ambición aparentemente inocente de sobresalir en las ciencias y los descubrimientos”.

La criatura también acude a despedirse de su creador, pero ya es demasiado tarde: “¡Oh, Frankenstein…! ¡Ser generoso y abnegado…! ¿Me atreveré a pediros que me perdonéis?”. Abandonado por su creador, será él mismo quien decida acerca de su destino “para que sus restos no puedan sugerir a ningún desgraciado curioso e ingenuo que puede ser capaz de crear a otro como él”.

En la introducción a la edición de 1831 escribía Mary Shelley:

Y ahora, una vez más, invito a mi monstruosa progenie a que siga adelante y prospere Le tengo cariño porque fue el fruto de días felices, cuando la muerte y el temor no eran sino palabras que no encontraban un verdadero eco en mi corazón.

Y, conforme a las palabras de la autora, ese monstruo siguió andando. Antes le robó el nombre a su creador y se le empezó a llamar Frankenstein. La novela solo ha cumplido doscientos años y aún continúa joven, haciéndonos olvidar todo lo que en ella ha podido quedar anticuado, y dialogando con nosotros sobre la ciencia, la literatura, la responsabilidad moral, la imaginación, los sentimientos y el sentido de la vida.

martes, 30 de enero de 2018

"Seres de un día", de Atonio Luis Ginés


"Seres de un día, ¿quién es uno?, ¿quién no es?,
sueño de una sombra el hombre".

Píndaro. Píticas VIII

“El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo”, escribe Charles Simic en Una mosca en la sopa. Simic define la poesía como una fotografía mental en la que los lectores nos reconocemos a nosotros mismos. La fotografía capta el instante, es la imagen de algo que ya ha dejado de existir: ese momento en que una mano nos roza o una mirada se dirige a un punto que ha quedado fuera del encuadre; pero algo permanece.

Como lectores dejamos al margen la erudición y nos adentramos en la poesía a través de sus propios códigos. Somos ese tú al que se dirige el llamado “yo poético”, como si la propia creación poética no fuese una experiencia personal que se nutre de lo vivido y lo sentido. Este debate lo resuelve Antonio Luis Ginés con una sencilla frase: “Escribir es exponerse”.

viernes, 12 de enero de 2018

“Vestidas para un baile en la nieve”, de Monika Zgustova

En Réquiem, escribía Anna Ajmátova: “No soy yo esa, es otra quien sufre./ No lo resistiría yo. Que velos negros/ cubran lo sucedido, que retiren/ los faroles…/Noche. Años después, Ariadna Efron, hija de la poeta Marina Tsvetáieva, recordaba este poema al pensar en todo lo que había sufrido.

Vestidas para un baile en la nieve (Galaxia Gutenberg, 2017) comienza a gestarse en septiembre de 2008, cuando la escritora, traductora y periodista Monika Zgustova (Praga, 1957), que reside en Barcelona, viaja a Moscú y asiste, a instancias de su amigo Vitali Shentalinski, a una reunión de antiguos presos del gulag. Se leyeron poemas, cuentos y ensayos. Monika Zgustova se sorprendió al ver el gran número de mujeres que había y decidió entrevistar a algunas de ellas. 

Las historias de Vestidas para un baile en la nieve muestran la capacidad de sufrimiento del ser humano, su resistencia y su deseo de sobrevivir. Se ha escrito mucho acerca del gulag, una palabra que surge de unas siglas –“Central administrativa de los campos de trabajo correccionales”–, y que acaba designan do al “campo de concentración” o al “conjunto de centros penitenciarios” de la antigua Unión Soviética. Por encima de las cifras y estadísticas de la gran maquinaria represiva nos conmueven los testimonios de las personas que vivieron ese infierno.

martes, 5 de diciembre de 2017

Montaigne en Roma

"Su ruina misma está llena de gloria y de pompa". (Montaigne, La vanidad)
Aun las cosas presentes las poseemos sólo con la fantasía. Dado que me encuentro inútil para este siglo, me entrego a aquel otro; y me embelesa tanto, que el estado de la vieja Roma, libre, justa y floreciente —porque no amo ni su nacimiento ni su vejez— me importa y apasiona. (…). ¿Se debe a la naturaleza, o a un error de la fantasía, que la contemplación de los sitios que sabemos fueron frecuentados y habitados por personas cuya memoria tenemos en estima, nos conmueva en cierto modo más que escuchar el relato de sus acciones o que leer sus escritos?
                                                                  Michel de Montaigne, La vanidad

El viaje de Michel de Montaigne por Alemania, Suiza e Italia debía culminar con la llegada a Roma, lugar imaginado y a la vez familiar. Pero, ¿cómo sería Roma?, ¿cumpliría todas las expectativas? Montaigne quien, sometido a un curioso experimento, aprendió latín antes que la lengua francesa, temía que Roma lo defraudase. Por ello su secretario anotó:
Y en cuanto a Roma, adonde los demás ansiaban ir, él deseaba verla menos que otros lugares, pues todo el mundo la conocía. (...). Decía también que le parecía ser igual que esos que leen algún cuento muy placentero, o un hermoso libro, y tienen miedo de que llegue pronto el final.

Llegaron, “a las veinte horas del último día de noviembre,
 festividad de San Andrés, a la puerta del Popolo”
Sin embargo, el señor de Montaigne, cuando ya se hallaba cerca de Roma, no pudo disimular su nerviosismo. En la jornada final se levantaron “tres horas antes de amanecer, tantos eran los deseos que tenía de pisar el suelo de Roma”. Llegaron, “a las veinte horas del último día de noviembre (de 1580), festividad de San Andrés, a la puerta del Popolo”. Al entrar en Roma le confiscaron sus Ensayos y otros libros para que los examinaran los censores de la Inquisición. No se los devolvieron hasta marzo, con una llamada de atención por utilizar demasiado la palabra “fortuna” y por mencionar a poetas heréticos.

lunes, 27 de noviembre de 2017

"Diario de viaje a Italia", de Michel de Montaigne

Monteriggioni. La Toscana

No porque lo dijera Sócrates, sino porque en verdad es mi inclinación, y acaso no sin algún exceso considero a todos los hombres compatriotas míos, y abrazo a un polaco como a un francés, posponiendo el lazo nacional al universal y común.
                  
                                                                     Michel de Montaigne, La vanidad

El largo viaje de Montaigne por tierras de Alemania, Suiza e Italia duró diecisiete meses y ocho días. Marchó de su castillo el 22 junio de 1580  y no regresó hasta el 30 de noviembre de 1581. El lunes 5 de septiembre de 1580 Montaigne comenzó a llevar un diario en el que anotaba los lugares por donde iba pasando y todo lo digno de ser recordado. Esta “hermosa tarea”, aunque algo molesta, era el cometido de uno de los hombres que lo acompañaban, un secretario encargado de escribir lo que le indicaba su señor, unas veces al dictado, otras incluyendo detalles y expresiones que consideraba del gusto de Montaigne.

A mediados de febrero de 1581, el secretario se despide y es Montaigne quien  prosigue con la tarea. Quizás más tarde estas anotaciones le servirían para escribir algo nuevo, o para introducir modificaciones en los Ensayos, cuya primera edición se había publicado en 1580, con gran éxito de ventas y mayor fama para su autor. El 13 de mayo de 1581, hallándose en la Toscana, Montaigne se atreve a escribir sus notas en italiano: “Parlar un poco questa altra lingua”. Al fin y al cabo se trataba de unos escritos privados, que no pensaba publicar.

Tras su muerte, en 1592, aquellos papeles se quedaron guardados en un arcón y durante casi dos siglos, Michel de Montaigne siguió siendo el autor de un admirable libro único: sus Ensayos.

jueves, 12 de octubre de 2017

Cómo vivir. Una vida con Montaigne

Hay más quehacer en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y más libros sobre los libros que sobre otro tema: no hacemos sino glosarnos los unos a los otros. 
         (Montaigne, “De la experiencia”)


La lectura de Montaigne puede cambiarnos la vida. Esta idea se ha convertido en un lugar común, y en cierta medida estoy de acuerdo con ella, algo cambia. Cuando repaso mis anotaciones de la primera vez que leí los Ensayos redescubro la sensación de que Montaigne sabía algo de mí y por eso me estaba diciendo lo que yo necesitaba, invitándome a participar en un diálogo que aún no ha concluido.

A menudo Montaigne se refiere a lo que él llama uno de sus defectos: la falta de memoria: “Las veces que me he confiado y entregado por entero a mi memoria, dependo tanto de ella que la abrumo; se asusta de su responsabilidad”, escribe en el capítulo IX del tercer libro. Todo lo olvida y ha de anotar lo que quiere conservar en el recuerdo. Sin memoria no es posible la ciencia, por eso él dice ir de un lado para otro en sus escritos. Su vida es su propio libro y en él se diseminan citas, ejemplos y recuerdos.  La vida se nos presenta en toda su complejidad, como si cada línea fuese un bisturí que disecciona al ser humano. Montaigne nos convierte en múltiples y poliédricos.