martes, 11 de septiembre de 2018

"Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor", de Wisława Szymborska


“El manitas debe nacer; no es posible convertirse en uno de ellos, así, de repente, cuando ya se tiene una edad”, escribía Wisława Szymborska en “Los manitas”, una de sus Lecturas no obligatorias. Algo similar podría aplicarse a los poetas y a los escritores en general. Hay personas que nacen con talento para la literatura y personas que no. Por mucho que nos empeñemos en asistir a talleres literarios y cursos de escritura creativa, o en leer libros sobre cómo se escribe un relato, no nos servirá de nada si no existe esa condición previa cuyo origen se halla en la  caprichosa genética, que reparte sus dones de manera bastante aleatoria.

Eso no quiere decir que aquellas personas a las que les guste escribir como una forma de expresarse, de organizar sus ideas y su mundo interior, vayan a dejar de hacerlo. Pero seguro que disfrutarán más si son conscientes de que nunca llegarán a ser un Borges o un Federico García Lorca. Probablemente, si los talleres y cursos están impartidos por buenos profesores, con sensibilidad artística, los alumnos acabarán siendo mejores lectores, perspicaces, atentos a los detalles y al estilo. Además tendrán la ocasión de conversar sobre libros y poesía, sin que nadie los tome por gente rara, que se lo pasa muy bien hablando de cosas como la estructura de “Las moscas” de Horacio Quiroga o del poema “Amor feliz” de Wisława Szymborska; pues, como ella misma escribe, “hablar de libros es algo necesario”.

“El camino al Parnaso está abierto para todo el mundo. En apariencia, claro está, porque, a fin de cuentas, lo que decide aquí es la genética”, leemos en Correo Literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor (Nórdica Libros, 2018), una recopilación de textos que Szymborska escribió para la revista polaca Vida Literaria, que nace en 1951 y a cuyo consejo de redacción perteneció desde 1953 hasta 1981. En 1960 aparece la sección, “Correo literario”, en la que dos redactores, uno de ellos Szymborska, responderán a los lectores que envían sus obras a la revista para que sean publicadas.

A Wisława Szymborska no le gustaban las poéticas ni escribir acerca de la poesía. Sin embargo, como señalan los traductores Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz, en Correo literario, “nos encontramos ante la mayor fuente de información sobre el concepto de literatura de Szymborska”.

Teresa Wallas, catedrática de Literatura polaca y gran amiga de Szymborska, se encargó de recopilar estos textos que se publicaron en el año 2000 en Polonia. Van precedidos de una conversación con la poeta quien nos dice que la sensación que tiene al volver a leer la selección de Wallas es que “había más diversión que valores didácticos”. Pero esto no es del todo cierto, porque bajo esa capa de humor e ironía, que tanto amamos en Wisława, subyacen ideas y conceptos muy serios. Todo un programa que alguien que quiera llegar a ser escritor debe tener en cuenta. Y algún que otro consejo como este, cuyo cumplimiento nos ahorrará más de un disgusto: “Sus poemas todavía deben quedarse en un cajón”. No obstante si persistimos en nuestro empeño habrá que cumplir con ciertas reglas.

Primera regla: conocer las herramientas

En más de una ocasión las respuestas de Wisława Szymborska se refieren a la presentación de los escritos, la letra ilegible, los tachones; descuidos que no auguran nada bueno y que invitan, simplemente, a no leer. Son muy divertidas las referencias a las faltas de ortografía: “Es fundamental cambiar de bolígrafo. El que usted usa comete muchas faltas. Seguro que es extranjero”.

Acerca del desconocimiento de la gramática, prescribe a un futuro escritor: “Así que le recomendamos la gramática de la lengua polaca tres veces al día después de desayuno, comida y cena”.

Segunda regla: utilizar las herramientas de manera adecuada

Podemos dominar bien las herramientas, pero eso no quiere decir que lleguemos a crear literatura. Ni siquiera el uso del lenguaje que consideramos más literario nos garantiza nada. Al contrario, pues los “poetas primerizos”: “Temen la más sencilla de las frases e intentan enmarañarla y complicarse la vida ellos mismos y complicársela a los demás”.

Abundan en el Correo literario las respuestas a aspirantes a escritores que envían  poemas trasnochados, cursis, de desesperación amorosa o de canto a la primavera. Algunos utilizan una rima machacona  a costa de buscar palabras imposibles; otros confunden el verso libre con escribir frases en distintos renglones. En una ocasión Wisława Szymborska responde:

La poesía (independientemente de las consideraciones que podamos hacer sobre ella) es, ha sido y será siempre un juego y no existe un juego sin reglas. Es algo que los niños saben perfectamente. ¿Por qué lo olvidan los adultos?

Más de una vez, Wisława Szymborska aconseja que se siga escribiendo y leyendo, pero que se procure conseguir otro “oficio de provecho, al margen de la protección de las musas. Según tenemos noticia, son unas histéricas y las histéricas no son de fiar”.

Tercera regla: el talento como escritor o lector

El talento literario “no es un fenómeno de masas” y “la falta de talento literario no es ninguna deshonra”. Cuando en un correo le preguntan que cómo se llega a ser escritor, Szymborska responde:

La pregunta que nos hace usted es muy delicada. Es como cuando un niño le pregunta a su madre cómo se hacen los niños y la madre le dice que se lo explicará más tarde, que está muy ocupada, y el niño empieza a insistir: “Entonces explícame, aunque solo sea cómo se hace la cabeza: pues bien, hay que tener algo de talento”

En otra ocasión, un lector le escribe: “O me dan cierta esperanza –por mínima que sea– de ser publicado, o si no, al menos, cosuélenme”.  Y Wisława Szymborska lo consuela, claro:

Le espera a usted una vida fantástica, una vida de lector, y de lector de los mejores, de lector desinteresado; la vida de un amante de la literatura, un amante que será siempre el miembro más fuerte de la pareja, es decir, no el que tiene que conquistar, sino el conquistado.
Wisława Szymborska pretendía sobre todo no crear falsas expectativas, que aquellas personas a los que dirigía sus respuestas “anónimas”, pusieran los pies en la tierra:

Persiste todavía la romántica idea de que ser poeta es el mayor de los honores y un gran prestigio. En realidad, el mayor honor y el mayor prestigio es hacer de forma intachable lo que uno sabe hacer.

Fuera de toda regla: esa feliz casualidad

“Quiere usted ser poeta pero no se fija en las cosas”, le dice Wisława Szymborska a un aspirante a escritor. Porque además del talento hay algo fundamental que convierte a una persona en poeta:

Un escritor se forma en su interior, en el corazón y en la cabeza: gracias a una innata (lo subrayamos, innata) predisposición a abstraerse, a vivir de forma emocional las cosas más pequeñas, a asombrarse incluso ante aquello que a los demás les parece normal.

Y quien tiene talento sabe que la inspiración no es suficiente, que deberá trabajar horas y horas hasta conseguir “perfeccionar los dictados del espíritu”. Entonces las palabras se unirán como si llevaran “siglos esperando encontrarse para construir un único todo indisoluble”. En una de las respuestas Wisława Szymborska nos desvela su idea de la poesía:

(La poesía) es una celebración, no se da todos los días, sino sólo muy de vez en cuando, es el fruto de un estado excepcional, una feliz casualidad. Ni siquiera los poetas con un gran bagaje literario están “habituados” a escribir poemas.  A no ser que ya no sean poetas.


Publicado en Tendencias 21

jueves, 23 de agosto de 2018

Sobre haikus y "El invernadero de nieve"


El niño juega.
Su arco de palabras
es invencible

(Un haiku para Manolo Lara Cantizani)


En la presentación de "Hainuwele". 27 de abril de 2001.
Fotografía de Antonio Ortega
Cuando me encuentre con el poeta Manolo Lara Cantizani paseando por las calles de Lucena, o tomando algo en una terraza, le diré que tiene que escribir una historia; la historia de estos días en los que ha conseguido que todos sus amigos y conocidos lo acompañen en su aventura de escribir haikus. En los momentos difíciles a los seres humanos nos une la poesía; se trata, parafraseando a Juan Ramón Jiménez, de “vencer al miedo cantando”.

He cantado con Manolo Lara en varias ocasiones, como en el grupo carnavalesco que formamos con otros amigos a finales de los años 90. El historiador Arcángel Bedmar, letrista y director musical, nos había contagiado su pasión por el carnaval de Cádiz, y nosotros interpretábamos sus ingeniosas letras con toda la energía posible, pero desafinando. A pesar de nuestra escasa formación musical, disfrutábamos y transmitíamos nuestra alegría. Y eso era lo más importante.

También, durante dos cursos, en épocas distintas, trabajé con Manolo Lara en el IES Juan de Aréjula. Recuerdo sobre todo los años 2000 y 2001, en los que nos sucedieron muchas cosas. Por entonces él había creado la colección de poesía Las cuatro estaciones, editada por el Ayuntamiento de Lucena. De aquella preciosa colección saldrían hitos como Hainuwele de Chantal Maillard (2001), en cuya presentación participé, gracias al empeño de Manolo. Pues cuando él dice: “Lo presentas tú”, sabemos que es una responsabilidad pero, sobre todo, un honor.
En el IES Juan de Aréjula, después de l
a conferencia  del dramaturgo Juan Carlos Rubio,
dentro de las actividades de la Semana del Teatro,
organizada por la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Lucena.
Además de editar a grandes autores españoles, la colección incluyó a poetas que en España apenas habían sido publicados, como Charles Simic, con la antología Desmontando el Silencio (2004), traducida por Jordi Doce; o Mark Strand, con Aliento (2004), traducido por Julián Jiménez Heffernan.

Manolo Lara consiguió convertir a Lucena en un referente para la poesía en nuestro país, a la vez que trabajaba en distintos institutos como profesor de Enseñanza Secundaria, e inculcaba a los alumnos el amor por la literatura. Desde hace once años es concejal del Ayuntamiento de Lucena y en la actualidad se encarga, entre otras, de las delegaciones de Cultura, Turismo y Deporte. Como animador y difusor cultural su lema sigue siendo “por qué no”; porque en la vida siempre debe haber una nueva aventura en la que embarcarnos.
Con nuestro querido amigo Arnoldo Liberman,
después de su conferencia: "Música y errancia:
Mahler llega a Lucena", organizada por la Delegación de
Cultura del  Ayuntamiento de Lucena en febrero de 2016

En 10 de mayo de 2007 Lara Cantizani presentó en Lucena su libro El invernadero de nieve, con el que había obtenido el XXXIII Premio de Poesía Ciudad de Burgos y que había sido editado por la prestigiosa editorial DVD, ya desaparecida. Como en otras ocasiones me dijo: “Quiero que lo presentes tú”. Y estas fueron algunas de las palabras que escribí entonces:

Presentación de El invernadero de nieve

La poesía es un puente entre la realidad y lo inexplicable. A veces ese puente se halla en el poema oral de una niña, en un avión de juguete o en unos cromos repetidos. Todos trazamos nuestros puentes, pero los poetas logran cristalizarlos en palabras.

Los poemas de El invernadero de nieve están divididos en tres secciones: “charcos”, “lagos” y “mares”. Lara Cantizani ha utilizado la metáfora del agua como título de cada sección. Comenzaremos chapoteando por los charcos, como en nuestra infancia. Después navegaremos por lagos tranquilos e inquietantes, como una estampa japonesa; y terminaremos sumergiéndonos en los mares cada vez más extensos y profundos.

Los haikus ocupan la sección “Charcos”. A estas alturas Lucena podría calificarse como “la ciudad del haiku”. Bajo el magisterio de Lara Cantizani, muchos jóvenes han escrito haikus y han visto publicados sus poemas en varios libros –Once de marzo, antología de haikus desde Lucena, Haikus del mal amor y Deshielo en primavera– que han conseguido gran difusión nacional en la prensa y en importantes encuentros poéticos.

El haiku se desarrolla a partir de la waka –­poema japonés– o tanka –poema corto–, de treinta y una sílabas, distribuidas en cinco segmentos de cinco, siete, cinco, siete y siete sílabas. A partir del siglo XV, los japoneses suprimieron los dos versos finales de la estrofa y crearon el haiku (cinco, siete, cinco). Son varias las causas de esta brevedad. Una de ellas hay que buscarla en la propia lengua japonesa, con sólo ciento veintiséis sílabas estrictas. La poesía japonesa tuvo un crecimiento interior y desarrolló un complejo sistema de alusiones y símbolos. La poesía occidental adopta la forma del haiku pero la dota de nuevos contenidos y matices. El haiku puede aludir al instante y a los sentidos, algo que predomina en el haiku de Lara Cantizani titulado “Funambulista”:

En equilibrio
el horizonte rojo
tensa la tarde.

Pero la forma del haiku se puede utilizar para jugar con los conceptos, las palabras y las paradojas, como en este haiku, un acertijo en el que, a través del humor, se nos presenta la fragilidad de la condición humana:

El astronauta
cuando llega a la luna
no ve la luna.

El ingenio desbordado de Lara Cantizani encuentra aquí su cauce  –volvemos a la metáfora del agua–.  Es un río que somete a disciplina, hasta llegar a la esencia. Y si nos gusta guardar algunos poemas o su destello en la memoria, con los haikus hasta los más desmemoriados conseguimos atrapar las palabras. Cada uno de nosotros encontrará haikus o un haiku especial. Para mí hay varios especiales: “Adriana y Elisa”, “Bosque perenne”, “En mi memoria”. Pero uno me persigue sobre todos, se trata, precisamente de “El perseguido”:

El perseguido
por una adivinanza
que no es su sombra.

Lara Cantizani escribe haikus pero no es japonés, por más que parezca que se le  achinan los ojos y que nos contagia esa extraña metamorfosis. Al contrario que en la literatura japonesa, pasa del haiku a la waka o tanka. De tres a cinco versos. Son los lagos, misteriosos, limpios –a pesar de la nieve sucia–, y llenos de quietud. En ellos encontraremos la visión fugaz de un paisaje, de un detalle, de un objeto. Tan sólo un instante, una hoja, una hierba o un vilano nos transportan a una estación del año. O dos labios extranjeros hacen que arda el mar. Hay mucho amor también en estos versos. Y erotismo. A menudo está presente la metáfora clásica del fuego pero renovada, como en el haiku:

Jugar con fuego
en la nieve tu aliento
fumata blanca.
    
En la sección “Mares”,  los poemas se extienden, fluyen a través del verso libre. Poemas “Ciego ante el peligro” o “En tanto que tan poco” son una muestra de ese toque de humor inteligente que tanto le gusta a Manolo Lara. Otros versos conseguirán inquietarnos, hacernos andar como el funambulista que tensa la tarde. Porque de la misma forma, el poeta tensa el poema hasta que está tan cargado que su riqueza expresiva nos deja en suspenso, sin saber de qué lado caer, o manteniéndonos en esa cuerda floja con versos como “hay vidas imperfectas. Seres tan prescindibles como la piel de los invernaderos”, o “la arquitectura feliz del desorden moral / es un mosaico de teselas sin equilibrio”.

Estos últimos versos pertenecen a “El peso del orden”, un poema distinto en el que Lara Cantizani da un giro poético, sin olvidar su estilo, su manera de que todo parezca un juego, pues, a partir de un simple juego, mientras dispone “…en fila india, /con Elisa, / las estampas repes / de los Pokemon de Adriana traza el puente (“pienso en el orden del mundo”) hacia esa otra realidad sin sentido que es la miseria que devora a los más débiles, a los niños. El libro se cierra con “El poema de los dones de mis hijas” y los versos: “Lo grande,/ a veces tan pequeño”. Dos versos breves, pocas palabras que tanto nos dicen acerca de lo en verdad nos importa en la vida.

Hay poesía, humor y amor en este libro. El invernadero de nieve es una metáfora. De nuevo el agua, aunque esta vez en estado sólido. Un invernadero de nieve no nos sirve para nada. La nieve se derrite y forma charcos, lagos y mares. Es algo inútil, pero ¿y si existiera el invernadero? La literatura no sirve para nada. Es algo inútil, no nos alimenta, no nos paga la hipoteca, no nos vuelve ricos. Sin embargo, no podemos vivir sin literatura, sin una canción en los oídos, sin unos versos que nos lleven hacia adentro, por caminos y puentes que sólo recorre la poesía. Los invernaderos de nieve no sirven para nada, pero no podríamos vivir sin ellos.

miércoles, 25 de julio de 2018

"Libro de los otros", de Jordi Doce


Se puede leer Libro de los otros (Ediciones Trea, 2018) de diversas maneras. Según su autor, Jordi Doce (Gijón, 1967), el posible valor de este libro se halla en los poemas que reúne. Y es cierto que volvemos sus páginas esperando una sorpresa, una revelación, un poema que quizás no hubiéramos descubierto en otro sitio, o unos versos que nos siguen asombrando y sugiriendo nuevos sentidos. Pero esto es solo parte del mérito de Libro de los otros, porque lo que vamos a encontrar –además de una antología de poesía anglosajona, en su mayoría del siglo XX– es el diario de un gran lector.

Y en un diario o cuaderno de lectura no pueden faltar las citas. El lector quiere fijar el instante, dejar constancia de ese momento único en el que en su vida se ha cruzado un poema, y un “no sé qué” sucede. En el siguiente paso el lector necesita escribir una anotación, aunque solo sean algunas palabras al margen. Se trata de que no quede en el olvido esa conversación interior que establecemos con el texto. Por último, un lector excepcional, como lo es Jordi Doce, dialogará hasta el fondo, hasta la esencia. Su propia lectura quedará reflejada en la traducción.

martes, 29 de mayo de 2018

“Ítaca”, de Francisca Aguirre


Francisca Aguirre aprendió muy pronto que la vida duele y que el dolor es mayor cuanto más se sabe y se siente. Vivir con los ojos abiertos exige que paguemos un tributo; después habrá que ajustar las cuentas con la vida, siempre con la verdad por delante. Francisca Aguirre (Alicante, 1930) no era solo la hija de, la esposa de, la secretaria de, la madre, el ama de casa, la trabajadora incansable, porque en el centro de su existencia, de los múltiples yoes que nos habitan, iba creciendo una gran poeta; y el fruto, ya maduro, se convirtió en Ítaca (1972), su primer poemario, con el que había ganado el premio de poesía Leopoldo Panero de 1971.

Eran los últimos años de la dictadura franquista y en España comenzaban a respirarse aires nuevos. En 1970 José María Castellet había publicado la famosa antología Nueve novísimos que agrupaba a poetas que se alejaban de la poesía de la generación del 50, a la que por edad, debía pertenecer Francisca Aguirre. Los manuales de literatura tienden a la simplificación y lo que no se ajusta a ella, queda excluido. Sin embargo solo habían pasado treinta años desde la guerra civil y poco más de veinte de lo que había sido lo más duro de la posguerra. El horror y la experiencia traumática de una generación que ahora rondaba los cuarenta años no se habían borrado ni de la memoria, ni de la realidad vital e histórica del momento.

domingo, 8 de abril de 2018

"Tratado de las mariposas" de Yaiza Martínez

Papilio palinurus, de Rafael Lucena


Recuerdo que, de niña, me maravillaba el misterio de las mariposas. Cuando llegaba la primavera, mi mejor amiga criaba gusanos de seda en una caja de zapatos. Nos gustaba ver cómo las larvas se movían entre las hojas de morera, la planta madre de la que se alimentaban. Aguardábamos a que los gusanos sufrieran la transformación y fueran envolviéndose en una hermosa crisálida. Y seguíamos esperando, pacientemente, porque sabíamos que un día nacería de allí una mariposa. Huevo, larva, crisálida, mariposa; aquellos pequeños seres eran varios y solo uno. ¿Cómo la naturaleza había podido hacer algo tan extraordinario y lo había puesto ante nuestros ojos infantiles, ávidos se saber, de descubrir todos los secretos?

Recuerdo también la llegada de las mariposas a los patios encalados; corríamos detrás de ellas asombrados por su vuelo. Ignorábamos cuál era la especie, solo percibíamos que, con su presencia, alegraban las tardes de primavera y verano. Aquella fiesta cotidiana se fue perdiendo conforme nos adentrábamos en el hábitat urbano. Pero todavía hoy las mariposas aparecen revoloteando entre los geranios de un balcón en la ciudad, para que no nos olvidemos de que ellas continúan siendo una revelación de la vida.

domingo, 4 de marzo de 2018

“Frankenstein o el moderno Prometeo” (Edición anotada para científicos, creadores y curiosos en general)


Mi aspecto era repugnante, y mi estatura gigantesca. ¿Qué significaba aquello? ¿Quién era yo?  ¿Qué era yo? ¿De dónde venía? ¿Cuál era mi destino? Me hacía aquellas preguntas constantemente, pero era incapaz de darles una respuesta.
                                                         Mary Shelley  Frankenstein

Frankenstein o el moderno Prometeo acaba de cumplir doscientos años. El 1 de enero de 1818 se publicó por primera vez esta novela cuya gestación se remontaba a 1816, cuando la joven Mary Godwin pasaba un verano lluvioso y frío en Ginebra. La erupción del volcán Tambora, en Indonesia, había sido la causa de que muchos lugares de la Tierra sufrieran esos extraños cambios atmosféricos. A 1816 se le llamó “el año sin verano”. No sabemos si la criatura de Frankenstein hubiera nacido de no haberse dado esta circunstancia que obligó a Mary y a sus ilustres acompañantes a pasar largas horas sin salir, buscando distracciones como la lectura de relatos de misterio, o participando en un juego que el 16 de junio propuso lord Byron: “¡Escribamos cada uno una historia de terror!”.

Animados por su hermanastra Claire –amante de Byron–, Mary y su pareja, el poeta Percy B. Shelley, con su hijo William de pocos meses, habían alquilado una casa en el lago. Lord Byron y Polidori, su médico, se instalaron en villa Diodati, una mansión cercana, que se convertiría en escenario de largas conversaciones entre los poetas Shelley y Byron en las que hablaban sobre la “naturaleza del principio de la vida”, de los experimentos del doctor Darwin, del galvanismo. Mary los acompañaba “como una casi silenciosa oyente”, según sus palabras.

martes, 30 de enero de 2018

"Seres de un día", de Atonio Luis Ginés


"Seres de un día, ¿quién es uno?, ¿quién no es?,
sueño de una sombra el hombre".

Píndaro. Píticas VIII

“El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo”, escribe Charles Simic en Una mosca en la sopa. Simic define la poesía como una fotografía mental en la que los lectores nos reconocemos a nosotros mismos. La fotografía capta el instante, es la imagen de algo que ya ha dejado de existir: ese momento en que una mano nos roza o una mirada se dirige a un punto que ha quedado fuera del encuadre; pero algo permanece.

Como lectores dejamos al margen la erudición y nos adentramos en la poesía a través de sus propios códigos. Somos ese tú al que se dirige el llamado “yo poético”, como si la propia creación poética no fuese una experiencia personal que se nutre de lo vivido y lo sentido. Este debate lo resuelve Antonio Luis Ginés con una sencilla frase: “Escribir es exponerse”.