miércoles, 15 de marzo de 2017

"Autobiografía de Alice B. Toklas" I (Una rosa es una rosa es)

En 1933 Gertrude Stein (Alleghany, 1874-Neuilly-sur-Seine, 1946) publica la Autobiografía de Alice B. Toklas, con la que alcanza el éxito comercial y el reconocimiento del público. En esta obra abandona sus experimentos literarios y desciende a niveles más populares, del gusto de los lectores. Sin embargo, Stein había utilizado una técnica innovadora: había escrito su propia autobiografía valiéndose de la voz de Alice B. Toklas (San Francisco, 1877- París, 1967), su compañera desde hacía veinticinco años.

Este original recurso le permite a Stein escribir acerca de ella misma sin ahorrarse elogios y, al mismo tiempo, inmortalizar a su querida amiga Alice B Toklas. Pero que nadie espere encontrar algún chisme acerca de la relación amorosa entre ellas. Solo sabremos que se convierten en inseparables y que Alice admira profundamente a Gertrude. En cuanto al inicio de la convivencia, Alice se limita a decir:

Cuando llegué a París por vez primera, una amiga que me acompañaba y yo nos alojamos en un hotelito del Boulevard Saint-Michel, y luego alquilamos una vivienda en la rue Notre-Dame des Champs, y luego mi amiga regresó a California, y yo fui a vivir con Gertrude Stein en la rue de Fleurus.

Antes de tomar esa decisión, Alice B Toklas ya había pasado muchos días en casa de Gertrude y había empezado a mecanografiar el manuscrito de The Making of Americans, la gran novela de su amiga.

Alice pertenecía a una familia de clase media, y había recibido una esmerada educación. Tras el incendio de San Francisco conoce al hermano mayor de Gertrude Stein y a su esposa, que habían regresado de París. La señora Stein “trajo consigo tres pequeños cuadros de Matisse, que fueron las primeras obras de arte moderno que cruzaron el Atlántico”. La visión de aquellos cuadros despertó en Alice el deseo de viajar a París. En 1907 llega a la ciudad y visita por primera vez a Gertrude Stein. Será el comienzo de su “nueva vida, pletórica de significado”. Y no es para menos cuando, la compañera de tu vida es la genial Gertrude Stein:

En mi vida, tan sólo he conocido a tres genios, y en las tres ocasiones he oído el sonido de una campanilla dentro de mi cerebro. Y la campanilla nunca me engañó. Y puedo decir que en cada uno de estos tres casos, las personas que suscitaron el sonido de la campanilla todavía no habían conseguido la general consideración de genios. Los tres genios de quienes quiero hablarles son Gertrude Stein, Pablo Picasso y Alfred Whitehead.

El número veintisiete de la rue de Fleurus se convierte en un escenario mítico en el que se reúne una constelación de genios presidida por Gertrude Stein. En sus veladas de los sábados Stein organiza agradables cenas para sus amigos: Picasso, Matisse, Apollinaire... Después comienza la recepción en el taller, junto a la casa. Son muchos los visitantes de todo el mundo que llegan hasta allí para contemplar la primera colección de arte moderno, los cuadros adquiridos por los hermanos Stein.

Gertrude Stein en su estudio, (antes de 1910)
Fuente: Wikipedia
Alice, el yo narrador, describe con minuciosidad aquel taller con muebles de renacimiento italiano y con altas paredes cubiertas de cuadros que entonces “carecían de valor”. Eran pinturas de Matisse, Picasso, Renoir, Cézanne…; había dos Gauguins y un Toulouse-Lautrec: “Los cuadros eran tan raros que, al principio, una miraba cualquier cosa antes que los cuadros”.

Aquella noche Alice habla con Picasso acerca del retrato de Gertrude y este le responde con la famosa frase: “Sí, todo el mundo dice que no se parece, pero esto carece de importancia, ya se parecerá”. También es la primera noche en la que Alice, a instancias de Gertrude, se encargará de hablar con “la esposa de un genio”: “Antes de decidirme a escribir este libro sobre los veinticinco años que pasé con Gertrude Stein, solía decir que escribiría un libro titulado Esposas de genios a quienes he tratado”:

Los genios iban a casa de Gertrude Stein y hablaban con ella, mientras que las esposas de los genios hablaban conmigo. Ahora, tras los años transcurridos, puedo contemplar un ancho paisaje poblado por esposas de genios.

A partir de este día todo cambia para Alice B. Toklas. La vida está llena de momentos placenteros; todos lo pasan muy bien y se divierten muchísimo en tertulias, cenas, paseos y exposiciones.

 En 1903 Gertrude Stein había fijado su residencia en París, con su hermano Leo, cuyo nombre no aparece en la autobiografía. Los dos disponían de un capital con el que habían decidido adquirir obras de arte. Empezaron por Cézanne, y poco a poco la colección fue creciendo. Alice se detiene en todos los pormenores de la compra La Femme au Chapeau de Matisse  y en cómo los Stein acabaron siendo amigos de éste y de su esposa, una admirable ama de casa que, además, posaba para su marido.

Más tarde adquirieron una obra de Picasso, al que no tardaron en conocer. Picasso sería para Stein una de sus amistades más duraderas. No en vano, él había pintado su famoso retrato para el que ella posaba y posaba. Los dos eran los grandes genios renovadores. Para Gertrude Stein, aquel retrato conduciría a Picasso hacia el cubismo, mientras que el relato Melanctha, la negra de Stein representa “el primer paso en firme de la literatura del siglo XIX a la literatura del siglo XX”:

El invierno había sido fructífero. La larga lucha con el retrato de miss Stein había alejado a Picasso del gracioso período italianizante del Arlequín, y le había conducido a la intensa y ardua labor que desembocaría en el cubismo.

Más adelante, la narradora vuelve a insistir en esta cuestión:

El carácter español, ritual y abstracto de la pintura de Picasso se incrementó al pintar el retrato de Gertrude Stein. Miss Stein sentía en aquel entonces, y siempre, una clara inclinación hacia las abstracciones básicas, elementales.

En el capítulo “Gertrude Stein, antes de ir a París”, Alice recrea los orígenes de Gertrude, su situación familiar, su formación, sus estudios de Medicina que no llegó a acabar, porque le aburrían. Gertrude Stein aparece como una mujer ingeniosa, segura de sí misma y de su enorme talento. El relato carece de introspección; prima lo anecdótico y la descripción de situaciones. Todo resulta interesante si tenemos en cuenta que los grandes iconos culturales del siglo XX son los personajes que entran y salen de la Autobiografía, en la que, en ocasiones, no falta un ligero resentimiento:

Es muy frecuente que los jóvenes, tan pronto han aprendido de Gertrude Stein cuanto ésta puede enseñarles, la acusen de orgullosa. Miss Stein, a eso, dice que sí, que llevan razón. Gertrude Stein se da perfecta cuenta de que, en la literatura inglesa de su tiempo, ocupa un lugar único. Siempre lo ha sabido, y ahora, además, lo dice.

Picasso: Retrato de Gertrude Stein (1905-1906)
Abundan las opiniones de Stein sobre los otros, sobre el arte, la literatura y sobre sí misma: “Gertrude Stein siempre ha dicho que llegará el día en que todos descubrirán que es una mujer interesante, y que su literatura también lo es”.

Los veinticinco años que Alice y Gertrude llevan juntas aparecen divididos en tres periodos. El primero, de 1907 a 1914, está marcado por la relación de Gertrude Stein con los pintores. Ella ha sido mecenas y descubridora de grandes genios.

Toklas y Stein suelen pasar los veranos en Italia. También hacen largos viajes por España. Conocen Ávila, ciudad de la que Alice se enamora. Visitan Cuenca, Granada y Madrid, donde ven bailar a La Argentinita y asisten a una corrida de toros. La visión de los pueblos españoles  le sirve a Gertrude Stein para “comprobar que en España el cubismo era algo que se hacía de un modo espontáneo”.

Gertrude Stein siempre dijo que el cubismo es una concepción puramente española, y que sólo los españoles pueden ser cubistas, y que el único cubismo verdadero es el de Picasso y el de Juan Gris.

Pero siempre regresan a París, donde siguen recibiendo visitas de toda la élite artística y cultural del mundo, como los críticos de arte ingleses Roger Fry, o Clive Bell y su esposa (la pintora Vanessa Bell, cuyo nombre se omite), miembros del círculo de Bloomsbury. Alice y Gertrude viajan a Inglaterra en el invierno 1912-1913; visitan a estos amigos, conocen a todo el mundo y se divierten “extraordinariamente”.

Por esa época Gertrude se hace muy amiga de Carl Van Vechten. No en vano, este joven periodista había publicado un ensayo sobre la obra de Stein y llamaba “constantemente la atención del público hacia Gertrude Stein y su obra”. Él será quien dará a conocer “la famosa frase inspiradora que la escritora ponía en sus borradores: "Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa”. Sobre esto nos cuenta la narradora:

Hablando del lema “una rosa es una rosa es una rosa es una rosa”, debo decir que fui yo quien lo descubrió en uno de los manuscritos de Gertrude Stein, e insistí en que lo pusiera a modo de lema en el membrete de sus cartas, en los manteles y en todos los sitios en que Gertrude Stein me permitiera ponerlo. Y estoy muy contenta de haberlo hecho.

Pero llega la primavera de 1914 y la ruptura de Gertrude Stein con su hermano, aunque en la Autobiografía solo se dice que este “decidió ir a vivir a Florencia”. Repartieron la colección: “Gertrude Stein se quedó con los de Cézanne y Picasso, y su hermano con los de Matisse y Renoir, con la sola excepción del titulado Femme au Chapeau”.

En el verano de 1914 se acaba su “vieja manera de vivir”. Cuando se inicia la guerra, Stein y Toklas se hallan en Inglaterra en casa de Whitehead, y deben permanecer allí más días hasta que se aclare la situación. En una vista de Bertrand Russell, este y Gertrude se enzarzan en una conversación en la que, como siempre, Stein da muestras de su ingenio e inteligencia.

Para olvidarse “un poco de la guerra” Toklas y Stein deciden irse a Palma, donde pasan todo el invierno. Al regresar a París Gertrude y Alice comienzan a colaborar con el Fondo Americano para los Heridos Franceses. Compran un coche y Gertrude será la encargada de conducir. Uno de sus viajes será hacia Perpignan donde visitan hospitales y entregan donativos. Stein se enamora del valle del Ródano, y más adelante comprarán una casa en Bilignin (Belley) donde viven en el momento en que se escribe la Autobiografía.

Tras la guerra se inicia un nuevo periodo en la vida de Stein y Toklas. Sobre los años que van de 1919 a 1932, Alice dice que guarda “un recuerdo muy confuso” y que trataron a “muchísima gente”: “En aquel entonces no éramos tan jóvenes, pero el mundo estaba repleto de gente joven, y quizá eso sea equivalente a lo otro”.

Gertrude Stein y Picasso se habían peleado pero se reconcilian en casa de Adrienne Monnier, la librera francesa, amiga íntima de Sylvia Beach, la dueña de la famosa librería Shakespeare and Company. Sylvia Beach, por supuesto, “admiraba muchísimo a Gertrude Stein”. Fueron muy amigas, aunque después, sin que se aclaren los motivos, dejaron de frecuentarse.

Por esa época conocen a Tristan Tzara, Ezra Pound, y a Man Ray, quien fotografió a Gertrude y Alice “y quedamos muy contentas de los resultados”. A través de Ezra Pound conocieron a T.S. Eliot, con el que Gertrude mantuvo “una solemne conversación que versó principalmente sobre redundancias y solecismos, y sobre las razones por las que los empleaba Gertrude Stein”. Pero no todo era felicidad; Stein sigue sin sentirse reconocida:

En aquellos tiempos Gertrude Stein estaba un poco amargada, ya que tenía una gran cantidad de originales inéditos y sin esperanzas de que dejaran de serlo ni de que fueran apreciados en todo su valor.

En este momento entra escena Hemingway. Alice recuerda la impresión que le produjo aquel joven de veintitrés años, “extraordinariamente bien parecido”.  Hemingway había inducido a Ford Madox Ford a que publicara en una revista el primer fragmento de The Making of Americans, algo que Gertrude agradecía, incluso cuando su relación con Hemingway se deterioró. Lo cierto es que Hemingway no sale muy bien parado en la Autobiografía: “Gertrude Stein y Sherwood Anderson resultaban divertidísimos cuando hablaban de Hemingway”, narra Alice. Para ambos Hemingway, parecía  “moderno” pero olía “a museo”:

Los dos reconocían que Hemingway era un timorato. (…)Y, luego, los dos se mostraban acordes en que sentían debilidad por Hemingway, debido a que era un buen discípulo. Yo protestaba: “No, no lo es. Es un discípulo repelente.” Y los dos decían: “¿Pero no comprendes lo halagador que es tener un discípulo que hace lo que le dicen, sin comprender lo que hace, es decir, un discípulo que se deja guiar, y que todos los discípulos que se dejan guiar son los favoritos de los maestros?”

En cuanto a Scott Fitzgerald, Gertrude pensaba que “era el único, entre los jóvenes escritores, que escribía las frases con naturalidad”. Por eso “las obras de Fitzgerald serán leídas cuando muchos de los más famosos escritores que fueron sus contemporáneos hayan dejado de ser leídos”. James Joyce no se menciona en la  Autobiografía.

En la primavera de 1926 Gertrude Stein impartió conferencias en Cambridge y Oxford. Al principio se mostró nerviosa pero en Oxford llegó a sentirse “como una prima donna”. Más tarde Leonard Woolf publicó la conferencia –Composition As Explanation– en la Hogarth Essay Series. De la mujer de Leonard Woolf, Virginia, no se dice nada.

Alice B. Toklas decide crear una editorial para publicar las obras de Gertrude Stein. Un nuevo amigo entra en escena: Bernard Faÿ –“una de las cuatro amistades permanentes en la vida de Gertrude Stein”–,  que,  más tarde, será un ferviente colaborador del Gobierno de Vichy. En la época en la que se escribe la Autobiografía,  Bernard Faÿ está traduciendo The Making of Americans, al francés: “Según dice miss Stein la obra es, en inglés, un relato maravilloso, y casi igualmente maravilloso en francés”.

Y llegamos al final de la Autobiografía de Alice B. Toklas. Como la protagonista se negaba a escribirla, pues  decía que no podía ser escritora además de ama de casa, buena jardinera y secretaria, fue Gertrude Stein la que tomó la decisión: “La voy a escribir yo del mismo modo que Defoe escribió la autobiografía de Robinson Crusoe”.

De este modo Gertrude Stein escribió una autobiografía a su medida, para su mayor gloria y para el mayor disfrute del "lector común". Y lo hizo con un estilo ligero, en el que las frases y los acontecimientos narrados suceden con naturalidad. Sin embargo, en medio de esa alegría de vivir y del goce por el arte, subyacen cierta melancolía y algunos sonoros silencios.

lunes, 6 de febrero de 2017

"Manual para mujeres de la limpieza", de Lucia Berlin

Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) reúne 43 de los 77 relatos que publicó Lucia Berlin a lo largo de su vida. El tono autobiográfico de buena parte de estas narraciones ha convertido a su autora en una heroína a medio camino entre los personajes del atormentado Dostoievski y los del distante y humano Chejov.

La vida de Lucia Berlin (1936 - 2004) se desarrolló por diferentes lugares. Nació en Alaska, donde su padre trabajaba como ingeniero de minas, y vivió su primera infancia en pueblos mineros de Idaho, Kentucky y Montana. En 1941 su padre marchó a la guerra y Lucia, su hermana y su madre se fueron a vivir con sus abuelos a El Paso. Lucia Berlin padecía escoliosis y tuvo que llevar de niña un corsé ortopédico.

Su adolescencia transcurrió en Santiago de Chile, donde pertenecía a la élite norteamericana. Estudió en la Universidad de Nuevo México y fue alumna de Ramón J. Sender. A los 17 años se casó con un escultor y tuvo dos hijos. Antes de que naciera el segundo, su marido ya la había abandonado por el arte. En 1958 se casó con un pianista y se trasladó a Nueva York. Dos años después se marchó con su amigo Buddy Berlin a México, se casó con él y tuvo dos hijos, pero en 1968 se divorcian. El señor Berlin era un adicto a la heroína

miércoles, 18 de enero de 2017

“¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”, de Jeanette Winterson

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? (Lumen, 2012), de Jeanette Winterson podría parecer un manual de autoayuda, pero no lo es; aunque para su autora la escritura de este libro se convirtió en una terapia, una forma de reconciliarse con la historia de su vida.

De Jeanette Winterson había leído hacía mucho tiempo La pasión; me atrajo profundamente y pensaba volver algún día a esta escritora. Cuando hace unos meses cayó en mis manos ¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal? me dije que, aunque solo fuera por el título, merecía la pena visitar a Winterson. Y no me defraudó.

Jeanette Winterson es capaz de escribir acerca de sus complicadas circunstancias vitales con inteligencia, humor y una enorme fuerza narrativa. De este modo, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? cumple fielmente el tópico lector de “nada más comenzar la primera página no podemos abandonarlo”. Winterson sabe moverse por el terreno de la metáfora y las comparaciones que fluyen de modo natural en una prosa ágil y aparentemente sencilla. Es el estilo el que construye la genial recreación de la señora Winterson, como recién salida de una novela de Dickens.

lunes, 2 de enero de 2017

"Brindis" (sobre un cuadro de Germán Bandera)

"Brindis" de Germán Bandera
Óleo sobre lienzo, (Ø 143)

Brindis

Pesar el tiempo, medirlo,
contarlo:
doce segundos, doce campanadas,
doce uvas,
un anillo nada en el champán,
la espuma rebosa en las copas.

Reímos, nos buscamos, nos besamos.
Pensamos: es hermoso estar aquí
reunidos,
en este lugar del tiempo.´

C. A.


Con este cuadro de Germán Bandera, una celebración de la vida, os deseo todo lo mejor para el 2017


domingo, 11 de diciembre de 2016

"Entre actos", de Virginia Woolf

Entre actos (1941) fue la última novela de Virginia Woolf. La escribió al final de su vida, coincidiendo con un periodo de intensa actividad y con la Segunda Guerra Mundial como escenario vital e histórico. A pesar del agotamiento, Virginia luchaba contra la amenaza de recaer en una crisis de su enfermedad.

Un hilo misterioso recorre Entre actos, enlazando las conversaciones, los pensamientos,  cada matiz de las palabras. Todo parece estar hecho de una materia ligera, como si los personajes flotaran en aquel ambiente, como si vivieran en un sueño. Subyace un aire melancólico, en el que no cabe la queja o el reproche, sino la aceptación estoica. Al igual que en La tempestad, la última obra de Shakespeare, aparece el teatro dentro del teatro hasta llegar a la escena final cuando se abre un nuevo telón, una representación de la que ya los lectores no seremos testigos.

lunes, 28 de noviembre de 2016

"Diario ínfimo", de Mercedes Roffé

Cada poema de Diario ínfimo (Isla de Siltolá, 2016), de Mercedes Roffé, lleva una fecha exacta, un lugar en el calendario, en el tiempo. La poesía sucede paralela al acontecer diario y se impregna de esos días, de lo que ocurre dentro y fuera de nosotros.

El adjetivo “ínfimo” nos sugiere una nota al margen, como si las palabras adquirieran la función de una frase aclaratoria. Pero no es ese su objetivo, sino el de indagar a través de las múltiples vías por las que transcurre el pensamiento y la intuición poética.

El libro se inicia con un “pero”, un obstáculo, un desdecir. Es el “pero” que inmoviliza –“un no/ una forma de no/ de doblegar/ de hundirse”–, que detiene lo que discurre y que a su vez genera un nuevo afluente.

lunes, 31 de octubre de 2016

“La hija del optimista”, de Eudora Welty

La idea de morir no es más extraña que la idea de vivir. Pero sobrevivir a alguien es quizás la idea más extraña de todas.
                                   
                             Eudora Welty, La hija del optimista


En 2009 se cumplía el centenario del nacimiento de Eudora Welty (Jackson, Misisipi 1909-2001), y la editorial Impedimenta lo celebraba con la primera edición en castellano de La hija del optimista, novela que había obtenido el premio Pulitzer en 1973. El argumento es una historia sencilla, cotidiana: la enfermedad de un padre, la muerte, la aceptación del paso del tiempo, la conciencia de nuestra propia vida, la aventura de conocernos a nosotros mismos.

La novela se desarrolla en la década de los 50. El señor Mckelva, un juez retirado de 71 años, ha viajado a Nueva Orleans desde Mount Salas, una pequeña localidad de Misisipi. El motivo del viaje es visitar al doctor Courtand, antiguo vecino al que el juez había ayudado para que acabara su carrera. Acompañan al juez su hija Laurel, de unos 45 años, y su segunda esposa, Fay, algo más joven.