sábado, 24 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad

"El árbol decorado". Fotografía de Inmaculada Gutiérrez López


Como nieve que adorna
las ramas de los árboles
son nuestros deseos.
Atrévete a nombrarlos
y serán como el agua
que nos hace estar vivos.



¡Feliz Navidad y todo lo mejor para el 2012!

sábado, 10 de diciembre de 2011

Pipo y la librería Juan de Mairena


No recuerdo la primera vez que entré en la librería; quizás porque es uno de esos lugares que siempre han estado conmigo, igual que un viejo amigo al que volvemos a ver después de muchos años y con el que retomamos una conversación como si no se hubiera interrumpido nunca. Eso debió de sucederme cuando me vi husmeando entre los estantes abarrotados: biografías, novelas, historia, poesía, clásicos… 

Un ordenado caos en el que pronto aprendí a moverme con soltura; sabía dónde se ubicaba cada libro, olía las novedades, mercancía fresca sobre la que me abalanzaba para leer la primera página y comprobar si merecía la pena llegar a la segunda; y disfrutaba ante un afortunado descubrimiento o me indignaba con un lanzamiento comercial que se trataba sólo de un fiasco, una trampa para lectores desprevenidos. 

Allí sentí también el desasosiego que produce la certeza de que jamás podría abarcar nada más que una pequeña parte de ese universo, porque el tiempo, mi tiempo, debía actuar como un implacable crítico literario.
Pipo, en una foto publicada en Diario Córdoba

El alma de esa librería es Pipo José Trapiello, figura quijotesca, con su barba y pelo plateados, moviéndose con ligereza entre las estanterías, recomendando libros, cargando y descargando cajas. Pipo pertenece a una rara especie en peligro de extinción, la de los libreros que aman los libros. No es el frío dependiente de unos grandes almacenes, ni el vendedor de best sellers y enciclopedias. No, nada de eso; Pipo es el librero que escucha, con el que se pueden compartir críticas de libros en conversaciones divertidas y sustanciosas, aunque a menudo sean apresuradas –suele aparecer un cliente o hay obligaciones que atender–; alguien que, en definitiva, comprende a los que padecemos este mal, el mal de la literatura,  el mal de Montano, como lo llamó Vila-Matas.

Pipo abrió la librería en 1975. Entonces era un joven maestro con inquietudes políticas y culturales que renunció a la seguridad de su plaza fija como funcionario para emprender una aventura incierta: vender libros. Y a eso lleva dedicado treinta y seis años. La librería se llama “Juan de Mairena”, pero en Lucena todo el mundo la conoce como “la librería de Pipo”. No es la antigua Shakespeare and Company de París, ni la Marks & CO, en el número 84 de Charing Cross Road, pero al igual que estos lugares con personalidad propia, nuestra librería de pueblo aglutina fragmentos de vida y de universo entre las estanterías que cubren por completo sus paredes.

La librería de Pipo es un organismo vivo, cambia con las estaciones. Cuando se acerca septiembre el mobiliario se recoloca y el desorden aparente da paso a una férrea organización. Es la hora de vender los manuales escolares, los cuadernos de anillas, las cajas de lápices de colores y los sacapuntas. Los clientes cogen su número, como en una charcutería, y esperan pacientemente su turno. No son días propicios para ir a pedir un libro extraño. Es mejor esperar a finales de octubre, cuando la librería comienza a adquirir su fisonomía y su olor acostumbrados. 

Luego llegan las novedades de Navidad, la mesa con los libros de regalo, los best-sellers esperando para ser envueltos. Durante estos años, primero Mari, luego Mariceli y Carmen, algo más que dependientas, han estado ahí, como parte imprescindible y querida de esta librería-imán. “Porque la librería es como un imán –me decía hoy Mariceli–; hasta cuando no trabajo y vengo al centro tengo necesidad de pasar por aquí”. Y es cierto. Hay algo que nos empuja a no pasar de largo, a entrar y decir buenas tardes, a comprobar que todo y todos siguen estando en su sitio.

Hace unos años, con la primavera, llegaron las ferias del libro en los institutos y colegios. Pipo se convirtió en el turronero de los libros, como a él le gusta decir. Participó también en la feria del libro de Córdoba con una caseta dedicada a la mejor poesía, pero no todo pudo venderse; así que, con las sobras, Pipo organizó un “top-manta” a precios especiales para clientes y amigos, en el que no faltó una degustación de su especialidad gastronómica: el pulpo a la gallega. Mi librero me ha enseñado muchas cosas; una de ellas –y no la menos importante– es que un buen pimentón es esencial en la cocina.

El escaparate
 Cuando no había Internet y era difícil conseguir en un pueblo ciertos libros, Pipo rastreaba hasta encontrar lo que se le pedía. De aquel tiempo recuerdo, especialmente el día que llegó mi ejemplar de la primera edición de Tres rosas amarillas, de Carver, y un libro que me gustaba hojear: Los Borbones en pelota, de los hermanos Bécquer; no lo compraba porque era un poco caro entonces para mí y porque se convirtió en otra excusa para visitar la librería. Hasta que un día el libro desapareció. Lo más probable es que hubiera sido empaquetado con otras novedades que no se vendían y que había que devolver a las distribuidoras. 

Debió de suceder en una de esas etapas en que, como otras clientas, abandoné la librería durante unos meses. Luego regresé con un cochecito de bebé y una preciosa niña que se quedaba prendada de los colores de los libros de plástico, muy adecuados para la bañera, o los de duro cartón, a prueba de golpes. “Suele pasar, nos concentramos en la crianza, y nos embrutecemos un poco, pero es pasajero”, bromeaba Pipo cuando le confesé que acaba de darme cuenta de que llevaba casi dos años sin leer por el simple placer de la lectura. Con el tiempo, en la librería, me había convertido en parte del paisaje. A nadie le sorprendía que me perdiera en el cuartito donde se guardaban los pedidos recién llegados, ni que me internase en el sótano con olor a humedad. Nadie me preguntaba qué quería o si deseaba algo. Simplemente estaba, estoy allí.

El centro de operaciones
En diciembre del 2005 celebramos el XXX aniversario de la “Juan de Mairena”. Debíamos seguir un protocolo: todos, los clientes y amigos, alrededor de las doce de la mañana, pasaríamos por la librería, casualmente, como otras veces lo habíamos hecho a lo largo de los años, y cada uno de nosotros compraría un libro. Era un secreto pacto de silencio que ya se había roto cuando llegué cerca de la una y compré Contra Sainte Beuve. Recuerdos de una mañana, de Proust. Pipo, sobrepasado por aquella peregrinación en la que se había convertido la librería, intentaba disimular a duras penas sus emociones. Escribimos unos breves discursos para publicarlos en la prensa y leerlos en el acto de homenaje. El texto que leí concluía de esta forma:

“Pipo es heredero de la mejor tradición española, la de la Institución Libre de Enseñanza, la de Antonio Machado y los intelectuales para los que el progreso del país radicaba en la enseñanza y la cultura, único modo de crear individuos que pensaran libremente, es decir, ciudadanos. Escribía Antonio Machado en Juan de Mairena que “los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que nunca han ido a ninguna parte”. No es este el caso de José Trapiello, Pipo, quien, a pesar de las dificultades, sabe caminar hacia delante sin perder la ilusión y la capacidad de asombro, movido por su amor a los libros, por una fe inquebrantable en el ser humano, y por ese compromiso ético que le llevó a crear, hace treinta años, la librería Juan de Mairena”.


jueves, 1 de diciembre de 2011

Austerlitz, Némirovsky y las hermanas de Kafka


          Grita cavad más hondo en el reino de la tierra los unos y los otros cantad y tocad
          echa mano al hierro en el cinto lo blande tiene ojos azules
     hincad más hondo las palas los unos y los otros volved a tocar música de baile 

                                                                              Paul Celan                                                            

Kafka con su hermana Ottla
La vida de Austerlitz, el protagonista de la novela homónima de W. G. Sebald, está marcada por estaciones de tren y lugares de paso en los que su figura se presenta como un fantasma que cruza una frontera invisible y, sin más preámbulos, habla para ser escuchado por un narrador cuya misión será transcribir sus palabras. El primer encuentro del narrador con Austerliz se produce en 1967 en la estación de Amberes, donde el enigmático personaje toma apuntes para una investigación sobre el estilo arquitectónico de la era capitalista: "En sus estudios de arquitectura de las estaciones de ferrocarril, dijo  (...) no podía quitarse de la cabeza el tormento de las despedidas y el miedo al extranjero, aunque esas ideas no formaran parte de la historia de la arquitectura". Las estaciones eran “lugares de felicidad y desgracia, en medio de las más peligrosas y para él totalmente incomprensibles corrientes de sentimiento”.  
    Jacques Austerlitz relata la historia de su niñez en Gales, en la casa de un triste matrimonio que morirá siendo él adolescente. En el internado donde estudia conocerá su auténtico apellido, que coincide con el nombre de una batalla y de una estación de París. A Austerlitz, que trabaja como profesor en un instituto de historia del arte de Londres, no le interesa la historia del siglo XX, incluso sus investigaciones sobre arquitectura se detienen a finales del siglo XIX, donde el mundo acababa para él: “Más allá no me atrevía a ir, aunque en realidad, toda la historia de la arquitectura y la civilización de la edad burguesa que yo investigaba se orientaba hacia la catástrofe que ya se perfilaba entonces”.

           En 1996 el narrador vuelve a encontrarse con Jacques Austerlitz que le recuerda a Ludwig Wittgenstein por “la expresión de espanto que los dos tenían en la cara”, pero sobre todo por la mochila: Wittgenstein llevaba siempre su mochila, como Austerliz que “poco antes de iniciar sus estudios, la había comprado de excedentes del ejército sueco (…) y de la que afirmó que era la única cosa realmente fiable en su vida, aquella mochila”.  Austelirz hablará de su descubrimiento en el abandonado Ladies Waiting Room de la estación de Liverpool Street de Londres, una sala que “contenía todas las horas de mi pasado, todos mis temores y deseos reprimidos y extinguidos alguna vez”.  Entonces contempla una escena que sucedió muchos años atrás y ve a un niño, él mismo, al que reconoce por la mochila: “y me invadió un terrible cansancio el pensar que nunca había estado realmente vivo, o que acababa de nacer ahora, en cierto modo en vísperas de mi muerte”.
Intuye, por una conversación que escucha en una librería, que él podía ser uno de tantos niños refugiados que habían sido enviados a Inglaterra. Viaja a Praga y en el archivo estatal conseguirá información de una tal Agáta Austerlitzová. En el mismo rellano de su piso encontrará a Vera, la que fue su niñera y amiga de sus padres. Vera conserva su casa tal y como estaba en los años 30; el tiempo se ha detenido en los objetos: los muebles, las fotografías, los libros, el canapé donde el pequeño Jacques dormía cuando sus padres llegaban tarde.  
El padre de Austerlitz se había marchado a París un día antes de que entraran los alemanes en Praga. Al poco se dictaron normas para la población; Agáta, que era actriz “solo podía hacer sus compras a determinadas horas; no podía tomar un taxi, tenía que viajar en el tranvía en el último coche, no podía ir a un café ni al cine, ni a un concierto o cualquier reunión pública. Tampoco podía ya subir a un escenario, y el acceso a las orillas del Moldava, a los jardines y parques que tanto le gustaban, le estaba vedado.” Entonces decidió enviar a Jacques a Londres, cuando  aún no había cumplido los cinco años. Lo despidió en la estación de Holešovice, en Praga, dejándole como equipaje una maletita y una mochila con víveres.
Agáta afirmaba que el miedo a los alemanes “entraba incluso con las ventanas y puertas cerradas y cortaba el aliento”. Como a otros judíos le bloquearon sus cuentas bancarias, no podía vender nada de sus propiedades y tuvo que entregar sus objetos más valiosos al Centro de Entrega Obligatoria. Una noche, a las tres, dos mensajeros le comunicaron que debía “prepararse para su transporte en el plazo de seis días” y le entregaron un impreso con instrucciones, dónde debía ir, a qué hora, qué debía incluir en el equipaje… Y el día señalado, de madrugada, Eva la acompañó hasta el Palacio de la Feria en Holešovice. En la oscuridad de la madrugada, otros grupos de personas silenciosas se iban acercando entre la tormenta de nieve hacia el lugar señalado, hasta formar una caravana:

“Llegamos a la entrada, iluminada por una sola bombilla eléctrica. Allí aguardamos en la multitud de los convocados, sólo agitada de vez en cuando por un temeroso murmullo, entre los que había ancianos y niños, gente distinguida y sencilla, y todos, como se les había ordenado, llevaban al cuello su número de transporte, colgado de un bramante.
Los citados para el transporte fueron conducidos a un barracón de madera sin calefacción, helado en pleno invierno. Era un lugar inhóspito donde, bajo la turbia luz de las lámparas, reinaba la mayor confusión. (…) Los que iban a viajar tenían que quedarse en los lugares que se les había designado. La mayoría permanecían mudos, algunos lloraban silenciosamente, pero tampoco eran raros los arrebatos de desesperación, gritos y ataques de ira. Varios días duró la estancia en la barraca del Palacio de la Feria, hasta que, finalmente, a primera hora de la mañana, cuando no había casi nadie por allí, fueron acompañados por guardias a la próxima estación de Holešovice, donde la “vagonificación”, como la llamaban, duró todavía casi tres horas.”  


Por esas fechas, entre aquellos grupos de deportados se encontrarían dos de las hermanas de Kafka; otra iniciaría más tarde su viaje. Eran las tres mujeres a las que su hermano les leía algunos de sus relatos, y de las que, en julio de 1913, había escrito en su diario: “Delante de mis hermanas he sido, sobre todo antes, un hombre completamente distinto a como soy delante del resto de la gente. Temerario, franco, poderoso, sorprendente, emotivo como solo lo soy cuando escribo”. En 1941 Franz Kafka hubiera cumplido 58 años. A finales de ese mismo año Gabriele "Elli" Kafka, de 52 años, y  Valerie "Valli" Kafka, de 51, harían el mismo camino que Agáta, el personaje de la novela, en una Praga nevada, hacia la Feria de Muestras junto a la estación de Holešovice. Desde allí fueron deportadas al gueto de Lodz , donde vivirían varios meses en terribles condiciones, antes de que, probablemente en el otoño de 1942, las trasladaran en camiones hacia Chelmno, donde serían asesinadas en la cámara de gas.  
Elli, Valli y Ottla Kafka. (Fotografía de alrededor de 1900)
Ottilie  "Ottla", la hermana menor, la preferida de Kafka, estaba casada con un católico, pero se divorció en 1942. La deportaron al campo de concentración de Terezín  (Theresienstadt en alemán), a poco más de 60 kilómetros de Praga. En octubre de 1943, Ottla, de 51 años, se ofreció como tutora para el trasporte de unos niños hacía un lugar más adecuado para ellos.  El 7 de octubre de 1943 llegó Auschwitz junto con 1.260 niños y otros 52 tutores. Ese mismo día todos fueron asesinados en las cámaras de gas. 
 En un intento de buscar rastros de la memoria de su madre, Austerlitz viaja a Terezín que fue convertido en 1941 en un gueto amurallado. En su entrada, como en Auschwitz, podía leerse la inscripción “el trabajo libera”.  En Terezín llegaban a vivir, trabajando en un régimen de esclavitud, hasta setenta mil personas en una superficie de poco más de mil metros cuadrados.  La Cruz Roja decidió investigar el gueto, para lo que, en el verano de 1944,  enviaría una comisión compuesta de dos daneses y un suizo. La SS inició entonces una campaña de embellecimiento. Los habitantes del gueto debieron crear un Terezín artificial, con césped, bancos, adornos florales, biblioteca, sala de conciertos... Antes de que llegara la comisión y paseara por Terezín –el lugar donde Hitler protegía de los horrores de la guerra a los judíos– se había enviado al Este “a siete mil quinientas personas menos presentables, por decirlo así para aclarar…”.
Las imágenes del idílico lugar quedaron fijadas en una película con fines propagandísticos,  para la que los nazis contrataron a un actor y director judío, Kurt Gerron, al que, después del rodaje, asesinaron en la cámara de gas junto a su familia y otros actores. De aquel proyecto se conservan 20 minutos. Austerlitz consigue hacerse con la película y visionará la copia en una de las cabinas de vídeo del museo. La verá muchas veces intentado encontrar el rostro de su madre entre las mujeres que asisten al concierto del Estudio para orquesta de cuerda, compuesta en Terezín por Pavel Haas, antes de ser asesinado.  La película se habría titulado El «Führer» regala una ciudad a los judíos o Theresienstadt: Un documental sobre el reasentamiento judío. Ahora puede verse este enlace:  "El Führer regala una ciudad a los judíos".
En la película aparecen los recluidos en el gueto, con la estrella cosida a la ropa. Son felices trabajadores de fábricas de bolsos o de confección, herreros, ceramistas, escultores... A la misma hora todos salen de trabajar y se dirigen hacia el recinto amurallado donde se celebra un partido de fútbol. Un numeroso grupo de niños aplaude desde la improvisada grada. Después aparecerá la biblioteca, donde señores maduros, vestidos con traje y corbata se demoran hojeando algún libro o charlando despreocupadamente. El ambiente cultural del gueto se completa con la escena de una conferencia, y con concierto. Se suceden numerosos primeros planos, que se detienen en los rostros de unos actores improvisados cuyas expresiones, que deberían traslucir bienestar, desvelan una frialdad y una tristeza que sobrecoge. Aparecerá después una familia al aire libre cuidando su huerto, los barracones de las mujeres convertidos en lugares de encuentro para la charla amigable, el juego de cartas, la lectura. Veremos a mujeres que conversan haciendo punto, mostrándose una a otra la labor. Y la última imagen, la más cotidiana, y por ello la que aparenta mayor sensación de normalidad, será la de una familia reunida en el comedor de su casa.
Austerlitz, que en 1959 había vivido en Paris en el número 6 de la rue Émile Zola, “a sólo unos pasos del Pont Mirabeau” –un guiño literario de Sebald hacia Paul Celan, poeta marcado por el Holocausto, que vivió en esa calle  y se suicidó tirándose desde ese puente en 1970–, intenta ahora buscar el rastro de su padre en esa ciudad, averiguar si había sido deportado “después de la primera redada en París, en agosto de 1941, o si no lo fue hasta julio del año siguiente, cuando un ejército de gendarmes franceses sacó a trece mil conciudadanos judíos de sus casas en la llamada grande rafle en la que más de un centenar de los perseguidos se tiraron por la ventana desesperados o se quitaron la vida de otras formas”. En un mes se vaciaron cuarenta mil apartamentos: “donde hoy se alza esta biblioteca (Nacional), había por ejemplo un gran almacén al que los alemanes llevaron todo el botín saqueado en las viviendas de los judíos de París (…). Adónde fueron (las cosas más valiosas) no quiere saberlo ya nadie, lo mismo que, en general, toda esa historia está enterrada, en el sentido más exacto de la palabra, bajo los cimientos de la Grande Bibliothèque”.
París. Número 64 de la Rue Lepic. 

Como Austerlitz, Elisabeth Gille, la hija pequeña de Irène Némirovski, tenía 5 años cuando vio por última vez a su madre y vivió siempre acompañada de esa sombra. En 1993 publicó una biografía de ella que en la edición española se tituló Irène Némirovski. El mirador: Memorias soñadas. Denise, la hija mayor, tenía 13 años cuando deportaron a Irène, la escritora de origen ucraniano, que detestaba parte de la tradición judía y que llegó, en 1919, con su rica familia exiliada a París, donde desde muy joven inició una exitosa carrera literaria. Entre 1940 y 1942, Irène vive con su marido, Michel Epstein, y sus hijas en Issy-l'Évêque, un pueblecito. Se habían convertido al catolicismo en 1939, pero debido al “estatuto del judío” dictado por el Gobierno de Pétain no podían trabajar ni publicar. Todos llevaban cosida a sus ropas la estrella amarilla. Durante ese tiempo Némirovski escribe en unas duras condiciones, la novela Suite francesa, una crónica del momento, donde retrata las cobardías y  miserias de la población que huye de París, o la vida de los habitantes de una pequeña población ocupada por los alemanes. El 13 de julio de 1942, dos días después de acabar Suite française, Irène fue detenida por los gendarmes. La internaron en un campo de concentración francés y de allí la deportaron a Auschwitz donde la asesinaron el 17 de agosto. Su marido luchó desesperado para que Irène volviese. Escribió a Petain y al embajador de Alemania, hablándoles de la frágil salud de su esposa, una importante escritora, y se ofreciéndose para reemplazarla en el campo de trabajo. Fue deportado tres meses después que su mujer y murió en Auschwitz el 6 de noviembre.
Irène Nemirovski  con su familia en 1939
Los gendarmes también persiguieron a Denise y Elisabeth. Las buscaron en  la escuela, pero su maestra logró esconderlas. Acompañadas por su tutora, su vida se convierte en una huida constante; con ellas siempre viaja una maleta donde guardan los manuscritos de Irène. Denise Epstein,  al hablar de Suite française recuerda que "al principio no pude leer el manuscrito. El dolor y la cólera me lo impedían. Luego, cuando lo leí, no comprendí enseguida que se trataba de una novela. Las anotaciones eran terribles. No me vi con ánimo de ordenar todo aquello hasta años más tarde”. La novela se publicó en Francia el año 2004. En su última carta, escrita a lápiz, en julio de 1942, escribió Irène Nemirovski: “Mi querido amor, mis adoradas pequeñas, creo que nos vamos hoy. Valor y esperanza”.
                                                       ...
En el blog de Laura Giordani: No he visto mariposas por aquí: Dibujos y poemas de los niños de Terezín

viernes, 11 de noviembre de 2011

Sobre la historia natural de la destrucción


Así son los abismos de la historia.
Todo está mezclado en ellos
 y, si se mira dentro, se siente miedo y vértigo.

Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción


“Sobre la historia natural de la destrucción” habría sido el título de un reportaje de Solly Zuckerman, asesor de los aliados en la estrategia de los bombardeos de la segunda Guerra Mundial, pero acabó dando nombre a la edición española de unos textos, a medio camino entre el ensayo y la narración, que W.G. Sebald publica en 1999. Zuckermann sintió interés por comprobar los efectos de los bombardeos y llegó a inspeccionar las ruinas de la ciudad de Colonia. Al regresar a Londres, “impresionado por lo que había visto” decidió escribir el reportaje, pero, como reconoció en su biografía, su propósito fracasó: “Mi primera visión de Colonia reclamaba a gritos algo mucho más elocuente que lo que yo había escrito”.      
        Bernhard Schlink publica en 1995 El lector, editada en España en 1997. En  2009, tras el estreno de la película basada en la novela, se sucedieron las ediciones, como es habitual cuando un libro se convierte en un fenómeno mediático. La película, es una impecable versión en la que destaca el trabajo de Kate Wistlet; su contención interpretativa convierte en creíble a Hanna Schmitz, la criminal guardiana nazi que deja morir a 200 mujeres judías en el interior de una iglesia en llamas tras un bombardeo. Si los lectores corremos el peligro de llegar a sentir cierta empatía por Hanna, el riesgo aumenta cuando el personaje se adueña de una imagen concreta. Lo sentimental puede alterar los significados; así, en la película aparece el plano de los pies sucios y descuidados de Hanna que ascienden hacia su fin frente a la escena que transcurre en el lujoso apartamento donde vive una de las dos supervivientes del asesinato, a quien Hanna dejará sus ahorros: Nueva York, amplios espacios, gusto exquisito, candelabro de siete brazos, colgante de oro en forma de gran estrella de David. Como intersección entre esas dos imágenes, un viejo bote de té, de hojalata. La mujer judía tuvo uno de niña, lo llevó al campo de concentración y allí se lo robaron. Ahora no quiere nada de Hanna pero decide quedarse con el bote, parecido al de su infancia, donde guardaba su dinero la que podría haber sido su asesina. 
      La novela posee todos los ingredientes para el éxito: está bien escrita y con un buen ritmo narrativo. En la primera parte hay bastantes dosis de amor y erotismo entre Hanna, la hermosa mujer de 36 años, y Michael Berg, el chico de 15. La mujer se nos presenta con un aura de misterio: alguna reacción agresiva, la obligación que le impone al chico de que le lea cada día los libros que él debe preparar para clase. Ochenta páginas que deben conseguir la suficiente intriga para dar el salto a la segunda parte, al golpe de efecto, atenuado por la lectura de la contraportada del libro donde los editores se encargan de informarnos de que la historia no es lo que parece al principio. Al menos nos ahorran un choque catártico como el del efectista desenlace de El niño con el pijama de rayas, uno de esos finales tramposos que abundan en la novela popular; el relato se vuelve tan inverosímil que el fondo histórico se transforma en un decorado de cartón piedra. Las ficciones sobre esos temas son eso, ficciones. La realidad, la historia, es más terrorífica. Puedo darle la espalda a una ficción, si quiero, pero no a la realidad ni a la memoria.
En la segunda parte de El lector han pasado siete años y el chico se ha convertido en un estudiante de derecho que asiste a un juicio, en el que una de las criminales nazis a las que juzgan es Hanna. La impresión que esto le produce le lleva a cuestionarse la relación entre su generación, que no ha vivido la guerra y la de sus padres.

La generación que había cometido los crímenes del nazismo, o los había contemplado, o había hecho oídos sordos ante ellos, o que, después de 1945, había tolerado o incluso aceptado en su seno a los criminales, no tenía ningún derecho a leerles la cartilla a sus hijos. Pero los hijos que no podían o no querían reprocharles nada a sus padres también se veían confrontados con el pasado nazi. Para ellos, la revisión crítica del pasado no era la forma que adoptaba exteriormente el conflicto generacional, sino el problema en sí mismo. (p. 159)

La noción de culpa enfrenta a las dos generaciones:

La culpabilidad colectiva, se la acepte o no desde el punto de vista moral y jurídico, fue de hecho una realidad para mi generación de estudiantes. No sólo se alimentaba de la historia del Tercer Reich. Había otras cosas que también nos llenaban de vergüenza, por más que pudiéramos señalar con el dedo a los culpables: las pintadas de esvásticas en cementerios judíos; la multitud de antiguos nazis apoltronada en los puestos más altos de la judicatura, la Administración y las universidades; la reserva de la República Federal Alemana a reconocer el Estado de Israel; la evidencia de que, durante el nazismo, el exilio y la resistencia habían sido puramente testimoniales, en comparación con el conformismo al que se había entregado la nación entera. Señalar a otros con el dedo no nos eximía de nuestra vergüenza. Pero sí la hacía más soportable, ya que permitía transformar el sufrimiento pasivo en descargas de energía, acción y agresividad. Y el enfrentamiento con la generación de los culpables estaba preñado de energía. (p. 159)

El protagonista va a visitar un campo de concentración, el de Struthof, en la Alsacia,  “quería deshacerme de los tópicos con la ayuda de la realidad”.

Hoy, cuando pienso en aquellos años, me doy cuenta de lo escasa que era la carga visual, de lo escasas que eran las imágenes que documentaban la vida y la muerte (o, mejor dicho, el asesinato) en los campos de exterminio. (…) Hoy en día hay tantos libros y películas sobre el tema, que el mundo de los campos de exterminio forma ya parte del imaginario colectivo que complementa el mundo real. (…) Por aquel entonces la fantasía apenas se movía; teníamos la sensación de que la conmoción que había producido el mundo de los campos de exterminio no era compatible con la fantasía. La imaginación se limitaba a contemplar una y otra vez las pocas imágenes le habían proporcionado las fotografías de los aliados y los relatos de los prisioneros, hasta que se convirtieron en tópicos fosilizados. (p. 139)

 Pero las distintas partes de la novela se articulan con el leitmotiv que además da título a la obra: El lector (Der Vorleser, el que lee en voz alta). Hanna pide que le lean en voz alta; lo hace en el campo de concentración donde trabaja, se lo pide al Michael, el protagonista, que seguirá leyendo después para ella. Hanna aprenderá a leer y buscará libros sobre el holocausto, sobre la memoria de las víctimas y sobre los asesinos. Las 200 mujeres que arden en el interior de una iglesia quedan difuminadas; hay demasiado horror como para poder imaginar siquiera los cuerpos en llamas, los gritos, las imágenes de la destrucción. “(Los muertos) Aquí en la cárcel estaban conmigo constantemente. Venían cada noche aunque no siempre los esperara. Antes del juicio todavía podía ahuyentarlos cuando querían venir”, dice Hanna. Y la única superviviente, que vio el horror abrazada a su madre,  es descrita de esta forma: “Todo en ella parecía neutral: la actitud, los gestos, la ropa. La cara parecía extrañamente intemporal. Como después de un lifting. Pero quizá era que el sufrimiento a edad temprana la había congelado”.
Bernhard Schilink y W. G. Sebald pertenecen a la misma generación. Los dos nacieron en 1944. Schilink ha ejercido de juez y ha vivido entre Bonn y Berlín. W. G. Sebald, tras acabar sus estudios universitarios, vivió en Suiza y luego en Inglaterra, donde trabajaba como profesor en la universidad de Norwich hasta su muerte en accidente de tráfico en el 2001. Schilink nace el 6 de julio en Bielefeld una ciudad que durante la guerra poseía una importante industria armamentista. El mayor bombardeo de los aliados ocurrió el 30 de septiembre de 1944. Como otras ciudades alemanas la ciudad se reconstruyó y cambió por completo su imagen: los edificios históricos fueron reemplazados por edificios modernos.
Sebald nace en Wertach y pasa su infancia y juventud en una zona de Alemania que no se ve afectada por las operaciones bélicas. Ciudades en las que, como reparará más tarde, los judíos habían desaparecido y en las que era fácil encontrar en el paisaje urbano zonas en ruinas. De nada de esto se hablaba apenas, ni en la vida cotidiana ni en la literatura:  

El hecho de la destrucción de casi todas las grandes ciudades de Alemania y de numerosas ciudades más pequeñas (…) se reflejó en las obras surgidas después de 1945 en un silencio en sí, una ausencia, característicos también otros terrenos de discurso, desde las conversaciones familiares hasta la historia escrita.
(…) Crecí con el sentimiento de que se me ocultaba algo, en casa, en la escuela y también por parte de los escritores alemanes, cuyos libros leía con la esperanza de poder saber más sobre las monstruosidades que había en el trasfondo de mi propia vida. (p. 78)

Lo sucedido era “un secreto familiar vergonzoso, protegido por una especie de tabú, que quizá no se podía confesar ni a uno mismo” y era también “el castigo merecido, la revancha del destino”. Pero era necesario olvidar para seguir viviendo.

La capacidad del ser humano para olvidar lo que no quiere saber, para no ver lo que tiene delante pocas veces se ha puesto a prueba mejor que en Alemania en aquella época. Se decide al principio, por simple pánico, seguir adelante, como si no hubiera pasado nada. (p. 50)

Más tarde, en Gran Bretaña, la crítica que se hizo de ese programa de destrucción fue que se hubiera mantenido durante tanto tiempo y que no se hubieran realizado ataques más selectivos. Y había que considerar también las propias víctimas. Los tripulantes de los bombarderos eran muy jóvenes, algunos acababan de salir del colegio y morían sesenta de cada cien. Los bombardeos se habían convertido en un negocio, en una empresa gigantesca, a la que se le añadía “el valor propagandístico para la moral británica”. Churchill acallaba sus escrúpulos con la idea de que “sólo se estaba produciendo, como él decía, una justicia poética más alta”. Los bombardeos indiscriminados continuaron a pesar de que ya eran inútiles. Sebald recuerda a Elias Canetti que “ha relacionado la fascinación del poder, en su manifestación más pura, con el número creciente de víctimas que amontona”. El protagonista de uno de los relatos de Los girasoles ciegos de Alberto Méndez escribe en una carta “Aunque todas las guerras se pagan con los muertos, hace tiempo que luchamos con usura. Tendremos que elegir entre ganar una guerra o conquistar un cementerio”.
En Alemania, escribe Sebald, nunca se llegó a hacer un debate público:

“(…) sobre todo porque un pueblo que había asesinado y maltratado a muerte en los campos a millones de seres humanos no podía pedir cuentas a las potencias vencedoras de la lógica político-militar que dictó la destrucción de las ciudades alemanas. Además, no puede excluirse que no pocos de los afectados por los ataques aéreos (…) vieron los gigantescos incendios, a pesar de toda su cólera, como un castigo merecido o incluso como un acto de revancha de una instancia más alta con la que no había discusión posible”.

En los bombardeos a 131 ciudades y pueblos alemanes murieron seiscientos mil civiles y siete millones y medio de personas se quedaron sin casa. Muchos de los que huían de las ciudades devastadas se encontraban “en un estado de demencia”. Quizás una de las imágenes más terribles sea el de las madres que “llevaban realmente en su equipaje a sus niños muertos, asfixiados por el humo o que habían perdido la vida de otro modo durante el ataque”. Nadie quería hablar de aquello.

El derecho al silencio, que esas personas reivindicaron en su mayoría, es tan inviolable como el de los supervivientes de Hiroshima, de los que Kenzaburo Oé, en sus notas de 1965 sobre esa ciudad, escribe que muchas de ellas, veinte años después de la explosión de la bomba, no podían hablar de lo que ocurrió ese día. (p. 97).

Sebald nos recuerda cómo el lenguaje, esa arma en apariencia inofensiva, llega a ser el germen de sufrimientos que van más lejos de lo que el ser humano es capaz de imaginar y de soportar. Y refiriéndose al lenguaje xenófobo señala:

Porque si algo se encuentra en el origen de los inconmensurables sufrimientos que los alemanes hemos causado al mundo es un lenguaje así, difundido por ignorancia y resentimiento. La mayoría de los alemanes sabe hoy, cabe esperar, al menos, que provocamos claramente la destrucción de las ciudades en las que en otro tiempo vivíamos. Casi nadie dudará hoy de que el mariscal del aire Göring hubiera arrasado Londres si sus recursos técnicos se lo hubieran permitido. Speer cuenta cómo Hitler, en 1940 fantaseaba sobre la destrucción total de la capital del imperio británico. (…) Esa embriagadora visión de destrucción coincide con el hecho de que también los bombardeos aéreos realmente pioneros –Guernica, Varsovia, Belgrado, Rotterdam– se debieron a los alemanes.
Y la ciudad de Stalingrado, que en aquella época, como luego Dresde, rebosaba de fugitivos, fue bombardeada por mil doscientos aviones y que, durante ese ataque, que entusiasmó a las tropas alemanas que estaban en la orilla, 40.000 personas perdieron la vida. (p. 112)

        Se vive más feliz sin memoria pero, como dice Sebal, si intentas escapar de ella “acaba disparándote por la espalda”. Tuvieron que pasar 50 años para que Sebald tras conocer y analizar los hechos, tras aceptar como fueron y rechazarlos moralmente, pudiera escribir:

Hoy sé que entonces, cuando estaba en el balcón de la casa de Seefeld, echado en el llamado moisés y miraba parpadeando el cielo blanquiazul, por toda Europa había nubes de humo en el aire, sobre los campos de batalla de la retaguardia en el Este y el Oeste, sobre las ruinas de las ciudades alemanas y sobre los campos de concentración donde se quemaba a los innumerables de Berlín y Frankfurt, de Wuppertal y Viena, de Würzburg y Kissingen, de Hilversum y la Haya (…) apenas un lugar de Europa desde el que no se deportara a alguien a la muerte. (p. 79)



Las citas recogidas en esta entrada pertenecen a las siguientes ediciones:

SCHLINK, Bernhard, El lector, trad. de Joan Parra, Anagrama, Barcelona, 2009 (duodécima edición).
SEBALD W. G., Sobre la historia natural de la destrucción, trad. de Miguel Sáenz, Anagrama, Barcelona, 2003.




domingo, 6 de noviembre de 2011

La maldición de Madame Bovary


       A pesar de que, como decía Cavafis, la vida pueda llegar a convertirse en “un huésped inoportuno”, por suerte está llena también de casualidades y de gratas sorpresas. Algo así me sucedió con Francisco Antonio Carrasco, a quien conocí en un encuentro de escritores nacidos en el norte de Córdoba, que se organizó en Peñarroya-Pueblonuevo hace unos años. La mayoría de los asistentes opinábamos que no había nada peculiar que caracterizara la escritura por haber nacido en un determinado sitio, pero lo pasamos bien, hicimos buenos amigos, y tuvimos la oportunidad de admirar la calidad literaria de algunos autores, como la de Francisco Carrasco, y su obra El silencio insoportable del viajero y otros silencios, publicada en 1999, en la editorial Huerga y Fierro, que quedó finalista en los premios de la crítica andaluza y nacional.
Paco leyó algunos fragmentos de sus relatos, lo suficiente para descubrir que nos hallábamos ante una voz narrativa poderosa, cuyo mundo literario bebía de una realidad muy conocida por nosotros: un pueblo de la posguerra que, a medida que él leía, en nuestra imaginación iba adquiriendo los contornos de Belalcázar, su pueblo. El libro contaba además con otro aliciente: la portada de Damián Flores, también belalcacereño, afincado en Madrid, y uno de los más interesantes pintores del momento. Paco y yo nos dimos cuenta de que compartíamos amigos y conocidos, que se hallaban desperdigados por el mundo, y que cada cierto tiempo regresaban, como hacíamos casi todos.
Pocos escritores viven exclusivamente de la literatura, y Francisco Carrasco no es una excepción, aunque su trabajo tiene mucho de ejercicio literario, lo que le ha convertido en un gran dominador del lenguaje. Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y se dedica al periodismo desde hace más de veinte años. Ha sido responsable de la sección de provincia del diario Córdoba, y en la actualidad es el jefe de la sección de opinión. No hay nada mejor para saber escribir que trabajar con las palabras: analizando, corrigiendo, redactando y puliendo con las premuras de tiempo que impone la prensa diaria, y con las exigencias que requiere el estilo periodístico. Sería muy difícil imaginar la cantidad de textos sobre los que habrá trabajado Francisco Carrasco, y aquellos en los que habrá impreso un toque personal pero también anónimo, porque el arte del buen restaurador reside en que las pinceladas trazadas por su mano se vuelvan invisibles en el original.
Cuando un texto nos parece sencillo y claro no hay que dejarse engañar. Detrás, existen horas y horas de trabajo, no tanto por lo que se escribe, sino por lo que se rechaza, hasta conseguir una prosa sin altibajos, un lenguaje al servicio de lo narrado, y a la vez un lenguaje protagonista, pues nos hallamos ante un discurso literario: arte con palabras. No importa sólo el referente, lo que se nos cuenta, sino el propio lenguaje, la manera de narrar. La poesía es palabra esencial en el tiempo, decía Machado. El relato también es palabra en el tiempo, la palabra construye un tiempo en el que los lectores nos sumergimos a medida que nos adentramos en los hechos narrados, en las emociones de los personajes y en sus gestos. Francisco Carrasco ha conseguido crearse un estilo que da unidad a su obra, desde El silencio insoportable del viajero y otros silencios hasta La maldición de Madame Bovary. Los siete años transcurridos entre la publicación de los dos libros constituyen la prueba evidente de ese trabajo minucioso y perfeccionista de nuestro autor. Perfección que se refleja también en la impecable edición de Huerga y Fierro, y en el diseño de la portada, otra vez de de Damián Flores.
 El cuento literario es un género reciente en la literatura. Surgió en el siglo XIX, paralelo al auge del periodismo, y hermano de otro género considerado mayor: la novela realista. En estos relativamente pocos años, el cuento literario se ha afianzado como género y ha creado distintas variedades. Sin embargo, no ha llegado a librarse de un complejo de inferioridad respecto a la novela. Un buen relato no es el germen de una novela o una novela truncada. ¿Qué es entonces un buen relato?
En el buen relato es importante lo que se narra, pero sobre todo la creación de una atmósfera. Harold Bloom clasifica el cuento moderno en chejoviano o kafkiano. Para Chejov lo que importa es mostrar unos sentimientos, un estado, una situación; en sus relatos parece que no sucede nada pero nos mantiene en tensión hasta el final. Son personajes que, sorprendidos en un punto de su existencia, han cruzado una línea, sin ser del todo conscientes, ni tampoco los lectores, porque es tan perfecta la construcción que los cimientos permanecen ocultos y no sabemos en qué momento se tambalean, y nos dejan ese sabor de boca a menudo más cercano a la poesía que a la novela. Kafka nos presenta lo irracional como algo real, los lectores no lo cuestionamos, lo creemos. Chejov y Kafka, aunque de manera distinta, nos hacen saltar un abismo Y ese salto es lo que los lectores buscamos.
Los relatos de Francisco Carrasco se encuadrarían en la tradición chejoviana. Los personajes se mueven en unos estrechos límites, en una atmósfera asfixiante, debido, sobre todo, a las circunstancias que les ha tocado vivir. Vamos a asistir a un momento crucial en sus vidas, en el que el equilibrio se rompe y los personajes caen a uno u otro lado.  
La maldición de Madame Bovary recrea el mismo mundo que ya apareció en El silencio insoportable del viajero y otros silencios: Villaviciosa, un pueblo español de la posguerra.  Esto, unido a la voz del narrador y al estilo, va creando una atmósfera que confiere unidad y originalidad a la obra narrativa de Paco Carrasco. Villaviciosa es un territorio real, los lectores nos imaginamos un pueblo como Belalcázar, pero la literatura lo transforma en un lugar mítico, y en un paradigma de lo que fueron nuestros pueblos alrededor de los años 60. Un tiempo real ­–pero también mítico, visto con los ojos del recuerdo– que abarca desde la Guerra Civil y la inmediata posguerra hasta el comienzo de los años 70. La vida parece inamovible en ese mundo rural, sin embargo las secuelas de la guerra permanecen en los comportamientos, en el entramado social y en las conciencias. Existe una miseria moral soterrada que en algunos casos emerge sin pudor alguno. Los personajes rememoran o son protagonistas de una situación derivada de ese momento real en el que viven; algunos son seres acabados, pero en otros existe un aliento vital que los empuja a sobrevivir, a salir de los estrechos límites impuestos. Es significativo que en varios relatos el narrador sea un niño que proyecta su futuro lejos del pueblo.
El libro está dividida en tres secciones; la primera, la ocupa el relato que da título a la obra, la segunda la componen cinco cuentos más breves y la tercera corresponde a otro relato también extenso: Las lágrimas de Adrián. Son siete relatos que se abren con La maldición de madame Bovary. En él se narra el despertar sexual y afectivo de un adolescente de trece años, y su paralelo despertar a la literatura guiado por una viuda de treinta y cinco años, doña Bárbara. Ella es el personaje extraño que rompe la tranquila vida de un pueblo. Lo mismo que antes lo fue el viajero de “El silencio insoportable…”. 
El relato está lleno de citas literarias, pasajes de libros abiertos, a modo de migas de pan que señalan un camino: El collar de la paloma, Bécquer, el Decameron, García Lorca, Ovidio, Madame Bovary. Como el personaje de Flaubert, Doña Bárbara, (nombre también de referencias literarias), intenta escapar de una realidad vacía y hostil a través de la literatura y del amor, en el ambiente cerrado de la posguerra. Las fuerzas represoras e hipócritas están encarnadas en don Jesús, el cura que ya conocimos en El silencio insoportable del viajero…, intransigente adalid de las virtudes del nacionalcatolicismo  y mal cumplidor del sexto mandamiento, siempre tentado por la lujuria y pecando de pensamiento y obra. Don Jesús, en este relato, representa también la figura del inquisidor, para el que “Los libros envenenan el alma de las personas humildes. Ellos fueron el detonante que hizo estallar la guerra”.
            El segundo relato, “Nochebuena”, es mucho más breve; bastan dos páginas para mostrar una situación dramática, sin caer en el sentimentalismo fácil. Con las palabras justas nos describe el lugar y el momento en el que se cruzan las vidas de unos personajes: una casucha miserable, la guardia civil, el padre que ha robado un borrego, los niños que cenan en nochebuena, y el desenlace contenido. En este relato como en el siguiente, “Cosas del juego”, el autor utiliza la tercera persona, pero su prosa conserva  el mismo tono que los relatos en los que el narrador es el protagonista. En “Nochebuena” el narrador se convierte en espectador del hambre, y de un acto de piedad  y rebeldía; en “Cosas del juego” será testigo de la degeneración moral del ser humano en la figura del terrateniente arruinado que es capaz de jugarse a su mujer en una partida de cartas. No se juzga, se describen los hechos.
       “Un cementerio en llamas” recupera la primera persona en la voz de un niño nacido durante la guerra, que nos va a contar la historia de su tío, un adolescente de la guerra. El abuelo estaba huido en el monte, la familia era cada cierto tiempo castigada, les rapaban el pelo y le daban aceite de ricino. Así aparecen en una foto: “La abuela, con la boca cerrada mantiene la compostura, a pesar de su aspecto andrajoso. El tío, con trece o catorce años, ya casi un hombre, camina llorando con la mirada perdida.” El abuelo muere a manos de un guardia civil y el tío, un muchacho de 16 ó 17 años jura vengarse. Se convierte en huido, con el único fin de matar al asesino de su padre. En este momento su vida deja de tener sentido, no hay posibilidad de salvarse, si no es cayendo en el vacío.
         Memorial de atardeceres es la historia de un amor frustrado, pero sobre todo la de la toma de conciencia del protagonista de su condición, el lugar que ocupa en el entramado social en el que los señores disfrazan de paternalismo lo que en realidad es una explotación. Porque en esa sociedad cada uno tiene su sitio. “Es una cuestión de principios”, como dicen algunos de sus personajes.
         La segunda parte del libro se cierra con 1941. Han pasado 30 años desde esa fecha y don José, un nuevo rico del franquismo, va a contar al narrador –un muchacho con aficiones literarias– cómo empezó a amasar su fortuna. Desde el discurso cínico hasta la conciencia torturada, el protagonista se nos presenta con varias máscaras: por un lado, el sentimiento de culpabilidad de un asesino; por otro, la fanfarronería y prepotencia de un vencedor.
        El último relato de la colección es Las lágrimas de Adrián. Ocupa la tercera parte del libro. En este relato abandona el trasfondo de la guerra civil y la posguerra para centrarse en las obsesiones de Adrián, el protagonista, acusado de intentar violar a una amiga. El narrador, en este caso un amigo de Adrián, intentará esclarecer los hechos, y aliviar el sufrimiento que ha provocado la situación. Sus dudas invitan al lector a tomar partido por uno u otro personaje hasta llegar al desenlace final.
      Los relatos de La maldición de madame Bovary van precedidos de una cita: el final del poema “Esperando a los bárbaros”, de Cavafis, en la versión de José Ángel Velente.

–¿Por qué de pronto esa inquietud
y movimiento? (Cuanta gravedad en los rostros.)
¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,
y sombría regresa a sus moradas?

Porque la noche cae y no llegan los bárbaros.
Y gente venida desde la frontera
afirma que ya no hay bárbaros.

¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?

El bárbaro es el extranjero, el extraño peligroso, ajeno a nuestras costumbres, que va a romper el equilibrio de la comunidad. La imaginación colectiva crea sus propios bárbaros para exorcizar los miedos individuales y encauzarlos en un enemigo común que nos amenaza constantemente. Algunos de los personajes de Francisco Carrasco intentan salir de la opresión por distintos caminos; son los bárbaros en la conciencia colectiva. Buscan el amor, el placer de la literatura, la autenticidad, la comida, la dignidad. Rompen el equilibrio ficticio, aunque después sean engullidos por la atmósfera que les rodea. En un ambiente cerrado y opresivo, como el de nuestra larga posguerra, el “bárbaro” temible era una forma de cohesión social frente a un enemigo acechante, cuya existencia nadie ponía en duda. Pero, ¿qué sería de nosotros sin los bárbaros? Porque, y así termina este irónico poema de Cavafis: “Esos hombres traían una solución después de todo”.



NOTA: Este texto fue leído en el acto de presentación de La maldición de madame Bovary,   en Lucena, Córdoba, en noviembre de 2007. En el año 2011, Francisco A. Carrasco ha publicado su tercer libro de relatos, Taxidermia

viernes, 28 de octubre de 2011

Montaigne, Bloom y las mujeres

Montaigne. Dibujo de Germán Bandera
No yerran las mujeres en modo alguno cuando rechazan las normas de vida que rigen el mundo; pues hanlas hecho los hombres sin contar con ellas.

Montaigne, “Sobre unos versos de Virgilio”.


En su biografía de Montaigne Stefan Zweig nos recuerda que existen libros que deben llegarnos a una determinada edad, una vez que hemos madurado y vivido lo suficiente como para “poder apreciarlos como es debido”. Es probable que si los leemos antes de tiempo disfrutemos de su contenido y de su estilo, pero será una de tantas relaciones frías que no calará en lo más profundo de nosotros. Montaigne debió de llegarme en la edad adecuada pues ha sido una de las lecturas que más satisfacciones me ha aportado. Me divierten muchísimo los ensayos y sus ideas me parecen cercanas, como si no existiese un salto en el tiempo, sino un continuo marcado por cruces de caminos en los que ese antepasado con gorguera y gesto adusto se dirige a mí y los dos establecemos un diálogo de tú a tú; y carece de importancia que él sea un hombre del siglo XVI y yo una mujer del siglo XXI.
Montaigne se encerró en una torre para leer sin que la vida cotidiana lo perturbase y acabó, a través de la escritura, conversando consigo mismo, con sus lectores y con los libros que tanto amaba. Pero fuera de la torre lo acuciaban obligaciones diarias, más engorrosas que los grandes heroísmos.

Conquistar un desfiladero, llevar una embajada, dirigir a un pueblo, son actos brillantes. Discutir, reír, vender, pagar, querer, odiar y conversar con los nuestros y con nosotros mismos dulce y justamente, no aflojar, no desdecirse, es cosa más rara más difícil y menos notable. Y así las vidas retiradas, digan lo que digan, comportan deberes tanto o más arduos y tensos que las otras vidas”. (“Del arrepentimiento”)[i]

Como gran señor, Montaigne tuvo que casarse para asegurar su descendencia; y lo hizo según las normas, guiándose por la razón y la costumbre:

Digan lo que digan no se casa uno por sí mismo, se casa uno tanto o más por la posteridad, por la familia. La práctica del matrimonio afecta a nuestro linaje por encima de nosotros.[ii]

Según su experiencia, los matrimonios por amor suelen fracasar mucho antes; no es conveniente mezclar amor y matrimonio: “Se ha de tocar a la propia mujer, dice Aristóteles, con prudencia y severidad, no sea que acariciándola demasiado lascivamente el placer la saque de quicio”. Además podría “alterar la simiente” e “impedir la concepción”, que es el objetivo del matrimonio, ese “placer soso” y aburrido; mientras que el amor “se funda únicamente en el placer, y es el suyo, en verdad, más excitante, más vivo y más agudo; un placer atizado por la dificultad”. Ante esto “Un buen matrimonio, si es que los hay, rechaza la compañía y las cualidades del amor. Intenta imitar las de la amistad” [iii].

Sin embargo en el ensayo “De la amistad”, Montaigne había escrito:

En cuanto al matrimonio, además de ser un contrato del que solo el principio es libre (…), surgen en él mil complicaciones ajenas, suficientes para romper el hilo y enturbiar el curso de un vivo afecto, mientras en la amistad no hay más negocio ni trato que con ella misma. A lo que se ha de añadir que, a decir verdad, la inteligencia ordinaria de las mujeres, no puede responder a esa compenetración y comunicación de la que se nutre esa santa unión; ni su alma parece lo bastante firme como para soportar la presión de lazo tan apretado y duradero. Y, ciertamente, si así no fuese y se pudiese dar una unión libre y voluntaria en la que no solo las almas tuvieran ese goce tan pleno sino que también los cuerpos tuviese parte en la alianza, en la que el hombre se viese comprometido por entero es seguro que la amistad sería más total y plena. Mas no existe ejemplo alguno de que ese sexo haya podido llegar aún a ese punto, y las escuelas clásicas están de acuerdo en rechazarlo para ello.

Con estas premisas era imposible alcanzar la felicidad en el ambiente hogareño: ni amistad, ni amor. Cumplidor de sus obligaciones, Montaigne engendró varios hijos varones que morían “siendo niños de pecho”. Con su carácter “brusco y repentino” tuvo que cuidar sus tierras y su patrimonio, sobrellevar la vida familiar en la que convivía con su madre, su esposa y la única hija que sobrevivió. En los ensayos no aparece la figura de la madre (descendiente de ricos judeoconversos de origen español), y apenas menciona a la esposa y a la hija. Habla de ellas al referirse a la educación:

Critico toda violencia en la educación de un alma tierna, a la que se forma para el honor y la libertad(…). Leonor (…), pasó los seis años sin que se hubiera empleado para su educación y para el castigo de sus pueriles faltas otra cosa que palabras y muy dulces, aplicándose a ello fácilmente la indulgencia de su madre. (“Del amor de los padres por los hijos”) 
Marie de Gournay

Los Ensayos recogen un inventario de lugares comunes acerca de las mujeres, esos seres que están más próximos a los animales: “…paréceme, no sé por qué, que en ningún aspecto corresponde a la mujer el dominio sobre el hombre, excepto en el maternal y natural, a no ser para castigo de aquellos que por cierto talante febril hanse sometido voluntariamente a ellas”. Por todo ello:

Es peligroso dejar a su parecer la designación de nuestra sucesión, según la elección que hagan de los hijos, que es siempre inicua y fantástica. Pues ese apetito desenfrenado y ese gusto enfermo que tienen durante los embarazos tiénenlos en el alma en todas las épocas (…) Pues no teniendo bastante capacidad de juicio para escoger y abrazar aquello que lo merece, déjanse llevar de buen grado sólo por las impresiones de la naturaleza; como los animales que sólo conocen a sus crías mientras los amamantan. (“Del amor de los padres por los hijos”)

No hay casi nada escrito sobre las mujeres en los libros que Montaigne lee, no existen casos gloriosos, salvo excepciones. Algunas frases de los Ensayos parecen desahogos después de una tormenta. Así, las mujeres discuten constantemente: “Siempre son las mujeres proclives a disentir de sus maridos: agárranse a cualquier cosa para discutirles, sírveles la primera excusa de absoluta justificación”[iv]. Y ante esto es necesario saber cómo actuar: “Los que han de tratar con mujeres testarudas, quizás hayan conocido la rabia que las embarga cuando oponemos a su agitación el silencio y la frialdad y desdeñamos alimentar su enojo”. [v]

Las mujeres, además, son seres débiles a los que no conviene exigir “mucha ciencia”:

Es arma (el saber) peligrosa que entorpece y perjudica a su dueño cuando está en mano débil e ignorante de su uso. (…) Puede que sea este el motivo por el que ni nosotros ni la teología exijamos mucha ciencia a las mujeres, y por el que Francisco, duque de Bretaña, hijo de Juan  V, cuando le hablaron de su matrimonio con Isabel, hija de Escocia, explicándole que la habían educado con sencillez y sin instrucción alguna en las letras, respondió que lo prefería y que una mujer era bastante sabia cuando sabía distinguir la camisa del jubón de su marido. (“Del magisterio”)

Pero la mujer es, sobre todo, un ser hermoso, objeto de deseo: “Es la belleza el verdadero bien de las damas”. Montaigne  confiesa  que, desde muy joven, su gran vicio ha sido la lujuria; aunque, ya entrado en la cincuentena, reconoce: “Y por licencioso que se me considere, en verdad que he observado las leyes del matrimonio más estrictamente de lo que había prometido y esperado”. Pero tampoco le importa confesar que se deja “ir algo al libertinaje, a conciencia” y entregar “a veces el alma a pensamientos juguetones y jóvenes”[vi]. Puede que más de una vez se hubiese servido de técnica tan antigua como esta:

Nada hay que envenene tanto a los príncipes como la adulación, ni nada con o que los malos ganen crédito más fácilmente en derredor suyo, ni comercio tan propio y corriente para romper la castidad de las mujeres como el de entretenerlas y engatusarlas con halagos[vii].

El ensayo “De tres buenas mujeres” comienza así: “No hay muchas de estas, como sabemos, y en particular para los deberes del matrimonio”. Montaigne se queja de que muchas mujeres solo muestran su afecto cuando el marido ha muerto “¡Testimonio tardío y fuera de lugar! Más bien prueban así que sólo los quieren muertos”. Las tres mujeres romanas del ensayo decidieron suicidarse con sus maridos. Dos de ellas lo consiguieron e incluso mostraron más valor y dignidad que sus esposos, a los que animaron en ese acto supremo de libertad, o en esa condena impuesta por los tiranos.
Con estas citas tendríamos argumentos más que suficientes para comprobar lo mal paradas que salimos las mujeres en los Ensayos. Harold Bloom, en El canon occidental se refiere a la pervivencia de Montaigne de este modo:

Si la profecía que con reticencia aventuro es cierta (…) Montaigne se desvanecerá al menos por un tiempo. Su fuerza depende únicamente de la capacidad del lector varón de identificarse con el autor. Es improbable que las feministas lleguen a perdonar a Montaigne, que supera con mucho a Freud en machismo; Freud declaraba que las mujeres eran un misterio insoluble, pero para Montaigne no había misterio alguno. No acababan de ser humanas en el sentido que él más valoraba de lo humano; las identificaba completamente con la naturaleza. Y aun con todo era demasiado sensato, incluso en su época como para ignorar de quién era la culpa.

Bloom cita los últimos párrafos de “Sobre unos versos de Virgilio”, uno de los ensayos escritos desde la perspectiva de un camino que se va acercando al final:

(…)Diré que los varones y las hembras están formados en el mismo molde, excepto la educación y las costumbres, la diferencia no es grande.
 Llama Platón indistintamente a unos y a otros a la práctica de todos los estudios, ejercicios, cargos, ocupaciones de guerra y paz, en su república; y el filósofo Antístenes eliminaba toda diferencia entre su virtud y la nuestra.
   Es mucho más fácil acusar a un sexo que excusar al otro. Ya dicen que el atizador se ríe de la estufa.

En cuanto a la mujer como un misterio, Bloom se olvida de que en este mismo ensayo –al contar una anécdota sobre la educación de su hija, criada por su madre  de una manera “retirada y particular”–, Montaigne afirma que “no se mete en este gobierno”, pues “el sistema femenino sigue un camino misterioso, hemos de dejárselo”.
No soy un lector varón; ¿estaré preparada para leer a Montaigne?, ¿seré una de esas feministas que pretenden cargarse el canon occidental? ¿Formo parte, según Bloom, de la especie de los resentidos? Veamos: me divierte leer las opiniones de Montaigne acerca de las mujeres, pues en ellas se recogen las ideas de la época, y de la cultura occidental. Si viviera hoy quizás le plantara cara y le dijera: “Señor Montaigne, no estoy de acuerdo con lo que dice, generaliza. Habla así de las mujeres porque nunca ha tenido la oportunidad de mantener una relación de amistad con ellas, una unión fundada en lazos espirituales e intelectuales, que no tiene por qué excluir otra clase de lazo, si la ocasión es propicia. Pero no es usted culpable. Esta historia viene de tiempo atrás y perdurará varios siglos después de su muerte. Todavía perdura”.
Con el paso de los años Montaigne va matizando sus ideas acerca de la mujer, y se mostrará mucho más avanzado que ciertos sectores recalcitrantes de la sociedad actual. Sus ensayos corren a la par que su vida. Harold Bloom adolece de un dogmatismo del que carecía Montaigne. Obsesionado por lo que él llama “los resentidos”, Bloom nos convierte en lectoras pasivas, poco dadas a dialogar con los autores que admiramos. Nos reímos o criticamos las opiniones de Montaigne porque son anecdóticas si las comparamos con lo más profundo de su pensamiento del que nos sentimos partícipes como seres humanos. No le achaquemos a Montaigne los prejuicios de Bloom, cuyos argumentos reforzarían la idea de que existe una literatura o una escritura para hombres y otra para mujeres y otras minorías. Una es buena y perdurable, la otra es mediocre y pasajera.
Vuelvo a “Sobre unos versos de Virgilio”, ese ensayo en el que Montaigne se dirige especialmente a las damas, sin tapujos:

Disgústame que mis Ensayos sirvan a las damas de libro común únicamente y de libro de sala. Este capítulo me hará de gabinete. Pláceme su trato algo privado. Lo público carece de favor y de sabor. En las despedidas, arde nuestro afecto por las cosas que dejamos, más de lo ordinario. Doy el último adiós a los juegos del mundo, estos son nuestros postreros abrazos.

A las mujeres se las ha preparado para el amor:

Formámoslas desde la infancia para los quehaceres del amor: su gracia, su elegancia, su ciencia, su hablar, toda su educación no hace sino perseguir esa meta.
(…)
Se la embauca y encarniza por todos los medios; atizamos e incitamos su imaginación sin cesar ¡Y después ponemos el grito en el cielo!

Pero después la sociedad quiere que se muestren recatadas, que no cometan el pecado de la lascivia:

No hay deseo más acuciante que este, al cual queremos que sólo ellas resistan, no como si se tratara simplemente de un pecado de la importancia que tiene, sino de uno abominable y execrable (…) y, sin embargo, nosotros nos entregamos a él sin culpa ni reproche alguno. (…) Nosotros (…) las queremos sanas, vigorosas, orondas, bien alimentadas, a la par que castas, es decir, cálidas y frías: pues el matrimonio, el cual se encarga, según decimos, de impedir que ardan, apórtales poco refresco, de acuerdo con nuestras costumbres. Si toma a uno al que el vigor de la edad aún empuja, se jactará de expandirlo con otras.

Durante siglos Montaigne fue criticado por ideas como estas. “No están marcados tan drásticamente los límites de la honra: puede relajarse, puede dispensarse de algún modo sin que se falte a ella”, se atreve a decir; y para apoyar sus opiniones nada mejor que recurrir a ejemplos de la antigüedad: “Lúculo, César, Pompeyo, Antonio y Catón y otros hombres bravos fueron cornudos, y supiéronlo sin promover tumulto”.
Como un juego del destino, ya casi al final de su vida, Montaigne tendrá la oportunidad de establecer una “extraña” relación con una mujer. Se trata de María de Gournay le Jars que, frente a la educación que se le tenía destinada como gran dama, estudió de forma autodidacta latín y griego, leyó a los clásicos y, con 18 años, se apasionó por la obra de Montaigne. Fue ella la que le envió una carta diciéndole que deseaba conocerlo. En 1588 se encuentran por primera vez. Ella tenía 23 años, Montaigne 55.

Stefan Zweig relata así esta historia:

Justo antes de su muerte, (…) le es dado lo que había dejado de esperar desde hacía mucho tiempo: un destello de ternura y amor. Dice apesadumbrado que tal vez el amor podría despertarlo, y lo increíble ocurre. (…) (Marie de Gournay) se inflama de pasión por los libros de Montaigne: los ama, los idolatra, busca su ideal en este hombre. Como siempre en estos casos, es difícil determinar hasta qué punto un amor así está dirigido no sólo al autor, al escritor, sino también al hombre. Pero Montaigne va a verla a menudo, se queda algunos meses en su casa, la muchacha se convierte en su fille d’alliance,

De Marie de Gournay habla Montaigne en este famoso fragmento final del ensayo “De la presunción”:

Con placer he publicado en varios lugares la esperanza que tengo en María de Gournay le Jars, mi hija de alianza, y por la que siento ciertamente un afecto mucho más que paternal, y a la que guardo en mi retiro y soledad como una de las mejores partes de mi propio ser. No me queda más que ella en el mundo. Si puede presagiar algo la adolescencia, esta alma será algún día capaz de las cosas más hermosas y, entre otras, de la perfección de esa tan santa amistad a la que su sexo no hemos leído que haya podido elevarse aún. (…) El juicio que hizo de los primeros Ensayos siendo mujer y de este siglo, y tan joven y tan sola en su región, y la famosa vehemencia con la que me amó y deseó largo tiempo por la sola estima que me profesó antes de haberme visto son un hecho muy digno de consideración.

Montaigne muere en 1592, cuatro años después de conocer a Marie, a la que confiará, en palabras de Stefan Zweig, “lo más preciado de su herencia: la edición de sus Essais después de su muerte”.






[i] Las citas recogidas en esta entrada pertenecen a las siguientes ediciones:
MONTAIGNE, Michel de, Ensayos completos, trad. de Almudena Montojo, Cátedra, Madrid, 2003.
ZWEIG, Stefan, Montaigne, trad. Joan Fontcuberta Gel, Acantilado, Barcelona, 2010.
BLOOM, Harold, El canon occidental, Anagrama, Barcelona, 2001.

[ii] “Sobre unos versos de Virgilio”. Libro III, Cap. V
[iii] Ibid.
[iv] Ibid
[v] “De la Cólera”.
[vi] “Sobre unos versos de Virgilio”.
[vii] “De la gloria”.