sábado, 17 de septiembre de 2011

Senderos en el jardín circular

Germán BanderaSENDEROS EN EL JARDÍN CIRCULAR. 1995. Óleo. 97x130
A veces, entre los infinitos senderos que surcan una página en blanco, un recuerdo se convierte en el hilo que nos sirve de guía. Es imposible traducir al lenguaje verbal sensaciones y emociones pictóricas. Intentaremos acercarnos dando rodeos, construyendo metáforas, pero sólo como un juego. Porque la pintura seguirá ahí, más allá de la urdimbre tejida con palabras. Olvidemos entonces el final, el paisaje después de la batalla, y hablemos de la batalla, del proceso creador que se nos revela con toda su fuerza cuando una persona ha sido tocada por el ansia de crear, esa venenosa planta trepadora que se enrosca en nuestra vida y no deja de crecer por más que, en los momentos de desesperación, deseáramos cortar sus raíces. 
Germán Bandera. EL PORTICHUELO. (2002). Óleo. 41x100
El hilo me llevaba hasta Borges, hacia uno de sus laberintos. La primera vez que visité la casa de Germán y Lola, reparé enseguida en algo muy familiar. Eran los cuatro volúmenes de las obras completas del escritor argentino, editados en 1993; la misma cuidada edición que yo atesoraba en mi biblioteca, y con la que sustituí a los gastados libros de bolsillo que tanto me fascinaron en la adolescencia. Con la complicidad de un niño que pide que le cuenten una y otra vez la misma historia, nos dejamos enredar en los juegos que Borges nos propone. De este modo, me subyuga “La casa de Asterión”, pues su protagonista –el Minotauro que habita en el laberinto de Creta– me conmueve con su soberbia, su tristeza y su terrible soledad, de la que sólo será redimido por la muerte a manos de Teseo, el héroe relegado a ser sólo la voz que desvele la clave del relato: “¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo–. El minotauro apenas se defendió”. El Minotauro simboliza al ser humano, a Borges, a cada uno de nosotros. Y el laberinto no es más que uno de tantos laberintos interiores con los que convivimos a diario. Como Asterión nos asusta alejarnos de esa casa; pero, al igual que Teseo, tomamos el hilo que nos ofrece Ariadna para mostrarnos la salida.

Germán Bandera. HÉROE ENTRE RUINAS.. 1998.Óleo sobre lienzo. 190x190 cm.
   Un día, desde Salobreña, Germán me envió una carpeta de viejo y descolorido cartón azul. Dentro había un puñado de folios que me dispuse a leer con curiosidad. No podían ser al fin y al cabo, más que uno de sus particulares hilos de Ariadna: el hilo que nos conduce a través de su proceso creativo, de los caminos  recorridos hasta llegar a ser quien es como artista y ser humano. Nada de lo que yo escriba superará la riqueza de su reflexión, de ese hilo que, desde 1986, cuando aún estudiaba en Sevilla, Germán creó con sus escritos. A partir de ahí, sólo me quedaba la opción de redactar una modesta biografía, como un excusa para engarzar frases e ideas tomadas de esos hermosos textos.
Germán Bandera, NOSTALGIA DEL INFIERNO. 2000.
Técnica mixta sobre madera. 127 cm.
Germán Bandera nació, creció y vive bajo la luz del Mediterráneo, esa será su primera influencia, y el referente esencial en su pintura: la luz del sol que invade  espacios y paisajes, que dibuja los contornos precisos de los objetos y “les da solidez en la forma y densidad en el color”. Y el mar, “un mar de silencio” como fondo de su “pintura callada”, la que no necesita de palabras que la expliquen.
Vinieron los años de  aprendizaje, la mirada atrás, a sus maestros: Cezanne, Morandi, Klee... Junto a ellos, el arte asirio o sus admirados pintores chinos. Influencias “aparentemente dispares”, y a las que se suman nombres como Velázquez o los artistas del renacimiento italiano. Los textos escritos en 1992, durante su breve pero fructífera estancia en Roma, revelan ese proceso de estudio y asimilación del arte renacentista que tanto enriquecerá su pintura. Beberá de sus maestros, pero eso sí, sin atragantarse, “plantándoles cara”, dialogando con ellos; porque el artista, como ser humano, está inmerso en las circunstancias que le ha tocado vivir, y debe responder a las preguntas esenciales desde ese preciso momento. Sólo así es posible luchar por la búsqueda de un nuevo lenguaje expresivo.
Para ello es necesario esquivar también otros obstáculos, huir de fantasmas como el academicismo más temido, “el de uno mismo”, el que conduce a la repetición de una fórmula con la que “quedar bien” y a instalarse después cómodamente en ella. Hubiera sido fácil para alguien como Germán Bandera, que conoce bien el oficio. Pero nada habría estado más lejos de su concepción de la pintura como forma de conocimiento, como andadura y experiencia (nunca experimento) vital. Admiramos  la versatilidad de su pintura, pero no dejamos de ver en ella una unidad, ajena a la simples etiquetas de figurativa o abstracta. “Si asimilamos la pintura figurativa a la música tonal y la pintura abstracta a la atonal, mi pintura se hallaría cercana a la música de Debussy, de tonalidad débil, ambigua” – escribía en febrero de 1993–.

Germán Bandera. LA CALETA, 2002. Óleo. 41 x 100
Germán es, antes que nada, pintor, un creador que es feliz cuando pinta, cuando se deja seducir por la ebriedad de la creación, ese instante en el que, al convertir la materia en la forma exacta, jugamos a ser un dios infinito. El momento mágico en el que “el pintor aplica una pincelada y, sobrecogido, contempla cómo la obra comienza a latir, a no necesitarlo”. Después viene la lucidez, la reflexión y la duda, porque esa criatura adquiere vida y alma propias y puede entonces rebelarse contra su creador: quizás no es lo que él quería, pero en esa contradicción radica la fuerza de una obra de arte, de una pintura transida de vida, de un apropiarse de la realidad hasta llegar al fondo de las cosas.
Un cuadro, para Germán, debe expresarse a sí mismo, como un ser viviente con infinitas caras, con infinidad de sentidos pero con un carácter. Y ha de ser a la vez un modo de aprehender el mundo. En esto radica el sentido último de su pintura. “No quiero pintar cosas –nos dice– (...) intento pintar una única cosa, el Todo. No trato de hacer visible lo invisible, sino de hacer visible lo innombrable”. Ardua tarea que le lleva a un continuo trabajo de depuración hasta llegar a la forma precisa, donde no existan huecos ni fisuras entre las piezas ensambladas. Elevar la tensión al máximo, en ese intento de “traducir lo tridimensional a lo bidimensional”, sólo puede hacerse a costa de un cierto grado de dolor, un “dolor estético”, distinto y nunca comparable al dolor espiritual de una persona. Pues, en el momento en que creemos andar por el camino cierto, el dolor desaparece, y es sustituido por el gozo de la creación.
Germán Bandera. AMANTES
(1994).Acrílico sobre madera
            La pintura es su vida, pero sabe armonizarla bien con lo que para él es aún más importante, sus amores y amigos. Compagina, además, su labor creativa con su trabajo como profesor de instituto. No es un camino fácil, porque la pintura exige tanto del artista que a veces sobreviene la angustia, la sensación de no llegar hasta el final, hasta el límite de sus posibilidades. Sin embargo a aquellos que le conocen bien, no deja de sorprenderles la energía con que aborda su trabajo en ambos terrenos. En Germán Bandera las facetas de pintor y enseñante, viven enlazadas por un mismo ideal. La educación estética, en el sentido de crear “buenos observadores” que disfruten y aprecien el arte, es en verdad una tarea complicada y un reto cuando la evidencia se muestra tan abrumadora.
Hoy en día el arte parece, por un lado, destinado a una selecta minoría que impone sus gustos al vulgo ignorante, al que es necesario explicar el significado de ciertos montajes y zarandajas. Por otro lado proliferan los artesanos cuyo afán es realizar bellas fotografías al óleo. Hace poco escuché una anécdota referida a un pintor que se jactaba de haber pintado numerosas veces el mismo cuadro, porque su abundante clientela así se lo demandaba. El panorama resulta tan frustrante que, Germán, al comprobar cómo la gente se agolpa ante los cuadros realistas, mientras que pasan de largo ante las obras menos figurativas, escribe en 1992: “Observando que la mayoría de los espectadores no dan tiempo al cuadro para que se exprese como se le da a la música o la poesía, me pregunto si no estaremos condenados a pintar “papeles pintados” que cubran y decoren paredes”.
Y en el fondo de tantos laberintos, el tiempo que crea y destruye. El hilo me lleva aquí hasta un cuadro, "Los senderos en el jardín circular". A menudo, cuando la rutina amenaza con gastar las miradas, me detengo a contemplarlo: los contornos de los cuerpos que descansan entre las suaves tonalidades azules y verdes. Algo me atrae hacia ese cuadro, a su equilibrio, a esa seguridad o inquietud de lo innombrable. Lo esencial es el instante sugerido, vivido o soñado. De ese modo el tiempo penetra en la pintura.
Germán Bandera. RÍO DE LOS GUÁJARES. 1995
Acrílico sobre lienzo. 130 x 97
No sé si este hilo de palabras conduce a una salida. Puede que no la hallemos nunca o que en realidad no queramos encontrarla. Quizás la madurez consista en aprender a convivir con nuestro laberinto interior, como un viejo amigo que nos acompaña siempre. Quizás el arte de vivir o la vida en el arte no se expliquen más que como la aceptación de nuestras propias contradicciones.




4 comentarios:

  1. Querida Carmen, ya me encantó este texto cuando lo leí, y ahora al releerlo me ha gustado aún más. Lo poco que conozco de la obra de Germán Bandera me parece una maravilla, gracias por traerlo aquí, un beso, Yaiza

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  2. Muchas gracias, Yaiza, y me alegro de que te guste. He modificado algunas cosas, pero me parecía que la obra de Germán debía estar aquí. Y espero que se promocione más y siga pintando.

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  3. Carmen, muchas gracias por mostrarnos a este artista. Es paisano mío y ni siquiera lo conocía. En los cuadros que has seleccionado veo la esencia de mi tierra. Gracias.

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    1. No sabía que eras de Salobreña. Me alegro de que te haya gustado.

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