lunes, 26 de septiembre de 2011

¿Seguimos todos vivos? "84, Charing Cross Road"



“¿Seguimos todos vivos?”. Así comienza la última carta que Helen Hanff le escribe a su librero Frank Doel. Quince días más tarde éste le responderá: “Pues sí, estamos vivos y coleando…”. Es octubre de 1968 y han pasado 19 años desde que Helen, una joven escritora neoyorkina, enviara su primera carta a la librería Marks & CO. de Londres.
Por una sucesión de afortunadas casualidades, esta correspondencia llegó a publicarse en forma de libro. Desconozco los retoques editoriales que probablemente se hicieron: las correcciones estilísticas y la selección de las cartas. Es lo de menos. Lo importante es que el resultado; 84, Charing Cross Road de Helene Hanff se convierte en la historia de varias vidas comunes que convergen en un tiempo y un lugar. Existen otros lugares desde los que se escriben esas cartas: la casa de la familia Doel en Londres, los apartamentos de Nueva York donde vive Helen. Pero todos los espacios desembocan en la librería Marks & CO, en el número 84 de Charing Cross Road.
El libro lo compone un puñado de cartas cruzadas, en su mayoría, entre la autora y Frank Doel. Además se incluyen cartas de amigos, de otros empleados y de la mujer y la hija de Frank. Lo que comienza siendo una correspondencia comercial, en la que Helen escribe a la librería pidiendo libros raros, acaba convirtiéndose en una amistad en la distancia. Pero Helen será también una presencia para todos, no sólo por sus palabras escritas, sino por los paquetes que envía generosamente a sus amigos. Es época de racionamiento en Inglaterra, tras la Segunda Guerra Mundial. Escasea la comida y en las cartas se le dará las gracias a Helen por la carne o los huevos que ha mandado en Navidad o Pascua, o por las medias de nylon que ha regalado a las empleadas y a la mujer de Frank Doel. 
Y mientras, Helen seguirá solicitando pedidos como este: 

“Con la llegada de la primavera necesito un libro de poemas de amor. ¡Nada de Keats o Shelley! Envíeme poetas que sepan hablar del amor sin gimotear… Wyatt o Johnson o alguien por el estilo: lo dejo a su criterio. Pero que sea una edición linda y preferiblemente de pequeño formato, para poder metérmelo en los bolsillos de los pantalones y llevármelo a Central Park.”

Maxine, una amiga de Helen que viaja a Londres y visita la librería, la describirá de este modo en una carta:

“¡Es una tiendecita antigua y encantadora, que parece salida directamente de las páginas de una novela de Dickens! (…) Dentro está oscuro, hueles los libros antes de poder verlos, un olor de lo más agradable. No soy capaz de describirlo, pero es una combinación de moho polvo y vejez, de paredes revestidas de madera y suelo entarimado”.

En toda la historia se respira un enorme amor a los libros, una pasión por la lectura como parte esencial de la vida; algo tan cotidiano como el jamón y los huevos en polvo, o el budín de Yorkshire cuya receta se describe en una carta, o la mantelería bordada a mano por una anciana vecina que será uno de los regalos que los empleados envíen a Helen; o la forma de limpiar un libro: “Ponga una cucharadita de carbonato sódico en medio litro de agua templada y emplee una esponja enjabonada” –escribe Frank–,
Seguiremos también la evolución de los gustos de Helen como lectora. Si en febrero del 52 escribe: “Jamás he conseguido interesarme por cosas que sé que jamás les ocurrieron a personas que nunca han vivido”, tres meses después leeremos: “Te asombrará saber (de alguien como yo, que odia las novelas) que he acabado atreviéndome con Jane Austen y que me he apasionado tanto por Orgullo y prejuicio que no voy a ser capaz de devolverlo a la biblioteca hasta que tú hayas encontrado un ejemplar para mí”. Y cuando por fin reciba el paquete escribirá: “Y el libro tiene todo el aire de parecerse a la mismísima Jane: piel suave, delgado, impecable”.
Para Helen los libros atesoran la historia de sus lectores: “Me encantan esos libros de segunda mano que se abren por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo”. Y dice en otra carta: “Me encantan las inscripciones en las guardas y las notas en los márgenes: me gusta el sentimiento de camaradería que suscita el volver páginas que algún otro ha pasado antes, así como leer los pasajes acerca de los que otro, fallecido tal vez hace mucho, llama mi atención”.
Tras haberle regalado los empleados de la librería la Antología del aficionado a los libros Helen les escribe:

“No me parece que éste sea un intercambio de regalos de Navidad muy equitativo. Vosotros os comeréis el vuestro en una semana y antes del día del Año Nuevo os quedaréis sin nada. Yo, en cambio, conservaré el mío hasta el día que me muera…, y moriré feliz sabiendo que lo dejo atrás para que algún otro lo aprecie. Pienso marcarlo a conciencia con suaves indicaciones a lápiz, para atraer la atención de un amante de los libros aún por nacer sobre los mejores pasajes.”

Pero volvamos a la última carta. A los dos meses de escribir “Sí, estamos vivos y coleando”, Frank Doel murió. Helen que siempre había soñado con visitar la librería, le contará a una amiga en otra carta:

“Solía ir a ver películas inglesas sólo para familiarizarme con las calles. Recuerdo que años atrás un muchacho al que conocía me dijo que las personas que viajaban a Inglaterra encontraban exactamente lo que buscaban. Yo le dije que buscaba la Inglaterra de la literatura inglesa, y él asintió y me dijo: “Está allí”.

Un día de septiembre recibí un sobre acolchado con burbujas de plástico. Dentro había un libro y entre sus páginas la siguiente nota:

“Hace poco llegó a mí recomendado este libro. A la persona que lo recomendó, a su vez, se lo habían recomendado, y ahora yo sigo la cadena. Desde el principio pensé en ti, como miembro de ese club oculto de lectores que disfruta de libros como éste. Es posible que ya lo hayas leído, en ese caso que este libro siga su camino.”
                                                                                              Antonio  Mochón

Ahora soy yo quien debe seguir la cadena. Espero que estas palabras sean otro eslabón de la misma.

6 comentarios:

  1. Vaya, ¡y con ese pedazo de actor! Siempre estará asociado a mi infancia, y a su papel de Pierre en una serie que hizo la BBC sobre "Guerra y Paz". Frank Doel no podía ser otro nada más que él.

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  2. Siempre el amor a los libros en ti. Preciosa entrada. Lo único que me chirría es la cotidianeidad de los huevos en polvo. ¿me estoy perdiendo algo? Un beso. Mil gracias.

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  3. Sí, en verdad resulta curioso; pero en Inglaterra en el 49 tenían racionados los alimentos a razón de un huevo por persona y mes. Y en los lotes de comida que se enviaban de regalo había ¡huevos en polvo! En una de las cartas se dice que sabían a "cola de pegar", pero estaban muy cotizados y se podían cambiar por medias, por ejemplo.

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