jueves, 22 de septiembre de 2011

Sobre "Siete - Los perros del cielo" de Yaiza Martínez


 Leer poesía es iniciar una aventura inagotable; parafraseando a Italo Calvino, “la buena poesía nunca termina de decir lo que tiene que decir”.  Al acercamos a la obra de Yaiza Martínez es preciso mantener los oídos muy abiertos, escuchar las palabras y ver cómo éstas van tejiendo un rico tapiz de significados. Yaiza posee esa prodigiosa cualidad que llamamos voz poética propia. Sus versos transmiten sincerad y fuerza; nacen de las vivencias de una mujer, de un ser humano, y forman parte de nosotros, de nuestro estar aquí en una intersección del tiempo y del espacio. Nos subyuga la poesía por el placer estético, pero una vez hallada la forma precisa, la musicalidad, buscamos como lectores una respuesta o un cobijo donde compartir unos interrogantes, para no estar solos ante el misterio.  
Los poemas de Siete-Los perros del cielo se despliegan en múltiples senderos que se ramifican y se encuentran. En palabras de Yaiza, este poemario “se escribió en un intento de interpretar la luz y su disgregación, sus posibilidades y sus trampas”. Conocer para dar sentido a nuestra vida, olvidar la linealidad del tiempo que configura nuestra mente para adentrarnos en una dimensión distinta, en otra percepción de lo que concebimos como realidad. Sabemos algo, o creemos saber algo, pero lo único que sabemos, como el filósofo, es que eso es nada comparado con lo mucho que ignoramos. Humildemente, desde lo pequeño, desde el canto, podemos crear sentido cuando aprendemos que formamos parte de un todo, de la vida, y que a ella nos debemos.
La estructura de Siete-Los perros del cielo conforma un nivel de significado; se trata de un libro unitario, fragmentado en varios poemas. Es la historia de un viaje y de un regreso: desde la luz que se divide, que se parte al otro lado del prisma en siete, hasta que en el último poema esa luz se concentra en su haz, vuelve a ser una. Ha sucedido en el sueño, como el sueño de Alicia y su viaje al otro lado del espejo. La letanía de la luz, rezo y repetición, constituye el comienzo y nos conduce hasta el final. Siete- Los perros del cielo presenta una “estructura arbórea”. Así aparece en la disposición tipográfica del poema que abre el libro. Versos como ramas, palabras como hojas y sal: “Todo se canta en una vibración numérica –concierto de hojas/o ruido de la sal”. Las hojas y la sal son el lenguaje, las voces que conforman la estructura fractal del poemario.
El fractal, esa figura geométrica en la que cada una de las partes conserva una relación de semejanza con la figura completa, no es sólo un concepto matemático. La esencia misma del lenguaje es fractal, y esto nos permite acceder a una cantidad de información infinita mediante un número finito de elementos: veinticuatro fonemas en nuestra lengua. El poema surge como un puente entre lo finito y lo infinito, entre lo que llamamos realidad y la trascendencia. La poesía eleva al máximo las posibilidades del lenguaje, desborda lo previsible, lo que acostumbramos a oír y decir en nuestra vida cotidiana. Y sin embargo el poema bebe de esa misma fuente: de los sonidos y sus combinaciones, de la experiencia y de lo cotidiano.

Sin estructura no existe el ritmo ni el poema. Yaiza se refiere a su poemario como un mandala en el que “el lenguaje que despliega alberga reiteraciones fractales e imágenes que se repiten en contextos diversos”. En el hinduismo y el budismo el mandala, es ese dibujo complejo, generalmente circular, que representa las fuerzas que regulan el universo y que sirve como apoyo de la meditación. La mayoría de las culturas posee configuraciones mandálicas con intención espiritual: como los rosetones de las iglesias y la mandorla (almendra) del arte cristiano medieval. La mandorla, metáfora de la intersección del cielo y de la tierra, rodea a la figura sagrada, y es también el huso donde se ovilla el hilo que tejerá la trama. En palabras de José Ángel Valente, “la mandorla –espacio vacío y fecundante, donde se acoplan lo visible y lo invisible– es símbolo de sexo femenino”.  De la mandorla surge el fruto, “la cabeza”, la vida.
La estructura, como primer nivel de significado, se interrelaciona con el segundo nivel, el ritmo. Escribe Yaiza: “no concibo la escritura fuera del ritmo, y a ese ritmo me debo”. El ritmo interior, nacido del significado confiere al lenguaje una musicalidad plena, sin necesidad de rimas y artificios. En Siete cada elemento ocupa su lugar preciso; las sílabas, los acentos, las palabras y las pausas, la repetición de imágenes y versos son como las notas y las frases de una partitura. El título del poemario nos evoca esa relación entre el número y la música, de resonancias orientales y pitagóricas. El siete es una cifra cargada de sentido simbólico: son los sietes colores en los que se disgrega la luz, pero también es el orden completo, un periodo, un ciclo, la gama esencial de los sonidos, de las esferas planetarias, el número de los pecados capitales y de las virtudes. Y es además el símbolo del dolor: “No hay hijo que venga al mundo sin sangre/ ni palabras que le eviten el dolor”. Pero a su vez, de forma reiterada, “el verbo recrea el mundo para hacerlo más tierra”.
El poemario está dividido en cuatro secciones. La primera es “La letanía de la luz”, el comienzo del canto, el pórtico en el que se dibujan los motivos y símbolos. Es el poema donde se enhebra el hilo para tejer la trama. El yo poético busca un sentido a esa estructura, hay que seguir la vereda que se inicia en el “decir”, en el lenguaje.   
En la segunda sección “La verdad del alma es metafórica” se recorre el camino hacia el conocimiento a través de la metáfora, de la trampa de la luz, que se muestra unitaria y engaña a los sentidos: es una y siete. La luz es fuerza creadora, energía cósmica y símbolo del alma, cuya verdad sólo puede encontrarse en la metáfora, en el lenguaje. División en siete, disgregación de una misma historia en distintas figuras. Los veintiún poemas de esta sección hilvanan la ruta seguida por el yo poético, en un tiempo que se adentra en el pasado y el futuro como una espiral o círculo.
       Con la tercera parte regresamos a “la letanía de la luz”, un único poema en el que se van a concentrar todos los motivos; el canto se enfrenta al miedo: “acepta que nada más sabe que lo que oye y viene/ para cantar”. Llega el momento del parto, de la perpetuación: “La nada se hace cuerpo viene a ser tierra”. Ahora sabe lo que es esa continuidad contra la que nada puede el tiempo:

“Había comprendido el valor de ensartar las cuentas en
las hileras del hijo”

Tras el dolor, el conocimiento: no hay más certeza que la vida, la capacidad de generarla y amarla. “La blanca mantita tejida a mano”, nuestra primera vestidura, es el propio lenguaje cuya luz nos resguarda y nos ayuda a convivir con el misterio. Así llegamos al final, a la última sección: “la verdad del alma es metafórica”. Ha terminado el sueño, ya no están los perros del cielo, los caballos, sólo una vida pequeña, que seguirá tejiendo la trama heredada. Prosigue la historia, la sustancia y la gracia de la oración de la abuela Carmen: “mencionas su alma en el libro. Ella se acuna en/ tu voz”.
Siete-los perros del cielo es una búsqueda a través de la poesía, de la metáfora y el símbolo. Cuando lo previsible y racional del lenguaje no nos ofrece respuesta, nos apoyamos en la metáfora. Las analogías intentan explicar el mundo, mostrar una cosmovisión en la que los elementos aparecen enlazados y nuestra percepción se amplía, se abre en una nueva posibilidad de conocer. “Sustancia y gracia”, las dos palabras del rezo evocan una vida entregada a que continúe la vida. Es “el molde de saber dar”:

Que el Señor ponga su gracia
y en el cuerpo la sustancia
y esto que hemos de comer,
el Señor lo bendiga, amen.

Así reza la abuela Carmen.

El germen de Siete-Los perros del cielo se encuentra ya en Agua y El hogar de los animales Ada, libros anteriores de Yaiza. En ellos ha ido creando un mundo simbólico propio en el que las raíces ancestrales se funden con las vivencias de un yo poético a través de un modo renovado de decir. Siete es el eslabón de una cadena. Si en El hogar de los animales Ada, Yaiza escribía “la sal de sus vocecitas”, o “la lucecita de su voz”, al referirse a los hijos, ahora reaparece la imagen de la sal que cae “sobre las páginas de un libro primigenio”, sal como las palabras que alimentan el alma  y nos unen.   
         Pero el dolor aparece, son “las tres risotadas callosas”, “los ojos vacíos” que llevan al borde oscuro y al sinsentido. El dolor y el miedo van unidos transmutan el orden, rompen el equilibrio, nos destruyen: “ven al mundo temiendo con el mismo miedo que tu madre”. Ante el dolor y el miedo inclinarse. Miedo es también la mancha en la memoria, ni el número ni la lógica, pueden darle un sentido, sólo el lenguaje, “la vela” que disipa las tinieblas.
“Digamos que por el hijo” es otro de los motivos recurrentes del libro. Por el hijo regresan las palabras, la esperanza, se supera el dolor y los hilos continúan tejiendo las redes de versos. En El hogar de los animales Ada, el yo poético –“ella”–, era la entraña, la ciudad; ahora la ciudad está dentro un círculo y el círculo en el hijo y en la “curva pared flexible”, una hermosa metáfora con la que Yaiza se refiere al tiempo que nos engaña con la linealidad. La ciudad-centro es la “mandorla” –materia y espíritu– de la que surge el fruto, el hueso que “conserva el mundo”, el hueso “que se hace raíz en la tierra entraña”.  Pero existen las piedras asesinas, las piedras que se lanzan. Hay que superar el temor a “morir sin voz bajo las piedras”, colocarlas dando forma a los pies, montoncitos de sabiduría que llegan desde el otro lado del prisma. El miedo ha de ser como el aceite, ha de permanecer en la superficie; en lo profundo quedará el agua, la vida.      
         Y acabo por hoy este viaje, pero la aventura no termina nunca. Estas palabras son migas de pan que he ido dejando para invitaros a seguir una lectura, pero os aseguro que es muy poco comparado con lo vais a encontrar y a escuchar. Descubriréis una poesía que nace del asombro ante el misterio, de la búsqueda de un sentido a nuestra existencia. Siete-Los perros del cielo es un poemario que bebe de la experiencia de lo cotidiano, donde se halla también lo transcendente. No despreciemos cada uno de nuestros actos ni el poder de la palabra libre. Ahora que el lenguaje se ha devaluado tanto y aumentan los discursos manipuladores, la poesía debe seguir siendo independiente, al margen de clientelismos que imponen sus dogmas; debe seguir habitando el terreno de la libertad, de la posibilidad de una vida más justa, vivida plenamente como seres humanos en este lugar del universo que en nuestra lengua hemos llamado tierra.

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