viernes, 28 de octubre de 2011

Montaigne, Bloom y las mujeres

Montaigne. Dibujo de Germán Bandera
No yerran las mujeres en modo alguno cuando rechazan las normas de vida que rigen el mundo; pues hanlas hecho los hombres sin contar con ellas.

Montaigne, “Sobre unos versos de Virgilio”.


En su biografía de Montaigne Stefan Zweig nos recuerda que existen libros que deben llegarnos a una determinada edad, una vez que hemos madurado y vivido lo suficiente como para “poder apreciarlos como es debido”. Es probable que si los leemos antes de tiempo disfrutemos de su contenido y de su estilo, pero será una de tantas relaciones frías que no calará en lo más profundo de nosotros. Montaigne debió de llegarme en la edad adecuada pues ha sido una de las lecturas que más satisfacciones me ha aportado. Me divierten muchísimo los ensayos y sus ideas me parecen cercanas, como si no existiese un salto en el tiempo, sino un continuo marcado por cruces de caminos en los que ese antepasado con gorguera y gesto adusto se dirige a mí y los dos establecemos un diálogo de tú a tú; y carece de importancia que él sea un hombre del siglo XVI y yo una mujer del siglo XXI.
Montaigne se encerró en una torre para leer sin que la vida cotidiana lo perturbase y acabó, a través de la escritura, conversando consigo mismo, con sus lectores y con los libros que tanto amaba. Pero fuera de la torre lo acuciaban obligaciones diarias, más engorrosas que los grandes heroísmos.

Conquistar un desfiladero, llevar una embajada, dirigir a un pueblo, son actos brillantes. Discutir, reír, vender, pagar, querer, odiar y conversar con los nuestros y con nosotros mismos dulce y justamente, no aflojar, no desdecirse, es cosa más rara más difícil y menos notable. Y así las vidas retiradas, digan lo que digan, comportan deberes tanto o más arduos y tensos que las otras vidas”. (“Del arrepentimiento”)[i]

Como gran señor, Montaigne tuvo que casarse para asegurar su descendencia; y lo hizo según las normas, guiándose por la razón y la costumbre:

Digan lo que digan no se casa uno por sí mismo, se casa uno tanto o más por la posteridad, por la familia. La práctica del matrimonio afecta a nuestro linaje por encima de nosotros.[ii]

Según su experiencia, los matrimonios por amor suelen fracasar mucho antes; no es conveniente mezclar amor y matrimonio: “Se ha de tocar a la propia mujer, dice Aristóteles, con prudencia y severidad, no sea que acariciándola demasiado lascivamente el placer la saque de quicio”. Además podría “alterar la simiente” e “impedir la concepción”, que es el objetivo del matrimonio, ese “placer soso” y aburrido; mientras que el amor “se funda únicamente en el placer, y es el suyo, en verdad, más excitante, más vivo y más agudo; un placer atizado por la dificultad”. Ante esto “Un buen matrimonio, si es que los hay, rechaza la compañía y las cualidades del amor. Intenta imitar las de la amistad” [iii].

Sin embargo en el ensayo “De la amistad”, Montaigne había escrito:

En cuanto al matrimonio, además de ser un contrato del que solo el principio es libre (…), surgen en él mil complicaciones ajenas, suficientes para romper el hilo y enturbiar el curso de un vivo afecto, mientras en la amistad no hay más negocio ni trato que con ella misma. A lo que se ha de añadir que, a decir verdad, la inteligencia ordinaria de las mujeres, no puede responder a esa compenetración y comunicación de la que se nutre esa santa unión; ni su alma parece lo bastante firme como para soportar la presión de lazo tan apretado y duradero. Y, ciertamente, si así no fuese y se pudiese dar una unión libre y voluntaria en la que no solo las almas tuvieran ese goce tan pleno sino que también los cuerpos tuviese parte en la alianza, en la que el hombre se viese comprometido por entero es seguro que la amistad sería más total y plena. Mas no existe ejemplo alguno de que ese sexo haya podido llegar aún a ese punto, y las escuelas clásicas están de acuerdo en rechazarlo para ello.

Con estas premisas era imposible alcanzar la felicidad en el ambiente hogareño: ni amistad, ni amor. Cumplidor de sus obligaciones, Montaigne engendró varios hijos que morían “siendo niños de pecho”. Con su carácter “brusco y repentino” tuvo que cuidar sus tierras y su patrimonio, sobrellevar la vida familiar en la que convivía con su madre, su esposa y la única hija que sobrevivió. En los ensayos no aparece la figura de la madre (descendiente de ricos judeoconversos de origen español), y apenas menciona a la esposa y a la hija. Habla de ellas al referirse a la educación:

Critico toda violencia en la educación de un alma tierna, a la que se forma para el honor y la libertad(…). Leonor (…), pasó los seis años sin que se hubiera empleado para su educación y para el castigo de sus pueriles faltas otra cosa que palabras y muy dulces, aplicándose a ello fácilmente la indulgencia de su madre. (“Del amor de los padres por los hijos”) 
Marie de Gournay

Los Ensayos recogen un inventario de lugares comunes acerca de las mujeres, esos seres que están más próximos a los animales: “…paréceme, no sé por qué, que en ningún aspecto corresponde a la mujer el dominio sobre el hombre, excepto en el maternal y natural, a no ser para castigo de aquellos que por cierto talante febril hanse sometido voluntariamente a ellas”. Por todo ello:

Es peligroso dejar a su parecer la designación de nuestra sucesión, según la elección que hagan de los hijos, que es siempre inicua y fantástica. Pues ese apetito desenfrenado y ese gusto enfermo que tienen durante los embarazos tiénenlos en el alma en todas las épocas (…) Pues no teniendo bastante capacidad de juicio para escoger y abrazar aquello que lo merece, déjanse llevar de buen grado sólo por las impresiones de la naturaleza; como los animales que sólo conocen a sus crías mientras los amamantan. (“Del amor de los padres por los hijos”)

No hay casi nada escrito sobre las mujeres en los libros que Montaigne lee, no existen casos gloriosos, salvo excepciones. Algunas frases de los Ensayos parecen desahogos después de una tormenta. Así, las mujeres discuten constantemente: “Siempre son las mujeres proclives a disentir de sus maridos: agárranse a cualquier cosa para discutirles, sírveles la primera excusa de absoluta justificación”[iv]. Y ante esto es necesario saber cómo actuar: “Los que han de tratar con mujeres testarudas, quizás hayan conocido la rabia que las embarga cuando oponemos a su agitación el silencio y la frialdad y desdeñamos alimentar su enojo”. [v]

Las mujeres, además, son seres débiles a los que no conviene exigir “mucha ciencia”:

Es arma (el saber) peligrosa que entorpece y perjudica a su dueño cuando está en mano débil e ignorante de su uso. (…) Puede que sea este el motivo por el que ni nosotros ni la teología exijamos mucha ciencia a las mujeres, y por el que Francisco, duque de Bretaña, hijo de Juan  V, cuando le hablaron de su matrimonio con Isabel, hija de Escocia, explicándole que la habían educado con sencillez y sin instrucción alguna en las letras, respondió que lo prefería y que una mujer era bastante sabia cuando sabía distinguir la camisa del jubón de su marido. (“Del magisterio”)

Pero la mujer es, sobre todo, un ser hermoso, objeto de deseo: “Es la belleza el verdadero bien de las damas”. Montaigne  confiesa  que, desde muy joven, su gran vicio ha sido la lujuria; aunque, ya entrado en la cincuentena, reconoce: “Y por licencioso que se me considere, en verdad que he observado las leyes del matrimonio más estrictamente de lo que había prometido y esperado”. Pero tampoco le importa confesar que se deja “ir algo al libertinaje, a conciencia” y entregar “a veces el alma a pensamientos juguetones y jóvenes”[vi]. Puede que más de una vez se hubiese servido de técnica tan antigua como esta:

Nada hay que envenene tanto a los príncipes como la adulación, ni nada con o que los malos ganen crédito más fácilmente en derredor suyo, ni comercio tan propio y corriente para romper la castidad de las mujeres como el de entretenerlas y engatusarlas con halagos[vii].

El ensayo “De tres buenas mujeres” comienza así: “No hay muchas de estas, como sabemos, y en particular para los deberes del matrimonio”. Montaigne se queja de que muchas mujeres solo muestran su afecto cuando el marido ha muerto “¡Testimonio tardío y fuera de lugar! Más bien prueban así que sólo los quieren muertos”. Las tres mujeres romanas del ensayo decidieron suicidarse con sus maridos. Dos de ellas lo consiguieron e incluso mostraron más valor y dignidad que sus esposos, a los que animaron en ese acto supremo de libertad, o en esa condena impuesta por los tiranos.
Con estas citas tendríamos argumentos más que suficientes para comprobar lo mal paradas que salimos las mujeres en los Ensayos. Harold Bloom, en El canon occidental se refiere a la pervivencia de Montaigne de este modo:

Si la profecía que con reticencia aventuro es cierta (…) Montaigne se desvanecerá al menos por un tiempo. Su fuerza depende únicamente de la capacidad del lector varón de identificarse con el autor. Es improbable que las feministas lleguen a perdonar a Montaigne, que supera con mucho a Freud en machismo; Freud declaraba que las mujeres eran un misterio insoluble, pero para Montaigne no había misterio alguno. No acababan de ser humanas en el sentido que él más valoraba de lo humano; las identificaba completamente con la naturaleza. Y aun con todo era demasiado sensato, incluso en su época como para ignorar de quién era la culpa.

Bloom cita los últimos párrafos de “Sobre unos versos de Virgilio”, uno de los ensayos escritos desde la perspectiva de un camino que se va acercando al final:

(…)Diré que los varones y las hembras están formados en el mismo molde, excepto la educación y las costumbres, la diferencia no es grande.
 Llama Platón indistintamente a unos y a otros a la práctica de todos los estudios, ejercicios, cargos, ocupaciones de guerra y paz, en su república; y el filósofo Antístenes eliminaba toda diferencia entre su virtud y la nuestra.
   Es mucho más fácil acusar a un sexo que excusar al otro. Ya dicen que el atizador se ríe de la estufa.

En cuanto a la mujer como un misterio, Bloom se olvida de que en este mismo ensayo –al contar una anécdota sobre la educación de su hija, criada por su madre  de una manera “retirada y particular”–, Montaigne afirma que “no se mete en este gobierno”, pues “el sistema femenino sigue un camino misterioso, hemos de dejárselo”.
No soy un lector varón; ¿estaré preparada para leer a Montaigne?, ¿seré una de esas feministas que pretenden cargarse el canon occidental? ¿Formo parte, según Bloom, de la especie de los resentidos? Veamos: me divierte leer las opiniones de Montaigne acerca de las mujeres, pues en ellas se recogen las ideas de la época, y de la cultura occidental. Si viviera hoy quizás le plantara cara y le dijera: “Señor Montaigne, no estoy de acuerdo con lo que dice, generaliza. Habla así de las mujeres porque nunca ha tenido la oportunidad de mantener una relación de amistad con ellas, una unión fundada en lazos espirituales e intelectuales, que no tiene por qué excluir otra clase de lazo, si la ocasión es propicia. Pero no es usted culpable. Esta historia viene de tiempo atrás y perdurará varios siglos después de su muerte. Todavía perdura”.
Con el paso de los años Montaigne va matizando sus ideas acerca de la mujer, y se mostrará mucho más avanzado que ciertos sectores recalcitrantes de la sociedad actual. Sus ensayos corren a la par que su vida. Harold Bloom adolece de un dogmatismo del que carecía Montaigne. Obsesionado por lo que él llama “los resentidos”, Bloom nos convierte en lectoras pasivas, poco dadas a dialogar con los autores que admiramos. Nos reímos o criticamos las opiniones de Montaigne porque son anecdóticas si las comparamos con lo más profundo de su pensamiento del que nos sentimos partícipes como seres humanos. No le achaquemos a Montaigne los prejuicios de Bloom, cuyos argumentos reforzarían la idea de que existe una literatura o una escritura para hombres y otra para mujeres y otras minorías. Una es buena y perdurable, la otra es mediocre y pasajera.
Vuelvo a “Sobre unos versos de Virgilio”, ese ensayo en el que Montaigne se dirige especialmente a las damas, sin tapujos:

Disgústame que mis Ensayos sirvan a las damas de libro común únicamente y de libro de sala. Este capítulo me hará de gabinete. Pláceme su trato algo privado. Lo público carece de favor y de sabor. En las despedidas, arde nuestro afecto por las cosas que dejamos, más de lo ordinario. Doy el último adiós a los juegos del mundo, estos son nuestros postreros abrazos.

A las mujeres se las ha preparado para el amor:

Formámoslas desde la infancia para los quehaceres del amor: su gracia, su elegancia, su ciencia, su hablar, toda su educación no hace sino perseguir esa meta.
(…)
Se la embauca y encarniza por todos los medios; atizamos e incitamos su imaginación sin cesar ¡Y después ponemos el grito en el cielo!

Pero después la sociedad quiere que se muestren recatadas, que no cometan el pecado de la lascivia:

No hay deseo más acuciante que este, al cual queremos que sólo ellas resistan, no como si se tratara simplemente de un pecado de la importancia que tiene, sino de uno abominable y execrable (…) y, sin embargo, nosotros nos entregamos a él sin culpa ni reproche alguno. (…) Nosotros (…) las queremos sanas, vigorosas, orondas, bien alimentadas, a la par que castas, es decir, cálidas y frías: pues el matrimonio, el cual se encarga, según decimos, de impedir que ardan, apórtales poco refresco, de acuerdo con nuestras costumbres. Si toma a uno al que el vigor de la edad aún empuja, se jactará de expandirlo con otras.

Durante siglos Montaigne fue criticado por ideas como estas. “No están marcados tan drásticamente los límites de la honra: puede relajarse, puede dispensarse de algún modo sin que se falte a ella”, se atreve a decir; y para apoyar sus opiniones nada mejor que recurrir a ejemplos de la antigüedad: “Lúculo, César, Pompeyo, Antonio y Catón y otros hombres bravos fueron cornudos, y supiéronlo sin promover tumulto”.
Como un juego del destino, ya casi al final de su vida, Montaigne tendrá la oportunidad de establecer una “extraña” relación con una mujer. Se trata de María de Gournay le Jars que, frente a la educación que se le tenía destinada como gran dama, estudió de forma autodidacta latín y griego, leyó a los clásicos y, con 18 años, se apasionó por la obra de Montaigne. Fue ella la que le envió una carta diciéndole que deseaba conocerlo. En 1588 se encuentran por primera vez. Ella tenía 23 años, Montaigne 55.

Stefan Zweig relata así esta historia:

Justo antes de su muerte, (…) le es dado lo que había dejado de esperar desde hacía mucho tiempo: un destello de ternura y amor. Dice apesadumbrado que tal vez el amor podría despertarlo, y lo increíble ocurre. (…) (Marie de Gournay) se inflama de pasión por los libros de Montaigne: los ama, los idolatra, busca su ideal en este hombre. Como siempre en estos casos, es difícil determinar hasta qué punto un amor así está dirigido no sólo al autor, al escritor, sino también al hombre. Pero Montaigne va a verla a menudo, se queda algunos meses en su casa, la muchacha se convierte en su fille d’alliance,

De Marie de Gournay habla Montaigne en este famoso fragmento final del ensayo “De la presunción”:

Con placer he publicado en varios lugares la esperanza que tengo en María de Gournay le Jars, mi hija de alianza, y por la que siento ciertamente un afecto mucho más que paternal, y a la que guardo en mi retiro y soledad como una de las mejores partes de mi propio ser. No me queda más que ella en el mundo. Si puede presagiar algo la adolescencia, esta alma será algún día capaz de las cosas más hermosas y, entre otras, de la perfección de esa tan santa amistad a la que su sexo no hemos leído que haya podido elevarse aún. (…) El juicio que hizo de los primeros Ensayos siendo mujer y de este siglo, y tan joven y tan sola en su región, y la famosa vehemencia con la que me amó y deseó largo tiempo por la sola estima que me profesó antes de haberme visto son un hecho muy digno de consideración.

Montaigne muere en 1592, cuatro años después de conocer a Marie, a la que confiará, en palabras de Stefan Zweig, “lo más preciado de su herencia: la edición de sus Essais después de su muerte”.






[i] Las citas recogidas en esta entrada pertenecen a las siguientes ediciones:
MONTAIGNE, Michel de, Ensayos completos, trad. de Almudena Montojo, Cátedra, Madrid, 2003.
ZWEIG, Stefan, Montaigne, trad. Joan Fontcuberta Gel, Acantilado, Barcelona, 2010.
BLOOM, Harold, El canon occidental, Anagrama, Barcelona, 2001.

[ii] “Sobre unos versos de Virgilio”. Libro III, Cap. V
[iii] Ibid.
[iv] Ibid
[v] “De la Cólera”.
[vi] “Sobre unos versos de Virgilio”.
[vii] “De la gloria”.

4 comentarios:

  1. Un artículo muy interesante, Carmen.

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  2. Carmen, me encantaría saber de que edición de los ensayos provienen las citas de tu artículo, yo solo he tenido acceso a una selección de sus escritos que forma parte de la colección Clásicos Jackson, una traducción a ratos indescifrable.
    Compare los citas de tu artículos con mi libro y la diferencia es notoria.
    Muchas Gracias, un artículo interesantisimo

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    1. Pertenecen a la edición de la editorial Cátedra, Madrid, 2003, con traducción de Almudena Montojo. Muchas gracias por tu lectura, Tomás

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  3. Acabo de leer el ensayo "Sobre unos versos de Virgilio", y durante todo el recorrido he oscilado entre calificar a Montaigne de machista recalcitrante, o etiquetarlo como feminista moderado. Creo que, a partir de este escrito, es muy posible esta ambigüedad. Sobretodo si se tiene en cuenta el contexto en el que el autor escribió.

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