viernes, 7 de octubre de 2011

Montano/Montaigne



En El mal de Montano Vila-Matas pone nombre a “una peligrosa enfermedad de mapa geográfico bastante complejo, (…) compuesto de las más diversas y variadas provincias o zonas maléficas”. La primera parte de la novela es una nouvelle escrita por el narrador-protagonista, que se escindirá en dos personajes, las dos caras del mismo mal: el hijo –un escritor que ha renunciado a escribir– y el padre, un crítico literario que confiesa: “Soy un enfermo de literatura. De seguir así, ésta podría acabar tragándome como un pelele dentro de un remolino, hasta hacer que me pierda en sus comarcas sin límites. Me asfixia cada día más la literatura, a mis cincuenta años me angustia pensar que mi destino sea acabar convirtiéndome en un diccionario ambulante de citas”. Los dos sufren el mal de Montano, están enfermos de literatura.
Leo a Enrique Vila-Matas con la certeza de que no va a defraudarme. Admiro su sentido del humor, su modo de alejarse del realismo convencional, su gusto por la estructura que conforma espejos en los que nos adentramos de manera imperceptible, hasta acceder a otra realidad no menos verosímil que la experiencia cotidiana. Dejamos de ser lectores pasivos y participamos en ese juego que se nos propone. El mal de Montano es, en gran medida, una reflexión sobre los escritores que han sido referencia literaria para Vila-Matas: Kafka, Musil, Pavese, Pessoa…, junto a novelistas y poetas contemporáneos como Sergio Pitol, Magris, Tabucchi, Gombrowicz, Sebald... Todos deambulan entre las páginas, como Emily Dickinson que emerge en la bruma paseando a su perro. Algunos de estos nombres formarán parte de “El diccionario del tímido amor a la vida”, “un diccionario cuyas entradas vendrían dadas por los nombre de los autores de diarios personales que más me han interesado a lo largo de muchos años de lectura de libros extranjeros”.
           
Deseo librarme del mal de Montano, –confiesa el protagonista– pero quieran los dioses y Kafka que no lo consiga. Quiero librarme del mal y por eso escribo obsesivamente sobre él (…). Aun escribiendo obsesivamente sobre él, sigo teniendo, por suerte el mal de Montano.

Conforme avanzamos en la novela echamos de menos a un escritor que creó algo nuevo y único: la expresión de la subjetividad en una forma no escrita nunca antes. Vemos su reflejo en el nombre con el que Vila-Matas ha bautizado a la enfermad literaria, a pesar de que el autor nos ha informado de la génesis del mismo: “me inventé un hijo que se llamaría Montano –acababa de ver una traducción al francés de un libro de Arias Montano, el consejero secreto de Felipe II de España”.
Montano-Montaigne. Sospechamos que debe de estar escondido y que en algún momento aparecerá; entonces respiraremos satisfechos como si hubiéramos conseguido resolver un acertijo que se nos resistía. Pero tendremos que esperar hasta la cuarta parte de la novela, “El diario de un hombre engañado”. Montaigne se asoma  en un sueño, dando nombre a otro mal: “el mal de Montaigne”: “(…) aquí estoy, sé quién soy, te acompaño, estoy solo, soy Tongoy, tengo el mal de Montaigne, me gusta ensayar, ensayo, hoy solo ensayo”. Por fin dio la cara, ya no se ocultará detrás de los espejos ni se mostrará en la sombra para recordarnos: “esto lo había dicho yo”. Montaigne se contó a sí mismo, contó la subjetividad: “No enseño, cuento”, afirmaba en “Del arrepentimiento”. En el ensayo “Del amor de los padres por los hijos” escribió:

Una inclinación melancólica y por consiguiente muy enemiga de mi forma de ser natural, producida por la tristeza de la soledad a la que me había entregado desde hacía algunos años, hizo que naciera en mi cabeza esta fantasía de meterme a escribir. Y después, hallándome enteramente desprovisto y vacío de cualquier otra materia me presenté a mí mismo como argumento y tema. Es libro único en el mundo y en su especie, de propósito raro y extravagante. No hay cosa alguna en esta tarea digna de destacar si no es esta misma rareza…

En El mal de Montano escribe Vila-Matas:

Voy a ir a la cocina a tomarme un yogur, iré acompañado por el amigo desesperado que va siempre conmigo, ese amigo que soy yo mismo y que para no caer en las garras de la maldita desesperación, escribe este diario, esta historia de un alma que busca salvarse a través de la supervivencia de la literatura, esta historia de un alma que tan pronto se hace fuerte y templada como sucumbe a la depresión para después, trabajosamente afianzarse, reajustarse a través del trabajo y la inteligencia.

Montaigne no es solo el creador del ensayo; en su obra hallamos el germen de la literatura autobiográfica y de la novela moderna. En “Del arrepentimiento” leemos: “No pinto el ser, pinto el paso: no el paso de una edad a otra, o, como dice el pueblo, de siete años en siete años, sino día a día, minuto a minuto. He de adaptar mi historia al momento”. Y escribe Vila-Matas: “No es la revelación de una verdad lo que mi diario anda buscando, sino información sobre mis constantes mutaciones”.
El protagonista de El mal de Montano busca desaparecer, idea recurrente que sirve de enlace entre las distintas partes de la novela:

¿Cómo haremos para desaparecer?” que decía Blanchot–, cómo lograr ser una especie de hermano gemelo de MUSIL (…) que se disolvió en el tejido de su propia obra interminable. No hace mucho comenté que no era deseable que este diario fuera infinito como tampoco lo era que fuera mortal y tuviera un solo final. Ahora veo que lo realmente deseable tal vez sea desaparecer dentro de él.

Desaparecer en tu propia obra, que el ser y la obra se confundan. Al comienzo de sus ensayos Montaigne se dirige “al lector”: “Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro, no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano”. Aunque después dirá en “Del arrepentimiento”: “cada hombre encierra la forma entera de la condición humana”. Ha sido un camino continuo (“Nosotros, mi libro y yo, vamos de acuerdo con la misma marcha”) en el que el libro y el autor se han ido convirtiendo en uno solo. De este modo en “Sobre unos versos de Virgilio” señala Montaigne: “He hecho lo que he querido: todos me reconocen en mi libro y a mi libro en mí”.
El escenario final de El mal de Montano es una montaña de Suiza donde se celebra un fantasmagórico congreso de escritores. Hasta allí viaja el narrador-protagonista acompañado por un libro de Montaigne, Diario de viaje a Italia, por Suiza y Alemania, del que Vila-Matas extraerá citas como esta: “Suelo responder a los que me preguntan por la razón de mis viajes: Sé bien de lo que huyo, mas no de lo que busco. En cualquier caso es mejor cambiar un estado malo por otro incierto”. Montaigne, como Kafka, acompañan al narrador, representan la huida, el refugio en lo literario, en la verdadera literatura, frente a “los cretinos, escritores funcionarios de mierda, muertos. Esa raza de escritores, imitadores de lo ya hecho y gente absolutamente falta de ambición literaria, aunque no de ambición económica”.
Agradezco a Vila Matas el que haya puesto nombre al mal de la literatura. Cuando reconocemos una enfermedad, y aceptamos padecerla nos encontramos mejor. Y aún sentimos más alivio cuando decidimos no curarnos y elegimos padecer El mal de Montano. Su protagonista llega a decir:

Ya no tengo tantos complejos de enfermo de literatura (…). Por eso ahora puedo decir tranquilamente que, entre la vida y los libros,  me quedo con estos, que me ayudan a entenderla. La literatura me ha permitido siempre comprender la vida. Pero precisamente por eso me deja fuera de ella.

Mi mal presenta alguna variante: la literatura no me deja fuera de la vida, sino que forma parte de mi vida y me acompaña. Pero ya sabemos que, a veces, una misma enfermedad puede manifestarme de distinta manera según el enfermo.
Cuatro siglos antes de que Vila-Matas escribiera El mal de Montano, Montaigne creó un género literario sin ser consciente de ello, y lo hizo con la propia materia de su vida. “Si mi alma pudiera asentarse, dejaría de ensayarme y decidiríame; mas está siempre aprendiendo y poniéndose a prueba”. A Montaigne le agradezco el haberle dado ese nombre a algo que hacemos día a día: ensayarnos.

1 comentario:

  1. «En mis obras las citas son como atracadores al acecho en la calle que con armas asaltan al viandante y le arrebatan sus convicciones.» Según Benjamin, el poder especial de las citas no nace de su capacidad de transmitir y de hacer revivir el pasado, sino, por el contrario, de su capacidad de «hacer limpieza con todo, de extraer del contexto, de destruir». La cita, al separar un fragmento del pasado de su contexto histórico, le hace perder su carácter de testimonio auténtico para investirlo de un potencial de enajenación que constituye su inconfundible fuerza agresiva. Benjamin, que durante toda su vida persiguió el proyecto de escribir una obra compuesta exclusivamente por citas, había entendido que la autoridad que reclama la cita se funda, precisamente, en la destrucción de la autoridad que se le atribuye a un cierto texto por su situación en la historia de la cultura.

    G. Agamben, El hombre sin contenido. Áltera. p. 167

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