domingo, 6 de noviembre de 2011

La maldición de Madame Bovary


       A pesar de que, como decía Cavafis, la vida pueda llegar a convertirse en “un huésped inoportuno”, por suerte está llena también de casualidades y de gratas sorpresas. Algo así me sucedió con Francisco Antonio Carrasco, a quien conocí en un encuentro de escritores nacidos en el norte de Córdoba, que se organizó en Peñarroya-Pueblonuevo hace unos años. La mayoría de los asistentes opinábamos que no había nada peculiar que caracterizara la escritura por haber nacido en un determinado sitio, pero lo pasamos bien, hicimos buenos amigos, y tuvimos la oportunidad de admirar la calidad literaria de algunos autores, como la de Francisco Carrasco, y su obra El silencio insoportable del viajero y otros silencios, publicada en 1999, en la editorial Huerga y Fierro, que quedó finalista en los premios de la crítica andaluza y nacional.
Paco leyó algunos fragmentos de sus relatos, lo suficiente para descubrir que nos hallábamos ante una voz narrativa poderosa, cuyo mundo literario bebía de una realidad muy conocida por nosotros: un pueblo de la posguerra que, a medida que él leía, en nuestra imaginación iba adquiriendo los contornos de Belalcázar, su pueblo. El libro contaba además con otro aliciente: la portada de Damián Flores, también belalcacereño, afincado en Madrid, y uno de los más interesantes pintores del momento. Paco y yo nos dimos cuenta de que compartíamos amigos y conocidos, que se hallaban desperdigados por el mundo, y que cada cierto tiempo regresaban, como hacíamos casi todos.
Pocos escritores viven exclusivamente de la literatura, y Francisco Carrasco no es una excepción, aunque su trabajo tiene mucho de ejercicio literario, lo que le ha convertido en un gran dominador del lenguaje. Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y se dedica al periodismo desde hace más de veinte años. Ha sido responsable de la sección de provincia del diario Córdoba, y en la actualidad es el jefe de la sección de opinión. No hay nada mejor para saber escribir que trabajar con las palabras: analizando, corrigiendo, redactando y puliendo con las premuras de tiempo que impone la prensa diaria, y con las exigencias que requiere el estilo periodístico. Sería muy difícil imaginar la cantidad de textos sobre los que habrá trabajado Francisco Carrasco, y aquellos en los que habrá impreso un toque personal pero también anónimo, porque el arte del buen restaurador reside en que las pinceladas trazadas por su mano se vuelvan invisibles en el original.
Cuando un texto nos parece sencillo y claro no hay que dejarse engañar. Detrás, existen horas y horas de trabajo, no tanto por lo que se escribe, sino por lo que se rechaza, hasta conseguir una prosa sin altibajos, un lenguaje al servicio de lo narrado, y a la vez un lenguaje protagonista, pues nos hallamos ante un discurso literario: arte con palabras. No importa sólo el referente, lo que se nos cuenta, sino el propio lenguaje, la manera de narrar. La poesía es palabra esencial en el tiempo, decía Machado. El relato también es palabra en el tiempo, la palabra construye un tiempo en el que los lectores nos sumergimos a medida que nos adentramos en los hechos narrados, en las emociones de los personajes y en sus gestos. Francisco Carrasco ha conseguido crearse un estilo que da unidad a su obra, desde El silencio insoportable del viajero y otros silencios hasta La maldición de Madame Bovary. Los siete años transcurridos entre la publicación de los dos libros constituyen la prueba evidente de ese trabajo minucioso y perfeccionista de nuestro autor. Perfección que se refleja también en la impecable edición de Huerga y Fierro, y en el diseño de la portada, otra vez de de Damián Flores.
 El cuento literario es un género reciente en la literatura. Surgió en el siglo XIX, paralelo al auge del periodismo, y hermano de otro género considerado mayor: la novela realista. En estos relativamente pocos años, el cuento literario se ha afianzado como género y ha creado distintas variedades. Sin embargo, no ha llegado a librarse de un complejo de inferioridad respecto a la novela. Un buen relato no es el germen de una novela o una novela truncada. ¿Qué es entonces un buen relato?
En el buen relato es importante lo que se narra, pero sobre todo la creación de una atmósfera. Harold Bloom clasifica el cuento moderno en chejoviano o kafkiano. Para Chejov lo que importa es mostrar unos sentimientos, un estado, una situación; en sus relatos parece que no sucede nada pero nos mantiene en tensión hasta el final. Son personajes que, sorprendidos en un punto de su existencia, han cruzado una línea, sin ser del todo conscientes, ni tampoco los lectores, porque es tan perfecta la construcción que los cimientos permanecen ocultos y no sabemos en qué momento se tambalean, y nos dejan ese sabor de boca a menudo más cercano a la poesía que a la novela. Kafka nos presenta lo irracional como algo real, los lectores no lo cuestionamos, lo creemos. Chejov y Kafka, aunque de manera distinta, nos hacen saltar un abismo Y ese salto es lo que los lectores buscamos.
Los relatos de Francisco Carrasco se encuadrarían en la tradición chejoviana. Los personajes se mueven en unos estrechos límites, en una atmósfera asfixiante, debido, sobre todo, a las circunstancias que les ha tocado vivir. Vamos a asistir a un momento crucial en sus vidas, en el que el equilibrio se rompe y los personajes caen a uno u otro lado.  
La maldición de Madame Bovary recrea el mismo mundo que ya apareció en El silencio insoportable del viajero y otros silencios: Villaviciosa, un pueblo español de la posguerra.  Esto, unido a la voz del narrador y al estilo, va creando una atmósfera que confiere unidad y originalidad a la obra narrativa de Paco Carrasco. Villaviciosa es un territorio real, los lectores nos imaginamos un pueblo como Belalcázar, pero la literatura lo transforma en un lugar mítico, y en un paradigma de lo que fueron nuestros pueblos alrededor de los años 60. Un tiempo real ­–pero también mítico, visto con los ojos del recuerdo– que abarca desde la Guerra Civil y la inmediata posguerra hasta el comienzo de los años 70. La vida parece inamovible en ese mundo rural, sin embargo las secuelas de la guerra permanecen en los comportamientos, en el entramado social y en las conciencias. Existe una miseria moral soterrada que en algunos casos emerge sin pudor alguno. Los personajes rememoran o son protagonistas de una situación derivada de ese momento real en el que viven; algunos son seres acabados, pero en otros existe un aliento vital que los empuja a sobrevivir, a salir de los estrechos límites impuestos. Es significativo que en varios relatos el narrador sea un niño que proyecta su futuro lejos del pueblo.
El libro está dividida en tres secciones; la primera, la ocupa el relato que da título a la obra, la segunda la componen cinco cuentos más breves y la tercera corresponde a otro relato también extenso: Las lágrimas de Adrián. Son siete relatos que se abren con La maldición de madame Bovary. En él se narra el despertar sexual y afectivo de un adolescente de trece años, y su paralelo despertar a la literatura guiado por una viuda de treinta y cinco años, doña Bárbara. Ella es el personaje extraño que rompe la tranquila vida de un pueblo. Lo mismo que antes lo fue el viajero de “El silencio insoportable…”. 
El relato está lleno de citas literarias, pasajes de libros abiertos, a modo de migas de pan que señalan un camino: El collar de la paloma, Bécquer, el Decameron, García Lorca, Ovidio, Madame Bovary. Como el personaje de Flaubert, Doña Bárbara, (nombre también de referencias literarias), intenta escapar de una realidad vacía y hostil a través de la literatura y del amor, en el ambiente cerrado de la posguerra. Las fuerzas represoras e hipócritas están encarnadas en don Jesús, el cura que ya conocimos en El silencio insoportable del viajero…, intransigente adalid de las virtudes del nacionalcatolicismo  y mal cumplidor del sexto mandamiento, siempre tentado por la lujuria y pecando de pensamiento y obra. Don Jesús, en este relato, representa también la figura del inquisidor, para el que “Los libros envenenan el alma de las personas humildes. Ellos fueron el detonante que hizo estallar la guerra”.
            El segundo relato, “Nochebuena”, es mucho más breve; bastan dos páginas para mostrar una situación dramática, sin caer en el sentimentalismo fácil. Con las palabras justas nos describe el lugar y el momento en el que se cruzan las vidas de unos personajes: una casucha miserable, la guardia civil, el padre que ha robado un borrego, los niños que cenan en nochebuena, y el desenlace contenido. En este relato como en el siguiente, “Cosas del juego”, el autor utiliza la tercera persona, pero su prosa conserva  el mismo tono que los relatos en los que el narrador es el protagonista. En “Nochebuena” el narrador se convierte en espectador del hambre, y de un acto de piedad  y rebeldía; en “Cosas del juego” será testigo de la degeneración moral del ser humano en la figura del terrateniente arruinado que es capaz de jugarse a su mujer en una partida de cartas. No se juzga, se describen los hechos.
       “Un cementerio en llamas” recupera la primera persona en la voz de un niño nacido durante la guerra, que nos va a contar la historia de su tío, un adolescente de la guerra. El abuelo estaba huido en el monte, la familia era cada cierto tiempo castigada, les rapaban el pelo y le daban aceite de ricino. Así aparecen en una foto: “La abuela, con la boca cerrada mantiene la compostura, a pesar de su aspecto andrajoso. El tío, con trece o catorce años, ya casi un hombre, camina llorando con la mirada perdida.” El abuelo muere a manos de un guardia civil y el tío, un muchacho de 16 ó 17 años jura vengarse. Se convierte en huido, con el único fin de matar al asesino de su padre. En este momento su vida deja de tener sentido, no hay posibilidad de salvarse, si no es cayendo en el vacío.
         Memorial de atardeceres es la historia de un amor frustrado, pero sobre todo la de la toma de conciencia del protagonista de su condición, el lugar que ocupa en el entramado social en el que los señores disfrazan de paternalismo lo que en realidad es una explotación. Porque en esa sociedad cada uno tiene su sitio. “Es una cuestión de principios”, como dicen algunos de sus personajes.
         La segunda parte del libro se cierra con 1941. Han pasado 30 años desde esa fecha y don José, un nuevo rico del franquismo, va a contar al narrador –un muchacho con aficiones literarias– cómo empezó a amasar su fortuna. Desde el discurso cínico hasta la conciencia torturada, el protagonista se nos presenta con varias máscaras: por un lado, el sentimiento de culpabilidad de un asesino; por otro, la fanfarronería y prepotencia de un vencedor.
        El último relato de la colección es Las lágrimas de Adrián. Ocupa la tercera parte del libro. En este relato abandona el trasfondo de la guerra civil y la posguerra para centrarse en las obsesiones de Adrián, el protagonista, acusado de intentar violar a una amiga. El narrador, en este caso un amigo de Adrián, intentará esclarecer los hechos, y aliviar el sufrimiento que ha provocado la situación. Sus dudas invitan al lector a tomar partido por uno u otro personaje hasta llegar al desenlace final.
      Los relatos de La maldición de madame Bovary van precedidos de una cita: el final del poema “Esperando a los bárbaros”, de Cavafis, en la versión de José Ángel Velente.

–¿Por qué de pronto esa inquietud
y movimiento? (Cuanta gravedad en los rostros.)
¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,
y sombría regresa a sus moradas?

Porque la noche cae y no llegan los bárbaros.
Y gente venida desde la frontera
afirma que ya no hay bárbaros.

¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?

El bárbaro es el extranjero, el extraño peligroso, ajeno a nuestras costumbres, que va a romper el equilibrio de la comunidad. La imaginación colectiva crea sus propios bárbaros para exorcizar los miedos individuales y encauzarlos en un enemigo común que nos amenaza constantemente. Algunos de los personajes de Francisco Carrasco intentan salir de la opresión por distintos caminos; son los bárbaros en la conciencia colectiva. Buscan el amor, el placer de la literatura, la autenticidad, la comida, la dignidad. Rompen el equilibrio ficticio, aunque después sean engullidos por la atmósfera que les rodea. En un ambiente cerrado y opresivo, como el de nuestra larga posguerra, el “bárbaro” temible era una forma de cohesión social frente a un enemigo acechante, cuya existencia nadie ponía en duda. Pero, ¿qué sería de nosotros sin los bárbaros? Porque, y así termina este irónico poema de Cavafis: “Esos hombres traían una solución después de todo”.



NOTA: Este texto fue leído en el acto de presentación de La maldición de madame Bovary,   en Lucena, Córdoba, en noviembre de 2007. En el año 2011, Francisco A. Carrasco ha publicado su tercer libro de relatos, Taxidermia

No hay comentarios:

Publicar un comentario