viernes, 11 de noviembre de 2011

Sobre la historia natural de la destrucción


Así son los abismos de la historia.
Todo está mezclado en ellos
 y, si se mira dentro, se siente miedo y vértigo.

Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción


“Sobre la historia natural de la destrucción” habría sido el título de un reportaje de Solly Zuckerman, asesor de los aliados en la estrategia de los bombardeos de la segunda Guerra Mundial, pero acabó dando nombre a la edición española de unos textos, a medio camino entre el ensayo y la narración, que W.G. Sebald publica en 1999. Zuckermann sintió interés por comprobar los efectos de los bombardeos y llegó a inspeccionar las ruinas de la ciudad de Colonia. Al regresar a Londres, “impresionado por lo que había visto” decidió escribir el reportaje, pero, como reconoció en su biografía, su propósito fracasó: “Mi primera visión de Colonia reclamaba a gritos algo mucho más elocuente que lo que yo había escrito”.      
        Bernhard Schlink publica en 1995 El lector, editada en España en 1997. En  2009, tras el estreno de la película basada en la novela, se sucedieron las ediciones, como es habitual cuando un libro se convierte en un fenómeno mediático. La película, es una impecable versión en la que destaca el trabajo de Kate Wistlet; su contención interpretativa convierte en creíble a Hanna Schmitz, la criminal guardiana nazi que deja morir a 200 mujeres judías en el interior de una iglesia en llamas tras un bombardeo. Si los lectores corremos el peligro de llegar a sentir cierta empatía por Hanna, el riesgo aumenta cuando el personaje se adueña de una imagen concreta. Lo sentimental puede alterar los significados; así, en la película aparece el plano de los pies sucios y descuidados de Hanna que ascienden hacia su fin frente a la escena que transcurre en el lujoso apartamento donde vive una de las dos supervivientes del asesinato, a quien Hanna dejará sus ahorros: Nueva York, amplios espacios, gusto exquisito, candelabro de siete brazos, colgante de oro en forma de gran estrella de David. Como intersección entre esas dos imágenes, un viejo bote de té, de hojalata. La mujer judía tuvo uno de niña, lo llevó al campo de concentración y allí se lo robaron. Ahora no quiere nada de Hanna pero decide quedarse con el bote, parecido al de su infancia, donde guardaba su dinero la que podría haber sido su asesina. 
      La novela posee todos los ingredientes para el éxito: está bien escrita y con un buen ritmo narrativo. En la primera parte hay bastantes dosis de amor y erotismo entre Hanna, la hermosa mujer de 36 años, y Michael Berg, el chico de 15. La mujer se nos presenta con un aura de misterio: alguna reacción agresiva, la obligación que le impone al chico de que le lea cada día los libros que él debe preparar para clase. Ochenta páginas que deben conseguir la suficiente intriga para dar el salto a la segunda parte, al golpe de efecto, atenuado por la lectura de la contraportada del libro donde los editores se encargan de informarnos de que la historia no es lo que parece al principio. Al menos nos ahorran un choque catártico como el del efectista desenlace de El niño con el pijama de rayas, uno de esos finales tramposos que abundan en la novela popular; el relato se vuelve tan inverosímil que el fondo histórico se transforma en un decorado de cartón piedra. Las ficciones sobre esos temas son eso, ficciones. La realidad, la historia, es más terrorífica. Puedo darle la espalda a una ficción, si quiero, pero no a la realidad ni a la memoria.
En la segunda parte de El lector han pasado siete años y el chico se ha convertido en un estudiante de derecho que asiste a un juicio, en el que una de las criminales nazis a las que juzgan es Hanna. La impresión que esto le produce le lleva a cuestionarse la relación entre su generación, que no ha vivido la guerra y la de sus padres.

La generación que había cometido los crímenes del nazismo, o los había contemplado, o había hecho oídos sordos ante ellos, o que, después de 1945, había tolerado o incluso aceptado en su seno a los criminales, no tenía ningún derecho a leerles la cartilla a sus hijos. Pero los hijos que no podían o no querían reprocharles nada a sus padres también se veían confrontados con el pasado nazi. Para ellos, la revisión crítica del pasado no era la forma que adoptaba exteriormente el conflicto generacional, sino el problema en sí mismo. (p. 159)

La noción de culpa enfrenta a las dos generaciones:

La culpabilidad colectiva, se la acepte o no desde el punto de vista moral y jurídico, fue de hecho una realidad para mi generación de estudiantes. No sólo se alimentaba de la historia del Tercer Reich. Había otras cosas que también nos llenaban de vergüenza, por más que pudiéramos señalar con el dedo a los culpables: las pintadas de esvásticas en cementerios judíos; la multitud de antiguos nazis apoltronada en los puestos más altos de la judicatura, la Administración y las universidades; la reserva de la República Federal Alemana a reconocer el Estado de Israel; la evidencia de que, durante el nazismo, el exilio y la resistencia habían sido puramente testimoniales, en comparación con el conformismo al que se había entregado la nación entera. Señalar a otros con el dedo no nos eximía de nuestra vergüenza. Pero sí la hacía más soportable, ya que permitía transformar el sufrimiento pasivo en descargas de energía, acción y agresividad. Y el enfrentamiento con la generación de los culpables estaba preñado de energía. (p. 159)

El protagonista va a visitar un campo de concentración, el de Struthof, en la Alsacia,  “quería deshacerme de los tópicos con la ayuda de la realidad”.

Hoy, cuando pienso en aquellos años, me doy cuenta de lo escasa que era la carga visual, de lo escasas que eran las imágenes que documentaban la vida y la muerte (o, mejor dicho, el asesinato) en los campos de exterminio. (…) Hoy en día hay tantos libros y películas sobre el tema, que el mundo de los campos de exterminio forma ya parte del imaginario colectivo que complementa el mundo real. (…) Por aquel entonces la fantasía apenas se movía; teníamos la sensación de que la conmoción que había producido el mundo de los campos de exterminio no era compatible con la fantasía. La imaginación se limitaba a contemplar una y otra vez las pocas imágenes le habían proporcionado las fotografías de los aliados y los relatos de los prisioneros, hasta que se convirtieron en tópicos fosilizados. (p. 139)

 Pero las distintas partes de la novela se articulan con el leitmotiv que además da título a la obra: El lector (Der Vorleser, el que lee en voz alta). Hanna pide que le lean en voz alta; lo hace en el campo de concentración donde trabaja, se lo pide al Michael, el protagonista, que seguirá leyendo después para ella. Hanna aprenderá a leer y buscará libros sobre el holocausto, sobre la memoria de las víctimas y sobre los asesinos. Las 200 mujeres que arden en el interior de una iglesia quedan difuminadas; hay demasiado horror como para poder imaginar siquiera los cuerpos en llamas, los gritos, las imágenes de la destrucción. “(Los muertos) Aquí en la cárcel estaban conmigo constantemente. Venían cada noche aunque no siempre los esperara. Antes del juicio todavía podía ahuyentarlos cuando querían venir”, dice Hanna. Y la única superviviente, que vio el horror abrazada a su madre,  es descrita de esta forma: “Todo en ella parecía neutral: la actitud, los gestos, la ropa. La cara parecía extrañamente intemporal. Como después de un lifting. Pero quizá era que el sufrimiento a edad temprana la había congelado”.
Bernhard Schilink y W. G. Sebald pertenecen a la misma generación. Los dos nacieron en 1944. Schilink ha ejercido de juez y ha vivido entre Bonn y Berlín. W. G. Sebald, tras acabar sus estudios universitarios, vivió en Suiza y luego en Inglaterra, donde trabajaba como profesor en la universidad de Norwich hasta su muerte en accidente de tráfico en el 2001. Schilink nace el 6 de julio en Bielefeld una ciudad que durante la guerra poseía una importante industria armamentista. El mayor bombardeo de los aliados ocurrió el 30 de septiembre de 1944. Como otras ciudades alemanas la ciudad se reconstruyó y cambió por completo su imagen: los edificios históricos fueron reemplazados por edificios modernos.
Sebald nace en Wertach y pasa su infancia y juventud en una zona de Alemania que no se ve afectada por las operaciones bélicas. Ciudades en las que, como reparará más tarde, los judíos habían desaparecido y en las que era fácil encontrar en el paisaje urbano zonas en ruinas. De nada de esto se hablaba apenas, ni en la vida cotidiana ni en la literatura:  

El hecho de la destrucción de casi todas las grandes ciudades de Alemania y de numerosas ciudades más pequeñas (…) se reflejó en las obras surgidas después de 1945 en un silencio en sí, una ausencia, característicos también otros terrenos de discurso, desde las conversaciones familiares hasta la historia escrita.
(…) Crecí con el sentimiento de que se me ocultaba algo, en casa, en la escuela y también por parte de los escritores alemanes, cuyos libros leía con la esperanza de poder saber más sobre las monstruosidades que había en el trasfondo de mi propia vida. (p. 78)

Lo sucedido era “un secreto familiar vergonzoso, protegido por una especie de tabú, que quizá no se podía confesar ni a uno mismo” y era también “el castigo merecido, la revancha del destino”. Pero era necesario olvidar para seguir viviendo.

La capacidad del ser humano para olvidar lo que no quiere saber, para no ver lo que tiene delante pocas veces se ha puesto a prueba mejor que en Alemania en aquella época. Se decide al principio, por simple pánico, seguir adelante, como si no hubiera pasado nada. (p. 50)

Más tarde, en Gran Bretaña, la crítica que se hizo de ese programa de destrucción fue que se hubiera mantenido durante tanto tiempo y que no se hubieran realizado ataques más selectivos. Y había que considerar también las propias víctimas. Los tripulantes de los bombarderos eran muy jóvenes, algunos acababan de salir del colegio y morían sesenta de cada cien. Los bombardeos se habían convertido en un negocio, en una empresa gigantesca, a la que se le añadía “el valor propagandístico para la moral británica”. Churchill acallaba sus escrúpulos con la idea de que “sólo se estaba produciendo, como él decía, una justicia poética más alta”. Los bombardeos indiscriminados continuaron a pesar de que ya eran inútiles. Sebald recuerda a Elias Canetti que “ha relacionado la fascinación del poder, en su manifestación más pura, con el número creciente de víctimas que amontona”. El protagonista de uno de los relatos de Los girasoles ciegos de Alberto Méndez escribe en una carta “Aunque todas las guerras se pagan con los muertos, hace tiempo que luchamos con usura. Tendremos que elegir entre ganar una guerra o conquistar un cementerio”.
En Alemania, escribe Sebald, nunca se llegó a hacer un debate público:

“(…) sobre todo porque un pueblo que había asesinado y maltratado a muerte en los campos a millones de seres humanos no podía pedir cuentas a las potencias vencedoras de la lógica político-militar que dictó la destrucción de las ciudades alemanas. Además, no puede excluirse que no pocos de los afectados por los ataques aéreos (…) vieron los gigantescos incendios, a pesar de toda su cólera, como un castigo merecido o incluso como un acto de revancha de una instancia más alta con la que no había discusión posible”.

En los bombardeos a 131 ciudades y pueblos alemanes murieron seiscientos mil civiles y siete millones y medio de personas se quedaron sin casa. Muchos de los que huían de las ciudades devastadas se encontraban “en un estado de demencia”. Quizás una de las imágenes más terribles sea el de las madres que “llevaban realmente en su equipaje a sus niños muertos, asfixiados por el humo o que habían perdido la vida de otro modo durante el ataque”. Nadie quería hablar de aquello.

El derecho al silencio, que esas personas reivindicaron en su mayoría, es tan inviolable como el de los supervivientes de Hiroshima, de los que Kenzaburo Oé, en sus notas de 1965 sobre esa ciudad, escribe que muchas de ellas, veinte años después de la explosión de la bomba, no podían hablar de lo que ocurrió ese día. (p. 97).

Sebald nos recuerda cómo el lenguaje, esa arma en apariencia inofensiva, llega a ser el germen de sufrimientos que van más lejos de lo que el ser humano es capaz de imaginar y de soportar. Y refiriéndose al lenguaje xenófobo señala:

Porque si algo se encuentra en el origen de los inconmensurables sufrimientos que los alemanes hemos causado al mundo es un lenguaje así, difundido por ignorancia y resentimiento. La mayoría de los alemanes sabe hoy, cabe esperar, al menos, que provocamos claramente la destrucción de las ciudades en las que en otro tiempo vivíamos. Casi nadie dudará hoy de que el mariscal del aire Göring hubiera arrasado Londres si sus recursos técnicos se lo hubieran permitido. Speer cuenta cómo Hitler, en 1940 fantaseaba sobre la destrucción total de la capital del imperio británico. (…) Esa embriagadora visión de destrucción coincide con el hecho de que también los bombardeos aéreos realmente pioneros –Guernica, Varsovia, Belgrado, Rotterdam– se debieron a los alemanes.
Y la ciudad de Stalingrado, que en aquella época, como luego Dresde, rebosaba de fugitivos, fue bombardeada por mil doscientos aviones y que, durante ese ataque, que entusiasmó a las tropas alemanas que estaban en la orilla, 40.000 personas perdieron la vida. (p. 112)

        Se vive más feliz sin memoria pero, como dice Sebal, si intentas escapar de ella “acaba disparándote por la espalda”. Tuvieron que pasar 50 años para que Sebald tras conocer y analizar los hechos, tras aceptar como fueron y rechazarlos moralmente, pudiera escribir:

Hoy sé que entonces, cuando estaba en el balcón de la casa de Seefeld, echado en el llamado moisés y miraba parpadeando el cielo blanquiazul, por toda Europa había nubes de humo en el aire, sobre los campos de batalla de la retaguardia en el Este y el Oeste, sobre las ruinas de las ciudades alemanas y sobre los campos de concentración donde se quemaba a los innumerables de Berlín y Frankfurt, de Wuppertal y Viena, de Würzburg y Kissingen, de Hilversum y la Haya (…) apenas un lugar de Europa desde el que no se deportara a alguien a la muerte. (p. 79)



Las citas recogidas en esta entrada pertenecen a las siguientes ediciones:

SCHLINK, Bernhard, El lector, trad. de Joan Parra, Anagrama, Barcelona, 2009 (duodécima edición).
SEBALD W. G., Sobre la historia natural de la destrucción, trad. de Miguel Sáenz, Anagrama, Barcelona, 2003.




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