lunes, 26 de septiembre de 2011

¿Seguimos todos vivos? "84, Charing Cross Road"



“¿Seguimos todos vivos?”. Así comienza la última carta que Helen Hanff le escribe a su librero Frank Doel. Quince días más tarde éste le responderá: “Pues sí, estamos vivos y coleando…”. Es octubre de 1968 y han pasado 19 años desde que Helen, una joven escritora neoyorkina, enviara su primera carta a la librería Marks & CO. de Londres.
Por una sucesión de afortunadas casualidades, esta correspondencia llegó a publicarse en forma de libro. Desconozco los retoques editoriales que probablemente se hicieron: las correcciones estilísticas y la selección de las cartas. Es lo de menos. Lo importante es que el resultado; 84, Charing Cross Road de Helene Hanff se convierte en la historia de varias vidas comunes que convergen en un tiempo y un lugar. Existen otros lugares desde los que se escriben esas cartas: la casa de la familia Doel en Londres, los apartamentos de Nueva York donde vive Helen. Pero todos los espacios desembocan en la librería Marks & CO, en el número 84 de Charing Cross Road.
El libro lo compone un puñado de cartas cruzadas, en su mayoría, entre la autora y Frank Doel. Además se incluyen cartas de amigos, de otros empleados y de la mujer y la hija de Frank. Lo que comienza siendo una correspondencia comercial, en la que Helen escribe a la librería pidiendo libros raros, acaba convirtiéndose en una amistad en la distancia. Pero Helen será también una presencia para todos, no sólo por sus palabras escritas, sino por los paquetes que envía generosamente a sus amigos. Es época de racionamiento en Inglaterra, tras la Segunda Guerra Mundial. Escasea la comida y en las cartas se le dará las gracias a Helen por la carne o los huevos que ha mandado en Navidad o Pascua, o por las medias de nylon que ha regalado a las empleadas y a la mujer de Frank Doel. 
Y mientras, Helen seguirá solicitando pedidos como este: 

“Con la llegada de la primavera necesito un libro de poemas de amor. ¡Nada de Keats o Shelley! Envíeme poetas que sepan hablar del amor sin gimotear… Wyatt o Johnson o alguien por el estilo: lo dejo a su criterio. Pero que sea una edición linda y preferiblemente de pequeño formato, para poder metérmelo en los bolsillos de los pantalones y llevármelo a Central Park.”

Maxine, una amiga de Helen que viaja a Londres y visita la librería, la describirá de este modo en una carta:

“¡Es una tiendecita antigua y encantadora, que parece salida directamente de las páginas de una novela de Dickens! (…) Dentro está oscuro, hueles los libros antes de poder verlos, un olor de lo más agradable. No soy capaz de describirlo, pero es una combinación de moho polvo y vejez, de paredes revestidas de madera y suelo entarimado”.

En toda la historia se respira un enorme amor a los libros, una pasión por la lectura como parte esencial de la vida; algo tan cotidiano como el jamón y los huevos en polvo, o el budín de Yorkshire cuya receta se describe en una carta, o la mantelería bordada a mano por una anciana vecina que será uno de los regalos que los empleados envíen a Helen; o la forma de limpiar un libro: “Ponga una cucharadita de carbonato sódico en medio litro de agua templada y emplee una esponja enjabonada” –escribe Frank–,
Seguiremos también la evolución de los gustos de Helen como lectora. Si en febrero del 52 escribe: “Jamás he conseguido interesarme por cosas que sé que jamás les ocurrieron a personas que nunca han vivido”, tres meses después leeremos: “Te asombrará saber (de alguien como yo, que odia las novelas) que he acabado atreviéndome con Jane Austen y que me he apasionado tanto por Orgullo y prejuicio que no voy a ser capaz de devolverlo a la biblioteca hasta que tú hayas encontrado un ejemplar para mí”. Y cuando por fin reciba el paquete escribirá: “Y el libro tiene todo el aire de parecerse a la mismísima Jane: piel suave, delgado, impecable”.
Para Helen los libros atesoran la historia de sus lectores: “Me encantan esos libros de segunda mano que se abren por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo”. Y dice en otra carta: “Me encantan las inscripciones en las guardas y las notas en los márgenes: me gusta el sentimiento de camaradería que suscita el volver páginas que algún otro ha pasado antes, así como leer los pasajes acerca de los que otro, fallecido tal vez hace mucho, llama mi atención”.
Tras haberle regalado los empleados de la librería la Antología del aficionado a los libros Helen les escribe:

“No me parece que éste sea un intercambio de regalos de Navidad muy equitativo. Vosotros os comeréis el vuestro en una semana y antes del día del Año Nuevo os quedaréis sin nada. Yo, en cambio, conservaré el mío hasta el día que me muera…, y moriré feliz sabiendo que lo dejo atrás para que algún otro lo aprecie. Pienso marcarlo a conciencia con suaves indicaciones a lápiz, para atraer la atención de un amante de los libros aún por nacer sobre los mejores pasajes.”

Pero volvamos a la última carta. A los dos meses de escribir “Sí, estamos vivos y coleando”, Frank Doel murió. Helen que siempre había soñado con visitar la librería, le contará a una amiga en otra carta:

“Solía ir a ver películas inglesas sólo para familiarizarme con las calles. Recuerdo que años atrás un muchacho al que conocía me dijo que las personas que viajaban a Inglaterra encontraban exactamente lo que buscaban. Yo le dije que buscaba la Inglaterra de la literatura inglesa, y él asintió y me dijo: “Está allí”.

Un día de septiembre recibí un sobre acolchado con burbujas de plástico. Dentro había un libro y entre sus páginas la siguiente nota:

“Hace poco llegó a mí recomendado este libro. A la persona que lo recomendó, a su vez, se lo habían recomendado, y ahora yo sigo la cadena. Desde el principio pensé en ti, como miembro de ese club oculto de lectores que disfruta de libros como éste. Es posible que ya lo hayas leído, en ese caso que este libro siga su camino.”
                                                                                              Antonio  Mochón

Ahora soy yo quien debe seguir la cadena. Espero que estas palabras sean otro eslabón de la misma.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Sobre "Siete - Los perros del cielo" de Yaiza Martínez


 Leer poesía es iniciar una aventura inagotable; parafraseando a Italo Calvino, “la buena poesía nunca termina de decir lo que tiene que decir”.  Al acercamos a la obra de Yaiza Martínez es preciso mantener los oídos muy abiertos, escuchar las palabras y ver cómo éstas van tejiendo un rico tapiz de significados. Yaiza posee esa prodigiosa cualidad que llamamos voz poética propia. Sus versos transmiten sincerad y fuerza; nacen de las vivencias de una mujer, de un ser humano, y forman parte de nosotros, de nuestro estar aquí en una intersección del tiempo y del espacio. Nos subyuga la poesía por el placer estético, pero una vez hallada la forma precisa, la musicalidad, buscamos como lectores una respuesta o un cobijo donde compartir unos interrogantes, para no estar solos ante el misterio.  
Los poemas de Siete-Los perros del cielo se despliegan en múltiples senderos que se ramifican y se encuentran. En palabras de Yaiza, este poemario “se escribió en un intento de interpretar la luz y su disgregación, sus posibilidades y sus trampas”. Conocer para dar sentido a nuestra vida, olvidar la linealidad del tiempo que configura nuestra mente para adentrarnos en una dimensión distinta, en otra percepción de lo que concebimos como realidad. Sabemos algo, o creemos saber algo, pero lo único que sabemos, como el filósofo, es que eso es nada comparado con lo mucho que ignoramos. Humildemente, desde lo pequeño, desde el canto, podemos crear sentido cuando aprendemos que formamos parte de un todo, de la vida, y que a ella nos debemos.
La estructura de Siete-Los perros del cielo conforma un nivel de significado; se trata de un libro unitario, fragmentado en varios poemas. Es la historia de un viaje y de un regreso: desde la luz que se divide, que se parte al otro lado del prisma en siete, hasta que en el último poema esa luz se concentra en su haz, vuelve a ser una. Ha sucedido en el sueño, como el sueño de Alicia y su viaje al otro lado del espejo. La letanía de la luz, rezo y repetición, constituye el comienzo y nos conduce hasta el final. Siete- Los perros del cielo presenta una “estructura arbórea”. Así aparece en la disposición tipográfica del poema que abre el libro. Versos como ramas, palabras como hojas y sal: “Todo se canta en una vibración numérica –concierto de hojas/o ruido de la sal”. Las hojas y la sal son el lenguaje, las voces que conforman la estructura fractal del poemario.
El fractal, esa figura geométrica en la que cada una de las partes conserva una relación de semejanza con la figura completa, no es sólo un concepto matemático. La esencia misma del lenguaje es fractal, y esto nos permite acceder a una cantidad de información infinita mediante un número finito de elementos: veinticuatro fonemas en nuestra lengua. El poema surge como un puente entre lo finito y lo infinito, entre lo que llamamos realidad y la trascendencia. La poesía eleva al máximo las posibilidades del lenguaje, desborda lo previsible, lo que acostumbramos a oír y decir en nuestra vida cotidiana. Y sin embargo el poema bebe de esa misma fuente: de los sonidos y sus combinaciones, de la experiencia y de lo cotidiano.

Sin estructura no existe el ritmo ni el poema. Yaiza se refiere a su poemario como un mandala en el que “el lenguaje que despliega alberga reiteraciones fractales e imágenes que se repiten en contextos diversos”. En el hinduismo y el budismo el mandala, es ese dibujo complejo, generalmente circular, que representa las fuerzas que regulan el universo y que sirve como apoyo de la meditación. La mayoría de las culturas posee configuraciones mandálicas con intención espiritual: como los rosetones de las iglesias y la mandorla (almendra) del arte cristiano medieval. La mandorla, metáfora de la intersección del cielo y de la tierra, rodea a la figura sagrada, y es también el huso donde se ovilla el hilo que tejerá la trama. En palabras de José Ángel Valente, “la mandorla –espacio vacío y fecundante, donde se acoplan lo visible y lo invisible– es símbolo de sexo femenino”.  De la mandorla surge el fruto, “la cabeza”, la vida.
La estructura, como primer nivel de significado, se interrelaciona con el segundo nivel, el ritmo. Escribe Yaiza: “no concibo la escritura fuera del ritmo, y a ese ritmo me debo”. El ritmo interior, nacido del significado confiere al lenguaje una musicalidad plena, sin necesidad de rimas y artificios. En Siete cada elemento ocupa su lugar preciso; las sílabas, los acentos, las palabras y las pausas, la repetición de imágenes y versos son como las notas y las frases de una partitura. El título del poemario nos evoca esa relación entre el número y la música, de resonancias orientales y pitagóricas. El siete es una cifra cargada de sentido simbólico: son los sietes colores en los que se disgrega la luz, pero también es el orden completo, un periodo, un ciclo, la gama esencial de los sonidos, de las esferas planetarias, el número de los pecados capitales y de las virtudes. Y es además el símbolo del dolor: “No hay hijo que venga al mundo sin sangre/ ni palabras que le eviten el dolor”. Pero a su vez, de forma reiterada, “el verbo recrea el mundo para hacerlo más tierra”.
El poemario está dividido en cuatro secciones. La primera es “La letanía de la luz”, el comienzo del canto, el pórtico en el que se dibujan los motivos y símbolos. Es el poema donde se enhebra el hilo para tejer la trama. El yo poético busca un sentido a esa estructura, hay que seguir la vereda que se inicia en el “decir”, en el lenguaje.   
En la segunda sección “La verdad del alma es metafórica” se recorre el camino hacia el conocimiento a través de la metáfora, de la trampa de la luz, que se muestra unitaria y engaña a los sentidos: es una y siete. La luz es fuerza creadora, energía cósmica y símbolo del alma, cuya verdad sólo puede encontrarse en la metáfora, en el lenguaje. División en siete, disgregación de una misma historia en distintas figuras. Los veintiún poemas de esta sección hilvanan la ruta seguida por el yo poético, en un tiempo que se adentra en el pasado y el futuro como una espiral o círculo.
       Con la tercera parte regresamos a “la letanía de la luz”, un único poema en el que se van a concentrar todos los motivos; el canto se enfrenta al miedo: “acepta que nada más sabe que lo que oye y viene/ para cantar”. Llega el momento del parto, de la perpetuación: “La nada se hace cuerpo viene a ser tierra”. Ahora sabe lo que es esa continuidad contra la que nada puede el tiempo:

“Había comprendido el valor de ensartar las cuentas en
las hileras del hijo”

Tras el dolor, el conocimiento: no hay más certeza que la vida, la capacidad de generarla y amarla. “La blanca mantita tejida a mano”, nuestra primera vestidura, es el propio lenguaje cuya luz nos resguarda y nos ayuda a convivir con el misterio. Así llegamos al final, a la última sección: “la verdad del alma es metafórica”. Ha terminado el sueño, ya no están los perros del cielo, los caballos, sólo una vida pequeña, que seguirá tejiendo la trama heredada. Prosigue la historia, la sustancia y la gracia de la oración de la abuela Carmen: “mencionas su alma en el libro. Ella se acuna en/ tu voz”.
Siete-los perros del cielo es una búsqueda a través de la poesía, de la metáfora y el símbolo. Cuando lo previsible y racional del lenguaje no nos ofrece respuesta, nos apoyamos en la metáfora. Las analogías intentan explicar el mundo, mostrar una cosmovisión en la que los elementos aparecen enlazados y nuestra percepción se amplía, se abre en una nueva posibilidad de conocer. “Sustancia y gracia”, las dos palabras del rezo evocan una vida entregada a que continúe la vida. Es “el molde de saber dar”:

Que el Señor ponga su gracia
y en el cuerpo la sustancia
y esto que hemos de comer,
el Señor lo bendiga, amen.

Así reza la abuela Carmen.

El germen de Siete-Los perros del cielo se encuentra ya en Agua y El hogar de los animales Ada, libros anteriores de Yaiza. En ellos ha ido creando un mundo simbólico propio en el que las raíces ancestrales se funden con las vivencias de un yo poético a través de un modo renovado de decir. Siete es el eslabón de una cadena. Si en El hogar de los animales Ada, Yaiza escribía “la sal de sus vocecitas”, o “la lucecita de su voz”, al referirse a los hijos, ahora reaparece la imagen de la sal que cae “sobre las páginas de un libro primigenio”, sal como las palabras que alimentan el alma  y nos unen.   
         Pero el dolor aparece, son “las tres risotadas callosas”, “los ojos vacíos” que llevan al borde oscuro y al sinsentido. El dolor y el miedo van unidos transmutan el orden, rompen el equilibrio, nos destruyen: “ven al mundo temiendo con el mismo miedo que tu madre”. Ante el dolor y el miedo inclinarse. Miedo es también la mancha en la memoria, ni el número ni la lógica, pueden darle un sentido, sólo el lenguaje, “la vela” que disipa las tinieblas.
“Digamos que por el hijo” es otro de los motivos recurrentes del libro. Por el hijo regresan las palabras, la esperanza, se supera el dolor y los hilos continúan tejiendo las redes de versos. En El hogar de los animales Ada, el yo poético –“ella”–, era la entraña, la ciudad; ahora la ciudad está dentro un círculo y el círculo en el hijo y en la “curva pared flexible”, una hermosa metáfora con la que Yaiza se refiere al tiempo que nos engaña con la linealidad. La ciudad-centro es la “mandorla” –materia y espíritu– de la que surge el fruto, el hueso que “conserva el mundo”, el hueso “que se hace raíz en la tierra entraña”.  Pero existen las piedras asesinas, las piedras que se lanzan. Hay que superar el temor a “morir sin voz bajo las piedras”, colocarlas dando forma a los pies, montoncitos de sabiduría que llegan desde el otro lado del prisma. El miedo ha de ser como el aceite, ha de permanecer en la superficie; en lo profundo quedará el agua, la vida.      
         Y acabo por hoy este viaje, pero la aventura no termina nunca. Estas palabras son migas de pan que he ido dejando para invitaros a seguir una lectura, pero os aseguro que es muy poco comparado con lo vais a encontrar y a escuchar. Descubriréis una poesía que nace del asombro ante el misterio, de la búsqueda de un sentido a nuestra existencia. Siete-Los perros del cielo es un poemario que bebe de la experiencia de lo cotidiano, donde se halla también lo transcendente. No despreciemos cada uno de nuestros actos ni el poder de la palabra libre. Ahora que el lenguaje se ha devaluado tanto y aumentan los discursos manipuladores, la poesía debe seguir siendo independiente, al margen de clientelismos que imponen sus dogmas; debe seguir habitando el terreno de la libertad, de la posibilidad de una vida más justa, vivida plenamente como seres humanos en este lugar del universo que en nuestra lengua hemos llamado tierra.

Doctor miedo

He venido porque tengo miedo.
Especifique.
No sé, es un insecto
que aparece de noche.
¿Y está aquí para decirme eso?
Recuerde, el miedo existía
mucho antes de que usted llegase,
no pretenderá que me trague ese cuento.
¿Por qué no una tormenta,
unas gotas de sangre?
Tome una benzodiacepina
y duerma.
¿Y el insecto?
Olvídelo, compre un insecticida
si eso la consuela.
Míreme a mí, ¿acaso no me ha visto
asomarme al abismo?
Lo recorro a todas horas.
A veces me siento en el borde del trampolín
más alto y me balanceo hasta quedar exhausto.
Pero luego regreso y me pongo esta bata blanca.
¿La ve? Ni una sola mancha.
Todo ha de ser pulcro y aséptico.
Si quisiera tener cuadros en las paredes
los tendría. Arte moderno, abstracto,
nada figurativo, pero nos desviarían
la atención sobre el tema tratado.
¿Hablábamos de su miedo, no?
Por favor, no sea pretenciosa,
pruebe con los placebos, le irán bien.
Y no dude en llamarme o en mandarme una carta
si ve que no contesto –esto es esencial–,
recuerde, los bordes del abismo
suelen quedar fuera
de toda cobertura. 

A.A,

sábado, 17 de septiembre de 2011

Senderos en el jardín circular

Germán BanderaSENDEROS EN EL JARDÍN CIRCULAR. 1995. Óleo. 97x130
A veces, entre los infinitos senderos que surcan una página en blanco, un recuerdo se convierte en el hilo que nos sirve de guía. Es imposible traducir al lenguaje verbal sensaciones y emociones pictóricas. Intentaremos acercarnos dando rodeos, construyendo metáforas, pero sólo como un juego. Porque la pintura seguirá ahí, más allá de la urdimbre tejida con palabras. Olvidemos entonces el final, el paisaje después de la batalla, y hablemos de la batalla, del proceso creador que se nos revela con toda su fuerza cuando una persona ha sido tocada por el ansia de crear, esa venenosa planta trepadora que se enrosca en nuestra vida y no deja de crecer por más que, en los momentos de desesperación, deseáramos cortar sus raíces. 
Germán Bandera. EL PORTICHUELO. (2002). Óleo. 41x100
El hilo me llevaba hasta Borges, hacia uno de sus laberintos. La primera vez que visité la casa de Germán y Lola, reparé enseguida en algo muy familiar. Eran los cuatro volúmenes de las obras completas del escritor argentino, editados en 1993; la misma cuidada edición que yo atesoraba en mi biblioteca, y con la que sustituí a los gastados libros de bolsillo que tanto me fascinaron en la adolescencia. Con la complicidad de un niño que pide que le cuenten una y otra vez la misma historia, nos dejamos enredar en los juegos que Borges nos propone. De este modo, me subyuga “La casa de Asterión”, pues su protagonista –el Minotauro que habita en el laberinto de Creta– me conmueve con su soberbia, su tristeza y su terrible soledad, de la que sólo será redimido por la muerte a manos de Teseo, el héroe relegado a ser sólo la voz que desvele la clave del relato: “¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo–. El minotauro apenas se defendió”. El Minotauro simboliza al ser humano, a Borges, a cada uno de nosotros. Y el laberinto no es más que uno de tantos laberintos interiores con los que convivimos a diario. Como Asterión nos asusta alejarnos de esa casa; pero, al igual que Teseo, tomamos el hilo que nos ofrece Ariadna para mostrarnos la salida.

Germán Bandera. HÉROE ENTRE RUINAS.. 1998.Óleo sobre lienzo. 190x190 cm.
   Un día, desde Salobreña, Germán me envió una carpeta de viejo y descolorido cartón azul. Dentro había un puñado de folios que me dispuse a leer con curiosidad. No podían ser al fin y al cabo, más que uno de sus particulares hilos de Ariadna: el hilo que nos conduce a través de su proceso creativo, de los caminos  recorridos hasta llegar a ser quien es como artista y ser humano. Nada de lo que yo escriba superará la riqueza de su reflexión, de ese hilo que, desde 1986, cuando aún estudiaba en Sevilla, Germán creó con sus escritos. A partir de ahí, sólo me quedaba la opción de redactar una modesta biografía, como un excusa para engarzar frases e ideas tomadas de esos hermosos textos.
Germán Bandera, NOSTALGIA DEL INFIERNO. 2000.
Técnica mixta sobre madera. 127 cm.
Germán Bandera nació, creció y vive bajo la luz del Mediterráneo, esa será su primera influencia, y el referente esencial en su pintura: la luz del sol que invade  espacios y paisajes, que dibuja los contornos precisos de los objetos y “les da solidez en la forma y densidad en el color”. Y el mar, “un mar de silencio” como fondo de su “pintura callada”, la que no necesita de palabras que la expliquen.
Vinieron los años de  aprendizaje, la mirada atrás, a sus maestros: Cezanne, Morandi, Klee... Junto a ellos, el arte asirio o sus admirados pintores chinos. Influencias “aparentemente dispares”, y a las que se suman nombres como Velázquez o los artistas del renacimiento italiano. Los textos escritos en 1992, durante su breve pero fructífera estancia en Roma, revelan ese proceso de estudio y asimilación del arte renacentista que tanto enriquecerá su pintura. Beberá de sus maestros, pero eso sí, sin atragantarse, “plantándoles cara”, dialogando con ellos; porque el artista, como ser humano, está inmerso en las circunstancias que le ha tocado vivir, y debe responder a las preguntas esenciales desde ese preciso momento. Sólo así es posible luchar por la búsqueda de un nuevo lenguaje expresivo.
Para ello es necesario esquivar también otros obstáculos, huir de fantasmas como el academicismo más temido, “el de uno mismo”, el que conduce a la repetición de una fórmula con la que “quedar bien” y a instalarse después cómodamente en ella. Hubiera sido fácil para alguien como Germán Bandera, que conoce bien el oficio. Pero nada habría estado más lejos de su concepción de la pintura como forma de conocimiento, como andadura y experiencia (nunca experimento) vital. Admiramos  la versatilidad de su pintura, pero no dejamos de ver en ella una unidad, ajena a la simples etiquetas de figurativa o abstracta. “Si asimilamos la pintura figurativa a la música tonal y la pintura abstracta a la atonal, mi pintura se hallaría cercana a la música de Debussy, de tonalidad débil, ambigua” – escribía en febrero de 1993–.

Germán Bandera. LA CALETA, 2002. Óleo. 41 x 100
Germán es, antes que nada, pintor, un creador que es feliz cuando pinta, cuando se deja seducir por la ebriedad de la creación, ese instante en el que, al convertir la materia en la forma exacta, jugamos a ser un dios infinito. El momento mágico en el que “el pintor aplica una pincelada y, sobrecogido, contempla cómo la obra comienza a latir, a no necesitarlo”. Después viene la lucidez, la reflexión y la duda, porque esa criatura adquiere vida y alma propias y puede entonces rebelarse contra su creador: quizás no es lo que él quería, pero en esa contradicción radica la fuerza de una obra de arte, de una pintura transida de vida, de un apropiarse de la realidad hasta llegar al fondo de las cosas.
Un cuadro, para Germán, debe expresarse a sí mismo, como un ser viviente con infinitas caras, con infinidad de sentidos pero con un carácter. Y ha de ser a la vez un modo de aprehender el mundo. En esto radica el sentido último de su pintura. “No quiero pintar cosas –nos dice– (...) intento pintar una única cosa, el Todo. No trato de hacer visible lo invisible, sino de hacer visible lo innombrable”. Ardua tarea que le lleva a un continuo trabajo de depuración hasta llegar a la forma precisa, donde no existan huecos ni fisuras entre las piezas ensambladas. Elevar la tensión al máximo, en ese intento de “traducir lo tridimensional a lo bidimensional”, sólo puede hacerse a costa de un cierto grado de dolor, un “dolor estético”, distinto y nunca comparable al dolor espiritual de una persona. Pues, en el momento en que creemos andar por el camino cierto, el dolor desaparece, y es sustituido por el gozo de la creación.
Germán Bandera. AMANTES
(1994).Acrílico sobre madera
            La pintura es su vida, pero sabe armonizarla bien con lo que para él es aún más importante, sus amores y amigos. Compagina, además, su labor creativa con su trabajo como profesor de instituto. No es un camino fácil, porque la pintura exige tanto del artista que a veces sobreviene la angustia, la sensación de no llegar hasta el final, hasta el límite de sus posibilidades. Sin embargo a aquellos que le conocen bien, no deja de sorprenderles la energía con que aborda su trabajo en ambos terrenos. En Germán Bandera las facetas de pintor y enseñante, viven enlazadas por un mismo ideal. La educación estética, en el sentido de crear “buenos observadores” que disfruten y aprecien el arte, es en verdad una tarea complicada y un reto cuando la evidencia se muestra tan abrumadora.
Hoy en día el arte parece, por un lado, destinado a una selecta minoría que impone sus gustos al vulgo ignorante, al que es necesario explicar el significado de ciertos montajes y zarandajas. Por otro lado proliferan los artesanos cuyo afán es realizar bellas fotografías al óleo. Hace poco escuché una anécdota referida a un pintor que se jactaba de haber pintado numerosas veces el mismo cuadro, porque su abundante clientela así se lo demandaba. El panorama resulta tan frustrante que, Germán, al comprobar cómo la gente se agolpa ante los cuadros realistas, mientras que pasan de largo ante las obras menos figurativas, escribe en 1992: “Observando que la mayoría de los espectadores no dan tiempo al cuadro para que se exprese como se le da a la música o la poesía, me pregunto si no estaremos condenados a pintar “papeles pintados” que cubran y decoren paredes”.
Y en el fondo de tantos laberintos, el tiempo que crea y destruye. El hilo me lleva aquí hasta un cuadro, "Los senderos en el jardín circular". A menudo, cuando la rutina amenaza con gastar las miradas, me detengo a contemplarlo: los contornos de los cuerpos que descansan entre las suaves tonalidades azules y verdes. Algo me atrae hacia ese cuadro, a su equilibrio, a esa seguridad o inquietud de lo innombrable. Lo esencial es el instante sugerido, vivido o soñado. De ese modo el tiempo penetra en la pintura.
Germán Bandera. RÍO DE LOS GUÁJARES. 1995
Acrílico sobre lienzo. 130 x 97
No sé si este hilo de palabras conduce a una salida. Puede que no la hallemos nunca o que en realidad no queramos encontrarla. Quizás la madurez consista en aprender a convivir con nuestro laberinto interior, como un viejo amigo que nos acompaña siempre. Quizás el arte de vivir o la vida en el arte no se expliquen más que como la aceptación de nuestras propias contradicciones.




domingo, 11 de septiembre de 2011

Un cuento de brujas (España, 1967)


Hacía mucho tiempo que había huido el Hambre,
se marchó de puntillas
en una larga noche de miedo y de silencio.
El Hambre era un monstruo que viajaba
por países lejanos, y que sólo volvía
a asustar a los niños que no querían comerse
el plato de lentejas.

Como un talismán mi madre me cosió
una bolsa de tela con mi nombre bordado
y me guardó en ella una jarra de plástico:
Toma, mientras esté contigo, jamás vendrá el Hambre.

En la vieja casa de la escuela de párvulos,
después de propinar los palmetazos
en las manitas frías,
la maestra dejaba su regla de madera
descansar en la mesa
para llenar de agua una gran olla
y esparcir sobre ella polvo blanco.

La escuela de párvulos
Removía y removía su pócima
mientras nosotros, en fila, muy callados,
algunos con las jarras de plástico
entre las palmas todavía enrojecidas,
olíamos esa leche dulzona.
Era nuestra ración de cada día,
por orden del gobierno y de sus aliados.


(Para Arcángel Bedmar y los historiadores que me enseñaron a comprender los silencios de aquellos años)

¿Por qué crear un blog?

Lagos y el mar
Editar un blog es mirarse el ombligo y dejar que otros miren también. No es una frase original, es difícil inventar nada nuevo. Alguien lo dijo por ahí y me limito a copiarlo. Pienso, como Montaigne, que lo mejor para que nadie te robe es dejar las puertas abiertas. Un blog es una puerta desde la que se lanzan mensajes en botellas que se quedan flotando en un mar invisible. Escribimos en el aire y los signos son hilos. El minotauro se oculta en alguna dirección URL, quiero encontrarlo antes de que él me encuentre a mí. Por eso he creado este blog.