sábado, 24 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad

"El árbol decorado". Fotografía de Inmaculada Gutiérrez López


Como nieve que adorna
las ramas de los árboles
son nuestros deseos.
Atrévete a nombrarlos
y serán como el agua
que nos hace estar vivos.



¡Feliz Navidad y todo lo mejor para el 2012!

sábado, 10 de diciembre de 2011

Pipo y la librería Juan de Mairena


No recuerdo la primera vez que entré en la librería; quizás porque es uno de esos lugares que siempre han estado conmigo, igual que un viejo amigo al que volvemos a ver después de muchos años y con el que retomamos una conversación como si no se hubiera interrumpido nunca. Eso debió de sucederme cuando me vi husmeando entre los estantes abarrotados: biografías, novelas, historia, poesía, clásicos… 

Un ordenado caos en el que pronto aprendí a moverme con soltura; sabía dónde se ubicaba cada libro, olía las novedades, mercancía fresca sobre la que me abalanzaba para leer la primera página y comprobar si merecía la pena llegar a la segunda; y disfrutaba ante un afortunado descubrimiento o me indignaba con un lanzamiento comercial que se trataba sólo de un fiasco, una trampa para lectores desprevenidos. 

Allí sentí también el desasosiego que produce la certeza de que jamás podría abarcar nada más que una pequeña parte de ese universo, porque el tiempo, mi tiempo, debía actuar como un implacable crítico literario.
Pipo, en una foto publicada en Diario Córdoba

El alma de esa librería es Pipo José Trapiello, figura quijotesca, con su barba y pelo plateados, moviéndose con ligereza entre las estanterías, recomendando libros, cargando y descargando cajas. Pipo pertenece a una rara especie en peligro de extinción, la de los libreros que aman los libros. No es el frío dependiente de unos grandes almacenes, ni el vendedor de best sellers y enciclopedias. No, nada de eso; Pipo es el librero que escucha, con el que se pueden compartir críticas de libros en conversaciones divertidas y sustanciosas, aunque a menudo sean apresuradas –suele aparecer un cliente o hay obligaciones que atender–; alguien que, en definitiva, comprende a los que padecemos este mal, el mal de la literatura,  el mal de Montano, como lo llamó Vila-Matas.

Pipo abrió la librería en 1975. Entonces era un joven maestro con inquietudes políticas y culturales que renunció a la seguridad de su plaza fija como funcionario para emprender una aventura incierta: vender libros. Y a eso lleva dedicado treinta y seis años. La librería se llama “Juan de Mairena”, pero en Lucena todo el mundo la conoce como “la librería de Pipo”. No es la antigua Shakespeare and Company de París, ni la Marks & CO, en el número 84 de Charing Cross Road, pero al igual que estos lugares con personalidad propia, nuestra librería de pueblo aglutina fragmentos de vida y de universo entre las estanterías que cubren por completo sus paredes.

La librería de Pipo es un organismo vivo, cambia con las estaciones. Cuando se acerca septiembre el mobiliario se recoloca y el desorden aparente da paso a una férrea organización. Es la hora de vender los manuales escolares, los cuadernos de anillas, las cajas de lápices de colores y los sacapuntas. Los clientes cogen su número, como en una charcutería, y esperan pacientemente su turno. No son días propicios para ir a pedir un libro extraño. Es mejor esperar a finales de octubre, cuando la librería comienza a adquirir su fisonomía y su olor acostumbrados. 

Luego llegan las novedades de Navidad, la mesa con los libros de regalo, los best-sellers esperando para ser envueltos. Durante estos años, primero Mari, luego Mariceli y Carmen, algo más que dependientas, han estado ahí, como parte imprescindible y querida de esta librería-imán. “Porque la librería es como un imán –me decía hoy Mariceli–; hasta cuando no trabajo y vengo al centro tengo necesidad de pasar por aquí”. Y es cierto. Hay algo que nos empuja a no pasar de largo, a entrar y decir buenas tardes, a comprobar que todo y todos siguen estando en su sitio.

Hace unos años, con la primavera, llegaron las ferias del libro en los institutos y colegios. Pipo se convirtió en el turronero de los libros, como a él le gusta decir. Participó también en la feria del libro de Córdoba con una caseta dedicada a la mejor poesía, pero no todo pudo venderse; así que, con las sobras, Pipo organizó un “top-manta” a precios especiales para clientes y amigos, en el que no faltó una degustación de su especialidad gastronómica: el pulpo a la gallega. Mi librero me ha enseñado muchas cosas; una de ellas –y no la menos importante– es que un buen pimentón es esencial en la cocina.

El escaparate
 Cuando no había Internet y era difícil conseguir en un pueblo ciertos libros, Pipo rastreaba hasta encontrar lo que se le pedía. De aquel tiempo recuerdo, especialmente el día que llegó mi ejemplar de la primera edición de Tres rosas amarillas, de Carver, y un libro que me gustaba hojear: Los Borbones en pelota, de los hermanos Bécquer; no lo compraba porque era un poco caro entonces para mí y porque se convirtió en otra excusa para visitar la librería. Hasta que un día el libro desapareció. Lo más probable es que hubiera sido empaquetado con otras novedades que no se vendían y que había que devolver a las distribuidoras. 

Debió de suceder en una de esas etapas en que, como otras clientas, abandoné la librería durante unos meses. Luego regresé con un cochecito de bebé y una preciosa niña que se quedaba prendada de los colores de los libros de plástico, muy adecuados para la bañera, o los de duro cartón, a prueba de golpes. “Suele pasar, nos concentramos en la crianza, y nos embrutecemos un poco, pero es pasajero”, bromeaba Pipo cuando le confesé que acaba de darme cuenta de que llevaba casi dos años sin leer por el simple placer de la lectura. Con el tiempo, en la librería, me había convertido en parte del paisaje. A nadie le sorprendía que me perdiera en el cuartito donde se guardaban los pedidos recién llegados, ni que me internase en el sótano con olor a humedad. Nadie me preguntaba qué quería o si deseaba algo. Simplemente estaba, estoy allí.

El centro de operaciones
En diciembre del 2005 celebramos el XXX aniversario de la “Juan de Mairena”. Debíamos seguir un protocolo: todos, los clientes y amigos, alrededor de las doce de la mañana, pasaríamos por la librería, casualmente, como otras veces lo habíamos hecho a lo largo de los años, y cada uno de nosotros compraría un libro. Era un secreto pacto de silencio que ya se había roto cuando llegué cerca de la una y compré Contra Sainte Beuve. Recuerdos de una mañana, de Proust. Pipo, sobrepasado por aquella peregrinación en la que se había convertido la librería, intentaba disimular a duras penas sus emociones. Escribimos unos breves discursos para publicarlos en la prensa y leerlos en el acto de homenaje. El texto que leí concluía de esta forma:

“Pipo es heredero de la mejor tradición española, la de la Institución Libre de Enseñanza, la de Antonio Machado y los intelectuales para los que el progreso del país radicaba en la enseñanza y la cultura, único modo de crear individuos que pensaran libremente, es decir, ciudadanos. Escribía Antonio Machado en Juan de Mairena que “los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que nunca han ido a ninguna parte”. No es este el caso de José Trapiello, Pipo, quien, a pesar de las dificultades, sabe caminar hacia delante sin perder la ilusión y la capacidad de asombro, movido por su amor a los libros, por una fe inquebrantable en el ser humano, y por ese compromiso ético que le llevó a crear, hace treinta años, la librería Juan de Mairena”.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Austerlitz, Némirovsky y las hermanas de Kafka


          Grita cavad más hondo en el reino de la tierra los unos y los otros cantad y tocad
          echa mano al hierro en el cinto lo blande tiene ojos azules
     hincad más hondo las palas los unos y los otros volved a tocar música de baile 

                                                                              Paul Celan                                                            

Kafka con su hermana Ottla
La vida de Austerlitz, el protagonista de la novela homónima de W. G. Sebald, está marcada por estaciones de tren y lugares de paso en los que su figura se presenta como un fantasma que cruza una frontera invisible y, sin más preámbulos, habla para ser escuchado por un narrador cuya misión será transcribir sus palabras. El primer encuentro del narrador con Austerliz se produce en 1967 en la estación de Amberes, donde el enigmático personaje toma apuntes para una investigación sobre el estilo arquitectónico de la era capitalista: "En sus estudios de arquitectura de las estaciones de ferrocarril, dijo  (...) no podía quitarse de la cabeza el tormento de las despedidas y el miedo al extranjero, aunque esas ideas no formaran parte de la historia de la arquitectura". Las estaciones eran “lugares de felicidad y desgracia, en medio de las más peligrosas y para él totalmente incomprensibles corrientes de sentimiento”.  
    Jacques Austerlitz relata la historia de su niñez en Gales, en la casa de un triste matrimonio que morirá siendo él adolescente. En el internado donde estudia conocerá su auténtico apellido, que coincide con el nombre de una batalla y de una estación de París. A Austerlitz, que trabaja como profesor en un instituto de historia del arte de Londres, no le interesa la historia del siglo XX, incluso sus investigaciones sobre arquitectura se detienen a finales del siglo XIX, donde el mundo acababa para él: “Más allá no me atrevía a ir, aunque en realidad, toda la historia de la arquitectura y la civilización de la edad burguesa que yo investigaba se orientaba hacia la catástrofe que ya se perfilaba entonces”.

           En 1996 el narrador vuelve a encontrarse con Jacques Austerlitz que le recuerda a Ludwig Wittgenstein por “la expresión de espanto que los dos tenían en la cara”, pero sobre todo por la mochila: Wittgenstein llevaba siempre su mochila, como Austerliz que “poco antes de iniciar sus estudios, la había comprado de excedentes del ejército sueco (…) y de la que afirmó que era la única cosa realmente fiable en su vida, aquella mochila”.  Austelirz hablará de su descubrimiento en el abandonado Ladies Waiting Room de la estación de Liverpool Street de Londres, una sala que “contenía todas las horas de mi pasado, todos mis temores y deseos reprimidos y extinguidos alguna vez”.  Entonces contempla una escena que sucedió muchos años atrás y ve a un niño, él mismo, al que reconoce por la mochila: “y me invadió un terrible cansancio el pensar que nunca había estado realmente vivo, o que acababa de nacer ahora, en cierto modo en vísperas de mi muerte”.
Intuye, por una conversación que escucha en una librería, que él podía ser uno de tantos niños refugiados que habían sido enviados a Inglaterra. Viaja a Praga y en el archivo estatal conseguirá información de una tal Agáta Austerlitzová. En el mismo rellano de su piso encontrará a Vera, la que fue su niñera y amiga de sus padres. Vera conserva su casa tal y como estaba en los años 30; el tiempo se ha detenido en los objetos: los muebles, las fotografías, los libros, el canapé donde el pequeño Jacques dormía cuando sus padres llegaban tarde.  
El padre de Austerlitz se había marchado a París un día antes de que entraran los alemanes en Praga. Al poco se dictaron normas para la población; Agáta, que era actriz “solo podía hacer sus compras a determinadas horas; no podía tomar un taxi, tenía que viajar en el tranvía en el último coche, no podía ir a un café ni al cine, ni a un concierto o cualquier reunión pública. Tampoco podía ya subir a un escenario, y el acceso a las orillas del Moldava, a los jardines y parques que tanto le gustaban, le estaba vedado.” Entonces decidió enviar a Jacques a Londres, cuando  aún no había cumplido los cinco años. Lo despidió en la estación de Holešovice, en Praga, dejándole como equipaje una maletita y una mochila con víveres.
Agáta afirmaba que el miedo a los alemanes “entraba incluso con las ventanas y puertas cerradas y cortaba el aliento”. Como a otros judíos le bloquearon sus cuentas bancarias, no podía vender nada de sus propiedades y tuvo que entregar sus objetos más valiosos al Centro de Entrega Obligatoria. Una noche, a las tres, dos mensajeros le comunicaron que debía “prepararse para su transporte en el plazo de seis días” y le entregaron un impreso con instrucciones, dónde debía ir, a qué hora, qué debía incluir en el equipaje… Y el día señalado, de madrugada, Eva la acompañó hasta el Palacio de la Feria en Holešovice. En la oscuridad de la madrugada, otros grupos de personas silenciosas se iban acercando entre la tormenta de nieve hacia el lugar señalado, hasta formar una caravana:

“Llegamos a la entrada, iluminada por una sola bombilla eléctrica. Allí aguardamos en la multitud de los convocados, sólo agitada de vez en cuando por un temeroso murmullo, entre los que había ancianos y niños, gente distinguida y sencilla, y todos, como se les había ordenado, llevaban al cuello su número de transporte, colgado de un bramante.
Los citados para el transporte fueron conducidos a un barracón de madera sin calefacción, helado en pleno invierno. Era un lugar inhóspito donde, bajo la turbia luz de las lámparas, reinaba la mayor confusión. (…) Los que iban a viajar tenían que quedarse en los lugares que se les había designado. La mayoría permanecían mudos, algunos lloraban silenciosamente, pero tampoco eran raros los arrebatos de desesperación, gritos y ataques de ira. Varios días duró la estancia en la barraca del Palacio de la Feria, hasta que, finalmente, a primera hora de la mañana, cuando no había casi nadie por allí, fueron acompañados por guardias a la próxima estación de Holešovice, donde la “vagonificación”, como la llamaban, duró todavía casi tres horas.”  


Por esas fechas, entre aquellos grupos de deportados se encontrarían dos de las hermanas de Kafka; otra iniciaría más tarde su viaje. Eran las tres mujeres a las que su hermano les leía algunos de sus relatos, y de las que, en julio de 1913, había escrito en su diario: “Delante de mis hermanas he sido, sobre todo antes, un hombre completamente distinto a como soy delante del resto de la gente. Temerario, franco, poderoso, sorprendente, emotivo como solo lo soy cuando escribo”. En 1941 Franz Kafka hubiera cumplido 58 años. A finales de ese mismo año Gabriele "Elli" Kafka, de 52 años, y  Valerie "Valli" Kafka, de 51, harían el mismo camino que Agáta, el personaje de la novela, en una Praga nevada, hacia la Feria de Muestras junto a la estación de Holešovice. Desde allí fueron deportadas al gueto de Lodz , donde vivirían varios meses en terribles condiciones, antes de que, probablemente en el otoño de 1942, las trasladaran en camiones hacia Chelmno, donde serían asesinadas en la cámara de gas.  
Elli, Valli y Ottla Kafka. (Fotografía de alrededor de 1900)
Ottilie  "Ottla", la hermana menor, la preferida de Kafka, estaba casada con un católico, pero se divorció en 1942. La deportaron al campo de concentración de Terezín  (Theresienstadt en alemán), a poco más de 60 kilómetros de Praga. En octubre de 1943, Ottla, de 51 años, se ofreció como tutora para el trasporte de unos niños hacía un lugar más adecuado para ellos.  El 7 de octubre de 1943 llegó Auschwitz junto con 1.260 niños y otros 52 tutores. Ese mismo día todos fueron asesinados en las cámaras de gas. 
 En un intento de buscar rastros de la memoria de su madre, Austerlitz viaja a Terezín que fue convertido en 1941 en un gueto amurallado. En su entrada, como en Auschwitz, podía leerse la inscripción “el trabajo libera”.  En Terezín llegaban a vivir, trabajando en un régimen de esclavitud, hasta setenta mil personas en una superficie de poco más de mil metros cuadrados.  La Cruz Roja decidió investigar el gueto, para lo que, en el verano de 1944,  enviaría una comisión compuesta de dos daneses y un suizo. La SS inició entonces una campaña de embellecimiento. Los habitantes del gueto debieron crear un Terezín artificial, con césped, bancos, adornos florales, biblioteca, sala de conciertos... Antes de que llegara la comisión y paseara por Terezín –el lugar donde Hitler protegía de los horrores de la guerra a los judíos– se había enviado al Este “a siete mil quinientas personas menos presentables, por decirlo así para aclarar…”.
Las imágenes del idílico lugar quedaron fijadas en una película con fines propagandísticos,  para la que los nazis contrataron a un actor y director judío, Kurt Gerron, al que, después del rodaje, asesinaron en la cámara de gas junto a su familia y otros actores. De aquel proyecto se conservan 20 minutos. Austerlitz consigue hacerse con la película y visionará la copia en una de las cabinas de vídeo del museo. La verá muchas veces intentado encontrar el rostro de su madre entre las mujeres que asisten al concierto del Estudio para orquesta de cuerda, compuesta en Terezín por Pavel Haas, antes de ser asesinado.  La película se habría titulado El «Führer» regala una ciudad a los judíos o Theresienstadt: Un documental sobre el reasentamiento judío. Ahora puede verse este enlace:  "El Führer regala una ciudad a los judíos".
En la película aparecen los recluidos en el gueto, con la estrella cosida a la ropa. Son felices trabajadores de fábricas de bolsos o de confección, herreros, ceramistas, escultores... A la misma hora todos salen de trabajar y se dirigen hacia el recinto amurallado donde se celebra un partido de fútbol. Un numeroso grupo de niños aplaude desde la improvisada grada. Después aparecerá la biblioteca, donde señores maduros, vestidos con traje y corbata se demoran hojeando algún libro o charlando despreocupadamente. El ambiente cultural del gueto se completa con la escena de una conferencia, y con concierto. Se suceden numerosos primeros planos, que se detienen en los rostros de unos actores improvisados cuyas expresiones, que deberían traslucir bienestar, desvelan una frialdad y una tristeza que sobrecoge. Aparecerá después una familia al aire libre cuidando su huerto, los barracones de las mujeres convertidos en lugares de encuentro para la charla amigable, el juego de cartas, la lectura. Veremos a mujeres que conversan haciendo punto, mostrándose una a otra la labor. Y la última imagen, la más cotidiana, y por ello la que aparenta mayor sensación de normalidad, será la de una familia reunida en el comedor de su casa.
Austerlitz, que en 1959 había vivido en Paris en el número 6 de la rue Émile Zola, “a sólo unos pasos del Pont Mirabeau” –un guiño literario de Sebald hacia Paul Celan, poeta marcado por el Holocausto, que vivió en esa calle  y se suicidó tirándose desde ese puente en 1970–, intenta ahora buscar el rastro de su padre en esa ciudad, averiguar si había sido deportado “después de la primera redada en París, en agosto de 1941, o si no lo fue hasta julio del año siguiente, cuando un ejército de gendarmes franceses sacó a trece mil conciudadanos judíos de sus casas en la llamada grande rafle en la que más de un centenar de los perseguidos se tiraron por la ventana desesperados o se quitaron la vida de otras formas”. En un mes se vaciaron cuarenta mil apartamentos: “donde hoy se alza esta biblioteca (Nacional), había por ejemplo un gran almacén al que los alemanes llevaron todo el botín saqueado en las viviendas de los judíos de París (…). Adónde fueron (las cosas más valiosas) no quiere saberlo ya nadie, lo mismo que, en general, toda esa historia está enterrada, en el sentido más exacto de la palabra, bajo los cimientos de la Grande Bibliothèque”.
París. Número 64 de la Rue Lepic. 

Como Austerlitz, Elisabeth Gille, la hija pequeña de Irène Némirovski, tenía 5 años cuando vio por última vez a su madre y vivió siempre acompañada de esa sombra. En 1993 publicó una biografía de ella que en la edición española se tituló Irène Némirovski. El mirador: Memorias soñadas. Denise, la hija mayor, tenía 13 años cuando deportaron a Irène, la escritora de origen ucraniano, que detestaba parte de la tradición judía y que llegó, en 1919, con su rica familia exiliada a París, donde desde muy joven inició una exitosa carrera literaria. Entre 1940 y 1942, Irène vive con su marido, Michel Epstein, y sus hijas en Issy-l'Évêque, un pueblecito. Se habían convertido al catolicismo en 1939, pero debido al “estatuto del judío” dictado por el Gobierno de Pétain no podían trabajar ni publicar. Todos llevaban cosida a sus ropas la estrella amarilla. Durante ese tiempo Némirovski escribe en unas duras condiciones, la novela Suite francesa, una crónica del momento, donde retrata las cobardías y  miserias de la población que huye de París, o la vida de los habitantes de una pequeña población ocupada por los alemanes. El 13 de julio de 1942, dos días después de acabar Suite française, Irène fue detenida por los gendarmes. La internaron en un campo de concentración francés y de allí la deportaron a Auschwitz donde la asesinaron el 17 de agosto. Su marido luchó desesperado para que Irène volviese. Escribió a Petain y al embajador de Alemania, hablándoles de la frágil salud de su esposa, una importante escritora, y se ofreciéndose para reemplazarla en el campo de trabajo. Fue deportado tres meses después que su mujer y murió en Auschwitz el 6 de noviembre.
Irène Nemirovski  con su familia en 1939
Los gendarmes también persiguieron a Denise y Elisabeth. Las buscaron en  la escuela, pero su maestra logró esconderlas. Acompañadas por su tutora, su vida se convierte en una huida constante; con ellas siempre viaja una maleta donde guardan los manuscritos de Irène. Denise Epstein,  al hablar de Suite française recuerda que "al principio no pude leer el manuscrito. El dolor y la cólera me lo impedían. Luego, cuando lo leí, no comprendí enseguida que se trataba de una novela. Las anotaciones eran terribles. No me vi con ánimo de ordenar todo aquello hasta años más tarde”. La novela se publicó en Francia el año 2004. En su última carta, escrita a lápiz, en julio de 1942, escribió Irène Nemirovski: “Mi querido amor, mis adoradas pequeñas, creo que nos vamos hoy. Valor y esperanza”.
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En el blog de Laura Giordani: No he visto mariposas por aquí: Dibujos y poemas de los niños de Terezín