lunes, 9 de enero de 2012

Cazando al cazador Gracchus

 Demasiado tarde. La dulzura de las penas y del amor. Que ella me sonriese a mí en la barca. Eso era lo más bello de todo. El deseo constante de morir, y el de seguir resistiendo, solo eso es amor.
                                             Kafka, Diarios, 22 de octubre de 1913

Imagen de Bodleian  Libraries: Postal que Kafka envía a su hermana Ottla en septiembre de 1913

El 21 de agosto de 1913, como un esbozo de carta para el padre de Felice, Frank Kafka escribía en su diario: “Dado que yo no soy nada más que literatura y no puedo ni quiero ser nada más que eso, mi empleo no podrá atraerme nunca, aunque sí pueda destrozarme completamente. (…) Todo lo que no es literatura me aburre y lo odio, pues me molesta o me estorba, aunque solo sea en mi imaginación. (…) Un matrimonio no podría cambiarme, de igual forma que mi empleo no puede cambiarme”. Kafka atravesaba la primera gran crisis en su relación con Felice Bauer y lo que ella representaba: atender a las obligaciones familiares y llevar una vida normal, algo incompatible con una dedicación plena a la literatura.            

Kafka, su vida y su obra han acabado convirtiéndose en materia literaria, “la materia kafkiana” en la que el noviazgo con Felice constituye un ciclo cuyos giros argumentales sólo engendran más desdichas, pues el desenlace de la historia resulta irremediable. Ricardo Piglia en el capítulo “Un relato sobre Kafka” de El último lector analiza cómo, con su abrumadora correspondencia, “Kafka convierte a Felice Bauer en la lectora en sentido puro. La lectora atada a los textos, que cambia de vida a partir de lo que lee (…). Felice es casi una desconocida, un personaje en muchos sentidos inventado por las cartas mismas”.
Gerti Wasner

El  22 de septiembre de 1913, Kafka llegó a Riva, a orillas del lago Garda, para someterse a un tratamiento en el sanatorio del doctor Von Hartunge. Permaneció allí hasta el 13 de octubre. En esa época interrumpe por un tiempo su correspondencia con Felice.  El 15 de octubre leemos en su diario: “Mi estancia en Riva tuvo una gran importancia para mí. Fue la primera vez que entendí a una muchacha cristiana”.  La muchacha era Gerti Wasner, a la que Kafka se referirá como W. 

“La inimaginable tristeza de esta mañana”, así comienza la entrada del 20 de octubre. Kafka había estado leyendo la narración que conocemos como La metamorfosis y había dictado sentencia: “la encuentro mala”. A continuación escribió:  

Me gustaría poder escribir cuentos de hadas que pudieran gustarle a W y que ella tuviese escondidos alguna vez debajo de su mesa durante las comidas, que los leyera entre plato y plato y se ruborizase terriblemente al advertir que el médico del sanatorio lleva ya un rato de pie detrás de ella, observándola. A veces, en realidad siempre, su excitación mientras oye contar (noto ahora que tengo miedo del esfuerzo físico que realizo cuando recuerdo, del dolor por debajo del cual el suelo de la estancia vacía de pensamientos se va abriendo con lentitud, o simplemente va abombándose un poco). Todo se resiste a ser puesto por escrito. Si yo supiese que en eso interviene su mandato de no decir nada acerca de ella (lo he cumplido rigurosamente, casi sin esfuerzo) me sentiría satisfecho, pero no es sino incapacidad.

Postal que Kafka dirige a su hermana desde Riva
El 21 de octubre Kafka sólo escribirá una breve entrada para dejar constancia del transcurrir diario mientras pensaba “continuamente en el escarabajo negro”. Luego describirá una escena de los preparativos en una barca. Pero en ella no viaja aún el cazador Gracchus. 

En una carta a Felice, con fecha de 29 de diciembre de 1913, Kafka escribe:

Creo que mi deber es ser completamente sincero en estos momentos y hacerte saber algo que a nadie había dicho hasta la fecha. En el sanatorio me enamoré de una joven, una niña, tendrá dieciocho años, suiza pero residente en Italia, cerca de Génova, por tanto lo más racialmente ajena a mí que pueda imaginarse, totalmente sin hacer, pero muy singular, muy valiosa a pesar de su constitución enfermiza, una chica lo que se dice profunda. (...) Tanto para ella como para mí estaba claro que no habíamos nacido el uno para el otro, y que después de transcurridos los diez días de que aún disponíamos todo habría tocado a su fin, y que ni una sola carta, ni siquiera una cuartilla habría de ser escrita. A pesar de todo era mucho lo que ella me importaba a mí y yo a ella, tuve que arreglármela como pude para que en la reunión de despedida no estallara en sollozos delante de los demás, y mi estado de ánimo no era mucho mejor que el suyo. Con mi marcha todo se acabó.

Más de un año después, el 24 de enero de 1915, durante un encuentro con Felice en Bodenbach, Kafka anotará en su diario: “Excepto en las cartas, nunca he tenido con Felice esa dulzura de la relación con una mujer amada que tuve en Zuckmantel y en Riva, sólo admiración, sumisión, compasión, desesperación y desprecio por mí mismo ilimitados”. 

En un relato de Vértigo“Viaje del Dr. K. a un sanatorio de Riva”–, Sebald narra lo que pudo suceder en esos días de 1913, que encierran el germen de la enigmática narración “El cazador Gracchus”:

En el transcurso de los años venideros, largas sombras se cernieron sobre los días de otoño en Riva, hermosos a la par de terribles, solía decir el Dr. K., y de las sombras, con lentitud, fueron emergiendo los contornos de una barca con mástiles incomprensiblemente elevados y sombrías velas plegadas.

Kafka no llegó a acabar “El cazador Gracchus”, ni siquiera le dio un título. Fue Max Brod el que conformó el núcleo esencial de esta historia escrita entre enero y abril de 1917. Los esbozos, en el orden en el que aparecen en los cuadernos de Kafka, se encuentran recogidos en el tercer volumen de sus obras completas y en una entrada de los Diarios, el 6 de abril de 1917. Como la mayor parte de la obra de Kafka, “El cazador Gracchus” posee un carácter fragmentario e inacabado. Buscamos las piezas hasta componer un relato y lo hacemos con un ligero temblor reverencial, como quien camina por el borde de un abismo. Al cazador Gracchus hay que cazarlo entre otros escritos. Así, el esbozo que aparece en el llamado “cuaderno D”, está precedido por dos textos sobre corridas de toros en España: “Adelante héroes de la plaza, / que empiece la corrida”.

En “El cazador Gracchus” confluyen mitos y leyendas que van desde el judío errante hasta la barca de Caronte. Las escaleras que conducen hacia el más allá evocan las escaleras del sueño de Jacob en La Biblia. En el Diccionario de símbolos, Juan Eduardo Cirlot señala: “La carrera o la caza enloquecen el corazón del hombre, había dictaminado Lao-Tsé significando así que el enemigo es interior: el propio deseo”. En muchas mitologías, tradiciones y leyendas aparece la figura del cazador maldito, que ha trasgredido alguna norma y ha de expiar eternamente su culpa. Por otra parte la caza del gamo está cargada de una fuerte simbología sexual.

Emblema del negocio del padre de Kafka
Kafka llamó “Gracchus” al cazador, un nombre casi homófono al de “gracchio”, “grajo” en italiano, cuyo equivalente en checo es “kavka”. El dibujo de un grajo fue el emblema que el padre de Kafka eligió para su negocio de complementos de moda. Según leemos en una de las notas de las obras completas, Kafka confesó más de una vez que le agradaba la similitud de su apellido con el nombre de este animal huraño.

La narración que Max Brod tituló “El cazador Gracchus” se inicia con una escena cinematográfica en la que desfilan personajes secundarios que realizan acciones cotidianas: los niños que juegan a los dados, la muchacha que llena el cubo de agua, los hombres que beben vino en la taberna... Todo parece normal hasta que la atención de la mirada de desvía hacia una barca que entra “en el pequeño puerto flotando en silencio, como si la llevaran en brazos por el agua”. Entonces se precipitará la representación. Nuevos personajes actuarán con rapidez. Con sus papeles mecánicamente aprendidos, saben el lugar hacia donde deben dirigirse y el puesto que cada uno debe ocupar. Dos porteadores llevan hasta una casa unas angarillas cubiertas con una tela de flores deshilachada. En una habitación colocan y encienden “unos largos cirios a la cabeza de las angarillas” que solo consiguen “ahuyentar las sombras que hasta entonces estaban en reposo y hacerlas danzar por las paredes”. La escena se ha transformado en un velatorio en el que se presenta, de solemne luto, Salvatore, el anciano alcalde de Riva, que advertido por una paloma va a dar la bienvenida al visitante. Tras retirar la tela descubrimos al cazador Gracchus con el pelo y la barba enmarañados, pero “nada, excepto su entorno hacía pensar que estaba muerto”. Gracchus y Salvatore entablan un diálogo trivial en apariencia, si no fuera porque la materia de la conversación es aclarar la situación de Gracchus: << “Pero usted también está vivo, ¿no?”, dijo el alcalde. “En cierto modo”, dijo el cazador”>>. No está muerto ni vivo. “El error fundamental de mi muerte me mira burlón desde todas las paredes de mi camarote”, declarará Gracchus.

En El mal de Montano Vila Matas se refiere a “El cazador Gracchus” como el mejor cuento de Kafka:  

(…) Ese relato en que escribió una frase tan perfecta que tuvo que detener la narración en ella, no es que no encontrara el final para el cuento sino que el final se hallaba en esa frase perfecta, terrible y gélida. El alcalde de Riva le pregunta al salvaje cazador Gracchus si piensa quedarse con ellos en el pueblo. El cazador acaba de llegar en su barco, y por pura cortesía pone su mano en la rodilla del alcalde y le dice: “No pienso, estoy aquí, no sé más: no puedo hacer otra cosa. Mi barca carece de timón, viaja con el viento que sopla en las regiones inferiores de la muerte”.

Pero Kafka no dio por terminado el relato. Hay varios apuntes más. En el primero de ellos es Gracchus el que escribe: “Nadie leerá lo que estoy escribiendo; nadie vendrá a ayudarme”. No existe posibilidad de redención: “La idea de querer ayudarme es una enfermedad y debe curarse guardando cama”. Gracchus describe el camarote de la barca en la que viaja eternamente desde hace más de mil quinientos años y vuelve a relatar lo que había sucedido en la Selva Negra, donde vivió y murió feliz, enfundándose “la mortaja como una muchacha su vestido de boda”.  El comienzo del siguiente esbozo habrá que buscarlo en los Diarios donde se describe la barca que llega al puerto con las mástiles “incomprensiblemente altos”. Aparece un personaje del que, en la continuación del fragmento, en otro cuaderno, sabremos que está en el puerto “por asuntos de negocios”. Este personaje desconocido le dirá a Gracchus: “el mundo sigue su camino y tú haces tu viaje, pero hasta ahora nunca he visto que os cruzaseis”. A lo que este le responderá: “Únicamente te digo: soy…”. El esbozo acaba en una coma:

Habría tenido una larga vida de cazador, pero el gamo llamó mi atención, me despeñé y me estrellé contra las rocas. (…) Entonces me cargaron en la barca de la muerte (…) todo estaba como es debido, yo yacía estirado en mi embarcación,

No sé descubrirá cuál ha sido el origen de la desgracia de Gracchus, cuál ha sido la culpa que lo ha convertido en un muerto en vida, condenado a viajar errante por todos los puertos y las edades. Gracchus insiste en que no tuvo nada que ver en su destino, la culpa no fue suya, sino del timonel que equivocó la ruta. Sebald en “El viaje del Dr. K. a un sanatorio de Riva” concluye:

 Pero como es el Dr. K. quien se ha inventado la historia, me temo que el sentido de los incesantes viajes de Gracchus, el cazador, reside en la expiación de un anhelo de amor que siempre apresa al Dr. K., como escribe en una de sus numerosas cartas de murciélago a Felice, justo allí donde, en apariencia y lícitamente, no se puede disfrutar.

Kafka se debatió siempre entre el anhelo de llevar una vida acorde con lo establecido –el amor, la tranquila felicidad del matrimonio que lo convertiría en un hombre independiente– y la imposibilidad de aunar esto con un destino al que se veía abocado: la necesidad de escribir por encima de todo, la literatura como lo único que daba sentido a su existencia. Pero la literatura representaba para él quedar al margen, estar al otro lado de la vida. No en vano, Kafka había alertado más de una vez a Felice: “Para poder escribir, tengo necesidad de aislamiento, pero no como un ermitaño, algo que no sería suficiente, sino como un muerto”.

6 comentarios:

  1. Había cogido la edición de los relatos completos de Losada que compré hace tiempo. Ojeando el índice vi "El cazador Gracchus". Lo leí. Después busqué "cazador Gracchus" en google y me apareció esta página en los primeros resultados. El comienzo del relato es espectacular y luego... no los he leído todos, claro, pero pongo a este relato en la cima de los mejores relatos de siempre. Y gracias por las referencias y las palabras de esta entrada!

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  2. Gracias, Antonio. Disfruté muchísimo escribiendo esta entrada. Por el relato, por el trasfondo biográfico, por las referencias literarias... Acabé cazada por "El cazador Gracchus".

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  3. Magnífico post, Carmen. Te agradezco haberme dado la posibilidad de leerlo.

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  4. Muchas gracias, Vero. Me alegro de que te haya gustado. Y encantada de conocerte

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  5. Carmen, me alegro de haber arribado a tu blog. Soy igualmente un escritor-lector cazado por Graccus. Llevo tiempo elucubrando en torno a los posibles significados de ese escrito.

    Un despliegue narrativo impecable y un cuidado en el diseño que hablan muy bien de tí.

    Un abrazo desde Argentina.

    Jorge Muzam. Escritor Chileno.
    Mi blog: Cuadernos de la ira.

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    1. Un abrazo,Jorge. Gracias por tu lectura y tus elogios. Seguiremos cazando y siendo cazados por Gracchus

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