lunes, 2 de enero de 2012

La Nochebuena se va

Fotografía de Inmaculada Gutiérrez López. Su precioso regalo de Año Nuevo

Nunca me gustó la Navidad y todo lo que rodeaba ese ambiente festivo de pandereta, zambomba y canción de Coca-Cola alrededor del árbol de la paz, cuyas luces se encendían al compás de la música. Por no hablar del "vuelve a casa, vuelve" de un anuncio de turrón. A mi abuela se le saltaban las lágrimas con aquello, demasiado triste en un pueblo de emigrantes esparcidos por las grandes ciudades industriales de Europa y España. No me gustaba la Navidad porque había que ser feliz a toda costa y a mí no me consolaba ni el villancico más escatológico cantado a voz en grito, después de mi primera copita de Marie Brizard o Licor 43.

Con el tiempo llegué a odiar estas fiestas "sin saberlo", como decía Juan Ramón. Nunca me comí las doce uvas al ritmo de las doce campanadas. Mi temor a atragantarme era superior a una superstición tan tonta como otra cualquiera. Aun así soportaba estoicamente la explosión de euforia, cuando en realidad no había pasado nada en el intervalo de una campanada a otra; recogía (sin abrirla) mi bolsa de cotillón de la fiesta de turno y terminaba bailando la Conga, Paquito el Chocolatero y Feliz Navidad, de Boney M.

Sí, odio la Navidad, porque en ninguna otra fiesta es más evidente el inexorable paso del tiempo, y toda la esencia de la condición humana queda resumida en este villancico popular que cantaba mi madre: "La Nochebuena se viene/ la Nochebuena se va / y nosotros nos iremos / y no volveremos más". Demasiado aprendizaje en pocos versos. 

Pero entre todos los fastidios que acarrea la Navidad, hay uno que supera a todos: soportar a alguien que odia la Navidad. Porque la Nochebuena, o el solsticio de invierno, se lleva pero también trae. La vida se renueva y con ella nuestra capacidad de asombro, nuestra capacidad para mirar y ver más allá de la parafernalia y las luces artificiales del consumismo feroz. Y porque siempre queda un rincón en el que poder refugiarnos. Y porque amamos. Y porque seguimos vivos.

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