domingo, 1 de abril de 2012

Levantad, carpinteros, la viga del tejado



Bien a lo alto el techo,
oh himeneo,
Levantad, carpinteros,
oh himeneo.
Entra el novio igual a Ares,
oh himeneo,
enorme más que un gigante,
oh himeneo.

Safo (traducción de Aurora Luque)

Los miembros de la numerosa familia Glass solían dejarse notas escritas con jabón húmedo en el espejo del único cuarto de baño de su apartamento. Los padres, Les y Bessie, y los siete hijos sabían que, antes o después, todos acabarían pasando por allí y leerían aquellos mensajes sobre cuestiones domésticas o tareas ineludibles. Cuando en 1963 Salinger publica, en un solo volumen las dos novelas cortas Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, la familia Glass era ya conocida por los lectores. Los personajes habían aparecido en algunos de los nueve relatos que Salinger había reunido en libro. Seymour, el hermano mayor, protagoniza Un día perfecto para el pez plátano, que narra su suicidio en 1948. Boo Boo consolará a su hijito en el relato En el bote; y sabremos cómo murió Walt en El tío Wiggily en Connecticut. En 1961 Salinger publica Franny y Zooey, protagonizada por los hermanos menores, en la que aparece por primera vez el narrador Buddy –trasunto del propio Salinger– quien, tras la muerte de Seymour, se ha convertido en el hermano mayor y una referencia para toda la familia.
         “Levantad, carpinteros, la viga del tejado” son los versos del himno nupcial de Safo con los que Boo Boo felicita a Seymour en un mensaje escrito con jabón. Estamos en el año 1942 y en una carta Boo Boo le pide a Buddy, el narrador de la historia, que asista a la boda de su hermano Seymour con una chica que “en mi opinión es nula pero despampanante”. Buddy era el único de la desperdigada familia Glass que podía asistir:

Por favor, ve allá, Buddy. Está flaco como un gato y tiene esa mirada de éxtasis que te corta el habla. Quizá todo salga perfectamente bien, pero detesto al 1942.

Boo Boo, de veintiún años, pertenecía al Servicio Voluntario de Emergencia. Seymour y Buddy, de veinticinco y veintitrés años, se habían alistado en el ejército y pronto serían movilizados. Walt, de veinte años, se hallaba “en alguna parte del Pacífico”, mientras que Waquer, su hermano mellizo, que acabará siendo sacerdote en Ecuador, estaba en un campo de objetores de conciencia. Todos habían sido niños prodigio y habían participado, con seudónimo, en el programa de radio Los niños sabios desde 1927. Todavía en 1942, los hermanos pequeños, Zooey, de trece años y Franny, de ocho, intervienen en el programa, gracias al cual la familia había gozado de cierta holgura económica. Boo Boo se refiere a Franny en su carta:

¿La escuchaste la semana pasada? Se explayó largo y tendido acerca de cómo volaba por todo el apartamento. Cuando tenía cuatro años y no había nadie en casa. (...). (El locutor) Le dijo que seguramente había soñado que volaba. La nena se mantuvo en sus trece como un ángel. Dijo que sabía que volaba porque al bajar tenía siempre polvo en los dedos por haber tocado las bombillas.

Al comienzo de Levantad, carpinteros, la viga del tejado, Buddy cuenta una escena familiar en la que, para evitar que Franny, de diez meses, se contagie de paperas, será trasladada a la habitación de sus hermanos mayores, Buddy y Seymour. Ante el llanto desconsolado de la pequeña Franny, Seymour decide leerle uno de sus historias preferidas, un cuento taoísta sobre un buscador de caballos capaz de ver el único, el mejor caballo, porque “lo que cuenta es el mecanismo espiritual”. El gran buscador de caballos superiores “se asegura lo esencial y olvida los detalles triviales; atento a las cualidades interiores, pierde de vista las exteriores. Ve lo que quiere ver y no lo que no quiere ver. Mira las cosas que debe mirar y descuida las que no es necesario mirar”.  Para Buddy, el narrador que escribe en el año 1955 lo que había sucedido el día de la boda de su hermano en 1942, ese ser superior ya no existía, se había suicidado en 1948:

Desde que el novio se retiró definitivamente de la escena no he conocido a nadie a quien pueda encomendarle que salga a buscar un caballo en su lugar.

En  Levantad, carpinteros… se narra la desconcertante y cómica escena de una boda en la que el novio no aparece; tras una hora y media de espera, los invitados salen en estampida del edificio y se dirigen a los coches de alquiler que deberían trasladarlos a la casa de la novia, donde se celebraría la recepción. Buddy, al que nadie le ha preguntado por su papel allí, se encuentra de pronto dentro de un taxi rodeado de desconocidos y furibundos amigos o familiares de la novia:

¿Por qué me había metido en el coche? (…) Yo tenía veintitrés años, acababa de alistarme, acababa de darme cuenta de la eficacia de mantenerse junto al rebaño y, sobre todo, me sentía solo. Uno se mete, sin más en los coches repletos y se queda allí sentado, así lo veo yo.

El narrador se verá envuelto en el airado parloteo de la madrina de honor, su marido y una tía del novia que, indignadas, hablarán de sus impresiones acerca de Seymour o, más bien, de las impresiones oídas a la futura suegra novio: una homosexualidad latente, personalidad esquizoide, impulsos violentos. También saldrá a relucir la participación de Seymour y Buddy en Los niños sabios. El contrapunto a esa enloquecido diálogo lo pondrá el rostro amable de un curioso viejecito sordomudo, un pariente lejano al que nadie toma en cuenta.  Completará la escena la irrupción de un desfile, con estridente sonido de trompetas y tambores, que impedirá que el taxi continúe su marcha.
La comitiva compuesta por la madrina de honor, su marido – un teniente que se debatirá entre mantener su condición de superior ante el soldado Buddy, o mostrar cierta condescendencia–, la tía de la novia y el “viejo minúsculo con sombrero de copa y chaqué” acabará tomando algo fresco en el apartamento que compartían Buddy y Seymour. Boo Boo se había marchado de allí unos días antes y había dejado en el espejo del cuarto de baño el mensaje a Seymour con los versos de Safo, y deseándole felicidad “con su preciosa Muriel”.  
Mientras los otros personajes beben, fuman, hablan por teléfono o curiosean entre recuerdos y fotografías, Buddy leerá las últimas entradas en el diario de Seymour, que acaba de encontrar en el dormitorio. Seymour escribe sobre la relación con Muriel y su familia, sobre su frustración al no poder satisfacer las expectativas de los otros. La madre de Muriel, gran lectora de novelas, y su psicoanalista intentan que Seymour se someta a terapia. Encuentran demasiado extraño al que fuera en otro tiempo una estrella del programa Los niños sabios. Un día la madre de Muriel le había preguntado sobre el futuro al volver de la guerra y Seymour le contestó que quería ser un gato muerto. La mujer pensó que era una broma sofisticada. Ante esto Seymour creyó conveniente explicarle a su novia esa respuesta:

Anoche le conté a Muriel que en el budismo Zen le preguntaron una vez al maestro cuál era la cosa más valiosa del mundo, y el maestro contestó que un gato muerto, porque nadie podía ponerle precio.

Seymour sabe que a Buddy no le gustaría Muriel, ni tampoco su madre, a quien no vería como es: “Una persona desprovista de por vida, de toda comprensión o gusto por la principal corriente de poesía que fluye en las cosas”.  
Como Allie en El guardián entre el centeno, Seymour es ese hermano excepcional y ausente que simboliza la perfección y la sabiduría. Seymour y Allie representan también la búsqueda del otro para comprenderse a uno mismo, para no estar solo ante el misterio.


3 comentarios:

  1. Me voy a poner místico para cerrar un domingo completamente mundano: a veces es bueno estar solo ante el misterio. El misterio hace que los demás mecanismos funcionen. El espíritu, y no estoy hablando de la veneración de unos imágenes o de la postración ante un altar, es el que hace que el corazón late y el que, como le decía Dante a su Beatriz, se muevan el sol y las estrellas. Querer ser un gato muerto es un indicio de un espíritu noble, sensible, hecho a manejar pensamientos altos y profundos, pero no son éstos tiempos para expresarse como el Seymour de Salinger. Nos aturde la realidad como nunca antes lo había hecho. La realidad todo lo tasa, todo lo compartimenta, todo lo registra, todo lo conduce a beneficio de su causa. La realidad o el mercado, llevándole la contraria a Luis Cernuda. El deseo se queda en la literatura, en el cine, en el arte, en la forma en que descubrimos nuestra relación con el mundo. La mía es libresca, como la tuya, pero hay ocasiones en que me pregunto qué sentido tiene poner en mitad de un martes a un gato muerto en la conversación entre amigos. Son cosas que no se pueden hablar. Por eso escribimos, Carmen. Hoy mi hija se preguntaba (en su blog: http://capricornio.wordpress.com/2012/04/01/salinger/) si podría vivir sin leer o sin escribir. Sin gatos muertos. La poesía que fluye en el fondo dormido de las cosas. El amor a la belleza y a la inteligencia. Un saludo dominical-semanasantero. Descanse usted estos días. Luego vendrán los horarios, los claustros, los viajes al centro de la disciplina.

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  2. Muchas gracias, Emilio, por tu interesante y hermoso comentario. Y recuérdale a Sara esta cita de Virginia Woolf:
    "He soñado a veces que cuando amanezca el Día del Juicio y los grandes conquistadores, abogados y estadistas se acerquen a recibir su recompensa -sus coronas, sus laureles, sus nombres tallados de manera indeleble en mármol imperecedero- el Todopoderoso se volverá hacia Pedro, no sin cierta envidia, cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: "Mira, esos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Les gustaba leer". Algún día escribiré algo sobre esta cita. Saludos y que paséis unos buenas vacaciones.

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  3. Qué nivel!! Todo esto que comentan me parece extraordinario. La lectura del libro referido de Salinger me llevó a indagar buscando el poema de Safo de la cita del espejo que da título al libro. Y me encontré con ustedes. Suerte en el camino. Gracias.A ver si soy capaz de seguirla en su blog. Gracias

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