viernes, 13 de abril de 2012

Seymour, una introducción

The New Yorker, la revista donde Salinger publica
sus relatos. En 1965 aparece su último texto:
Hapword 16, 1924
Los actores me convencen una y otra vez con su presencia de que la mayor parte de lo que he escrito hasta ahora sobre ellos es falso. Es falso porque escribo sobre ellos con un amor invariable (solo ahora al escribirlo se vuelve falso también esto), pero con una fuerza cambiante, y esa fuerza cambiante no choca sonoramente y de verdad con los actores reales sino que se pierde sorda en ese amor, que nunca estará satisfecho con esa fuerza y por eso cree proteger a los actores reteniéndola.

Así comienza Seymour, una introducción, la novela corta que Salinger publicó como libro en 1963 junto a Levantad, carpinteros, la viga del tejado. Las dos narraciones tienen como protagonista a Seymour, pero en ningún momento lo veremos hablar o moverse. En el primer relato Seymour ha desaparecido, en el segundo, ha muerto. El texto con el que se inicia Seymour, una introducción es una cita de la entrada que Kafka escribió es sus Diarios el 23 de octubre de 1911. Faltan las primeras palabras: “Para gran espanto mío”. La intención de Buddy, el narrador, es desvelar la personalidad del hermano ausente, (“el ser humano más familiar de mi vida, la única persona siempre demasiado grande para acomodarla en el formato del papel común de máquina”), pero este deseo de descubrir le conducirá a una reflexión sobre la literatura y la escritura, sobre la imposibilidad de crear algo superior y perfecto, acorde con las expectativas. La escritura, como en Kafka, supone también una forma de vida, un obstáculo para una relación normal:

Sin rodeos: he llegado a saber, quizá mejor que nadie, que una persona que escribe en éxtasis de felicidad suele ser un tipo demasiado agotador para tenerlo cerca. Desde luego, los poetas en este estado son con mucho los más difíciles, pero aun el prosista en trance análogo no tiene ninguna posibilidad de elegir su manera de comportarse cuando está en compañía decente; divino o no, un trance es un trance.

El poeta, el artista, va más lejos que cualquier ser humano en su percepción de la realidad:

Digo que el verdadero artista vidente, el tonto celestial que puede producir y produce belleza, está enceguecido hasta la muerte por sus propios escrúpulos, por los colores y formas enceguecedores de su propia y sagrada conciencia humana.

Seymour era muchas cosas para sus hermanos, pero, sobre todo era un “místico” que “respondía a la idea clásica (…) del hombre iluminado, del que conoce a Dios”. A partir de Franny y Zooey, publicada como libro en 1961, la obra de Salinger es la búsqueda de Seymour, que continuará en Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour, una introducción y se detendrá en 1965 con Hapworth 16, 1924. Mientras que Buddy, el narrador de estos relatos, irá convirtiéndose en un hombre maduro, de la misma edad que Salinger, el tiempo transcurrirá a la inversa para el personaje “Seymour” hasta llegar a mostrarse como el niño de siete años que en Hapworth 16, 1924 escribe una larguísima carta a su familia. Bessie Glass, la madre, conservará durante cuarenta y un años esa carta hasta que decide enviársela a Buddy cuando éste le dice que se encuentra escribiendo un cuento corto sobre una fiesta a la que habían asistido el matrimonio Glass con sus hijos mayores. Esa fiesta cambiaría el destino de la familia, pues allí les propondrían a los Glass que sus hijos, todos niños prodigio, interviniesen en el programa de radio Los niños sabios.
Con un lenguaje pretencioso, pedante y divertido, Seymour, que pasa el verano con Buddy, de cinco años, en un campamento, da rienda suelta a sus reflexiones sobre su precoz sexualidad, las relaciones humanas, la religión o la literatura, ejercitando “su maestría en la construcción escrita” e invitando a Less, su padre, a que abandone la lectura cuando no pueda aguantarlo más. No en vano pertenece a esa familia que acabará compuesta por los padres y por siete niños prodigio en la que, como narra Buddy en Franny y Zooey, se habla “una especie de lenguaje familiar esotérico, una forma de geometría semántica en la cual la distancia más corta entre dos puntos es un espacioso círculo”. Seymour, el poeta, y Buddy, el narrador, bailan y cantan como sus padres (artistas de vodevil), pero además son lectores voraces con una prodigiosa memoria, escriben incesantemente, han aprendido ya varios idiomas e intentan camuflarse entre el resto de los chicos que los rodean: “Algunos de estos niños, saludables, magníficos y algunas veces muy guapos, madurarán. La mayoría, les doy mi amarga opinión, meramente envejecerán”, les escribe Seymour a sus padres.
Contraportada de la primera edición de
The Catcher in the Rye
Teddy, protagonista del relato corto del mismo nombre, es el precedente de Seymour en Hapworth 16, 1924. Los dos unen a su condición de niños prodigio, la facultad excepcional de poder ver el futuro. Como Teddy, Seymour sabe que su tiempo es limitado. Pero la visión que estructura Hapworth 16, 1924 es la de su hermano Buddy, con más de cuarenta años, escribiendo ese relato de la fiesta; Seymour ve su expresión pensativa y cansada, su pelo gris, las venas prominentes de las manos; y describe el lugar en el que se encuentra: “es su habitación la que me conmueve más que cualquier cosa. ¡Representa todos sus sueños juveniles hechos realidad por completo!”.
El pequeño Seymour mostrará también una gran preocupación religiosa. Ya se ha leído todos los libros intolerantes o tolerantes sobre Dios y la religión de la biblioteca de Nueva York, hasta la letra H; considera que “la mera posibilidad de recibir órdenes personales de Dios, tenga o no forma o venga adornado con una preciosa barba, ¡es una apestosa forma de favoritismo!”, y le envía una divertidísima oración a su hermana Boo Boo de tres años, para que no tenga que nombrar la palabra “Dios”:

"Soy una niña a punto de irme a dormir, como todas las noches. La palabra 'Dios' es un problema, debido a que la misma es usada y respetada, tal vez con fe suprema, por dos niñas amigas mías, las jóvenes Lotta Davilla y Marjorie Herberg, a quienes considero considerablemente crueles, así como mentirosas (…). Querido concepto, dame instrucciones buenas y razonables para mañana, mientras estoy durmiendo (…).

Seymour les pide a sus padres que pasen por la biblioteca para enviarles a él y a Buddy algunos libros. La lista es agotadora. Además de todo lo que haya sobre religión (después de la “h”), pide tratados sobre la estructura del corazón humano, sobre la Guerra Mundial “en su vergonzosa integridad”, sobre yoga y medicina china. En cuanto a literatura, Seymour solicita, entre otros libros, “nuevamente las obras completas del Conde León Tolstoy”, “Don Quijote, de Cervantes" ("Ese hombre es un genio más allá de cualquier comparación fácil o barata”), Charles Dickens, (“Mi Dios, ¡yo te saludo, Charles Dickens!”) y las novelas de Jane Austen. Continúa la selección con Montaigne (“¡Un francés encantador, delicioso y superficial!”), y gran cantidad de libros de Víctor Hugo, Gustave Flaubert, Honore de Balzac… Por si no tuviera bastante Seymour pide que les envíen Marcel Proust "completo". 
Portada de la primera edición
        de Franny y Zooey en España
En Franny y Zooey, las preocupaciones religiosas, relacionadas con la pérdida del hermano, llevarán a Franny, la más pequeña de los Glass, a una crisis depresiva. La acción transcurre en 1955, siete años después del suicidio de Seymour. Buddy se encargará de narrar, en 1957, esa “especie de película doméstica en prosa” protagonizada por Bessi Glass y sus dos hijos menores: Zooey, actor de 25 años y Franny una universitaria de 20 años. En un momento del relato corto protagonizado por Franny esta declarará:

Todo lo que sé es que me estoy volviendo loca (…). Estoy harta de tanto ego, ego, ego. Del mío y del de todo el mundo. Estoy harta de que todo el mundo quiera llegar a alguna parte, hacer algo diferente, ser alguien interesante. Es repulsivo…lo es, lo es. No me importa lo que digan los demás.

Zooey relee una carta que Buddy le había enviado en 1951, en la que éste recuerda a Seymour y escribe sobre el día en que fue a recoger su cadáver. En la habitación donde su hermano se mató de un disparo encontró sobre el secante de la mesa un haiku que Seymour había escrito en japonés: “La niña pequeña del avión/ que volvió su cabeza de muñeca / para mirarme”.  Buddy y Seymour, los hijos mayores, son los dos grandes ausentes en la casa de los Glass, pero su presencia sigue estando ahí. En una conversación con su madre, acerca de Franny, Zooey llegará a decir:

Estoy tan harto de sus nombres que podría cortarme el cuello (…) Toda esta maldita casa apesta a fantasmas. No me importa tanto ser rondado por un fantasma muerto, pero maldita la gracia que me hace que ronde uno medio muerto. Ojalá Buddy se decidiera de una vez. Hace todo  lo que hizo Seymour, o lo intenta. ¿Por qué diablos no se suicida y acaba de una vez?

Bessi Glass, a quien ya se le han muerto dos hijos, se lamentará ante Zooey:

Yo no sé qué os ha ocurrido a todos, hijos míos. (…) En los viejos tiempos de la radio, cuando todos erais pequeños, solíais ser tan…listos y felices y…bueno, encantadores. (…) No sé de qué sirve saber tanto y ser listos como una ardilla si no os puede hacer felices.

Zooey hablará con su hermana para ayudarla a salir de su estado depresivo. Franny debe aceptar que son “anormales” y que tienen complejos de “Niño Sabio”: “nunca hemos dejado de estar en el aire. Ninguno de nosotros. No hablamos, predicamos. No conversamos, exponemos”, le dice Zooey. Otro motivo de frustración para Franny es lo poco que la universidad le ofrece: “Jamas oyes en un campus una insinuación de que la sabiduría ha de ser el objetivo del saber”. Influida por un llibro que pertenecía Seymour, en el que un hombre que oraba continuamente conseguía acercarse a Dios, Franny reza sin cesar: “Quiero hablar con Seymour”, le confiesa a Zooey, que en un momento de la larga conversación intentará convencer a su hermana para que no se obsesione con el ego:

Dios mío, haría falta el mismo Cristo para decidir qué es ego y qué no lo es. Este universo es de Dios, hermana, no tuyo, y es Él quien tiene la última palabra sobre lo que es ego y lo que no lo es. ¿Qué hay de tu amado Epicteto? ¿O de tu amada Emily Dickinson? ¿Acaso quieres que Emily, cada vez que experimenta el impulso de escribir un poema, se siente y diga una oración hasta que se desvanezca su impulso repugnante y egoísta? ¡No, claro que no!

En Seymour, una introducción Buddy Glass/ Salinger hablará de su obra literaria. Ha escrito una única novela (El guardián entre el centeno) de la que no menciona el título. Algunas personas afirman que el protagonista está basado en Seymour por “hablar con la soltura y los modismos de Manhattan” o por tener “un olfato bastante común para meterse allí donde los tontos más redomados no se atreverían”. Pero Buddy niega este parecido y añade que sólo ha escrito y publicado dos cuentos que se refieren directamente a Seymour, uno el que narra el día de su boda (Levantad, carpinteros, la viga del tejado). El otro cuento es Un díaperfecto para el pez plátano: 

Sin embargo, varios de mis parientes cercanos, bastante numerosos, (…), me han señalado con amabilidad (…) que el joven, el Seymour que caminaba y hablaba en aquel primer cuento y se disparaba un tiro, no era para nada Seymour, sino, cosa rara, alguien que se me parecía asombrosamente.

Tras su muerte en 1948 Seymour, el que en Hapworth 16, 1924, con siete años, dará muestra de incontinencia verbal, había dejado escritos sólo ciento ochenta y cuatro poemas cortos, influidos por la poesía china y japonesa. Nunca había querido publicarlos, a pesar de la insistencia de su hermano Buddy, obsesionado por ver sus relatos en letra impresa. Seymour y Buddy siempre tan unidos, muestran actitudes contradictorias, como las dos caras de una única personalidad. Para Seymour, sus poemas, con una forma basada en cierto tipo de haiku doble, “eran demasiado poco occidentales, demasiado llenos de lotos. Le parecían levemente insultantes” como escritos “por una suerte de desagradecido, por alguien que daba la espalda a su propio medio y a la gente a quien quería”.
Buddy solía leerle sus relatos a Seymour  y esperaba ansioso sus comentarios. En una ocasión, después de una lectura, Seymour, que con veintitrés años es profesor de inglés en la universidad desde hace cinco, le escribe una larga nota a Buddy. Le dice que deje “aparecer sus estrellas”, es lo más importante; todo lo demás sólo son consejos literarios. Debe pensar que fue lector antes que escritor y preguntarse qué le gustaría leer, qué obra elegiría con el corazón. Seymour recordará el día en que los dos se alistaron en el ejército:

Por favor, sigue lo que te dice el corazón, para bien o para mal. Te enfadaste tanto conmigo cuando nos enrolamos. (…) ¿Sabes de qué me sonreía? Habías escrito que eras escritor de profesión. Me pareció el eufemismo más gracioso que jamás haya oído. ¿Desde cuándo el escribir es tu profesión? Nunca fue otra cosa que tu religión. Nunca.

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