domingo, 24 de junio de 2012

Esmé y el pez plátano

Abril es el mes más cruel, hace brotar
lilas en tierra muerta, mezcla
memoria y deseo, remueve
lentas raíces con lluvia primaveral.

T. S. Eliot, La tierra baldía

Los hombres que han vivido esta guerra merecen alguna clase de melodía trémula interpretada sin vergüenza ni arrepentimiento. Seguiré esperando ese libro.

Salinger, entrevista en Esquire, octubre de 1945

                                   
         El 13 de mayo de 1945, en una carta a su amiga Elizabeth Murray, Salinger contaba cómo había vivido el 8 de mayo, día en que los alemanes se rindieron. Mientras fuera todo era celebración y algarabía, Salinger se quedó solo en su habitación, sentado en la cama, agarrando una pistola del calibre 45 y preguntándose qué pasaría si se disparaba con ella en una mano. Estaba cayendo en una profunda depresión que lo llevaría al hospital de Nuremberg para recibir tratamiento por estrés postraumático, algo que sería bastante común entre los soldados que se habían enfrentado a situaciones extremas. Como explica Kennet Slawenski en J. D. Salinger. Una vida oculta, la guerra le había dejado al escritor secuelas físicas y psicológicas. Había perdido parte de la audición, a causa de las explosiones; había pasado meses sin derrumbarse, rodeado por la muerte y el horror; pero estaba vivo y sentía la culpa del superviviente. De sus experiencias en el día D, en Francia, en Hürtgen, en Dachau hubiera podido escribir una novela bélica, pero no era su intención. No quería hablar de aquello.
          En 1946 The New Yorker se decide a publicar Slight Rebellion Off Madisson, que había tenido aparcada desde que Estados Unidos entrara en guerra, pues no era el momento de leer la primera historia de Caulfield, en la que Holden aparecía patinando en las pistas de Radio City con su amiga Sally, borracho y enumerando todas las cosas que odiaba.
        Publicar en The New Yorker había sido la gran aspiración de Salinger. Era una revista literaria muy cuidada, con lectores cultos y exigentes que demandaban un determinado estilo. Esto influirá en la escritura de Salinger, que se verá obligado a pulir constantemente los relatos, a medir cada frase y cada palabra, y a trabajar codo con codo con los editores en las trasformaciones que ellos creyeran oportunas. Salinger entraba de lleno en el “estilo The New Yorkerpor su precisión estilística  y la frescura y agilidad de los diálogos. Otra característica de ese estilo era que el escritor tenía que desaparecer en el relato y dejar que la historia hablara por sí misma. Salinger acató someterse a la disciplina de una revista que en más de una ocasión le había devuelto sus trabajos.

Seymour y The Bananafish

Un día perfecto para el pez plátano se publicó en enero de 1948. Salinger había trabajado en el relato durante un año, examinando minuciosamente cada detalle. La primera versión (The Bananafish) resultaba tan enigmática e incomprensible que los editores le sugirieron que lo revisara a fondo. Salinger añadió entonces la primera escena, en la que aparece Muriel, esposa de Seymour Glass, en su habitación de un hotel de Florida, donde está pasando unas vacaciones. La conoceremos por sus acciones: lee en una revista femenina el artículo “El sexo es divertido o infernal”, repasa su ropa y se arregla cuidadosamente las uñas. Slawenski llama la atención sobre la importancia de las uñas –si van pintadas, si están poco cuidadas, si están sucias–, un motivo que se repite en varios relatos de Salinger o en memorables pasajes de El guardián entre el centeno. Muriel recibe la llamada telefónica de su madre, preocupada por la situación en la que se encuentra su hija. Por la conversación nos enteraremos de que Seymour había intentado estrellarse contra un árbol. La madre le cuenta a su hija la charla que su padre había mantenido con un doctor:

En primer lugar dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta en el hospital. En definitiva dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.

Sabremos también que Seymour pasa todo el día en el bar, que toca el piano y que está pálido, mientras que Muriel se ha quemado por el sol. En ningún momento de la charla entre madre e hija se vislumbra que exista comunicación entre Seymour y Muriel, quien, como le recuerda su madre, había esperado fielmente a su marido hasta que volvió de la guerra. Pero quizás la frase que más sobrecoja de todo el diálogo sea “Mamá, no le tengo miedo a Seymour”. Muriel se muestra segura de sí misma e intenta tranquilizar a su madre; sin embargo sus palabras ahondan en el abismo de círculos concéntricos que se va generando en el relato conforme este avanza.
La segunda escena se desarrolla en la playa. Aparece una niña, Sybil, cuyo nombre evoca a la Sibila que menciona Eliot, citando a Petronio, en La tierra Baldía, la que le ruega a los dioses que le concedan la muerte. Sybil no pertenece a la categoría de niños excepcionales tan común en Salinger. Se mueve rodeada de ambiente frívolo de familia acomodada; es algo envidiosa, y quiere que Seymour, al que ha conocido en el hotel, le dedique toda su atención. Va a buscarlo a la playa para jugar y le habla al joven de una amiga a la que Seymour le ha otorgado algún privilegio:

–Ah, Sharon Lipschutz –dijo él–. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos. –De repente se puso de pie y miró el mar–. Sybil –dijo– ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos buscar un pez plátano.

Seymour está citando el poema de T.S. Eliot La tierra baldía: “mezclar recuerdos y deseos”. Los peces plátano entran en un pozo lleno de plátanos y devoran tantos que engordan y ya no pueden salir. Son condenados por su avidez, como la Sybila que fue condenada por pedir ser eterna, por desearlo todo; pero no pidió la eterna juventud y ahora, cada vez más vieja, sólo desea la muerte. La escena final del relato, más breve, acabará con un disparo.
Seymour representa la angustia y la soledad del superviviente, del que ha visto demasiado, y no puede seguir vivo en un mundo que ignora y niega el horror que él ha vivido y recuerda; un horror que todos quieren evitar, como si nada hubiera pasado.

Esmé y la sordidez

Para Esmé, con amor y sordidez, que Salinger también tuvo que reescribir varias veces, es considerada una de las obras literarias más bellas surgidas de la Segunda Guerra Mundial. Cuando se publicó en 1950, la crítica y los lectores estuvieron de acuerdo en que era la mejor obra del escritor. Para Slawenski “Ésta es la “melodía trémula de Salinger, su homenaje a sus camaradas”.
Habían pasado cinco años desde el final de la guerra. Ya nadie quería acordarse de lo sucedido y predominaba la visión patriótica e idealista. Pero muchos veteranos sufrían la incomprensión de la sociedad y no podían hablar de los graves problemas psicológicos que padecían. Salinger habló por ellos en este relato, en el que el autor no desaparece, pues ya en el comienzo, con la voz del narrador, nos señala su objetivo: “edificar, instruir”. Y lo hace desde el amor, desde la posibilidad de salvarse y de ser comprendido. Para mostrar la angustia no necesita describir batallas, pero todas están allí en esta melodía que se inicia con una invitación de boda que ha recibido el narrador. Éste recuerda entonces el regalo que le había prometido a la novia; y comienza la historia del amor y la sordidez.         
En la segunda escena el narrador, un joven soldado estadounidense, deambula  por un pueblo de Inglaterra, donde ha recibido un curso del Servicio de Inteligencia inglés. Es un día lluvioso, el 30 de abril de 1944; falta poco más de un mes para el desembarco en Normandía. El narrador entra en una iglesia y escucha el ensayo de un coro infantil. Le llama la atención una niña de unos 13 años, con una preciosa voz y aire de dama aburrida. Luego se dirige a una cafetería. Está profundamente solo. Al pedirle el té a la camarera se da cuenta de que es la primera vez que habla con alguien en ese día. Al poco llega la niña acompañada de su hermano, de cinco años, y de una institutriz.
La chica, muy responsable, atiende a su hermano, le da órdenes, le coloca bien la servilleta. Luego su mirada se dirige a la del recluta y los dos intercambian una sonrisa. Ella va hacia la mesa del soldado y entabla una conversación con él. La niña se llama Esmé y pertenece a una familia aristocrática. Es una chica inteligente y madura, que parece odiar “la conversación intrascendente”. Le contará al soldado algunos detalles sobre sus padres, sobre su relación con ellos y con el pequeño Charles, el hermano; pero pasa de puntillas sobre el drama de la familia. La madre había muerto en un bombardeo y al padre lo mataron en África del Norte. Esmé “tenía las uñas comidas hasta la carne” y un enorme reloj, como un cronómetro, demasiado grande para su pequeña muñeca. Cuando Esmé habla de su padre se muerde la cutícula. Casi al principio de la conversación, Esmé le dirá al soldado: “Para ser norteamericano, parece usted bastante inteligente”, a lo que éste le recordará “que había muchos soldados, en todo el mundo, que estaban lejos de sus hogares, y que muy pocos habían podido disfrutar verdaderamente de la vida”.
En un momento de la conversación, Esmé le confiesa al soldado por qué se había acercado a él: “porque parecía estar usted muy solo. Se le ve en el rostro que es muy sensible”. Por sus palabras y sus acciones comprendemos que Esmé ha aceptado su desgracia y que intenta proteger a su hermano pequeño del dolor para que nunca pierda la capacidad de amar. Esmé consigue que el soldado hable de sí mismo, que le cuenta que está casado, que había salido de la universidad hacía un año y que le gustaría que le consideraran “un escritor profesional”.
El desembarco en la playa de Utah. (Wikipedia)
Cuando el narrador le pregunta a Esmé a quién pertenecía el reloj de pulsera, ella le responderá que a su padre, que se lo había dado antes de que su hermano y ella fueran evacuados; pero cambia rápidamente de tema: “Me sentiría muy halagada si alguna vez usted escribiera un cuento especialmente para mí”. Y añadirá: “Prefiero los cuentos que tratan de la sordidez”. Al despedirse del soldado, Esmé, que ha prometido escribirle al frente, le expresará un deseo: “Espero que regrese de la guerra con todas sus facultades intactas”.
En la siguiente escena el narrador informa de que se inicia la parte sórdida, en la que él va a desaparecer del relato, disfrazado. Entonces, en tercera persona, conoceremos la historia del sargento X, un joven que “no había salido de la guerra con todas sus facultades intactas”. Se aloja, junto a otros soldados, en una casa que pertenecía a una antigua nazi. Lo veremos leyendo una y otra vez el mismo párrafo de un libro, sin poder concentrarse; fuma demasiado, tiembla, le molesta enormemente la luz. Acaba de salir de un hospital de Frankfurt y está muy delgado. Como en otras ocasiones “le pareció sentir que su mente se desplazaba, se bamboleaba como un bulto mal asegurado en el portaequipajes de un tren”.
El sargento X recibe en su habitación la visita del cabo Z, Clay, con el que ha pasado toda la guerra, desde el desembarco hasta Hürteng. La conversación con Clay es la antítesis de la de Esmé. Clay está sano, ha sobrevivido, carece de preocupaciones intelectuales y no quiere cuestionarse nada. Sólo desea volver y casarse. Durante la guerra, el sargento X ha ayudado a Clay a escribirle cartas a su madre y a su novia, dándole ideas, marcándole la estructura e introduciendo alguna palabra o frase en francés o alemán. Clay parece preocupado por el sargento, e intenta que baje con él a escuchar el programa de radio de Bob Hope. Pero acaba por irse ante la insistencia de X en no salir de su habitación.
El sargento, otra vez solo, mira la correspondencia que tiene sin abrir. Entre ella encuentra un paquete con una nota fechada el 7 de junio de 1944, un día después del desembarco. En el paquete se habían tachado al menos tres de sus números anteriores del correo militar de X, como si siempre hubiera llegado tarde a todos los lugares por donde el sargento había sobrevivido en medio de batallas y circunstancias terribles. Había pasado más de un año desde que Esmé escribiera aquella nota que acababa con unas palabras del pequeño Charles, a quien su hermana estaba enseñando a escribir: HOLA (…) HOLA, RECUERSOS, BESOS. Esmé no olvida cuál es su misión: proteger, con su amor, la inocencia de su hermano.  Junto a la nota, el sargento encuentra otro regalo: el reloj de pulsera que había pertenecido al padre de Esmé, símbolo del dolor causado por las pérdidas. El reloj ha hecho un viaje demasiado duro y el cristal se ha roto, como el Sargento X, pero quizás no haya dejado de funcionar. Después de leer la carta y de ver el reloj, se produce la trasformación en el sargento X, como si todo comenzara a volver a su sitio, porque también para él, como para Charles y Esmé existe la posibilidad de salvarse, de conservar la pureza. Y entonces, “casi en éxtasis, sintió sueño”.

Holden: a la sombra de Allie

         Después de escribir Para Esmé, Salinger decidió terminar la novela sobre Holden Caulfield, El guardián entre el centeno. Tenía material desde 1941, pero Holden había sufrido una profunda transformación durante esos diez años:

El hundimiento de la fe de Salinger, amenazada por los terribles acontecimientos de la guerra (…) se refleja en la pérdida de fe de Holden tras la desaparición de su hermano. La memoria de los amigos caídos agobió a Salinger durante años, igual que Holden vivía asediado por el fantasma de Allie. En este aspecto hay un juego de palabras del autor: al renombrar al personaje de Kenneth Caulfield elige un término (allie) con el que se denominaba a los soldados de la Segunda Guerra Mundial. (p.277)

Holden Caulfield es un personaje solitario y melancólico que se niega a entrar en el falso mundo de los adultos. Como señala Slawenski la tragedia del autor y el personaje es la misma: la inocencia amenazada. Pero los dos conseguirán salvarse, y “sus epifanías son una misma”:

Justo cuando Holden empieza a comprender que puede entrar en la edad adulta sin volverse falso ni sacrificar sus valores, Salinger llega a aceptar que el conocimiento del mal no significa la condenación. (p. 277)

Para Slawenski no podemos entender plenamente la revelación que experimenta Holden Caulfield mientras ve a su hermana dar vueltas en el tiovivo de Central Park, si no tenemos en cuenta las vivencias de Salinger en la guerra. Tampoco sin esto comprenderíamos las palabras de despedida de El guardián entre el centeno, que hacen referencia a todos los soldados muertos: "No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo”.


 Las citas recogidas en esta entrada pertenecen a las siguiente ediciones:

SLAWENSKI, Kenneth, J. D. Salinger. Una vida ocultatrad. de Jesús de Cos, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010.

SALINGER, J. D. Salinger. Nueve cuentostrad. de Elena Rius, Alianza Editorial, Madrid, 1999..

         


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