viernes, 19 de octubre de 2012

Caoscopia

Yaiza Martínez 
                     Era un poco poeta, o sea,
                     sacaba algún sentido sorprendente
                     de los significados ordinarios;
                     y una esencia infinita

                     de todas nuestras cosas
                     que tienen que morir en los umbrales;
                     tal vez fuimos nosotros los que antes
                     las inmovilizamos. (…)

                     Emily Dickinson (trad. Carlos Pujol)


Caoscopia es un paso más en el camino que Yaiza Martínez inició en Siete, los perros del cielo. Yaiza se dirige a un lector cómplice dispuesto a cruzar la línea de lo previsible, a salir de los compartimentos estancos de ciencia o humanidades, y de las microscópicas parcelas del saber a las que puede acceder un ser humano del siglo XXI. En Caoscopia como en Siete... , su anterior libro, Yaiza Martínez crea un mundo poético cuyo engranaje es la conciencia de existir, de formar parte de la vida.
 La primera clave para una lectura de Caoscopia es el título. En una nota, Yaiza aclara que la palabra es el nombre con el que el matemático Raplh Abraham denomina a un método para representar un fenómeno caótico en apariencia, como, por ejemplo, el goteo de un grifo:

A la hora de escribir Caoscopia me propuse plasmar el “goteo de la conciencia, lo que acabó trazando “una curva semántica suave” que vertebró toda la obra: “el ser / el no ser / voz del amor / en el lenguaje”.

Caoscopia dibuja una cosmovisión a través del ritmo que conforman sonidos e imágenes. Los versos enraízan en lo más profundo del ser humano. Poesía y ciencia dialogan de tú a tú, se reencuentran y se reconocen como una búsqueda. El ser humano, a través de la ciencia, ha buscado el origen, la explicación del mundo y de la vida. La ciencia se adentra en el misterio y, sin embargo, cada paso que da, cada gran descubrimiento sobre lo infinitamente grande o la partícula más elemental conduce a otro misterio aún mayor. La poesía se adentra en la conciencia para desvelar lo oculto y trazar un mapa. Ni ciencia ni poesía nos garantizan que llegaremos a un lugar seguro y previsible, y no importa; seguiremos buscándolo, seguiremos viviendo.
 “Para conservar, reitera –aconseja el científico británico”, escribe Yaiza en el primer poema. El científico es el controvertido biólogo Rupert Sheldrake, autor de la hipótesis de la “causación formativa”, que establece la existencia de los campos mórficos, es decir “campos de información aplicables, a través del espacio y del tiempo, a sistemas con algún tipo de organización inherente”. Unido a ello está el concepto de resonancia mórfica, que el propio Sheldrake explica así:

El modo como las moléculas de hemoglobina, los cristales de penicilina o las jirafas del pasado influyen en los campos mórficos del presente depende de un proceso denominado resonancia mórfica, que consiste en la influencia de algo sobre lo que es semejante, a través del espacio y el tiempo.

La dedicatoria a Cruz, la “matrioska que ya no está y sigue”, se convierte en otra clave interpretativa del poemario. La matrioska como metáfora aparecerá también en los poemas. Es la mujer que en su útero atesora la vida, la genera y la perpetúa. La mujer-imagen del universo que crea a partir del útero vacío, la Madre Tierra que “usa del dolor como abono”, porque la muerte, el final de un ciclo, es también el comienzo de otro:

Amadas matrioskas, no calléis ni me dejéis sola en el filo,
entre muertos y vivos, en perpetua sobremesa.

La matrioska, imagen de la mujer, abarca desde lo más pequeño –el “campo folicular”–, hasta lo más grande, la Madre Tierra, la que se enfrenta a aquellos que perturban el orden del universo, a los que se dan la vuelta y destruyen lo que no les pertenece:

Lúdica pasión el robo, pero la Madre os mira
  
 En el poema “Encontraste la veta brillante en la esteatita…”, la Madre aparecerá con otras referencias míticas. La madre es Gea, pero también es Deméter, misterio y orden, renovación cíclica de la tierra y de la vida, “renacimiento y ciclo”:

(52) Se escuchaban de este a oeste las canciones del agua circulando sobre rostros cadavéricos –así era honrar lo desaparecido, por su transformación en nuevas formas, dijo la Madre.

La estructura de Caoscopia constituye otro nivel de significado cuyo sentido lo hallaremos en el “número”: el tres, síntesis espiritual, y el ocho, símbolo de la regeneración. Caoscopia contiene treinta y tres poemas, divididos en tres partes; tres repeticiones del leitmotiv. Cada una de ellas se ramifica en cuatro secciones que se abren con una de esas ‘gotas de conciencia’: “el ser / el no-ser/ voz del amor / en el lenguaje”. La primera parte del poemario consta de diecisiete poemas, ocho de ellos forman la tercera sección (“voz del amor”). Y ocho poemas integrarán cada una de las siguientes partes del libro. La estructura es, pues, otro espejo, el del ocho tumbado, el infinito.
Casi todos los poemas (excepto los incluidos en “voz del amor” del segundo ciclo) se componen de unos versos que constituyen la “carcasa”, reflejo rítmico de esa “arquitectura de huesos”, imagen que se repite a lo largo del libro. Esos versos forman la base, el núcleo para los versos-anotaciones que se extienden como ramas de un árbol o células que se multiplican, en una estructura mandálica que ya vimos en Siete-Los perros del cielo.
 El poema inicial, en el que confluyen la muerte y la vida –que siempre vence por la creación– se cierra con unos hermosos versos, como una declaración de intenciones: “Y para crear imagina lo no concebido. Luego asiéntate en lo probable,/ su boscosa danza de nubes cualesquiera”. Porque, al igual que en la teoría científica de Sheldrake, lo nuevo –la creación– sigue siendo un misterio. En el segundo poema hallaremos la imagen del “arco para la cuerda frotada del miedo”, y surgirá el lenguaje como fruto y creación: “he recolectado leyendas”.
El número indecible, el ocho, el infinito, aparece por primera vez en el poema “surgió el perro del trozo de la noche” que, como señala Yaiza, está inspirado en el poemario Materia oscura de Laura Giordani. Pero en este poema todo tiende hacia el caos. Será en la segunda sección cuando se muestre “el ocho tumbado” (“muros escritos hasta el ocho tumbado, con idénticos  versos triangulares”); y lo hace en el poema en el que surge la luz –“ayer vino la luz”– y en el que el texto se convierte en metáfora del mundo: “el texto del mundo/reza”, imagen reiterada en el poema que cierra el segundo ciclo:

El número indecible se teje en la escritura. El resto de los mundos danza en todas las palabras.

En las notas del poema “luego siguieron su camino y me desvanecí…”, el ocho tumbado es la mujer que habla en “la lengua de los aromas”:

(74) Demasiado pronto te diste la vuelta y soñaste con la mujer de origen,  
corazón, ella y todas confluyen

en este cuerpo el ocho tumbado

La imagen culminará en la sección final del libro, en el último goteo de conciencia “en el lenguaje”:

susurro infinito hasta el ocho tumbado

ropaje y honra para las herencias de la invención
           
Otra de las metáforas que vertebran el libro es la del “candado”. En el poema “antes del salto al orden” el candado del destino es “la voz del amor”. Y así comienza este otro poema:

y aquí el deseo me echó el candado
yugo y natural cuajo
por la reiteración

Del candado surgirá la vida: "allá donde pusimos el candado/ se alzó la vida”. Y es también el “candado folicular” donde se origina la reiteración:

(58) Lo que es allí es también aquí. Despega las hojas genitales (59) para escuchar esa lengua –candado folicular, dulce recorrido de reiteración, por geometría–. Del confín al cogollo es ahora, se dice. Cierra después las hojas y deja descansar lo oscuro

 En el poema “rótulo de piedras” hallaremos una clave esencial para la interpretación: “todo lo ocurrido sucede en el lenguaje”; la música es el candado:

(77) la música sirve para ver lo escondido
       y todo se resolvió en agua

Triunfará el orden por la voz del amor:(85) “y no fue cosa del tiempo, sino de la voz del amor, estuvo creyendo, entre las cuatro paredes”. En el último poema el lenguaje es ahora el lugar donde confluyen la vida y la muerte, “Renacimiento y Ciclo como en coro”; y el mundo se identifica con el texto donde todo ha sucedido y todo volverá a suceder.  
Caoscopia es un libro honrado y valiente; su autora se mantiene fiel a su mundo poético y a su compromiso estético con el lenguaje con una poesía que crea otra realidad a través de las imágenes y el ritmo. El poema de Emily Dickinson con el que se abre esta aproximación a Caoscopia acaba así:

(…)
El poeta descubre
imágenes, y es él quien nos permite
que tengamos, aun siendo paradoja,
la pobreza sin fin.

El inconsciente robo
de una parte no va a quitarle nada,
pues todas las riquezas que posee
nada son para el tiempo.

En palabras de Antonio Gamoneda “La poesía no te muestra cómo es la realidad, pero sí intensifica tu conciencia para hacerla más permeable a la realidad". La escritura "manifiesta siempre cosas desconocidas incluso para el poeta (...). Realidades inconscientes para el propio poeta se convierten de repente en conscientes al plasmarse en un papel y eso es una cualidad clave de la poesía". De este modo debemos adentrarnos en la poesía de Yaiza Martínez. 

Un poema de Caoscopia

en muchas direcciones, corazón, amo
– no me culpes por no llevarte a pastar por donde no pude:

veo la sombra aún respiro abajo lo presente sólo fue una opción
larvada (24) lo demás,

no lo conocí


(24) Todo está por fuera  pero se entiende en el cogollo orgánico, cuando la
vida cuece. Las formas siempre devienen en la era del frío.

Entretanto, en los bordes se deposita todo lo posible, y por el deseo cristaliza lo
no más verdadero estable (25).

(26) Pirita, estambre, espuma… hasta el ocho tumbado – el resto de las
cosas, sombra inexistente, hace de
igual manera este camino. Atiende: abre las venas de los mundos (26)


(26) Puebla los pantanos de tifáceas transparentes


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