domingo, 29 de enero de 2012

"Libertad" y el canto cerúleo de la BlackBerry


Ser buena persona. Este es el anhelo de Patty, la protagonista femenina de Libertad de Jonathan Franzen. Pero Patty, que aparece descrita en la novela como "una alegre portadora de polen sociocultural, una abeja afable", posee un carácter competitivo y esto, unido a su tendencia a cometer errores, la alejará de ese ideal de persona encarnado por Walter, su marido.
Libertad se editó en España precedida por un enorme éxito en Estados Unidos. Aplaudida por la crítica y el público norteamericanos, con unas cifras de ventas apabullantes, Libertad es “la gran novela americana del siglo XXI” y Jonathan Franzen “el mejor escritor norteamericano vivo”, así como un “revolucionario de la novela”. Según algunos críticos Libertad es “una fiesta narrativa” y un análisis del momento en que vivimos; es decir, del espíritu de nuestro tiempo. La novela nos muestra cómo somos y responde a la pregunta “cómo vivir”.
Franzen explica en una entrevista por qué eligió el título de Libertad"Una de las razones del título es mi intento por recuperar una bella palabra de manos de los estúpidos y volverla a poner en manos de quienes pueden apreciar su complejidad y su belleza". Es decir, en manos de esa amplia minoría de lectores a la que va dirigida la novela: los insatisfechos, los que sienten vergüenza por la situación, los que leen. Entre ellos se encuentra el presidente Obama que mostró su imperioso deseo de leer esta novela por la que desfilan, como telón de fondo, los mandatos de varios presidentes, incluido el suyo. Es, por lo demás, la novela escrita después del 11 S, cuando se rompe el equilibrio, cuando, en nombre de la libertad, EEUU va a dejar sentir otra vez su presencia en el mundo.
En cuanto al estilo y la técnica narrativa, Franzen ha declarado: "Si tuviera que mencionar a un escritor que realmente me haya abierto los ojos, sería Kafka". Pero Franzen no aspira a ser “el loco de la buhardilla, el hombre encerrado que escribe cosas ilegibles” sino a escribir para todos, que cualquiera pueda leer la novela sin perderse en cuestiones experimentales. Es una vuelta al placer de narrar y de leer, como sucedía con la novela total del siglo XIX. Franzen incluye numerosas referencias a Guerra y paz, algo de lo que, según confiesa, se siente arrepentido, pues ha generado bastante polémica en ciertos sectores de la crítica. Por recomendación de su marido, un gran lector, Patty lee Guerra y paz. Es el momento en el que la protagonista se debate entre ser buena o mala persona, y por ello se sentirá identificada con Natasha que, buscando su felicidad, caerá en un error que puede destrozar su vida. La personalidad de Walter comparte algunos rasgos con la del bueno de Pierre; mientras que Richard, el otro vértice del triángulo, sería un príncipe Andrei (con unas pequeñas dosis de Anatole) menos atormentado, más roquero, pero igual de guaperas, hasta el punto de que, en la autobiografía de Patty, cuando nos narra un momento de abandono (metafórico, por si queda alguna duda) leemos: 

“Él  la miró y sonrió, y la sala se llenó (metafóricamente) de sol. Era, en opinión de Patty, un hombre muy bello.”

Comencé a leer la gran saga americana casi segura de que no me defraudaría. Casi. La novela promete, empieza bien, con un juego de perspectivas en el que los protagonistas son descritos a través de los vecinos que nos desvelarán algunas tramas de la historia. Walter y Patty Berglund viven en Saint Paul, en una vieja casa victoriana de un barrio céntrico y degradado que se irá transformando con los años. Su relación con los vecinos es amigable en apariencia, aunque, cuando abandonen la ciudad para instalarse en Washington, comprenderán que en verdad no habían llegado a ser amigos de nadie y que habían pasado por allí sin pena ni gloria. En el primer capítulo se respira una atmósfera similar a Mujeres desesperadas y su Wisteria Lein; los personajes recuerdan algunos rasgos de las protagonistas de la serie. Hay humor y un retrato despiadado de ciertas relaciones vecinales. Según algunas reseñas, los personajes de Libertad aparecen como una caricatura, no han adquirido la profundidad y consistencia que veremos más adelante.
       “Se cometieron errores” es el título del segundo capítulo, las memorias de Patty, escritas a instancias de su psicoterapeuta. La tercera persona propicia el distanciamiento y  la ironía a la hora de contar su vida, sus errores, sus fracasos, su caída en la bebida, su desesperación al comprobar que las cosas no salen como uno quiere, como en el caso de la relación con su hijo. Franzen ha hablado en alguna entrevista de esa relación, casi erótica entre madre e hijo, haciendo referencia a Hijos y amantes de D.H. Lawrence.
Patty, Walter y Richard se conocieron en la universidad a finales de los 70. Richard era entonces un músico punk. Walter había abandonado cualquier inclinación artística pues su sentido de la responsabilidad le llevaba a ayudar a su familia y después a fundar él mismo una familia con Patty, a la que adoraba. La misión de Walter será elevar la autoestima de Patty; por ello, en el instante que se encuentra al borde de la infidelidad, se sumirá en estos pensamientos:

Por mucho que acabara amando a Lalitha, y por inviable que fuera ahora su vida con Patty, amaba a Patty de una manera totalmente distinta, de una manera más amplia y abstracta, y no obstante esencial, que tenía que ver con toda una vida de responsabilidad; con ser buena persona.
(…) Dentro de Patty existía un vacío, y a él le había tocado en suerte hacer todo lo posible por llenarlo de amor.

Después de la autobiografía de Patty, la novela irá dando un giro y la vida de los personajes trascurrirá paralela a la cuestión de fondo: la política, la ecología, la imagen de los EEUU en el mundo, la corrupción. Largas conversaciones donde se debatirán temas trascendentes, viajes de un lado a otro del país o por varios continentes se sucederán de la misma manera que en una serie cuyos primeros capítulos prometen y entusiasman. Pero cuando el guión se alarga demasiado corre el peligro de que la historia se resienta o el estilo se descuide. Sin embargo seguimos leyendo porque ya que hemos alcanzado la página 400 queremos llegar al final, enterarnos de que lo que les sucede a esos personajes paradigmáticos. Y el guión se resuelve bien, para no defraudar. Como es habitual en una serie televisiva, se eliminará algún personaje que sobra y reinará la bondad y la esperanza en un mundo en el que, a pesar de todo, seguirá habiendo buenas personas. Incluso los personajes que se sirven de contrapunto a Walter –Joey, su hijo, y Richard, el amigo roquero de la familia, ambos “dotados de una seguridad en sí mismos”–, acabarán mostrando su rostro más sensible y humano.
Joey, el hijo republicano de la demócrata familia Berglund, actuará de contrapunto político. En la casa de la rica familia judía de un compañero, sostendrá una cínica conversación sobre la conveniencia de una guerra contra Irak. Al comentario de Joey: “¿La libertad no es eso? ¿El derecho a pensar lo que uno quiere? Y sí, lo admito, a veces es un coñazo”, le responderá el padre de su amigo:

–En eso tienes toda la razón (...) La libertad es un coñazo. Y por eso precisamente es tan importante que aprovechemos la oportunidad que se nos ha presentado este otoño. Conseguir, por cualquier medio a nuestro alcance, que una nación de personas libres se desprenda de su lógica defectuosa y se adhiera a una lógica mejor.

La lógica mejor era la guerra de Irak, que enriquecería a intermediarios y empresas sin escrúpulos con los que terminará mezclándose Joey “con su sonrisita republicana. Su sonrisita de Wall Street. Como si tolerase al paleto y estúpido de su padre, con sus principios chapados a la antigua”. En una ocasión Walter declarará “a gritos que Joey le daba 'asco', que le 'repugnaba físicamente' haber criado a un hijo tan egoísta e irreflexivo”. Walter está convencido de que las altas sumas de dinero que comienza a ganar Joey sólo pueden venir de la corrupción y así se lo dice a su hijo. Ante los reproches de su padre Joey experimentará "un dolor que percibía como algo estructural, como si su padre y él hubiesen elegido sus respectivas ideologías políticas din otro fin que odiarse mutuamente". Joey seguirá enriqueciéndose, pero acabará derrotado por la bondad de su padre, al que calificará de “hombre de sólidos principios”.
Richard Katz será el otro digno contrapunto de Walter. Richard es el amigo artista, el cantante y compositor de culto; un espíritu libre, con una intensa vida sexual. Franzen crea para él el término “kaztiano”; y sus digresiones a lo Bukowski, y sus exquisitos gustos como lector –en varias ocasiones aparece en la novela leyendo a Thomas Bernhard– lo convierten en paradigma de una cultura refinada y alternativa. Más de una vez se sumirá en reflexiones metafísicas como “Al menos una parte de él, su polla, se alegró de la ratificación de sus facultades adivinatorias” o “¿Había sido en realidad la muerte el mensaje que quería transmitirle su polla al mandarlo a Washington?”. Sin embargo “el microcosmos voraz y caliente del coño de Patty” alejará a Richard de ese refugio que había sido para él el hogar de los Berglund.
Otra de las memorables pasajes referidos al sexo nos lo proporcionará el republicano Joey, que en uno de sus apareamientos, sentirá cómo unas “tetas satisfactoriamente abundantes se apretaban contra su pecho”. Por otra parte, Patty, violada en su juventud y tratada con amorosa sensibilidad por su marido, reconocerá que sólo la vez que Walter se abandona a los instintos más primarios y viriles, como Richard, ella se siente en verdad plenamente complacida.
En su trabajo como director ejecutivo de la Fundación Monte Cerúleo, defensora de la reinita cerúlea –una intrincada historia que pasa por millonarios, empresas corruptas, explotación de minas de carbón a cielo abierto en territorios que después se recuperarán como bosques en los que anidará la reinita en peligro de extinción, etc.– Walter llegará a la conclusión de que el exceso de gente en nuestro planeta es la causa del declive de todas las especies. Esa había sido su obsesión desde muy joven: concienciar a la gente, al país, al mundo, de este problema. Para ello encontrará el apoyo de Lalitha, su ayudante, que le animará a recurrir al tirón mediático del ya famoso Richard Katz. En una reunión Lalitha le expone al cantante su objetivo: “Queremos conseguir con la demografía lo mismo que Gore con el cambio climático”. Cuando Katz habla de derrocar el sistema entero, Walter le responde:

En este país no puede derrocarse el sistema (…) por una razón de libertad. La razón por la que en Europa el libre mercado se ve atenuado por el socialismo es que allí no están tan obsesionados con la libertad individual. Tienen asimismo un índice de crecimiento inferior, pese a que los niveles de renta son comparables. En general, los europeos son más racionales. Y el debate sobre los derechos de este país no es racional. Se desarrolla en el plano de las emociones y los resentimientos de clase, y por eso la derecha sabe explotarlo tan bien.

La novela, que se desarrolla a lo largo de cuatro décadas refleja también la incorporación de las nuevas tecnologías a nuestras vidas. Walter utiliza ahora una BlackBerry, cuyo canto será el de la reinita cerúlea. Tecnología y naturaleza aparecerán, pues, irónicamente enlazadas:

Los labios de Lalitha estaban allí mismo, su boca estaba allí mismo, y a Walter le palpitaba el corazón de tal modo que tenía la sensación de que iba a rompérsele la caja torácica. ¡Bésala, Bésala! ¡Bésala!, le decía.
Y de pronto le sonó la BlackBerry. El tono era el canto de la reinita cerúlea.

Más adelante la BlackBerry de Walter entonará “su canto cerúleo, haciendo oficial su retorno a la civilización”. En otras ocasiones nos toparemos con algún ejemplo de cursilería más clásica del tipo “Pequeñas perlas de llanto se adherían a sus pestañas”.
     En un momento de la historia Walter se convertirá en un héroe valiente, capaz de enfrentarse, de actuar, como el personaje de una película que Patty y él vieron cuando iniciaban su relación. Patty se refiere al protagonista de El ogro de Atenas como alguien que “nunca ha tenido una vida auténtica porque ha sido siempre muy responsable y tímido, y no tenía ni idea de lo que en realidad es capaz de hacer. Nunca ha llegado a estar de verdad vivo hasta que lo confunden con el ogro”. Y Walter se irá transformando en el ogro de Washington que, en el momento menos oportuno, acabará exponiendo sus ideas ante un auditorio hostil (blancos pobres republicanos y grandes potentados y especuladores). Por si albergáramos alguna duda de que Walter grita enfurecido, Franzen utilizará las mayúsculas en el discurso que acabará con la frase "SOMOS EL CANCER DEL PLANETA".
En definitiva, la novela se lee bien y gusta. Como en las buenas series de televisión Franzen ha creado un abanico de personajes para que los posibles espectadores-lectores   lleguen a sentirse identificados, y una trama que puede ir alargándose según los índices de audiencia. A pesar de las referencias a Tolstoi, Libertad no debe compararse con Guerra y paz más allá de la historia del triángulo amoroso, pues existe un abismo literario entre la profundidad y el estilo de las digresiones sobre la guerra en Tolstoi, y el estilo plano de las digresiones -serias o irónicas- sobre ecología y política en Franzen. Es una novela que gustará mucho a los lectores que busquen este tipo de narrativa, e irritará a otros que esperen encontrar un best-seller sin pretensiones. Por su parte la lectora que esto suscribe concluye: Me ha resultado curiosa, me he divertido con algunos pasajes y he llegado a compadecerme de la pobre Patty; sin embargo, la novela no me ha respondido a la pregunta “cómo vivir” y más de una vez he tenido la sensación de haber entrado en una fiesta literaria que no era la mía. 

Publicado en Tendencias21

Entrevistas y reportajes a las que se hace referencia:

EL PAÍS SEMANAL: "La libertad según Jonathan Franzen"  
EL MUNDO, EL CULTURAL.ES:"Jonathan Franzen"
LA VANGUARDIA: "Jonathan Franzen: "La derecha se ha apropiado de la palabra 'Libertad'"



lunes, 9 de enero de 2012

Cazando al cazador Gracchus

 Demasiado tarde. La dulzura de las penas y del amor. Que ella me sonriese a mí en la barca. Eso era lo más bello de todo. El deseo constante de morir, y el de seguir resistiendo, solo eso es amor.
                                             Kafka, Diarios, 22 de octubre de 1913

Imagen de Bodleian  Libraries: Postal que Kafka envía a su hermana Ottla en septiembre de 1913

El 21 de agosto de 1913, como un esbozo de carta para el padre de Felice, Frank Kafka escribía en su diario: “Dado que yo no soy nada más que literatura y no puedo ni quiero ser nada más que eso, mi empleo no podrá atraerme nunca, aunque sí pueda destrozarme completamente. (…) Todo lo que no es literatura me aburre y lo odio, pues me molesta o me estorba, aunque solo sea en mi imaginación. (…) Un matrimonio no podría cambiarme, de igual forma que mi empleo no puede cambiarme”. Kafka atravesaba la primera gran crisis en su relación con Felice Bauer y lo que ella representaba: atender a las obligaciones familiares y llevar una vida normal, algo incompatible con una dedicación plena a la literatura.            

Kafka, su vida y su obra han acabado convirtiéndose en materia literaria, “la materia kafkiana” en la que el noviazgo con Felice constituye un ciclo cuyos giros argumentales sólo engendran más desdichas, pues el desenlace de la historia resulta irremediable. Ricardo Piglia en el capítulo “Un relato sobre Kafka” de El último lector analiza cómo, con su abrumadora correspondencia, “Kafka convierte a Felice Bauer en la lectora en sentido puro. La lectora atada a los textos, que cambia de vida a partir de lo que lee (…). Felice es casi una desconocida, un personaje en muchos sentidos inventado por las cartas mismas”.
Gerti Wasner

El  22 de septiembre de 1913, Kafka llegó a Riva, a orillas del lago Garda, para someterse a un tratamiento en el sanatorio del doctor Von Hartunge. Permaneció allí hasta el 13 de octubre. En esa época interrumpe por un tiempo su correspondencia con Felice.  El 15 de octubre leemos en su diario: “Mi estancia en Riva tuvo una gran importancia para mí. Fue la primera vez que entendí a una muchacha cristiana”.  La muchacha era Gerti Wasner, a la que Kafka se referirá como W. 

“La inimaginable tristeza de esta mañana”, así comienza la entrada del 20 de octubre. Kafka había estado leyendo la narración que conocemos como La metamorfosis y había dictado sentencia: “la encuentro mala”. A continuación escribió:  

Me gustaría poder escribir cuentos de hadas que pudieran gustarle a W y que ella tuviese escondidos alguna vez debajo de su mesa durante las comidas, que los leyera entre plato y plato y se ruborizase terriblemente al advertir que el médico del sanatorio lleva ya un rato de pie detrás de ella, observándola. A veces, en realidad siempre, su excitación mientras oye contar (noto ahora que tengo miedo del esfuerzo físico que realizo cuando recuerdo, del dolor por debajo del cual el suelo de la estancia vacía de pensamientos se va abriendo con lentitud, o simplemente va abombándose un poco). Todo se resiste a ser puesto por escrito. Si yo supiese que en eso interviene su mandato de no decir nada acerca de ella (lo he cumplido rigurosamente, casi sin esfuerzo) me sentiría satisfecho, pero no es sino incapacidad.

Postal que Kafka dirige a su hermana desde Riva
El 21 de octubre Kafka sólo escribirá una breve entrada para dejar constancia del transcurrir diario mientras pensaba “continuamente en el escarabajo negro”. Luego describirá una escena de los preparativos en una barca. Pero en ella no viaja aún el cazador Gracchus. 

En una carta a Felice, con fecha de 29 de diciembre de 1913, Kafka escribe:

Creo que mi deber es ser completamente sincero en estos momentos y hacerte saber algo que a nadie había dicho hasta la fecha. En el sanatorio me enamoré de una joven, una niña, tendrá dieciocho años, suiza pero residente en Italia, cerca de Génova, por tanto lo más racialmente ajena a mí que pueda imaginarse, totalmente sin hacer, pero muy singular, muy valiosa a pesar de su constitución enfermiza, una chica lo que se dice profunda. (...) Tanto para ella como para mí estaba claro que no habíamos nacido el uno para el otro, y que después de transcurridos los diez días de que aún disponíamos todo habría tocado a su fin, y que ni una sola carta, ni siquiera una cuartilla habría de ser escrita. A pesar de todo era mucho lo que ella me importaba a mí y yo a ella, tuve que arreglármela como pude para que en la reunión de despedida no estallara en sollozos delante de los demás, y mi estado de ánimo no era mucho mejor que el suyo. Con mi marcha todo se acabó.

Más de un año después, el 24 de enero de 1915, durante un encuentro con Felice en Bodenbach, Kafka anotará en su diario: “Excepto en las cartas, nunca he tenido con Felice esa dulzura de la relación con una mujer amada que tuve en Zuckmantel y en Riva, sólo admiración, sumisión, compasión, desesperación y desprecio por mí mismo ilimitados”. 

En un relato de Vértigo“Viaje del Dr. K. a un sanatorio de Riva”–, Sebald narra lo que pudo suceder en esos días de 1913, que encierran el germen de la enigmática narración “El cazador Gracchus”:

En el transcurso de los años venideros, largas sombras se cernieron sobre los días de otoño en Riva, hermosos a la par de terribles, solía decir el Dr. K., y de las sombras, con lentitud, fueron emergiendo los contornos de una barca con mástiles incomprensiblemente elevados y sombrías velas plegadas.

Kafka no llegó a acabar “El cazador Gracchus”, ni siquiera le dio un título. Fue Max Brod el que conformó el núcleo esencial de esta historia escrita entre enero y abril de 1917. Los esbozos, en el orden en el que aparecen en los cuadernos de Kafka, se encuentran recogidos en el tercer volumen de sus obras completas y en una entrada de los Diarios, el 6 de abril de 1917. Como la mayor parte de la obra de Kafka, “El cazador Gracchus” posee un carácter fragmentario e inacabado. Buscamos las piezas hasta componer un relato y lo hacemos con un ligero temblor reverencial, como quien camina por el borde de un abismo. Al cazador Gracchus hay que cazarlo entre otros escritos. Así, el esbozo que aparece en el llamado “cuaderno D”, está precedido por dos textos sobre corridas de toros en España: “Adelante héroes de la plaza, / que empiece la corrida”.

En “El cazador Gracchus” confluyen mitos y leyendas que van desde el judío errante hasta la barca de Caronte. Las escaleras que conducen hacia el más allá evocan las escaleras del sueño de Jacob en La Biblia. En el Diccionario de símbolos, Juan Eduardo Cirlot señala: “La carrera o la caza enloquecen el corazón del hombre, había dictaminado Lao-Tsé significando así que el enemigo es interior: el propio deseo”. En muchas mitologías, tradiciones y leyendas aparece la figura del cazador maldito, que ha trasgredido alguna norma y ha de expiar eternamente su culpa. Por otra parte la caza del gamo está cargada de una fuerte simbología sexual.

Emblema del negocio del padre de Kafka
Kafka llamó “Gracchus” al cazador, un nombre casi homófono al de “gracchio”, “grajo” en italiano, cuyo equivalente en checo es “kavka”. El dibujo de un grajo fue el emblema que el padre de Kafka eligió para su negocio de complementos de moda. Según leemos en una de las notas de las obras completas, Kafka confesó más de una vez que le agradaba la similitud de su apellido con el nombre de este animal huraño.

La narración que Max Brod tituló “El cazador Gracchus” se inicia con una escena cinematográfica en la que desfilan personajes secundarios que realizan acciones cotidianas: los niños que juegan a los dados, la muchacha que llena el cubo de agua, los hombres que beben vino en la taberna... Todo parece normal hasta que la atención de la mirada de desvía hacia una barca que entra “en el pequeño puerto flotando en silencio, como si la llevaran en brazos por el agua”. Entonces se precipitará la representación. Nuevos personajes actuarán con rapidez. Con sus papeles mecánicamente aprendidos, saben el lugar hacia donde deben dirigirse y el puesto que cada uno debe ocupar. Dos porteadores llevan hasta una casa unas angarillas cubiertas con una tela de flores deshilachada. En una habitación colocan y encienden “unos largos cirios a la cabeza de las angarillas” que solo consiguen “ahuyentar las sombras que hasta entonces estaban en reposo y hacerlas danzar por las paredes”. La escena se ha transformado en un velatorio en el que se presenta, de solemne luto, Salvatore, el anciano alcalde de Riva, que advertido por una paloma va a dar la bienvenida al visitante. Tras retirar la tela descubrimos al cazador Gracchus con el pelo y la barba enmarañados, pero “nada, excepto su entorno hacía pensar que estaba muerto”. Gracchus y Salvatore entablan un diálogo trivial en apariencia, si no fuera porque la materia de la conversación es aclarar la situación de Gracchus: << “Pero usted también está vivo, ¿no?”, dijo el alcalde. “En cierto modo”, dijo el cazador”>>. No está muerto ni vivo. “El error fundamental de mi muerte me mira burlón desde todas las paredes de mi camarote”, declarará Gracchus.

En El mal de Montano Vila Matas se refiere a “El cazador Gracchus” como el mejor cuento de Kafka:  

(…) Ese relato en que escribió una frase tan perfecta que tuvo que detener la narración en ella, no es que no encontrara el final para el cuento sino que el final se hallaba en esa frase perfecta, terrible y gélida. El alcalde de Riva le pregunta al salvaje cazador Gracchus si piensa quedarse con ellos en el pueblo. El cazador acaba de llegar en su barco, y por pura cortesía pone su mano en la rodilla del alcalde y le dice: “No pienso, estoy aquí, no sé más: no puedo hacer otra cosa. Mi barca carece de timón, viaja con el viento que sopla en las regiones inferiores de la muerte”.

Pero Kafka no dio por terminado el relato. Hay varios apuntes más. En el primero de ellos es Gracchus el que escribe: “Nadie leerá lo que estoy escribiendo; nadie vendrá a ayudarme”. No existe posibilidad de redención: “La idea de querer ayudarme es una enfermedad y debe curarse guardando cama”. Gracchus describe el camarote de la barca en la que viaja eternamente desde hace más de mil quinientos años y vuelve a relatar lo que había sucedido en la Selva Negra, donde vivió y murió feliz, enfundándose “la mortaja como una muchacha su vestido de boda”.  El comienzo del siguiente esbozo habrá que buscarlo en los Diarios donde se describe la barca que llega al puerto con las mástiles “incomprensiblemente altos”. Aparece un personaje del que, en la continuación del fragmento, en otro cuaderno, sabremos que está en el puerto “por asuntos de negocios”. Este personaje desconocido le dirá a Gracchus: “el mundo sigue su camino y tú haces tu viaje, pero hasta ahora nunca he visto que os cruzaseis”. A lo que este le responderá: “Únicamente te digo: soy…”. El esbozo acaba en una coma:

Habría tenido una larga vida de cazador, pero el gamo llamó mi atención, me despeñé y me estrellé contra las rocas. (…) Entonces me cargaron en la barca de la muerte (…) todo estaba como es debido, yo yacía estirado en mi embarcación,

No sé descubrirá cuál ha sido el origen de la desgracia de Gracchus, cuál ha sido la culpa que lo ha convertido en un muerto en vida, condenado a viajar errante por todos los puertos y las edades. Gracchus insiste en que no tuvo nada que ver en su destino, la culpa no fue suya, sino del timonel que equivocó la ruta. Sebald en “El viaje del Dr. K. a un sanatorio de Riva” concluye:

 Pero como es el Dr. K. quien se ha inventado la historia, me temo que el sentido de los incesantes viajes de Gracchus, el cazador, reside en la expiación de un anhelo de amor que siempre apresa al Dr. K., como escribe en una de sus numerosas cartas de murciélago a Felice, justo allí donde, en apariencia y lícitamente, no se puede disfrutar.

Kafka se debatió siempre entre el anhelo de llevar una vida acorde con lo establecido –el amor, la tranquila felicidad del matrimonio que lo convertiría en un hombre independiente– y la imposibilidad de aunar esto con un destino al que se veía abocado: la necesidad de escribir por encima de todo, la literatura como lo único que daba sentido a su existencia. Pero la literatura representaba para él quedar al margen, estar al otro lado de la vida. No en vano, Kafka había alertado más de una vez a Felice: “Para poder escribir, tengo necesidad de aislamiento, pero no como un ermitaño, algo que no sería suficiente, sino como un muerto”.

lunes, 2 de enero de 2012

La Nochebuena se va

Fotografía de Inmaculada Gutiérrez López. Su precioso regalo de Año Nuevo

Nunca me gustó la Navidad y todo lo que rodeaba ese ambiente festivo de pandereta, zambomba y canción de Coca-Cola alrededor del árbol de la paz, cuyas luces se encendían al compás de la música. Por no hablar del "vuelve a casa, vuelve" de un anuncio de turrón. A mi abuela se le saltaban las lágrimas con aquello, demasiado triste en un pueblo de emigrantes esparcidos por las grandes ciudades industriales de Europa y España. No me gustaba la Navidad porque había que ser feliz a toda costa y a mí no me consolaba ni el villancico más escatológico cantado a voz en grito, después de mi primera copita de Marie Brizard o Licor 43.

Con el tiempo llegué a odiar estas fiestas "sin saberlo", como decía Juan Ramón. Nunca me comí las doce uvas al ritmo de las doce campanadas. Mi temor a atragantarme era superior a una superstición tan tonta como otra cualquiera. Aun así soportaba estoicamente la explosión de euforia, cuando en realidad no había pasado nada en el intervalo de una campanada a otra; recogía (sin abrirla) mi bolsa de cotillón de la fiesta de turno y terminaba bailando la Conga, Paquito el Chocolatero y Feliz Navidad, de Boney M.

Sí, odio la Navidad, porque en ninguna otra fiesta es más evidente el inexorable paso del tiempo, y toda la esencia de la condición humana queda resumida en este villancico popular que cantaba mi madre: "La Nochebuena se viene/ la Nochebuena se va / y nosotros nos iremos / y no volveremos más". Demasiado aprendizaje en pocos versos. 

Pero entre todos los fastidios que acarrea la Navidad, hay uno que supera a todos: soportar a alguien que odia la Navidad. Porque la Nochebuena, o el solsticio de invierno, se lleva pero también trae. La vida se renueva y con ella nuestra capacidad de asombro, nuestra capacidad para mirar y ver más allá de la parafernalia y las luces artificiales del consumismo feroz. Y porque siempre queda un rincón en el que poder refugiarnos. Y porque amamos. Y porque seguimos vivos.