martes, 28 de febrero de 2012

"Al faro", la eterna pregunta

Juan Luque, La luz del puerto
“Y como todo lo demás en aquella extraña mañana, las palabras se transformaron en símbolos, que se grabaron por todas las superficies de las paredes de color gris verdoso. Si pudiera unirlas, pensó (Lily), incorporarlas a una frase, descubriría la verdad de las cosas.”
 Virginia Woolf, Al faro


El argumento de Al faro de Virginia Woolf podría resumirse en muy pocas líneas. Los Ramsay, cultos e inteligentes, acompañados de algunos amigos, pasan el verano en una casa junto al mar. Los hechos narrados en la primera parte de la novela transcurren entre las horas del almuerzo y el final de la cena. Después se produce un salto temporal atravesado por la muerte y la historia. Algunos personajes regresan al mismo escenario; uno de ellos, Lily Briscoe, pintará de nuevo un cuadro en el que “seguirá ahondando su camino (…) en dirección al pasado”.
Un leve conflicto familiar, relacionado con una excursión al faro, en una isla cercana, tejerá, con los sutiles hilos de las emociones cotidianas, la tela de araña del tiempo y el espacio donde se desenvuelven los personajes, vivos o muertos, como detenidos en una pintura. El conflicto dejará al descubierto dos formas distintas de sentir. Por una parte, la del señor Ramsay, un afamado filósofo y, por otra, la de la hermosa señora Ramsay, cuya sensible inteligencia la lleva a anteponer la vida y la armonía a todo lo demás, incluso olvidándose de ella misma. El señor Ramsay se indigna con su esposa quien, para no defraudar las ilusiones del más pequeño de sus ocho hijos, asegura que es posible ir al faro:

La extraordinaria irracionalidad de aquella observación, la insensatez de la mente femenina le enfureció. Había cabalgado por el valle de la muerte, había sido destrozado y había temblado; y ahora su esposa prescindía por completo de los hechos, hacía que sus hijos concibieran esperanzas totalmente injustificadas, decía mentiras, pura y simplemente. Golpeó con el pie el escalón de piedra. “¡Condenada mujer!”, dijo. Pero ¿qué había dicho ella? Simplemente que quizá mañana hiciera bueno. Y quizá lo hiciera.

       La actitud de su marido provocará la reacción acostumbrada en la señora Ramsay:

Buscar la verdad con aquella sorprendente falta de consideración por los sentimientos de otras personas, desgarrar los delicados velos de la civilización de manera tan caprichosa y brutal le pareció a la señora Ramsay un ultraje tan horrible al decoro más elemental que, sin replicar, aturdida y cegada, inclinó la cabeza como para permitir que la violencia del granizo la golpeara y el chaparrón de agua sucia la salpicara sin que saliera de sus labios el menor reproche. No había nada que decir.

El señor Ramsay, trasunto del padre de Virginia Wolf, aparece como un personaje consciente de que, a pesar de su espléndida inteligencia, su obra filosófica no perdurará:

Porque si el pensamiento es como el teclado de un piano, dividido en un determinado número de notas, o está ordenado como el alfabeto  en veintiocho letras consecutivas, la inteligencia del señor Ramsay no encontraba dificultad alguna para recorrer aquellas letras, una a una, con firmeza y precisión, hasta alcanzar, por ejemplo, la letra Q.

Pero qué sucedería después de la letra Q; al señor Ramsay ni siquiera le sirve de consuelo el argumento de que “la piedra misma a la que se da una patada durará más que Shakespeare”. Cada vez que se sumerge en estas crisis acude a su mujer “pidiendo afecto”. Así irrumpirá de nuevo en la intimidad creada entre la señora Ramsay y James, el hijo pequeño quien, simbólicamente, siempre deseará tener a mano un atizador o un cuchillo para atacar a un padre cuya tiranía rompe el equilibrio y la perfección. Entonce la señora Ramsay lanzará “al aire”

(…) una lluvia vertical de energía, una columna de espuma, creando, simultáneamente, una impresión de animación y vivencia, como si todas sus energías se estuvieran transformando en fuerza capaz de quemarse e iluminar (aunque seguía sentada tranquilamente, recogiendo una vez más su media), por lo que  sobre aquella deliciosa fecundidad, sobre aquella fuente y manantial de vida, se abalanzó la fatal esterilidad del macho, como un espolón de bronce, desnudo y yermo. Quería compasión. Era un fracasado, dijo.
(…) Quería compasión, tener, en primer lugar la seguridad de su genio y, después, que se le introdujera en el círculo de la vida, que se le calentara y tranquilizara, que se le devolvieran los sentidos, recobrar la fecundidad y que todas las habitaciones de la casa se llenaran de vida.

La sabiduría de la señora Ramsay, por encima de las teclas del piano, y de las letras del alfabeto, quedará patente en la forma de reordenar las situaciones, los movimientos y los sentimientos de los personajes. Durante la cena observará y tomará decisiones:

No se había logrado la menor integración. Todos seguían aislados. Y el esfuerzo total para unirlos, para dar fluidez a la cena y crear un ambiente compartido dependía de ella. Advirtió una vez más, con carácter de simple comprobación desprovista de hostilidad, la ineficacia de los varones, porque si ella no lo hacía, nadie lo haría, de manera que, dándose un golpecito como se le da a un reloj que se ha parado, el viejo pulso familiar recobró su ritmo, como el reloj que echa a andar: un dos, tres, un dos, tres. Y así sucesivamente repitió, escuchando el pulso todavía débil y resguardándolo y animándolo como se puede proteger del viento con un periódico una llamita vacilante.

         Pero no satisfecha con una sola metáfora, Virginia Woolf va enlazando imágenes en cada escena recreada. Así, la señora Ramsay, apiadada de uno de los invitados al que siente aislado en la reunión:

 Inició toda aquella tarea como un marinero que ve, no sin cansancio, cómo, aunque el viento hincha las velas, apenas tiene deseos de volver a navegar y se le ocurre que, si el barco se hubiera hundido, se habría limitado a dar vueltas y más vueltas hasta encontrar reposo en el fondo del mar.

Edición de Al faro en Alianza Editorial.
        Traducción de José Luis López Muñoz
Dos son los rasgos esenciales del estilo de Virginia Woolf: la sintaxis y las imágenes; las frases se alargan con incisos que en ocasiones nos hacen que tengamos que dar la vuelta para retomar el hilo. Pero, una vez atravesado este escollo, nos iremos transformando en nadadores experimentados, nos familiarizamos con esa forma de narrar y pintar. Y entonces, conseguiremos disfrutar del placer de nadar, de atravesar los párrafos donde las metáforas y las imágenes van engarzándose y componiendo un largo poema. Porque no podemos acercarnos a las novelas de Woolf con la esperanza de refugiarnos en la comodidad de la acción. De ese modo, lo ocurrido con el paso de los años, apenas se nos muestra; y ese tiempo en el que los personajes desaparecen de la escena, se transformará en el caos que invade los espacios que en otra época fueron conocidos y transitados:   

Noche tras noche, en verano y en invierno, la agitación de las tempestades y la quietud del buen tiempo reinaron sin interferencia. Al detenerse a escuchar (si hubiera habido alguien para hacerlo) desde las habitaciones altas de la casa vacía, sólo se hubieran oído las sacudidas y los derrumbamientos de un caos gigantesco iluminado por los relámpagos, mientras vientos y olas se divertían como si fueran monstruos amorfos cuya mente no se deja atravesar por la luz de la razón, encaramándose unos encima de otros, atacando y zambulléndose en la oscuridad o con luz (porque la noche y el día, los meses y los años se confundían en una masa informe) en juegos sin sentido, hasta que se tenía la impresión de que el universo entero se peleaba consigo mismo en brutal confusión, en un estallido de apetitos incoherentes.

En la última parte de la novela, será la pintora Lily Briscoe la que se encargará de componer el cuadro final. El recuerdo de un momento único –una escena en la que la señora Ramsay acaba diciendo “aquí la vida permanece detenida”– sobrevive en Lily “como una obra de arte”. Al ser consciente de ello Lily-Virginia vuelve a plantearse la eterna pregunta:

¿Cuál era el significado de la vida? Eso era todo: una simple pregunta que tendía a hacerse más apremiante con el paso de los años. La gran revelación no se había producido. Quizás no se produjera nunca. Había, en cambio, iluminaciones, cerillas repentinamente encendidas en la oscuridad, pequeños milagros cotidianos.

El arte, la estética, la literatura constituyen el camino para sumergirnos en el tiempo: 

Lily retrocedió a fin de tener una perspectiva total del cuadro. Era un extraño sendero el que había que recorrer con la pintura. Se llegaba cada vez más lejos, siempre adelante, hasta que al final se tenía la impresión de estar en un estrecho tablón, completamente a solas, sobre el mar. Y al mismo tiempo que unía el pincel en la pintura azul, Lily se sumergió también en aquel momento del pasado.

Porque “nada permanece, todo cambia; aunque no las palabras ni tampoco la pintura”. Sin embargo nada se nos da gratuitamente; hace falta voluntad y empuje creativo pues, como pensaba Lily-Virginia “el aparato humano para pintar o para sentir era una máquina muy pobre, (…) una máquina muy ineficaz que siempre se estropeaba en el momento más crítico; había que obligarla heroicamente a proseguir su tarea”.
La creación y el arte se convertirán en esas cerillas encendidas en la oscuridad, en una posibilidad de revelación, o al menos en una forma de replantearnos el significado de nuestras vidas, por ello:

Mientras mojaba el pincel con aplicación, Lily pensaba en que era necesario estar a la altura de las experiencias ordinarias, sentir, sencillamente, que una silla es una silla, que una mesa es una mesa y que, al mismo tiempo, son un milagro.

sábado, 25 de febrero de 2012

Maletas

Fotografía de Inmaculada Gutiérrez López

Hago las maletas día tras día
y cuando creo tenerlo todo listo,
las piezas han cambiado de lugar:
he metido unos guantes
que no necesitaba,
o he guardado unas botas
tan grandes que no cabe nada más.
Rehago el equipaje y empleo
mucho tiempo en ello,
no es tarea fácil.
Debería tirar algunas cosas
antes de que estallara,
hay demasiado allí dentro.
Pero cuánto nos cuesta desprendernos
del peso que llevamos:
el pensamiento, la maleta
que no acaba de hacerse.

sábado, 11 de febrero de 2012

“Los descendientes” o el arte de contar historias

   Los niños que vivíamos en la España rural de principios de los años 70 nos acercábamos al cine a través de dos caminos: uno, la sesión infantil de los domingos por la tarde en el cine del pueblo; y otro, las películas que dos o tres veces por semana se emitían en la única cadena de televisión, la primera de Televisión Española, porque la segunda, a la que llamábamos UHF, era un lujo reservado a las grandes ciudades.
Los comentarios de Alfonso Sánchez, un señor con extraña voz nasal y un perenne cigarrillo, precedían a la emisión de las películas de la tele; pero entonces, para nosotros, sus interesantes análisis cinematográficos eran sólo el peaje que debíamos pagar antes de adentrarnos en una historia. Las películas solían agruparse en ciclos que giraban en torno a un actor o a un director. Por la pantalla en blanco y negro del televisor desfilaron filmes de los años 30, 40 y 50, desde Greta Garbo o Fred Astaire hasta Gene Kelly o Audrey Hepburn. Los más grandes actores de esas décadas, las más emblemáticas películas y los más grandes directores fueron sucediéndose cada semana: George Cukor, Billy Wilder, Jhon Ford, Orson Welles, Alfred Hitchcock...
Frente a los coloridos dibujos animados de Walt Disney en el cine del domingo, aquellas películas en blanco y negro nos iban descubriendo otra forma de narrar. Con diez o doce años no hubiera podido analizar los diálogos y las escenas, pero aunque sólo me interesaba la historia intuía que había algo más detrás de ella. Y entonces, en aquel pueblo frío del tardofranquismo, acurrucada junto a la mesa camilla, descubrí ese precioso regalo. A pesar de los rombos que anunciaban algún contenido no apto para la infancia, mi familia acabó por rendirse y aceptar que no me iría a la cama hasta que no acabase mi película. Además se vivía con la seguridad de que, al igual que en La Cenicienta, a las 12 en punto sonaría el himno de España envuelto entre imágenes de escudos, banderas y Franco, que seguía vigilante para que nada pasara en este díscolo país donde todos vivíamos en paz gracias a que este abuelo protector satisfacía nuestra  necesidad imperiosa de mano dura.
Y de esa forma, sin darnos cuenta, fuimos adquiriendo una pequeña cultura cinematográfica. Las casposas películas españolas de esos años quedaban relegadas a los cines de verano, donde comíamos pipas contemplando el buen trabajo de tanto actor desperdiciado que perseguía con la mirada fija las piernas de alguna actriz con minifalda. Pero nada de esto tenía que ver con aquel mundo en blanco y negro, en el que comencé a amar lo que después supe que era un arte.
Quizás por eso todavía busco en una película ese arte de contar una historia. Los seres humanos nacemos, crecemos, nos enamoramos, procreamos y morimos.  Mezclando amor y muerte, ingredientes esenciales, pueden elaborarse desde el telefilme más rutinario hasta la película más hermosa. De este modo la materia narrativa de Los descendientes, la película de Alexander Payne, hubiera dado para un telefilme lacrimógeno de sobremesa. No hay nada nuevo en esta historia y su final, esperanzador en la tristeza, es casi el que buscamos en un cuento de hadas. Pero Los descendientes, a pesar de los giros previsibles, no es un telefilme. Un excelente guión al servicio de una trama cotidiana pone al descubierto los claroscuros de una situación límite: esperar y aceptar la muerte de un ser querido. Contemplamos un cuerpo que se acerca al final, el deterioro diario mientras nuestra vida sigue, mientras leemos a su lado, comemos, discutimos, tomamos decisiones, y a veces reímos o sonreímos ante cuestiones que en esos momentos carecen de importancia. En la vida nos viene dado mezclar el humor y el drama. Reflejar esto de manera artística es un reto creativo; y Los descendientes consigue superarlo con una nota alta.  Al buen guión se le une una excelente fotografía en la que los paisajes de Hawái que imaginamos con gran colorido aparecen en la mayoría de ocasiones envueltos en una leve bruma, en un continuo nublado frente al sol y el cielo azul saturado que esperaríamos en un lugar paradisiaco.
Y si en las películas de aquella televisión de los años 70 aparecían repetidamente los mismos grandes actores, siendo ellos mismos, y a la vez convirtiendo en creíbles a sus personajes, algo similar sucede con George Clooney en Los descendientes. Por momentos me hizo recordar a Cary Grant, el que en La fiera de mi niña de Howard Hawks cantaba con Katharine Hepburn “Todo te lo puedo dar menos el amor, Baby”; el que intentaba reconquistar a la misma maravillosa Katharine en Historias de Filadelfia de Cukor, o mantenía un inquietante diálogo con Grace Kelly en el coche que bordeaba unos acantilados. Era el actor que parecía no mover ni un músculo de su rostro; con una sonrisa imperceptible se transformaba en un malvado, un intrigante o un hombre dotado de un gran sentido del humor.
Más de una vez, en el cine me he visto sumida en una especie de claustrofobia, he deseado huir de puro aburrimiento y he anhelado el sofá de mi casa donde hubiera podido quedarme dormida a gusto. Con Los descendientes he disfrutado hasta el último momento, hasta el final previsible. En eso radica el arte de saber contar una historia.