viernes, 16 de marzo de 2012

Matadero Cinco

      La palabra matadero me trae a la memoria una vieja canción de un juego de niñas que consistía en chocar las palmas de las manos mientras cantábamos: “Melilla ya no es Melilla/ Melilla es un matadero/ donde van los españoles/ a morir como corderos”. La canción comenzaba con ritmo muy lento, luego se precipitaba al iniciarse la la estrofa “pobrecita madre/ cuánto llorará”, y llegaba a un final frenético en el que la letra hablaba de una chica que dejaba de lavarse y peinarse hasta que regresara su novio de la guerra. Eran los comienzos de la década de los 70, cuando en la televisión se hablaba de la guerra del Vietnam, en los colegios se cantaban himnos patrióticos –“Arriba escuadras a vencer / que en España empieza a amanecer”– y nos inculcaban un belicismo festivo. Las guerras eran horribles pero inevitables y siempre las ganaban los buenos. Morir como cordero era un acto heroico y la “pobrecita madre” y la novia que espera seguirían sufriendo eternamente. Melilla fue un matadero, ha habido grandes mataderos en la historia de la humanidad y, por desgracia, sigue habiéndolos. Kurt Vonnegut quiso escribir un libro anti-guerra y el resultado fue Matadero Cinco. 
Vonnegut nació en 1922, el mismo año que Billy Pilgrim, el protagonista de la novela. Como Billy, Vonnegut fue soldado en la Segunda Guerra Mundial, quedó aislado de su batallón y vagó durante varios días por las líneas enemigas hasta que las tropas alemanas lo capturaron en diciembre de 1944. Acababa de cumplir veintidós años. Dos meses después, entre el 13 y el 15 de febrero, sería testigo del bombardeo de Dresde. Sobrevivió junto a otros seis prisioneros estadounidenses. Estaban refugiados en el sótano del matadero en el que habían sido recluidos. Vonnegut publica Matadero Cinco o La cruzada de los niños en 1969. “Todo esto sucedió, más o menos. De todas formas, los partes de guerra son bastante más fieles a la realidad”, leemos al comienzo del libro, en el que el narrador confesará: 

Cuando volví a casa después de la Segunda Guerra Mundial, hace veintitrés años, pensé que me sería fácil escribir un libro sobre la destrucción de Dresde, ya que todo lo que debía hacer era contar lo que había visto. También estaba seguro de que sería una obra maestra o de que, por lo menos, me proporcionaría mucho dinero, por tratarse de un tema de tal envergadura. Pero cuando me puse a pensar en Dresde las palabras no acudían a mi mente, al menos no en número suficiente para escribir un libro.

       Algo parecido le sucede a Solly Zuckerman, asesor de los aliados en la estrategia de los bombardeos de la segunda Guerra Mundial. Tras tras inspeccionar las ruinas de la ciudad de Colonia, según cuenta Sebald en Sobre la historia general de la destrucción, Zuckerman pensó en escribir un gran reportaje, pero nunca lo consiguió pues sus palabras no lograban superar las expectativas.
       ¿Qué se puede decir de una matanza? El narrador lo resume en estas palabras con las que presenta el libro a su editor:

“Si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre. Solamente los pájaros cantan. ¿Y qué dicen los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una matanza; algo así como «¿Pío-pío-pi?»

Kurt Vonnegut
Así terminará la historia de Billy Pilgrim, el protagonista de Matadero Cinco, alguien “fuera del tiempo”, para el que no existe pasado, presente y futuro, porque todo está mezclado y se puede ir de una fecha a otra como el que se mueve entre las habitaciones de una casa. Billy, un extraño ser que no destaca en nada, pertenece a la noble casta del idiota literario, capaz de poner nerviosos a los que se cruzan con él, por su simplicidad, por su forma de dejarse llevar por las circunstancias, por su implacable lógica. En 1967 se cuela en un programa de radio para declarar “que había sido raptado por un platillo volante” del planeta Tralfamadore, “adonde le llevaron para exhibirle desnudo en un zoo…”. En una carta al periódico describe a los tralfamadorianos, que cumplen todas las expectativas de cómo debían ser los extraterrestres en el imaginario colectivo de los años 60: bajos, verdes, con ventosas y tuberías, y “una pequeña mano con un ojo verde en la palma”. La intención de Billy era “conseguir la felicidad de mucha gente al decir la verdad sobre el tiempo”.
Como Don Quijote con las novelas de caballería, Billy había llegado a sentir un gran interés por la ciencia ficción; se entusiasma con Kilgore Trout, un escritor desconocido, personaje recurrente en Vonnegut, y autor de El gran tablero, cuyo argumento no sólo constituye uno de las historias más divertidas de la novela, sino una feroz crítica de la sociedad. Una pareja terrícola es raptada por seres extraterrestres y exhibida en un zoo del planeta Zircon-212. Allí les montan una estratagema para que parezca que están jugándose un millón de dólares en bolsa. De ese modo los mantienen excitados “Así pues, tan pronto saltaban de alegría como chillaban, se tiraban de los pelos, se morían de miedo o se sentían contentos”, algo que entusiasmaba a los habitantes del zoo.

Y como, naturalmente, todo formaba parte del espectáculo, la religión también estaba mezclada en ello. Recibían noticias de que el Presidente de Estados Unidos había declarado una Semana Nacional de Oración solicitando que todo el mundo rezara. Hacía poco que los terrícolas habían perdido una pequeña fortuna en aceite de oliva. Por lo tanto se dedicaron a rezar con gran fervor. Surtió efecto y el aceite de oliva subió.

        Billy viaja una y otra vez a aquel invierno de 1944-45. Los alemanes lo capturan, lo  trasladan a un campo de prisioneros, y desde allí a Dresde en tren: “Se abrieron las puertas de los vagones y vieron la más bella ciudad que jamás hayan visto parte de los americanos”. Tras Billy alguien suspira, es el narrador: “Era yo. Sí, aquél fui yo. Estaba deslumbrado” con la visión de la hermosa ciudad. La llegada a Dresde de la comitiva de prisioneros, que fueron recibidos y custodiados por guardianes viejos, adolescentes y tullidos constituye quizás una de las más patéticas descripciones de lo que es en verdad una guerra:

Los ocho ridículos ciudadanos de Dresde se aseguraron de que aquellos cien ridículas criaturas eran realmente combatientes recién llegados del frente, sonrieron y acabaron riéndose a carcajadas. Su terror se evaporó. No había nada que temer. En realidad no eran más que un puñado de estúpidos y enfermos como ellos mismos. Aquello parecía una opereta.  

 Dresde tras el bombardeo.Fotografía de Richard Peter
Billy, con un estrafalario atuendo, encabezaba la comitiva de prisioneros; había tenido que echar mano de los restos del vestuario de una función teatral para abrigarse: una cortina azul a modo de toga, unas botas plateadas y una cazadora pequeña y rota que sólo podía utilizar como un manguito. Algunos ciudadanos de Dresde se sintieron ofendidos al verlo así, pensaban que Billy se burlaba de ellos. Los prisioneros fueron al Matadero Cinco, donde la noche del 13 de febrero de 1945, refugiados en el sótano, oirían los ruidos de las bombas “parecidos a los pasos de un gigante”, mientras fuera “caía una tormenta de fuego”. 
Cuando salieron a la mañana siguiente “el cielo estaba negro de humo” y “Dresde parecía un paraje lunar. No quedaba nada, excepto lo mineral. Las piedras estaban calientes. Todos habían muerto. Así fue”. Para buscar comida tuvieron que adentrarse en “las colinas de aquella superficie lunar”, en las que “el suelo se movía y estaba caliente”. Nadie hablaba durante el camino porque “no había nada que decir”. La expedición de la que forman parte Billy y el narrador logra llegar a una posada a las afueras. Los dueños sabían que Dresde había desaparecido: “Aun así habían abierto el albergue, lavado los pisos, dado cuerda a los relojes, encendido los hogares y esperado a que alguien llegara”.
Dos días después los prisioneros volvieron a las ruinas: “Los alemanes habían decretado que se cavara para rescatar los cadáveres. Así pues, empezamos a trabajar”. “Yo estaba allí” y “así fue” son las frases  que Vonnegut utiliza de manera recurrente, y constituyen el anclaje en la realidad histórica e individual del narrador. Billy y otros prisioneros cavarán un gran hoyo y, bajo una cúpula de vigas de madera, encontrarán “la primera mina de cadáveres de Dresde”:

Había centenares de refugios llenos de cadáveres esparcidos por todas partes. Al principio no olían mal, eran como personajes de un museo de cera. Pero después los cuerpos empezaron a corromperse y a descomponerse, y su hedor era parecido al del gas de mostaza y rosas.

Eran tanto los cadáveres, que los alemanes tuvieron que desechar la idea de sacarlos de los refugios. Con antorchas, los soldados “los quemaban en el mismo sitio en que los encontraban. Era mucho más sencillo”. Y en uno de esos terroríficos días, con las calles de Dresde plagadas de cadáveres, el profesor Edgar Derby, compañero de Billy, será “atrapado con una tetera que había tomado de las catacumbas. Fue arrestado por pillaje, juzgado y muerto”. La trágica ironía del desenlace de Edgar Derby constituirá otro de los elementos recurrentes de la novela.
Cuando se publica Matadero Cinco el bombardeo de Dresde no era todavía muy famoso. La terrible experiencia vivida por Vonnegut, la visión de la enorme cantidad de cadáveres, y las cifras de muertos que entonces se manejaba, le lleva afirmaciones como esta: “Pocos americanos sabían que había sido mucho peor que Hiroshima, por ejemplo. Yo tampoco lo sabía. No se había hecho mucha publicidad”. Uno de los personajes de la novela lee el libro El bombardeo de Dresde, publicado en 1963 por el británico David Irving, que hablaba de 135.000 muertos. En un principio las autoridades nazis, con afán propagandístico, dieron la cifra de 275.000 cuerpos «identificados» en la región de Dresde. Pero en los años 60, con el descubrimiento de informes oficiales y la desclasificación de informes internos del partido nazi, la estimación aproximada se acercó a la de las investigaciones más recientes. Un informe oficial descubierto en 1966, daba un número aproximado de 25.000 muertos. David Irving reconoció su error en una carta a la prensa. Los últimos trabajos históricos, publicados en el año 2010, apuntan a que en el bombardeo de Dresde murieron como mínimo 22.700 personas.
Matadero Cinco no es la gran novela sobre el bombardeo de Dresde, pero sí fue una de las formas en que el autor plantó cara a la espantosa realidad que vivió siendo apenas un niño. Como la esposa de Lot, miró al pasado pero, antes de convertirse en estatua de sal, Vonnegut se agarró a dos asideros: lo cómico como “parte integral de su vida” y escribir una obra en la que la guerra no tiene nada de heroico porque su verdadero rostro sólo es el de la muerte.