domingo, 24 de junio de 2012

Esmé y el pez plátano

Abril es el mes más cruel, hace brotar
lilas en tierra muerta, mezcla
memoria y deseo, remueve
lentas raíces con lluvia primaveral.

T. S. Eliot, La tierra baldía

Los hombres que han vivido esta guerra merecen alguna clase de melodía trémula interpretada sin vergüenza ni arrepentimiento. Seguiré esperando ese libro.

Salinger, entrevista en Esquire, octubre de 1945

                                   
         El 13 de mayo de 1945, en una carta a su amiga Elizabeth Murray, Salinger contaba cómo había vivido el 8 de mayo, día en que los alemanes se rindieron. Mientras fuera todo era celebración y algarabía, Salinger se quedó solo en su habitación, sentado en la cama, agarrando una pistola del calibre 45 y preguntándose qué pasaría si se disparaba con ella en una mano. Estaba cayendo en una profunda depresión que lo llevaría al hospital de Nuremberg para recibir tratamiento por estrés postraumático, algo que sería bastante común entre los soldados que se habían enfrentado a situaciones extremas. Como explica Kennet Slawenski en J. D. Salinger. Una vida oculta, la guerra le había dejado al escritor secuelas físicas y psicológicas. Había perdido parte de la audición, a causa de las explosiones; había pasado meses sin derrumbarse, rodeado por la muerte y el horror; pero estaba vivo y sentía la culpa del superviviente. De sus experiencias en el día D, en Francia, en Hürtgen, en Dachau hubiera podido escribir una novela bélica, pero no era su intención. No quería hablar de aquello.
          En 1946 The New Yorker se decide a publicar Slight Rebellion Off Madisson, que había tenido aparcada desde que Estados Unidos entrara en guerra, pues no era el momento de leer la primera historia de Caulfield, en la que Holden aparecía patinando en las pistas de Radio City con su amiga Sally, borracho y enumerando todas las cosas que odiaba.
        Publicar en The New Yorker había sido la gran aspiración de Salinger. Era una revista literaria muy cuidada, con lectores cultos y exigentes que demandaban un determinado estilo. Esto influirá en la escritura de Salinger, que se verá obligado a pulir constantemente los relatos, a medir cada frase y cada palabra, y a trabajar codo con codo con los editores en las trasformaciones que ellos creyeran oportunas. Salinger entraba de lleno en el “estilo The New Yorkerpor su precisión estilística  y la frescura y agilidad de los diálogos. Otra característica de ese estilo era que el escritor tenía que desaparecer en el relato y dejar que la historia hablara por sí misma. Salinger acató someterse a la disciplina de una revista que en más de una ocasión le había devuelto sus trabajos.

Seymour y The Bananafish

Un día perfecto para el pez plátano se publicó en enero de 1948. Salinger había trabajado en el relato durante un año, examinando minuciosamente cada detalle. La primera versión (The Bananafish) resultaba tan enigmática e incomprensible que los editores le sugirieron que lo revisara a fondo. Salinger añadió entonces la primera escena, en la que aparece Muriel, esposa de Seymour Glass, en su habitación de un hotel de Florida, donde está pasando unas vacaciones. La conoceremos por sus acciones: lee en una revista femenina el artículo “El sexo es divertido o infernal”, repasa su ropa y se arregla cuidadosamente las uñas. Slawenski llama la atención sobre la importancia de las uñas –si van pintadas, si están poco cuidadas, si están sucias–, un motivo que se repite en varios relatos de Salinger o en memorables pasajes de El guardián entre el centeno. Muriel recibe la llamada telefónica de su madre, preocupada por la situación en la que se encuentra su hija. Por la conversación nos enteraremos de que Seymour había intentado estrellarse contra un árbol. La madre le cuenta a su hija la charla que su padre había mantenido con un doctor:

En primer lugar dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta en el hospital. En definitiva dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.

Sabremos también que Seymour pasa todo el día en el bar, que toca el piano y que está pálido, mientras que Muriel se ha quemado por el sol. En ningún momento de la charla entre madre e hija se vislumbra que exista comunicación entre Seymour y Muriel, quien, como le recuerda su madre, había esperado fielmente a su marido hasta que volvió de la guerra. Pero quizás la frase que más sobrecoja de todo el diálogo sea “Mamá, no le tengo miedo a Seymour”. Muriel se muestra segura de sí misma e intenta tranquilizar a su madre; sin embargo sus palabras ahondan en el abismo de círculos concéntricos que se va generando en el relato conforme este avanza.
La segunda escena se desarrolla en la playa. Aparece una niña, Sybil, cuyo nombre evoca a la Sibila que menciona Eliot, citando a Petronio, en La tierra Baldía, la que le ruega a los dioses que le concedan la muerte. Sybil no pertenece a la categoría de niños excepcionales tan común en Salinger. Se mueve rodeada de ambiente frívolo de familia acomodada; es algo envidiosa, y quiere que Seymour, al que ha conocido en el hotel, le dedique toda su atención. Va a buscarlo a la playa para jugar y le habla al joven de una amiga a la que Seymour le ha otorgado algún privilegio:

–Ah, Sharon Lipschutz –dijo él–. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos. –De repente se puso de pie y miró el mar–. Sybil –dijo– ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos buscar un pez plátano.

Seymour está citando el poema de T.S. Eliot La tierra baldía: “mezclar recuerdos y deseos”. Los peces plátano entran en un pozo lleno de plátanos y devoran tantos que engordan y ya no pueden salir. Son condenados por su avidez, como la Sybila que fue condenada por pedir ser eterna, por desearlo todo; pero no pidió la eterna juventud y ahora, cada vez más vieja, sólo desea la muerte. La escena final del relato, más breve, acabará con un disparo.
Seymour representa la angustia y la soledad del superviviente, del que ha visto demasiado, y no puede seguir vivo en un mundo que ignora y niega el horror que él ha vivido y recuerda; un horror que todos quieren evitar, como si nada hubiera pasado.

Esmé y la sordidez

Para Esmé, con amor y sordidez, que Salinger también tuvo que reescribir varias veces, es considerada una de las obras literarias más bellas surgidas de la Segunda Guerra Mundial. Cuando se publicó en 1950, la crítica y los lectores estuvieron de acuerdo en que era la mejor obra del escritor. Para Slawenski “Ésta es la “melodía trémula de Salinger, su homenaje a sus camaradas”.
Habían pasado cinco años desde el final de la guerra. Ya nadie quería acordarse de lo sucedido y predominaba la visión patriótica e idealista. Pero muchos veteranos sufrían la incomprensión de la sociedad y no podían hablar de los graves problemas psicológicos que padecían. Salinger habló por ellos en este relato, en el que el autor no desaparece, pues ya en el comienzo, con la voz del narrador, nos señala su objetivo: “edificar, instruir”. Y lo hace desde el amor, desde la posibilidad de salvarse y de ser comprendido. Para mostrar la angustia no necesita describir batallas, pero todas están allí en esta melodía que se inicia con una invitación de boda que ha recibido el narrador. Éste recuerda entonces el regalo que le había prometido a la novia; y comienza la historia del amor y la sordidez.         
En la segunda escena el narrador, un joven soldado estadounidense, deambula  por un pueblo de Inglaterra, donde ha recibido un curso del Servicio de Inteligencia inglés. Es un día lluvioso, el 30 de abril de 1944; falta poco más de un mes para el desembarco en Normandía. El narrador entra en una iglesia y escucha el ensayo de un coro infantil. Le llama la atención una niña de unos 13 años, con una preciosa voz y aire de dama aburrida. Luego se dirige a una cafetería. Está profundamente solo. Al pedirle el té a la camarera se da cuenta de que es la primera vez que habla con alguien en ese día. Al poco llega la niña acompañada de su hermano, de cinco años, y de una institutriz.
La chica, muy responsable, atiende a su hermano, le da órdenes, le coloca bien la servilleta. Luego su mirada se dirige a la del recluta y los dos intercambian una sonrisa. Ella va hacia la mesa del soldado y entabla una conversación con él. La niña se llama Esmé y pertenece a una familia aristocrática. Es una chica inteligente y madura, que parece odiar “la conversación intrascendente”. Le contará al soldado algunos detalles sobre sus padres, sobre su relación con ellos y con el pequeño Charles, el hermano; pero pasa de puntillas sobre el drama de la familia. La madre había muerto en un bombardeo y al padre lo mataron en África del Norte. Esmé “tenía las uñas comidas hasta la carne” y un enorme reloj, como un cronómetro, demasiado grande para su pequeña muñeca. Cuando Esmé habla de su padre se muerde la cutícula. Casi al principio de la conversación, Esmé le dirá al soldado: “Para ser norteamericano, parece usted bastante inteligente”, a lo que éste le recordará “que había muchos soldados, en todo el mundo, que estaban lejos de sus hogares, y que muy pocos habían podido disfrutar verdaderamente de la vida”.
En un momento de la conversación, Esmé le confiesa al soldado por qué se había acercado a él: “porque parecía estar usted muy solo. Se le ve en el rostro que es muy sensible”. Por sus palabras y sus acciones comprendemos que Esmé ha aceptado su desgracia y que intenta proteger a su hermano pequeño del dolor para que nunca pierda la capacidad de amar. Esmé consigue que el soldado hable de sí mismo, que le cuenta que está casado, que había salido de la universidad hacía un año y que le gustaría que le consideraran “un escritor profesional”.
El desembarco en la playa de Utah. (Wikipedia)
Cuando el narrador le pregunta a Esmé a quién pertenecía el reloj de pulsera, ella le responderá que a su padre, que se lo había dado antes de que su hermano y ella fueran evacuados; pero cambia rápidamente de tema: “Me sentiría muy halagada si alguna vez usted escribiera un cuento especialmente para mí”. Y añadirá: “Prefiero los cuentos que tratan de la sordidez”. Al despedirse del soldado, Esmé, que ha prometido escribirle al frente, le expresará un deseo: “Espero que regrese de la guerra con todas sus facultades intactas”.
En la siguiente escena el narrador informa de que se inicia la parte sórdida, en la que él va a desaparecer del relato, disfrazado. Entonces, en tercera persona, conoceremos la historia del sargento X, un joven que “no había salido de la guerra con todas sus facultades intactas”. Se aloja, junto a otros soldados, en una casa que pertenecía a una antigua nazi. Lo veremos leyendo una y otra vez el mismo párrafo de un libro, sin poder concentrarse; fuma demasiado, tiembla, le molesta enormemente la luz. Acaba de salir de un hospital de Frankfurt y está muy delgado. Como en otras ocasiones “le pareció sentir que su mente se desplazaba, se bamboleaba como un bulto mal asegurado en el portaequipajes de un tren”.
El sargento X recibe en su habitación la visita del cabo Z, Clay, con el que ha pasado toda la guerra, desde el desembarco hasta Hürteng. La conversación con Clay es la antítesis de la de Esmé. Clay está sano, ha sobrevivido, carece de preocupaciones intelectuales y no quiere cuestionarse nada. Sólo desea volver y casarse. Durante la guerra, el sargento X ha ayudado a Clay a escribirle cartas a su madre y a su novia, dándole ideas, marcándole la estructura e introduciendo alguna palabra o frase en francés o alemán. Clay parece preocupado por el sargento, e intenta que baje con él a escuchar el programa de radio de Bob Hope. Pero acaba por irse ante la insistencia de X en no salir de su habitación.
El sargento, otra vez solo, mira la correspondencia que tiene sin abrir. Entre ella encuentra un paquete con una nota fechada el 7 de junio de 1944, un día después del desembarco. En el paquete se habían tachado al menos tres de sus números anteriores del correo militar de X, como si siempre hubiera llegado tarde a todos los lugares por donde el sargento había sobrevivido en medio de batallas y circunstancias terribles. Había pasado más de un año desde que Esmé escribiera aquella nota que acababa con unas palabras del pequeño Charles, a quien su hermana estaba enseñando a escribir: HOLA (…) HOLA, RECUERSOS, BESOS. Esmé no olvida cuál es su misión: proteger, con su amor, la inocencia de su hermano.  Junto a la nota, el sargento encuentra otro regalo: el reloj de pulsera que había pertenecido al padre de Esmé, símbolo del dolor causado por las pérdidas. El reloj ha hecho un viaje demasiado duro y el cristal se ha roto, como el Sargento X, pero quizás no haya dejado de funcionar. Después de leer la carta y de ver el reloj, se produce la trasformación en el sargento X, como si todo comenzara a volver a su sitio, porque también para él, como para Charles y Esmé existe la posibilidad de salvarse, de conservar la pureza. Y entonces, “casi en éxtasis, sintió sueño”.

Holden: a la sombra de Allie

         Después de escribir Para Esmé, Salinger decidió terminar la novela sobre Holden Caulfield, El guardián entre el centeno. Tenía material desde 1941, pero Holden había sufrido una profunda transformación durante esos diez años:

El hundimiento de la fe de Salinger, amenazada por los terribles acontecimientos de la guerra (…) se refleja en la pérdida de fe de Holden tras la desaparición de su hermano. La memoria de los amigos caídos agobió a Salinger durante años, igual que Holden vivía asediado por el fantasma de Allie. En este aspecto hay un juego de palabras del autor: al renombrar al personaje de Kenneth Caulfield elige un término (allie) con el que se denominaba a los soldados de la Segunda Guerra Mundial. (p.277)

Holden Caulfield es un personaje solitario y melancólico que se niega a entrar en el falso mundo de los adultos. Como señala Slawenski la tragedia del autor y el personaje es la misma: la inocencia amenazada. Pero los dos conseguirán salvarse, y “sus epifanías son una misma”:

Justo cuando Holden empieza a comprender que puede entrar en la edad adulta sin volverse falso ni sacrificar sus valores, Salinger llega a aceptar que el conocimiento del mal no significa la condenación. (p. 277)

Para Slawenski no podemos entender plenamente la revelación que experimenta Holden Caulfield mientras ve a su hermana dar vueltas en el tiovivo de Central Park, si no tenemos en cuenta las vivencias de Salinger en la guerra. Tampoco sin esto comprenderíamos las palabras de despedida de El guardián entre el centeno, que hacen referencia a todos los soldados muertos: "No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo”.


 Las citas recogidas en esta entrada pertenecen a las siguiente ediciones:

SLAWENSKI, Kenneth, J. D. Salinger. Una vida ocultatrad. de Jesús de Cos, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010.

SALINGER, J. D. Salinger. Nueve cuentostrad. de Elena Rius, Alianza Editorial, Madrid, 1999..

         


sábado, 16 de junio de 2012

Por el camino de Holden, I

El verdadero poeta no elige su material. Es evidente que el material lo elige a él


                       Salinger, Seymour: Una introducción.

Cuando en 1953 Salinger publicó la antología Nueve cuentos, sólo incluyó dos relatos cuyos protagonistas habían sido soldados en la Segunda Guerra Mundial: Un día perfecto para el pez plátano, que narra el día en que Seymour Glass se suicida, y Para Esmé, con amor y sordidez. Pero la guerra permanece latente en la vida de otros personajes y emerge como muerte absurda en El tío Wiggily en Connecticut, donde la protagonista recuerda al hermano de Seymour, Walt Glass, el chico del que se había enamorado y que había muerto en el Pacífico mientras empaquetaba una cocinita japonesa que un coronel quería mandar a su casa. La cocinita estaba llena de petróleo y le estalló en la cara.
Kenneth Slawenski, en la biografía J. D. Salinger. Una vida oculta, se detiene de manera pormenorizada en los años que Salinger pasó en el ejército y, sobre todo, en los meses de combate. En esa dura etapa de la vida de Salinger la escritura le sirvió de terapia y se empezó a gestar el espíritu de Holden, el protagonista de El guardián entre el centeno. Los relatos que escribió durante la guerra no volvieron a publicarse con autorización del autor, y algunos, conservados en distintos archivos, permanecen inéditos.
Salinger se alista en abril de 1942. Tenía veintitrés años y estaba seguro de su talento; escribía con tenacidad, a pesar de los continuos rechazos de las revistas más prestigiosas. En 1941, a punto de publicar en The New Yorker el relato Slight Rebellion off Madison, donde aparece por primera vez Holden, se produce el bombardeo de Pearl Harbour y la revista decide suspender la publicación de una historia que considera demasiado frívola para la situación que atraviesa el país.
 Durante el tiempo que pasó en campos de entrenamiento de Estados Unidos, Salinger dejó escritos varios relatos. En The Last and Best of the Peter Pans, todavía inédito, el narrador es Vincent Caulfield, el hermano mayor de Holden. A través de Vincent, Salinger analiza su situación al ingresar en el ejército y abandonar su hogar. La madre intenta convencerlo para que no se vaya a la guerra y le recuerda a su hermana pequeña y la muerte de su otro hermano, Kenneth, el Allie de El guadián entre el centeno.  
Last Day of de Last Furlough (“furlough” es “permiso” en la jerga del ejército), publicado en 1944, es un relato escrito mientras Salinger esperaba ser embarcado en cualquier momento. Aparece Vincent, pero el protagonista es su amigo, el sargento técnico John Babe Gladwaller. En una discusión con su padre, Babe refleja el punto de vista de Salinger sobre la guerra:

Yo creo (…) que es un deber moral de todos los hombres que han luchado y que lucharán en esta guerra mantener la boca cerrada una vez que termine, no volver a mencionarla jamás. Es hora de reconocer que los muertos murieron en vano. Dios sabe que nunca ha sido de otro modo. (p. 97)

Además de que se hace referencia a Holden, desaparecido en combate, hallamos temas que después se desarrollarán en El guardián, como la pérdida de inocencia o el deseo de Babe proteger a su hermana Mattie. La escena final, que tiene lugar junto a la cama de Mattie, se relaciona con dos escenas de El guardián: el encuentro de Holden con su hermana Phoebe en la habitación de ésta, y la revelación final junto al tiovivo:
           
La capacidad de Babe de reconocer la belleza de la inocencia de su hermana frente a la inminencia de la muerte sugiere que, en una sociedad insensible y superficial que glorifica la guerra, la belleza es lo único que ofrece esperanza y da sentido a la vida. (p. 99)

En enero de 1944 Salinger embarcará hacia Inglaterra donde completará su formación. Fue asignado al 12º Regimiento de Infantería de la Cuarta División como agente de contraespionaje y sargento del Estado Mayor. Además de la lucha, la misión de Salinger, que hablaba francés y alemán, iba a ser comunicarse con la población local y descubrir a los posibles nazis infiltrados. Llegó a Liverpool en 29 de enero de 1944 y estuvo en varios destinos, entre ellos Tiverton, un pueblo muy parecido al de su relato Para Esmé. Por abril de 1944 ya había escrito I’m Crazy, otra historia sobre Holden Caulfield, que se incluiría más tarde en El guardián.   
La trayectoria que recorrerá Salinger durante los meses de combate y las situaciones terribles a las que tendrá que enfrentarse producirán un cambio en él y en su escritura. Slawenski considera que el martes 6 de junio de 1944 fue el momento decisivo de la vida del  escritor. “La guerra, sus horrores, sus agonías y sus lecciones iban a marcar cada aspecto de la personalidad del autor y a reverberar en sus escritos”. Salinger debía desembarcar en la playa de Utah como miembro del destacamento del Cuarto Cuerpo de Contraespionaje con la primera oleada. Las corrientes del canal habían desplazado el desembarco casi dos kilómetros al sur y pudieron evitar las defensas alemanas más reforzadas. Sin embargo su regimiento tuvo que atravesar una zona que los alemanes habían inundado y que bombardeaban sin cesar. Salinger pasaría los siguientes veintiséis días en combate. El 1 de julio habían muerto 1950 hombres de los 3080 que formaban el regimiento. Después del desembarco los soldados debieron enfrentarse a la conocida como “batalla de los setos”, en la que, como describe Slawenski, “en cada campo se producía una batalla. Los soldados, tras caminar sobre cadáveres, se encontraban en un nuevo campo exactamente igual que el anterior”. Adentrarse en el interior de Francia fue más difícil de lo que esperaban pues el ejército encontró “una resistencia encarnizada y unas circunstancias que sus superiores no habían previsto”.
A pesar de esas circunstancias, Salinger no dejó de escribir. En una carta a Whit Burnett, su profesor de escritura de relatos breves en la Universidad de Columbia y editor de la revista Story, le confesaba que estaba aterrorizado y que no podía escribir nada sobre sus experiencias en combate; no tenía palabras. Desde 1941 Burnett  había animado a Salinger para que escribiera una novela sobre Holden Caulfield.
El 25 de agosto de 1944, cuando los alemanes entregaron París, Salinger y su regimiento estaban ya en la ciudad. Aquellos días en París fueron un respiro para Salinger. Conoció a Ernest Hemingway, que trabajaba como corresponsal de guerra y se alojaba en el hotel Ritz. Salinger admiró a Hemingway como persona, le pareció amable y nada pretencioso y se sintió muy agradecido y reconfortado por su amistad.
Salinger escribió relatos y poemas que no han sobrevivido o nunca aparecieron en la prensa.  The Magic Foxhole es considerada por Slawenski como la mejor de estas historias. Está basada en las experiencias en combate del propio autor y “constituye una fuerte condena a la guerra”. Su mensaje se oponía a la propaganda habitual de 1944. Hace una dura crítica al ejército y “llama la atención sobre la política oficial de devolver al frente a hombres enfermos antes de que estén mentalmente curados”. También hay un retrato “tácito pero omnipresente del uso de los hombres como carne de cañón”.
El fragmento más poderoso (…)  son las primeras líneas que describen el desembarco en Normandía en el día D. (…) No hay nada en la playa excepto cadáveres y una figura solitaria: un capellán que se arrastra por la arena buscando sus gafas con frenesí. Cuando el transporte se acerca a la orilla, el narrador observa con asombro la irreal escena, hasta que el capellán también queda hecho pedazos y el movimiento se detiene. Sólo entonces llega el ruido de las explosiones. Este fragmento es asombrosamente conmovedor, pero, por encima de todo, altamente simbólico. (…) Contiene un momento de iluminación esencial en la escritura del autor. Por primera vez, J. D. Salinger se hace la pregunta: ¿dónde está Dios? (p. 140)
          Después de la liberación de París, cuando los aliados declaraban que desde el punto de vista militar la guerra había terminado, Salinger tuvo que enfrentarse a la pesadilla del bosque de Hürtgen. De unos ocho kilómetros cuadrados en la frontera de Alemania con Bélgica, era un bosque diseñado por los alemanes, con árboles de 30 metros plantados muy cerca. No se veía el sol, la niebla era espesa, estaba lleno de trampas y de alambres de espino. Hacía demasiado frío para septiembre y las tropas no tenían la ropa adecuada; muchos hombres murieron congelados. Fue una batalla inútil y “la carnicería más cruel de la Segunda Guerra Mundial en el frente occidental”. Sólo en el regimiento de Salinger, formado por 3080 soldados murieron en Hürtgen 2517, casi la mitad de ellos a causa de los elementos. A principios de diciembre dejaron aquel infierno pero todavía tuvieron que soportar la batalla de las Árdenas. Cuando acabó, en enero de 1945, y las tropas atravesaron el bosque que se descongelaba, encontraron escenas de terror: “La nieve derretida revelaba los cadáveres de miles de soldados estadounidenses, muchos de ellos con las manos tendidas hacia el cielo como súplica”.
Para Slawenski no se puede entender la profundidad de las obras posteriores de Salinger, sin conocer cuáles fueron las condiciones de vida de Hürtgen y los sufrimientos que soportó el escritor, quien, en una semblanza que envió a la revista Story, declaraba: “todavía escribo siempre que puedo encontrar el asiento” y “una trinchera vacía”. La mayoría de los supervivientes nunca quisieron hablar de Hürtgen. La batalla es el origen de las pesadillas que sufre el Sargento X en Para Esmé, con amor y sordidez.
Aunque la historia se desarrolla en Normandía, la experiencia de estos meses quedó reflejada en el relato Boy in France, publicado en marzo del 45. “Cuando empieza la historia el lector siente el rumor de los fusiles en la lejanía y el olor del barro, el frío, la tierra. En ese suelo duerme un muchacho exhausto y sucio con uniforme de soldado”. Es el sargento Babe Gladwaller, que ha conservado un recuerdo poderoso: una carta de su hermana pequeña Mattie. “Es la primera de las muchas obras en las que Salinger equipara la poesía con la espiritualidad”. El relato refleja también una experiencia religiosa: 

Metido en la tumba de su trinchera Babe (…) ve a Dios, aunque sólo sea a través de la belleza de la inocencia de su hermana pequeña, y al sentir su propia conexión con esa belleza sabe, una vez más, que está vivo. (p.156)

El relato This Sandwich Has No Mayonnaise, donde domina el dolor por la pérdida, se publicó en octubre de 1945. Aparece de nuevo el sargento Vincent Caulfield. En un camión, con treinta y tres soldados de un campo de entrenamiento en Georgia, se dispone a ir a bailar a la ciudad. Pero sólo tienen permiso treinta, de modo que sobran cuatro. En el relato hay varias conversaciones del sargento con los soldados, intercaladas con monólogos interiores en los que Vincent recuerda momentos vividos junto a sus hermanos menores, Phoebe y Holden, de diecinueve años, desaparecido en combate. El clímax del relato es la aparición de un muchacho bajo la intensa lluvia. El chico, casi llorando, insiste en que él se había apuntado de los primeros para ir al baile. Para Vincent el muchacho es como el espíritu de Holden Caulfield. En su mente, Vincent le pregunta a Holden dónde está, y le ordena que deje de silbar, que se siente derecho, que le diga a alguien que está Aquí, no muerto ni desaparecido, sino Aquí.
El relato inédito The Ocean Full of Bowling Balls, también podría haber sido escrito en esa época. En él se narra lo sucedido el día de la muerte de Kenneth Caulfield (Allie en El Guardián), un niño con problemas cardiacos. Para Slawenski “Kenneth es un símbolo del equilibrio, una figura de unión entre poesía y prosa, intelecto y espíritu, incluso entre vida y muerte”.
En febrero, Salinger entra en Alemania. En cada pueblo debía entrevistar a los habitantes y comunicar las normas y las reglas del regimiento. El 22 de abril llegan al complejo de Dachau formado por ciento veintitrés campos, lugares cuyo olor se podía percibir a quince kilómetros de distancia. Salinger tomó parte en la liberación de las víctimas de los campos de concentración. “Puedes vivir una vida entera sin librarte jamás del olor a la carne quemada", dijo una vez a su hija.
La guerra terminó el 8 de mayo de 1945, pero Salinger no pudo licenciarse; fue reasignado a un destacamento del Cuerpo de Contraespionaje. Durante la guerra había escrito prosa y poesía. Muchos esperaban que escribiese una novela bélica; sin embargo,  él declaró en una entrevista:

Los hombres que han vivido esta guerra merecen alguna clase de melodía trémula interpretada sin vergüenza ni arrepentimiento. Seguiré esperando ese libro. (p 177)

En el verano de 1945 Salinger cayó en una profunda depresión -lo que hoy se conoce como “trastorno por estrés postraumático”- e ingresó voluntariamente en un hospital de Nuremberg, desde donde, el 27 de julio, le escribió a Hemingway  confesándole que se encontraba “en un estado casi continuo de abatimiento”. Antes de esta fecha ya había escrito The Stranger, protagonizado por su alter ego, Babe Gladwaller, que regresa a casa después de la guerra. Vicent Caulfield ha muerto en Hürtgen y Babe irá a visitar a Helen, la novia de su amigo, “para darle un poema escrito por él y comunicarle las circunstancias de su muerte. El acto es para él una forma de terapia, pero resulta tan doloroso que no puede llevarlo a cabo él solo. Lo acompaña su hermana pequeña Mattie, para darle fuerza y orientación espiritual”.
Salinger regresó a Estados Unidos en 1946 y continuó escribiendo relatos. Tampoco olvidó la novela sobre Holden Caulfield. Pero todavía faltaban algunos años para que la melodía trémula sonara en Para Esmé, con amor y sordidez y se deslizara entre las páginas de El guardián entre el centeno.


Las citas recogidas en esta entrada pertenecen a la siguiente edición:

SLAWENSKI, Kenneth, J. D. Salinger. Una vida ocultatrad. de Jesús de Cos, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010.


viernes, 1 de junio de 2012

Cajas



Le hicieron un regalo.
Era una caja enorme
y dentro había otra caja
–la broma de siempre–.

Y así abrió cajas un día tras otro.

Cada vez eran más pequeñas
pero no se agotaban.

Dio las gracias por el regalo,
el final importaba algo menos:
cada caja le había traído
su pequeña porción de eternidad.


A.A.G.