viernes, 24 de agosto de 2012

Anne Frankhuis y los lugares de memoria


      DESDE Granada subimos hasta Víznar. Vagamos por el borde sombrío del barranco. –¿Dónde?,       decíamos. Era el otoño. Los hermanos, las viudas, los hijos de los muertos venían con grandes ramos. Entraban en el bosque y los depositaban en algún lugar, inciertos, tanteantes. ¿En dónde había sucedido? –Lo mataron a él, decía la mujer, pero aquí también mataron a otros muchos, a tantos, a esos que ahora nadie ya recuerda.–Él ya no es él, le dije. Es el nombre que toma la memoria, no extinguible, de todos.
  (Víznar, 1988)
                                                               José Ángel Valente, Fragmentos de un libro futuro


      Cada día en Amsterdam, frente a la iglesia del Oeste, una larga cola de visitantes dobla la esquina donde confluyen Prinsengracht y Westermark. La fila avanza lenta y pacientemente en dirección a la entrada de Anne Frankhuis, la casa donde Anna Frank, una adolescente judía, estuvo escondida durante dos años junto con sus padres, su hermana, el matrimonio Van Pels y su hijo, y Fritz Pfeffer, un dentista al que las dos familias decidieron ayudar. 

La historia es bien conocida. La familia Frank había emigrado de Alemania en 1933 huyendo de la política nazi. Otto Frank había establecido su empresa de condimentos para carnes en Amsterdam. Fue una buena época hasta que en 1940 Hitler invadió los Países Bajos y comenzó la represión contra los judíos.

Ante la amenaza de ser deportados, el padre de Ana y Van Pels, su socio, con la ayuda de los empleados de la oficina, fueron preparando un escondite en el edificio de la empresa. El momento de pasar a la clandestinidad llegó cuando Margot, de 16 años, hermana de Ana, de 13, recibió una citación de la SS en la que le notificaban que debía presentarse para ser enviada a un campo de trabajo. El 6 de junio de 1942 los Frank y los Van Pels se trasladaron al escondite donde vivieron hasta el 4 de agosto de 1944. Habían sido delatados y policías de la SS armados los detuvieron. 

Días después fueron deportados a distintos campos de exterminio. Por esas fechas se recurría menos a las cámaras de gas, pero las condiciones de vida eran terribles. Anna y su hermana murieron a causa del tifus, en marzo de 1945, en el campo de concentración de Bergen-Belsen. Sólo faltaban dos meses para el final de la guerra y se seguía matando con usura (como escribía un personaje de Los girasoles ciegos); continuaban los bombardeos en las ciudades alemanas, y los presos confinados en los campos morían por epidemias e inanición. De los ocho escondidos de la casa sólo sobrevivió Otto Frank, el padre de Ana.

La casa Ana se encuentra en el número 263 de Prinsengracht. En los años 50 el edificio, casi en ruinas, estuvo a punto de ser demolido. Gracias a la movilización de un grupo de ciudadanos se logró conservar el lugar como un símbolo de lo que sucedió. 

La gran difusión del Diario en el mundo, así como las versiones para el cine y el teatro, ayudaron a que la casa se convirtiera en un lugar de memoria. El museo se abrió en 1960 y fue ampliándose hasta que en 1999 se inauguraron las nuevas instalaciones, que ocupan el 265 y el 267 de Prinsengracht.  

En nuestro país, para la generación nacida en los años 60, la historia de Ana Frank, supuso uno de los primeros acercamiento al drama del Holocausto. Entonces sólo se conocía la versión del diario editada por Otto Frank, quien había censurado una parte considerable de lo que su hija escribió. 

Ana pasó su adolescencia en la “casa de atrás”, como llamó a su escondite. A través de sus textos asistimos a los cambios que se producen en su cuerpo y a las reflexiones y contradicciones de su mente, en una etapa hermosa y complicada en la evolución de cualquier ser humano. Ana estaba madurando entre cuatro paredes, rodeada de los mismos rostros que se enfrentaban a una rutina diaria. 

Su puente al exterior eran sus protectores, los trabajadores de la oficina que visitaban a menudo el escondite y les abastecían de todo lo necesario para vivir. Ana escribe sobre la relación con su madre, con la que no congenia, disecciona las delicadas situaciones de convivencia, las rencillas diarias, la mezquindad o la grandeza de los habitantes de la casa de atrás. Nos cuenta detalles de la vida cotidiana: la comida, la limpieza, el horario, el estudio, las lecturas. Ana también despierta al sexo e intenta vivir un amor.
Amsterdam. Sede del Instituto para
la Documentación de la Guerra, el
Genocidio y el Holocausto.

Nada extraño hay el diario que no recuerde los diarios de tantas chicas inteligentes, despiertas, impetuosas, sensibles, y con grandes deseos de ser escritoras. Ana disfrutaba escribiendo, era su gran pasión y lo que salvaba del desánimo. Así, en la primavera de 1944, cuando oyeron por la radio que el ministro de Educación en el exilio dijo que después de la guerra se haría “una recolección de diarios y cartas relativos a la guerra”, para que perdurara la memoria de tanto sufrimiento, Ana se ilusionó y comenzó a pasar a limpio su diario, sin dejar de seguir escribiendo nuevas entradas, con su habitual forma de carta.  

Otto Frank murió en 1980 y legó los originales de Ana al Instituto Holandés para la Documentación de Guerra de Amsterdam (en la actualidad el Instituto para la Documentación de la Guerra, el Genocidio y el Holocausto). Ante la continua polémica sobre la posible falsedad de los diarios, el Instituto llevó a cabo una investigación en la se comprobó la autenticidad de los escritos. Más tarde se realizó una edición, hasta ahora canónica, del Diario, donde se recogen también cinco páginas nuevas aparecidas en 1998.

Hoy, después de 70 años de que se iniciara el encierro en el escondite, numerosos turistas y visitantes cumplen con el ritual de acercarse a Anne Frankhuis. Muchos soportan largas colas para acceder a la famosa “casa de atrás”, sin muebles, con las señales en la pared en la que el padre de Ana había ido midiendo a sus hijas, con las fotos y los recortes de revistas en la habitación de la chica. 

Una vez en la casa, en respetuosa fila, el visitante contempla lo poco que hay que ver, la luz de una bombilla, el wáter de cerámica decorada, el fregadero, y la estantería que conduce a la casa de atrás. Sólo una maqueta recuerda la disposición de los muebles y los objetos. Otto Frank no quiso que se amueblaran las habitaciones, como un símbolo del vacío que dejaban los desaparecidos. Pero también era una realidad; la deportación iba acompañada del expolio. 

Los escondidos pertenecían a familias acomodadas. Los abuelos de Ana habían sido ricos, y su familia continuaba en buena posición. Aquel escondite en Prinsengracht era un lugar privilegiado, y Ana lo sabía y lo recordaba en sus escritos. Por la radio seguían esperanzados la evolución de la guerra, mientras que sus protectores los mantenían en contacto con el mundo exterior más cercano, el de Amsterdam, las deportaciones, el hambre, los niños vestidos con harapos, las consecuencias de los ataques aéreos, los fusilamientos, los robos. 

Y el miedo iba creciendo a la vez que Ana crecía. El miedo a los bombardeos, a caer enfermos y no poder ser atendidos, a ser descubiertos. El miedo se convirtió una noche en una cubeta llena de excrementos. Alguien había entrado en el edificio y nadie podía moverse, ni ir al baño.

La casa de Ana Frank podría considerarse uno de tantos lugares para mitómanos dispuestos a pagar por estar allí, donde vivió esa niña, y por ver el famoso diario en una urna. Pero la casa es algo más, es un lugar de memoria. Por eso, al visitarla recordamos a aquellos escondidos de nuestro país, los topos del franquismo cuyas historias fueron recogidas en el libro Los topos, de Manuel Leguineche y Jesús Torbado. 

Una de estas historias, la de Manuel Cortés, alcalde republicano de Mijas, se narra en el documental animado 30 años de oscuridad, de Manuel H. Martín. Al final de la guerra Manuel Cortés no pudo huir de España, regresó a su pueblo y, temiendo ser fusilado, vivió durante un tiempo en un pequeño hueco en la pared. Luego mejoraron sus condiciones pero permaneció escondido hasta 1969.

Y al visitar la casa de Ana Frank recordamos también tantos lugares de memoria que nunca serán recuperados, como la plaza de toros de Badajoz, a la que Francisco Espinosa, en su libro  La columna de la muerte, se refería como el “escenario de uno de esos acontecimientos-símbolo a los que aludió Pierre Vilar en su introducción al Guernica de Herbert Southworth”.

En el verano de 1936, el barco en el que viajaba Stefan Zweig hacía Argentina hizo escala en Vigo, en poder de los franquistas. En sus memorias –El mundo de ayer. Memoriasde un europeo– Zweig escribe que en aquellas pocas horas pudo ver cosas que le dieron “motivos justificados para reflexiones abrumadoras”:

Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas y vestidos con sus ropas campesinas, traídos seguramente de los pueblos vecinos. De momento no comprendí para qué los querían. (…) Pero al cabo de un cuarto de hora, los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de unos oficiales fueron cargados en automóviles igualmente nuevos y relucientes y salieron como un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde lo había visto antes?¡Primero en Italia y luego en Alemania! Tanto en un lugar como en otro habían aparecido de repente estos uniformes: nuevos e inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más me pregunté: ¿quién proporciona y paga esos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes anémicos? ¿Quién los empuja a luchar contra el poder establecido, contra el parlamento elegido, contra los representantes legítimos de su propio pueblo? Yo sabía que el tesoro público estaba en manos del gobierno legítimo, como también los depósitos de armas. Por consiguiente, esas armas y esos automóviles tenían que haber sido suministrados desde el extranjero y sin duda habían cruzado la frontera desde la vecina Portugal. Pero, ¿quién los había suministrado? ¿Quién los había pagado? Era un poder nuevo que quería el dominio, el mismo poder que actuaba aquí y allá, un poder que amaba la violencia, que necesitaba la violencia y que consideraba debilidades anticuadas todas las ideas que nosotros profesábamos y por las cuales vivíamos: paz, humanidad, entendimiento mutuo. Eran grupos secretos, escondidos en sus despachos y consorcios, que cínicamente se aprovechaban del idealismo ingenuo de los jóvenes para sus ambiciones de poder y sus negocios. Era una voluntad de imponer la fuerza que, con una técnica nueva y más sutil, quería extender por nuestra infausta Europa la vieja barbarie de la guerra. Una sola impresión óptica, sensorial, siempre causa más impacto en el alma que mil opúsculos y artículos de periódico. Y en el momento en que vi cómo instigadores ocultos proveían de armas a aquellos muchachos jóvenes e inocentes y los lanzaban contra muchachos también jóvenes e inocentes de su propia patria, tuve el presentimiento de lo que nos esperaba, de lo que amenazaba a Europa. Cuando, al cabo de unas horas de parada, el barco desatracó de nuevo, corrí a mi camarote. Me resultaba demasiado doloroso seguir viendo ese hermoso país que había caído víctima de una horrible desolación por culpa de otros; Europa me parecía condenada a muerte por su propia locura, Europa, nuestra santa patria, cuna y Partenón de nuestra civilización occidental.