sábado, 1 de septiembre de 2012

Cuando Nabokov encontró a Austen

                             –Bueno, ¿por qué te casaste entonces?
                             –!Dios! No sé. No sé. Me dijo que tenía devoción por Jane Austen. Me explicó que 
                            sus  libros eran muy valiosos para él. Eso fue exactamente lo que dijo. Después de 
                            casarnos  descubrí que no había leído ninguno de sus libros.
             
                             J.D. Salinger, El tío Wiggily en Connecticut

Portada de Una habitación propia.
Edición de Seix Barral (1980).

Existen portadas de libros que ahuyentan a un amante de la literatura. Tal es el caso de una edición de Una habitación propia de Virginia Woolf de 1980 y de otra más tardía de Mansfield Park de Jane Austen. El objetivo de las dos portadas era atraer a las posibles lectoras y, para ello, en el producto comercial debía quedar claro que se trataba de libros escritos por mujeres y destinados, preferentemente, a mujeres. Las ediciones de estas dos obras se han ido sucediendo a lo largo de los años y las portadas han cambiado de acuerdo con las modas, la estética, los peinados, o las películas que se hayan realizado basadas en las novelas de Austen. Todavía se siguen enmascarando joyas  bajo la etiqueta de “literatura femenina”, manteniendo así vivos los prejuicios de siempre. 
  
A principios de los años 50 del siglo pasado Vladimir Nabokov fue contratado por la universidad de Cornell para dar clase de literatura rusa. Le asignaron además una clase de narrativa europea, a la que asistían, sobre todo, chicas. El Curso de literatura europea, publicado póstumamente, es una recopilación de aquellas conferencias que Nabokov impartió y que le sirvieron para ganarse la vida cuando aún no era el famoso autor de Lolita.

John Updike, en su prólogo al Curso, relata cómo fue el encuentro de Nabokov con Jane Austen, una historia bien documentada tras la publicación de la correspondencia que mantuvieron Nabokov y el crítico Edmund Wilson. En abril de 1950 Nabokov le escribe a Wilson: “El año que viene voy a dar un curso titulado ‘Novelística europea’ (siglos XIX y XX). ¿Qué escritores ingleses (de novelas o relatos) me sugiere? Necesito al menos dos”. Wilson le respondió que, en su opinión los dos más grandes escritores ingleses eran Dickens y Jane Austen. “A Jane Austen merece la pena leerla entera: hasta sus fragmentos son admirables”. En una carta del 5 de mayo, Nabokov le escribe a Wilson: “Le agradezco su sugerencia respecto a mi curso de novelística. No me gusta Jane; en realidad tengo ciertos prejuicios contra todas las escritoras. Están en otra categoría. No soy capaz de ver nada en Orgullo y prejuicio...”. Wilson respondió: “Se equivoca respecto a Jane Austen. Creo que debería leer Mansfield Park... Para mí, está entre la media docena de los mejores escritores ingleses”.
Portada de Mansfiel Park. Edición de Plaza y 
Janés (1997)

A pesar de su reticencia, Nabokov acabó cediendo; adquirió Mansfield Park y la utilizó en el curso. Conforme se adentraba en la obra su entusiasmo crecía. Seis meses después, en otra carta, le contaba a Wilson que había hecho que sus alumnos leyeran las obras literarias que se mencionaban en Mansnfield Park, como ciertos pasajes de Enrique VIII, “el Viaje sentimental de Sterne (todo el pasaje de la verja y la falta de la llave procede de ahí... y el del estornino) y naturalmente, Lover’s Vows, en la inimitable (y mondante) traducción de la señora Inchbald... Creo que me he divertido más que mis alumnos”.

Nabokov guardó un grato recuerdo de sus clases en Cornell. Era un apasionado lector que enseñaba a sus alumnos a ser buenos lectores; lo que constituye la esencia de una clase de literatura. Y nada hay más gratificante para un lector que encontrar a un buen lector que guía, aconseja, muestra su opinión más allá de los manuales o de la crítica convencional. Podemos estar o no de acuerdo con sus puntos de vista, pero sentimos que sus palabras se alejan del frío academicismo con el que se diseccionan tesoros literarios como si se tratara de fósiles depositados en polvorientas estanterías.

En “Buenos lectores y buenos escritores”, el prólogo del Curso, Nabokov explica que su propósito es “hablar afectuosamente, con cariñoso y moroso detalle, de varias obras maestras europeas”. Y recuerda el comentario que Flaubert escribía en una carta a su amante: “qué sabios seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros”. Algunos alumnos de Nabokov nunca olvidaron la palabras de su maestro: “Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos”. Para Nabokov “los libros no se deben leer: se deben releer. Un buen lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un ‘relector’ ”. Porque, a diferencia de lo que sucede con la pintura carecemos de un órgano físico con el que se puedan apreciar el conjunto y sus detalles. La vista nos ayuda a familiarizarnos con un texto pero “la mente, el cerebro, el coronamiento del espinazo, es, o debe ser, el único instrumento que debemos utilizar al enfrentarnos con un libro”. El buen lector deberá ver y oír cosas:

Visualizar las habitaciones, las ropas, los modales de los personajes de un autor. El color de los ojos de Fanny Price, protagonista de Mansfield Park, y el mobiliario de su pequeña y fría habitación, son importantes.

Por su parte, el buen escritor debe combinar las facetas de narrador, maestro y encantador. La perfecta mezcla de las tres hará posible la creación de una gran obra, la que le provoca el estremecimiento artístico al lector cuando este descubre la magia del arte en la estructura, el estilo o el pensamiento:

Para gozar de esa magia, el lector inteligente lee el libro genial no tanto con el corazón, no tanto con el cerebro, sino más bien con la espina dorsal. Es ahí donde tiene lugar el estremecimiento revelador, aun cuando al leer debamos mantenernos un poco distantes, un poco despegados.

El enfoque desde el que Nabokov estudiaba la literatura partía de una separación entre la realidad y el arte, pues para él “la obra de arte es, invariablemente, la creación de un mundo nuevo”. Por ello se planteaba también la cuestión de si una novela nos daba información sobre lugares y épocas: "¿Podemos fiarnos del retrato que hace Jane Austen de la Inglaterra terrateniente, con sus baronets y sus jardines paisajistas, cuando todo lo que ella conocía era el salón de un pastor protestante?

Para Nabokov “las grandes novelas son grandes cuentos de hadas”. Y las que iban a estudiar en la clase lo eran “en grado sumo”. Además de Mansifield Park, el curso estaba dedicado a Casa desolada, Madame Bovary, El doctor Jekyll y Mr. HydePor el camino de Swan, La metamorfosis, y Ulises. Nabokov les explicaba a sus alumnos que la literatura comenzó con una gran mentira “nació el día en que un chico llegó gritando el lobo, el lobo, sin que le persiguiera ningún lobo”: 

La literatura es invención. La ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran escritor es un gran embaucador, como lo es la architramposa Naturaleza. La Naturaleza siempre nos engaña. Desde el engaño sencillo de la propagación de la luz a la ilusión prodigiosa y compleja de los colores protectores de las mariposas o de los pájaros, hay en la Naturaleza todo un sistema maravilloso de engaños y sortilegios. El autor literario no hace más que seguir el ejemplo de la Naturaleza.
           
       Pero “¿qué se entiende por 'realidad'?”, se preguntaba Virginia Woolf en Una habitación propia (1928). Es un concepto demasiado complejo. ¿Dónde se encuentra la realidad? ¿En lo que percibimos a lo largo del día? ¿Podemos confiar en ella, confiar en una impresión y el recuerdo que nos deja?:  

Pero [la realidad] da a cuanto toca fijeza y permanencia. Esto es lo que queda cuando se ha echado en el seto la piel del día; es lo que queda del pasado y de nuestros amores y odios.  Ahora bien, el escritor, creo yo, tiene más oportunidad que la demás gente de vivir en presencia de esta realidad. A él le corresponde encontrarla, recogerla y comunicárnosla al resto de la Humanidad. Esto es, en todo caso, lo que infiero al leer El Rey Lear, Emma o En busca del tiempo perdido. Porque la lectura de estos libros parece, curiosamente, operar nuestros sentidos de cataratas; después de leerlos vemos con más intensidad; el mundo parece haberse despojado del velo que lo cubría y haber cobrado una vida más intensa.

Nicolaes Maes, "Madre con su hijo en la cuna" (1660).
            Rijks Museum, Amsterdam
Virginia Woolf exhortaba de este modo a sus lectoras: “(…) Cuando os pido que ganéis dinero y tengáis una habitación propia, os pido que viváis en presencia de la realidad, que llevéis una vida, al parecer, estimulante, os sea o no os sea posible comunicarla”.  En su recorrido a través de la literatura inglesa, Virginia Woolf recuerda las dificultades que debieron superar las escritoras pioneras, que sintieron la necesidad escribir a pesar del rechazo social. 

Aunque los índices de alfabetización fueron mayores en los países protestantes, debido a la importancia que la religión daba la lectura de La Biblia, no fue hasta el siglo XVIII, con la consolidación de una clase media cultivada que disponía de un tiempo de ocio, cuando las mujeres se convirtieron en potenciales lectoras de novelas y descubrieron que se podía ganar dinero escribiendo. Sin embargo continuaron las burlas hacia esas “marisabidillas a las que les gustaba garabatear”, “el dinero dignifica lo que es frívolo si no está pagado”.  Y concluía Virginia Woolf:

Así pues, a finales del siglo dieciocho se produjo un cambio que yo, si volviera a escribir la Historia, trataría más extensamente y consideraría más importante que las Cruzadas o las Guerras de las Rosas. La mujer de la clase media empezó a escribir.

Gracias a estos cambios pudieron escribir Jane Austen, las hermanas Brontë, o George Eliot, porque, para Virginia Woolf, las obras maestras “no son realizaciones individuales y solitarias; son el resultado de muchos años de pensamiento común, de modo que a través de la voz individual habla la experiencia de la masa”. Y si las mujeres de esa época eran, sobre todo, novelistas, se debía a que, en las condiciones que les rodeaban les resultaba más fácil concentrarse en la narración que si se dedicaban a la poesía o al teatro. Jane Austen escribió toda su vida en la sala de estar común, nunca tuvo un despacho propio y, según contaba su sobrino en sus memorias, “estaba expuesta a toda clase de interrupciones. Siempre tuvo buen cuidado de que no sospecharan sus ocupaciones los criados, ni las visitas, ni nadie ajeno a su círculo familiar”. Por ello, cuando alguien entraba a la sala “Jane Austen escondía sus manuscritos o los cubría con un secante”. Sin embargo, además de estas condiciones tan poco favorables para que el genio creador individual se desarrollase en cualquier género literario, no hay que olvidar que la novela era lo que verdaderamente dejaba dinero, lo que convertía la escritura en algo respetable.

En cuanto a la formación literaria de una mujer a principios del siglo XIX se reducía, según Virginia Woolf, a “la observación del carácter y el análisis de las emociones”:

Durante siglos habían educado su sensibilidad las influencias de la sala de estar. Los sentimientos de las personas se grababan en su mente, las relaciones entre ellas siempre estaban ante sus ojos.

Y de esta realidad se nutrieron las novelas de Jane Austen. Pero ella también era una gran lectora y sus personajes más queridos son grandes lectores. Fanny, la protagonista de Mansfield Park, no puede vivir sin la lectura. Para Fanny, como para su creadora, los buenos libros enriquecen espiritualmente y moldean el carácter y la sensibilidad. Fanny ha sido bien orientada en sus lecturas a través de su primo Edmund y más tarde ella guiará a su hermana Susan. Mansfield Park está llena de referencias literarias directas o de motivos y escenas que Austen recrea, como bien estudió Nabokov en el Curso de literatura europea.
        ¿Pero qué hace distinta a Jane Austen de todas las novelistas que la habían precedido o que fueron sus contemporáneas? Para Virginia Woolf esta era la respuesta: 

[A comienzos del siglo XIX] había (…) una mujer que escribía sin odio, sin amargura, sin temor, sin protestas, sin sermones. Así es como escribió Shakespeare (…); y cuando la gente compara a Shakespeare y a Jane Austen, quizá quiere decir que las mentes de ambos habían quemado todos los obstáculos; y por este motivo no conocemos a Jane Austen ni conocemos a Shakespeare, y por este motivo Jane Austen está presente en cada palabra que escribe y Shakespeare también.