viernes, 19 de octubre de 2012

Caoscopia

Yaiza Martínez 
                     Era un poco poeta, o sea,
                     sacaba algún sentido sorprendente
                     de los significados ordinarios;
                     y una esencia infinita

                     de todas nuestras cosas
                     que tienen que morir en los umbrales;
                     tal vez fuimos nosotros los que antes
                     las inmovilizamos. (…)

                     Emily Dickinson (trad. Carlos Pujol)


Caoscopia es un paso más en el camino que Yaiza Martínez inició en Siete, los perros del cielo. Yaiza se dirige a un lector cómplice dispuesto a cruzar la línea de lo previsible, a salir de los compartimentos estancos de ciencia o humanidades, y de las microscópicas parcelas del saber a las que puede acceder un ser humano del siglo XXI. En Caoscopia como en Siete... , su anterior libro, Yaiza Martínez crea un mundo poético cuyo engranaje es la conciencia de existir, de formar parte de la vida.
 La primera clave para una lectura de Caoscopia es el título. En una nota, Yaiza aclara que la palabra es el nombre con el que el matemático Raplh Abraham denomina a un método para representar un fenómeno caótico en apariencia, como, por ejemplo, el goteo de un grifo:

A la hora de escribir Caoscopia me propuse plasmar el “goteo de la conciencia, lo que acabó trazando “una curva semántica suave” que vertebró toda la obra: “el ser / el no ser / voz del amor / en el lenguaje”.

Caoscopia dibuja una cosmovisión a través del ritmo que conforman sonidos e imágenes. Los versos enraízan en lo más profundo del ser humano. Poesía y ciencia dialogan de tú a tú, se reencuentran y se reconocen como una búsqueda. El ser humano, a través de la ciencia, ha buscado el origen, la explicación del mundo y de la vida. La ciencia se adentra en el misterio y, sin embargo, cada paso que da, cada gran descubrimiento sobre lo infinitamente grande o la partícula más elemental conduce a otro misterio aún mayor. La poesía se adentra en la conciencia para desvelar lo oculto y trazar un mapa. Ni ciencia ni poesía nos garantizan que llegaremos a un lugar seguro y previsible, y no importa; seguiremos buscándolo, seguiremos viviendo.
 “Para conservar, reitera –aconseja el científico británico”, escribe Yaiza en el primer poema. El científico es el controvertido biólogo Rupert Sheldrake, autor de la hipótesis de la “causación formativa”, que establece la existencia de los campos mórficos, es decir “campos de información aplicables, a través del espacio y del tiempo, a sistemas con algún tipo de organización inherente”. Unido a ello está el concepto de resonancia mórfica, que el propio Sheldrake explica así:

El modo como las moléculas de hemoglobina, los cristales de penicilina o las jirafas del pasado influyen en los campos mórficos del presente depende de un proceso denominado resonancia mórfica, que consiste en la influencia de algo sobre lo que es semejante, a través del espacio y el tiempo.

La dedicatoria a Cruz, la “matrioska que ya no está y sigue”, se convierte en otra clave interpretativa del poemario. La matrioska como metáfora aparecerá también en los poemas. Es la mujer que en su útero atesora la vida, la genera y la perpetúa. La mujer-imagen del universo que crea a partir del útero vacío, la Madre Tierra que “usa del dolor como abono”, porque la muerte, el final de un ciclo, es también el comienzo de otro:

Amadas matrioskas, no calléis ni me dejéis sola en el filo,
entre muertos y vivos, en perpetua sobremesa.

La matrioska, imagen de la mujer, abarca desde lo más pequeño –el “campo folicular”–, hasta lo más grande, la Madre Tierra, la que se enfrenta a aquellos que perturban el orden del universo, a los que se dan la vuelta y destruyen lo que no les pertenece:

Lúdica pasión el robo, pero la Madre os mira
  
 En el poema “Encontraste la veta brillante en la esteatita…”, la Madre aparecerá con otras referencias míticas. La madre es Gea, pero también es Deméter, misterio y orden, renovación cíclica de la tierra y de la vida, “renacimiento y ciclo”:

(52) Se escuchaban de este a oeste las canciones del agua circulando sobre rostros cadavéricos –así era honrar lo desaparecido, por su transformación en nuevas formas, dijo la Madre.

La estructura de Caoscopia constituye otro nivel de significado cuyo sentido lo hallaremos en el “número”: el tres, síntesis espiritual, y el ocho, símbolo de la regeneración. Caoscopia contiene treinta y tres poemas, divididos en tres partes; tres repeticiones del leitmotiv. Cada una de ellas se ramifica en cuatro secciones que se abren con una de esas ‘gotas de conciencia’: “el ser / el no-ser/ voz del amor / en el lenguaje”. La primera parte del poemario consta de diecisiete poemas, ocho de ellos forman la tercera sección (“voz del amor”). Y ocho poemas integrarán cada una de las siguientes partes del libro. La estructura es, pues, otro espejo, el del ocho tumbado, el infinito.
Casi todos los poemas (excepto los incluidos en “voz del amor” del segundo ciclo) se componen de unos versos que constituyen la “carcasa”, reflejo rítmico de esa “arquitectura de huesos”, imagen que se repite a lo largo del libro. Esos versos forman la base, el núcleo para los versos-anotaciones que se extienden como ramas de un árbol o células que se multiplican, en una estructura mandálica que ya vimos en Siete-Los perros del cielo.
 El poema inicial, en el que confluyen la muerte y la vida –que siempre vence por la creación– se cierra con unos hermosos versos, como una declaración de intenciones: “Y para crear imagina lo no concebido. Luego asiéntate en lo probable,/ su boscosa danza de nubes cualesquiera”. Porque, al igual que en la teoría científica de Sheldrake, lo nuevo –la creación– sigue siendo un misterio. En el segundo poema hallaremos la imagen del “arco para la cuerda frotada del miedo”, y surgirá el lenguaje como fruto y creación: “he recolectado leyendas”.
El número indecible, el ocho, el infinito, aparece por primera vez en el poema “surgió el perro del trozo de la noche” que, como señala Yaiza, está inspirado en el poemario Materia oscura de Laura Giordani. Pero en este poema todo tiende hacia el caos. Será en la segunda sección cuando se muestre “el ocho tumbado” (“muros escritos hasta el ocho tumbado, con idénticos  versos triangulares”); y lo hace en el poema en el que surge la luz –“ayer vino la luz”– y en el que el texto se convierte en metáfora del mundo: “el texto del mundo/reza”, imagen reiterada en el poema que cierra el segundo ciclo:

El número indecible se teje en la escritura. El resto de los mundos danza en todas las palabras.

En las notas del poema “luego siguieron su camino y me desvanecí…”, el ocho tumbado es la mujer que habla en “la lengua de los aromas”:

(74) Demasiado pronto te diste la vuelta y soñaste con la mujer de origen,  
corazón, ella y todas confluyen

en este cuerpo el ocho tumbado

La imagen culminará en la sección final del libro, en el último goteo de conciencia “en el lenguaje”:

susurro infinito hasta el ocho tumbado

ropaje y honra para las herencias de la invención
           
Otra de las metáforas que vertebran el libro es la del “candado”. En el poema “antes del salto al orden” el candado del destino es “la voz del amor”. Y así comienza este otro poema:

y aquí el deseo me echó el candado
yugo y natural cuajo
por la reiteración

Del candado surgirá la vida: "allá donde pusimos el candado/ se alzó la vida”. Y es también el “candado folicular” donde se origina la reiteración:

(58) Lo que es allí es también aquí. Despega las hojas genitales (59) para escuchar esa lengua –candado folicular, dulce recorrido de reiteración, por geometría–. Del confín al cogollo es ahora, se dice. Cierra después las hojas y deja descansar lo oscuro

 En el poema “rótulo de piedras” hallaremos una clave esencial para la interpretación: “todo lo ocurrido sucede en el lenguaje”; la música es el candado:

(77) la música sirve para ver lo escondido
       y todo se resolvió en agua

Triunfará el orden por la voz del amor:(85) “y no fue cosa del tiempo, sino de la voz del amor, estuvo creyendo, entre las cuatro paredes”. En el último poema el lenguaje es ahora el lugar donde confluyen la vida y la muerte, “Renacimiento y Ciclo como en coro”; y el mundo se identifica con el texto donde todo ha sucedido y todo volverá a suceder.  
Caoscopia es un libro honrado y valiente; su autora se mantiene fiel a su mundo poético y a su compromiso estético con el lenguaje con una poesía que crea otra realidad a través de las imágenes y el ritmo. El poema de Emily Dickinson con el que se abre esta aproximación a Caoscopia acaba así:

(…)
El poeta descubre
imágenes, y es él quien nos permite
que tengamos, aun siendo paradoja,
la pobreza sin fin.

El inconsciente robo
de una parte no va a quitarle nada,
pues todas las riquezas que posee
nada son para el tiempo.

En palabras de Antonio Gamoneda “La poesía no te muestra cómo es la realidad, pero sí intensifica tu conciencia para hacerla más permeable a la realidad". La escritura "manifiesta siempre cosas desconocidas incluso para el poeta (...). Realidades inconscientes para el propio poeta se convierten de repente en conscientes al plasmarse en un papel y eso es una cualidad clave de la poesía". De este modo debemos adentrarnos en la poesía de Yaiza Martínez. 

Un poema de Caoscopia

en muchas direcciones, corazón, amo
– no me culpes por no llevarte a pastar por donde no pude:

veo la sombra aún respiro abajo lo presente sólo fue una opción
larvada (24) lo demás,

no lo conocí


(24) Todo está por fuera  pero se entiende en el cogollo orgánico, cuando la
vida cuece. Las formas siempre devienen en la era del frío.

Entretanto, en los bordes se deposita todo lo posible, y por el deseo cristaliza lo
no más verdadero estable (25).

(26) Pirita, estambre, espuma… hasta el ocho tumbado – el resto de las
cosas, sombra inexistente, hace de
igual manera este camino. Atiende: abre las venas de los mundos (26)


(26) Puebla los pantanos de tifáceas transparentes


sábado, 6 de octubre de 2012

Cenicienta en Mansfield Park

Germán Bandera, Villa Borghese

Si Jane Austen sufrió en algún modo por culpa de las circunstancias, fue de la estrechez de la vida que le impusieron. Una mujer no podía entonces ir sola por las calles. Nunca viajó; nunca cruzó Londres en ómnibus ni almorzó sola en una tienda. Pero quizá por carácter Jane Austen no solía desear lo que no tenía. Su talento y su modo de vida se acoplaron perfectamente.

                                                                       Virginia Woolf, Una habitación propia

Cuando comenzamos a leer una novela de Jane Austen ya sabemos que en su final habrá un feliz matrimonio. Esto tranquiliza al lector, pero no por ello disminuye el placer de la intriga, porque permanece la incertidumbre sobre los caminos por donde discurrirá la trama. El perfecto ensamblaje de motivos y escenas –lo que Nabokov llamaba estructura– es una de las razones por las que amamos a Jane Austen. La otra es el estilo. A pesar de que sus novelas siguen ciertas convenciones del relato sentimental, Austen prescinde de los aspavientos y del lenguaje grandilocuente. Sus personajes son sensibles –no sensibleros– y racionales. Los que se desvían de esta premisa probablemente serán desdichados; han pedido más de lo que vida, la posición social, las aptitudes o el sentido común podían ofrecerles. “Todas las grandes novelas son grandes cuentos de hadas”, escribía Nabokov, y la historia de Mansfield Park no es otra que la de Cenicienta. La novedad reside en la manera en que ese cuento se ha trazado. Jane Austen es el eslabón de una cadena de narradores que surgieron en el siglo XVIII inglés, todos ellos influidos por Cervantes. Austen deja atrás los lacrimógenos dramas que debían ser del gusto de las mujeres para incorporar una de las esencias de las grandes obras literarias: el sentido del humor.
Se le ha achacado a Jane Austen su conformismo; sus heroínas no son atormentadas, no se rebelan ante la injusta situación de la mujer. Estas opiniones harían que Nabokov, indignado, se llevara las manos a la cabeza:No existe vida real para un escritor de genio: debe crearla él mismo, y luego crear las consecuencias. Sólo podemos gozar plenamente del encanto de Mansfield Park aceptando sus convencionalismos, sus reglas, sus encantadores fingimientos. Mansfield Park no ha existido jamás, y sus gentes no han vivido jamás”. Pero la materia narrativa de Jane Austen no surge de la nada; hay un modo de vida detrás de ella, el mundo en que creció y vivió su autora. Su educación, sus convicciones, su experiencia y sensibilidad para analizar la vida cotidiana nutrirán a sus personajes más queridos. Podría decirse que Jane Austen era una mujer sensata, cuyas heroínas eran sensatas y estaban destinadas a un matrimonio adecuado que, en la mayoría de los casos, elevaba su estatus social.  
El entusiasmo que Nabokov sintió por Austen le llevó a escribir en el Curso de literatura europea: “Mansfield Park, (…), es la obra de una dama y el juego de una niña. Pero de ese costurero sale una labor exquisita y artística, y esa niña posee una vena poética asombrosa y genial”. Y el pedante Seymour en Hapworth 16, 1924 de Salinger le escribía a sus padres que mandasen libros de “Jane Austen, ya sea íntegramente o en cualquier modo o forma, salvo ‘Orgullo y Prejuicio’, que ya lo tengo en mi poder”, pero decide omitir cualquier juicio crítico: “No voy a perturbar el genio incomparable de esta muchacha con afirmaciones dudosas”.
Retrato de Jane Austen basado en un dibujo
      de su hermana (Wikipedia)
Mansfield Park se publicó en 1814. Jane Austen comenzó a escribirla en febrero de 1811, y la terminó 1813;  tardó unos veintiocho meses. No era una niña, ni una muchacha. Era una mujer soltera de 38 años, que moriría tres años después. Sabemos algo de su vida, a partir de lo que cuenta su sobrino en una biografía, pero no conocemos nada acerca de las razones por las que rompió algún compromiso. Fue muy querida en su familia, y vivió la vida normal de una hija de un pastor protestante con inquietudes culturales que quiso dar a sus hijos e hijas una esmerada educación.  
Las primeras páginas de Mansfield Park son un ejemplo de sensatez, sentido común y sentido del humor. Como en los cuentos de hadas, Jane Austen y sus personajes relacionan la buena posición económica con llevar una vida feliz. En Mansfield Park la historia de tres hermanas ha seguido caminos distintos. Todo ha dependido de un buen casamiento y de las rentas: María Ward “con una dote de siete mil libras, tuvo la buena fortuna de cautivar a sir Thomas Bertram”; se convirtió en baronesa y se trasladó a Mansfield Park, propiedad de su esposo en el condado de Northampton. Su otra hermana, la señora Norris, que no tendrá hijos, se conformará con un clérigo amigo de su cuñado. Y la tercera hermana, la señora Price, hará por despecho un matrimonio poco adecuado “con un teniente de marina sin educación”. De esta unión nacerán nueve hijos. Las tres hermanas han vivido una historia que ya no se puede cambiar. Pero hay alguien que, a pesar de sus méritos, está en el lugar equivocado. Es Fanny, la segunda de los hijos de los Price, que acabará siendo protegida de los Bertram, por intermediación de la tía Norris, a quien le gustaba entrometerse en todo y hacer obras de caridad a costa de otros.   
Sir Thomas Bertram y su esposa tienen cuatro hijos: Tom, Edmund, Maria y Julia, todos ellos hermosos, altos y bien educados. El padre es bastante rígido y la madre algo descuidada. La señora Norris adora a sus sobrinas, de modo que lady Bertram delega en ella. Sir Thomas también respeta la opinión de su cuñada, que es consciente de su poder. Fanny-Cenicienta llega con diez años a este mundo de la aristocracia rural y sus primas la desprecian por su ignorancia y pobreza. De modo que “la pequeña forastera se sentía tan infeliz como quepa imaginar”. Como la madrastra de los cuentos, la tía Norris –personaje al que Nabokov califica de “una obra de arte en sí mismo”– se encargará de que María y Julia, se consideren superiores a su prima:

Pues aunque sepáis que los papás (debido a mí) son tan buenos que han querido educarla con vosotras, no es del todo necesario que su educación sea tan completa como la vuestra; al contrario, sería mucho más deseable que hubiera alguna diferencia.

Pero desde que llega a Mansfield Park, Fanny cuenta con la protección de su primo Edmund, del que se irá enamorando, como temía sir Thomas, para quien, uno de los mayores inconvenientes de adoptar a la niña, era que acabara conquistando a alguno de sus hijos, ambos destinados a un matrimonio más ventajoso.
Estos prolegómenos suceden en 1800, pero hasta 1808, cuando Fanny ha cumplido los dieciocho años, no se inicia la acción principal. Napoleón gobernaba en Francia y Gran Bretaña estaba en guerra con él. Aunque de nada de esto se habla en Mansfield Park. Lady Bertram vendió su casa en Londres, donde pasaban la primavera y decidió vivir siempre en el campo. De ese modo Fanny se moverá siempre en un ambiente que era bien conocido por Jane Austen.
En esa Inglaterra de la nobleza rural, sin irán introduciendo nuevos personajes jóvenes que alterarán la vida de los Bertram: los hermanos Mary y Henry Crawford, el bobalicón señor Rushworth y el atolondrado Mr. Yates. Sir Thomas se ha ido a pasar un año a sus propiedades de ultramar, y las hermanas Bertram, ante la indolencia de la madre y la inconsciencia de tía Norris, vivirán inocentes aventuras como una escapada a las propiedades del señor Russhworth, prometido de María. Los pequeños incidentes de la jornada, con desapariciones de ciertas parejas en el bosque, desplantes, conversaciones íntimas, miradas y coqueteos, prepararán otra aventura aún mayor: una obra teatral, que permitirá que alguno de estos personajes tengan que pasar por situaciones poco apropiadas de abrazos y cercanías demasiado atrevidas. En medio de la locura todos se lanzan a los ensayos y los preparativos de una obra “bastante tonta”, Promesas de enamorados. La única que se niega a participar es Fanny, pues considera la obra indecorosa para que sea representada en esa casa. Por suerte, en medio de “esa orgía de liberación”, como la llama Nabokov, aparece el padre, que después de un año regresa justo cuando se celebra el ensayo general. Se sorprende ante aquello y prohíbe la función. Ni siquiera la señora Norris, en quien tanto confiaba, se había mantenido al margen del tumulto, y hasta se había encargado de dirigir la confección del telón, del que –otro rasgo más de su tacañería–, acabó apropiándose:

La señora Norris consiguió eliminar un artículo de su vista que podía haberle enfadado. Se llevó a casa el telón que con tanto talento y éxito había preparado, dado que mucha falta le hacía un tapete verde.

Germán Bandera, Villa Borghese
A partir de esa escena los personajes se reorganizan. María se casa con el señor Russhworth, y su hermana Julia se va con ellos a pasar una temporada. Mary Crawford, de quien se ha enamorado Edmund, intenta ganarse la amistad de Fanny que, por si no tuviera bastante, se verá acosada por un pretendiente, Henry Crawford, el hermano de Mary. Todos alaban a los Crawford por su belleza, sus considerables rentas y su educación. Sólo la sensata Fanny percibirá la inmoralidad y la falta de principios de los dos hermanos. Henry decide conquistar a Fanny, una joven con “auténtica sensibilidad”, por lo que “sería algo extraordinario, ser amado por esta muchacha, despertar los primeros ardores de su espíritu joven y sencillo”; para conseguirlo no podrá usar “la ingeniosidad, la galantería y la amabilidad”, como solía hacer con sus conquistas. Debía ayudarse “del sentimiento, el afecto y la seriedad en abordar temas serios”.  
Jane Austen se detiene en escenas donde caracteriza a su querida protagonista a través de sus palabras. En una de las reuniones de los jóvenes en el salón de Mansfiel Park, Fanny se dirige a la ventana sola, acompañada de su primo Edmund. Los dos miran la noche “cuyo espectáculo se ofrecía solemne, sedante, cautivador”:

––¡Esto es armonía! ––dijo––. ¡Esto es paz! ¡He aquí algo que deja atrás todo lo que la música y la pintura puedan expresar, y que sólo la poesía puede intentar describir! ¡Esto puede calmar toda inquietud y exaltar el espíritu hasta el arrobamiento! Cuando contemplo una noche como esta, tengo la sensación de que ni la maldad ni el dolor pueden existir en el mundo (…)

Fanny es seria juiciosa, discreta y sensible, todo lo opuesto a Mary, a quien cree amar Edmund. En una conversación con Mary, Fanny contempla unos arbustos que han crecido y esto la lleva a una reflexión sobre el tiempo y la memoria:

––(…) ¡Qué cosa tan asombrosa, tan enormemente asombrosa, la acción del tiempo y los cambios del pensamiento humano! (…) Si alguna de las facultades de nuestra naturaleza puede considerarse más maravillosa que las restantes, yo creo que es la memoria. Parece que hay algo más claramente incomprensible en el poder, en los fracasos, en las irregularidades de la memoria, que en cualquier otro aspecto de nuestra inteligencia. ¡La memoria es a veces tan fiel, tan servicial, tan obediente y, otras, tan veleidosa, tan flaca... y otras aún, tan tiránica e ingobernable! Somos, indudablemente, un milagro en todos los aspectos; pero nuestra facultad de recordar y de olvidar me parece algo particularmente insondable.

Pero Mary Crawford, “impasible y distraída, no tuvo nada que decir; y Fanny, comprendiéndolo así, volvió al tema que consideraba más interesante para su interlocutora”: lo bien arreglado que estaba el jardín del cuñado de Mary, un simple pastor protestante. Edmund, el segundón de la familia Bertram, estaba destinado a ser un clérigo, y este era uno de los motivos por los que a Mary no le acababa de ilusionar un futuro matrimonio con alguien dedicado a una tarea no demasiado distinguida. La frivolidad de Mary Crawford queda reflejada en sus palabras, que llegan a enrojecer a Fanny. Así, cuando Mary habla de una amiga, refiere cómo ha sido su matrimonio por conveniencia: “considero a los Fraser tan desgraciados, poco más o menos, como la mayoría de los matrimonios”. Ella es joven, y él es rico, y su amiga “no sabe manejarlo bien; parece que no sabe cómo encauzar las cosas para vivir lo mejor posible”.
Edmund no se da cuenta de nada, se debate en la incertidumbre de  pedir o no la mano de Mary, y escoge como confidente a Fanny que, al leer una carta de su primo, estallará en un monólogo interior:

Está ciego y nada le abrirá los ojos, nada, después de haber tenido inútilmente, durante tanto tiempo, las verdades ante sí. Se casará con ella, y será infeliz y desgraciado. ¡Dios quiera que la influencia de ella no haga que deje de ser respetable!... Echó una mirada a la carta otra vez. “¡Cuánto me quiere!” Tonterías.

Una de las escenas inolvidables es la “enojosa conferencia” que el cargante Sir Thomas pronuncia ante Fanny hasta hacerla llorar. En su largo parlamento, Sir Thomas enlaza frases como estas: “Has defraudado todas mis esperanzas. (…) Me has demostrado que puedes ser voluntariosa y egoísta, que puedes y quieres decidir por tu cuenta, sin la menor consideración o deferencia hacia aquellos que tienen ciertamente algún derecho a guiarte”. Le reprocha a su sobrina que no haya pensado en su familia, y en lo que le beneficiaría esta boda: 

Y sólo porque no sientes exactamente por míster Crawford lo que una imaginación joven, exaltada, se figura que es indispensable para ser feliz, decides rechazarlo en el acto, (…) y, en un inconcebible arrebato de insensatez, estás desechando una oportunidad de casarte con un partido deseable, honroso, digno, como acaso nunca más se te vuelva a ofrecer.

Todos intentan convencer a Fanny, hasta Lady Bertram, a la que sólo le preocupa su perrito, se decide a hablar con su sobrina. Con ese pretendiente, la joven ha cobrado valor ante su tía, que acabará su insustancial conversación con lo que Nabokov llamaría “frase-hoyuelo”:

––Y algo más voy a decirte, Fanny... Es más de lo que hice por María: la próxima vez que Pug tenga cría te regalaré un cachorro.

Para Nabokov, en el estilo de Jean Austen destaca lo que él llamaba “un hoyuelo especial, que consigue al introducir furtivamente una pizca de delicada ironía entre los elementos de una frase sencilla e informativa”. La frase-hoyuelo es el “hoyuelo de delicada ironía en la pálida y virginal mejilla de su autora”. 
       Ante la tozudez de Fanny sir Thomas decide enviarla un par de meses con su familia, en Portsmouth. A partir de ahí, la mayor parte de la información nos llegará a través de las cartas que recibe Fanny. Este recurso, “una penosa característica de las  de las novelas inglesas y francesas del siglo XVIII”, según Nabokov, es “indicio inequívoco de cierto cansancio de la autora”. Sin embargo, la estancia de Fanny con su familia nos deja escenas memorables en aquella “mansión del ruido, del desorden y de la incorrección”, donde “nadie ocupaba el lugar que le correspondía, nada se hacía como era debido”. Si Dickens hubiera sido anterior a Jane Austen, los críticos habrían dedicado monografías a la influencia de aquél en la escritora. La familia de Fanny recuerda, por ejemplo, a los Jellyby de Casa Desolada. Pero en Mansfield Park no hay posibilidad de amor auténtico ni de afecto. Fanny sabe que está sola, que sus padres no sienten nada especial por ella. Solo les une la sangre:

No podía respetar a sus padres como había esperado. La confianza en su padre nunca había sido grande; pero lo encontró más despreocupado de la familia, de hábitos peores y modales más groseros de lo que había previsto. No carecía de habilidad, pero sí de curiosidad y de conocimientos, aparte los de su profesión. No leía más que el periódico y el boletín de la Armada; (…); juraba y bebía, era sucio y basto. Ella no podía recordar nada parecido a la ternura en su modo de tratarla cuando niña.

Sin embargo, “mayor fue el desencanto en cuanto a su madre; de ella había esperado mucho, y apenas encontró nada”. Después de una buena acogida, la señora Price, que “no era adusta”, se dedico a sus tareas domésticas, para las que no sabía organizarse (“siempre atareada, sin adelantar; siempre retrasada y lamentándolo, sin modificar sus procedimientos; deseando ser económica sin plan ni método”), y siguió preocupándose sólo de de sus hijos varones, sin tiempo ni ganas de ganarse el afecto y la confianza de su hija. La vida de Fanny con sus padres es todo lo opuesto al ideal de vida doméstica que había encontrado en Mansfield Park:

En Mansfield jamás se oían ruidos de contienda, ni voces levantadas, ni explosiones abruptas ni violentas amenazas; todo seguía un curso regular, dentro de un orden placentero; a cada cual se le reconocía la importancia debida; se tenían en consideración los sentimientos de cada uno. Si podía suponerse que faltaba ternura, el buen sentido y la buena educación suplían aquella falta.  

En el salón de Portsmouth, donde los rayos del sol, “en vez de animarla, la deprimían aún más” pues su resplandor “no servía sino para hacer resaltar las manchas y la suciedad”, Fanny recibe “la sucia noticia” que desencadena el final de la historia.  A partir de ahí la acción se vuelve vertiginosa hasta llegar al último capítulo en el que los culpables son castigados, alguno son perdonados por cambiar de conducta; y los buenos y virtuosos reciben su recompensa. La autora no se detiene en los episodios más sórdidos, y al comienzo del capítulo XLVIII declara:

Que abunden otras plumas en la descripción de infamias y desventuras. La mía abandona en cuanto puede esos odiosos temas, impaciente por devolver a todos aquellos que no estén en gran falta un discreto bienestar, y por terminar con todos los demás.