sábado, 15 de diciembre de 2012

Solaris y la solarística


           
Solo entiendo que en tanto que duermo ni tengo temor ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.
–Nunca te he oído hablar, Sancho –dijo don Quijote–, tan elegantemente como ahora;

                                                     Cervantes, El Quijote, Segunda parte, capítulo LXVIII

Una enigmática escena de la película Soralis, de Andréi Tarkovski, se desarrolla en la biblioteca, el centro de la estación espacial suspendida a baja altura sobre el planeta Solaris. El decorado cambia la apariencia de nave futurista por la de una estancia circular, sin ventanas, decorada con muebles clásicos, pinturas de Pieter Brueghel “El Viejo” y otras reproducciones de obras de arte. Sobre la mesa que ocupa gran parte de la sala, unos candelabros encendidos transmiten una luz cálida, frente a la luz blanca que predomina en otras escenas. En ese lugar del universo, cuatro personajes, tres hombres y una mujer, se reúnen para celebrar un cumpleaños y hablar acerca de lo que les está sucediendo. Uno de ellos no es un ser humano.
En la biblioteca se acumulan estantes de libros dedicados a la ciencia solarística. Pero el cibernético Snaut buscará entre el desorden un ejemplar de El Quijote, e instará a Kris Kelvin, el protagonista, a que lea el fragmento en el que Sancho habla juiciosamente de los sueños; en su réplica, llena de asombro, don Quijote continuará: “por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces sueles decir:  ‘no con quien naces, sino con quien paces’”. Las fronteras entre Sancho y don Quijote, lo real y lo ideal, han comenzado a borrarse; el ser humano ha llenado esa fisura con los sueños, los recuerdos, el sentido de la existencia, la posibilidad de conocer y comprender lo que llamamos realidad.
Cuando los tres hombres salen de la biblioteca el libro permanece abierto sobre la mesa; una hoja seca marca una página con una ilustración de don Quijote y Sancho a lomos de sus cabalgaduras. Pronto la estación espacial realizará maniobras y se producirán treinta segundos de ingravidez. Kelvin regresa y encuentra a Harey, la mujer, fumando, con una mano sobre el libro y la mirada fija en un cuadro, Cazadores en la nieve (1565), de Brueghel. La cámara, como si estuviera colocada en los ojos de Harey, recorrerá los detalles del cuadro, los fragmentos de vida cotidiana. Suena el Preludio coral en fa menor de Bach, mientras se eleva un candelabro con las velas encendidas, se agitan los cristales de una gran lámpara  y Harey y Kris se abrazan suspendidos en el aire. Delante de ellos, como un tercer personaje, flotará atravesando la escena el libro abierto de El Quijote.
Nada de esto existe en Solaris, la novela que Stanislaw Lem publicó en 1961 y en la que Tarkovski se basó para crear una obra de arte y una personal contribución a la Solarística, al intento de explicar el fenómeno Solaris, un laberinto perfectamente urdido que podemos atravesar por distintas vías. Cuando lleguemos al final quizás encontremos una respuesta que nos satisfaga; si no, no importa; por el camino habremos disfrutado de la intriga, la imaginación y la maravilla, el humor y la delicada ironía, las reflexiones sobra la ciencia y los límites del conocimiento humano, y una hermosa e imposible historia de amor.
Fotograma de Solaris de Tarkovski
Mientras que la novela de Lem se desarrolla en Solaris, la película de Tarkosvki se inicia en la Tierra, en la casa de Kelvin, y se cerrará, como un círculo, en esa misma casa: “Necesito la Tierra para subrayar los contrastes. Me gustaría que el espectador pudiese apreciar la belleza de la Tierra para que piense en ella al salir de Solaris; en resumen, para que sienta ese sano dolor de la nostalgia”, declaraba Tarkovski, que en su obra Esculpir en el tiempo, se refería de este modo a la película:

Solaris trata de personas que se han perdido en el cosmos y que –quieran o no– ahora tienen que aprender cosas nuevas. Este afán de saber, impuesto aquí al hombre desde fuera, es a su modo algo tremendamente dramático, puesto que se ve acompañado de continua intranquilidad y de carencias, de dolor y decepción, puesto que la verdad última es inalcanzable.

 A Tarkovski no le interesaba la ciencia ficción; en el caso de la película Solaris, “distraían de lo esencial”, pues aunque esas naves de la novela de Stanislaw Lem “estaban bien elaboradas y tenían su interés”, la idea fundamental de la película “se habría expresado con mucha más claridad si hubiera prescindido de todo aquello”. “Ya va siendo hora de que separemos la literatura y el cine”, escribía Tarkovski para quien había obras “de las que solo se le ocurriría hacer una película a quien despreciara por igual el cine y la literatura (…), obras maestras que demuestran que su autor es absolutamente único”. Solo podrían servir como base para una película relatos “cuya fuerza” residiera en alguno de sus componentes: las ideas, la estructura lógica, su tema. Esta literatura no se preocuparía “por la expresión artística de las ideas que contiene”. Tarkovski incluía Solaris en esta categoría y, por tanto, era susceptible de ser recreada. En 2002, treinta años después de esta película, aparecía la versión de Soderbergh, donde no faltaba una cuidada fotografía de naves espaciales, un amor pasional con desnudo de George Clooney incluido (de espaldas, claro), y algunas soluciones argumentales al más puro estilo “Hollywood con pretensiones”, como una escena de Contacto que recuerda a E.T., o un final feliz y complaciente.
Stanislaw Lem no estaba satisfecho con la versión de Tarkovski, del que difería profundamente en la “percepción de la novela”: “Mientras yo creo que el final del libro sugiere que Kelvin espera encontrar algo asombroso en el universo, Tarkovski trata de crear la visión de un cosmos desagradable, que va seguida de la conclusión de que uno debe retornar inmediatamente a la Madre-Tierra”. En una entrevista concedida en 2004, al ser preguntado acerca de la topografía del planeta Solaris, que no aparece recreada en ninguna de las adaptaciones cinematográficas, Lem respondía

(…) Siempre me han decepcionado las producciones cinematográficas, la última de Soderbergh o la de Tarkosvki. En ninguna salieron esas visiones mías. Cada director es como un caballo que quiere llevar el carro en su dirección. Y al final siempre salía un malentendido. Ya no me hace ilusión que hagan adaptaciones cinematográficas de mis obras. Tendría que haber afinitas, un entendimiento, una unión espiritual entre el escritor y el director de cine, para evitar esos malentendidos. La versión americana me ha parecido muy mala.

Solaris, el protagonista olvidado

Tarkosvski y Soderbergh recrearon la novela Solaris, pero en las dos versiones se echaba de menos al gran protagonista: el “océano protoplasmático”, el único habitante de Solaris, un planeta descubierto poco más de cien años antes de los sucesos que narra la novela. Con un diámetro un veinte por ciento mayor que el de la Tierra y una atmósfera desprovista de oxígeno, Solaris giraba “alrededor de dos soles gemelos: el rojo y el azul”. No se encontró vida en aquel lugar cubierto en su mayor parte por un gran océano, el objeto de todos los misterios y de todas las controversias científicas.
A lo largo de los años “ejércitos enteros de investigadores” habían engendrado infinitas teorías, se habían creado diversas ramas de la solarística y la bibliografía había llegado a ser casi inabarcable. Solaris acabó siendo considerado como  un “mar-cerebro protoplasmático, un planeta dotado de vida, pero con un solo morador”.  Sin embargo “cuando se consiguió por fin desentrañar el enigma, al menos en parte, resultó que la explicación resultante vino a arrojar ­–como ocurriría más tarde con todo lo relativo a Solaris– una incógnita quizás más sorprendente todavía que la anterior”.
     “¿Cómo podéis comunicaros con el océano si no sois siquiera capaces de hacerlo entre vosotros?”, bromeaba el director del Instituto solarístico, cuando Kris Kelvin, el narrador, era estudiante. Setenta y ocho años después de comenzarse a compilar los conocimientos sobre Solaris, estos seguían siendo “un lastre inútil, una ciénaga de hechos”. Una nueva generación de investigadores popularizó “la opinión del océano pensante” y “aquellas hipótesis exhumaron y revivieron uno de los más antiguos problemas filosóficos de la humanidad: la relación entre la materia y el espíritu, la consciencia”.
Ante el estupor de la comunidad científica, el mar, esa “gelatina gravitatoria” pasaba su tiempo creando formas extrañas que los solaristas bautizaron con nombres como arbomontes, mimoides, luengones, simetríadas, asimetríadas... Un catálogo recogía “trescientas variedades de formas nacidas del océano vivo”.  Aquellas formas que engendraba el océano aparecían y desaparecían, como un juego; creaban una geografía fantástica de “locas ciudades” que los científicos fotografiaban en pequeñas fracciones y describían en innumerables libros. Intentaban conocer el misterio de la materia, pero era “como caminar por una biblioteca de libros escritos en un idioma desconocido, fingiendo que uno solo está examinando los lomos de colores”. En ese caos de las hipótesis, la solarística se convirtió en un “laberinto cada vez más enredado plagado de callejones sin salida”.
Kris Kelvin relata la visita de un grupo de escolares al Instituto Solarista de Aden. Los llevaron a una sala que albergaba más de noventa mil fotografías microfilmadas, de pequeñas fracciones de simetríadas desaparecidas.

Fue entonces cuando, de pronto, una niña regordeta, de unos quince años, de mirada inteligente y resolutiva tras los cristales de sus gafas, preguntó:
–¿Y para qué sirve todo esto?
En medio del incómodo silencio que siguió a  la pregunta, únicamente la profesora miró con severidad a su insubordinada alumna; ninguno de los solaristas que realizaban la visita guiada, y entre los cuales estaba yo, supimos responderle.

Los ataques

Cuando el sicólogo Kris Kelvin llegue a Solaris deberá enfrentarse a una inquietante situación. Gibarian, su amigo y colega, se ha suicidado; los otros dos científicos, el cibernétido Snaut y el físico Sartorius, se muestran esquivos y enigmáticos. Nada parece estar en su sitio, reina el desorden y la suciedad, mientras que el viento brama y el miedo se adueña de Kelvin: “Estaba tan tenso que me resultaba insoportable el espacio vacío que notaba a mis espaldas”. Abajo, el gran océano prosigue su existencia solitaria en el cosmos. Mientras esperamos la llegada de los monstruos o intuimos su presencia, Kelvin repasa viejos manuales solarísticos, intentando buscar una respuesta. Pronto comenzará a percibir los ataques reales que sufren sus solitarios compañeros: una misteriosa mujer negra camina por la estación; de la habitación de Sartorius llegan ruidos extraños y “una voz infantil estalla de risa”. Cuando Kelvin le pide una explicación a Snaut, este le responde: “Ya lo entenderás… cuando vengan a verte”.
Kris Kelvin recibirá su personal ataque, y con él se iniciará la historia de amor,  la línea argumental que predomina en las dos películas basadas en Solaris. El visitante de Kelvin será Harey, su mujer, muerta diez años atrás, una “Harey simplificada, reducida a una serie de réplicas características, a unos cuantos gestos y movimientos”. Pero esta historia de amor está unida a la conciencia atormentada de Kelvin que siempre se había culpado del suicidio de su mujer. Kris comenzará a sentirse atraído por ella “más allá de toda razón, más allá de los argumentos y del miedo”. Y conforme avanza la novela el miedo desaparecerá por completo de él: “Ya nada me sorprendía, ni siquiera mi propia indiferencia. Había dejado atrás el miedo y la desesperación. Me encontraba más lejos, ¡oh, nadie había estado aún tan lejos!”
Solaris de Tarkovski
Aquellos visitantes compuestos de neutrinos “partículas unas diez mil veces más pequeñas que los átomos”, no eran réplicas de determinadas personas, explicaba Sartorius, “sino una proyección materializada de lo que contiene nuestro cerebro en relación con una persona en concreto”. Pasaban se ser algo vacío a humanizarse, a superar incluso al modelo, y a tomar conciencia del porqué estaban allí: “No soy un ser humano, sino un instrumento” llegará a decir Harey. Y esa toma de conciencia, esa humanización y el amor que siente volverá dolorosa su existencia: “dime qué he de hacer para dejar de existir”, implora Harey a Kelvin.

El santo contacto

La novela Solaris se publica en pleno auge de la carrera espacial. Las grandes potencias mundiales se habían lanzado a una competición cuyo objetivo era llegar más lejos, avanzar en la investigación y en la tecnología, gastar enormes sumas de dinero, y todo ello unido a un afán propagandístico que generaba un enorme impacto psicológico en la sociedad. La realidad superaría a la ciencia ficción, a la literatura y el cine. Y quién sabe si alguna vez se llegaría a encontrar al otro, al extraterrestre que en el imaginario colectivo acababa adquiriendo los mismos contornos del ser humano. No existían los límites para los embobados espectadores que contemplaban en un televisor en blanco y negro las imágenes del hombre que pisaba por primera vez la Luna.
Solaris sigue cautivando a los lectores porque superó las convenciones del género de la ciencia ficción. Creó un planeta, Solaris, en el que vivía un ermitaño del universo, el océano; y creó una ciencia inútil, la solarística, que nos recuerda los apócrifos de Borges y los laberintos narrativos de Kafka. Solaris es también la reflexión sobre esa ciencia y sus mitos. “No queremos conquistar el cosmos, solo pretendemos ensanchar las fronteras de la Tierra”, dice Snaut, el escéptico personaje, que hablará también de los “caballeros del Santo Contacto”: 

Nos consideramos caballeros del Santo Contacto. Esa es otra falsedad. No buscamos nada, salvo personas. No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Con uno, ya nos atragantamos. Aspiramos a dar con nuestra propia e idealizada imagen.

En la biblioteca de la estación espacial Kris encontrará un viejo libro, “la Introducción a la solarística de Muntius el hereje de la planetología”:

La solarística, decía Muntius, es un sucedáneo de religión de la era cósmica, fe disfrazada de ciencia; el Contacto, el objetivo que pretende, no es menos vago y oscuro que el trato con los santos o el sacrificio del Mesías. Empleando fórmulas metodológicas, la exploración equivale a liturgia, el humilde trabajo de los investigadores se traduce en espera de una epifanía, de una Anunciación, ya que no existen, ni deben existir puentes entre Solaris y la Tierra.

Las ideas de Muntius, para quien el Contacto “tras su beatificación, se había convertido con el paso de los años en una nueva eternidad y un nuevo paraíso” eran rechazadas por los solaristas, “de la misma forma que los creyentes rechazaban los argumentos que cuestionan su dogma de fe”.
Lo único cierto era que Solaris había sido capaz “de llevar a cabo la síntesis artificial” del ser humano; podía introducirse en los cerebros, como si fueran un “cristal transparente”, jugar con ellos, descifrar los deseos. “¿Y si él está de nuestra parte? ¿Quizás quiera hacernos felices y aún no sabe cómo?”, se pregunta Snaut. Solaris había trazado otro camino en su laberinto, había creado nuevas hipótesis que seguirían generando infinitas teorías, pero el misterio final permanecía oculto, como también permanece oculto el misterio de la existencia humana. Porque el ser humano, reflexiona Kelvin-Lem, "ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos o sus oscuras puertas atrancadas”. 


                                Solaris de Tarkovski. Escena de la ingravidez


Las citas pertenecen a las siguientes ediciones:

Lem, Stanisław (2011). Solaris. Primera traducción directa del polaco a cargo de Joanna Orzechowska. Introducción de Jesús Palacios. Madrid, Editorial impedimenta. 
Tarkovski Andréi, (1991) Esculpir en el tiempo. Reflexiones sobre el cine, trad. Enrique Banús, Rialp,