domingo, 29 de diciembre de 2013

Kafka y el Club de la Materia Kafkiana


Excitantes estatuas de santos en el puente de Carlos IV. La notable luz
vespertina del verano en el vacío nocturno del puente. Kafka, Diarios, 19 de junio de 1916

 El domingo 21 de noviembre de 1915, después de una noche de “particular insomnio” y de un día de “completa inutilidad”, el Doctor Kafka escribe en su diario:

Paseo, Hybernergasse, Stadtpark, Wenzelsplatz, Ferdinandstrasse, luego hacia Podol. Penosamente alargado a dos horas. He sentido de vez en cuando fuertes dolores de cabeza, en una ocasión casi como quemaduras. Cena. Ahora en casa. ¿Quién sería capaz de ver esto desde arriba, del principio al fin, con los ojos abiertos?  

Sin embargo, en el sueño, los hechos habían ocurrido de manera bien distinta.

martes, 10 de diciembre de 2013

Kafka pasea por Praga


Durante la época de verano, Franz Kafka nadaba en la piscina de la Escuela Civil de Natación, instalada en la rivera, bajo la colina del Belvedere. Otra de sus aficiones era remar "en el mejor de los estilos" por el Moldava; acerca de ello le escribió a Milena Jesenská:

Hace algunos años yo solía pasear frecuentemente por el Moldava, en canoa, remaba aguas arriba y luego me dejaba llevar por la corriente, acostado bajo el puente. Considerando mi delgadez, debe haber sido un espectáculo bastante cómico para los que estaban en el puente. Este empleado [de su oficina], que justamente me vio una vez desde allí, sintetizó de este modo su impresión, después de hacer resaltar suficientemente el aspecto cómico de la misma: le había parecido una escena previa al Juicio Final: el momento en que ya levantaban las lápidas de las tumbas, peros los muertos seguían acostados e inmóviles.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La carta que el padre de Kafka nunca leyó


Voy vagando como un niño por los bosques de la edad adulta.

Franz Kafka. (De una carta a Max Brod)
Buscando la Praga de Kafka, IV

Una tarde, mientras paseaba por el Belvedere –aún no habían salido las estrellas–, Franz Kafka soñó con una carta que nunca había llegado a su destino. La había escrito en noviembre de 1919 en una pensión de Schelesen y estaba dirigida a su padre. Tiempo después le escribiría a Milena Jesenská: “Si alguna vez quisieras saber cómo era mi vida en otras épocas, te mandaré de Praga la carta gigantesca que hará medio año le escribí a mi padre, pero que todavía no le entregué”. El 4 de julio de 1920 Kafka le anuncia el envío a Milena: “Mañana te mando la carta a mi padre, a tu casa, cuídala, algún día podría tal vez sentir deseos de mostrársela. No permitas, si es posible, que la lea nadie más. Y trata de comprender al leerla todas las argucias legales; es una carta de abogado.”  

domingo, 10 de noviembre de 2013

Las casas de Kafka

La casa "Zur Minute"
Buscando la Praga de Kafka, III

En el sueño, al pasar junto al Ayuntamiento de la Ciudad Vieja, Franz Kafka se cruzó con un joven que llevaba abierto un enorme paraguas rojo. “¿Inglés?, ¿español?”, preguntó el muchacho, con una sonrisa amable y un poco descarada. “Alemán”, respondió el Doctor Kafka. “Pero puede hablarme en checo si lo prefiere”. “¿Quiere hacer una visita guiada por la Ciudad Vieja? Ofrecemos los mejores precios”. “Lo siento, conozco demasiado bien esta zona y no voy a perderme”, dijo el doctor Kafka. “Tenemos otra ruta. A las doce sale una excursión hacia el Castillo.  Se visitan varios palacios, la catedral, la casa de Kafka... Es muy barato, aunque tendrá que pagar las entradas a los monumentos". "¿Kafka?". "Sí, el escritor. Vivió en el callejón de Oro", le aclaró el joven. "Disculpe, la información que le han dado no es exacta. Pasé un tiempo allí, escribiendo. De hecho es un buen lugar para ello, pero nada apropiado para vivir. Carece de las comodidades de una vivienda moderna", le explicó el Doctor Kafka. El joven asintió con la cabeza, a modo de despedida, pues a paso ligero cruzó la plaza y abordó a una pareja que acababa de llegar.

domingo, 27 de octubre de 2013

Buscando la Praga de Kafka, II


Klaus Wagenbach, en su biografía sobre Kafka, cuenta que en 1956, al llegar por primera vez a Praga, encontró por un lado “la imagen de una ciudad intacta, una de las más hermosas de Europa”: la Praga de Kafka había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la búsqueda de documentos o personas que hubieran conocido al escritor conducía a Wagenbach, casi siempre, al mismo sitio:

Una sala del ayuntamiento judío de la calle Maislove cuyas paredes están cubiertas de estanterías con cientos de archivadores, llenos de fichas de color rojo en las que, debajo del apellido, el nombre y el lugar de nacimiento, aparece una y otra vez el mismo sello: “Oświęcim”: Auschwitz.

lunes, 7 de octubre de 2013

El sueño del Doctor Kafka



Buscando la Praga de Kafka, I

“Cuando una mañana, Franz Kafka se despertó de unos sueños agitados, se encontró  convertido en un souvenir turístico”. Bajó las escaleras; la lujosa casa de viviendas de alquiler de la calle Niklas se había transformado en un extraño edificio que Franz no había visto nunca; pero el Castillo, la Escuela Civil de Natación y el Puente Checo permanecían en su lugar. “Puede que siga dormido”, pensó. “Por lo demás es mejor no enfrentarse a los sueños”. Y emprendió el camino de todos los días.  

martes, 3 de septiembre de 2013

El tercer hombre

Viena: desde "El mundo de ayer" a "El tercer hombre" (II)


En la introducción a su novela El tercer hombre, Grahan Greene cuenta cómo fue la génesis de una historia que se convertiría en el guion de una obra maestra del cine. Durante una cena, el productor Alexander Korda le pidió que escribiera el argumento de una película para el director Carol Reed. Korda quería una película que mostrara la situación que se vivía en Viena, ocupada por Francia, Inglaterra, Estados Unidos y la Unión Soviética. Era el año 1948 y en las calles de la que en su día fue la elegante y alegre capital del Imperio de los Habsburgos se alternaban grandiosos edificios con montañas de escombros: “Viena no tenía peor aspecto de otras ciudades europeas de aquel entonces. Bueno, un poco destruida por las bombas, quizás”, dice el personaje-narrador de la película. Las grandes potencias se repartían el pastel de la victoria y con ello surgía un nuevo orden en el mundo, el que enfrentaba a los dos grandes bloques en la Guerra Fría.

martes, 27 de agosto de 2013

Viena: desde “El mudo de ayer” a “El tercer hombre” (I)


Una identidad está hecha también de los lugares, de las calles en la que hemos vivido y dejado una parte de nosotros. (…) A veces los lugares pueden ser atávicos, nacer de anamnesis platónicas del ánimo que se reconoce en ellos. Viena es uno de estos lugares, en los cuales recupero lo sabido y lo familiar, el encanto de las cosas que, como en la amistad y en el amor, con el tiempo se convierten en algo cada vez más nuevo. Esta familiaridad de Viena reside tal vez en su naturaleza de encrucijada, lugar de partidas y de regresos, de personas famosas y oscuras, que la historia recoge para dispersar, después, en la errabunda provisionalidad que es nuestro destino.

                                                                                                           Claudio Magris, El Danubio                                            

En 1881, año en que nace Stefan Zweig, Viena era la capital de “un imperio grande y poderoso”, gobernado por la monarquía de los Habsburgos. Cuando en 1941 Zweig escribe su autobiografía  El mundo de ayer. Memorias de un europeo, hacía tiempo que el Imperio austrohúngaro había sido borrado del mapa. Zweig tituló el capítulo dedicado a describir la época en que trascurrió su niñez como  “El mundo de la seguridad”. En Viena todo parecía ocupar su lugar “firme e inmutable”.  Nadie creía en que se pudiera caer en la barbarie de una guerra en Europa, y se confiaba en la fuerza “aglutinadora de la tolerancia y la conciliación”. Pero en la fe en el “progreso”, como una religión, en los milagros de la ciencia y la técnica y en la seguridad como ideal de vida se escondía “una gran y peligrosa arrogancia”. Porque aquel mundo de la seguridad era solo un “castillo de naipes”:

martes, 13 de agosto de 2013

"La campana de cristal" II

Sylvia Plath fotografiada para la revista Mademoiselle. 
La campana de cristal I

Sylvia Plath estructuró su novela La campana de cristal en veinte capítulos. Los nueve primeros relatan la experiencia de la protagonista, Esther Greewood, en Nueva York. En el capítulo diez, Esther regresa a Wellesley con su madre; a partir de ahí la novela se centrará en el derrumbe psíquico de la joven y en los tratamientos a los que debe someterse.

 El centro de un verdadero torbellino

Al igual que Sylvia Plath, ganadora de un prestigioso premio de la revista Mademoiselle, su álter-ego, Esther Greenwood, está pasando un mes en Nueva York, junto con otras once premiadas. Esther se ve inmersa en el mundo ficticio que ha creado la revista de modas en torno a esas chicas que viven su sueño americano: alojadas en el Amazonas, un exclusivo hotel para mujeres, con todos los gastos pagados, trabajan como “redactoras invitadas”, asisten a fiestas, a estrenos de espectáculos, y reciben regalos de maquillajes y complementos.

 Para Esther Nueva York es una ciudad calurosa y desagradable. Los primeros éxitos obtenidos en sus diecinueve años de vida “se apagaban hasta quedar reducidos a nada ante las fachadas de mármol pulido y grandes ventanales de Madison Avenue”. Se suponía que lo estaba pasando como nunca”. Se había comprado ropa cara y zapatos negros de charol. Debía de ser “la envidia de millares de otras universitarias”. Sin embargo, Esther se ha obsesionado con el matrimonio Rosenberg y los titulares de los periódicos “que como ojos saltones la miraban fijamente en cada esquina y en cada entrada al Metro”. Ethel y Julius Rosenberg serán ejecutados el 19 de junio de 1953, en la silla eléctrica, acusados de espionaje. Los dos formaban parte de las juventudes del Partido Comunista de los Estados Unidos. Esther sabe que le está pasando algo raro:

Todo el mundo debió de pensar que yo estaba en el centro de un verdadero torbellino. Miren lo que puede ocurrir en este país, dirían. Una chica vive durante diecinueve años en un pueblo ignorado, tan pobre que no puede siquiera comprar una revista, y entonces gana una beca para la universidad, un premio aquí, otro allá, y termina conduciendo Nueva York como si fuera su propio coche. Sólo que yo no conducía nada, ni siquiera a mí misma. No hacía más que saltar de mi hotel al trabajo y a fiestas y de las fiestas al hotel y de nuevo al trabajo, como si fuera un tranvía entumecido. 

Se siente deprimida, sobre todo después de la conversación que mantiene con la  editora Jota Ce:

¿Qué piensas hacer después de graduarte? Yo siempre había creído que pensaba conseguir una buena beca universitaria o una subvención para poder estudiar en Europa, y después pensaba ser profesora y escribir libros de poemas, o escribir libros de poemas y ser una especie de redactora. Solía hablar mucho de esos planes. —Realmente no lo sé —me sorprendí a mí misma diciendo. Me sentí profundamente golpeada al oírme decir eso porque, en el momento en que lo dije, supe que era cierto.
 
El padre de Esther había muerto sin dejar dinero y la madre, que trabajaba de profesora de mecanografía y taquigrafía, estaba empeñada en que su hija aprendiera taquigrafía cuando saliera de la universidad. Esther se rebela ante esa obsesión de la madre: “El problema era que yo detestaba la idea de trabajar para los hombres de cualquier forma que fuera. Quería dictar mis propias emocionantes cartas”. En un momento de la novela Esther piensa “que sólo había sido puramente feliz hasta cumplir los nueve años”, la edad que tenía cuando murió su padre:

Después —a pesar del excursionismo y las clases de piano y las clases de pintura a la acuarela y las lecciones de baile y el campamento de verano en la playa, todo lo cual mi madre siempre se esforzó por darme, (…) y los pequeños nuevos fuegos artificiales de las ideas resplandeciendo cada día— nunca había vuelto a ser verdaderamente feliz. 

Como una piedra de molino alrededor del cuello

La historia de aquellos días en Nueva York se alterna con el relato en flash-back de la relación de Esther con su novio, Buddy Willard, estudiante de medicina y perfecto futuro marido. Esther toma todo lo que Buddy dice “como si fuera palabra de Dios”, pero se da cuenta de que es un “terrible hipócrita”.

Estaba siempre diciendo que su madre decía: «Lo que un hombre quiere es una compañera y lo que una mujer desea es seguridad infinita», y «El hombre es una flecha lanzada hacia el futuro, y la mujer es el lugar donde ésta es lanzada».

Buddy Willard es la caricatura del chico ideal americano; engreído y seguro de sí mismo, organiza los fines de semana para que no se pierda ni un segundo de tiempo: “dijo que suponía que en la poesía debía de haber algo, si una chica como yo pasaba el día pendiente de ella, pues cada vez que nos reuníamos yo le leía algo de poesía y le explicaba lo que encontraba en ella”. En uno de las escenas más divertidas de la novela, Buddy le pregunta a Esther si le gustaría verle desnudo. Esther no ve nada malo en ello; su madre y su abuela insistían “en la cuestión de cuán fino, limpio muchacho era Buddy Willard, proveniente de una tan fina, limpia familia”:

Contemplé a Buddy mientras bajaba la cremallera de sus pantalones vaqueros y se los quitaba y los ponía sobre una silla y luego se quitaba los calzoncillos, que estaban hechos de algo parecido a una malla de nailon. —Son muy frescos —explicó— y mi madre dice que se lavan fácilmente. Luego, simplemente se quedó parado frente a mí y yo seguí mirándolo. No pude pensar más que en el pescuezo y la molleja de un pavo y me sentí muy deprimida. 

Buddy le confiesa a Esther que se había acostado varias veces con una camarera. Todo era una farsa; había estado fingiendo que era muy puro, y que consideraba provocativa a Esther: “y ahora él quería que me casara con él y yo lo odiaba con toda mi alma”. Esther quiere perder la virginidad: “Me pesaba como una piedra de molino alrededor del cuello”. Para la primera experiencia sexual Buddy ya no cuenta. Varios personajes aparecen en la novela como posibles candidatos. En una fiesta le presentan a Marco, un rico peruano “aborrecedor de mujeres”, con el que vive una dura escena, un intento de violación. En otros momentos de la novela, el sexo aparece también como una lucha; de ese modo comienzan a excitarse Doreen, otra de las chicas premiadas por la revista, y Lenny, un disc-jockey. Doreen es el prototipo de joven de buena sociedad, inteligente y desinhibida. Sus ropas y sus costumbres “sugerían toda una vida de maravillosa y elaborada decadencia”. Esther se pregunta “por qué no podía hacer todo lo que no debía hacer, como Doreen”.

Un estado totalitario privado

Esther había llegado a la edad de tomar decisiones. El matrimonio era la opción que la sociedad esperaba de ella, pero sabía que, a pesar de todas las atenciones que un hombre tenía con una mujer durante el noviazgo “lo que secretamente deseaba para cuando la ceremonia de boda terminase era aplastarla bajo sus pies”:

          Recordé a Buddy Wollard diciendo en un tono siniestro y malicioso que después de que yo                   tuviera niños sentiría de una manera diferente, no querría escribir más poemas. Así que                     empecé a pensar que tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un             lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado                       totalitario privado.

Uno de los momentos clave de la novela es el día que Esther pasa en el hospital con Buddy. Ve cómo los estudiantes practican con cadáveres y asiste a un parto. A Esther le impresiona la “horrible mesa de torturas” en la que suben a la mujer que durante el parto hace “un ruido aullante e inhumano”. Buddy le cuenta que la mujer está bajo los efectos de una droga que le haría olvidar que había sentido algún dolor:

Pensé que éste sería precisamente el tipo de droga que un hombre inventaría. Había allí una mujer con terribles dolores, sintiéndolos evidentemente, segundo a segundo, o no gritaría así, y se iría directamente a su casa y empezaría otro bebé, porque la droga le haría olvidar cuan horrible había sido el dolor, mientras constantemente, en alguna parte secreta de su ser, aquel corredor de dolor, largo, ciego, sin puertas, sin ventanas, esperaba para abrirse y volver a cerrarse tras ella nuevamente.
Portada de la revista Mademoiselle, de agosto de 1953.
En ella se recogían las colaboraciones de las chicas
premiadas  por la revista

Jabón y tolerancia cristiana

Esther debe hacerse la última foto para la revista. Es el día en que matan a los Rosenberg y todavía resuenan en sus oídos las duras palabras de otra compañera: “Estoy tan contenta de que vayan a morir”. “Es terrible que gente así esté viva”. Todas las premiadas debían fotografiarse con algo que mostrara lo que querían ser:

Cuando me preguntaron qué quería ser, dije que no lo sabía.(…) —Ella quiere —sentenció Jota Ce con gracia— ser de todo. Dije que quería ser poetisa. Entonces exploraron buscando algo que pudiera sostener. Jota Ce sugirió un libro de poemas, pero el fotógrafo dijo que no, que eso era demasiado obvio. Debía ser algo que mostrara lo que inspiraba los poemas. Finalmente, Jota Ce desenganchó la única rosa de papel de largo tallo de su sombrero más nuevo. El fotógrafo jugueteó un rato con sus calientes luces blancas. —Muéstranos cuán feliz te hace haber escrito un poema.

Después de la foto, Esther se derrumba y llora. Cuando se mira en el espejo contempla su rostro "magullado e hinchado": “Era un rostro que necesitaba agua y jabón y tolerancia cristiana”. Por la noche vivirá la dura experiencia con Marco. De vuelta en el Amazonas, ya de madrugada, Esther sube a la terraza con un fardo de ropa, todo lo que se había comprado, como si quisiera romper con ese mundo ficticio en el que había vivido:  

Pieza por pieza, alimenté con mi vestuario al viento de la noche, y revoloteando, como las cenizas de un ser querido, los grises harapos fueron llevados, para posarse aquí, allá, exactamente donde yo nunca lo sabría, en el oscuro corazón de Nueva York.
 
La campana de cristal

En el capítulo diez la novela comienza a dar un giro. Dejamos atrás la vorágine de Nueva York y las revistas de moda para adentrarnos en los oscuros vericuetos de la enfermedad psíquica, los hospitales y sus tratamientos. Esther regresa a Wellesley, Boston, donde reside con su madre. No la habían admitido en un curso de escritura y decide no ir a Cambridge a hacer cualquier otro curso de verano, a pesar de que “había resuelto no vivir nunca con su madre durante más de una semana”. Piensa en escribir una novela, o en dedicar el verano a leer Finnegans Wake y elaborar su tesis: “un plan tras otro comenzaron a brincar por mi cabeza como una familia de conejos dispersa”. Lleva varios días con insomnio, ha descuidado su aseo personal y su doctora le recomienda que acuda a un psiquiatra, el doctor Gordon, que la somete a un terrible  tratamiento de electroshock en su hospital privado, donde los enfermos parecían “maniquíes pintados para que parecieran gente y colocados en actitudes que imitaban a la vida”. Esther describe así la experiencia: “Con cada relámpago un gran estremecimiento me vapuleaba hasta que pensé que se me romperían los huesos y que la savia se iba a derramar de mí como de una planta partida en dos”.

Tras más de veinte noches sin dormir Esther comienza a pensar en la forma de suicidarse, todo antes que volver con “el doctor Gordon y su máquina privada para electroshocks”.

Una vez estuviera encerrada podría emplearla en mí todo el tiempo. Y pensé en cómo mi madre, mi hermano y mis amigos me visitarían, día tras día, con la esperanza de que estuviese mejor. Después sus visitas se harían cada vez más espaciadas y abandonarían toda esperanza. Envejecerían. Me olvidarían. Serían pobres, además. Querrían que yo tuviera los mejores cuidados al principio, así que no tardarían en tirar todo su dinero en un hospital privado como el del doctor Gordon. Finalmente, cuando el dinero se hubiera acabado, me trasladarían a un hospital del Estado, con cientos de personas como yo en una gran jaula en el sótano. Cuanto más incurable se vuelve, más lejos lo esconden a uno.

Esther deambula sin rumbo por Boston y pueblos cercanos y visita por primera vez la tumba de su padre: “No podía entender por qué lloraba tanto. Entonces recordé que yo nunca había llorado la muerte de mi padre”. El resto de la historia es también conocida. Al igual que Sylvia Plath, Esther, su álter-ego, deja una nota a su madre: “Voy a dar una larga caminata”. Se esconde en el sótano de la casa con un vaso de agua y un frasco de somníferos. La encuentran tres días después. Había vomitado y eso la salvó.

Después se inicia el peregrinaje por hospitales públicos, hasta que su benefactora, –Philomena Guinea, una rica novelista que había creado la beca de la que Esther disfrutaba en la universidad– ayuda a la familia, y Esther es la trasladada a un hospital privado: “Mi madre me dijo que debía estar muy agradecida. Dijo que yo le había gastado casi todo su dinero y que si no fuera por la señora Guinea, no sabía dónde estaría yo”.

Si la señora Guinea me hubiera dado un pasaje a Europa, o un viaje alrededor del mundo, no hubiera habido la menor diferencia para mí, porque donde quiera que estuviera sentada —en la cubierta de un barco o en la terraza de un café en París o en Bangkok— estaría sentada bajo la misma campana de cristal, agitándome en mi propio aire viciado. El cielo azul abría su cúpula sobre el río, y el río estaba punteado de veleros. (…) El aire de la campana de cristal se acolchaba a mi alrededor y yo no podía moverlo.

Sylvia Plath retrata a la madre de Esther como una persona preocupada por el dinero y por lo que pensarían los demás. Sobre ella pesa el estigma de que su hija se encuentre en un manicomio. Quiere saber qué ha hecho mal y se siente angustiada. Esther la trata con dureza cuando va la va a visitar al hospital, incluso tira al suelo el ramo de rosas que le trae para su cumpleaños. Tampoco la señora Guinea, basada en la novelista Oliva HigginsProuty, sale bien parada como escritora: sus libros estaban atestados “desde el principio hasta el fin de largas e intrigantes preguntas: ‘¿Columbraría Evelyn que Gladys había conocido a Roger en el pasado?», se preguntaba febrilmente Héctor’”

Con la ayuda de su psicoterapeuta, la doctora Nolan, Esther irá recuperándose hasta que la trasladan al edificio donde se encuentran las pacientes más leves. En un salón, se reúnen mujeres “vestidas a la moda y cuidadosamente arregladas”; tocan el piano, conversan, bromean sobre sexo. No parece que nada estuviera sucediendo. Pero Esther tendrá que enfrentarse de nuevo con los tratamientos de electroshock, aunque ahora se los aplicaran sin dolor, de manera adecuada. La protagonista se siente “sorprendentemente en paz”: “La campana de cristal pendía suspendida, a unos cuantos pies por encima de mi cabeza. Yo estaba abierta al aire que circulaba.”

En el hospital aparece el personaje de Joan, antigua novia de Buddy que también ha intentado suicidarse. A través de ella, que conserva todos los recortes de periódico, Esther conoce como se difundió su historia por la prensa. Joan será además el personaje que le permitirá a Sylvia Plath reflexionar sobre el lesbianismo. Cuando le confiesa a Esther que le gusta, esta la rechaza. “¿Qué ve una mujer en otra mujer que no puede ver en un hombre?”, le pregunta Esther a su psicoterapeuta: “La doctora Nolan hizo una pausa. Después dijo: —La ternura. Eso me hizo callar”.  

En enero Esther está a punto de salir del hospital. La doctora Nolan ya le había advertido que “mucha gente la trataría con cautela, y hasta la evitaría como a un leproso con una campana de advertencia. “Me pregunto con quién te casarás ahora, Esther”, le había dicho Buddy Willard, cuando había ido a verla. Casi desde el comienzo de la novela sabemos que la protagonista tiene un bebé y que aún guarda objetos de los que le habían regalado en Nueva York, entre ellos “una funda de plástico para lentes de sol, con conchas de colores y cequíes, y una estrella de mar de plástico verde cosida. (…) La semana pasada separé la estrella de mar de plástico de la funda de los lentes para que el bebé jugara con ella”.

Esther sabía que nadie podía asegurarle que la campana de cristal, con sus “asfixiantes distorsiones” no volviera a caer:

Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla. Una pesadilla. Yo lo recordaba todo. (…) Quizás el olvido, como una bondadosa nieve, los entumeciera y los cubriera. Pero eran parte de mí. Eran mi paisaje.


La campana de cristal
Sylvia Plath
Traducción de Elena Rius
 Barcelona, 2008,  Edhasa

Publicado en Tendencias21

domingo, 21 de julio de 2013

"La campana de cristal", I

Sylvia Plath, con sus mejores galas, entrevista a la novelista
Elizabeth Bowen, en Cambridge, para Mademoiselle.
Fuente: The Guardian


Durante los meses de primavera y verano de 1961 Sylvia Plath (Boston, 27 de octubre de 1932 - Londres, 11 de febrero de 1963) escribió su única novela, La campana de cristal (The Bell Jar). Casada desde 1956 con el poeta Ted Hughes, con el que tenía una hija de un año, Sylvia Plath había terminado su primer libro de poemas, The Colossus and Other Poems, que se publicaría en octubre del 61. Pero la poesía no daba dinero para vivir. Por aquellos años todavía era éxito de ventas una novela de Mary Jane WardNido de víboras (The Snake Pit)–, en la que la autora narraba sus experiencias en un hospital psiquiátrico. Basándose en el libro, Anatole Litvak realizó una película que consiguió el Óscar en 1948. Sylvia Plath necesitaba una seguridad económica que le permitiera dedicarse plenamente a la literatura; de modo que decidió aprovechar su propio material autobiográfico para escribir esa novela en la que siempre había pensado.


Primera edición de The Bell Jar,
Fuente: Wikipedia

Bajo el seudónimo de Victoria Lucas, Silvia Plath publicó la novela en la editorial Heinemann (Londres), el 14 de enero de 1963. Después de una reimpresión por esa misma editorial, la novela fue reeditada en Inglaterra (Faber) en 1966, ya con el nombre de la autora. En 1970, parece ser que Ted Hughes necesitó algo de dinero para comprar una casa, así que escribió a Aurelia Plath, madre de Sylvia, pidiéndole su aprobación para que la novela se editara en Estados Unidos donde, por esas fechas, podría tener bastante mercado. La edición de Ariel (1965), a cargo de Hughes, que recoge los últimos poemas de la escritora, había sido un enorme éxito de ventas para un poemario y había elevado a Sylvia Plath a la categoría de mito. Aurelia Plath no estaba muy conforme con que se reeditara la novela; no le gustaba cómo su hija había caricaturizado a algunos personajes, incluyendo a la propia Aurelia, que no salía muy bien parada. Hughes no le hizo caso a la madre de Sylvia, y La Campana de cristal se publicó en Estados Unidos, en 1971. Enseguida fue un éxito de ventas y desde entonces se han vendido millones de copias. El feminismo americano de los años 70 convirtió la novela y a su autora en iconos; se realizaron análisis desde el punto de vista psiquiátrico acerca de la verdadera enfermedad de la protagonista, y sobre los erróneos tratamientos; y muchos centros de enseñanza incluyeron The bell jar como lectura en los programas de estudio.

 

En los últimos meses de su vida Sylvia Plath escribió lo mejor de su obra, una poesía única, renovadora en el lenguaje y los temas, que le abrió las puertas del estrecho camino del canon literario. La campana de cristal no alcanza la altura de los poemas de Ariel, pero es una novela muy especial, divertida en algunas escenas, inquietante y estremecedora en otras, con un tono que recuerda a El guardián entre el centeno (1951), de Salinger.

 

Salinger reelaboraba hasta la saciedad sus narraciones. El periodo de gestación de El guardián entre el centeno fue muy largo, y a la composición final le dedicó un año. La campana de cristal se redactó de un tirón, en poco tiempo, y después apenas sería revisada. Las circunstancias vitales de la autora, embarazada y madre de una niña pequeña, con ineludibles tareas domésticas y problemas con su marido, no eran situaciones propicias para un trabajo inmenso y disciplinado. Sin embargo Sylvia Plath consiguió terminar su novela. Después, tras el nacimiento de su hijo, y en el año que le quedaba de vida, se dedicó a su poesía; fue un estallido de creatividad que nos dejó unos poemas poderosos y deslumbrantes. La campana de cristal parece una novela apresurada, que va dando brincos como su protagonista, Esther Greenwood; pero el conjunto, la impresión final de ese rompecabezas, unido a su carácter autobiográfico y a la utilización un lenguaje que alterna las frescura de lo coloquial –sin retórica trasnochada, ni sentimentalismo–, con imágenes y metáforas tan sugerentes como la poesía de su autora, la han convertido en una novela de culto.

 

El hotel Barbizon (El "Amazonas" de
La campana de cristal)
Fuente: A celebratión, this is sylviaplath.info
Salinger había inaugurado un nuevo tono narrativo que influye en muchos escritores; por primera vez aparece el lenguaje de un adolescente de diecisiete años, que se siente desorientado, y ha de aceptar el dolor de las pérdidas: la muerte de su hermano, el adiós a la infancia para entrar en el hipócrita mundo de los adultos. Holden escribe su historia en primera persona, desde un sanatorio psiquiátrico donde, como el propio Salinger al final de la guerra, habrá de recuperarse de su derrumbe psíquico, pero nada sabremos de su experiencia allí. Holden deambula por Nueva York, su hábitat natural, durante tres días de diciembre. Esther Greenwood, una chica de diecinueve años (uno menos que Sylvia Plath por aquellas fechas), que “no había salido jamás de Nueva Inglaterra, excepto para este viaje”, narra también su historia en primera persona. Para Esther, en aquel verano “extraño y sofocante”, Nueva York era “bastante desagradable”, con “sus desfiladeros de granito”, y “las calles calientes reverberaban al sol”; Central Park solo era “un yermo estéril, lleno de estanques para patos”. Holden no tiene ningún objetivo en aquel vagabundeo por su ciudad. Esther se pregunta “qué estaba haciendo en Nueva York”.
 

El 31 de mayo de 1953, Sylvia Plath viajó en tren a Nueva York. Allí pasaría el mes de junio en el Barbizon (“Amazona” en la novela), un hotel exclusivo para mujeres, donde se alojaban las chicas de la alta sociedad americana. Plath había ganado un premio literario que consistía en trabajar en la revista Mademoiselle como “redactora invitada”, lo que constituía un privilegio y un honor, ya que en esa revista escribían autores como Truman Capote o Dylan Thomas. Recientemente se ha publicado en Estados Unidos una nueva biografía, Pain, Parties, Work, Sylvia Plath in the Summer of 1953) de Elizabeth Winder, centrada en la experiencia de Sylvia Plath durante ese mes de junio. El título está basado en las palabras con las que, en una carta a su hermano, Sylvia Plath describía su estancia en Nueva York como una mezcla mortal de “dolor, fiesta y trabajo”. Plath regresó con su madre a Wellesley, cerca de Boston, convertida en una persona distinta. Una campana de cristal estaba descendiendo sobre ella como una pesadilla, que siempre formaría parte “de su paisaje” y que narraría a través de su álter ego, Esther Greenwood, en esta novela que acaba de cumplir cincuenta años.


La campana de cristal II

Enlaces:

domingo, 23 de junio de 2013

"Una mosca en la sopa", memorias de un personaje secundario



Lo que hace que el arte y el recuerdo perduren son los detalles, la poesía del detalle.

Charles Simic, Una mosca en la sopa


Cuenta Charles Simic en Una mosca en la sopa que a finales de los años cuarenta vio por primera vez en Belgrado El ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica. Desde entonces siempre que ha visto la película ha pensado que ese era  “el aspecto blanco y negro, granuloso que tenía su infancia”. Los primeros recuerdos se parecen a “una edad oscura” en la que se confunden las imágenes borrosas que la escritura consigue rescatar:

Escribir ayuda a recordar. La lógica de la cronología obliga a pensar en lo que viene después. Pero también entra en juego la lógica de la imaginación. Una imagen genera otra que no tiene nada que ver con ella –o que, quizá tiene mucho que ver, aunque no lo parezca–.

         Vaso Roto Ediciones publicó a finales de 2010 Una mosca en la sopa, de Charles Simic (Belgrado, 1938). Traducido por Jaime Blasco, el libro lleva el subtítulo de “memorias”. Los lectores de Simic buscaremos en el libro unas claves que revelen lo más recóndito de su poesía. Y algo descubriremos, por supuesto, pero de una manera tan sorprendente como nos sucede al leer sus poemas. Quien no conozca a Simic quedará atrapado por esa forma directa de narrar, por el estilo sobrio y contenido en apariencia, sin fuegos de artificio; sin embargo, en cada página, nos aguarda algo inesperado, otra vuelta de tuerca con un lenguaje en el que, de manera imperceptible, se funden poesía y narración:

Mi madre nos contó que de niña había oído a un hombre suplicar que le perdonaran la vida. Recordaba las estrellas, la oscura silueta de los árboles a lo largo de la carretera por la que avanzaban en un lento carro de bueyes, huyendo del ejército austríaco, en plena Primera Guerra Mundial. “Aquella voz que venía del bosque era la de un hombre terriblemente asustado”, dijo. Después, lo único que se escuchó fue el ruido entrecortado de las ruedas del carro que crujían como si fueran a soltarse cada vez que tomaban una curva.

Los veintisiete capítulos en los que Simic ha dividido Una mosca en la sopa, guardan cierto parecido a la estructura de un libro de poemas; en cada una de las secciones, cuya frases iniciales se leen como versos, hallamos breves instantáneas contadas con una prosa ágil en la que el tono y el sentido del humor convierten lo más trágico en una comedia agridulce. Pero no nos engañemos; detrás de esa manera de narrar unas anécdotas, subyacen algunos sobrecogedores recuerdos de un personaje secundario de la Historia, que nos avisa de que no posee  “un estatus especial en virtud de su condición de víctima”. Su vida ha sido como la de muchos seres humanos que se vieron envueltos en la Segunda Guerra Mundial y la posguerra: “Mi familia, como tantas otras, tuvo que salir a ver mundo por cortesía de las guerras de Hítler y de la ocupación estalinista del Este de Europa”, escribe Simic con esa divertida ironía que impregna sus memorias.

Guera y posguerra

      En abril de 1941, Belgrado fue bombardeada por el ejército alemán. Tampoco el campo, a donde Simic se trasladó después con su madre, era un lugar seguro.

Mi madre estaba muy embarazada, apenas podía caminar. No tenía convicciones políticas, y mi abuelo tampoco. Por supuesto eso no explica que sobreviviéramos. Me imagino que, sencillamente, tuvimos suerte.

      Casi al final de la guerra, en abril de 1944, Belgrado volvió a ser bombardeada, esta vez por los aliados. Las ruinas de una ciudad gris envuelta en polvo y humo se convirtieron en un el lugar de juegos del pequeño Simic:

Era completamente feliz. Mis amigos y yo teníamos muchas cosas que hacer durante el día y tiempo de sobra para hacerlas. No había colegio y nuestros padres estaban ocupados o sencillamente no estaban. Vagábamos por el barrio, trepábamos a las ruinas y supervisábamos el trabajo de los rusos y de nuestros partisanos. Todavía quedaba algún francotirador alemán aquí y allá.

La posguerra fue una época de escasez y de hambre: “Entre 1947 y 1948 pasamos una temporada en la que no teníamos prácticamente nada que comer”. Pero no vamos a encontrar lamentos en Una mosca en la sopa, sino escenas de humor negro mezcladas con dosis de ternura que jamás caen en el sentimentalismo fácil: la obsesión por la comida que acompaña a Simic y a la familia a lo largo de la vida, el atracón de judías, el recorrido por todas las pastelerías de Belgrado, la venta de ropa de lujo para comprar un cochinillo, una cena con el padre en un carísimo restaurante de América. El Simic adulto escribirá: “La tristeza y la buena comida son incompatibles. (…) La mejor conversación es la que se celebra en torno a una mesa. La poesía y la sabiduría son meros acompañamientos”.

Hacia una vida mejor

        El padre de Charles Simic se había marchado hacia Estados Unidos en 1944, con la esperanza de que la familia se reuniera más tarde con él. Pero tuvieron que pasar diez años durante los cuales, la madre y los hijos vivieron en el Belgrado de posguerra. Tras varios planes para salir de Yugoslavia, la madre intentó una escapada a pie por la frontera de Austria, pero acabó con sus hijos en distintas cárceles, mientras los conducían de nuevo a Belgrado: “Por lo que a mí respecta, la experiencia de la cárcel fue totalmente satisfactoria”, nos cuenta Simic.
        Fue también la época en la que Simic se enamora de “Insomnia”, aunque ya había tenido sus pequeños escarceos, cuando desde 1943, su obsesión durante la noche era escuchar la radio que le traía noticias, voces y palabras de lugares lejanos:

Me enamoré de una chica. Me tumbé en la oscuridad intentando imaginar qué habría debajo de su falda negra. Creí que la chica se llamaba María, pero en realidad se llamaba Insomnia.

El insomnio ha acompañado a Simic a lo largo de su vida y ha sido un personaje destacado de su obra poética:

Aparte de las preocupaciones sin fin no cabe mucho más en la cabeza. Somos fruto de nuestros problemas. Llevo toda la vida durmiendo mal. Sesenta años tumbado en la oscuridad, sudando la gota gorda por cualquier motivo, desde mi propia vida a la maldad y la estupidez que hay en el mundo. Soy el metafísico de las tres de la madrugada.

Por fin, 1953 la madre de Charles Simic consigue llegar a París con sus hijos. Pero ahí tienen que esperar un año hasta conseguir la documentación para viajar a Estados Unidos. Es el momento en el que Simic toma conciencia de “la noción de ser extranjero, sospechoso”:

No ser nadie me parecía muchísimo más interesante que ser alguien. Las calles estaban atestadas de “álguienes” con aire de seguridad. La mitad del tiempo los envidaba; pero la otra mitad me daban pena. Sabía algo que ellos desconocían, tenía una certeza que solo se alcanza cuando la historia te da una patada en el culo: que en cualquier esquema ambicioso los individuos son superfluos e insignificantes. Que las personas que no son conscientes de que les puede suceder lo mismo que a nosotros en cualquier momento pueden llegar a ser despiadadas.

El sueño americano

En París, Simic dormía en el suelo, en una pequeña habitación de hotel que compartía con su madre y su hermano; asistía a una escuela de segundo orden, daba largos paseos y contemplaba los escaparates, único lujo que se podía permitir, junto con las sesiones de los cines de barrio. Allí se enamoró “del cine negro americano”. Desde el barco en que viajaba, la primera imagen que vio de América fue la los rascacielos de Manhattan y pensó, con emoción y asombro, que “era igual que en las películas, pero era real”. América “era un paraíso que asustaba” y al que habían llegado “con la esperanza de interpretar un papel en una película de Hollywood”.
         Charles Simic se reencuentra con su padre después de diez años. Tanto él como su hermano quedan fascinados por esa persona divertida y alegre: “Recordad este día”, les repetía a sus hijos aquel 10 de agosto de 1954. El padre transmitió a sus hijos la admiración que sentía por América, “el lugar más emocionante del mundo”. La madre, en cambio, siempre echó de menos Europa. La personalidad tan distinta de los padres convirtió más de una vez la vida familiar en un campo de batalla:

Mi padre era un optimista. Creía a pies juntillas en el sueño americano. Y estaba esperando a que se cumpliera. Se había gastado todo el dinero que había ganado y había acumulado un montón de deudas. A mis padres no se les daba bien planificar el futuro.

La vocación poética

Charles Simic. Fuente: Las razones del aviador
      En ese contexto nace la vocación poética de Simic. Sus mejores maestros, nos confiesa, “tanto en arte como en literatura, fueron las calles por las que vagó”. Pero en verdad, desde los diez año,s los libros habían sido una pasión que más tarde lo convertirían en “un adicto a la lectura”. La necesidad de leer sobre cualquier tema lo “ha acompañado durante el resto de su vida”.

Creo que me enterrarán con un libro en la mano. Puede que el más apropiado sea El libro tibetano de los muertos, pero preferiría cualquier manual de sexualidad o los poemas de Emily Dickinson.

En la época inicial, de tanteos y dudas, encuentra en una librería una antología de poetas latinoamericanos. Allí descubre la poesía de Borges, Neruda, Vallejo, Octavio Paz y Huidobro, entre otros. Simic nos describe el inicio de su vocación literaria y nos deja también un hermoso capítulo en el que nos desvela su poética. Lo más complejo queda enunciado de la manera más sencilla: “El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo”.

El poeta se sienta ante el papel en blanco con la necesidad de decir muchas cosas en el espacio limitado del poema. El mundo es enorme, el poeta está solo y el poema no es más que un fragmento de lengua, una pluma que rasga el silencio de la noche.

La poesía nace del misterio, de la necesidad de buscar el porqué de nuestra vida, pero “no hay nada que explique el mundo y la gente que lo habita. Esta certeza es la que nos hace caer de rodillas y escuchar el silencio de la noche”. Simic recuerda lo que le dijo una vez el poeta Frank Samperi: “Todo poema, consciente o inconscientemente, está dirigido a Dios”. Y si entonces Simic no compartía esa opinión, más tarde escribirá:

Ahora estoy de acuerdo con él. Da igual que los dioses y los demonios existan. La ambición secreta de todo auténtico poema es preguntarse por ellos incluso cuando se reconoce su ausencia.

Su pasión poética irá acompañada por las lecturas filosóficas: “Quienquiera que lea filosofía se lee a sí mismo tanto como al filósofo”; porque la filosofía ayuda a dialogar con “acontecimientos decisivos” de la vida, a buscar el significado de los mismos: “El significado es el objetivo de mi existencia. Mis esfuerzos por comprender consisten en dar vueltas alrededor de un puñado de imágenes obsesivas”. La comprensión depende “de la relación que existe entre lo que somos y lo que fuimos: el ser del momento”. De este modo se funden poesía, filosofía e historia: “Veo, es decir, soy capaz de imaginar y de sentir el peso humano de la soledad ajena”. La poesía organiza, en cierta forma el caos. Frente a la historia, la poesía, como la filosofía recrean “la experiencia del ser”, buscan la verdad del ser, la esencia, el “decir lo indecible”:

Así es la gran poesía. La serenidad total en medio del caos. Tan sabia que se puede permitir hacer el tonto.


Publicado en Tendencias 21

Charles SimicUna mosca en la sopa, traducción de Julio Blasco, Vaso Roto Ediciones,   Madrid, 2010.

martes, 4 de junio de 2013

"El mundo no se acaba" de Charles Simic


En sus memorias, Una mosca en la sopa, Charles Simic (Belgrado, 1938) define la poesía como “la serenata del gato bajo la ventana de la habitación donde se escribe la versión oficial de la realidad”. El poeta “se ve empujado a decir la verdad”, pero existen distintas formas de percibirla:

El consejo del realista es “abre los ojos y mira. Los defensores de la imaginación aconsejan: “cierra los ojos para ver mejor”. Hay una verdad que se percibe con los ojos abiertos y otra a la que se accede con los ojos cerrados y a veces estas dos verdades no se reconocen cuando se cruzan por la calle.

El mundo no se acaba (Vaso Roto, 2013), edición bilingüe a cargo de Jordi Doce, es una muestra de la otra verdad vista con la lucidez de los ojos cerrados. Basta con adentrarse en ese camino paralelo. Nada habrá cambiado cuando salgamos a la superficie; el mundo continuará siendo ese incomprensible lugar donde los seres humanos viven, aman, mueren, trazan los más elevados sistemas filosóficos, las grandes obras de ingeniería, los más sofisticados artilugios en nombre del progreso o para matarse unos a otros. Nada habrá cambiado pero sentiremos que hemos asistido a un espectáculo excepcional y desearemos volver a comprar la entrada para que el mundo siga existiendo.

 Historia de una edición

No es la primera vez que se edita en español The World Doesn’t End (1989), obra clave de Charles Simic, con la que obtuvo el Premio Pulitzer de poesía en 1990. La editorial DVD la publicó en 1999 con el título El mundo no se acaba y otros poemas, una edición de Mario Lucarda. Por esa época Jordi Doce, que desconocía el proyecto de DVD, trabajaba también en una traducción de este libro, que quedó guardada en un cajón durante varios años. A estas alturas, cuando ya es muy difícil encontrar un ejemplar de la edición de Mario Lucarda, la editorial Vaso Roto ha rescatado las versiones de Jordi Doce, revisadas con el rigor y la sabiduría artística a las que Doce nos tiene acostumbrados.
Muchos conocimos la poesía de Simic gracias a la antología Desmontando el silencio, (Ayuntamiento de Lucena, 2004), edición bilingüe del propio Doce. Los poemas iban precedidos de un prólogo en el que Jordi Doce narraba la historia de su encuentro con la obra de Simic. La lectura de los poemas de su primera época le produjeron un impacto “tan intenso que de inmediato le asaltó el deseo de traducirlos”; sin embargo le resultaba difícil encontrar el tono adecuado, “que pudiera generar otro poema en nuestro idioma”. La primera época de Simic se caracteriza por un estilo “minimalista” y “una concepción del poema como objeto cerrado y enigmático”. Tiempo después Jordi Doce se reencontró con la poesía de Simic, pero se había producido un cambio sustancial en su estilo, una evolución hacia un tono “más urbano, más narrativo, más humorístico”. Los poemas le asombraron y fascinaron de tal modo que decidió retomar aquel trabajo que ahora se convertía en una tarea ineludible: la difusión de la poesía de Charles Simic.
Por aquellos años de finales de los 90, el traductor conoció personalmente a Simic, con
el que mantuvo una entrevista en Londres. Simic había emigrado con su familia a Estados Unidos en 1954. Nacionalizado estadounidense, se había convertido en uno de los grandes poetas del país. A través de los gestos y palabras del poeta, Jordi Doce nos retrata a un Simic cortés y entusiasta, atento a las palabras de su interlocutor. Habló de “su admiración por Octavio Paz”, “de lo importantes que habían sido Vallejo y Neruda en su educación poética”, de una vez que vio leer a Neruda y la emoción que le produjo: “Neruda era el poeta, después de escucharlo salías a la calle con ganas de comerte el mundo”. Jordi Doce describía la impresión de su encuentro con Simic y la relación entre el poeta y su poesía:

Sus poemas, expresión de un mundo privado de indudable complejidad, se ofrecían al lector con igual llaneza, envueltos en la cortesía de la transparencia y la claridad. Es una transparencia engañosa, desde luego, porque la mano entra en ella y no toca fondo.

Un álbum del tiempo

      El mundo no se acaba pertenece a la segunda etapa de Charles Simic en la que, en palabras de Jordi Doce, hay “un rechazo de la tentación del silencio y una voluntad de ingreso en la multiplicidad caótica del mundo”. En el libro se agrupan materiales que Simic había ido acumulando hasta convertir El mundo no se acaba en una obra trascendental en su trayectoria poética. La concisión y el minimalismo dan paso al relato en prosa de un instante, a veces terrible, otras oscuro o enigmático, pero siempre visto desde una distancia que le permite a Simic tratar lo trascendente con humor e ironía, como si nada tuviera especial importancia, pero a su vez todo fuera digno de atención, de quedar plasmado en un poema. El poeta se coloca del lado del lector y le invita a contemplar otra realidad, la de la imaginación, la de los ojos cerrados. Por eso cada página de El mundo no se acaba nos trae una sorpresa, y algunas se quedan para siempre grabadas en nuestra retina.
       Escribe Simic en Una mosca en la sopa:

El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo. Rescatar un instante, un rostro, un estado de ánimo un árbol y tomar una fotografía mental de ese momento en que el lector se reconoce a sí mismo. Los poemas son instantáneas de otras personas en las que nos reconocemos a nosotros mismos.

Si los poemas rescatan el instante y detienen el tiempo, El mundo no se acaba es como un álbum de fotografías familiares. Podemos verlo uno y otra vez, pasar las páginas donde seguirán esperándonos esos extraños seres; algunos de ellos están sacados de determinados momentos de la vida del poeta; otros parecen asomar la cabeza desde un cuento de terror o desde cuadros o fotografías que retratan la América profunda. Jordi Doce ha señalado el optimismo latente de estos poemas escritos hace ahora veinticuatro años. El mundo sigue cambiando y el ser humano hace bastante poco para que vaya algo mejor, pero nuestra supervivencia no es posible sin ese grado de optimismo; por eso los poemas de Charles Simic parecen escritos para estos días que vivimos. Desde nuestros agujeros miramos absortos una pantalla de televisión, bombardeados por imágenes superpuestas en las que la realidad acaba convirtiéndose en una sucesión de anuncios publicitarios como promesas de una felicidad que nunca llega.
Charles Simic en Una mosca en la sopa nos recuerda que “los poetas líricos perpetúan los valores más antiguos de la tierra”, y nos lanza una pregunta ¿y si los poetas “fueran capaces de transmitir el sentimiento de un periodo histórico mejor que nadie?”:

Además uno querría decir algo sobre los tiempos en los que vive. Toda época tiene sus injusticias y sus sufrimientos desmedidos, y la nuestra no es ni mucho menos una excepción.

Los poemas en prosa que integran El mundo no se acaba están agrupados en tres secciones y cada una finaliza con un breve y enigmático poema. El que cierra la primera parte es “Lección de historia”. Desde la imagen del primer poema “Mi madre era una trenza de humo negro”, que remite a los recuerdos de la primera infancia del poeta y a los bombardeos de Belgrado en la Segunda Guerra Mundial, vamos a adentrarnos en ese otro lado de la historia, la de aquellos que nunca fueron dignos de ser cantados en un verso:

 Escalígero palidece mortalmente al ver un
berro. Ticho Brahe, famoso astrónomo, se desmaya
al ver un zorro enjaulado. María de Médicis se marea
súbitamente al ver una rosa, hasta en pintura. Mis
antepasados, entretanto, comen repollo. Remueven
el cazo buscando una pezuña de cerdo que no existe.
El cielo es azul. El ruiseñor canta en un soneto
renacentista, e inmediatamente alguien se va a la cama
con un dolor de muelas.

Un soldado napoleónico sigue recorriendo el mundo con su pelo de metro y medio de largo, cruzándose con ejércitos que van de un lado a otro, los inviernos duran a veces cien años y hay siglos que se van al garete. Por allí aparecen seres alucinados, como “los maestros en el arte de la levitación”, que flotan sin rumbo “sobre las oscuras copas de los árboles” y no se sabe si duermen o piensan; la rubia  cenicienta que se creía muerta, o la pequeña Emily y su cementerio de Equis:
             
          Historias de fantasmas escritas como ecuaciones
          algebraicas. La pequeña Emily está muy asustada
          junto a la pizarra. Las Equis parecen un cementerio de
          noche. El maestro quiere que husmee entre ellas con
         una tiza. Todos los niños contienen el aliento. La tiza
         blanca lanza un chillido entre los signos más y menos,
         y luego vuelve la calma.

La segunda parte del libro se inicia con la imagen de la muñeca de porcelana que el mar ha llevado hasta una playa gris: “Uno quisiera saber su historia: Uno quisiera inventarla, inventar muchas historias”. Historias como las de los ángeles de la guarda que nos abandonan porque tienen miedo de la oscuridad, o la del chico que saca su lengua roja en una pintura demasiado negra. Bisabuelas convertidas en gallinas gigantes, un pulgar que se va de aventura, perros con alma que imaginan ciudades para poder perderse en ellas, hombres que llaman a sus perros Rimbaud y Hölderlin y hablan con frases de Sócrates: “La vida no examinada no merece ser vivida”. La filosofía se mezcla con escenas de Nueva York, donde personajes solitarios podrían haber sido pintados por Edward Hopper; de este modo el poema “Querido Friedrich, el mundo sigue siendo falso, cruel, hermoso…”, nos muestra la escena del chino de una tintorería que hojea un libro escrito en un idioma que desconoce, mientras espera a la hija que viste falda corta y le trae la cena. Y una gótica imagen surrealista como la del muerto que baja del cadalso con su cabeza bajo el brazo termina mezclándose con el río de Heráclito:
          
   Que tranquilo es el mundo. Uno puede oír el
   viejo río, que en su confusión a veces se olvida y fluye
   hacia atrás.                    

    “Evangelio”, un poema breve, cuyas primeras palabras nos recuerdan el famoso verso de Dante, cierra esta segunda sección; pero el camino de la vida se ha convertido ahora en “ningún sitio”:

        A medio camino de ningún sitio…

       me pareció que oía
       repicar las campanas,
       al ciego de la esquina
       gritar mi nombre.

        La tercera parte de El mundo no se acaba nos ofrece otro puñado de instantáneas como la del poeta menor que busca sus poemas en cajones, el travestí negro vestido de debutante o la pareja que pasa “una semana de vacaciones en un pisapapeles de cristal comprado en Coney Island”. Hay lugares como “Ningún Sitio, que es un pueblo como cualquier otro”, ovnis que se llevan a la gente de paseo o chicas que sueñan con ser estrellas de la música country. Junto a ellos aparece la figura de André Breton, un tributo al poeta surrealista en un retrato del sueño americano:

Mi padre amaba los extraños libros de André
Breton. Solía alzar su copa de vino y brindar por
aquellas remotas veladas en las que “las mariposas
formaban una larga cinta continua”. O salíamos
a mear al callejón de atrás y decía: “He aquí unos
prismáticos para ojos vendados”. Vivíamos en un
edificio ruinoso que olía a casa de viejos con mascota.
   “Flotando al borde del abismo, impregnados del
perfume de lo prohibido”, nos turnábamos para cortar
la salchicha ahumada bajo la mesa. “Me encanta
América”, nos decía. Íbamos a ganar un millón de
dólares fabricando objetos que habíamos visto en
sueños aquella noche.

La serenata del gato bajo la ventana 

      En Una mosca en la sopa, Charles Simic ha escrito lo que podría denominarse su poética:

La mayor parte del tiempo uno no tiene ni idea de lo que hace. Las palabras hacen el amor en la página como moscas en el calor del verano, y el poema se debe tanto a la casualidad como a la intención. Probablemente incluso más.

     Con humor y distanciamiento irónico, Simic reelabora la concepción platónica de la poesía; sólo que aquí las musas y la inspiración se han convertido en la casualidad que lleva a las palabras a unirse y separarse como las moscas. Pero el poeta mueve también las manos para ahuyentarlas y volverlas a reunir, trazando los caminos invisibles de la belleza y la emoción artística. El mundo no se acaba termina con este breve y enigmático poema:

      Mi identidad secreta es

     El cuarto está vacío
     y la ventana abierta

     Cuando cierro este álbum de instantáneas imagino que bajo esa ventana abierta el gato seguirá cantando su serenata y nuestra vida continuará siendo “¡(…) un bello misterio a punto de ser comprendido, siempre a punto!”


Publicado en Tendencias 21
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Los poemas y las citas pertenecen a las siguientes ediciones:

Charles Simic,  El mundo no se acaba, edición bilingüe de Jordi Doce, Vaso Roto Ediciones, 
                      Madrid, 2013.
                      -Una mosca en la sopa, traducción de Julio Blasco, Vaso Roto Ediciones,  
                       Madrid, 2010.
                      -Desmontando el silencio, edición bilingüe de Jordi Doce, Ayuntamiento de 
                      Lucena, Colección 4 Estaciones, Lucena, 2004.