martes, 1 de enero de 2013

Con Heródoto en las Termópilas


(…) El jinete vio que una parte de los soldados estaba realizando ejercicios atléticos, mientras que los demás se peinaban la cabellera. Como es natural, ante aquel espectáculo se quedó perplejo, pero se fijó en su número. Y, tras haberse fijado detenidamente en todo tipo de detalles, regresó con absoluta tranquilidad, pues nadie lo persiguió y se benefició de la despreocupación general, por lo que a su vuelta, le contó a Jerjes todo lo que había visto.
   Al oírlo, Jerjes no podía intuir la realidad, es decir, que los lacedemonios se estaban preparando para morir y matar en la medida de lo posible.
                                                           Heródoto, Historia, libro VII


Me acerqué a Heródoto a través de dos poemas: uno, de Constantin Cavafis; el otro, de Raymond Carver. Ambos se titulan Termópilas y toman como materia poética el famoso pasaje de Heródoto en el que el poderoso ejército persa, al mando de Jerjes, se enfrenta a los bravos guerreros espartanos decididos a salvar a Grecia del invasor extranjero. Durante siglos, hasta llegar a este momento estelar de la historia, griegos y bárbaros habían derramado sangre a raudales en rencillas internas o en la construcción de monumentos, palacios, majestuosas ciudades y grandes imperios. De todo ello dará cuenta Heródoto, nacido quizás en el 484 a. C., cuatro años antes de la batalla de las Termópilas. Su Historia comienza así:

Esta es la exposición del resultado de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso para evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros –y, en especial, el motivo de su mutuo enfrentamiento– queden sin realce.

 Veinticinco siglos después, Cavafis, un griego de Alejandría, escribía este poema:

Termópilas

Honor a quienes en su vida se han marcado                               
el defender unas Termópilas.
Sin apartarse nunca del deber;
en todas sus acciones justos y equilibrados,
y, sin embargo, con pena, y con entrañas.
Si ricos, generosos; y aun en lo poco
generosos, si pobres; prestos
a socorrer en tanto pueden;
siempre con la verdad a flor de labios,
sin odiar sin embargo a los que mienten.

Y aun mayor honor les es debido
cuando prevén –y muchos lo prevén–
que surgirá por último un Efialtes
y los persas terminarán pasando.

Las Termópilas es un estrecho desfiladero entre el mar y la montaña. Tras atravesar el Helesponto, Jerjes, un personaje contradictorio, soberbio e inseguro, pretendía llegar a Atenas por esa ruta. Al rey de los persas le acucian sueños y premoniciones; tan pronto mata a un súbdito con crueldad que, al contemplar su ejército, llora ante su tío Artábano en uno de los pasajes de la Historia que Heródoto, amigo de Sófocles, construye a modo de una escena de tragedia:

“Majestad, ¡qué gran diferencia existe entre tu actitud de ahora y la de hace un instante! Primero te consideraste un hombre afortunado y, en estos momentos, estás llorando.” “Es que –replicó Jerjes– me ha invadido un sentimiento de tristeza al pensar en lo breve que es la vida de todo ser humano, si tenemos en cuenta que, de toda esa cantidad de gente, no quedará absolutamente nadie dentro de cien años”.

Y Jerjes con su invencible y numeroso ejército (según Heródoto cinco millones doscientos ochenta y tres mil doscientos veinte hombres, aunque las cifras estimadas son de trescientos mil) sigue avanzando. En las Termópilas, después de tres días de dura batalla, Efialtes, un griego traidor, mostrará a los persas “el sendero que, a través de la montaña”, conduce al otro lado del desfiladero. Leónidas, el rey de los espartanos, al mando del ejército griego, no olvida el oráculo que la Pitia de Delfos había dictado:

Mirad, habitantes de la extensa Esparta,
o bien vuestra poderosa y eximia ciudad es arrasada
por los descendientes de Perseo, o no lo es; pero en ese caso
la tierra de Lacedemón llorará la muerte de un rey de la estirpe de Heracles.

Leónidas sabe que debe morir y por ello permite que las tropas de otras ciudades griegas abandonen el lugar; sólo permanecerán con él soldados tebanos, a la fuerza, soldados tespieos, voluntariamente, y los trescientos espartanos. Estos últimos serán los elegidos para la gloria y la inmortalidad.
En el poema de Cavafis las Termópilas se convierten en el símbolo de la propia vida, de las metas que nos proponemos sin olvidar la dignidad y el sentido de la justicia. Cada ser humano tiene sus Termópilas o, mejor dicho, debería tenerlas, por encima del desánimo, del cinismo de algunos, de las palabras vacías, de nuestros propios fantasmas. Lo más fácil es caer en la indiferencia, convertirse en víctimas de lo inevitable. El traidor Efialtes acecha en nosotros mismos en forma de miedo o indolencia, nos persigue con su mentira y su adulación. Demagogo experimentado, busca halagar nuestros oídos, justificarnos ante nuestra conciencia. Pero nuestra vida carecerá de sentido si nos rendimos antes de la lucha.
Unos 50 ó 60 años después del poema de Cavafis, Raymond Carver escribió sus “Termópilas”:

De vuelta al hotel, al contemplar cómo se suelta y cepilla                   
su pelo castaño frente a la ventana, perdida en sus propios pensamientos,
con los ojos en otra parte, me acuerdo por algún motivo de aquellos
lacedemonios sobre los que escribió Heródoto,
cuyo deber era defender las Puertas frente al ejército persa. Y
las defendieron. Durante cuatro días. Antes, sin embargo,
ante la incredulidad del propio Jerjes, los soldados griegos
se sentaron despreocupadamente por fuera del muro
de troncos cortados, las armas apiladas,
peinando y repeinando sus largos cabellos, como si sólo se tratara
simplemente de otro día más de campaña.
Cuando Jerjes quiso saber qué significaba aquella exhibición,
le dijeron: Cuando estos hombres van a perder la vida
quieren que sus cabezas estén hermosas.
Ella posa el cepillo de mango de hueso y se acerca
aún más a la ventana y a la decreciente luz de la tarde. Algo,
un movimiento o un crujido, llega desde abajo y ha atraído
su atención. Una mirada, y se desentiende.

Una escena cotidiana, en la que una mujer se cepilla el pelo, le hace recordar a Carver el pasaje de Heródoto en el que Demarato, que había sido rey de Esparta, le explica a Jerjes la actitud de los lacedemonios:

En otra ocasión –cuando emprendimos la expedición contra Grecia–, ya me oíste hablar de esos individuos, pero, ante mis palabras, al decirte qué desenlace preveía para esta empresa, te burlaste de mí. Porque atenerme a la verdad en tu presencia, majestad, constituye mi máximo objetivo. Por eso, préstame especial atención en este momento. Esos individuos están ahí para enfrentarse a nosotros por el control del paso, y se están preparando con ese propósito; pues, entre ellos, rige la siguiente norma: siempre que van a poner en peligro su vida es cuando se arreglan la cabeza. Y entérate bien: si consigues someter a esos hombres y a los que se han quedado en Esparta, no habrá en todo el mundo ningún otro pueblo que se atreva a ofrecerte resistencia, majestad. Pues en estos instantes van a luchar con el reino más glorioso y los más valerosos guerreros de Grecia.

Los griegos llevaban el pelo largo, pero después esta costumbre se perdió en Atenas, y sólo permaneció en la conservadora Esparta. El llevar el pelo largo se consideraba en Atenas como una señal de “laconismo”. En las notas a su edición de la Historia  de Heródoto, Carlos Schrader se refiere a textos de Jenofonte y Plutarco que explicaban que los espartanos estaban peinándose para conseguir una purificación del cuerpo, similar a la del espíritu, alejado ya del materialismo terreno.
Pero volvamos a esa escena cotidiana, al pelo cepillado, al gesto de colocar el cepillo en el tocador, a la luz de la tarde que declina; la mirada se dirige hacia el exterior donde algo sucede. Nada, un leve ruido, un instante que se transforma en poema. Es sólo el tiempo y la conciencia de su paso. Como los espartanos, la mujer del poema se peina, afronta la existencia y se adueña de ella. Un gesto la convierte en un ser libre, sobre el que nada puede el miedo.
En Viajes con Heródoto, Ryszard Kapuściński rinde su especial homenaje al que ha sido considerado el padre de la Historia. Para el escritor y periodista polaco, el libro de Heródoto “es el primer gran reportaje de la literatura universal”. La Historia acompañará a Kapuściński en sus viajes por la India, China, Irán o África. Entre los apuntes o reflexiones sobre estos destinos se intercalan extensas citas de la obra de Heródoto. Son frases y escenas dignas de perdurar en la memoria,  anotaciones de un lector que quiere compartir los textos que tanto le apasionan. Kapuściński crecerá y madurará como persona en sus viajes. El primero, a la India, le hizo ver que “el mundo enseña humildad”: “Pues regresé de aquel viaje con el sentimiento de vergüenza por mi falta de conocimientos, por la insuficiencia de mis lecturas, por mi ignorancia”. La lectura de la Historia de Heródoto irá creciendo y madurando a la vez que Kapuściński.

A medida que me adentraba en la lectura de su Historia se producía en mi interior un proceso emocional e intelectual de identificación con aquel mundo y aquellos acontecimientos que evocaba nuestro griego

Para Heródoto había unas leyes que regían su Historia. Así, todo lo que sucede tiene su origen en la venganza; la felicidad, como decía Solón, no es duradera y “lo dispuesto por el destino no pueden evitarlo los dioses mismos”. Los persas, como los protagonistas de las grandes tragedias, acabarán al fin derrotados pues han cometido un pecado de soberbia, de hýbris, y han trasgredido una ley griega, expresada en el lema atribuido a Solón: “nada con exceso, todo con medida”.
        Al final de su vida Heródoto decide escribir un libro porque sabe que “la memoria es lábil y etérea y que si no anota sus conocimientos y experiencias de una manera más estable acabará por desaparecer sin rastro todo lo que lleva dentro”. De este modo nos deja una gran obra donde muestra sus investigaciones sobre el mundo conocido y hace reflexionar a sus personajes como si actuaran en un gran teatro griego. La Historia, nos recuerda Kapuściński, “al igual que toda gran obra, hay que leerla repetidas veces: cada nueva lectura desvelará entonces nuevas capas, contenidos distintos, no vistos antes, nuevos sentidos e imágenes. Pues todo gran libro contiene varios libros, sólo hay que llegar a ellos, descubrirlos, profundizarlos, asumirlos”.
            ¿Qué es lo que incita al ser humano a recorrer el mundo?, se pregunta, por último,  Kapuściński. En verdad no lo sabemos:

¿Curiosidad? ¿Anhelo irrefrenable de aventura? ¿Necesidad de ir de asombro en asombro? Tal vez: la persona que deja de asombrarse está vacía por dentro; tiene el corazón quemado. En aquellos que lo consideran todo déjá vu y creen que no hay nada que pueda asombrarlos ha muerto lo más hermoso: la plenitud de la vida. Heródoto se sitúa en el polo opuesto.



Las citas y los poemas recogidos en esta entrada pertenecen a las siguientes ediciones:

HERÓDOTO, Historia. Traducción y notas de Carlos Schrader. Madrid, Gredos, 1985.
CAVAFIS, C. P., Poemas. Trad. de Ramón Irigoyen. Barcelona, Círculo de Lectores, 1999.
CARVER, R. Todos nosotros. Poesía. Trad. de Jaime Priede, Badrid, Bartleby Editores, 2006.
KAPUśCIńsKI, R, Viajes con Heródoto. Barcelona, Anagrama, 2006.

6 comentarios:

  1. Lo mismo te deseo, me ha gustado que te refieras a este personaje desde una visión literaria.

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  2. Carmen, que vaya todo bien en este año. En todos. La felicidad tiene un cortoplacismo interesado. Pero vamos a hacerla hoy grande. Un beso.

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  3. Conocía el poema de Kavafis y el de Carver. De Kapuscinski, desgraciadamente, nada todavía. Una tarea para abrir el año...

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  4. Qué interesantes reflexiones hilvanando esto con aquello, como buena grupi de Montaigne :)
    por cierto, recomiendas el libro de Kapuściński?

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  5. Feliz año a todos. Las reflexiones de Kapuściński también tienen un aire a lo Montaigne. Su libro es un homenaje a Heródoto y casi la mitad de sus páginas son citas de la Historia. Está muy bien como un primer acercamiento a Heródoto, escrito por un lector apasionado de su obra. No había leído nada de Kapuściński y sé poco de él, pero me han gustado sus reflexiones y ese diálogo con un autor que le era tan querido. Comparto plenamente su admiración por "el primer reportero de la historia universal" y sobre todo recomiendo, como creo que también lo hubiera hecho Kapuściński, la lectura de Heródoto.

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  6. Muy nteresante las reflexiones. Enhorabuena. un abrazoa todos.JHM

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