viernes, 15 de marzo de 2013

Kafka y la “Teoría general de la novela” de Eduardo Mendoza


                                                   A mis antiguos y actuales alumnos de Literatura Universal

El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo “amar”…, el verbo “soñar”…
                                                                             Daniel Pennac, Como una novela


Desde hace algún tiempo viaja por internet un vídeo “Kafka era un mal escritor; y él lo sabía”– que recoge fragmentos de la conferencia Teoría general de la novela: balance trimestral, impartida por el escritor Eduardo Mendoza en abril de 2009; la intervención completa puede escucharse en la web de la Fundación Juan March. Durante una hora, Mendoza expone su opinión acerca de la situación de la novela, de la enseñanza de la literatura, de las vanguardias… Y todo ello con un estilo informal, según mandan los cánones de una conferencia amena impartida por personalidad de renombre cuya sola presencia basta para que descienda sobre los asistentes una lluvia de sabiduría, en unos casos, o de rabia incontenible y sensación de pérdida de tiempo, en otros. La seriedad de un escritor como Eduardo Mendoza y su porte de gentleman podrían hacernos pensar que sus afirmaciones poseen un toque de humor inglés y están destinadas a despertar la conciencia de su auditorio, como un juego de travieso niño mimado al que le está permitido decir cualquier cosa, a ver si cuela. Y cuela, claro, porque los asistentes suelen ser respetuosos con el conferenciante estrella, bien porque les hace pasar un rato divertido –con risas incluidas, a modo de comedia de televisión– o porque llegan a tal estado de perplejidad que esperan a ver si la próxima boutade logra superar a las anteriores.
Durante los tres últimos años he estado impartiendo clases de Literatura Universal y explicar y leer La metamorfosis (o La transformación) de Kafka con mis alumnos ha sido una de las experiencias más gratificantes que me ha aportado mi trabajo de profesora de Enseñanza Secundaria. Y como no me gustaría que a los oídos de mis alumnos y ex alumnos llegase la conferencia de Eduardo Mendoza y pensasen que les he engañado, voy a explicarles por qué no comparto las afirmaciones del novelista sobre Kafka. La lista de grandes escritores cuyos textos me servirían de argumentos de autoridad es tan extensa, que, por desgracia, sólo podré remitirme a unos pocos. Recuerdo, por ejemplo, a Salinger –quien, para el comienzo de su novela Seymour, una introducción escoge un fragmento de los Diarios de Kafka– a Walter Benjamin, Borges, Cortázar, Claudio Magris, Ricardo Piglia, Quim Monzó, Vila-Matas, Sebald... 
Las opiniones de Eduardo Mendoza sobre Kafka hay que situarlas en el contexto de su conferencia. El título, Teoría general de la novela: balance trimestral, enlaza el concepto abstracto de “teoría general” con algo tan pasajero como un balance trimestral. Eduardo Mendoza despacha esto último en escasos minutos: “La percepción de la narrativa cambia rápido” y el balance que corresponde a las fechas de la conferencia es malo y “todos tenemos la culpa” de ello.  Una vez dicho esto Mendoza pasa a la teoría general de la novela. Señala que en la  actualidad “no tiene sentido la novela del siglo XIX” y, a continuación, arremete contra las vanguardias y la enseñanza:

A principios del siglo XX aparecen las vanguardias para mal de todos. (…). Y en el terreno de la narrativa hacen un pequeño intento, pero enseguida, a partir de Finnegans Wake, ya se arrinconan; porque a diferencia de las artes plásticas la literatura necesita un público numeroso que compre, y con el público no se juega. (…)
Pero, aunque desaparecen las vanguardias en la narrativa, la novela, y se vuelve otra vez al redil, (…) el mal ya está hecho; y lo que ha sucedido después de las vanguardias es que todo lector, todo oyente y todo espectador se ha convertido en un crítico. Ya no hay la inocencia de la identificación. (...)¿Y qué ocurre? Pues ocurre, por ejemplo, que en la enseñanza donde antes se enseñaba literatura porque se consideraba que era un asignatura, ahora no. Ahora se hace una cosa vergonzante. (…). Dice. bueno, pues sí, es parte de la cultura general. Se dice a los alumnos y alumnas pequeñitos: tenéis que aprender matemáticas, informática idiomas, y… no sé qué. Y además tenéis que leer;  pero como si fuera parte de la buena educación, como si fuera “tenéis que leer, no meteros el dedo en la naricita y alguna cosa más: es entretenido, lo pasaréis muy bien…”. Y claro, así no se enseña. Se enseña a palos, como todo. (…) ¡Aprende esto porque está en el programa, demonios! Y con la literatura, lo mismo.  O aprendes esto, o aprendes la lista completa de las obras de teatro de Calderón de la Barca o no apruebas. (…)Eso es la enseñanza; todo lo demás son bobadas.

Es una pena que el tono sarcástico y humorístico del conferenciante se pierda con la transcripción. Tampoco están recogidas las risas de los asistentes. Después de otras divertidas boutades, Eduardo Mendoza sentencia: “Ha habido una deriva hacia una cosa que ya no es narrativa”; y entonces le llega el turno a Kafka:

¿Quién es el escritor más importante de los tiempos modernos…? Y siempre sale: “Kafka”. Kafka es un ser entrañable al que todos queremos… Pero es muy mal escritor. Bueno lo queremos porque era muy fotogénico. Le pasaba como al Che y con la foto ya no hacía falta nada más. Además se murió joven, judío de gueto… (…) Y aquello de que dejó las cosas para que no se publicaran, porque él sabía que era un mal escritor, pero un amigo suyo las publicó y hay una leyenda en torno a él. (…)
¿Por qué era malo? Pues Porque no tenía sentido de la narración. Empezaba diciendo “A Josef K lo condenaron y no sabía por qué”. Hombre, no se empieza así un libro, así se  acaba (Risas del público), pero si empiezas así ya no hace falta leer el resto. Ya está, ya lo he entendido. “Se despertó y estaba hecho un gusarapo”. Bueno, pues ya está. Lo que pasa después me lo puedo imaginar perfectamente. No hace falta que me lo cuenten. Por eso la gente los deja, ya no sigue. Todo el mundo sabe que Gregor Samsa se despierta un día y se ha convertido en no se sabe qué. La gente cree que un escarabajo. No se dice... un bicho. Y ya nadie ha leído nada más. Algún trozo, la gente, se cansa… (…). De hecho sus libros se componen de: el principio, brillante, y la continuación que es un tremendo dolor por el hecho de no saber qué hacer con este principio. Sus cartas no hablan de otra cosa. “He empezado una historia muy buena pero no sé cómo continuarla”. Por eso no publicó y por eso dijo que se quemaran sus libros.

El argumento de la fotogenia en la sobrevaloración literaria de Kafka no merece comentario alguno, pero sí conviene aclarar las inexactitudes en el discurso de Mendoza. No hay que ser un experto en Kafka para conocer ciertos detalles de su vida, de su relación con la escritura y de la difusión de su obra. Basta con leer un texto divulgativo como la introducción de sus obras completas en Galaxia Gutenberg, para desterrar ciertos tópicos. Jordi Llovet, en la presentación de esta obra, nos recuerda que, aunque a su muerte en 1924, Kafka había dejado inédita la mayor parte de sus escritos, en vida llegó a publicar siete libros –eran libros, por breves que fueran–, además de narraciones sueltas publicadas en periódicos y revistas, lo que “evidencia una preocupación por dar a conocer su obra muy superior a la leyenda que pesa sobre este escritor”.
Max Brod recibió bastantes críticas cuando decidió desobedecer la última voluntad de su amigo Franz Kafka: “todo esto (manuscritos y cuadernos) debe ser quemado sin excepción, y te pido que lo hagas a la mayor brevedad”. En 1929 Walter Benjamin publicó un artículo para rebatir a uno de los detractores de Brod:

La aversión del autor ante la idea de publicar su obra provenía de su convicción de que estaba inacabada, y no de la intención de mantenerla inédita. Es comprensible que se guiara por esa convicción a lo largo de su vida, y es asimismo comprensible que su amigo no compartiera su opinión.

Que Kafka muriera joven es algo irrelevante para su fama y su calidad literaria. Pero la muerte fue una terrible realidad a la que Kafka, como hombre y como artista, tuvo que enfrentarse. Y como creador debió de sufrir mucho al ser consciente de que le quedaba poco tiempo de vida y de que no llegaría a completar sus escritos.
Para Mendoza, Kafka es considerado un gran escritor por el hecho de ser judío de gueto. El primer tomo de las obras completas de Kafka incluye también un interesante estudio de Klaus Wagenbach, Franz Kafka: una biografía. Como tantos otros judíos (pienso en Irène Némirovski, Stefan Zweig, Freud…), Kafka no vivió nunca en un gueto. Pertenecía a una acomodada familia de comerciantes que había ascendido socialmente. Es cierto que Europa, en esa época, no estaba libre de brotes de antisemitismo, pero Kafka, en la Praga donde nació, pertenecía a la reducida minoría de cultura alemana y vivía como cualquier persona de clase media. Con Hitler, Kafka se convirtió en un autor proscrito; en octubre de 1933 su obra fue incluida en la “Lista I de la literatura perjudicial e indeseable” y sus libros fueron quemados públicamente. Habían pasado nueve años desde la muerte del escritor. Entre 1941 y 1943 las tres hermanas de Kafka sí tuvieron que sufrir los guetos nazis y las tres murieron en los campos de exterminio.
      Otro ensayo recogido en las obras completas es Franz Kafka, revalorado de Hannah Arendt, publicado por primera vez en 1944. Arendt analiza los motivos de la rápida difusión de la obra kafkiana. Cuando Kafka muere a los 40 años de tuberculosis su obra solo era conocida por un pequeño círculo de lectores: “En los años veinte, Kafka ya era considerado uno de los autores más importantes de la vanguardia en Alemania y Austria, y en los años treinta y cuarenta llegó a países como Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos”. A esto habría que añadir que en España, en 1925, sólo un año después de la muerte de Kafka, se editó una versión de La metamorfosis en los números XXIV y XXV de la Revista de Occidente
Kafka ejerció una gran influencia en los escritores, de modo que habría que hablar de un antes y un después de Kafka. Sin embargo él no experimentó. Su estilo se caracterizaba por la precisión. “Lo que se comunica no se podría decir de manera más sencilla, más clara, más breve” escribe Hannah Arendt, para quien

Kafka consiguió hacer su obra tan increíblemente seductora que sus historias atrapan al lector, aunque al principio no entiendan la verdad que contienen. La singularidad de Kafka consiste en el modo en que logra que el lector se deje llevar por una fascinación incierta y vaga, asociada con el recuerdo meridianamente claro de ciertas imágenes y hechos aparentemente absurdos a primera vista, y que esa fascinación sea tan duradera y penetre tan hondo en la vida del lector, que algún día una experiencia cualquiera le revele de improviso el verdadero significado de la historia a la luz deslumbrante de la evidencia.

Gregor se convierte en un insecto, pero él “parece mucho menos implicado que nosotros”, nos recuerda Pietro Citati: “La tremenda atonía, la dolorosa aceptación de vivir, hacen de Gregor el último y el más grande de los héroes flaubertianos”. Citati relaciona al protagonista de La metamorfosis con el propio Kafka, con su descenso al cuarto oscuro, a esa fuerza que le arrastraba a la escritura, a un espacio y un tiempo donde no tenían cabida ni familia, ni trabajo, ni noviazgo, nada que le alejase de su designio, la creación literaria, su condena y su única salvación. Del 17 de noviembre al 7 de diciembre de 1912, "en el cuartito de la Niklasstrasse" se produjo una doble transformación:

Mientras escribía en su madriguera nocturna, Kafka descendió cada vez más profundamente bajo tierra, donde ningún explorador de abismos había penetrado antes que él (…) como si también él, mientras cubría el papel de signos más tupidos que esas patitas vibrátiles, se estuviera convirtiendo lentamente en un Ungeziefer, un enorme insecto parásito”. (...) Kafka se transformaba para descubrir la profundidad de sí mismo.

Para Nabokov, "tan apasionado en sus filias como sus fobias", como señala Updike, Kafka “es el escritor alemán más grande de nuestro tiempo. A su lado, poetas como Rilke o novelistas como Thomas Mann son enanos o santos de escayola”. En su Curso de Literatura Europea explicaba a sus alumnos el valor literario y artístico de La metamorfosis:

A Kafka le gustaba extraer sus términos del lenguaje del derecho y de la ciencia, dándole una especie de precisión irónica, sin intrusiones de los sentimientos personales del autor; éste fue exactamente el método utilizado por Flaubert para conseguir un efecto poético singular
 (…) Fijaos bien en el estilo de Kafka. En su claridad, en su tono preciso y formal, en acusado contraste con el asunto pesadillesco de la historia. No hay metáforas poéticas que adornen esta historia en blanco y negro. La nitidez de su estilo subraya la riqueza tenebrosa de su fantasía. Contraste y unidad, estilo y sustancia, trama y forma, se encuentran, han alcanzado una cohesión perfecta.

Los padres de Gregor Samsa, el protagonista de La metamorfosis, pertenecen a la clase media de Praga, son también “filisteos flaubertianos, sólo interesados en el aspecto material de la vida, en suma, unos seres de gustos vulgares”. Kafka materializa en la escritura esa sensación de desconcierto que cualquier ser humano puede experimentar al despertarse. Además, añade Nabokov, “el aislamiento y la extrañeza ante la llamada realidad son en definitiva características constantes del artista, del genio, del descubridor. La familia Samsa que rodea al insecto no es otra cosa que la mediocridad que rodea al genio”.
La metamorfosis es para Mendoza un ejemplo de cómo no hay que empezar un relato:

(…) Empezarlo por el final. Eso es una tontería. Sin embargo ya, al perder, al convertirse la narración en algo más así, pues nos ha pasado esto.
Bueno, pues qué hay que hacer. Hemos llegado al punto en que debemos refundar la narrativa. Los escritores y sobre todo los lectores.

Eduardo Mendoza no nos aclara qué debemos entender por “refundar la narrativa” y cuál es el papel que tenemos los lectores en esa tarea.
Kafka no comienza su novela por el final, porque la historia de Gregor Samsa empieza cuando se ha transformado en bicho. Cuando en clase leo “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregor Samsa despertó convertido en un monstruoso insecto”, veo la sorpresa reflejada en los rostros de mis alumnos. Algunos sonríen preguntándose qué tontería les obligan a leer. Pero vamos avanzando y todo adquiere sentido. Kafka consigue que nos metamos en el caparazón de Gregor, que sintamos sus contradicciones, que contemplemos la crueldad de la incomprensión que le rodea hasta dejarlo aislado. Y entonces Gregor no es solo el artista, el genio-bicho; es cada uno de nosotros en un momento de nuestras vidas.
Un dibujo de Kafka
Kafka no escribía para vender libros, sino porque era su destino. Podría haber sido un escritor complaciente; tenía cualidades para escribir todo lo que hubiera querido y alcanzar la fama y el éxito de ventas. Pero Kafka era un genio y se había comprometido con el arte; sabía que estaba haciendo algo que nadie había hecho antes que él. Por eso dudaba y reflexionaba sobre la escritura. Por eso nos dejó en sus Diarios algunas de las más hermosas páginas de la literatura del siglo XX. Pretendía ser honrado consigo mismo y con quien lo leyera, sin hacer concesiones.
Que los alumnos reconozcan la belleza y la grandeza de una obra artística, que aprendan a amarla, es el mayor logro que un profesor de literatura puede conseguir. Aprender literatura no es memorizar listas de obras, sino, aunque sea por unos instantes, sentir esa emoción artística que un creador nos ha transmitido.
            En un momento de su conferencia, Eduardo Mendoza arremete contra los propios escritores: “Los escritores tenemos que ser muy serios”; “hay que ser muy rigurosos, el rigor es algo que narrativamente se ha perdido”, “los escritores somos muy catetos, somos bastante tontainas. Y hoy en día no se puede hablar en público como hace un escritor dirigiéndose a una audiencia sin tener unos conocimientos de algo”. Y concluye: “En este mar de ignorancia (…) tenemos que disimular esta vaciedad con unos trucos de charlatán”.

Al iniciar su estudio sobre La metamorfosis, Nabokov escribe:

Por profundo y admirable que sea el análisis de una narración, de una obra musical o un cuadro, siempre habrá espíritus que se queden indiferentes y espinas dorsales que no se inmuten. «Asumir nosotros el misterio de las cosas» —como dice tan sagazmente el rey Lear refiriéndose a él y a Cordelia—, es lo que yo sugiero también a todo el que quiera tomarse el arte en serio.

En nosotros debe vibrar algo “en respuesta a sensaciones que no se pueden ni definir ni desechar”:

Belleza más compasión: eso es lo máximo que podemos acercarnos a una definición del arte. Donde hay belleza hay compasión, por el simple hecho de que la belleza debe morir; la belleza siempre muere; la forma muere con la materia, el mundo muere con el individuo. Si a alguien le parece La metamorfosis de Kafka algo más que una fantasía entomológica, le felicitaré por haberse incorporado a las filas de los buenos y grandes lectores.

8 comentarios:

  1. Todo adquiere sentido, Carmen. A poco que se abran bien las orejas y se deje al corazón brincar a su antojo, todo adquiere sentido. Qué daría yo por hacer que mis alumnos (pequeños todavía) supieran de Samsa y de las aventuras en las que se vio envuelto y de como se desenvolvió, como cantaban Les Luthiers. No importa. Hago otras cosas que, en clase, hacen que los alumnos sientan la perplejidad maravillosa del universo, el poder fascinante de las palabras y, en último caso, la delicia de las historias, ese placer eterno con el que el hombre ha ido construyendo el mundo. Incluso las religiones, ahora que tenemos nuevo Pontífice, han sido edificadas con las metáforas de las historias. Buenas, algunas. Absolutamente improcedentes, otras. No he visto el video de Mendoza ni sabía de esta teoría suyua de la novela. Lo remediaré ya mismo. Lo de Kafka me parece un argumento doméstico, de andar por casa, en ropa cómoda. Me acompañó en mi primera literatura, cuando abrí mis primeros libros. Con Borges. Con Cortázar. Con Poe. Yo es que empecé a leer tarde y empecé un poco a lo bruto. No tuve la dulzura de unas letras menos relevantes. Las mías, en esos años, fueron ya definitivamente las de toda la vida. Y siguen ahí. Y me encanta (y mucho)que se escriba sobre Franz y sobre Samsa. Así que ya está. Disfrute usted el viernes y el nada kafkiano (esperemos) fin de semana.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo también fui lectora autodidacta. Me atrevía con todo. Qué placer aquellas tardes con Borges y Cortázar. Muchas gracias, Emilio, por tu comentario. Un excelente complemento a esta entrada. Y que disfrutes también de este viernes.

      Eliminar
  2. Aunque ya se exhibe él solo, es la mejor manera de aplaudirle: argumentando su desatino. Genial.

    ResponderEliminar
  3. A pesar de que me gusta mucho la narrativa de Eduardo Mendoza, hay que reconocer, como tú muy bien has hecho, que en esta conferencia no ha dado pie con bola. Mejor que se ocupe de escribir sus novelas y que no comente otras, si no sabe bien lo que dice.

    Yo, como vosotros, recuerdo la lectura de La Metamorfosis como un momento importante en mi vida como lector. Es más, recuerdo el momento exacto en que lo hice (algo poco común en mí, salvo casos concretos) y cómo por primera vez en mi vida sentía que alguien estaba explicándome en un libro esa sensación de bicho raro. Yo no soy experto en Kafka, pero sí sé con toda certeza que lo que él me aportó aquel día me acompaña de algún modo. ¿Qué es el arte? Seguramente, algo semejante a ese efecto, a esa curiosa compañía, a esa revelación.

    Gracias por defender lo bueno con excelentes argumentos y por enseñarnos con cada entrada en este espacio. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  4. La historia está repleta de mediocres que se pierden por los estrechos corredores de la fugacidad o se ahogan en océanos de silencio. Quienes resisten, como Kafka, los embates contra los acantilados del tiempo están a salvo de tsunamis y, si me apuras, incluso impermeabilizados "per se".

    Aunque me asalte la intención de de la insensatez inmediata para comentar la actuación de Mendoza (al fin y al cabo, un eslabón letrado de la cadena de consumo. "Yo he venido a hablar de mi libro", que dijo Umbral), el respeto hacia su obra y su guiño kafkiano en El misterio de la cripta embrujada me hacen sonreir y, se paso, agradecerle a él tu enorme post.

    Son muchos los creadores y contados los genios. Los creadores, grandes maestros todos ellos, suelen moverse entre categorías asentadas consiguiendo a veces, unos más y otros menos, incluso superar a sus maestros en una o varias categorías. Mendoza es un maestro. Los genios son maestros capaces de crear nuevas categoría. Esa es la diferencia. Kafka fue un genio.

    Tan genio fue que su obra se reescribe cada vez que se relee, cada vez que se comenta o cada vez que se interpreta (http://issuu.com/damianfelitte/docs/lametamorfosis?mode=window), aportando matices y llevando al lector a la certeza de que es Gregorio Samsa quien realmente lee a través de los ojos que recorren las páginas de La metamorgosis. Con este libro tuve la indescriptible experiencia de sentirme leída desde las páginas de un libro. Me estremeció. Me marcó. Me transformó. Y me gustó.

    No hablo del estilo o del argumento de la obra, sino de esa sensación de que el libro estaba vivo y yo incrustrada en su caparazón como una manzana.

    No es extraño que la industria recurra al menosprecio de los genios como argumentos de venta. Lo extraño es que maestros como Mendoza se presten a ello, quiero pensar que de manera involuntaria o al menos inconfesable. Ya pasó con Buñuel, con Picasso, con Lorca o Camarón, por poner unos ejemplos cercanos en el tiempo y el espacio. El purismo nunca hizo buenas migas con el progreso, pero sirvió para elevar a los genios a la categoría de mitos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por tu comentario, una excelente nota al pie para esta entrada (y, a veces, las notas al pie son más importantes). Comparto tu opinión sobre el genio y el maestro; y es muy hermosa la forma de describir tu lectura de La metamorfosis

      Eliminar