miércoles, 8 de mayo de 2013

Ripley de Villeperce


  En La máscara de Ripley (Ripley Under Ground), la segunda novela de las cinco que conforman La Ripliada, Tom Ripley aparece ya instalado en su particular Olimpo: una casa de campo en el Villepercer-sur-Seine, pueblo ficticio situado a diecinueve kilómetros de Fontainebleau y cerca de Moret-sur-Loing. Han pasado quince años desde el nacimiento de Tom Ripley, en 1955; entonces era un joven de veinticinco años. En esta nueva entrega de 1970 –en la que se mezclan la placidez de la vida cotidiana con falsificaciones de arte, asesinato y varias formas de deshacerse de cadáveres–, Tom no pasa de los treintaiuno; sin embargo, pone “un disco de los Beatles para levantarse el ánimo”, o se refiere a la moda de los pantalones acampanados como una prenda que no le gusta para él.
      El tiempo transcurrirá para su autora mientras que Tom permanecerá siendo un hombre joven. En 1974 Highsmith publica Ripley’s Game (El juego de Ripley, editada en España como El amigo americano); sólo habrán transcurrido seis meses desde los sucesos narrados en La máscara de Ripley. La siguiente novela de La Ripliada, The Boy who Followed Ripley (Tras los pasos de Ripley), publicada en 1980, nos presenta a Ripley como un hombre de unos treinta y cuatro años; aunque ya no utiliza para sus frecuentes viajes por Europa el aeropuerto de Orly, más cercano a su residencia. Ahora deberá desplazarse hasta aeropuerto de Roissy-Charles de Gaulle, inaugurado en 1974, y eso le fastidia bastante. También ha cambiado el paisaje de París; al contemplar el “bulboso exterior del Centro Pompidou”, edificio de 1977, esa “monstruosidad azul”, Ripley le dice al joven que lo acompaña: “Lo encuentro feo, al menos por fuera”. En esta novela veremos además cómo Ripley se desenvuelve a gusto en una discoteca de ambiente gay.   
      Todavía habría que esperar a 1991 para que llegara la última entrega de la serie, Ripley Under Water (Ripley en peligro), en la que lo narrado sucede cinco años después de las aventuras de La máscara de Ripley. No obstante, Ripley utiliza el CD, los personajes hablan de procesadores de texto, y se menciona el microondas como un electrodoméstico que no es del agrado de Ripley ni de su ama de llaves.
       Las novelas de La Ripliada reflejan los cambios que se han producido en el mundo a lo largo de treinta y seis años: las costumbres, la moda, los objetos, la música, las relaciones sociales… Tom Ripley ha madurado, pero es eternamente un hombre que ronda los treinta y cinco años, aunque las reglas de la verosimilitud –que no rigen los grandes mundos literarios– le adjudicarían la edad de sesenta y uno. Ripley no hubiera sido capaz de llevar el ritmo frenético de vida si hubiese ido envejeciendo. Parece como si Patricia Highsmith hubiera dejado a su personaje con la edad que ella tenía cuando lo creó, y le hubiera dotado de la madurez y la experiencia que ella misma fue adquiriendo mientras pasaba de la madurez a la ancianidad. Highsmith había cumplido setenta años cuando publicó la última novela protagonizada por Ripley.

Belle Ombre, el locus amoenus

Desde la segunda novela de La Ripliada, Patricia Highsmith le da una compañera a Ripley –Heloise, una rica heredera con la que Tom lleva casado tres años– y crea un locus amoenus para ambos, Belle Ombre (Bella Sombra), una finca que el padre de Heloise les había entregado como regalo de bodas. Tom se siente satisfecho con su nueva vida y con su casa, que tiene el aspecto de un pequeño castillo “con cuatro torreones sobre otras cuatro habitaciones circulares, situadas en las esquinas de la planta alta. El jardín era inmenso y la finca había costado una fortuna, incluso para un americano”.
 Al comienzo de La máscara de Ripley, Tom ya está en el jardín, despreocupado de tareas domésticas, de las que se encarga la eficiente ama de llaves madame Annette, protectora del hogar, excelente cocinera, servicial y fiel, que jamás dudará de la intachable conducta de los señores de la casa. Con ella todo está en orden y, cuando no tiene nada mejor que hacer, se dedica a encerar muebles; de modo que Belle Ombre siempre tendrá un olor especial a cera perfumada con lavanda que Tom trae de Inglaterra. Sospechamos que Ripley anda metido en negocios turbios; sin embargo lo vemos entregado a una de sus aficiones: cuidar el jardín para “pasar el rato”.   
 
Le gustaba dedicar una hora diaria a esta tarea. Cortaba el césped con la segadora manual, pasaba el rastrillo, quemaba ramitas y arrancaba las malas hierbas. Era un buen ejercicio que, además, le permitía soñar despierto.

Heloise, una Eva a la medida

    Highsmith crea para Tom Ripley una mujer a su medida: “Heloise Plisson, hija de Jacques Plisson, millonario y dueño de la empresa Plisson Pharmaceutiques”. Esta boda ayuda a Ripley a mantener una reputación intachable y un tren de vida del que él se cree merecedor, ya que el padre de Heloise, a pesar de que Tom le desagrada, les pasa una asignación mensual. El sentido de la moralidad de Heloise es “en opinión de Tom, prácticamente inexistente”. Es una joven hermosa, de cabello rubio, cuya edad en La Ripliada no llegará a los treinta años. Sus intereses son los viajes y le agradece a Tom esa libertad de movimientos, sin la cual no hubiera podido estar casada. Se lava el pelo, lee libros y revistas, le gusta ir de compras y siempre cree que acierta con sus adquisiciones. Al inicio de La máscara de Ripley, Heloise se encuentra viajando en yate por Grecia y Tom tiene “grandes deseos de verla. Había llegado a acostumbrarse a ella y ahora la echaba de menos. ¿Era eso amar a alguien? ¿Un matrimonio?”.
Heloise no conoce todos los negocios de Tom. Hay cuestiones que es mejor ignorar. Se mantiene al margen, sin enterarse de nada que no sea conveniente:

Heloise daba importancia al dinero, pero no tenía ningún interés especial por averiguar de dónde procedía. Sabía que el mantenimiento de su tren de vida dependía tanto del dinero de su familia como del de Tom, pero jamás le había echado esto en cara, y Tom sabía que este detalle le tenía completamente sin cuidado, otra de las cualidades que apreciaba en Heloise.

   La relación con Heloise es perfecta, entre otras cosas porque ella no reclama demasiado sexo. Cada uno disfruta de su propio dormitorio y de vez en cuando duermen juntos. Mientras que Tom experimenta placer por todo lo que ha conseguido, Heloise parece no “sentir entusiasmo por nada”, quizás porque siempre lo ha tenido todo:  

Heloise existía. Tom lo encontraba curioso. No lograba descubrir qué objetivos tenía ella en la vida. Heloise era como un cuadro en la pared. «Era posible que alguna vez quisiera tener hijos —decía ella—. Mientras tanto, existía.» (…) A veces, cuando hacían el amor, Tom sentía algo raro, una especie de alejamiento, como si su placer emanase de algo inanimado, irreal, de un cuerpo sin identidad.

    Tom no tenía la necesidad de entregarse por completo, tampoco podía hacerlo, pues estaba destinado a vivir siempre con la sombra del engaño. Tampoco Heloise le reclama la entrega total, por eso es perfecta.  Y no se trataba de una cuestión de sexo:

Heloise solía mostrarse irrespetuosa con las mismas cosas que Tom. Era una compañera, en cierto modo, pero una compañera pasiva. Con un muchacho u otro hombre, Tom se hubiera reído más; puede que ahí estuviera la principal diferencia.

Las cosas infunden “respeto hacia uno mismo”

Otro de los rasgos que caracterizan a Ripley es que ama poseer cosas, “no en gran cantidad, sino unas pocas y escogidas”, escribía Highsmith en El talento de Mr. Ripley (A pleno sol). Como en un cómic, Patricia Highsmith crea para su personaje algunos objetos que le acompañan siempre; uno de ellos es el sofá de raso amarillo de la sala de estar. Tom no se sienta en él cuando lleva los pantalones sucios; los visitantes suelen fijarse en el mueble. Y en El amigo americano Ripley pinta un cuadro de Heloise en el sofá. En esta novela aparece también el carísimo clavicémbalo, cuya compra llena de “euforia a Tom” y le hace “sentirse invencible”: “Un clavicémbalo entraba en la categoría de adquisiciones culturales, de modo que Tom no se hizo ningún reproche por desearlo. Un clavicémbalo no era una piscina”. Cuando se imagina que la Mafia pueda pegar fuego a Belle Ombre, piensa en el clavicémbalo ardiendo o hecho pedazos y reconoce quela casa y el hogar le inspiraban un amor que normalmente sólo se encontraba en las mujeres”. 
Cada vez que va a Londres, Tom cumple el pequeño rito de comprar “un par de pijamas de seda”; y en todos los viajes que hace por Europa o América no olvida traerle algún caro detalle a Heloise. Las maletas es otro de los fetiches de Tom. En A pleno sol compraba el billetero y las maletas de Gucci; sin embargo en Tras los pasos de Ripley comprará en Nueva York una maleta, “esta vez en Mark Cross, dado que Gucci se había vuelto tan rematadamente esnob que Tom tendía a boicotearla”. Heloise compra una maleta de Hermès y caras antigüedades que para ella son siempre una ganga. A veces celebran sus exclusivas adquisiciones invitando a los Clegg y los Grais, respetables vecinos y amigos que no pueden faltar en un locus amoenus como Villeperce.

El arte

En El talento de Mr. Ripley (A pleno sol), Ripley descubre el gusto por el arte: “Su mayor placer hubiera sido coleccionar cuadros que le gustasen y ayudar a los pintores jóvenes con talento y sin dinero”. El arte es el leitmotiv que enlaza A pleno sol con La máscara de Ripley. Después de regresar de Grecia, Tom pasa dos años en Londres, donde conoce a los amigos de Derwart, un pintor que según todos los indicios, se ha suicidado ahogándose en el mar, aunque nunca se descubre su cadáver. Con la leyenda en torno a Derwart, sus cuadros empiezan a cotizarse a precios altísimos y, cuando ya no quedan más obras originales, Tom propone al grupo que vendan falsificaciones que podría pintar Bernard Tufts, el mejor amigo de Derwart. Bernard destrozará su talento y su vida a causa de este engaño. Sus falsificaciones eran excelentes, como si se hubiera apropiado del estilo de Derwart y lo hubiera superado.
En el salón de Belle Ombre, Tom atesora un Derwart auténtico, colocado junto a la ventana, “Las sillas rojas”, en el que dos niñas “con expresión aterrorizada, se hallaban sentadas una al lado de otra, como si fuese su primer día en la escuela, o estuviesen en la iglesia, escuchando un sermón terrorífico”; a su alrededor todo ardía. El otro cuadro, “El hombre de la silla”, estaba colgado en un lugar privilegiado sobre la chimenea; en él “aparecía un hombre con múltiples perfiles, lo que daba la impresión de estar mirándolo con las gafas de otra persona”. (…) Era una de las primeras falsificaciones de Bernard Tufts. Los dos cuadros, que entusiasman por igual a Tom, recuerdan la idea que Patricia Highsmith tenía de su personaje, “un joven que se sienta al borde de la silla”.
El lucrativo negocio está a punto de romperse con la llegada de Murchison, un rico americano aficionado al arte que detecta que le han vendido una falsificación. Tom se verá obligado a solucionar este engorroso inconveniente, además del de Bernard, el atormentado pintor a quien Tom había corrompido, convirtiéndole en falsificador de Derwart. Pero Ripley aprecia a Bernard: “Sí, en Bernard había un misterio, y era el misterio lo que hacía atractivas a las personas –pensó Tom–, lo que las hacía enamorarse también.”

El ocio como forma de vida

Tom disfrutaba de la vida: “Tenía en gran aprecio su ocio, como sólo un americano era capaz de hacerlo una vez le hubiese tomado gusto; y había tan pocos...”. Además de la jardinería, se dedicaba a pintar y a estudiar idiomas para lo que “se había establecido un programa de estudio mucho más riguroso de lo que parecía”. Era también un gran lector. Había leído a Keats, y reordabaa que había llorado cuando visitó su tumba. Alguna vez acude a Goethe para tranquilizarse: “Un poco de solidez germánica, del sentido de la superioridad de Goethe y puede que un poco de genialidad también. Eso es lo que le hacía falta. Sacó el libro (Goethes Gedichte) de la estantería y lo abrió al azar
por la página correspondiente a Der Abschied”. Y en otra ocasión lo encontramos leyendo  “Las armas secretas, de Julio Cortázar”. Le gustaba escuchar música según su estado de ánimo: “El jazz no le satisfacía. Sólo la música clásica lograba causar efecto en él: le sosegaba o le aburría, le daba confianza o se la quitaba por completo. Y era porque la música clásica tenía un orden, que uno aceptaba o rechazaba”. En novelas posteriores, el matrimonio Ripley recibirá clases de clavicémbalo.

Las langostas de Ripley

Madame Annette es una excelente cocinera; adora que los Ripley reciban visitas para poder lucirse con sus platos. Algunos de ellos –como un exquisito lenguado y un saufflé de limón– serán la última comida para algún visitante que se ha atrevido a romper la paz de Belle Ombre. Pero Tom, un asesino que después de haber matado se cuestiona el porqué del asesinato, no soporta la visión de una langosta agonizante.
En Suspense, cómo se escribe una novela de intriga, Patricia Higshmith cuenta cómo un día, hojeando un libro de cocina, vio “una receta horrible para preparar estofado de tortuga de agua dulce (…). Un ama de casa necesita tener el corazón de piedra para leer estas recetas, y no digamos para ponerlas en práctica. El método para matar una tortuga de agua dulce consistía en hervirla viva”. Tom siente una enorme inquietud cada vez que madame Annette decide preparar langosta. En Tras los pasos de Ripley, Patricia Higsmith describe estas labores culinarias de la eficiente cocinera:

Al entrar Tom la buena señora acercaba el crustáceo al vapor que emanaba de la olla. El animal movió las extremidades y Tom retrocedió hasta el umbral e hizo un gesto para indicar que esperaría en la sala de estar. (…)
Tom se preguntó si había oído un silbido de protesta de la langosta. ¿Y ahora, con alguna parte hipersensible de su nervio auditivo, no oía surgir de la cocina un grito de dolor e indignación. Un último alarido en el momento de truncarse una vida?(…)
 —Oh, monsieur Tome, ¡siempre se preocupa tanto por las langostas! Incluso por los mejillones, ¿no es así? —se echó a reír con verdadero regocijo—. Se lo diré a mis amigas...  

En Ripley en peligro, madame Annette se dispone a preparar otra vez langostas y Tom recuerda algo sobre un nuevo método para cocinarlas en el microondas:

Después de encender el horno, había que salir de la cocina, rápidamente, para no tener que oír, y posiblemente contemplar, el golpeteo de las garras contra la puerta de cristal del horno hasta que las langostas murieran. Tom se imaginó que había gente que podía continuar pelando patatas mientras las langostas se achicharraban ¿durante cuántos segundos? Intentaba creer que Madame Annette no era de ese tipo. En cualquier caso, ellos no tenían microondas.  

2 comentarios:

  1. Por su capacidad docente y por su amor inmenso por los libros. Cualquiera que se interna entre sus posts acaba saliendo de ellos más culto, más vivo, más despierto. Porque en ella la minuciosidad y el buen trabajo es lo más relevante.

    Te mando mi nominación al Liebster Blog Award. Sola hay que pinchar en el enlace: http://elpapirodelaspalabrasliquidas.blogspot.com.es/

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mil gracias, José Luis. Gracias por leerme y por tus elogiosas palabras.

      Eliminar