miércoles, 1 de mayo de 2013

Tom Ripley en el borde de la silla



     Cuenta Patricia Highsmith en su ensayo Suspense. Cómo se escribe una novela de intriga que, cuando comenzó a escribir A pleno sol (El talento de Mr. Ripley), se sentía bucólica, con un estado de ánimo perfecto. Había alquilado una casa en el campo y disfrutaba de tranquilidad y de las condiciones idóneas para su trabajo. Pensaba que el libro le estaba saliendo muy bien, hasta que llegó a la página setenta y cinco:

Empecé a tener la sensación de que mi prosa estaba tan relajada como yo, casi fláccida, y que un estado de ánimo relajado no era el más oportuno para mister Ripley. Decidí tirar las páginas y empezar de nuevo, sentada mentalmente, además de físicamente, en el borde de la silla, porque ésta es la clase de joven que es Ripley: un joven que se sienta en el borde de la silla, si es que alguna vez llega a sentarse.
   
     A pesar de algunas divagaciones y de “la equivocación de escribir una prosa demasiado relajada”, nunca olvidó la idea principal de su novela: “dos jóvenes que se parecen un poco  –no mucho– y uno de los cuales mata al otro y asume su identidad”.       

El germen de una idea

Para Patricia Highsmith, los gérmenes de los que nace la idea para un relato pueden ser muy distintos, “lo importante es reconocerlos cuando se presentan”:

Yo los reconozco gracias a cierta excitación que siento en seguida, una excitación parecida a la que produce un buen poema o una sola línea de un poema.

El germen de Ripley surgió en el primer viaje que Highsmith hizo a Europa. Desde la terraza de un hotel de Positano (Italia), la escritora vio a un solitario joven moreno que paseaba por la playa. Meses después nacerá Tom Ripley, un joven de 25 años destinado a convertirse en uno de los más famosos y amorales personajes de la literatura del siglo XX. Estamos en 1955 y el mundo ha cambiado; es la época de la generación beat, del jazz y el rock; Highsmith tiene treinta y cuatro años y es una escritora de gran éxito, después de que su novela Extraños en un tren fuera adaptada al cine por Alfred Hitchcock.
Tom Ripley piensa que “la versatilidad es lo suyo, y el mundo es muy ancho”. A medida que avanza la novela va creando y construyendo su carácter. Ha crecido en soledad y así vive, aislado y a la vez contento de pertenecer al mundo;  avergonzado de sí mismo pero con el empuje de un superviviente; su lema es “siempre se presenta algo”. Recuerda las humillaciones que le infligía su tía Dottie –que se había hecho cargo de él cuando sus padres murieron ahogados en el puerto de Boston– y los momentos en que, ya a los ocho años, la mataba en su imaginación, derribándola a puñetazos “estrangulándola, y finalmente le arrancaba el broche que llevaba prendido en el vestido y le asestaba un millón de puñaladas en la garganta con él”. Las palabras hirientes de tía Dottie se refieren casi siempre a la condición sexual de Tom: “mariquita”, como su padre; y esta sombra planeará por toda la novela.
Cuando en la adolescencia Tom intenta escapar de su destino se da cuenta de que el mundo está lleno de gente mala y “uno tenía que convertirse en un animal, duro”, “si no quería morirse de hambre”:  

Recordó que acababa de salir despedido y entró en una tienda donde robó un pan, llevándoselo a casa y devorándolo, pensando que el mundo le debía un pan y mucho más.

En el viaje en barco hacia Europa, Tom Ripley toma conciencia de cuál es su misión. Dos mujeres inglesas hablan sobre el solitario y enigmático joven, que no parece americano por su forma nada ruidosa de comportarse:

«Es terriblemente serio, ¿no crees? No parece tener más de veintitrés años. Seguro que tiene algún asunto importantísimo en la mente.»
Así era: el presente y futuro de Tom Ripley.

Buenas y malas personas
       
      En Suspense, Patricia Highsmith analiza la cuestión de los criminales simpáticos. Es muy difícil hacer que un héroe como Ripley sea simpático. Al fin y al cabo es un asesino neurótico, que podría resultarnos odioso y repugnante. Y, sin embargo, Highsmith juega con los lectores, dotando a ese personaje de cualidades con las que todos nos podíamos identificar. La escritora confiesa su fórmula:

 Lo único que puedo sugerir es que al héroe-asesino se le den tantas cualidades agradables      como sea posible: generosidad, bondad para con algunas personas, afición a la pintura o a la música, o a cocinar, por ejemplo. Además, puede que estas cualidades sean divertidas en contraste con sus rasgos criminales u homicidas.
  Pienso que también es posible hacer que un héroe-psicópata sea totalmente repugnante y, pese a ello, resulte fascinante precisamente por su depravación.

Desde el comienzo de El talento de Mr. Ripley sabemos que el protagonista oculta algo. Es un estafador de poca monta, sabe falsificar firmas y se busca enredos para sobrevivir. Tiene la sensación de que lo siguen, de que pueda ser la policía. Pero va a recibir su golpe de suerte: se cruza en su vida el ingenuo Mister Greenleaf.

Mister Greenleaf era tan buena persona que daba por sentado que todos los demás seres humanos lo eran también. Tom casi se había olvidado de que existiera gente así.

Cuando Ripley le cuente a su amiga Cleo la historia del viaje a Europa, esta exclamará: “¡Tommy! ¡Es maravilloso! ¡Parece algo sacado de Shakespeare!”. Era lo mismo que pensaba Tom, y lo mismo que quería oír. Aquella historia shakesperiana había sido contada por Henry James en Los embajadores, una novela que le menciona el señor Greenleaf. Durante la travesía Tom busca el libro en la biblioteca de primera clase del barco, pero allí no lo tienen. Lo encuentra en la biblioteca de segunda clase y no le dejan sacarlo, pues Tom es un pasajero de primera. Nada más fácil que robar el libro, sin embargo Tom no lo hará. Se ha producido un salto cualitativo desde el robo del pan hasta la toma de conciencia de que se está moviendo entre las personas de “primera clase”.
Muchos años después, en el último libro de la “Ripliada”, Cinthia, uno de los personajes más íntegros, se atreverá a decirle a Ripley:

Tom, eres el hombre más malo que nunca he conocido..., si consideras eso una distinción favorable. Supongo que sí.”

Sí, es malo, pero sensible. Ama el arte, la música, es capaz de viajar hasta Arles para admirar los lugares pintados por Van Gogh; se está convirtiendo en un gran lector y en otras novelas se nos revelará como un excelente jardinero. Además es capaz de emocionarse con detalles nimios. Cuando en su camarote recibe una cesta de frutas, regalo de los Greenleaf, su reacción será la del buen muchacho maltratado por la vida:

Era  la primera vez que Tom recibía una cesta de despedida. Hasta entonces solo las había visto en los escaparates de las floristerías, marcadas con unos precios fantásticos que le hacían reír.
   Pero en aquel momento advirtió que tenía los ojos llenos de lágrimas y, ocultando el rostro entre las manos, rompió en sollozos.


El talento de Mr. Ripley, el aprendizaje

     Cuando termina El talento de Mr. Ripley su protagonista ha aprendido bien la lección. Ha sabido medir sus fuerzas y ha salido victorioso. Sabe ya  la persona que quiere ser. Tras hacerse pasar un tiempo por el despreocupado Dickie Greenleaf, al que había asesinado, odia convertirse de nuevo en Ripley, ese don nadie apocado y tímido. El aprendizaje ha consistido en deshacerse de los dos, en crear al  Ripley, seguro de sí mismo y dueño de su destino. Posee seguridad económica, como nunca la había tenido, y quiere vivir bien y disfrutar de los placeres de la vida:

Amaba poseer cosas, no en gran cantidad, sino unas pocas y escogidas, de las que no quería desprenderse, pensando que eran ellas lo que infundía respeto hacia uno mismo. Sus bienes le recordaban que existía y le hacían disfrutar de esa existencia. No había que darle más vueltas. ¿Y acaso eso no valía mucho? Existía. No había en el mundo mucha gente que supiera hacerlo, aun contando con el dinero necesario.

 También  había descubierto sus aficiones

Había comenzado a disfrutar, a admirar el arte, quería ver mundo “Se decía que el simple hecho de ir de país en país, admirando sus obras de arte, bastaba para llenar agradablemente toda una vida. Había aprendido mucho sobre la pintura”, (…) En las galerías de arte de París y Roma había descubierto en sí mismo un interés por el arte que era nuevo en él, insospechado. No es que quisiera pintar, pero, de tener dinero, su mayor placer hubiera sido coleccionar cuadros que le gustasen y ayudar a los pintores jóvenes con talento y sin dinero.

Hace estas reflexiones en su viaje en barco a Grecia, al final de la novela, cuando el proceso de aprendizaje está llegando a su fin. El conocer a Dickie, el apropiarse de su dinero y de algo de su personalidad, le había compensado por esa primera parte de su vida en la que “la suerte se había mostrado tremendamente injusta con él”. Se sentía amenazado, siempre en el filo, con la posibilidad de que todo fuera descubierto; sin embargo, “el misterio era lo que daba sentido a la vida”.

Arte y moral

        “El arte en esencia no tiene nada que ver con la moral, los convencionalismos y los sermones”, escribía Patricia Highsmith en Suspense. El escritor de las novelas de suspense siente “alguna clase de simpatía o de identificación con los delincuentes, pues, de no sentirla, no se vería emocionalmente implicado en los libros que tratan de ellos”, no podrían describir la mente del criminal.  

Desde el punto de vista dramático, los delincuentes son interesantes porque, al menos durante un tiempo, son activos, libres de espíritu, y no se doblegan ante nadie. Yo soy tan observante de la ley que me echo a temblar ante un aduanero aunque no lleve contrabando en las maletas. Tal vez lleve dentro de mí un impulso criminal grave y reprimido, pues de lo contrario no me interesarían tanto los delincuentes o no escribiría sobre ellos tan a menudo.

    El objetivo de Highsmith era entretener a sus lectores y que estos disfrutasen de una buena novela. Pero era además una gran artista, creadora de un mundo literario único. “La pasión del público por la justicia me resulta aburrida y artificial, porque ni a la vida ni a la naturaleza les importa que se haga o no justicia”, escribía Highsmith. El público quiere ver cómo triunfa la ley, y no le importa la brutalidad, siempre y cuando esta sea ejercida por los “buenos”.  Suspense, como se escribe una novela de intriga  es un magistral ensayo sobre el proceso creativo que nos devuelve la imagen de Patricia Highsmith como infatigable trabajadora, escrupulosamente crítica con su propia obra, y nos desvela el placer de escribir y los mecanismos ocultos en la creación literaria:

Termino este libro con la sensación de que me he olvidado de algo, de algo de vital importancia. Así es. Es la individualidad, es el gozo de escribir, que en realidad no puede describirse, no puede captarse con palabras y transmitirse a otra persona para que lo comparta o utilice. Es el extraño poder que tiene el trabajo de transformar una habitación, cualquier habitación, en algo muy especial para un escritor que ha trabajado en ella, y que en ella ha sudado y maldecido y tal vez conocido unos pocos minutos de triunfo y satisfacción.
                     

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