martes, 13 de agosto de 2013

"La campana de cristal" II

Sylvia Plath fotografiada para la revista Mademoiselle. 
La campana de cristal I

Sylvia Plath estructuró su novela La campana de cristal en veinte capítulos. Los nueve primeros relatan la experiencia de la protagonista, Esther Greewood, en Nueva York. En el capítulo diez, Esther regresa a Wellesley con su madre; a partir de ahí la novela se centrará en el derrumbe psíquico de la joven y en los tratamientos a los que debe someterse.

 El centro de un verdadero torbellino

Al igual que Sylvia Plath, ganadora de un prestigioso premio de la revista Mademoiselle, su álter-ego, Esther Greenwood, está pasando un mes en Nueva York, junto con otras once premiadas. Esther se ve inmersa en el mundo ficticio que ha creado la revista de modas en torno a esas chicas que viven su sueño americano: alojadas en el Amazonas, un exclusivo hotel para mujeres, con todos los gastos pagados, trabajan como “redactoras invitadas”, asisten a fiestas, a estrenos de espectáculos, y reciben regalos de maquillajes y complementos.

 Para Esther Nueva York es una ciudad calurosa y desagradable. Los primeros éxitos obtenidos en sus diecinueve años de vida “se apagaban hasta quedar reducidos a nada ante las fachadas de mármol pulido y grandes ventanales de Madison Avenue”. Se suponía que lo estaba pasando como nunca”. Se había comprado ropa cara y zapatos negros de charol. Debía de ser “la envidia de millares de otras universitarias”. Sin embargo, Esther se ha obsesionado con el matrimonio Rosenberg y los titulares de los periódicos “que como ojos saltones la miraban fijamente en cada esquina y en cada entrada al Metro”. Ethel y Julius Rosenberg serán ejecutados el 19 de junio de 1953, en la silla eléctrica, acusados de espionaje. Los dos formaban parte de las juventudes del Partido Comunista de los Estados Unidos. Esther sabe que le está pasando algo raro:

Todo el mundo debió de pensar que yo estaba en el centro de un verdadero torbellino. Miren lo que puede ocurrir en este país, dirían. Una chica vive durante diecinueve años en un pueblo ignorado, tan pobre que no puede siquiera comprar una revista, y entonces gana una beca para la universidad, un premio aquí, otro allá, y termina conduciendo Nueva York como si fuera su propio coche. Sólo que yo no conducía nada, ni siquiera a mí misma. No hacía más que saltar de mi hotel al trabajo y a fiestas y de las fiestas al hotel y de nuevo al trabajo, como si fuera un tranvía entumecido. 

Se siente deprimida, sobre todo después de la conversación que mantiene con la  editora Jota Ce:

¿Qué piensas hacer después de graduarte? Yo siempre había creído que pensaba conseguir una buena beca universitaria o una subvención para poder estudiar en Europa, y después pensaba ser profesora y escribir libros de poemas, o escribir libros de poemas y ser una especie de redactora. Solía hablar mucho de esos planes. —Realmente no lo sé —me sorprendí a mí misma diciendo. Me sentí profundamente golpeada al oírme decir eso porque, en el momento en que lo dije, supe que era cierto.
 
El padre de Esther había muerto sin dejar dinero y la madre, que trabajaba de profesora de mecanografía y taquigrafía, estaba empeñada en que su hija aprendiera taquigrafía cuando saliera de la universidad. Esther se rebela ante esa obsesión de la madre: “El problema era que yo detestaba la idea de trabajar para los hombres de cualquier forma que fuera. Quería dictar mis propias emocionantes cartas”. En un momento de la novela Esther piensa “que sólo había sido puramente feliz hasta cumplir los nueve años”, la edad que tenía cuando murió su padre:

Después —a pesar del excursionismo y las clases de piano y las clases de pintura a la acuarela y las lecciones de baile y el campamento de verano en la playa, todo lo cual mi madre siempre se esforzó por darme, (…) y los pequeños nuevos fuegos artificiales de las ideas resplandeciendo cada día— nunca había vuelto a ser verdaderamente feliz. 

Como una piedra de molino alrededor del cuello

La historia de aquellos días en Nueva York se alterna con el relato en flash-back de la relación de Esther con su novio, Buddy Willard, estudiante de medicina y perfecto futuro marido. Esther toma todo lo que Buddy dice “como si fuera palabra de Dios”, pero se da cuenta de que es un “terrible hipócrita”.

Estaba siempre diciendo que su madre decía: «Lo que un hombre quiere es una compañera y lo que una mujer desea es seguridad infinita», y «El hombre es una flecha lanzada hacia el futuro, y la mujer es el lugar donde ésta es lanzada».

Buddy Willard es la caricatura del chico ideal americano; engreído y seguro de sí mismo, organiza los fines de semana para que no se pierda ni un segundo de tiempo: “dijo que suponía que en la poesía debía de haber algo, si una chica como yo pasaba el día pendiente de ella, pues cada vez que nos reuníamos yo le leía algo de poesía y le explicaba lo que encontraba en ella”. En uno de las escenas más divertidas de la novela, Buddy le pregunta a Esther si le gustaría verle desnudo. Esther no ve nada malo en ello; su madre y su abuela insistían “en la cuestión de cuán fino, limpio muchacho era Buddy Willard, proveniente de una tan fina, limpia familia”:

Contemplé a Buddy mientras bajaba la cremallera de sus pantalones vaqueros y se los quitaba y los ponía sobre una silla y luego se quitaba los calzoncillos, que estaban hechos de algo parecido a una malla de nailon. —Son muy frescos —explicó— y mi madre dice que se lavan fácilmente. Luego, simplemente se quedó parado frente a mí y yo seguí mirándolo. No pude pensar más que en el pescuezo y la molleja de un pavo y me sentí muy deprimida. 

Buddy le confiesa a Esther que se había acostado varias veces con una camarera. Todo era una farsa; había estado fingiendo que era muy puro, y que consideraba provocativa a Esther: “y ahora él quería que me casara con él y yo lo odiaba con toda mi alma”. Esther quiere perder la virginidad: “Me pesaba como una piedra de molino alrededor del cuello”. Para la primera experiencia sexual Buddy ya no cuenta. Varios personajes aparecen en la novela como posibles candidatos. En una fiesta le presentan a Marco, un rico peruano “aborrecedor de mujeres”, con el que vive una dura escena, un intento de violación. En otros momentos de la novela, el sexo aparece también como una lucha; de ese modo comienzan a excitarse Doreen, otra de las chicas premiadas por la revista, y Lenny, un disc-jockey. Doreen es el prototipo de joven de buena sociedad, inteligente y desinhibida. Sus ropas y sus costumbres “sugerían toda una vida de maravillosa y elaborada decadencia”. Esther se pregunta “por qué no podía hacer todo lo que no debía hacer, como Doreen”.

Un estado totalitario privado

Esther había llegado a la edad de tomar decisiones. El matrimonio era la opción que la sociedad esperaba de ella, pero sabía que, a pesar de todas las atenciones que un hombre tenía con una mujer durante el noviazgo “lo que secretamente deseaba para cuando la ceremonia de boda terminase era aplastarla bajo sus pies”:

          Recordé a Buddy Wollard diciendo en un tono siniestro y malicioso que después de que yo                   tuviera niños sentiría de una manera diferente, no querría escribir más poemas. Así que                     empecé a pensar que tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un             lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado                       totalitario privado.

Uno de los momentos clave de la novela es el día que Esther pasa en el hospital con Buddy. Ve cómo los estudiantes practican con cadáveres y asiste a un parto. A Esther le impresiona la “horrible mesa de torturas” en la que suben a la mujer que durante el parto hace “un ruido aullante e inhumano”. Buddy le cuenta que la mujer está bajo los efectos de una droga que le haría olvidar que había sentido algún dolor:

Pensé que éste sería precisamente el tipo de droga que un hombre inventaría. Había allí una mujer con terribles dolores, sintiéndolos evidentemente, segundo a segundo, o no gritaría así, y se iría directamente a su casa y empezaría otro bebé, porque la droga le haría olvidar cuan horrible había sido el dolor, mientras constantemente, en alguna parte secreta de su ser, aquel corredor de dolor, largo, ciego, sin puertas, sin ventanas, esperaba para abrirse y volver a cerrarse tras ella nuevamente.
Portada de la revista Mademoiselle, de agosto de 1953.
En ella se recogían las colaboraciones de las chicas
premiadas  por la revista

Jabón y tolerancia cristiana

Esther debe hacerse la última foto para la revista. Es el día en que matan a los Rosenberg y todavía resuenan en sus oídos las duras palabras de otra compañera: “Estoy tan contenta de que vayan a morir”. “Es terrible que gente así esté viva”. Todas las premiadas debían fotografiarse con algo que mostrara lo que querían ser:

Cuando me preguntaron qué quería ser, dije que no lo sabía.(…) —Ella quiere —sentenció Jota Ce con gracia— ser de todo. Dije que quería ser poetisa. Entonces exploraron buscando algo que pudiera sostener. Jota Ce sugirió un libro de poemas, pero el fotógrafo dijo que no, que eso era demasiado obvio. Debía ser algo que mostrara lo que inspiraba los poemas. Finalmente, Jota Ce desenganchó la única rosa de papel de largo tallo de su sombrero más nuevo. El fotógrafo jugueteó un rato con sus calientes luces blancas. —Muéstranos cuán feliz te hace haber escrito un poema.

Después de la foto, Esther se derrumba y llora. Cuando se mira en el espejo contempla su rostro "magullado e hinchado": “Era un rostro que necesitaba agua y jabón y tolerancia cristiana”. Por la noche vivirá la dura experiencia con Marco. De vuelta en el Amazonas, ya de madrugada, Esther sube a la terraza con un fardo de ropa, todo lo que se había comprado, como si quisiera romper con ese mundo ficticio en el que había vivido:  

Pieza por pieza, alimenté con mi vestuario al viento de la noche, y revoloteando, como las cenizas de un ser querido, los grises harapos fueron llevados, para posarse aquí, allá, exactamente donde yo nunca lo sabría, en el oscuro corazón de Nueva York.
 
La campana de cristal

En el capítulo diez la novela comienza a dar un giro. Dejamos atrás la vorágine de Nueva York y las revistas de moda para adentrarnos en los oscuros vericuetos de la enfermedad psíquica, los hospitales y sus tratamientos. Esther regresa a Wellesley, Boston, donde reside con su madre. No la habían admitido en un curso de escritura y decide no ir a Cambridge a hacer cualquier otro curso de verano, a pesar de que “había resuelto no vivir nunca con su madre durante más de una semana”. Piensa en escribir una novela, o en dedicar el verano a leer Finnegans Wake y elaborar su tesis: “un plan tras otro comenzaron a brincar por mi cabeza como una familia de conejos dispersa”. Lleva varios días con insomnio, ha descuidado su aseo personal y su doctora le recomienda que acuda a un psiquiatra, el doctor Gordon, que la somete a un terrible  tratamiento de electroshock en su hospital privado, donde los enfermos parecían “maniquíes pintados para que parecieran gente y colocados en actitudes que imitaban a la vida”. Esther describe así la experiencia: “Con cada relámpago un gran estremecimiento me vapuleaba hasta que pensé que se me romperían los huesos y que la savia se iba a derramar de mí como de una planta partida en dos”.

Tras más de veinte noches sin dormir Esther comienza a pensar en la forma de suicidarse, todo antes que volver con “el doctor Gordon y su máquina privada para electroshocks”.

Una vez estuviera encerrada podría emplearla en mí todo el tiempo. Y pensé en cómo mi madre, mi hermano y mis amigos me visitarían, día tras día, con la esperanza de que estuviese mejor. Después sus visitas se harían cada vez más espaciadas y abandonarían toda esperanza. Envejecerían. Me olvidarían. Serían pobres, además. Querrían que yo tuviera los mejores cuidados al principio, así que no tardarían en tirar todo su dinero en un hospital privado como el del doctor Gordon. Finalmente, cuando el dinero se hubiera acabado, me trasladarían a un hospital del Estado, con cientos de personas como yo en una gran jaula en el sótano. Cuanto más incurable se vuelve, más lejos lo esconden a uno.

Esther deambula sin rumbo por Boston y pueblos cercanos y visita por primera vez la tumba de su padre: “No podía entender por qué lloraba tanto. Entonces recordé que yo nunca había llorado la muerte de mi padre”. El resto de la historia es también conocida. Al igual que Sylvia Plath, Esther, su álter-ego, deja una nota a su madre: “Voy a dar una larga caminata”. Se esconde en el sótano de la casa con un vaso de agua y un frasco de somníferos. La encuentran tres días después. Había vomitado y eso la salvó.

Después se inicia el peregrinaje por hospitales públicos, hasta que su benefactora, –Philomena Guinea, una rica novelista que había creado la beca de la que Esther disfrutaba en la universidad– ayuda a la familia, y Esther es la trasladada a un hospital privado: “Mi madre me dijo que debía estar muy agradecida. Dijo que yo le había gastado casi todo su dinero y que si no fuera por la señora Guinea, no sabía dónde estaría yo”.

Si la señora Guinea me hubiera dado un pasaje a Europa, o un viaje alrededor del mundo, no hubiera habido la menor diferencia para mí, porque donde quiera que estuviera sentada —en la cubierta de un barco o en la terraza de un café en París o en Bangkok— estaría sentada bajo la misma campana de cristal, agitándome en mi propio aire viciado. El cielo azul abría su cúpula sobre el río, y el río estaba punteado de veleros. (…) El aire de la campana de cristal se acolchaba a mi alrededor y yo no podía moverlo.

Sylvia Plath retrata a la madre de Esther como una persona preocupada por el dinero y por lo que pensarían los demás. Sobre ella pesa el estigma de que su hija se encuentre en un manicomio. Quiere saber qué ha hecho mal y se siente angustiada. Esther la trata con dureza cuando va la va a visitar al hospital, incluso tira al suelo el ramo de rosas que le trae para su cumpleaños. Tampoco la señora Guinea, basada en la novelista Oliva HigginsProuty, sale bien parada como escritora: sus libros estaban atestados “desde el principio hasta el fin de largas e intrigantes preguntas: ‘¿Columbraría Evelyn que Gladys había conocido a Roger en el pasado?», se preguntaba febrilmente Héctor’”

Con la ayuda de su psicoterapeuta, la doctora Nolan, Esther irá recuperándose hasta que la trasladan al edificio donde se encuentran las pacientes más leves. En un salón, se reúnen mujeres “vestidas a la moda y cuidadosamente arregladas”; tocan el piano, conversan, bromean sobre sexo. No parece que nada estuviera sucediendo. Pero Esther tendrá que enfrentarse de nuevo con los tratamientos de electroshock, aunque ahora se los aplicaran sin dolor, de manera adecuada. La protagonista se siente “sorprendentemente en paz”: “La campana de cristal pendía suspendida, a unos cuantos pies por encima de mi cabeza. Yo estaba abierta al aire que circulaba.”

En el hospital aparece el personaje de Joan, antigua novia de Buddy que también ha intentado suicidarse. A través de ella, que conserva todos los recortes de periódico, Esther conoce como se difundió su historia por la prensa. Joan será además el personaje que le permitirá a Sylvia Plath reflexionar sobre el lesbianismo. Cuando le confiesa a Esther que le gusta, esta la rechaza. “¿Qué ve una mujer en otra mujer que no puede ver en un hombre?”, le pregunta Esther a su psicoterapeuta: “La doctora Nolan hizo una pausa. Después dijo: —La ternura. Eso me hizo callar”.  

En enero Esther está a punto de salir del hospital. La doctora Nolan ya le había advertido que “mucha gente la trataría con cautela, y hasta la evitaría como a un leproso con una campana de advertencia. “Me pregunto con quién te casarás ahora, Esther”, le había dicho Buddy Willard, cuando había ido a verla. Casi desde el comienzo de la novela sabemos que la protagonista tiene un bebé y que aún guarda objetos de los que le habían regalado en Nueva York, entre ellos “una funda de plástico para lentes de sol, con conchas de colores y cequíes, y una estrella de mar de plástico verde cosida. (…) La semana pasada separé la estrella de mar de plástico de la funda de los lentes para que el bebé jugara con ella”.

Esther sabía que nadie podía asegurarle que la campana de cristal, con sus “asfixiantes distorsiones” no volviera a caer:

Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla. Una pesadilla. Yo lo recordaba todo. (…) Quizás el olvido, como una bondadosa nieve, los entumeciera y los cubriera. Pero eran parte de mí. Eran mi paisaje.


La campana de cristal
Sylvia Plath
Traducción de Elena Rius
 Barcelona, 2008,  Edhasa

Publicado en Tendencias21

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