martes, 27 de agosto de 2013

Viena: desde “El mudo de ayer” a “El tercer hombre” (I)


Una identidad está hecha también de los lugares, de las calles en la que hemos vivido y dejado una parte de nosotros. (…) A veces los lugares pueden ser atávicos, nacer de anamnesis platónicas del ánimo que se reconoce en ellos. Viena es uno de estos lugares, en los cuales recupero lo sabido y lo familiar, el encanto de las cosas que, como en la amistad y en el amor, con el tiempo se convierten en algo cada vez más nuevo. Esta familiaridad de Viena reside tal vez en su naturaleza de encrucijada, lugar de partidas y de regresos, de personas famosas y oscuras, que la historia recoge para dispersar, después, en la errabunda provisionalidad que es nuestro destino.

                                                                                                           Claudio Magris, El Danubio                                            

En 1881, año en que nace Stefan Zweig, Viena era la capital de “un imperio grande y poderoso”, gobernado por la monarquía de los Habsburgos. Cuando en 1941 Zweig escribe su autobiografía  El mundo de ayer. Memorias de un europeo, hacía tiempo que el Imperio austrohúngaro había sido borrado del mapa. Zweig tituló el capítulo dedicado a describir la época en que trascurrió su niñez como  “El mundo de la seguridad”. En Viena todo parecía ocupar su lugar “firme e inmutable”.  Nadie creía en que se pudiera caer en la barbarie de una guerra en Europa, y se confiaba en la fuerza “aglutinadora de la tolerancia y la conciliación”. Pero en la fe en el “progreso”, como una religión, en los milagros de la ciencia y la técnica y en la seguridad como ideal de vida se escondía “una gran y peligrosa arrogancia”. Porque aquel mundo de la seguridad era solo un “castillo de naipes”:


El sentimiento de seguridad era la posesión más deseable de millones de personas, el ideal común de vida. Sólo con esta seguridad valía la pena vivir y círculos cada vez más amplios codiciaban su parte de este bien precioso, (…); el siglo de la seguridad se convirtió en la edad de oro de las compañías de seguros. La gente aseguraba su casa contra los incendios y los robos, los campos contra el granizo y las  tempestades, el cuerpo contra accidentes y enfermedades; suscribía rentas vitalicias para la vejez y depositaba en la cuna de sus hijas una póliza para la futura dote. Finalmente incluso los obreros se organizaron, consiguieron un salario estable y seguridad social; el servicio doméstico ahorraba para un seguro de previsión para la vejez y pagaba su entierro por adelantado, a plazos. Sólo aquel que podía mirar al futuro sin preocupaciones gozaba con buen ánimo del presente.

El mundo de ayer, cegado por el optimismo, aún no sabía que el progreso técnico no iba unido necesariamente a un progreso moral, y que en cualquier momento podía surgir un “nuevo brote de bestialidad colectiva”, como sucedió en la Europa de los años treinta:

Tuvimos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan sólo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras del infierno; hemos tenido que acostumbrarnos poco a poco a vivir sin el suelo bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad.

En Viena habían confluido a lo largo de los siglos “todas las corrientes de la cultura europea”. Desde allí iluminaron con su música Haydn y Mozart, Beethoven, Shubert, Brahms y Johann Strauss. Por lo demás, Viena era una ciudad sibarita, en la que se podía disfrutar de la vida:


Un vienés sin sentido musical ni gusto por las formas era inimaginable en la llamada «buena» sociedad, pero incluso en las clases inferiores el más pobre extraía del paisaje mismo, de la esfera humana y jovial, un  cierto instinto para la belleza que trasladaba a su vida; uno no era auténticamente vienés sin el amor por la cultura, sin ese sentido que le permitía analizar a la vez que gozar de esa superfluidad sacratísima de la vida.

La familia de Zweig pertenecía a la “«buena burguesía judía» (la burguesía que hubo de dar a la cultura vienesa valores tan esenciales y que, como contrapartida, hubo de ser totalmente exterminada)”. Los judíos de Viena no solo estaban asimilados sino que se habían adherido “con pasión a la cultura de su entorno”. Apenas ejercieron influencia en la vida pública, en manos de la casa imperial y las familias de rancio abolengo; tampoco ambicionaron pertenecer a esta élite cuyos privilegios tradicionales la burguesía judía consideraba como “la cosa más natural”.  Sin embargo, el arte había dejado de interesarles a sus viejos mecenas: la casa imperial y la aristocracia, y a finales del siglo XIX fue la burguesía judía la que llenó ese vacío convirtiendo “en motivo de orgullo, y también de ambición”, su contribución  a la cultura vienesa:

Los judíos desde siempre habían amado a esta ciudad y se habían aclimatado a ella con toda su alma, pero tan sólo a través de su amor por el arte se sintieron ciudadanos de pleno derecho y auténticos vieneses. (…)
Las nueve décimas partes de lo que el mundo celebraba como cultura vienesa del siglo XIX era una cultura promovida, alimentada e incluso creada por la comunidad judía de Viena.

Pero el papel de los judíos en la cultura no se reduce sólo al mecenazgo; en la etapa final –que Zweig compara con la contribución judía en España en los últimos años antes de ser expulsados–, la producción artística de los judíos vieneses había sido enorme, “aunque en absoluto de una forma específicamente judía, sino expresando con la mayor energía, por un milagro de compenetración, todo lo típicamente austríaco y vienés”. En ese ambiente surgieron grandes nombres como Gustav Mahler, Hofmannsthal, Peter Altenberg o Freud:

Una fuerza intelectual errante durante siglos se unió aquí a una tradición ya algo cansada, la alimentó, la reavivó, la engrandeció y le dio un nuevo vigor con su actividad incansable; sólo las décadas venideras demostrarán el crimen cometido contra Viena con el intento de nacionalizar y provincializar esta ciudad, cuyo sentido y cultura consistían precisamente en el encuentro de elementos de lo más heterogéneo, en su supranacionalidad.

Como judío, Zweig nunca se sintió menospreciado en la Viena de aquellos años; la famosa máxima vienesa «vive y deja vivir» se cumplía en una ciudad donde se valoraba la conversación agradable y la convivencia. Pero esa “tolerancia liberal”–escribe Claudio Magris en El Danubio– “puede convertirse fácilmente en cínica indiferencia, como decía Alfred Polgar, en el «muere y deja morir»”.

Entonces, el 28 de junio de 1914, sonó aquel
disparo en Sarajevo que, en cuestión de segundos,
troceó, como si de un cántaro se tratara, el mundo
de seguridad y de cordura en el que nos habían
criado y educado y que habíamos adoptado
como patria. Stefan Zweig
A finales del siglo XIX, surgió el Partido Nacional Alemán, “que aspiraba a derrocar la monarquía austriaca a favor de la gran Alemania”. Se trataba de un partido minoritario,  de “una agresividad salvaje”, sobre todo en las “corporaciones de estudiantes” que pegaban palizas a estudiantes de otras nacionalidades o a judíos. Sin embargo, en la primera década del siglo XX, el mundo siguió siendo optimista y confiado, mientras los Estados y el capital se repartían el pastel de los grandes imperios coloniales y crecían las fortunas de la industria armamentística. La guerra aún tenía la aureola romántica del heroísmo: había que defender al país. La Primera Guerra Mundial fue el primer campo de pruebas de las nuevas formas de aniquilar al ser humano. Sin embargo, en 1939, cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, ya nadie se engañaba. Esa generación había conocido la guerra y “sabía que no era romántica, sino bárbara”:

Sabía que los soldados (…) holgazaneaban durante semanas en las trincheras y los cuarteles, comidos por los piojos y medio muertos de sed, que los harían añicos y los mutilarían desde lejos sin siquiera haber visto al enemigo cara a cara. Conocían (…) las nuevas artes de aniquilamiento, de una técnica diabólica, sabían que los enormes tanques aplastaban a los heridos que encontraban a su paso y que los aviones despedazaban a mujeres y niños en la cama; sabían que una guerra mundial en el año 1939, gracias a su mecanización inhumana, sería mil veces más vil, brutal y cruel que cualquier otra anterior. Ya nadie de la generación de 1939 creía en la justicia de una guerra querida por Dios, y peor aún: ya nadie creía siquiera en la justicia y en la durabilidad de la paz conseguida por medio de la guerra, pues todavía estaba demasiado vivo el recuerdo de todos los desengaños que había traído la última: miseria en vez de riqueza, amargura en vez de satisfacción, hambre, inflación, revueltas, pérdida de las libertades civiles, esclavitud bajo la férula del Estado, una inseguridad enervante y una desconfianza de todos hacia todos.

     La casa que Wittgenstein construyó para su hermana, entre 1926-1928. Pargasse, 18.
           La racionalidad geométrica de esas formas arquitectónicas deseadas por el filósofo que indagó de forma tan              implacable las posibilidades y los límites del pensamiento, parece revelar ahora, en una árida manifestación, una inutilidad que encoge el corazón. Nos preguntamos qué quería Wittgenstein con ese edificio, si deseaba construir una casa o la prueba de la imposibilidad de una verdadera casa, de aquello que antaño se denominó el hogar. Quién sabe qué límites querían trazar idealmente en su pensamiento esas formas cuadradas, qué inefables espacios e imágenes debían excluir ascéticamente, dejar fuera.  (Claudio Magrís, El Danubio)
                                                                          

Desde 1934, Zweig observaba cómo iba empeorando la situación en Austria. En sus estancias en Viena, para ver a su familia, sintió que Austria estaba perdida. Nadie parecía darse cuenta del peligro que suponía Hitler, que hablaba de «paz» mientras que “Alemania se estaba armando con tanto frenesí; nadie comprendía que Austria era la piedra angular del edificio y que, tan pronto como la hicieran saltar, Europa se derrumbaría”. Hitler “ambicionaba Viena”, la ciudad que lo había rechazado cuando era un “joven pobre y fracasado”. Sin embargo, en otoño de 1937 el círculo en el que  Zweig se movía en Viena todavía mostraba una “sincera despreocupación”:

Se invitaban mutuamente a actos sociales con esmoquin y frac (sin sospechar que pronto llevarían el uniforme de prisioneros en campos de concentración); desbordaban los comercios con compras de Navidad para sus hermosas casas (sin sospechar que en unos meses otros se las quitarían y las saquearían). Y esa eterna despreocupación de la vieja Viena, que tanto me había gustado antes y con la que he soñado toda la vida, (…), por primera vez me dolió.

En la Navidad de 1937, desde Londres, Zweig voló a Viena, para despedirse y abrazar a su madre, con un sentimiento de «Nunca más». El 13 de marzo de 1938 se produjo por el Anschluss, la incorporación de Austria a la Alemania nazi. La inhumanidad que se desató ese día fue brutal:

Catedráticos de universidad eran obligados a fregar las calles con las manos, judíos creyentes de barba blanca eran arrastrados al templo y obligados por mozalbetes vocingleros a arrodillarse y gritar a coro «¡Heil Hitler!». Por las calles se cazaba a gente inocente como a conejos y se los llevaba a empujones a los cuarteles de las SA para que limpiaran las letrinas; todo lo que la enfermiza y sórdida fantasía del odio había ideado durante muchas noches de orgía se desataba a la luz del día.

Sobre estos acontecimientos escribe Claudio Magris en El Danubio:

En el referéndum, por supuesto formal, que se celebró en 1938 después del Anschluss, solo mil novecientos cincuenta y tres vieneses (…) votaron contra la anexión al Tercer Reich, aunque en aquel año hubo mil trescientos cincuenta y ocho suicidios, respecto a los cuatrocientos de la habitual media anual.

Las «leyes arias» contra los judíos se fueron endureciendo. Desde la sádica prohibición de sentarse en los bancos, hasta los saqueos y desahucios. Por eso Zweig confiesa su alivio ante la muerte de su madre, de ochenta y cuatro años: “ahora la sabía a salvo de todos los sufrimientos y peligros”.

En Londres Zweig coincidió con Freud, que había podido escapar de Viena. Enfermo, en su último año de vida, Freud conversaba con Zweig sobre Hitler y la guerra: “Como persona estaba profundamente conmovido, pero como pensador no le sorprendía en absoluto aquel escalofriante estallido de bestialidad”. También en Londres Zweig fue testigo de la llegada de refugiados, la mayoría judíos. Los primeros habían traído maletas llenas de ropas y enseres, incluso dinero. Sin embargo, los que tardaron en salir, porque se negaban a abandonar Alemania, llegaban sin apenas nada. Les quitaron sus trabajos, sus propiedades; les obligaron a llevar pegada la estrella de David, se les privó de todos los derechos y “se ejerció sobre ellos con sadismo toda clase de violencia física y psíquica”. Zweig recuerda una agencia de viajes abarrotada de refugiados, “casi todos judíos” que querían ir a algún lugar. Pero “¿qué país quería a gente desvalijada y pordiosera?”. En otras épocas los judíos sabían que eran desterrados por su fe; pero “los judíos del siglo” vivían alejados de su “judaísmo”, “no querían hablar su antigua lengua común” y “aspiraban a incorporarse e integrarse en los pueblos que los rodeaban”. Eran “más franceses, alemanes, ingleses o rusos que judíos”.

El 1 de septiembre de 1939, la noticia del estallido de la guerra le sorprendió a Stefan Zweig en el registro civil de Bath, al que había acudido para tramitar el certificado de matrimonio con la que iba a ser su segunda esposa, Charlotte Altmann. Junto a ella iniciará más tarde una gira de conferencias por América y acabará residiendo en Persépolis (Brasil). No abandonó nunca su trabajo y sus numerosas relaciones de amistad. Allí, el 22 de febrero de 1942, Zweig, de sesenta años, y Charlotte Altmann, de 33, pusieron fin a su vida. Zweig, abatido ante la brutalidad que asola al mundo, decide “concluir a tiempo y con ánimo sereno una vida para la que el trabajo espiritual siempre fue la alegría más pura y la libertad personal el mayor bien sobre la tierra”, como leemos en su nota de despedida. En las primeras páginas de El mundo de ayer Zweig había escrito

Para mi profundo desagrado, he sido testigo de la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad de cuantos caben en la crónica del tiempo; nunca, jamás (y no lo digo con orgullo sino con vergüenza) sufrió una generación tal hecatombe moral, y desde tamaña altura espiritual, como la que ha vivido la nuestra.

Judenplatz. En el centro, el monumento al Holocausto (1996), de
Rachel Whiteread, en memoria de los 65.000 judíos austriacos
asesinados en la Segunda Guerra Mundial
Cuando Zweig se suicida todavía faltan tres años para que termine la Segunda Guerra Mundial. A la humanidad aún le quedan por vivir muchos horrores: las masacres de las batallas, los campos de exterminio, las cámaras de gas, las ciudades bombardeadas…Siete años después de la muerte de Zweig, su querida Viena se convertiría en la  protagonista de la película El tercer hombre; su ambiente miserable y sus ruinas conformarían el paradigma de lo que fueron, y son, tantas ciudades en el mundo. Zweig, cansado ya, decidió irse; sin embargo, nunca lo abandonó su afán de transmitir esperanza:

Y, a pesar de todo lo que resuena en mis oídos todos los días, a pesar de todas las humillaciones y pruebas que yo y mis innumerables compañeros de destino hemos padecido, no puedo renegar del todo de la fe de mi juventud y dejar de creer que, a pesar de todo, volveremos a levantarnos un día.



Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un Europeo, traducción de J. Fontcuberta y A. Orzeszek,  Acantilado, Barcelona, 2002
Claudio Magris, El Danubio, traducción de Joaquín Jordá, Anagrama, Barcelona, 1986

2 comentarios:

  1. Efectivamente, Mari Carmen, la foto de la parra ( que me mencionas en el facebook)se asemeja a cualquier casa andaluza de las nuestras.
    Por otra parte, bonita y aleccionadora entrada.
    Un saludo cariñoso.

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    1. Un saludo, José Mª y muchas gracias. Hace tiempo que tenía ganas de escribir algo sobre "El mundo de ayer". Después de un viaje no hay nada más gratificante que continuar viajando con la literatura

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