lunes, 7 de octubre de 2013

El sueño del Doctor Kafka



Buscando la Praga de Kafka, I

“Cuando una mañana, Franz Kafka se despertó de unos sueños agitados, se encontró  convertido en un souvenir turístico”. Bajó las escaleras; la lujosa casa de viviendas de alquiler de la calle Niklas se había transformado en un extraño edificio que Franz no había visto nunca; pero el Castillo, la Escuela Civil de Natación y el Puente Checo permanecían en su lugar. “Puede que siga dormido”, pensó. “Por lo demás es mejor no enfrentarse a los sueños”. Y emprendió el camino de todos los días.  

Enfiló la calle -llamada ahora Pařížská- que en línea recta conducía hasta la Plaza Vieja. En las dos aceras habían aparecido lujosas tiendas con escaparates que mostraban zapatos, joyas y extravagantes vestidos. Al llegar a la Plaza Vieja alguien subió con estrépito la persiana metálica de un establecimiento nuevo. El Doctor Kafka, sorprendido, –era la primera vez que veía ese negocio– se decidió a entrar. En los expositores se amontonaban objetos de recuerdo: llaveros, pisapapeles... Un posavasos le llamó la atención; llevaba la fotografía de un joven con bombín. Sus labios sonreían tímidamente, pero sus ojos, de una tristeza resignada, parecían huir del instante. Franz se reconoció. Le habían hecho el retrato seis años atrás. La misma imagen –junto con otras que él desconocía– estaba impresa en jarras, llaveros y tazas de café. Se acercó a un perchero en el que se alineaban camisetas de colores. En algunas habían estampado la fotografía de un hombre de mejillas hundidas y ojos oscuros y profundos; la delgadez de su rostro dotaba a sus orejas de un aspecto excesivamente grande. Parecía enfermo. El Doctor Kafka descubrió sus rasgos en él y salió de la tienda cabizbajo. 

Miró hacia el palacio Kinsky, su antiguo instituto de bachillerato donde, en un lateral, su padre, Hermann Kafka, había trasladado su comercio. Atraído por un letrero –Kafka Bookshop–, dirigió hacia allí sus pasos y entró. Sobre los mostradores contempló viejas fotografías familiares convertidas en postales y almanaques. Algunas imágenes de sí mismo jamás había llegado a verlas. Junto a la puerta, en un gran marco, reconoció una fotografía de su padre, otras de la tienda y la plaza tal y como estaban el día anterior, y una tarjeta con el emblema del negocio: un grajo, kavka en checo.

Pero era demasiado tarde y al Dr. Kafka lo esperaban en la Aseguradora de Accidentes de Trabajadores del Reino de Bohemia, donde estaba empleado. Caminó hasta el número siete de la calle Na Poříčí. En la fachada del edificio habían colgado dos largas banderas con el nombre de un hotel; y la puerta que diariamente franqueaba se había convertido en el acceso a un restaurante. Bajo el dintel, pintado en el cristal, distinguió el rostro de una mujer a los dos lados de unas letras: “Felice Brasserie Parisienne”. Era Felice, la joven berlinesa a la que escribía a diario; su futura prometida, a pesar de que temblaba ante un matrimonio que lo alejaría de la literatura para vivir en un hogar seguro y pequeñoburgués, decorado con un “toque personal”.

El Dr. Kafka, preocupado por aquel sueño que no acababa, se propuso dar un largo paseo, cruzar el puente y llegar hasta el Castillo. Conforme avanzaba en esa dirección una gran muchedumbre surgía desde todas las calles hasta confluir en el mismo sitio: el puente Carlos. Eran hombres y mujeres de todas las edades, algunos vestidos con ropa interior; muchos llevaban consigo mochilas y extraños aparatos. “¡Mamá, es el hombre de la camiseta!”, oyó gritar a un niño. Todos los que se disponían a atravesar el puente fijaron su mirada en el Dr. Kafka que, de pronto, se vio en medio de varias muchachas de rasgos orientales. Una a una, se iban colocando junto a él mientras que, enfrente, otra chica sujetaba con los brazos extendidos un pequeño objeto al que daba insistentes golpecitos con el dedo anular de la mano derecha. Franz vería este gesto en muchos de los que le rodeaban. Una mujer madura, corpulenta, vestida como un hombre, arrojó una moneda a los pies del Dr. Kafka, dirigiéndole una sonrisa, “Que bien maquillado está”, dijo. Franz se quedó allí, inmóvil, durante un buen rato, con los hombros caídos y los brazos pegados al cuerpo, hasta que unos músicos empezaron a tocar con gran estrépito una melodía desconocida y él dejó de ser el centro de atención de aquella multitud.


Salió del puente a paso ligero, sin mirar hacia atrás y regresó a su barrio. Tomaría algo en el café Savoy donde quizá se encontraría con algún amigo. Pero, cuando se disponía a doblar la esquina hacia la calle Dusni, una estatua que nunca había visto le llamó la atención. La figura de un gigante –una envoltura en cuyo interior solo había vacío– sostenía a un hombre más pequeño que Franz miró aterrorizado. Le recordaba a él. Siguió caminando por la ciudad; vio un hotel Kafka, un café Kafka y una tienda de regalos Kafka…

Cansado de su nombre decidió alejarse del centro. Iría a Žižkov, para visitar la fábrica de su cuñado, en la que toda la familia había invertido algo de dinero. Tomó un tranvía hacia los suburbios. Nadie viajaba en él. Por la ventana contempló largas avenidas, vehículos extraños que transitaban a gran velocidad. Al cabo de un rato el tranvía hizo una parada en un lugar conocido: era el nuevo cementerio judío. El Doctor Kafka se apeó; quería dar un tranquilo paseo bajo la sombra de los árboles. Pero al cruzar la puerta vio un letrero con su nombre y una flecha que señalaba una dirección. Era un camino a cuya derecha un muro trazaba el límite entre la ruidosa avenida y la paz del cementerio. En la pared se había colocado una hilera de placas; algunas llevaban inscrito el nombre de todos los miembros de una familia, junto a la fecha y el lugar de su muerte: Terenzín 1942, Dachau 1943, Mauthausen 1944, Lodz 1943, Auschwitz… 


Por un instante, un temblor recorrió el sueño y el silencio de los árboles. Luego los pájaros volvieron a revolotear entre las copas, ahogando con sus trinos el ruido de los coches. El Doctor Kafka vio también una placa que recordaba a su amigo Max Brod. Se dio la vuelta. Frente a él se levantaba una losa sepulcral con varias inscripciones: allí estaba su nombre y el de sus padres. Abajo, en el suelo, había una placa en la que leyó los nombres de sus hermanas, víctimas de la ocupación nazi entre 1942 y 1943. El Doctor Kafka recordó entonces las palabras que, años más tarde, escribiría en su diario el 19 de abril de 1916: “Ningún sueño soporta toda esta tensión – y mucho menos mi sueño, así que me despierto”.

 



Sobre Praga y Kafka:

8 comentarios:

  1. Increíblemente adictivo y visual. Gran relato.

    ResponderEliminar
  2. Este revisitarse a uno mismo en sueños, cuando la literatura confunde los tiempos, como aquel fantasma de Dickens no tan malvado. Me propongo hacer un recorrido como este todas las noches, a ver si a fuerza de apretar los ojos acabo construyendo a ese otro que me habita. Como en el relato de Borges, viviré la vida verdadera en el otro que ve cuando yo cierro los ojos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. O como el deseo de Kafka: "Obtener una visión de la vida (y-condición indispensable- poder convencer de ella a los demás por escrito) en la que la existencia mantuviese sus altibajos naturales, pero al mismo tiempo apareciera, con no menor claridad, como una nada, como un sueño, como algo flotante".

      Eliminar
  3. ¡Qué buen relato, Carmen! Me hizo sonreír la ironía finísima. Abrazos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias por tu lectura, Vero. Solo iba a ser una introducción para una guía literaria de Praga, pero el relato comenzó a andar solo y tuve que dejarlo ir. Abrazos.

      Eliminar
  4. ...y, al despertar, comprendió que aquellos ojos que indagaban su figura andante durante el paseo eran los ocelos de millones de insectos soñando una realidad tan cruda que le hizo saltar bajo la cama y repetirse en la oscuridad que no era Franz, que su nombre era Gregor. Así intentó convencerse de que no era él, sino el mundo el que había cambiado.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tu aportación al relato, Verbarte. Un sueño dentro de otro sueño

      Eliminar