domingo, 27 de octubre de 2013

Buscando la Praga de Kafka, II


Klaus Wagenbach, en su biografía sobre Kafka, cuenta que en 1956, al llegar por primera vez a Praga, encontró por un lado “la imagen de una ciudad intacta, una de las más hermosas de Europa”: la Praga de Kafka había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la búsqueda de documentos o personas que hubieran conocido al escritor conducía a Wagenbach, casi siempre, al mismo sitio:

Una sala del ayuntamiento judío de la calle Maislove cuyas paredes están cubiertas de estanterías con cientos de archivadores, llenos de fichas de color rojo en las que, debajo del apellido, el nombre y el lugar de nacimiento, aparece una y otra vez el mismo sello: “Oświęcim”: Auschwitz.


Los nazis asesinaron a las tres hermanas de Kafka, además de a otros amigos y parientes, y se encargaron de eliminar cualquier rastro: destruyeron archivos e hicieron desaparecer documentos ya irrecuperables. En Alemania la obra de Kafka no pudo volver a publicarse hasta 1950. Tampoco el escritor fue muy querido por el régimen comunista y las primeras traducciones al checo aparecieron en 1957.

Praga está unida a Kafka, como él estuvo unido a ella. El escritor, judío y perteneciente a la minoría de habla alemana,  nos recuerda el mestizaje de una ciudad que se transformaba, de un mundo que desaparecía para dar paso a algo distinto cuyas verdaderas dimensiones no podían vislumbrarse entonces. En sus diarios, cartas, e incluso novelas y relatos, Kafka se convierte en un guía excepcional de Praga; a su vez, aquellos lugares por donde transcurre su vida nos devuelven pequeños detalles, imágenes que fueron el germen de alguna idea o de alguna obra maestra. Escribe Nora Catelli en su introducción a los Diarios:

La suma de todas las descripciones, en los Diarios, es Praga, serie de mapas transparentes e instantáneos, con itinerarios en los que en diversos fragmentos y con distintos estilos se sigue a la muchedumbre o se dibujan los trayectos desolados de la paz o de la guerra.

Esperando la hora en punto para ver el Reloj Astronómico.
Detrás de nosotros, la casa del Minuto, donde vivía Kafka,
cuando comenzó a ir a la escuela, atravesando la Plaza de
la Ciudad Vieja. Al fondo, parte de la fachada del Palacio
Kinsky.
Kafka nos lleva, en un primer momento, a zonas transitadas por una multitud, a la que nos unimos en una ordenada confusión: la Plaza Vieja con su Reloj Astronómico, el Castillo, el Puente de Carlos... El turista deberá madrugar bastante para obtener la fotografía perfecta de la “casa de Kafka” en la Callejuela de Oro, que en una calurosa mañana de agosto se parece más a un mercadillo en hora punta que a un rincón tranquilo donde alejarse para escribir.

No conseguí la foto ideal, pues siempre había alguien que entraba o salía por la minúscula puerta de la casa, ahora convertida en librería con postales, almanaques y otros objetos de recuerdo. Pero, ya que no pude viajar con La Praga de Kafka de Klaus Wagenbach (descatalogado por estas fechas), al menos encontré en las estanterías del pequeño local un excelente libro disfrazado de souvenir: Franz Kafka y Praga, de Harald Salfellner. Sus textos, indicaciones, mapas y fotografías nos ayudaron a trazar una hoja de ruta por los lugares en los que transcurrió la vida de Kafka: las viviendas, escuelas, la universidad, los cafés, los teatros y centros culturales, las sinagogas, las iglesias, los puentes...

Aquella Praga donde el escritor nació y vivió la mayor parte de sus cuarenta años –salvo algunos viajes y algunas estancias esporádicas en el extranjero–, la Praga odiada y amada, aún conserva la imagen que Kafka reflejó en sus escritos. Recorrer sus calles y rincones se convierte además en un viaje por el tiempo, hacia el final del siglo XIX, cuando languidecía la Monarquía austrohúngara y emergía con fuerza el nacionalismo checo; y al comienzo del siglo XX, cuando la Primera Guerra Mundial destruía “el mundo de ayer”. Sin salir de Praga,  Kafka vivió en dos naciones distintas, la vieja Austria del Imperio de los Habsburgo y, a partir del 28 de octubre de 1918, la joven república Checoslovaca.

La Plaza de Wenceslao, el gran bulevar de la Praga moderna. Cuando Kafka
tenía dos años sus padres se mudaron allí, donde vivieron un tiempo en una casa que ya no existe.
El padre de Kafka procedía del proletariado rural checo-judío, mientras que la madre pertenecía a la burguesía acomodada e ilustrada checo alemana y vivía en una elegante vivienda de la Plaza Vieja (Altstädter Ring o Staroměstské Náměstí). Hermann Kafka quería asimilarse a la buena sociedad y envió a sus hijos a estudiar a escuelas alemanas. Pero si en 1840 la mayoría de la  población de Praga era alemana, en 1883, año en que nace Kafka, había unos 126.000 checos y solo 32.000 alemanes, la mayoría de ellos de clase social alta. En los primeros años del siglo XX, a pesar de que constituían apenas el 7% de la población, contaban con “dos grandiosos teatros, una universidad, media docena de escuelas secundarias, unas doscientas asociaciones con sede en la casa alemana y varios periódicos”.  Harald Salfellner describe la situación de este modo:

La “Praga alemana”, incapaz de reconocer el anacronismo del mundo de ensueño en que aún vivía, se entregó a un florecimiento tardío alimentado por su glorioso pasado. La mayoría de los alemanes y de los judíos vivía no tanto en un gueto, como se ha dicho a veces, sino en una elitista torre de marfil poco conectada con la base de la sociedad.

Hugo Hecht, compañero de clase de Kafka, primero en el colegio y después en el instituto, cuenta en sus recuerdos:

La escuela primaria alemana para chicos estaba junto al Fleichmarkt, el mercado de la Carne. La checa, a la vuelta de la esquina. Era inevitable que con frecuencia se produjeran altercados entre los representantes de ambas nacionalidades.
La escuela elemental alemana, Masná 18. Kafka comenzó a ir al colegio
en septiembre de 1889. Entonces vivía en la casa Zur Minute y la escuela 
                         estaba en la llamada  en esa época calle Fleischmarktgasse (Calle del Mercado de la Carne). 
Otro compañero, Hugo Bergmann, rememora también su camino hacia la escuela con el pequeño Kafka:

A la entrada de la escuela de la competencia habían colocado el busto del gran pedagogo checo Komensky, bajo el cual, escritas en checo, aparecían estas palabras suyas: “¡Un niño checo debe ir a una escuela checa!”. Habían puesto allí esa frase como advertencia para los padres checos que llevaban a sus hijos a escuelas alemanas.

Checos y alemanes vivían en un delicado equilibrio. El proletariado checo aumentaba en los suburbios, la población crecía, y en 1882 ya no había ni un concejal alemán en Praga. La lengua checa se imponía: en carteles, en nombres de calles…, mientras que, paso a paso la lengua alemana iba retrocediendo. Por otra parte, la población checa asociaba lo alemán con lo judío, lo que complicaba la situación todavía más. A mediados del siglo XIX las leyes habían igualado a los judíos con el resto de los ciudadanos del Imperio y les habían permitido la libre circulación; por ello el alemán les resultaba muy útil para los negocios, para moverse libremente y para conseguir una plaza de funcionario.
La Casa Alemana en Na Prikope número 22, calle que en época de Kafka se conocía como el Graben (el Foso, pues allí había un foso de agua que hasta 1816 separaba la Ciudad Vieja de la Ciudad Nueva). El Graben era una lujosa calle comercial que Kafka menciona en los Diarios y en la Carta al Padre. En la casa Alemana se reunían y celebraban fiestas muchas asociaciones alemanas. Había  salas de actos, restaurante, salas de lectura...

En sus Diarios, Kafka nos deja algunos apuntes de esa realidad lingüística en la que vivía: el alemán era su lengua como escritor, y con la que hablaba con su familia; el checo se usaba con el personal de servicio y en el trabajo. Gracias al dominio de esta lengua, Kafka no tuvo problemas para continuar con su puesto en la Aseguradora de Accidentes cuando pasó a pertenecer al nuevo estado checo. Pero a Kafka también le atrajo el yídish y sintió nostalgia por el hebreo, la lengua sagrada que nunca llegó a dominar. El 24 de octubre de 1911 anotó en el diario:

Ayer se me ocurrió que si no siempre he querido a mi madre tanto como se merecía y como yo soy capaz de querer, es solo porque me lo ha impedido la lengua alemana. La madre judía no es una Mutter, llamarla Mutter la vuelve un poco rara (…), pues para los judíos la palabra Mutter es especialmente alemana, contiene inconscientemente, junto al brillo cristiano, también la frialdad cristiana, por ello la mujer judía a la que se llama Mutter se vuelve no solo rara, sino también ajena. Mama sería un nombre mejor si detrás de él no se imaginase uno Mutter. Creo que lo único que todavía mantiene a la familia judía son los recuerdos del gueto, pues tampoco la palabra Vater designa ni de lejos al padre judío

Sobre el checo, Kafka escribió en una carta a la periodista, traductora y escritora checa Milena Jesenská:

Nunca viví entre alemanes, el alemán es mi lengua materna y por lo tanto me resulta muy natural, pero en cambio el checo está más cerca de mi corazón.

En su semblanza de Kafka, Hugo Bergmann, filósofo y activo sionista, recordaba el instituto Altstädter, donde ambos estudiaron:

El Real e Imperial Colegio Secundario, en lengua alemana en la Ciudad Vieja de Praga, donde Kafka comenzó sus estudios en septiembre de 1893. Se ubicaba en el Palacio Kinsky, un edificio de mediados del siglo XVIII, con una fachada rococó. 
Debemos apreciar en su justa medida la difícil tarea que en aquella época debía asumir un instituto alemán en Praga: dirigir una escuela que se hacía llamar alemana y cuyos profesores eran alemanes, mientras que la gran mayoría de los alumnos eran judíos, en una época en la que florecía el nacionalismo checo y el pangermanismo antisemita se veía cada vez más fortalecido. (…) Nuestros profesores eran funcionarios austriacos. Una vez al año, durante el reparto de los diplomas, aparecían con sus uniformes y la daga de funcionario, pero su desfile producía el efecto de una opereta. La gran idea de una Austria supranacional había ido degenerando hasta convertirse en una pantomima.

Un mundo estaba desapareciendo mientras otro arrollaba con su vitalidad. Y aquellos colegiales y bachilleres no permanecían al margen de la realidad histórica. Sobre ello, escribió también Bergmann:

Durante un tiempo, todos nosotros fuimos víctimas del delirio del nacionalismo alemán, y así cantábamos: “Negro-rojo-gualda es el héroe alemán; blanco-rojo-azul es el cerdo checo”. Después vinieron, probablemente hacia 1899, como reacción en contra, el socialismo y el sionismo. Franz llevaba –naturalmente fuera de la escuela– el clavel rojo de los socialistas.

Praga era un hervidero cultural, una “ciudad exótica” donde convivían dos grupos étnicos y donde confluían las distintas tendencias literarias y artísticas de la época. Era una ciudad que crecía y se modernizaba. Se construían grandes edificaciones, aparecían los primeros coches, los tranvías y el alumbrado eléctrico. En la Ciudad Vieja también se construía y reformaba. Las ricas familias judías hacía tiempo que habían abandonado los guetos, y el antiguo barrio de la Judería, detrás de la Plaza Vieja, se había convertido en una zona degradada por la prostitución y los locales insalubres, un barrio de pobres que vivían hacinados en condiciones lamentables. Y todo ello en el centro de la ciudad, en unos terrenos urbanos valiosísimos. De modo que en la última década del siglo XIX se inició el “saneamiento” y el barrio acabó convertido en un lugar limpio con grandes y modernos edificios de alquiler y casas de estilo Jugendstil (Modernista).

Edificios de la Plaza de la Ciudad Vieja
(Staroměstské Náměstí),
situados enfrente de la casa Oppelt.
En aquella Praga vivió Franz Kafka, un funcionario, hijo de respetados comerciantes, conocido y apreciado por los intelectuales checos y alemanes; una persona discreta, a la que no le gustaba destacar, y del que Emil Utitz, otro compañero de instituto escribió: “Una delgada pared de cristal lo rodeaba. Con su sonrisa tranquila, bondadosa, llena de interés, él mismo se abría y a la vez se cerraba el mundo”.

Friedrich Thieberger, un filólogo hijo de un rabino, que en 1918 fue profesor de "hebreo moderno" de Kafka, contaba es sus recuerdos sobre aquel vecino que “rara vez hablaba de sí mismo”, pero que “jamás se cansaba de escuchar”:

Cuando en una ocasión nos encontrábamos observando el Altstädter Ring (Staroměstské Náměstí) desde la ventana, señalando los edificios dijo: “Ahí estaba mi instituto de bachillerato. Allí, en el edificio de enfrente, la universidad, y un poco más allá, hacia la izquierda, mi oficina. En ese pequeño círculo”, –y con el dedo trazó un par de pequeños círculos, –“está encerrada toda mi vida”.

Desde la ventana de la casa Oppelt, la última vivienda de sus padres, Franz Kafka
podía contemplar el Altstädter Ring (Staroměstské Náměstí). En el elegante edificio de
la izquierda (el número 20 de la Plaza) vivía la madre de Kafka antes de casarse.
Sobre Praga y Kafka:

El sueño del doctor Kafka (Buscando la Praga de Kafka I)
Las casas de Kafka (Buscando la Praga de Kafka III)
La carta que el padre de Kafka nunca leyó (Buscando la Praga de Kafka IV)
Kafka pasea por Praga (Buscando la Praga de Kafka V)
Kafka y el Club de la Materia Kafkiana (Buscando la Praga de Kafka, y VI)

Las citas pertenecen a las siguientes ediciones:

KAFKA, F., Diarios. Carta al padre. Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2000.
KOCH, HANS-GERD (ed.), Cuando Kafka vino hacia mí. Barcelona, Acantilado, 2009.
SALFELLNER, H., Franz Kafka y Praga. Praga, Vitalis, 2011.
WAGENBACH, K., “Ensayo biográfico”, en KAFKA, F., Novelas. Barcelona, Galaxia Gutemberg, 1999.


2 comentarios:

  1. Me encanta tu blog! Qué elegancia, que exquisito en la selección de los temas, en su presentación, enhorabuena!

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