domingo, 29 de diciembre de 2013

Kafka y el Club de la Materia Kafkiana


Excitantes estatuas de santos en el puente de Carlos IV. La notable luz
vespertina del verano en el vacío nocturno del puente. Kafka, Diarios, 19 de junio de 1916

 El domingo 21 de noviembre de 1915, después de una noche de “particular insomnio” y de un día de “completa inutilidad”, el Doctor Kafka escribe en su diario:

Paseo, Hybernergasse, Stadtpark, Wenzelsplatz, Ferdinandstrasse, luego hacia Podol. Penosamente alargado a dos horas. He sentido de vez en cuando fuertes dolores de cabeza, en una ocasión casi como quemaduras. Cena. Ahora en casa. ¿Quién sería capaz de ver esto desde arriba, del principio al fin, con los ojos abiertos?  

Sin embargo, en el sueño, los hechos habían ocurrido de manera bien distinta.
Lo que en
verdad sucedió fue que en la Hybernegasse, que ahora se llamaba Hyberská, el Doctor Kafka encontró el café Arco cerrado, con el aspecto de un lugar que se hubiera abandonado hacía tiempo; al llegar al Stadtpark comprobó que el precioso parque se había convertido en una ancha avenida por la que circulaban vehículos a una velocidad sorprendente. Y en la Wenzelsplatz o Václavské náměstí, como indicaba una señal, constató la existencia de nuevos establecimientos instalados en la mayoría de los edificios. En concreto, en el número 19, donde se ubicaba la Assicurazioni Generali, –en la que Kafka, recién doctorado, había trabajado durante unos meses–, distinguió los letreros de varias casas comerciales desconocidas. A través de los escaparates pudo ver a un lado una enorme cantidad de ropa y, al otro, unos mostradores donde se exhibían numerosos tarros y estuches de cosméticos prodigiosamente iluminados.

Luego se dirigió a la Ferdinandstrasse, ahora con su nombre en checo: Národní. Era uno de sus paseos habituales que lo llevaba hasta el río. A la altura del Café Louvre, en el número 22 –un lugar que había dejado de frecuentar hacía unos años– el Doctor Kafka se vio obligado a detenerse pues en la acera, frente al café, un grupo formado por unas treinta personas le interrumpió el paso. Todos miraban hacía el gigantesco letrero del Louvre con letras rojas de neón, un elemento decorativo de mal gusto para una fachada tan señorial.  Asombrado por el interés que mostraban aquellos hombres y mujeres, a los que no se les podía acusar de parecer insensatos, el Doctor Kafka levantó la cabeza –no demasiado, pues era bastante alto– y se quedó mirando el edificio.
En ese momento, un hombre maduro, de estatura mediana, con la frente ancha el escaso pelo entrecano peinado hacia atrás y una bufanda alrededor del cuello, alzó la voz. «Leamos», dijo. Los demás tomaron es sus manos un libro que hasta entonces habían llevado bajo el brazo o en bolsos –de variados tamaños y formas– colgados al hombro. «Página trescientos noventa y ocho: “Cuando llegamos a la Ferdinandstrasse, advertí que mi conocido se había puesto a tararear quedamente”.»

El Doctor Kafka escuchó estas palabras leídas en un idioma que no podía precisar; sin embargo entendió por completo su significado y recordó que hacía unos años él había escrito una frase semejante en un relato que había guardado en alguno de sus cajones, si bien había publicado algunos fragmentos en una revista y en un librito llamado Contemplación. Movido por la curiosidad, Kafka intentó hablar con uno de los lectores, una mujer de una edad indefinible, que vestía un traje de chaqueta masculino y llevaba el cabello rubio suelto, cortado a la altura de los hombros. «¡Oh!, ¡Es increíble! ¿Cómo ha llegado hasta aquí?», exclamó la mujer, elevando tanto la voz que fue oída por todo el grupo.
Pues bien, si quiere voy con usted, aunque insisto en que
 es absurdo ir ahora, de noche y en pleno invierno, 
al monte San Lorenzo”. 
Descripción de una lucha.

En un instante el Doctor Kafka se convirtió en el centro de las miradas. Hubiera querido huir pero eso parecía imposible. El maestro de ceremonias lo había cogido por el brazo y hablaba con aire divertido. «Señoras y señores, queridos colegas, sea de quien haya sido esta broma, felicitémosle. Y usted, caballero, tenga la amabilidad de acompañarnos; no al monte de San Lorenzo, claro; estas no son horas de ir allí. Su presencia ha convertido esta noche en verdadera magia. ¿Y qué es la literatura sin la sorpresa, sin hacer creíble lo increíble?» De repente todo el grupo comenzó a aplaudir y el orador inclinó varias veces la cabeza en señal de agradecimiento, sin soltar al Doctor Kafka del brazo quien, nerviosamente, comenzó a agitar las manos. «¡Magnífico, es igual, igual!», dijo el maestro de ceremonias; y después de liberar a su nuevo conocido abrió el libro y empezó a leer:  

Me asombró ver que mis manos se agitaban de un lado para otro asomando por los puños de la camisa, y que lo hacían con mucha gracia. Enseguida pensé: Seguro que hoy va a pasar algo. Y, en efecto, algo pasó.

Aún más sorprendido, pues recordaba perfectamente esa escena del relato, el Doctor Kafka decidió hablar. Cerró los ojos e intentó concentrarse varias veces hasta que, rendido, comprendió que se trataba de uno de esos sueños en los que somos arrastrados y, sin ser dueños de nuestras acciones, nos convertimos en espectadores de nuestras alegrías o desdichas. En eso, a veces, la vida se parece a los sueños.

Entonces tomó la palabra el maestro de ceremonias: «Queridos colegas, como presidente electo del Club de la Materia Kafkiana, del que formamos parte todos aquellos que hemos escrito algo sobre Kafka, real o ficticio, con amor verdadero y no por tediosa erudición, damos la bienvenida al señor Franz Kafka, que ha tenido a bien acompañarnos en este itinerario de Descripción de una lucha. Hoy, con un poco de suerte, cabalgaremos y cruzaremos a nado el puente de Carlos, volando alrededor de las estatuas. Luego regresaremos al hotel, pues es una excursión agotadora que no se puede hacer en un solo día.»

Y de ese modo, el Doctor Kafka se sumó al grupo que ahora bajaba alegremente por la Ferdinandtrasse. Al final de la calle giraron a la derecha y dejaron atrás el Teatro Nacional y el Most legií. Solo habían andado unos metros cuando el presidente del Club levantó el brazo derecho y todos se detuvieron. «Leamos. Página cuatrocientos uno:»

Y no perdoné a mi conocido –estábamos dando los primeros pasos por el Franzensquai– ni un ápice de la vergüenza que sus palabras debían causarle. Solo que en ese momento los pensamientos se me confundieron, porque el Moldava y el barrio de la otra orilla yacían en una común oscuridad. Unas cuantas luces brillaban aisladamente, jugueteando con los ojos de los observadores.

Al terminar la lectura el grupo cruzó la calle y siguió su camino bordeando el río. «¡Un momento!», exclamó el presidente. «Ante tanta belleza hay que detenerse y suspirar, “sin motivo, como se suele hacer de noche frente a un río, y luego seguiremos andando”.»

Enseguida todos encontraron un sitio para apoyar los codos en el pretil y así permanecieron, contemplando la otra orilla. Hubiera sido la ocasión para escapar de aquel sueño, pensó el Doctor Kafka;  pero eso hubiera contrariado bastante al maestro de ceremonias y a todos los miembros del Club. Así que, cuando emprendieron la marcha, siguió andando con el grupo hasta que, muy cerca ya del puente, se volvieron a detener. «Leamos. Página cuatrocientos cinco», ordenó el presidente:

Tenía que huir, era muy fácil. Tras desembocar a la izquierda en el puente de Carlos podía doblar a la derecha, hacia la calle del mismo nombre, una calle tortuosa en la que había portales oscuros y tabernas que aún estaban abiertas; no tenía por qué desesperarme.
Cuando hubimos pasado bajo el arco, al final del muelle, y salimos a la plaza de la Santa Cruz, eché a correr por esa calle con los brazos en alto. Pero ante una puertecita de la iglesia del Seminario me caí al tropezar con un escalón que no esperaba encontrar.
A la derecha, tras la Torre la iglesia del Salvador (del Seminario)
«Vayamos hacia la iglesia del Salvador», exhortó el maestro de ceremonia, con voz algo quebrada, como si, emocionado, estuviera a punto de llorar. Todos cruzaron Křižovnické náměstí  y se colocaron de espaldas a la iglesia del Salvador, mirando hacia el puente. «Nuestro hombre quedó tumbado en la oscuridad en este mismo sitio, y desde aquí miraba fijamente a la estatua de Carlos IV, para buscar el equilibrio y ponerse en pie. Continuemos leyendo; página siguiente, último párrafo, línea cinco.»

Y fue sin duda entrañable por parte de la luna iluminarme también a mí, y cuando por modestia me disponía a instalarme bajo la bóveda de la torre del puente, comprendí que era simplemente natural que la luna lo iluminara todo. Por eso extendí los brazos con alegría para disfrutar de ella por completo. Y me sentí ligero cuando pude avanzar sin dolor ni esfuerzo dando brazadas de nadador con mis brazos indolentes. ¡Pensar que jamás lo había intentado antes! Mi cabeza hendía el aire frío y era justamente mi rodilla derecha la que mejor volaba; la elogié dándole unas palmaditas.
Desde la Iglesia del Salvador

El doctor Kafka recordó entonces un sueño de su niñez. En él atravesaba el puente Carlos pero sus pies no tocaban el suelo. Volaba agitando los brazos, como si nadara en el aire. «¡Oigan!», consiguió al fin exclamar después de un esfuerzo sobrehumano, «¿Quién les ha dado permiso para entrar en mi sueño?»

«Somos Nadies, como usted mismo dijo», respondió la mujer de la melena rubia; «¿le gustaría hacer “una excursión con un grupo de Absolutamente Nadies”?»

«¡Perfecto!, ¡es un diálogo perfecto!», aplaudió el maestro de ceremonias, y el resto del grupo lo secundó con feliz entusiasmo. «Amigo mío, ha preparado usted su papel de manera concienzuda. Aporta incluso unas variaciones que denotan una gran creatividad. Pero espere un instante, después volverá a tomar la palabra. Continuemos leyendo por la página cuatrocientos seis.»

(…) Para que después no pudieran decirme que cualquiera es capaz de nadar sobre el adoquinado y que no valía la pena contar aquello, me elevé de golpe por encima del pretil y empecé a rodear a nado todas las estatuas de santos con las que me iba topando.
Al llegar a la quinta, y justo cuando me mantenía por encima de la acera dando imperceptibles brazadas, mi conocido me cogió por la mano.

«Queridos colegas, ahora, quien lo desee, puede volar.» Todos, excepto el presidente, fueron dejando ceremoniosamente los libros junto al escalón de la iglesia. Luego, mirando hacia el arco, comenzaron a agitar los brazos y a dar saltitos. Algunos echaron a correr hacia el puente. Otros los seguían a paso más lento, hasta que todo el grupo desapareció entre una espesa niebla que se había ido levantado poco a poco.

Entretanto, el maestro de ceremonias, que había permanecido junto al Doctor Kafka, abrió el libro y leyó en voz muy alta:

¡Cuente de una vez esas historias! Ya no quiero oír fragmentos. Cuéntemelo todo, de principio a fin. Menos no pienso escuchar, se lo digo desde ahora. Es el conjunto lo que me fascina.

«Señor Kafka», dijo, «¿antes de que despierte, sería tan amable de ayudarme a cumplir un deseo? Me gustaría tanto que cabalgáramos. Yo seré el caballo y usted el jinete. Suba a mis hombros y no se preocupe, somos ligeros, “de la misma sustancia que los sueños”.»  Entonces el maestro de ceremonias dobló un poco la espalda, y para no contrariarle, el Doctor Kafka, con un leve impulso, saltó sobre sus hombros. Al instante comenzaron a trotar, hasta que se internaron “en una región vasta, aunque todavía inacabada”.

«Cree para mí un puente y un castillo, cree un sol y una colina; cree las hojas de los árboles, las estrellas, las nubes, el día y la noche, la infancia y el tiempo. Adentrémonos en los sueños y recorramos una y mil veces sus caminos. ¡Ah, literatura, literatura! Nos mantienes despiertos y contigo el mundo no se acaba nunca!», dijo el maestro de ceremonias. Y, tras escuchar estas palabras, el Doctor Kafka, con una leve sonrisa, despertó.


Las citas pertenecen a la siguiente edición: KAFKA, F., Narraciones y otros escritos. Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2003.


Sobre Praga y Kafka
Las casas de Kafka (Buscando la Praga de Kafka, III)
Kafka pasea por Praga  (Buscando la Praga de Kafka, V)

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