lunes, 2 de diciembre de 2013

La carta que el padre de Kafka nunca leyó


Voy vagando como un niño por los bosques de la edad adulta.

Franz Kafka. (De una carta a Max Brod)
Buscando la Praga de Kafka, IV

Una tarde, mientras paseaba por el Belvedere –aún no habían salido las estrellas–, Franz Kafka soñó con una carta que nunca había llegado a su destino. La había escrito en noviembre de 1919 en una pensión de Schelesen y estaba dirigida a su padre. Tiempo después le escribiría a Milena Jesenská: “Si alguna vez quisieras saber cómo era mi vida en otras épocas, te mandaré de Praga la carta gigantesca que hará medio año le escribí a mi padre, pero que todavía no le entregué”. El 4 de julio de 1920 Kafka le anuncia el envío a Milena: “Mañana te mando la carta a mi padre, a tu casa, cuídala, algún día podría tal vez sentir deseos de mostrársela. No permitas, si es posible, que la lea nadie más. Y trata de comprender al leerla todas las argucias legales; es una carta de abogado.”  

Por suerte, según dicen, Hermann Kafka jamás leyó la extensa carta que su hijo se había preocupado de mecanografiar –aunque también había conservado el manuscrito–. El Doctor Kafka no recuerda si al final decidió no entregar la carta o si, como se cuenta, fue su madre la que procuró que el padre no la recibiera. Fuera de quien fuese, aquella decisión había librado a Hermann Kafka de un gran disgusto y lo había convertido en uno de los padres más famosos de la literatura. 
  
El Puente Checo. En el lugar que ocupa el edificio
de la derecha estaba la "Casa del Barco", donde
Kafka escribió La metamorfosis
Hermann Kafka, un judío de origen humilde, era un hombre que se había hecho a sí mismo. De niño trabajó para su padre, un carnicero que obligaba a sus hijos a repartir la mercancía por las aldeas cercanas. El señor Kafka siempre se vanaglorió de aquellas condiciones de vida: su casa era una cabaña de una sola habitación y suelo de tierra y muchas veces recorría los caminos descalzo, incluso en invierno. A los catorce años ya se había independizado y trabajaba de vendedor ambulante; después del servicio militar, se instaló en Praga, donde fue capaz de levantar un próspero negocio de complementos de moda con la ayuda de su mujer, Julie Löwy, de condición social más elevada. La bondadosa Julie trabajó sin descanso en el negocio y en el cuidado de la casa. Tuvieron seis hijos, Franz, el primogénito, dos varones, que murieron siendo bebés, y tres niñas.

Mientras bajaba las escaleras del Belvedere y cruzaba el Puente Checo, el Doctor Kafka escuchó en el sueño las palabras que hubiera pronunciado su padre al leer la carta: «¿Y después de toda esta vida de desvelos, por mi negocio y mi familia me has condenado a ser el padre culpable? Yo, que siempre me he preocupado de que nunca te faltara de nada. Sí, quizás alguna vez te acusé de “indiferencia, distanciamiento, ingratitud”; me habrías enfurecido por algo. ¿Qué culpa tengo de ser fuerte? ¿Acaso alguien sabe lo que sufren los fuertes? ¿Alguien enseña cómo se debe uno comportar con un hijo extremadamente sensible que no ve la vida con tus mismos ojos? ¿Que yo “gobernaba el mundo desde mi sillón”? ¿Que siempre tenía razón y “cualquier otra opinión tenía por fuerza que ser absurda”? Y además me echas la culpa de que tú seas una “persona temerosa” y de que mi influencia te haya provocado un “sentimiento de nulidad”, o de que eres como eres “a causa de mi educación y tu obediencia”. En una cosa estoy de acuerdo contigo, en lo que dices acerca de tu madre:
En un lateral del Palacio Kinsky (donde Kafka
estudió el Bachillerato) estuvo 
el comercio de Hermann Kafka, desde
octubre de 1912 hasta junio de 1918.
“Se ha dejado la piel en la tienda y en la casa” y “lo que más le ha hecho sufrir, con diferencia, ha sido su papel de intermediaria entre vosotros y yo”. Pero tú mismo reconoces que tu madre te malcriaba. De mi judaísmo que tú llamas superficial sólo te diré que hay que seguir las tradiciones y ser enterrado dignamente, conforme se ha vivido. Por lo demás, bastante dura ha sido mi vida como para preocuparme por espiritualidades. Y aquí puedes incluir si quieres lo que tú llamas mi inquina hacia ese empeño tuyo por escribir. En cuanto a las buenas cualidades que me atribuyes –como la de ser un padre bondadoso que se preocupaba por sus hijos– no son nada más que excusas para golpear después con más fuerza. »

Las palabras martilleaban el sueño del Doctor Kafka como las órdenes que, en la tienda, su padre daba a unos y a otros, pues siempre había que desconfiar de los empleados:

Al final, la tienda casi me daba miedo, y en cualquier caso dejó de interesarme ya mucho antes de que empezara el bachillerato, que me apartó todavía más de ella. Además, si a ti la tienda, como decías, te desbordaba, ¿qué no sucedería conmigo, que estaba mucho menos capacitado para sacarla adelante?

«Claro que me habría considerado feliz si me hubieras ayudado en el negocio, pero acepté tu decisión; la carrera de Derecho era una inmejorable salida para un judío acomodado. Siempre fuiste un buen estudiante, de modo que tampoco deberías echarme la culpa de tus temores»:  

El Carolinum, en la antigua Eisengasse 9 
(Celetna 597/13)

Yo pensaba que jamás llegaría a acabar el primer curso de primaria, pero lo conseguí, incluso con un premio; pero el examen de ingreso de bachillerato seguro que no lo aprobaría, y sin embargo lo aprobé; pero ahora seguro que suspendo el primer curso de bachillerato, y no, no suspendí, y así fui avanzando año tras año. Sin embargo eso no me infundió confianza, sino al contrario: siempre estuve convencido –y tu gesto de desaprobación era la prueba palpable– de que cuanto más lejos llegara peor acabaría…

«Si te hubieras visto obligado a recorrer kilómetros descalzo sobre la nieve repartiendo carne por las aldeas, no te quejarías tanto», le decía su padre. El Doctor Kafka dejó atrás la Plaza de la Ciudad Vieja, pasó por su antiguo instituto de bachillerato y tomó la calle Celetná, donde había vivido en esa época. A solo un minuto estaba el Carolinum, el edifico central de la Universidad Alemana Carlos-Fernando en el que se impartían las clases de Derecho. Escapaba del negocio de su padre para cumplir otra condena:

En los meses anteriores a los exámenes mis nervios sufrían un gran desgaste y yo me alimentaba intelectualmente de auténtico serrín, que además miles de mandíbulas habían masticado.


Tribunal Territorial Civil en el Obstmarkt, (Ovocný trh 14)
En 1906, ya Doctor en Derecho, comenzó las prácticas obligatorias en el Tribunal Territorial Civil en el Obstmarkt, también a pocos metros de su casa. Un año después, el 1 de octubre de 1907, con ayuda de influencias familiares, consiguió un empleo en la Assicurazioni Generali en la plaza de Wencesclao. Pero en la compañía de seguros privada, con largas jornadas de trabajo, de mañana y tarde, no podía dedicarse a lo único que daba sentido a su vida: la literatura. “Con un horario inacabable entre ocho y nueve horas, pero el tiempo que paso fuera de la oficina lo devoro como un animal salvaje”, escribía en una carta. Aunque tal vez, trabajando en aquella empresa extendida por el mundo, algún día conseguiría un destino que lo alejara de Praga:

 Estoy empleado en la Assicurazioni Generali, y al menos tengo la esperanza de ocupar algún día un puesto en algún país remoto y ver por la ventana un campo de caña de azúcar o un cementerio mahometano, y el negocio de los seguros me interesa mucho, pero el trabajo que estoy haciendo ahora es más bien triste. (…) Todas las personas  que tienen un trabajo de este tipo son así. El último minuto de trabajo es el trampolín de su deseo.
El edificio donde estaba la Assicurazioni Generali en la plaza de Wenceslao (Václavské náměstí 19)
Después de nueve meses, el Doctor Kafka se despidió de la Generali aportando un certificado médico. Según le contaba a su padre en la carta, le había dicho al director que se marchaba porque no soportaba las broncas. El 18 de noviembre de 1912 le escribió a Felice: 

    No, mi irritación contra la oficina no es en modo alguno excesiva. Su justificación, reconócelo, radica en que dicha irritación dura ya cinco años de vida oficinística, de los cuales el primero fue, por cierto, particularmente espantoso, en una compañía privada de seguros, con un horario de 8 de la mañana a 7 o incluso 8:30 de la tarde. ¡Vade retro Satanás! Había allí un pequeño pasillo que conducía a mi despacho, en un determinado lugar del cual, casi cada mañana, era tal la desesperación que me asaltaba, que hasta a un carácter más fuerte y consecuente que el mío hubiera bastado con creces para llevarle al suicidio alegremente.

El Doctor Kafka había ido preparando la salida. En 1908 había asistido a un curso de seguros laborales en la Academia de Comercio Alemana. Algunas de las clases fueron impartidas por los que más tarde serían sus jefes en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, en el que –gracias a su amigo Ewald Felix Pribram, hijo del director– ingresó el 30 de julio de 1908. Sus condiciones laborales mejoraron: un buen sueldo y una jornada hasta las dos, de lunes a sábado.
La antigua Academia de Comercio Alemana (Masná 8)
En la misma calle está el edificio del colegio alemán
al que asistió Kafka
El nieto del carnicero de una aldea se había convertido en funcionario de un organismo del Imperio Austrohúngaro (de la República Checa, desde 1918), algo poco común pues, de los 250 empleados del Instituto, solo otro más era judío. El Doctor Kafka entró como abogado “auxiliar interino”; y fue ascendiendo hasta que, en 1922, dos años antes de su muerte, se jubiló, por enfermedad. Al principio su trabajo consistía en clasificar las empresas sujetas a seguro obligatorio en tipos de riesgo de accidente y tramitar los recursos contra la clasificación. Según sus compañeros, “desde el punto de vista jurídico sus tramitaciones eran un modelo” para todos. También asesoraba a las empresas sobre la importancia de las medidas de seguridad y la prevención de accidentes de trabajo. Más que una tarea rutinaria se trataba de una lucha: contra las empresas que se negaban a hacer sus aportaciones económicas o a mejorar las condiciones de seguridad; e incluso contra la indiferencia de los trabajadores: “Qué gente más resignada. Acuden a nosotros a suplicar. En vez de asaltar el edificio y hacerlo todo añicos, vienen a suplicar”, le había dicho a Max Brod.
Ovocný trh (Obstmarkt, el Mercado de la Fruta). 

Al fondo, el Tribunal Territorial Civil
Durante los catorce años que permaneció en el Instituto de Seguros de Accidente de Trabajo Kafka escribió la mayoría de sus obras, aunque solo publicó una pequeña parte de ellas: todo lo que creía casi perfecto para él, a pesar de las dudas que siempre le asaltaban. El 3 octubre de 1911 anotó en su diario:

En la oficina, dictando una comunicación importante dirigida al gobierno civil. En el final, que debía tomar vuelo, me quedé atascado y no podía hacer otra cosa que mirar a la mecanógrafa, la señorita Kaiser que, de acuerdo con su costumbre, se puso especialmente bulliciosa, (…). Ahora, la idea que busco adquiere un valor añadido: apaciguar a la señorita Kaiser, y cuanto más valiosa se vuelve, tanto más me cuesta dar con ella. Finalmente doy con la palabra “estigmatizar” y la frase que va con ella, pero sigo guardándolo todo en la boca, con un asco y una vergüenza como si fuera carne cruda, cortada de mí (tanto esfuerzo me ha costado). Finalmente digo la frase, pero me quedo con el espanto de ver que todo en mí se halla dispuesto para un trabajo literario, y semejante trabajo sería para mí una solución celestial y una verdadera vivificación, mientras que aquí en la oficina, por causa de un documento tan miserable, tengo que robarle un pedazo de carne a un cuerpo capaz de semejante dicha.
El edificio donde se ubicaba en Instituto de Seguros 
de Trabajo del Reino de Bohemia. (Na Poříčí 7)
En una carta a Milena, después de haberle pedido ella que viajase a Viena para verla y que pusiese alguna excusa en el trabajo, Kafka le escribió:

Piensa un poco, Milena: la oficina no es una estúpida institución cualquiera (también lo es y en sumo grado, pero no hablo de eso, por otra parte es más fantástica que estúpida) (…), por ahora sigue siendo mi vida; puedo comportarme con ella sin mayores miramientos, trabajar menos que los demás (lo hago), hacer mal mi trabajo (lo hago), aceptar tranquilamente como algo natural el trato más considerado que sea imaginable en la oficina; pero mentir, de pronto, para irme de viaje como una persona libre, cuando solo soy un empleado a sueldo, para ir adonde “nada” me obliga, salvo el palpitar natural del corazón, no, no puedo mentir de ese modo. (…)
Para mí la oficina, como lo fueron la escuela primaria y secundaria, la universidad, la familia, todo es una persona viva, que me contempla, esté donde esté, con sus ojos llenos de inocencia; una persona a la que estoy ligado de una manera desconocida, aunque más extraña para mí que las personas que en este momento oigo pasar en automóvil por la plaza.

Desde la calle Na Poříčí, donde aún estaba el grandioso edificio del Instituto de Seguros, el Doctor Kafka se dejó guiar por lo que había escrito en la carta. Era un paseo no demasiado largo hacia la calle Skořepka, a la casa de los padres de Max Brod, donde había conocido a Felice Bauer. El 20 de agosto de 1912, Kafka la describía así en su diario:

La señorita Felice Bauer. Cuando llegué a casa de Brod el 13 de agosto ella estaba sentada a la mesa y, sin embargo, me pareció una criada. No tuve la más mínima curiosidad por saber quién era, pero en seguida me entendí con ella. Cara larga, huesuda, que mostraba abiertamente su vacío. Cuello desnudo. Blusa puesta con desaliño. Parecía vestida como para andar por casa, aunque no era así, como se mostró más tarde. (…) Nariz casi rota. Pelo rubio, algo lacio, nada atractivo, barbilla robusta. Mientras me sentaba la miré por vez primera con más detenimiento; cuando estuve sentado ya tenía un juicio inquebrantable.
       La vivienda de los padres de Max Brod,  en la  Schalengasse (Skořepka 1). 
En una carta del 6 de enero de 1913 Kafka le escribió a Felice:
A menudo me lamento de que haya tan pocos sitios en Praga, 
al menos que yo sepa, relacionados contigo. La casa de los Brod, la Schalengasse, 
el Mercado del Carbón, la Perlgasse, la Obstgasse, el Graben. 
Y también el café de la Repräsentationshaus, y el salón de desayunos de La Estrella Azul 
y el vestíbulo. Poco es, mi amor, 
¡pero qué relieve cobra para mí este poco sobre el plano de la ciudad!
El trabajo no bastaba para conseguir la independencia, para convertirse en una persona fuerte y anclada en la vida: “Casarse, formar una familia, recibir de buen grado todos los hijos que lleguen, velar por ellos en este mundo incierto, e incluso guiarlos un poco: he aquí lo máximo a que, a mi parecer, puede aspirar una persona”. Algo que puede parecer tan fácil, pero que “no muchos lo consiguen de verdad”, y “normalmente esos no muchos no lo ‘hacen’, sino que simplemente les sucede”.

Y a esa máxima aspiración tendieron los esfuerzos del Doctor Kafka durante cinco años, más de quinientas cartas y dos compromisos con Felice:

El obstáculo esencial (…) es el hecho de que por lo visto soy mentalmente incapaz de casarme. En la práctica, lo que sucede es que, desde el momento en que decido casarme, no puedo dormir más, tengo terribles dolores de cabeza día y noche, mi vida se convierte en un infierno, y voy por ahí dando tumbos, presa de la desesperación.

Desde una esquina de Na příkopě
«Esa manía tuya de complicarte la vida no te traería nada bueno.» Kafka oyó de nuevo las protestas de su padre. «Nos hiciste viajar a Berlín para el compromiso y lo rompiste. Y ahora te buscas otra novia que no te conviene, “Seguro que se ha puesto una blusa bien bonita, como saben hacer las judías de Praga, y a ti, claro, te ha faltado tiempo para pedirle que se casara contigo”. ¿Me culpas también de tus “frustrados proyectos de matrimonio”, de tu desprecio hacia ti mismo, “de tu incapacidad de casarte”? Por supuesto que me daban ganas de huir, “de emigrar” de ti cada vez que venías con el cuento de una boda. Pero ya está bien. Me has vampirizado. Has hecho literatura con mi vida. Y, por si no tuviera bastante, lo que has escrito se lo has enviado a esa tal Milena, una cristiana casada. ¿Y para qué? ¿De nuevo me utilizas para justificar tus fracasos y tu miedo a tomar decisiones?  Sabes lo que te digo: si querías un personaje literario, mejor te hubieras conformado con un mono. Y te condeno. Te condeno a que tú mismo seas vampirizado por una legión de escritorzuelos que utilicen tu vida para sus emborronar páginas en blanco.»

De vuelta a casa, atravesando el Graben, que ahora se llamaba Na příkopě, el Doctor Kafka distinguió la figura de su padre, pero este no lo reconoció. Salía de la calle Panská, donde estaba la redacción del Prager Tagblatt, uno de los periódicos que leía la familia y en el que Franz había publicado algunas colaboraciones. Hermann Kafka caminaba dignamente, con la espalda algo encorvada. Hacía poco que había tenido que encargar un anuncio en el Praguer. La nota se publicó el 27 de junio de 1924: “No podemos agradecer individualmente las muchas manifestaciones de condolencia recibidas, próximas y lejanas, por lo que nos permitimos agradecer muy calurosamente a todos los que nos han mostrado sus sentimientos con ocasión del fallecimiento de nuestro inolvidable hijo el Dr. Franz Kafka. La familia Hermann Kafka”.


                                            La antigua redacción del Prager Tagblatt (Panská 8).
                      16 de diciembre de 1911, domingo. Doce del mediodía. He desaprovechado la mañana 
                      durmiendo y leyendo el periódico. Miedo a terminar una crítica para el Prager Tagblatt. 
                      Semejante miedo a  escribir se exterioriza siempre en que invento ocasionalmente, sin 
                       estar sentado al escritorio, frases introductorias a lo que voy a escribir, que enseguida 
                       se revelan inservibles.  (Diarios)
SALFELLNER, H., Franz Kafka y Praga. Praga, Vitalis, 2011.
KAFKA, K., Cartas a Milena. Madrid. Alianza, 2010.

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