miércoles, 23 de enero de 2013

"Kafka" de Pietro Citati


Aquel, pues, que sin la locura de las musas acude a las puertas de la poesía, persuadido de que, como por arte, va a hacerse un verdadero poeta, lo será imperfecto, y la obra que sea capaz de crear, estando en su sano juicio, quedará eclipsada por la de los inspirados y posesos. 
                                                                                                                   Platón, Fedro

                        Con razón se dice que es un daimonion quien dicta la poesía.
                                                                                                                                     
                                                                                                                        Czesław Miłosz                                                                                                                                           

«Todas las personas que conocieron a Franz Kafka en su juventud o en su madurez tuvieron la impresión de que le rodeaba una mampara de cristal». Con esta frase comienza Kafka, de Pietro Citati, una biografía que trasciende las convenciones del género para convertirse en una valiosa aportación a lo que debería llamarse “la materia kafkiana”; pues durante casi un siglo la figura y la obra de Kafka han generado exégesis y reflexiones que son en sí mismas literatura. Kafka fue tan misterioso para los que lo rodearon en vida como para los que lo han leído y admirado. Él estaba allí, «detrás de ese cristal muy transparente», pero se mostraba muy cercano en su forma de gesticular, de caminar con gracia, de hablar con los otros:

Parecía decir: «Soy como vosotros. Soy uno de vosotros, sufro y gozo como hacéis vosotros». Pero cuanto más participaba del destino y de los sufrimientos ajenos, más se excluía del juego, y esa sombra sutil de invitación y de exclusión en la comisura de sus labios aseguraba que él no podría estar nunca presente, que vivía lejos, muy lejos, en un mundo que tampoco era el suyo.

Tras acabar el primer párrafo de esta biografía, el lector de Kafka sentirá deseos de no abandonarla; como si Citati le hubiera introducido sin previo aviso en alguna de las fotografías de Kafka y hubiera abierto un hueco invisible por el que penetrar en el sentido de ese gesto kafkiano cuya interpretación solo nos conduce a otros misterios. Esta forma de acercarse al biografiado me recuerda a Stefan Zweig; más de una vez me he preguntado cómo hubiera escrito él una biografía de Kafka. Probablemente su historia habría cerrado La lucha contra el demonio, que recrea momentos de la vida de tres creadores –Hölderlin, Kleist y Nietzche– poseídos por esa fuerza demoníaca que Zweig describía así:

Llamaré demoniaca a esa inquietud innata y esencial a todo hombre que lo separa de sí mismo y lo arrastra hacia lo infinito, hacia lo elemental. Es como si la Naturaleza hubiese dejado una pequeña porción de aquel caos primitivo dentro de cada alma y esa parte quisiera apasionadamente volver al elemento de donde salió: a lo ultrahumano, a lo abstracto. El demonio es, en nosotros, ese fermento atormentador y convulso que empuja al ser, por lo de­más tranquilo, hacia todo lo peligroso, hacia el exceso, al éxtasis, a la renunciación y hasta a la anulación de sí mismo.

Nadie mejor que Kafka para ilustrar esa lucha contra el demonio. En una carta de julio de 1922, le decía a Max Brod:

Escribir me mantiene en pie, pero ¿No sería aún más exacto decir que mantiene en pie esa manera de vivir? Con esto no quiero decir, por supuesto, que mi vida sea mejor cuando no escribo. Al contrario, entonces es mucho peor, insoportable, y me lleva por fuerza a la locura. Pero ¿qué hay de ese “ser escritor”? La escritura es una recompensa dulce y maravillosa, pero ¿una recompensa por qué? En la noche me he dado cuenta, con la claridad de una lección visual para niños, de que es una recompensa por servicios al diablo. Ese descenso a los poderes oscuros, ese desencadenamiento de espíritus encadenados por naturaleza, esos abrazos dudosos y todas las demás cosas que pasan allá abajo, de las que arriba, cuando escribimos historias a la luz del sol ya no sabemos nada.

Kafka vivió en la misma época que Zweig, pero en un ambiente distinto. Zweig pertenecía a la alta burguesía judía de Viena y pudo desarrollar su sensibilidad artística y elegir libremente su vocación. Se convirtió en un autor de éxito, con biografías y novelas en las que destacaba su capacidad para la introspección psicológica y un estilo cuidado e impecable, con una prosa que Kafka habría calificado de “cortés”. Este autor cosmopolita era todo lo opuesto a Kafka, quien, como escribe Citati «se sentía oprimido por die Enge, ‘la estrechez’: su yo, la casa, Praga, la oficina, la literatura (esa muralla sin límites), el universo entero lo constreñía por todas partes hasta hacerle sentir que se asfixiaba». Kafka murió en 1924, un año antes de que Zweig publicara su La lucha contra el demonio…; a partir de esa fecha el mito de Kafka y la difusión de su obra fueron creciendo de forma imparable. Pero Zweig, a pesar de que mantuvo alguna correspondencia con Max Brod*, el amigo de Kafka, quizás no llegó a tiempo; conmovido por el horror en que se había sumido Europa, se suicidó en 1942, tras dejarnos en El mundo de ayer. Memorias de un europeo una elegía a la que fue su época. La obra y la vida de Zweig pertenecían a ese mundo que había dejado de existir, mientras que la obra de Kafka marcaba el futuro, la ruptura, el salto al vacío, la nueva situación del ser humano en un mundo distinto. Zweig, que por sus circunstancias vitales y su personalidad, no habitaba el último subsuelo de lo demoníaco, sabía también que «lo opuesto al alado poeta demoníaco no era en modo alguno el no demoníaco»:

No, no hay verdadero arte que no sea demoníaco y que no proceda, como un susurro, de lo ultra terrenal. Nadie lo ha afirmado de modo tan rotundo como Goethe, el enemigo por anto­nomasia del poder del demonio, el que estuvo siempre alerta frente a ese poder, cuando dice a Eckermann, refi­riéndose a esa cuestión: «Todo lo creado por el arte más elevado, todo aperçu..., no procede del poder humano; está por encima de lo terrenal.» Y así es: no hay arte grande sin inspiración, y la inspiración llega inconscien­temente del misterioso más allá y está por encima de nuestra ciencia.

Citati escribe su biografía sin separar la vida y la obra de Kafka. La infancia sólo aparece en determinados momentos a través de los datos reflejados en cartas y diarios. En la mayoría de los capítulos se dan fechas concretas, pero todas están relacionas con una obra o con un momento de la escritura de Kafka: las cartas a Felice y a Milena, los diarios, las novelas, y algunos relatos. Kafka vive en su obra y su obra vive en él. En el primer capítulo –“El hombre en la ventana”–, Citati retrata el alma de su biografiado. Es el Odradek del relato Las preocupaciones de un padre de familia, «ese objeto absolutamente gratuito, sin sentido ni finalidad alguna (…) que sobreviviría a todas las generaciones»; «anda por encima de la viga que lo conducía sobre el abismo del agua sin tener ninguna viga debajo de sus pies»:

Sentía que era indistinto, que no tenía contornos, que se disolvía en la atmósfera. Si sufría de irrealidad, sólo tenía un camino ante sí para existir. Debía fingir, representar siempre nuevos personajes y papeles en el gran teatro del mundo: poner en escena incluso el papel del hombre que reza, porque sólo actuando podía entrar en relación con la trascendencia. Pero a la postre, toda actuación era inútil. No tenía más que un deseo. Huir, irse volando.

Kafka vivía en una constante lucha interior; su yo no era uno solo sino «un campo de batalla en el que se enfrentaban unos adversarios múltiples, todos surgidos de él». Citati llama la atención sobre esa lucidez sobrehumana que avivaba las heridas en lugar de aliviarlas con la paz del espíritu. Kafka se sentía culpable por todo, era el gran culpable que se proyectaba en los personajes de sus novelas y relatos. Pero tanto sus personajes –Gregor Samsa, K…– como él mismo desconocían cuál era el origen de la culpa:

Su capacidad de desdoblamiento le permitía a cada instante tomar distancia de su propio yo, y verse desde fuera, así como juzgarse con la meticulosidad, la frialdad y el odio del más parcial y terrible de los tribunales.

Lo sucedido en la tarde del 13 de agosto de 1912 marcará para siempre la vida de Kafka. Conoce a Felice e inicia la correspondencia con ella, un “inmenso epistolario” que Citati ha recorrido «con una especie de terror, tal es la tensión intelectual y espiritual que revela en cada línea». Esos meses de finales de 1912 fueron también el origen de La condena y La metamorfosis. El 22 de septiembre de 1912 escribe en el cuaderno de su diario La condena. El 23 de septiembre hace la siguiente anotación:

Esta historia, La condena, la he escrito de un tirón durante la noche del 22 al 23, entre las diez de la noche y las seis de la mañana. (…) Varias veces durante esta noche he soportado mi propio peso sobre mis espaldas. Cómo puede uno atreverse a todo, cómo está preparado para todas, para las más extrañas ocurrencias, un gran fuego en el que mueren y resucitan.

Para Citati aquella fue la noche en la que Kafka estableció «su concepción de la literatura y su idea de la inspiración poética, la más grandiosa después de Platón y de Goethe»:

Estaba seguro de que en alguna parte había un poder supremo que se servía de su mano. No importaba quién fuese; si un dios desconocido, o el diablo, o los demonios, o simplemente el mar de tinieblas que llevaba dentro de sí, y que él advertía como una fuerza sumamente objetiva.

Pero este poder supremo no daba nada de forma gratuita; exigía un precio. El poseído era culpable, se convertía en el hombre insomne que no conocería la quietud del alma. Para Kafka, que sufría de un terrible insomnio, la literatura, lo único que daba sentido a su vida, sería también su tortura. El reloj de su yo, que «corría rápidamente de forma diabólica o demoníaca y, en cualquier caso inhumana, a una velocidad que no representó nunca en sus escritos», acabará disociándose del reloj de la realidad, con su ritmo monótono y cansino. La vida y la obra de Kafka están cargadas de esa tensión, de esa lucha que nos relata Citati en un libro que no es solo una biografía sino un homenaje al escritor y en un hermoso regalo literario para los lectores de Kafka y para aquellos que deseen iniciarse en su lectura. Kafka de Citati mantiene la tensión hasta el final, cuando acaba la lucha de la única forma posible. Las palabras justas y sencillas recuerdan la llaneza con que escribió Cervantes el último momento de don Quijote, «el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió». Kafka está representando la escena final de su vida:

Cuando Klopstock se alejó de la cama para limpiar la jeringuilla, Kafka le dijo «No se vaya». «No me voy», respondió Klopstock. Con voz profunda, Kafka prosiguió: «Soy yo quien se va».



*Zweig había escrito sobre Max Brod: "Aún me parece estar viéndolo como la primera vez: un veinteañero bajo, delgado y de una modestia infinita... Habla de música (...) pero siempre habla de otros, nunca de su persona ni de los lieder y sonatas que ha escrito él mismo. Si se le pregunta por su obra literaria, en vez de contestar se deshace en elogios a un tal Franz Kafka, autor totalmente desconocido al que considera el verdadero maestro de la prosa y la psicología modernas. (...) Así era por entonces aquel joven escritor: una persona plenamente entregada a todo lo que le parecía grande"

Publicado en Tendencias21
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Las citas pertenecen a las siguientes ediciones:

CITATI, P., Kafka. Traducción de José Ramón Monreal. Barcelona, Acantilado, 2012.
ZWEIG, S., La lucha contra el demonio, Hölderlin, Kleist, Nietzche, Barcelona, Acantilado, 2002.

Las citas de Kafka están tomadas de la edición de las obras completas publicadas por Galaxia Gutenberg. 

martes, 1 de enero de 2013

Con Heródoto en las Termópilas


(…) El jinete vio que una parte de los soldados estaba realizando ejercicios atléticos, mientras que los demás se peinaban la cabellera. Como es natural, ante aquel espectáculo se quedó perplejo, pero se fijó en su número. Y, tras haberse fijado detenidamente en todo tipo de detalles, regresó con absoluta tranquilidad, pues nadie lo persiguió y se benefició de la despreocupación general, por lo que a su vuelta, le contó a Jerjes todo lo que había visto.
   Al oírlo, Jerjes no podía intuir la realidad, es decir, que los lacedemonios se estaban preparando para morir y matar en la medida de lo posible.
                                                           Heródoto, Historia, libro VII


Me acerqué a Heródoto a través de dos poemas: uno, de Constantin Cavafis; el otro, de Raymond Carver. Ambos se titulan Termópilas y toman como materia poética el famoso pasaje de Heródoto en el que el poderoso ejército persa, al mando de Jerjes, se enfrenta a los bravos guerreros espartanos decididos a salvar a Grecia del invasor extranjero. Durante siglos, hasta llegar a este momento estelar de la historia, griegos y bárbaros habían derramado sangre a raudales en rencillas internas o en la construcción de monumentos, palacios, majestuosas ciudades y grandes imperios. De todo ello dará cuenta Heródoto, nacido quizás en el 484 a. C., cuatro años antes de la batalla de las Termópilas. Su Historia comienza así:

Esta es la exposición del resultado de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso para evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros –y, en especial, el motivo de su mutuo enfrentamiento– queden sin realce.

 Veinticinco siglos después, Cavafis, un griego de Alejandría, escribía este poema:

Termópilas

Honor a quienes en su vida se han marcado                               
el defender unas Termópilas.
Sin apartarse nunca del deber;
en todas sus acciones justos y equilibrados,
y, sin embargo, con pena, y con entrañas.
Si ricos, generosos; y aun en lo poco
generosos, si pobres; prestos
a socorrer en tanto pueden;
siempre con la verdad a flor de labios,
sin odiar sin embargo a los que mienten.

Y aun mayor honor les es debido
cuando prevén –y muchos lo prevén–
que surgirá por último un Efialtes
y los persas terminarán pasando.

Las Termópilas es un estrecho desfiladero entre el mar y la montaña. Tras atravesar el Helesponto, Jerjes, un personaje contradictorio, soberbio e inseguro, pretendía llegar a Atenas por esa ruta. Al rey de los persas le acucian sueños y premoniciones; tan pronto mata a un súbdito con crueldad que, al contemplar su ejército, llora ante su tío Artábano en uno de los pasajes de la Historia que Heródoto, amigo de Sófocles, construye a modo de una escena de tragedia:

“Majestad, ¡qué gran diferencia existe entre tu actitud de ahora y la de hace un instante! Primero te consideraste un hombre afortunado y, en estos momentos, estás llorando.” “Es que –replicó Jerjes– me ha invadido un sentimiento de tristeza al pensar en lo breve que es la vida de todo ser humano, si tenemos en cuenta que, de toda esa cantidad de gente, no quedará absolutamente nadie dentro de cien años”.

Y Jerjes con su invencible y numeroso ejército (según Heródoto cinco millones doscientos ochenta y tres mil doscientos veinte hombres, aunque las cifras estimadas son de trescientos mil) sigue avanzando. En las Termópilas, después de tres días de dura batalla, Efialtes, un griego traidor, mostrará a los persas “el sendero que, a través de la montaña”, conduce al otro lado del desfiladero. Leónidas, el rey de los espartanos, al mando del ejército griego, no olvida el oráculo que la Pitia de Delfos había dictado:

Mirad, habitantes de la extensa Esparta,
o bien vuestra poderosa y eximia ciudad es arrasada
por los descendientes de Perseo, o no lo es; pero en ese caso
la tierra de Lacedemón llorará la muerte de un rey de la estirpe de Heracles.

Leónidas sabe que debe morir y por ello permite que las tropas de otras ciudades griegas abandonen el lugar; sólo permanecerán con él soldados tebanos, a la fuerza, soldados tespieos, voluntariamente, y los trescientos espartanos. Estos últimos serán los elegidos para la gloria y la inmortalidad.
En el poema de Cavafis las Termópilas se convierten en el símbolo de la propia vida, de las metas que nos proponemos sin olvidar la dignidad y el sentido de la justicia. Cada ser humano tiene sus Termópilas o, mejor dicho, debería tenerlas, por encima del desánimo, del cinismo de algunos, de las palabras vacías, de nuestros propios fantasmas. Lo más fácil es caer en la indiferencia, convertirse en víctimas de lo inevitable. El traidor Efialtes acecha en nosotros mismos en forma de miedo o indolencia, nos persigue con su mentira y su adulación. Demagogo experimentado, busca halagar nuestros oídos, justificarnos ante nuestra conciencia. Pero nuestra vida carecerá de sentido si nos rendimos antes de la lucha.
Unos 50 ó 60 años después del poema de Cavafis, Raymond Carver escribió sus “Termópilas”:

De vuelta al hotel, al contemplar cómo se suelta y cepilla                   
su pelo castaño frente a la ventana, perdida en sus propios pensamientos,
con los ojos en otra parte, me acuerdo por algún motivo de aquellos
lacedemonios sobre los que escribió Heródoto,
cuyo deber era defender las Puertas frente al ejército persa. Y
las defendieron. Durante cuatro días. Antes, sin embargo,
ante la incredulidad del propio Jerjes, los soldados griegos
se sentaron despreocupadamente por fuera del muro
de troncos cortados, las armas apiladas,
peinando y repeinando sus largos cabellos, como si sólo se tratara
simplemente de otro día más de campaña.
Cuando Jerjes quiso saber qué significaba aquella exhibición,
le dijeron: Cuando estos hombres van a perder la vida
quieren que sus cabezas estén hermosas.
Ella posa el cepillo de mango de hueso y se acerca
aún más a la ventana y a la decreciente luz de la tarde. Algo,
un movimiento o un crujido, llega desde abajo y ha atraído
su atención. Una mirada, y se desentiende.

Una escena cotidiana, en la que una mujer se cepilla el pelo, le hace recordar a Carver el pasaje de Heródoto en el que Demarato, que había sido rey de Esparta, le explica a Jerjes la actitud de los lacedemonios:

En otra ocasión –cuando emprendimos la expedición contra Grecia–, ya me oíste hablar de esos individuos, pero, ante mis palabras, al decirte qué desenlace preveía para esta empresa, te burlaste de mí. Porque atenerme a la verdad en tu presencia, majestad, constituye mi máximo objetivo. Por eso, préstame especial atención en este momento. Esos individuos están ahí para enfrentarse a nosotros por el control del paso, y se están preparando con ese propósito; pues, entre ellos, rige la siguiente norma: siempre que van a poner en peligro su vida es cuando se arreglan la cabeza. Y entérate bien: si consigues someter a esos hombres y a los que se han quedado en Esparta, no habrá en todo el mundo ningún otro pueblo que se atreva a ofrecerte resistencia, majestad. Pues en estos instantes van a luchar con el reino más glorioso y los más valerosos guerreros de Grecia.

Los griegos llevaban el pelo largo, pero después esta costumbre se perdió en Atenas, y sólo permaneció en la conservadora Esparta. El llevar el pelo largo se consideraba en Atenas como una señal de “laconismo”. En las notas a su edición de la Historia  de Heródoto, Carlos Schrader se refiere a textos de Jenofonte y Plutarco que explicaban que los espartanos estaban peinándose para conseguir una purificación del cuerpo, similar a la del espíritu, alejado ya del materialismo terreno.
Pero volvamos a esa escena cotidiana, al pelo cepillado, al gesto de colocar el cepillo en el tocador, a la luz de la tarde que declina; la mirada se dirige hacia el exterior donde algo sucede. Nada, un leve ruido, un instante que se transforma en poema. Es sólo el tiempo y la conciencia de su paso. Como los espartanos, la mujer del poema se peina, afronta la existencia y se adueña de ella. Un gesto la convierte en un ser libre, sobre el que nada puede el miedo.
En Viajes con Heródoto, Ryszard Kapuściński rinde su especial homenaje al que ha sido considerado el padre de la Historia. Para el escritor y periodista polaco, el libro de Heródoto “es el primer gran reportaje de la literatura universal”. La Historia acompañará a Kapuściński en sus viajes por la India, China, Irán o África. Entre los apuntes o reflexiones sobre estos destinos se intercalan extensas citas de la obra de Heródoto. Son frases y escenas dignas de perdurar en la memoria,  anotaciones de un lector que quiere compartir los textos que tanto le apasionan. Kapuściński crecerá y madurará como persona en sus viajes. El primero, a la India, le hizo ver que “el mundo enseña humildad”: “Pues regresé de aquel viaje con el sentimiento de vergüenza por mi falta de conocimientos, por la insuficiencia de mis lecturas, por mi ignorancia”. La lectura de la Historia de Heródoto irá creciendo y madurando a la vez que Kapuściński.

A medida que me adentraba en la lectura de su Historia se producía en mi interior un proceso emocional e intelectual de identificación con aquel mundo y aquellos acontecimientos que evocaba nuestro griego

Para Heródoto había unas leyes que regían su Historia. Así, todo lo que sucede tiene su origen en la venganza; la felicidad, como decía Solón, no es duradera y “lo dispuesto por el destino no pueden evitarlo los dioses mismos”. Los persas, como los protagonistas de las grandes tragedias, acabarán al fin derrotados pues han cometido un pecado de soberbia, de hýbris, y han trasgredido una ley griega, expresada en el lema atribuido a Solón: “nada con exceso, todo con medida”.
        Al final de su vida Heródoto decide escribir un libro porque sabe que “la memoria es lábil y etérea y que si no anota sus conocimientos y experiencias de una manera más estable acabará por desaparecer sin rastro todo lo que lleva dentro”. De este modo nos deja una gran obra donde muestra sus investigaciones sobre el mundo conocido y hace reflexionar a sus personajes como si actuaran en un gran teatro griego. La Historia, nos recuerda Kapuściński, “al igual que toda gran obra, hay que leerla repetidas veces: cada nueva lectura desvelará entonces nuevas capas, contenidos distintos, no vistos antes, nuevos sentidos e imágenes. Pues todo gran libro contiene varios libros, sólo hay que llegar a ellos, descubrirlos, profundizarlos, asumirlos”.
            ¿Qué es lo que incita al ser humano a recorrer el mundo?, se pregunta, por último,  Kapuściński. En verdad no lo sabemos:

¿Curiosidad? ¿Anhelo irrefrenable de aventura? ¿Necesidad de ir de asombro en asombro? Tal vez: la persona que deja de asombrarse está vacía por dentro; tiene el corazón quemado. En aquellos que lo consideran todo déjá vu y creen que no hay nada que pueda asombrarlos ha muerto lo más hermoso: la plenitud de la vida. Heródoto se sitúa en el polo opuesto.



Las citas y los poemas recogidos en esta entrada pertenecen a las siguientes ediciones:

HERÓDOTO, Historia. Traducción y notas de Carlos Schrader. Madrid, Gredos, 1985.
CAVAFIS, C. P., Poemas. Trad. de Ramón Irigoyen. Barcelona, Círculo de Lectores, 1999.
CARVER, R. Todos nosotros. Poesía. Trad. de Jaime Priede, Badrid, Bartleby Editores, 2006.
KAPUśCIńsKI, R, Viajes con Heródoto. Barcelona, Anagrama, 2006.