miércoles, 29 de mayo de 2013

Mi hartazgo de las proporciones épicas

     Desde hace dos años, en septiembre, comienzo mis clases de Literatura Universal con la lectura de unos poemas entre los que incluyo “Mi hartazgo de las proporciones épicas”, de Charles Simic, publicado en Desmontando el silencio (Ayuntamiento de Lucena, 2004), una antología de Simic en edición bilingüe de Jordi Doce:

Mi hartazgo de las proporciones épicas

Me gusta cuando
matan a Aquiles
o a su colega Patroclo,
o a Héctor, ese exaltado,
y toda la
jeunesse dorée
griega y troyana
acaba más o menos
expertamente masacrada
y hay por fin
un poco de paz y tranquilidad
(los dioses se han callado
por un momento)
se escucha
el canto de un pájaro
y una niña le pregunta a su madre
si puede ir al pozo
y claro que puede
por esa hermosa senda
que serpentea
por el huerto de olivos.

     Elegí este poema por varias razones: por su desnuda belleza artística, por sus referencias a los héroes de Homero que han recorrido la historia de la literatura y el cine, por la desmitificación de los valores inamovibles, de lo supuestamente grande, de la guerra causada por la soberbia de los poderosos. Agradezco a Simic que haga callar a los dioses por un instante, y en el poema escucho el canto del pájaro y veo a la niña que va a buscar agua a través del sendero. Luego levanto la mirada y observo la perplejidad de mi auditorio. Ha llegado la hora de explicar la elección de “Mi hartazgo de las proporciones épicas”. No vale refugiarse en lo fácil, como decir que el poema se ha convertido en uno de los que me acompañan en mi vida. Tampoco puedo utilizar el juego de descubrir las metáforas y desvelar su significado. El poema dice lo que dice, no sobra ni falta una palabra. Entonces hablo de la vigencia de los clásicos y los mitos y de cómo estos son recreados por un gran poeta para trasmitirnos algo nuevo: frente a la exaltación del heroísmo, la realidad de la masacre y la guerra; frente al campo de batalla, el paisaje silencioso de un “huerto de olivos” que atraviesa una niña, uno de tantos seres anónimos, como el propio Charles Simic, que han sufrido a lo largo de la historia las locuras épicas del poder movido por los hilos de dioses charlatanes. No se puede decir más con tan pocos recursos, no se puede producir más emoción poética donde parece que no hay casi nada.
       Charles Simic nació en Belgrado en 1938 y su infancia está unida al recuerdo de experiencias terribles, como los bombardeos alemanes y aliados sobre su ciudad. Desde 1954 reside en Estados Unidos, donde es considerado uno de los grandes poetas del país. Fue un niño de la guerra y esas vivencias lo acompañan siempre y se reflejan en su poesía, sin sentimentalismos, sin quejas, mostrando esa otra realidad que ahogan las batallas, los discursos imperiales y los fanatismos. Una realidad en la que un perrito blanco recibe la patada de una bota cruel en un glorioso desfile y una madre es “una trenza de humo negro”. Pero acerca de esta última imagen escribiremos otro día.

Dos perros

Un perro viejo, temeroso
de su propia sombra
en un pueblo del sur.
La historia me la cuenta
una mujer casi ciega,
una cálida noche de verano
mientras las sombras
del bosque de New Hampshire
se deslizan bajo nosotros:
una calle extensa, un perro inquieto,
un par de gallinas polvorientas
y aquel sol cayendo a plomo
en un pueblo sin nombre del sur.
Me hizo recordar a los alemanes
desfilando ante nuestra casa en 1944.
El modo en que todos nos quedamos en la acera
mirándolos con el rabillo del ojo,
el temblor de la tierra,
el paso de la muerte…
Un perrito blanco corrió hasta el asfalto
y se enredó en los pies de los soldados.
Una patada lo hizo volar como si hubiera
tenido alas. Esto es lo que ahora veo.
La noche cayendo lentamente.
Un perro con alas.


Los poemas “Mi hartazgo de las proporciones épicas” y “Dos perros” son versiones de Jordi Doce y están incluidas en la siguiente edición:


Charles Simic, (Ed. de Jordi Doce). Desmontando el silencio. Ayuntamiento de Lucena, col. 4 Estaciones. Lucena, 2004 

lunes, 20 de mayo de 2013

"El amigo americano"



La película El amigo americano (1977), de Wim Wenders, se estrenó en España en septiembre de 1978. Estaba basada en Ripley’s Game, una novela que Patricia Highsmith había publicado en 1974. Wenders siempre había tenido el deseo de realizar una película sobre alguna narración de la escritora:

Las historias de Patricia Highsmith tienen algo fascinante para mí, algo que solamente conozco a través del cine, no por los libros. Un trastorno. Sus personajes me afectan profundamente y me conciernen muy directamente. Al contrario de los libros policíacos corrientes, en los cuales los personajes son impulsados por la acción y por el desarrollo del relato, los de Patricia Highsmith son el centro a partir del cual se desarrolla un relato. El motor de la historia son los temores, las pequeñas cobardías, los pequeños errores que todos conocemos demasiado bien, hasta el punto en que ya no les prestamos atención. Al leer estas historias nos observamos a nosotros mismos...

El amigo americano se convirtió en una película de culto, y con ella Wenders contagió su fascinación por Highsmith. Vila-Matas, refiere que “desde el primer momento, lo que envidió de Highsmith fue que supiera ser una escritora tan astutamente simple”, y recuerda una divertida entrevista que en agosto de 1980 Fernando Trueba y Óscar Ladoire le hicieron a Patricia Highsmith. Trueba y Ladoire fueron hasta Montcourt, un pueblecito francés donde ella vivía por entonces. Esa “desconocida” en España, más leída en Inglaterra, Francia y Alemania,  declaraba: “No soy muy popular es Estados Unidos, lo sé, y me da igual. Escribo para divertirme”. La última frase se eligió como titular de la entrevista, en la que los dos cineastas narraban además su viaje por carreteras secundarias de la región de Seine-et-Marne: “Se diría que a quien vamos a visitar en realidad es a Tom Ripley, el asesino de Dickie Greenleaf…”.
   
España acababa de salir de una dictadura y aún no había terminado la transición a la democracia. Eran momentos muy críticos de la historia, pero había en el ambiente deseos de apertura, de diversión, de que entrara aire fresco en nuestra cultura. Por esas fechas nace Panorama de Narrativas de la editorial Anagrama y A pleno sol (El talento de Mr. Ripley) se elige como número cinco de la colección. La novela se publicó en 1981 y con ella comenzó lo que Jorge Herralde, su editor, llamó “la operación Patricia Highsmith”. Hasta entonces era una autora apenas valorada y sus obras se conocían, sobre todo, por las adaptaciones al cine. En 1981 se publicó también La máscara de Ripley y en 1982, El amigo americano (El juego de Ripley). Era la primera vez que Highsmith se editaba en español en una colección literaria “seria”. El éxito de Panorama de Narrativas de Anagrama está unido al de las novelas de Patricia Highsmith. En esa época la editorial publicó siete títulos, que más tarde llegarían a diecinueve. A pleno sol fue también la obra elegida en 1989 para iniciar la colección de bolsillo Compactos.

“El crimen perfecto no existe”

La novela El amigo americano (Ripley’s game) comienza con esta lapidaria frase en boca de Tom Ripley: “El crimen perfecto no existe”; solo existen crímenes sin esclarecer, como los suyos, claro. En las dos primeras entregas de La Ripliada, Tom había asesinado tres veces de la forma más chapucera posible y a base de golpes: con un remo, con un cenicero, con una botella y rematando con un cubo de metal; había dejado rastros de sangre por todas partes, y se había deshecho de un cadáver quemándolo en un bosque y triturando el cráneo con una piedra.

Más de una vez el nombre de Tom ha salido en la prensa, pero no existen pruebas que lo inculpen, de modo que sigue disfrutando de una idílica vida en Belle Ombre, su lujosa casa de Villeperce, a diecinueve kilómetros de Fontainebleau. Hasta el hogar de Ripley se ha acercado Reeves Minot, un americano con el que, desde La máscara de Ripley, nuestro protagonista mantiene relaciones “comerciales”. Suelen ser trabajos fáciles como encargarse de enviar sospechosos paquetes a determinados sitios; lo que Ripley gana con esto “apenas da para abonar las facturas de la lavandería”, pero así conserva a Reeves para pedirle algún favor como que le consiga un pasaporte falso. Ahora Reeves Minot se ha metido en negocios demasiado grandes para él; en Hamburgo, donde vive, ha empezado a relacionarse con el mundillo del juego ilegal. La mafia italiana ha decidido también operar por allí y Reeves se ha propuesto arreglar el asunto. La cuestión es fácil: matar a varios hombres de la mafia, de familias distintas y sembrar la discordia entre ellos. Reeves quiere que el asesino sea alguien inocente, con el que no se le pueda relacionar, y le pide ayuda a Tom para encontrar al hombre adecuado.  

Aquello es una locura, qué necesidad tiene Tom, en su feliz mundo de Villeperce, de mezclarse con esos asuntos. La esposa de Ripley, la bella y rica heredera Heloise, cuyo padre es “la esencia de la respetabilidad francesa”, se incorpora a la reunión para la exquisita cena preparada por el ama de llaves, madame Annette. Después, en la cama, cuando todos duermen Tom recuerda una fiesta a la que había asistido un mes antes en una “destartalada y gris” casa de Fontainebleau, cuyo dueño era un tal Jonathan Trevanny; se celebraba su cumpleaños y un conocido común, Gauthier, dueño de una tienda de artículos de pintura, había pedido a Ripley que le acompañara. Al ser presentado a Tom, Trevanny “había dicho en tono casi despreciativo: ‘Ah, sí, ya he oído hablar de usted’”. Cuando se queda a solas con Tom, Gauthier disculpa la actitud de Trevanny: se encuentra deprimido, padece leucemia mieloide y no anda bien de dinero.

En El amigo americano el punto de vista del narrador se desplaza desde Ripley hasta este nuevo protagonista, Jonathan Trevanny, un hombre normal, dueño de una tienda de marcos, con “un interior dickensiano” de paredes ennegrecidas que habría que pintar. Se necesita tanto dinero para todo, y en especial para pagar la altísima hipoteca de la casa; pero Trevanny es honrado, y no quiere “desplumar a los clientes”, como hacen otros.
Para Tom Ripley “el asunto de Jonathan Trevanny era un simple juego” en el que se inicia por curiosidad y por aquel desprecio que le hizo; consideraba a Trevanny “mojigato y santurrón”  y dudaba “de que picase”. A Tom “no le gusta el juego” y no siente “el menor respeto por la gente que se gana la vida, o siquiera parte de ella, jugando. Era una especie de alcahuetería”; pero esto es distinto. Un mes después de la fiesta, Tom le escribe a Reeves diciendo que Trevanny “parece la viva imagen de la inocencia y la decencia”, que está muy enfermo y no va a vivir mucho y que, sobre todo, le hace falta dinero para dejarles algo a su mujer y su hijo.

Días antes Trevanny había recibido una carta de un amigo suyo en la que este le decía cuánto sentía lo de su gravísima enfermedad por un conocido, y que si necesitaba ayuda ahí estaba él. Entonces comienza el desasosiego de Jonathan. Siente que puede encontrarse al final del camino, que solo tiene deudas y nada para dejar a Simone, su mujer, y a George, su pequeño hijo. El amor a Simone le había salvado en los últimos años, proporcionándole una feliz vida hogareña. Si había fracasado en sus sueños de adolescencia, al menos ahora había encontrado algo de paz. Pero pronto recibirá la llamada de Reeves, que ha viajado a Fontainebleau para hablar con él. Le propone el asunto de los asesinatos, el primero de ellos en Hamburgo; de paso, le podrán hacer allí un diagnóstico en un excelente hospital, para ver el estado real en que se encuentra.

Trevanny se sorprende ante aquello y rechaza la proposición de Minot, a pesar de la cifra considerable que le pagarían. Highsmith nos sumergirá en las dudas y los cambios que se van produciendo en la mente de Trevanny.  En muy pocos días, pasa de decir no a acariciar la idea del asesinato, por el dinero, y porque la víctima es un mafioso. Toma la decisión de ir a Hamburgo solo para hacerse el chequeo, sin matar; luego le devolvería a Reeves el dinero del viaje. Una vez en Hamburgo, Reeves Minot aprovecha cualquier ocasión para hablarle a Jonathan del asesinato; con aire santurrón utiliza argumentos como la maldad de la mafia, su conexión con la prostitución, la extorsión... Habla de Las Vegas como un desastre, mientras que los chicos de Hamburgo “son más honrados”.

En una ocasión Jonathan sale solo a dar un paseo por Hamburgo, con sus aceras “repletas de transeúntes”. Tenía un miedo espantoso a los resultados del chequeo:

Experimentó una sensación de vacío a la que ya estaba acostumbrado, una sensación de fragilidad, como si estuviera hecho de papel de seda, y de frío en la frente, como si la vida se le estuviera evaporando.

Y en su debate consigo mismo Jonathan decide probar “lo del asesinato. Y no porque creyese que iba a morir en el plazo de unos días o semanas, sino simplemente porque el dinero era útil. Porque quería dárselo a Simone y a Georges”.

Jonathan debe asesinar en una estación de metro, a una hora punta. Va a convertirse en “el hombre de la multitud”, con su misterio oculto en el anonimato de la gran ciudad; surge por un instante, busca a su víctima y luego desaparece sin dejar rastro. Trevanny, en su soledad como ser humano, se proveerá de instrumentos para cometer el asesinado; pero el arma decisiva se encuentra en su propia mente:

No sentía la menor piedad por el mafioso al que iba a matar (o al menos eso esperaba). Se dio cuenta de que tampoco sentía piedad por sí mismo. La muerte era la muerte. Aunque por motivos distintos, su vida y la de Bianca ya no tenían ningún valor.  

Al enterarse de lo sucedido, Ripley vuelve a aparecer en escena. Trevanny se convierte en “un misterio”: “¿Será (…) uno de los nuestros?”, pensó Tom. Aunque para él, ‘nosotros’ Significaba Tom Ripley y nadie más”. Entre él y Jonathan Trevanny surge esa relación amistosa, de camaradería entre hombres. Tom no se siente culpable por haber iniciado el juego;  había sido el Trevanny el que había tomado la decisión: “Pero no era una obligación, ¿verdad? Le hubiera podido decir que no a Reeves”.
Tom decide ayudar a Jonathan y ambos se ven envueltos en varias chapuzas criminales. Ripley se justifica pensando que es un modo de ayudar al bueno de Trevanny al que él “había metido en el asunto”; pero, sobre todo, es un modo de enfrentarse a la mafia:

Tom odiaba a la mafia, odiaba sus sucios negocios de préstamos, sus chantajes, su condenada iglesia, su cobardía al delegar siempre los trabajos más sucios en los subordinados, para que la ley no pudiera echarles el guante a los mandamases, no pudiera meterlos entre rejas salvo por evasión de impuestos o alguna trivialidad por el estilo. Comparado con los mafiosos, Tom casi se sentía un virtuoso. Al pensarlo soltó una sonora carcajada…  

        En El amigo americano, Patricia Highsmith plantea un dilema moral. Su pregunta es “¿todos tenemos un precio?”. ¿Hasta qué punto somos capaces de abandonar nuestros valores más firmes?, ¿cómo nos planteamos nuestra existencia tras la caída? Sólo por el hecho de aceptar un dinero podemos perder los principios que creíamos más sólidos. No hace falta cometer un asesinato para caer en el abismo de la conciencia. Algunos personajes morirán o sobrevivirán con el remordimiento; y otros, amorales, sin conciencia que les mortifique, saldrán ilesos.

Cine negro con pantalones de campana

      El Tom Ripley de la película El amigo americano no es el de Patricia Highsmith. Dennis Hopper, en el papel de Ripley, nos da imagen de un hombre atormentado, solitario y enigmático.  Vive en una gran mansión en Hamburgo, rodeado de máquinas y artilugios, fetiches de la cultura americana. No le acompañan ni Heloise ni madame Annette. Sumergido en un extraño mundo, se hace autorretratos con una polaroid o se graba con un magnetofón, para después escuchar su voz: “No hay nada que temer salvo el miedo. Cada vez sé menos quién soy yo o quiénes son los demás”. Sus gestos y actitudes muestran a un hombre misterioso y paranoico que recorre la película con un sombrero de cowboy y una peculiar vestimenta, alejada de la elegancia del Ripley de Highsmith. Es el Ripley de Wim Wenders. El verdadero protagonista de El amigo americano es Jonathan Zimmermann (Trevanny), interpretado por Bruno Ganz, que capta la esencia del personaje de Highsmith: sus dudas, incertidumbre y miedos.

Wenders sitúa la acción en un escenario distinto al de la novela. Los protagonistas viven en Hamburgo; Zimmermann (Trevanny) junto al puerto, en un edifico aislado que pronto será derruido. En la novela Highsmith escribía de Hamburgo: “Todo parecía nuevo comparado con Francia” y Trevanny recuerda que “Hamburgo había sido arrasado por las bombas”. Sin embargo, el Hamburgo de la película corresponde a zonas residuales y degradadas, mal asfaltadas y sucias. Zimmermann (Trevanny) viaja a París para cumplir con su destino; pero no veremos el  París turístico, sino la zona de altos edificios nuevos –algunos construyéndose– del oeste, en el Quai de Grenelle. Desde allí nuestro protagonista se desplaza en metro hasta la moderna estación de La Défense, en la que la multitud es sustituida por los múltiples monitores de las cámaras de seguridad. Una vez fuera, al aire libre, Zimmermann se encontrará en el vacío Manhattan parisino, donde aún persisten restos de viejos edificios, vestigios de otra forma de vida.
El amigo americano es un homenaje al cine negro de Hollywood, pero con una nueva estética. De los trajes de chaqueta y sombreros de décadas anteriores, pasamos a los pantalones de campana y a la nostalgia de los Beatles.  Wenders no sólo eligió para el papel de Ripley al ya mítico actor y director americano Dennis Hopper, sino que se vio rodeado de otros directores para pequeños papeles como Samuel Fuller que interpreta a un gánster; y, sobre todo, Nicholas Ray, que da vida a un atormentado pintor, un falsificador de cuadros que aparecía en la novela La máscara de Ripley. En el escenario de la ciudad de Nueva York, el personaje de Nicholas Ray mantendrá inquietantes diálogos con el teatral y desquiciado Ripley de Hopper.

Wim Wenders logró con El amigo americano una de sus mejores películas, y quizás una de las recreaciones más personales de la obra de Highsmith. En 2002, Liliana Cavani rodó una nueva versión de El juego de Ripley y convirtió a Ripley, interpretado por John Malkovich, en una especie de hombre del Renacimiento. Pero la megalomanía y los excesos efectistas de la película están muy alejados del espíritu de La Ripliada.  

Highsmith recuperada

 Después de su muerte, en 1995, el entusiasmo por Patricia Highsmith decreció. Se habían impuesto otras modas literarias. El silencio puede conducir al olvido o al Olimpo literario de los clásicos. En el 2009 la editorial Anagrama editó en un solo volumen y en la colección “Otra vuelta de tuerca” las cinco novelas de La Ripliada. Treinta años después del boom Patricia Highsmith, en Andalucía, gracias a los exámenes de las Pruebas de Acceso a la Universidad, El talento de Mr. Ripley se ha convertido en una de las obras que los alumnos deben leer. La elección de Highsmith se debe al hecho de que había que incluir a una escritora. Quizás El talento de Mr Ripley no sea la novela más apropiada para un alumno de esa edad. Es difícil explicar la psicología de Ripley, la complejidad de unos recursos aparentemente simples, el triunfo del mal sobre el bien. Pero en la obra no se cometen más crímenes que en Romeo y Julieta, y las noticias de televisión nos muestran a menudo la crueldad de un mundo en el que mueren cientos de trabajadores en una industria textil de la India, aplastados por el derrumbe de un edificio que amenazaba ruina, y en el que, con un sueldo miserable, se confeccionaba la ropa que venden las grandes cadenas donde nosotros compramos las gangas de moda.
     
Sí, puede que El talento de Mr. Ripley no sea la obra idónea para unos chicos que aún han leído poco y puede que haya otras autoras que hubieran merecido más estar allí. Pero, por mi parte, con el beneplácito de la administración educativa, he podido sumergirme, con algunos gastos pagados, en uno de mis secretos vicios literarios: las novelas de Patricia Highsmith.  

Las imágenes son fotogramas de la película "El amigo americano de Wim Wenders.
ENRIQUE VILA-MATAS, El País, Babelia. 8 de enero de 2011. "Protegiendo el secreto".

miércoles, 8 de mayo de 2013

Ripley de Villeperce


  En La máscara de Ripley (Ripley Under Ground), la segunda novela de las cinco que conforman La Ripliada, Tom Ripley aparece ya instalado en su particular Olimpo: una casa de campo en el Villepercer-sur-Seine, pueblo ficticio situado a diecinueve kilómetros de Fontainebleau y cerca de Moret-sur-Loing. Han pasado quince años desde el nacimiento de Tom Ripley, en 1955; entonces era un joven de veinticinco años. En esta nueva entrega de 1970 –en la que se mezclan la placidez de la vida cotidiana con falsificaciones de arte, asesinato y varias formas de deshacerse de cadáveres–, Tom no pasa de los treintaiuno; sin embargo, pone “un disco de los Beatles para levantarse el ánimo”, o se refiere a la moda de los pantalones acampanados como una prenda que no le gusta para él.
      El tiempo transcurrirá para su autora mientras que Tom permanecerá siendo un hombre joven. En 1974 Highsmith publica Ripley’s Game (El juego de Ripley, editada en España como El amigo americano); sólo habrán transcurrido seis meses desde los sucesos narrados en La máscara de Ripley. La siguiente novela de La Ripliada, The Boy who Followed Ripley (Tras los pasos de Ripley), publicada en 1980, nos presenta a Ripley como un hombre de unos treinta y cuatro años; aunque ya no utiliza para sus frecuentes viajes por Europa el aeropuerto de Orly, más cercano a su residencia. Ahora deberá desplazarse hasta aeropuerto de Roissy-Charles de Gaulle, inaugurado en 1974, y eso le fastidia bastante. También ha cambiado el paisaje de París; al contemplar el “bulboso exterior del Centro Pompidou”, edificio de 1977, esa “monstruosidad azul”, Ripley le dice al joven que lo acompaña: “Lo encuentro feo, al menos por fuera”. En esta novela veremos además cómo Ripley se desenvuelve a gusto en una discoteca de ambiente gay.   
      Todavía habría que esperar a 1991 para que llegara la última entrega de la serie, Ripley Under Water (Ripley en peligro), en la que lo narrado sucede cinco años después de las aventuras de La máscara de Ripley. No obstante, Ripley utiliza el CD, los personajes hablan de procesadores de texto, y se menciona el microondas como un electrodoméstico que no es del agrado de Ripley ni de su ama de llaves.
       Las novelas de La Ripliada reflejan los cambios que se han producido en el mundo a lo largo de treinta y seis años: las costumbres, la moda, los objetos, la música, las relaciones sociales… Tom Ripley ha madurado, pero es eternamente un hombre que ronda los treinta y cinco años, aunque las reglas de la verosimilitud –que no rigen los grandes mundos literarios– le adjudicarían la edad de sesenta y uno. Ripley no hubiera sido capaz de llevar el ritmo frenético de vida si hubiese ido envejeciendo. Parece como si Patricia Highsmith hubiera dejado a su personaje con la edad que ella tenía cuando lo creó, y le hubiera dotado de la madurez y la experiencia que ella misma fue adquiriendo mientras pasaba de la madurez a la ancianidad. Highsmith había cumplido setenta años cuando publicó la última novela protagonizada por Ripley.

Belle Ombre, el locus amoenus

Desde la segunda novela de La Ripliada, Patricia Highsmith le da una compañera a Ripley –Heloise, una rica heredera con la que Tom lleva casado tres años– y crea un locus amoenus para ambos, Belle Ombre (Bella Sombra), una finca que el padre de Heloise les había entregado como regalo de bodas. Tom se siente satisfecho con su nueva vida y con su casa, que tiene el aspecto de un pequeño castillo “con cuatro torreones sobre otras cuatro habitaciones circulares, situadas en las esquinas de la planta alta. El jardín era inmenso y la finca había costado una fortuna, incluso para un americano”.
 Al comienzo de La máscara de Ripley, Tom ya está en el jardín, despreocupado de tareas domésticas, de las que se encarga la eficiente ama de llaves madame Annette, protectora del hogar, excelente cocinera, servicial y fiel, que jamás dudará de la intachable conducta de los señores de la casa. Con ella todo está en orden y, cuando no tiene nada mejor que hacer, se dedica a encerar muebles; de modo que Belle Ombre siempre tendrá un olor especial a cera perfumada con lavanda que Tom trae de Inglaterra. Sospechamos que Ripley anda metido en negocios turbios; sin embargo lo vemos entregado a una de sus aficiones: cuidar el jardín para “pasar el rato”.   
 
Le gustaba dedicar una hora diaria a esta tarea. Cortaba el césped con la segadora manual, pasaba el rastrillo, quemaba ramitas y arrancaba las malas hierbas. Era un buen ejercicio que, además, le permitía soñar despierto.

Heloise, una Eva a la medida

    Highsmith crea para Tom Ripley una mujer a su medida: “Heloise Plisson, hija de Jacques Plisson, millonario y dueño de la empresa Plisson Pharmaceutiques”. Esta boda ayuda a Ripley a mantener una reputación intachable y un tren de vida del que él se cree merecedor, ya que el padre de Heloise, a pesar de que Tom le desagrada, les pasa una asignación mensual. El sentido de la moralidad de Heloise es “en opinión de Tom, prácticamente inexistente”. Es una joven hermosa, de cabello rubio, cuya edad en La Ripliada no llegará a los treinta años. Sus intereses son los viajes y le agradece a Tom esa libertad de movimientos, sin la cual no hubiera podido estar casada. Se lava el pelo, lee libros y revistas, le gusta ir de compras y siempre cree que acierta con sus adquisiciones. Al inicio de La máscara de Ripley, Heloise se encuentra viajando en yate por Grecia y Tom tiene “grandes deseos de verla. Había llegado a acostumbrarse a ella y ahora la echaba de menos. ¿Era eso amar a alguien? ¿Un matrimonio?”.
Heloise no conoce todos los negocios de Tom. Hay cuestiones que es mejor ignorar. Se mantiene al margen, sin enterarse de nada que no sea conveniente:

Heloise daba importancia al dinero, pero no tenía ningún interés especial por averiguar de dónde procedía. Sabía que el mantenimiento de su tren de vida dependía tanto del dinero de su familia como del de Tom, pero jamás le había echado esto en cara, y Tom sabía que este detalle le tenía completamente sin cuidado, otra de las cualidades que apreciaba en Heloise.

   La relación con Heloise es perfecta, entre otras cosas porque ella no reclama demasiado sexo. Cada uno disfruta de su propio dormitorio y de vez en cuando duermen juntos. Mientras que Tom experimenta placer por todo lo que ha conseguido, Heloise parece no “sentir entusiasmo por nada”, quizás porque siempre lo ha tenido todo:  

Heloise existía. Tom lo encontraba curioso. No lograba descubrir qué objetivos tenía ella en la vida. Heloise era como un cuadro en la pared. «Era posible que alguna vez quisiera tener hijos —decía ella—. Mientras tanto, existía.» (…) A veces, cuando hacían el amor, Tom sentía algo raro, una especie de alejamiento, como si su placer emanase de algo inanimado, irreal, de un cuerpo sin identidad.

    Tom no tenía la necesidad de entregarse por completo, tampoco podía hacerlo, pues estaba destinado a vivir siempre con la sombra del engaño. Tampoco Heloise le reclama la entrega total, por eso es perfecta.  Y no se trataba de una cuestión de sexo:

Heloise solía mostrarse irrespetuosa con las mismas cosas que Tom. Era una compañera, en cierto modo, pero una compañera pasiva. Con un muchacho u otro hombre, Tom se hubiera reído más; puede que ahí estuviera la principal diferencia.

Las cosas infunden “respeto hacia uno mismo”

Otro de los rasgos que caracterizan a Ripley es que ama poseer cosas, “no en gran cantidad, sino unas pocas y escogidas”, escribía Highsmith en El talento de Mr. Ripley (A pleno sol). Como en un cómic, Patricia Highsmith crea para su personaje algunos objetos que le acompañan siempre; uno de ellos es el sofá de raso amarillo de la sala de estar. Tom no se sienta en él cuando lleva los pantalones sucios; los visitantes suelen fijarse en el mueble. Y en El amigo americano Ripley pinta un cuadro de Heloise en el sofá. En esta novela aparece también el carísimo clavicémbalo, cuya compra llena de “euforia a Tom” y le hace “sentirse invencible”: “Un clavicémbalo entraba en la categoría de adquisiciones culturales, de modo que Tom no se hizo ningún reproche por desearlo. Un clavicémbalo no era una piscina”. Cuando se imagina que la Mafia pueda pegar fuego a Belle Ombre, piensa en el clavicémbalo ardiendo o hecho pedazos y reconoce quela casa y el hogar le inspiraban un amor que normalmente sólo se encontraba en las mujeres”. 
Cada vez que va a Londres, Tom cumple el pequeño rito de comprar “un par de pijamas de seda”; y en todos los viajes que hace por Europa o América no olvida traerle algún caro detalle a Heloise. Las maletas es otro de los fetiches de Tom. En A pleno sol compraba el billetero y las maletas de Gucci; sin embargo en Tras los pasos de Ripley comprará en Nueva York una maleta, “esta vez en Mark Cross, dado que Gucci se había vuelto tan rematadamente esnob que Tom tendía a boicotearla”. Heloise compra una maleta de Hermès y caras antigüedades que para ella son siempre una ganga. A veces celebran sus exclusivas adquisiciones invitando a los Clegg y los Grais, respetables vecinos y amigos que no pueden faltar en un locus amoenus como Villeperce.

El arte

En El talento de Mr. Ripley (A pleno sol), Ripley descubre el gusto por el arte: “Su mayor placer hubiera sido coleccionar cuadros que le gustasen y ayudar a los pintores jóvenes con talento y sin dinero”. El arte es el leitmotiv que enlaza A pleno sol con La máscara de Ripley. Después de regresar de Grecia, Tom pasa dos años en Londres, donde conoce a los amigos de Derwart, un pintor que según todos los indicios, se ha suicidado ahogándose en el mar, aunque nunca se descubre su cadáver. Con la leyenda en torno a Derwart, sus cuadros empiezan a cotizarse a precios altísimos y, cuando ya no quedan más obras originales, Tom propone al grupo que vendan falsificaciones que podría pintar Bernard Tufts, el mejor amigo de Derwart. Bernard destrozará su talento y su vida a causa de este engaño. Sus falsificaciones eran excelentes, como si se hubiera apropiado del estilo de Derwart y lo hubiera superado.
En el salón de Belle Ombre, Tom atesora un Derwart auténtico, colocado junto a la ventana, “Las sillas rojas”, en el que dos niñas “con expresión aterrorizada, se hallaban sentadas una al lado de otra, como si fuese su primer día en la escuela, o estuviesen en la iglesia, escuchando un sermón terrorífico”; a su alrededor todo ardía. El otro cuadro, “El hombre de la silla”, estaba colgado en un lugar privilegiado sobre la chimenea; en él “aparecía un hombre con múltiples perfiles, lo que daba la impresión de estar mirándolo con las gafas de otra persona”. (…) Era una de las primeras falsificaciones de Bernard Tufts. Los dos cuadros, que entusiasman por igual a Tom, recuerdan la idea que Patricia Highsmith tenía de su personaje, “un joven que se sienta al borde de la silla”.
El lucrativo negocio está a punto de romperse con la llegada de Murchison, un rico americano aficionado al arte que detecta que le han vendido una falsificación. Tom se verá obligado a solucionar este engorroso inconveniente, además del de Bernard, el atormentado pintor a quien Tom había corrompido, convirtiéndole en falsificador de Derwart. Pero Ripley aprecia a Bernard: “Sí, en Bernard había un misterio, y era el misterio lo que hacía atractivas a las personas –pensó Tom–, lo que las hacía enamorarse también.”

El ocio como forma de vida

Tom disfrutaba de la vida: “Tenía en gran aprecio su ocio, como sólo un americano era capaz de hacerlo una vez le hubiese tomado gusto; y había tan pocos...”. Además de la jardinería, se dedicaba a pintar y a estudiar idiomas para lo que “se había establecido un programa de estudio mucho más riguroso de lo que parecía”. Era también un gran lector. Había leído a Keats, y reordabaa que había llorado cuando visitó su tumba. Alguna vez acude a Goethe para tranquilizarse: “Un poco de solidez germánica, del sentido de la superioridad de Goethe y puede que un poco de genialidad también. Eso es lo que le hacía falta. Sacó el libro (Goethes Gedichte) de la estantería y lo abrió al azar
por la página correspondiente a Der Abschied”. Y en otra ocasión lo encontramos leyendo  “Las armas secretas, de Julio Cortázar”. Le gustaba escuchar música según su estado de ánimo: “El jazz no le satisfacía. Sólo la música clásica lograba causar efecto en él: le sosegaba o le aburría, le daba confianza o se la quitaba por completo. Y era porque la música clásica tenía un orden, que uno aceptaba o rechazaba”. En novelas posteriores, el matrimonio Ripley recibirá clases de clavicémbalo.

Las langostas de Ripley

Madame Annette es una excelente cocinera; adora que los Ripley reciban visitas para poder lucirse con sus platos. Algunos de ellos –como un exquisito lenguado y un saufflé de limón– serán la última comida para algún visitante que se ha atrevido a romper la paz de Belle Ombre. Pero Tom, un asesino que después de haber matado se cuestiona el porqué del asesinato, no soporta la visión de una langosta agonizante.
En Suspense, cómo se escribe una novela de intriga, Patricia Higshmith cuenta cómo un día, hojeando un libro de cocina, vio “una receta horrible para preparar estofado de tortuga de agua dulce (…). Un ama de casa necesita tener el corazón de piedra para leer estas recetas, y no digamos para ponerlas en práctica. El método para matar una tortuga de agua dulce consistía en hervirla viva”. Tom siente una enorme inquietud cada vez que madame Annette decide preparar langosta. En Tras los pasos de Ripley, Patricia Higsmith describe estas labores culinarias de la eficiente cocinera:

Al entrar Tom la buena señora acercaba el crustáceo al vapor que emanaba de la olla. El animal movió las extremidades y Tom retrocedió hasta el umbral e hizo un gesto para indicar que esperaría en la sala de estar. (…)
Tom se preguntó si había oído un silbido de protesta de la langosta. ¿Y ahora, con alguna parte hipersensible de su nervio auditivo, no oía surgir de la cocina un grito de dolor e indignación. Un último alarido en el momento de truncarse una vida?(…)
 —Oh, monsieur Tome, ¡siempre se preocupa tanto por las langostas! Incluso por los mejillones, ¿no es así? —se echó a reír con verdadero regocijo—. Se lo diré a mis amigas...  

En Ripley en peligro, madame Annette se dispone a preparar otra vez langostas y Tom recuerda algo sobre un nuevo método para cocinarlas en el microondas:

Después de encender el horno, había que salir de la cocina, rápidamente, para no tener que oír, y posiblemente contemplar, el golpeteo de las garras contra la puerta de cristal del horno hasta que las langostas murieran. Tom se imaginó que había gente que podía continuar pelando patatas mientras las langostas se achicharraban ¿durante cuántos segundos? Intentaba creer que Madame Annette no era de ese tipo. En cualquier caso, ellos no tenían microondas.  

miércoles, 1 de mayo de 2013

Tom Ripley en el borde de la silla



     Cuenta Patricia Highsmith en su ensayo Suspense. Cómo se escribe una novela de intriga que, cuando comenzó a escribir A pleno sol (El talento de Mr. Ripley), se sentía bucólica, con un estado de ánimo perfecto. Había alquilado una casa en el campo y disfrutaba de tranquilidad y de las condiciones idóneas para su trabajo. Pensaba que el libro le estaba saliendo muy bien, hasta que llegó a la página setenta y cinco:

Empecé a tener la sensación de que mi prosa estaba tan relajada como yo, casi fláccida, y que un estado de ánimo relajado no era el más oportuno para mister Ripley. Decidí tirar las páginas y empezar de nuevo, sentada mentalmente, además de físicamente, en el borde de la silla, porque ésta es la clase de joven que es Ripley: un joven que se sienta en el borde de la silla, si es que alguna vez llega a sentarse.
   
     A pesar de algunas divagaciones y de “la equivocación de escribir una prosa demasiado relajada”, nunca olvidó la idea principal de su novela: “dos jóvenes que se parecen un poco  –no mucho– y uno de los cuales mata al otro y asume su identidad”.       

El germen de una idea

Para Patricia Highsmith, los gérmenes de los que nace la idea para un relato pueden ser muy distintos, “lo importante es reconocerlos cuando se presentan”:

Yo los reconozco gracias a cierta excitación que siento en seguida, una excitación parecida a la que produce un buen poema o una sola línea de un poema.

El germen de Ripley surgió en el primer viaje que Highsmith hizo a Europa. Desde la terraza de un hotel de Positano (Italia), la escritora vio a un solitario joven moreno que paseaba por la playa. Meses después nacerá Tom Ripley, un joven de 25 años destinado a convertirse en uno de los más famosos y amorales personajes de la literatura del siglo XX. Estamos en 1955 y el mundo ha cambiado; es la época de la generación beat, del jazz y el rock; Highsmith tiene treinta y cuatro años y es una escritora de gran éxito, después de que su novela Extraños en un tren fuera adaptada al cine por Alfred Hitchcock.
Tom Ripley piensa que “la versatilidad es lo suyo, y el mundo es muy ancho”. A medida que avanza la novela va creando y construyendo su carácter. Ha crecido en soledad y así vive, aislado y a la vez contento de pertenecer al mundo;  avergonzado de sí mismo pero con el empuje de un superviviente; su lema es “siempre se presenta algo”. Recuerda las humillaciones que le infligía su tía Dottie –que se había hecho cargo de él cuando sus padres murieron ahogados en el puerto de Boston– y los momentos en que, ya a los ocho años, la mataba en su imaginación, derribándola a puñetazos “estrangulándola, y finalmente le arrancaba el broche que llevaba prendido en el vestido y le asestaba un millón de puñaladas en la garganta con él”. Las palabras hirientes de tía Dottie se refieren casi siempre a la condición sexual de Tom: “mariquita”, como su padre; y esta sombra planeará por toda la novela.
Cuando en la adolescencia Tom intenta escapar de su destino se da cuenta de que el mundo está lleno de gente mala y “uno tenía que convertirse en un animal, duro”, “si no quería morirse de hambre”:  

Recordó que acababa de salir despedido y entró en una tienda donde robó un pan, llevándoselo a casa y devorándolo, pensando que el mundo le debía un pan y mucho más.

En el viaje en barco hacia Europa, Tom Ripley toma conciencia de cuál es su misión. Dos mujeres inglesas hablan sobre el solitario y enigmático joven, que no parece americano por su forma nada ruidosa de comportarse:

«Es terriblemente serio, ¿no crees? No parece tener más de veintitrés años. Seguro que tiene algún asunto importantísimo en la mente.»
Así era: el presente y futuro de Tom Ripley.

Buenas y malas personas
       
      En Suspense, Patricia Highsmith analiza la cuestión de los criminales simpáticos. Es muy difícil hacer que un héroe como Ripley sea simpático. Al fin y al cabo es un asesino neurótico, que podría resultarnos odioso y repugnante. Y, sin embargo, Highsmith juega con los lectores, dotando a ese personaje de cualidades con las que todos nos podíamos identificar. La escritora confiesa su fórmula:

 Lo único que puedo sugerir es que al héroe-asesino se le den tantas cualidades agradables      como sea posible: generosidad, bondad para con algunas personas, afición a la pintura o a la música, o a cocinar, por ejemplo. Además, puede que estas cualidades sean divertidas en contraste con sus rasgos criminales u homicidas.
  Pienso que también es posible hacer que un héroe-psicópata sea totalmente repugnante y, pese a ello, resulte fascinante precisamente por su depravación.

Desde el comienzo de El talento de Mr. Ripley sabemos que el protagonista oculta algo. Es un estafador de poca monta, sabe falsificar firmas y se busca enredos para sobrevivir. Tiene la sensación de que lo siguen, de que pueda ser la policía. Pero va a recibir su golpe de suerte: se cruza en su vida el ingenuo Mister Greenleaf.

Mister Greenleaf era tan buena persona que daba por sentado que todos los demás seres humanos lo eran también. Tom casi se había olvidado de que existiera gente así.

Cuando Ripley le cuente a su amiga Cleo la historia del viaje a Europa, esta exclamará: “¡Tommy! ¡Es maravilloso! ¡Parece algo sacado de Shakespeare!”. Era lo mismo que pensaba Tom, y lo mismo que quería oír. Aquella historia shakesperiana había sido contada por Henry James en Los embajadores, una novela que le menciona el señor Greenleaf. Durante la travesía Tom busca el libro en la biblioteca de primera clase del barco, pero allí no lo tienen. Lo encuentra en la biblioteca de segunda clase y no le dejan sacarlo, pues Tom es un pasajero de primera. Nada más fácil que robar el libro, sin embargo Tom no lo hará. Se ha producido un salto cualitativo desde el robo del pan hasta la toma de conciencia de que se está moviendo entre las personas de “primera clase”.
Muchos años después, en el último libro de la “Ripliada”, Cinthia, uno de los personajes más íntegros, se atreverá a decirle a Ripley:

Tom, eres el hombre más malo que nunca he conocido..., si consideras eso una distinción favorable. Supongo que sí.”

Sí, es malo, pero sensible. Ama el arte, la música, es capaz de viajar hasta Arles para admirar los lugares pintados por Van Gogh; se está convirtiendo en un gran lector y en otras novelas se nos revelará como un excelente jardinero. Además es capaz de emocionarse con detalles nimios. Cuando en su camarote recibe una cesta de frutas, regalo de los Greenleaf, su reacción será la del buen muchacho maltratado por la vida:

Era  la primera vez que Tom recibía una cesta de despedida. Hasta entonces solo las había visto en los escaparates de las floristerías, marcadas con unos precios fantásticos que le hacían reír.
   Pero en aquel momento advirtió que tenía los ojos llenos de lágrimas y, ocultando el rostro entre las manos, rompió en sollozos.


El talento de Mr. Ripley, el aprendizaje

     Cuando termina El talento de Mr. Ripley su protagonista ha aprendido bien la lección. Ha sabido medir sus fuerzas y ha salido victorioso. Sabe ya  la persona que quiere ser. Tras hacerse pasar un tiempo por el despreocupado Dickie Greenleaf, al que había asesinado, odia convertirse de nuevo en Ripley, ese don nadie apocado y tímido. El aprendizaje ha consistido en deshacerse de los dos, en crear al  Ripley, seguro de sí mismo y dueño de su destino. Posee seguridad económica, como nunca la había tenido, y quiere vivir bien y disfrutar de los placeres de la vida:

Amaba poseer cosas, no en gran cantidad, sino unas pocas y escogidas, de las que no quería desprenderse, pensando que eran ellas lo que infundía respeto hacia uno mismo. Sus bienes le recordaban que existía y le hacían disfrutar de esa existencia. No había que darle más vueltas. ¿Y acaso eso no valía mucho? Existía. No había en el mundo mucha gente que supiera hacerlo, aun contando con el dinero necesario.

 También  había descubierto sus aficiones

Había comenzado a disfrutar, a admirar el arte, quería ver mundo “Se decía que el simple hecho de ir de país en país, admirando sus obras de arte, bastaba para llenar agradablemente toda una vida. Había aprendido mucho sobre la pintura”, (…) En las galerías de arte de París y Roma había descubierto en sí mismo un interés por el arte que era nuevo en él, insospechado. No es que quisiera pintar, pero, de tener dinero, su mayor placer hubiera sido coleccionar cuadros que le gustasen y ayudar a los pintores jóvenes con talento y sin dinero.

Hace estas reflexiones en su viaje en barco a Grecia, al final de la novela, cuando el proceso de aprendizaje está llegando a su fin. El conocer a Dickie, el apropiarse de su dinero y de algo de su personalidad, le había compensado por esa primera parte de su vida en la que “la suerte se había mostrado tremendamente injusta con él”. Se sentía amenazado, siempre en el filo, con la posibilidad de que todo fuera descubierto; sin embargo, “el misterio era lo que daba sentido a la vida”.

Arte y moral

        “El arte en esencia no tiene nada que ver con la moral, los convencionalismos y los sermones”, escribía Patricia Highsmith en Suspense. El escritor de las novelas de suspense siente “alguna clase de simpatía o de identificación con los delincuentes, pues, de no sentirla, no se vería emocionalmente implicado en los libros que tratan de ellos”, no podrían describir la mente del criminal.  

Desde el punto de vista dramático, los delincuentes son interesantes porque, al menos durante un tiempo, son activos, libres de espíritu, y no se doblegan ante nadie. Yo soy tan observante de la ley que me echo a temblar ante un aduanero aunque no lleve contrabando en las maletas. Tal vez lleve dentro de mí un impulso criminal grave y reprimido, pues de lo contrario no me interesarían tanto los delincuentes o no escribiría sobre ellos tan a menudo.

    El objetivo de Highsmith era entretener a sus lectores y que estos disfrutasen de una buena novela. Pero era además una gran artista, creadora de un mundo literario único. “La pasión del público por la justicia me resulta aburrida y artificial, porque ni a la vida ni a la naturaleza les importa que se haga o no justicia”, escribía Highsmith. El público quiere ver cómo triunfa la ley, y no le importa la brutalidad, siempre y cuando esta sea ejercida por los “buenos”.  Suspense, como se escribe una novela de intriga  es un magistral ensayo sobre el proceso creativo que nos devuelve la imagen de Patricia Highsmith como infatigable trabajadora, escrupulosamente crítica con su propia obra, y nos desvela el placer de escribir y los mecanismos ocultos en la creación literaria:

Termino este libro con la sensación de que me he olvidado de algo, de algo de vital importancia. Así es. Es la individualidad, es el gozo de escribir, que en realidad no puede describirse, no puede captarse con palabras y transmitirse a otra persona para que lo comparta o utilice. Es el extraño poder que tiene el trabajo de transformar una habitación, cualquier habitación, en algo muy especial para un escritor que ha trabajado en ella, y que en ella ha sudado y maldecido y tal vez conocido unos pocos minutos de triunfo y satisfacción.