domingo, 23 de junio de 2013

"Una mosca en la sopa", memorias de un personaje secundario



Lo que hace que el arte y el recuerdo perduren son los detalles, la poesía del detalle.

Charles Simic, Una mosca en la sopa


Cuenta Charles Simic en Una mosca en la sopa que a finales de los años cuarenta vio por primera vez en Belgrado El ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica. Desde entonces siempre que ha visto la película ha pensado que ese era  “el aspecto blanco y negro, granuloso que tenía su infancia”. Los primeros recuerdos se parecen a “una edad oscura” en la que se confunden las imágenes borrosas que la escritura consigue rescatar:

Escribir ayuda a recordar. La lógica de la cronología obliga a pensar en lo que viene después. Pero también entra en juego la lógica de la imaginación. Una imagen genera otra que no tiene nada que ver con ella –o que, quizá tiene mucho que ver, aunque no lo parezca–.

         Vaso Roto Ediciones publicó a finales de 2010 Una mosca en la sopa, de Charles Simic (Belgrado, 1938). Traducido por Jaime Blasco, el libro lleva el subtítulo de “memorias”. Los lectores de Simic buscaremos en el libro unas claves que revelen lo más recóndito de su poesía. Y algo descubriremos, por supuesto, pero de una manera tan sorprendente como nos sucede al leer sus poemas. Quien no conozca a Simic quedará atrapado por esa forma directa de narrar, por el estilo sobrio y contenido en apariencia, sin fuegos de artificio; sin embargo, en cada página, nos aguarda algo inesperado, otra vuelta de tuerca con un lenguaje en el que, de manera imperceptible, se funden poesía y narración:

Mi madre nos contó que de niña había oído a un hombre suplicar que le perdonaran la vida. Recordaba las estrellas, la oscura silueta de los árboles a lo largo de la carretera por la que avanzaban en un lento carro de bueyes, huyendo del ejército austríaco, en plena Primera Guerra Mundial. “Aquella voz que venía del bosque era la de un hombre terriblemente asustado”, dijo. Después, lo único que se escuchó fue el ruido entrecortado de las ruedas del carro que crujían como si fueran a soltarse cada vez que tomaban una curva.

Los veintisiete capítulos en los que Simic ha dividido Una mosca en la sopa, guardan cierto parecido a la estructura de un libro de poemas; en cada una de las secciones, cuya frases iniciales se leen como versos, hallamos breves instantáneas contadas con una prosa ágil en la que el tono y el sentido del humor convierten lo más trágico en una comedia agridulce. Pero no nos engañemos; detrás de esa manera de narrar unas anécdotas, subyacen algunos sobrecogedores recuerdos de un personaje secundario de la Historia, que nos avisa de que no posee  “un estatus especial en virtud de su condición de víctima”. Su vida ha sido como la de muchos seres humanos que se vieron envueltos en la Segunda Guerra Mundial y la posguerra: “Mi familia, como tantas otras, tuvo que salir a ver mundo por cortesía de las guerras de Hítler y de la ocupación estalinista del Este de Europa”, escribe Simic con esa divertida ironía que impregna sus memorias.

Guera y posguerra

      En abril de 1941, Belgrado fue bombardeada por el ejército alemán. Tampoco el campo, a donde Simic se trasladó después con su madre, era un lugar seguro.

Mi madre estaba muy embarazada, apenas podía caminar. No tenía convicciones políticas, y mi abuelo tampoco. Por supuesto eso no explica que sobreviviéramos. Me imagino que, sencillamente, tuvimos suerte.

      Casi al final de la guerra, en abril de 1944, Belgrado volvió a ser bombardeada, esta vez por los aliados. Las ruinas de una ciudad gris envuelta en polvo y humo se convirtieron en un el lugar de juegos del pequeño Simic:

Era completamente feliz. Mis amigos y yo teníamos muchas cosas que hacer durante el día y tiempo de sobra para hacerlas. No había colegio y nuestros padres estaban ocupados o sencillamente no estaban. Vagábamos por el barrio, trepábamos a las ruinas y supervisábamos el trabajo de los rusos y de nuestros partisanos. Todavía quedaba algún francotirador alemán aquí y allá.

La posguerra fue una época de escasez y de hambre: “Entre 1947 y 1948 pasamos una temporada en la que no teníamos prácticamente nada que comer”. Pero no vamos a encontrar lamentos en Una mosca en la sopa, sino escenas de humor negro mezcladas con dosis de ternura que jamás caen en el sentimentalismo fácil: la obsesión por la comida que acompaña a Simic y a la familia a lo largo de la vida, el atracón de judías, el recorrido por todas las pastelerías de Belgrado, la venta de ropa de lujo para comprar un cochinillo, una cena con el padre en un carísimo restaurante de América. El Simic adulto escribirá: “La tristeza y la buena comida son incompatibles. (…) La mejor conversación es la que se celebra en torno a una mesa. La poesía y la sabiduría son meros acompañamientos”.

Hacia una vida mejor

        El padre de Charles Simic se había marchado hacia Estados Unidos en 1944, con la esperanza de que la familia se reuniera más tarde con él. Pero tuvieron que pasar diez años durante los cuales, la madre y los hijos vivieron en el Belgrado de posguerra. Tras varios planes para salir de Yugoslavia, la madre intentó una escapada a pie por la frontera de Austria, pero acabó con sus hijos en distintas cárceles, mientras los conducían de nuevo a Belgrado: “Por lo que a mí respecta, la experiencia de la cárcel fue totalmente satisfactoria”, nos cuenta Simic.
        Fue también la época en la que Simic se enamora de “Insomnia”, aunque ya había tenido sus pequeños escarceos, cuando desde 1943, su obsesión durante la noche era escuchar la radio que le traía noticias, voces y palabras de lugares lejanos:

Me enamoré de una chica. Me tumbé en la oscuridad intentando imaginar qué habría debajo de su falda negra. Creí que la chica se llamaba María, pero en realidad se llamaba Insomnia.

El insomnio ha acompañado a Simic a lo largo de su vida y ha sido un personaje destacado de su obra poética:

Aparte de las preocupaciones sin fin no cabe mucho más en la cabeza. Somos fruto de nuestros problemas. Llevo toda la vida durmiendo mal. Sesenta años tumbado en la oscuridad, sudando la gota gorda por cualquier motivo, desde mi propia vida a la maldad y la estupidez que hay en el mundo. Soy el metafísico de las tres de la madrugada.

Por fin, 1953 la madre de Charles Simic consigue llegar a París con sus hijos. Pero ahí tienen que esperar un año hasta conseguir la documentación para viajar a Estados Unidos. Es el momento en el que Simic toma conciencia de “la noción de ser extranjero, sospechoso”:

No ser nadie me parecía muchísimo más interesante que ser alguien. Las calles estaban atestadas de “álguienes” con aire de seguridad. La mitad del tiempo los envidaba; pero la otra mitad me daban pena. Sabía algo que ellos desconocían, tenía una certeza que solo se alcanza cuando la historia te da una patada en el culo: que en cualquier esquema ambicioso los individuos son superfluos e insignificantes. Que las personas que no son conscientes de que les puede suceder lo mismo que a nosotros en cualquier momento pueden llegar a ser despiadadas.

El sueño americano

En París, Simic dormía en el suelo, en una pequeña habitación de hotel que compartía con su madre y su hermano; asistía a una escuela de segundo orden, daba largos paseos y contemplaba los escaparates, único lujo que se podía permitir, junto con las sesiones de los cines de barrio. Allí se enamoró “del cine negro americano”. Desde el barco en que viajaba, la primera imagen que vio de América fue la los rascacielos de Manhattan y pensó, con emoción y asombro, que “era igual que en las películas, pero era real”. América “era un paraíso que asustaba” y al que habían llegado “con la esperanza de interpretar un papel en una película de Hollywood”.
         Charles Simic se reencuentra con su padre después de diez años. Tanto él como su hermano quedan fascinados por esa persona divertida y alegre: “Recordad este día”, les repetía a sus hijos aquel 10 de agosto de 1954. El padre transmitió a sus hijos la admiración que sentía por América, “el lugar más emocionante del mundo”. La madre, en cambio, siempre echó de menos Europa. La personalidad tan distinta de los padres convirtió más de una vez la vida familiar en un campo de batalla:

Mi padre era un optimista. Creía a pies juntillas en el sueño americano. Y estaba esperando a que se cumpliera. Se había gastado todo el dinero que había ganado y había acumulado un montón de deudas. A mis padres no se les daba bien planificar el futuro.

La vocación poética

Charles Simic. Fuente: Las razones del aviador
      En ese contexto nace la vocación poética de Simic. Sus mejores maestros, nos confiesa, “tanto en arte como en literatura, fueron las calles por las que vagó”. Pero en verdad, desde los diez año,s los libros habían sido una pasión que más tarde lo convertirían en “un adicto a la lectura”. La necesidad de leer sobre cualquier tema lo “ha acompañado durante el resto de su vida”.

Creo que me enterrarán con un libro en la mano. Puede que el más apropiado sea El libro tibetano de los muertos, pero preferiría cualquier manual de sexualidad o los poemas de Emily Dickinson.

En la época inicial, de tanteos y dudas, encuentra en una librería una antología de poetas latinoamericanos. Allí descubre la poesía de Borges, Neruda, Vallejo, Octavio Paz y Huidobro, entre otros. Simic nos describe el inicio de su vocación literaria y nos deja también un hermoso capítulo en el que nos desvela su poética. Lo más complejo queda enunciado de la manera más sencilla: “El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo”.

El poeta se sienta ante el papel en blanco con la necesidad de decir muchas cosas en el espacio limitado del poema. El mundo es enorme, el poeta está solo y el poema no es más que un fragmento de lengua, una pluma que rasga el silencio de la noche.

La poesía nace del misterio, de la necesidad de buscar el porqué de nuestra vida, pero “no hay nada que explique el mundo y la gente que lo habita. Esta certeza es la que nos hace caer de rodillas y escuchar el silencio de la noche”. Simic recuerda lo que le dijo una vez el poeta Frank Samperi: “Todo poema, consciente o inconscientemente, está dirigido a Dios”. Y si entonces Simic no compartía esa opinión, más tarde escribirá:

Ahora estoy de acuerdo con él. Da igual que los dioses y los demonios existan. La ambición secreta de todo auténtico poema es preguntarse por ellos incluso cuando se reconoce su ausencia.

Su pasión poética irá acompañada por las lecturas filosóficas: “Quienquiera que lea filosofía se lee a sí mismo tanto como al filósofo”; porque la filosofía ayuda a dialogar con “acontecimientos decisivos” de la vida, a buscar el significado de los mismos: “El significado es el objetivo de mi existencia. Mis esfuerzos por comprender consisten en dar vueltas alrededor de un puñado de imágenes obsesivas”. La comprensión depende “de la relación que existe entre lo que somos y lo que fuimos: el ser del momento”. De este modo se funden poesía, filosofía e historia: “Veo, es decir, soy capaz de imaginar y de sentir el peso humano de la soledad ajena”. La poesía organiza, en cierta forma el caos. Frente a la historia, la poesía, como la filosofía recrean “la experiencia del ser”, buscan la verdad del ser, la esencia, el “decir lo indecible”:

Así es la gran poesía. La serenidad total en medio del caos. Tan sabia que se puede permitir hacer el tonto.


Publicado en Tendencias 21

Charles SimicUna mosca en la sopa, traducción de Julio Blasco, Vaso Roto Ediciones,   Madrid, 2010.

martes, 4 de junio de 2013

"El mundo no se acaba" de Charles Simic


En sus memorias, Una mosca en la sopa, Charles Simic (Belgrado, 1938) define la poesía como “la serenata del gato bajo la ventana de la habitación donde se escribe la versión oficial de la realidad”. El poeta “se ve empujado a decir la verdad”, pero existen distintas formas de percibirla:

El consejo del realista es “abre los ojos y mira. Los defensores de la imaginación aconsejan: “cierra los ojos para ver mejor”. Hay una verdad que se percibe con los ojos abiertos y otra a la que se accede con los ojos cerrados y a veces estas dos verdades no se reconocen cuando se cruzan por la calle.

El mundo no se acaba (Vaso Roto, 2013), edición bilingüe a cargo de Jordi Doce, es una muestra de la otra verdad vista con la lucidez de los ojos cerrados. Basta con adentrarse en ese camino paralelo. Nada habrá cambiado cuando salgamos a la superficie; el mundo continuará siendo ese incomprensible lugar donde los seres humanos viven, aman, mueren, trazan los más elevados sistemas filosóficos, las grandes obras de ingeniería, los más sofisticados artilugios en nombre del progreso o para matarse unos a otros. Nada habrá cambiado pero sentiremos que hemos asistido a un espectáculo excepcional y desearemos volver a comprar la entrada para que el mundo siga existiendo.

 Historia de una edición

No es la primera vez que se edita en español The World Doesn’t End (1989), obra clave de Charles Simic, con la que obtuvo el Premio Pulitzer de poesía en 1990. La editorial DVD la publicó en 1999 con el título El mundo no se acaba y otros poemas, una edición de Mario Lucarda. Por esa época Jordi Doce, que desconocía el proyecto de DVD, trabajaba también en una traducción de este libro, que quedó guardada en un cajón durante varios años. A estas alturas, cuando ya es muy difícil encontrar un ejemplar de la edición de Mario Lucarda, la editorial Vaso Roto ha rescatado las versiones de Jordi Doce, revisadas con el rigor y la sabiduría artística a las que Doce nos tiene acostumbrados.
Muchos conocimos la poesía de Simic gracias a la antología Desmontando el silencio, (Ayuntamiento de Lucena, 2004), edición bilingüe del propio Doce. Los poemas iban precedidos de un prólogo en el que Jordi Doce narraba la historia de su encuentro con la obra de Simic. La lectura de los poemas de su primera época le produjeron un impacto “tan intenso que de inmediato le asaltó el deseo de traducirlos”; sin embargo le resultaba difícil encontrar el tono adecuado, “que pudiera generar otro poema en nuestro idioma”. La primera época de Simic se caracteriza por un estilo “minimalista” y “una concepción del poema como objeto cerrado y enigmático”. Tiempo después Jordi Doce se reencontró con la poesía de Simic, pero se había producido un cambio sustancial en su estilo, una evolución hacia un tono “más urbano, más narrativo, más humorístico”. Los poemas le asombraron y fascinaron de tal modo que decidió retomar aquel trabajo que ahora se convertía en una tarea ineludible: la difusión de la poesía de Charles Simic.
Por aquellos años de finales de los 90, el traductor conoció personalmente a Simic, con
el que mantuvo una entrevista en Londres. Simic había emigrado con su familia a Estados Unidos en 1954. Nacionalizado estadounidense, se había convertido en uno de los grandes poetas del país. A través de los gestos y palabras del poeta, Jordi Doce nos retrata a un Simic cortés y entusiasta, atento a las palabras de su interlocutor. Habló de “su admiración por Octavio Paz”, “de lo importantes que habían sido Vallejo y Neruda en su educación poética”, de una vez que vio leer a Neruda y la emoción que le produjo: “Neruda era el poeta, después de escucharlo salías a la calle con ganas de comerte el mundo”. Jordi Doce describía la impresión de su encuentro con Simic y la relación entre el poeta y su poesía:

Sus poemas, expresión de un mundo privado de indudable complejidad, se ofrecían al lector con igual llaneza, envueltos en la cortesía de la transparencia y la claridad. Es una transparencia engañosa, desde luego, porque la mano entra en ella y no toca fondo.

Un álbum del tiempo

      El mundo no se acaba pertenece a la segunda etapa de Charles Simic en la que, en palabras de Jordi Doce, hay “un rechazo de la tentación del silencio y una voluntad de ingreso en la multiplicidad caótica del mundo”. En el libro se agrupan materiales que Simic había ido acumulando hasta convertir El mundo no se acaba en una obra trascendental en su trayectoria poética. La concisión y el minimalismo dan paso al relato en prosa de un instante, a veces terrible, otras oscuro o enigmático, pero siempre visto desde una distancia que le permite a Simic tratar lo trascendente con humor e ironía, como si nada tuviera especial importancia, pero a su vez todo fuera digno de atención, de quedar plasmado en un poema. El poeta se coloca del lado del lector y le invita a contemplar otra realidad, la de la imaginación, la de los ojos cerrados. Por eso cada página de El mundo no se acaba nos trae una sorpresa, y algunas se quedan para siempre grabadas en nuestra retina.
       Escribe Simic en Una mosca en la sopa:

El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo. Rescatar un instante, un rostro, un estado de ánimo un árbol y tomar una fotografía mental de ese momento en que el lector se reconoce a sí mismo. Los poemas son instantáneas de otras personas en las que nos reconocemos a nosotros mismos.

Si los poemas rescatan el instante y detienen el tiempo, El mundo no se acaba es como un álbum de fotografías familiares. Podemos verlo uno y otra vez, pasar las páginas donde seguirán esperándonos esos extraños seres; algunos de ellos están sacados de determinados momentos de la vida del poeta; otros parecen asomar la cabeza desde un cuento de terror o desde cuadros o fotografías que retratan la América profunda. Jordi Doce ha señalado el optimismo latente de estos poemas escritos hace ahora veinticuatro años. El mundo sigue cambiando y el ser humano hace bastante poco para que vaya algo mejor, pero nuestra supervivencia no es posible sin ese grado de optimismo; por eso los poemas de Charles Simic parecen escritos para estos días que vivimos. Desde nuestros agujeros miramos absortos una pantalla de televisión, bombardeados por imágenes superpuestas en las que la realidad acaba convirtiéndose en una sucesión de anuncios publicitarios como promesas de una felicidad que nunca llega.
Charles Simic en Una mosca en la sopa nos recuerda que “los poetas líricos perpetúan los valores más antiguos de la tierra”, y nos lanza una pregunta ¿y si los poetas “fueran capaces de transmitir el sentimiento de un periodo histórico mejor que nadie?”:

Además uno querría decir algo sobre los tiempos en los que vive. Toda época tiene sus injusticias y sus sufrimientos desmedidos, y la nuestra no es ni mucho menos una excepción.

Los poemas en prosa que integran El mundo no se acaba están agrupados en tres secciones y cada una finaliza con un breve y enigmático poema. El que cierra la primera parte es “Lección de historia”. Desde la imagen del primer poema “Mi madre era una trenza de humo negro”, que remite a los recuerdos de la primera infancia del poeta y a los bombardeos de Belgrado en la Segunda Guerra Mundial, vamos a adentrarnos en ese otro lado de la historia, la de aquellos que nunca fueron dignos de ser cantados en un verso:

 Escalígero palidece mortalmente al ver un
berro. Ticho Brahe, famoso astrónomo, se desmaya
al ver un zorro enjaulado. María de Médicis se marea
súbitamente al ver una rosa, hasta en pintura. Mis
antepasados, entretanto, comen repollo. Remueven
el cazo buscando una pezuña de cerdo que no existe.
El cielo es azul. El ruiseñor canta en un soneto
renacentista, e inmediatamente alguien se va a la cama
con un dolor de muelas.

Un soldado napoleónico sigue recorriendo el mundo con su pelo de metro y medio de largo, cruzándose con ejércitos que van de un lado a otro, los inviernos duran a veces cien años y hay siglos que se van al garete. Por allí aparecen seres alucinados, como “los maestros en el arte de la levitación”, que flotan sin rumbo “sobre las oscuras copas de los árboles” y no se sabe si duermen o piensan; la rubia  cenicienta que se creía muerta, o la pequeña Emily y su cementerio de Equis:
             
          Historias de fantasmas escritas como ecuaciones
          algebraicas. La pequeña Emily está muy asustada
          junto a la pizarra. Las Equis parecen un cementerio de
          noche. El maestro quiere que husmee entre ellas con
         una tiza. Todos los niños contienen el aliento. La tiza
         blanca lanza un chillido entre los signos más y menos,
         y luego vuelve la calma.

La segunda parte del libro se inicia con la imagen de la muñeca de porcelana que el mar ha llevado hasta una playa gris: “Uno quisiera saber su historia: Uno quisiera inventarla, inventar muchas historias”. Historias como las de los ángeles de la guarda que nos abandonan porque tienen miedo de la oscuridad, o la del chico que saca su lengua roja en una pintura demasiado negra. Bisabuelas convertidas en gallinas gigantes, un pulgar que se va de aventura, perros con alma que imaginan ciudades para poder perderse en ellas, hombres que llaman a sus perros Rimbaud y Hölderlin y hablan con frases de Sócrates: “La vida no examinada no merece ser vivida”. La filosofía se mezcla con escenas de Nueva York, donde personajes solitarios podrían haber sido pintados por Edward Hopper; de este modo el poema “Querido Friedrich, el mundo sigue siendo falso, cruel, hermoso…”, nos muestra la escena del chino de una tintorería que hojea un libro escrito en un idioma que desconoce, mientras espera a la hija que viste falda corta y le trae la cena. Y una gótica imagen surrealista como la del muerto que baja del cadalso con su cabeza bajo el brazo termina mezclándose con el río de Heráclito:
          
   Que tranquilo es el mundo. Uno puede oír el
   viejo río, que en su confusión a veces se olvida y fluye
   hacia atrás.                    

    “Evangelio”, un poema breve, cuyas primeras palabras nos recuerdan el famoso verso de Dante, cierra esta segunda sección; pero el camino de la vida se ha convertido ahora en “ningún sitio”:

        A medio camino de ningún sitio…

       me pareció que oía
       repicar las campanas,
       al ciego de la esquina
       gritar mi nombre.

        La tercera parte de El mundo no se acaba nos ofrece otro puñado de instantáneas como la del poeta menor que busca sus poemas en cajones, el travestí negro vestido de debutante o la pareja que pasa “una semana de vacaciones en un pisapapeles de cristal comprado en Coney Island”. Hay lugares como “Ningún Sitio, que es un pueblo como cualquier otro”, ovnis que se llevan a la gente de paseo o chicas que sueñan con ser estrellas de la música country. Junto a ellos aparece la figura de André Breton, un tributo al poeta surrealista en un retrato del sueño americano:

Mi padre amaba los extraños libros de André
Breton. Solía alzar su copa de vino y brindar por
aquellas remotas veladas en las que “las mariposas
formaban una larga cinta continua”. O salíamos
a mear al callejón de atrás y decía: “He aquí unos
prismáticos para ojos vendados”. Vivíamos en un
edificio ruinoso que olía a casa de viejos con mascota.
   “Flotando al borde del abismo, impregnados del
perfume de lo prohibido”, nos turnábamos para cortar
la salchicha ahumada bajo la mesa. “Me encanta
América”, nos decía. Íbamos a ganar un millón de
dólares fabricando objetos que habíamos visto en
sueños aquella noche.

La serenata del gato bajo la ventana 

      En Una mosca en la sopa, Charles Simic ha escrito lo que podría denominarse su poética:

La mayor parte del tiempo uno no tiene ni idea de lo que hace. Las palabras hacen el amor en la página como moscas en el calor del verano, y el poema se debe tanto a la casualidad como a la intención. Probablemente incluso más.

     Con humor y distanciamiento irónico, Simic reelabora la concepción platónica de la poesía; sólo que aquí las musas y la inspiración se han convertido en la casualidad que lleva a las palabras a unirse y separarse como las moscas. Pero el poeta mueve también las manos para ahuyentarlas y volverlas a reunir, trazando los caminos invisibles de la belleza y la emoción artística. El mundo no se acaba termina con este breve y enigmático poema:

      Mi identidad secreta es

     El cuarto está vacío
     y la ventana abierta

     Cuando cierro este álbum de instantáneas imagino que bajo esa ventana abierta el gato seguirá cantando su serenata y nuestra vida continuará siendo “¡(…) un bello misterio a punto de ser comprendido, siempre a punto!”


Publicado en Tendencias 21
                                 *****************************************
Los poemas y las citas pertenecen a las siguientes ediciones:

Charles Simic,  El mundo no se acaba, edición bilingüe de Jordi Doce, Vaso Roto Ediciones, 
                      Madrid, 2013.
                      -Una mosca en la sopa, traducción de Julio Blasco, Vaso Roto Ediciones,  
                       Madrid, 2010.
                      -Desmontando el silencio, edición bilingüe de Jordi Doce, Ayuntamiento de 
                      Lucena, Colección 4 Estaciones, Lucena, 2004.