sábado, 1 de febrero de 2014

Leyendo a Vasko Popa

Vasko Popa me llegó a través de Charles Simic. Las lecturas son como migas de pan que nos conducen por nuevos caminos. Y sentimos el deseo de adentrarnos en ellos. Es la curiosidad de abrir un libro, de descubrir el mundo que guarda entre sus páginas.

Estoy leyendo a Vasko Popa y recuerdo unas palabras que Kafka escribía en una carta a Felice Bauer. Le hablaba de un libro filosófico escrito por su amigo Félix Weltsch: «Yo por mi parte estoy forzándome a leerlo y entenderlo; allí donde no hay nada que se pueda tocar con la mano, mi atención se disipa con demasiada facilidad». Recuerdo también lo que el lector Kafka le escribió a Milena Jesenská acerca de un escritor situado, en apariencia, muy lejos del universo kafkiano: “Me gusta mucho Chejov, a veces locamente”.

Y me vienen a la memoria las ideas de Chejov, como las mostraba Raymond Carver en Tres rosas amarillas:

Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía —según confesó en cierta ocasión— de «una visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan».

De este modo Chejov nos mantiene alerta ante el misterio de las cosas. ¿Será ese el regalo? Y pienso en las palabras de Virginia Woolf:

He soñado a veces que cuando amanezca el Día del Juicio y los grandes conquistadores, abogados y estadistas se acerquen a recibir su recompensa -sus coronas, sus laureles, sus nombres tallados de manera indeleble en mármol imperecedero- el Todopoderoso se volverá hacia Pedro, no sin cierta envidia, cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: "Mira, esos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Les gustaba leer.

Esta cita me trae a Emily Dickinson; para ella los libros eran «esos amigos cautivadores, las inmortalidades, quizá, que cada uno puede pre-recibir». Después de visitarla, sorprendido, el escritor T.W. Higginson,  en una larga carta dirigida a su mujer, anotó esta frase que le había oído decir a Emily:  

Si leo un libro y se me enfría tanto el cuerpo que ningún fuego puede calentarme, sé que “eso” es poesía. Si tengo la sensación física de que se me vuela la tapa de los sesos sé que “eso” es poesía. Son para mí las únicas maneras de saberlo. ¿Existe alguna otra manera?

Y entonces, en el silencio, escucho este poema de Vasko Popa:

Construcción

El coronel partisano retirado
Se gasta todo su dinero
Y todo su tiempo libre
En libros

Sus coetáneos jubilados
Lo invitan al paseo a una cerveza
Le hacen bromas y preguntas
Para qué tanto conocimiento

El antiguo obrero de la construcción
Se da golpecitos con el índice
En su cana cabeza

No quiero llevar esta olla
Vacía bajo la tierra


El poema está recogido en: VASKO POPA, El cansancio ajeno. Poesía completa. Vaso Roto Ediciones, 2012.

1 comentario:

  1. Un amigo me dijo hace años que las dos palabras que nos conducirán a algo en la vida son: por qué.

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