jueves, 17 de julio de 2014

Sobre dos poemas de Antonio Mochón

Una mañana de finales de 2008 Antonio Mochón, (Armilla, Granada, 1980) me pidió que leyera el poema “Puedo intuir la forma”. Era el primero que escribía después de varios meses dedicado a cuestiones inaplazables: buscar trabajo, estudiar para unas oposiciones, trasladarse a una ciudad distinta donde iba a enfrentarse a una nueva  realidad como profesor de instituto.

Cada libro guarda una historia; la de Carretera blanca comenzó con aquel poema escrito un día de otoño. Para su autor suponía un cambio radical en su poética. Antes había publicado Lugares de tránsito (2005), vertebrado por una imagen: la de una casa cuyas habitaciones se convierten en momentos de la vida, del transitar, porque “en la vida hay sitios que recuerdan / que una vez fuimos otros”.

Esa misma imagen aparecía en Alguien empieza a hablar en una casa (2008), un libro en el que Antonio Mochón mostraba su dominio del verso clásico y su influencia de una parte de la mejor poesía del siglo XX, la de la poesía como conocimiento, como revelación. Pero las formas clásicas imponen sus límites y tras el aprendizaje había llegado la hora de la ruptura.

Hay un momento en nuestras vidas en el que descubrimos que nos acaba de abandonar cierta ingenuidad de la primera juventud y nos damos de bruces con nuestra condición de adultos. Debemos ajustarnos a la imagen que los demás esperan de nosotros, a pesar de que en nuestro interior seguimos siendo los mismos aturdidos adolescentes. “Puedo intuir la forma” trataba de una pérdida; su tristeza, al igual que el agua, parecía gotear en cada verso. Sin embargo, también se abrían nuevos caminos.

Después vinieron otros poemas hasta que Carretera blanca fue convirtiéndose en el libro con el que Antonio Mochón obtuvo el Premio de Poesía Javier Egea 2010. Editado por Pretextos el poemario llevaba unas ilustraciones del pintor Rafael Lucena, amigo y compañero de trabajo que, para sus dibujos, se había basado en estos versos: “Ayer vi un coche/ aparcado. Tenía el capó abierto/ y de él se bajaban mil hormigas/ que arrastraban su tristeza/ como un vestido de novia por la iglesia”. Eran los mismos versos que a mí me habían recordado las palabras de Masha en La gaviota de Chejov: “Arrastro mi vida como si fuera la interminable cola de un vestido. Y a veces me faltan las fuerzas para seguir viviendo. Ya sé que todo eso son tonterías. ¡Cosas que hay que sacudirse y quitarse de encima!”.

Otro de los dibujos de Rafael Lucena, que no apareció en la edición final, representaba la “carretera blanca” que da título a un libro en el que los paisajes sentimentales se objetivan en imágenes concretas, como en el poema “Hiroshige”. Con el tiempo aprendemos que, por encima de la tristeza, nos sobreponemos a las pérdidas y nuevos paisajes se nos ofrecen como una invitación a la vida.


PUEDO INTUIR la forma
de esta mañana
a través del cristal cerrado. El frío
estará resistiendo los primeros
rayos de sol. Un niño pasará
montado en bicicleta,
y volverá a pasar después de un rato
simulando en el ruido de sus ruedas un corazón cansado.
Hoy tampoco habrá pájaros.
Pero habrá agua mezclándose en el agua
dentro del lavadero,
agua que acabará
goteando en el patio
desde la cuerda vieja
donde todos los días
cuelga la ropa para que se seque.
El limonero, abajo, combado por el viento,
extrañamente enfermo cada año,
como todos los días, estará
dando la bienvenida a nuestro mundo.
Pienso en que hemos dejado de querernos.
Pero la forma de esta mañana
sigue siendo la misma.
 
"Carretera blanca". Dibujo de Rafael Lucena

HIROSHIGE

Un cielo del color de la tierra
es todo lo que pido.
Aquel espejo donde ella entraba
volcando hacia los dos lados
un paisaje insensible.
Juntan sus hombros y se ilumina la pantalla.
Shhh. La primera imagen. Algo abstracto, impreciso.
No esperes que esto se convierta en otra cosa.
No esperes pensar con claridad cuando me miras.
Esta luz rojiza en la tormenta, este silencio
que ya no se puede sostener, deberían bastar,
pero ¿y si ya no quedan momentos como éste?
En medio, el escaso terreno fértil,
juncos o nipas cercan la quebradiza
silueta de un árbol solitario.
Otras veces, continúa,
la cosa misma es un obstáculo para desearla.
Eso deben pensar los hombres que vadean
el río en una misteriosa ceremonia
que se repite todos los días.
El deseo es un modo de silencio.
Pero alargar la vida porque sí no es vida.
Tienen sueño y en un momento quedarán dormidos.
Quizás se abracen. De todos modos acabará sucediendo.
Al fondo, una montaña que el atardecer
convierte en caleidoscopio.
Y a sus pies, el poblado. Casas altas
al modo japonés.
Toda una estampa para estos primeros días del otoño.
Tú, yo y un paisaje.

Un mundo de verdad.

2 comentarios:

  1. emilio Calvo de mora18 de julio de 2014, 0:04

    No había leído nada suyo. Tomo buena nota, Carmen.

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    1. Emilio, aquí te dejo dos poemas más que se publicaron en el blog de Yaiza Martínez.

      http://www.tendencias21.net/literaria/Dos-poemas-de-Antonio-Mochon_a149.html

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