jueves, 4 de septiembre de 2014

Highsmith en Berlín: “Tras los pasos de Ripley”


El Berlín Occidental que Patricia Higsmith visitaba a finales de los 70 debía de ser como lo describe Eric Lanz, personaje de Tras los pasos de Ripley: “¡Una ciudad divertidísima! Llena de lugares que no cerraban en toda la noche. Gente de toda clase, individuos, aventureros, de todo. No muchos turistas, sólo los extranjeros más bien estirados que acudían a la ciudad para asistir a alguna conferencia o congreso”. En Berlín recalaban artistas como David Bowie, Lou Reed, Freddy Mercury, Mick Jagger… Cautivada por aquel ambiente, Patricia Highsmith eligió la ciudad como escenario de la cuarta novela de la “Ripliada”, The Boy who Followed Ripley (Tras los pasos de Ripley), publicada en 1980.

Subieron a la torre de Alexanderplatz, orgullo de Berlín
Oriental. Luego se apoderó de ambos el deseo de marcharse.
Highsmith fue presidenta del jurado del Festival de Cine de Berlín de 1978. En una foto de aquellos días aparece feliz y agasajada con un ramo de flores. Solo hacía dos años que Wim Wenders había dirigido la película El amigo americano, basada en la novela El juego de Ripley y la novelista se sentía reconocida en Alemania. Berlín no era la Venecia o la Roma de los años 50, ciudades en las que se desarrollaba parte de la novela El talento de Mr. Ripley. En Berlín todo resultaba nuevo, excitante, divertido; un lugar ideal para que Tom Ripley, el ambiguo asesino literario, decidiera soltarse la melena, al menos por unas horas.

Ripley aparece rodeado de otros personajes dedicados a ciertos negocios turbios: Eric, Peter, Max, Rollo… Todos se mueven con soltura en los ambientes gays o muestran abiertamente su condición de homosexuales. Nada que ver con los sufrimientos de las protagonistas de la novela Carol (1952) a causa del rechazo social por su condición de lesbianas, o con la rabia que Tom Ripley sentía cuando su tía decía de él: “¡Es un mariquita! Un mariquita de arriba abajo! ¡Igual que su padre!”. Patricia Highsmith siempre jugó con la sexualidad de Tom Ripley; casado con una rica heredera, Heloise, él prefería la amistad con hombres, pues con ellos se sentía a gusto. Sin embargo su matrimonio era ideal: Heloise no le reclamaba demasiado sexo, pero cuando hacían el amor resultaba muy satisfactorio.

—Unter den Linden-dijo Tom con acento entristecido.
Sin embargo, el instinto de conservación le impulsó
a buscar algo alegre,
Los tiempos habían cambiado mucho desde que en 1955 Tom Ripley naciera al mundo de los personajes literarios. Tenía solo veinticinco años, y de fondo sonaba la música de jazz. La acción deTras los pasos de Ripley se desarrolla en septiembre de 1978 y en los locales nocturnos suena la estridente música disco; es la época de las largas y voluminosas melenas rizadas y de la estética de cuero. Todo era demasiado loco y divertido en aquellos felices y desmelenados 70 y salir del armario había dejado de ser un problema para convertirse en una opción de vida.

En esa fecha Ripley debería tener cuarenta y ocho años; sin embargo la novelista nos lo presenta como un hombre joven de treinta y cuatro. Por entonces Patricia Highsmith (1921-1995) rondaba los sesenta años y visitaba los locales de moda berlineses acompañada de la actriz alemana de películas lésbicas Tabea Blumenschein (1952), que fue su amante en 1978.                     

En su ensayo Suspense, Patricia Highsmith resumía de este modo la novela:

Narra la historia de un chico (Frank Pierson) que ha cometido parricidio y que busca a Ripley para confesarle lo que ha hecho, con el fin de tratar de vivir, si puede, con una carga de culpabilidad menos pesada. Ripley cree que ha logrado tranquilizar al chico, que tiene dieciséis años, y que le ha ayudado a aceptar el crimen que cometió en un arrebato de ira.

  El único edificio maltrecho y no nuevo hizo que el 
 corazón de Tom le diera un salto,  cosa que le sorprendió. 

   —¡Eso es la Gedachtniskirche! —le dijo Tom a Frank 

casi con orgullo de propietario—.Un hito muy importante. 
Tom y Frank deciden pasar unos días en Berlín. Para crear suspense Highsmith introduce el motivo del secuestro del chico en el inmenso bosque de Grunewald. La prensa había publicado la noticia de que Frank Pierson, heredero de una gran fortuna, se había escapado de su país y se encontraba en algún lugar de Europa, por eso Tom temía un posible secuestro. La millonaria familia prepara el rescate y Tom Ripley será el encargado de pagarlo. En el camino dejará el rastro de un asesinato y una trepidante y divertida escena en la que, vestido de mujer, intentará burlar a los secuestradores. Parece como si Patricia Highsmith hubiera utilizado el recurso de un secuestro chapucero como una excusa para escribir acerca de lo que verdaderamente le importaba: el escenario de la novela, Berlín, y la transformación de Tom Ripley, 

Dos turistas en Berlín

En Berlín, aislada por el muro, tienen prohibido aterrizar las compañías aéreas alemanas. Todos los aviones deben hacer escala en otro aeropuerto de Alemania Occidental para el control de pasaportes. El aeropuerto de Berlín-Tegel tenía algo especial, “parecía un aeropuerto a escala humana”.

Los cocodrilos en su recinto acristalado y dotado de calefacción,
sobre el que había un puente para peatones, presentaban
algunas heridas que sangraban un poco y que sin duda
les habían infligido sus congéneres
Con la ayuda de las anotaciones de sus propios viajes Patricia Highsmith va creando un mapa de Berlín. Son lugares reales, como el hotel Franke, de mediana categoría, cerca de la Kurfürstendamm. Tom y Frank se quedan allí pues Ripley teme que alguien los reconozca si se alojan en el lujoso Palace. Desde el taxi que los conduce al hotel los viajeros contemplan una ciudad en la que todo tiene aspecto de nuevo. Gran parte de aquella zona fue arrasada en la guerra y, como un símbolo, permanece sin restaurar la Gedachtniskirche. El joven Frank mira “embelesado, casi como si estuviera en Venecia, y a su modo Berlín era igual de singular”. Para Ripley, lo verdaderamente auténtico no son los escaparates de cromo y cristal de la gran avenida: “Kreuzberg, el viejo barrio arrabalero de Berlín, lleno ahora de obreros turcos, tenía más personalidad”.

Como un turista cualquiera, en los desayunos, Tom plantea recorridos: Charlottenburg con los museos y el parque zoológico, el Tiergarten... Otro día visitarán Kreuzberg, y tomarán una salchicha y cerveza en un puesto callejero, junto a un turco “desnudo de cintura para arriba, el abdomen peludo y abultado colgando sobre unos pantaloncitos verdes”. Frank se queda mirando al turco y acaba diciéndole a Tom: “Creo que Berlín es muy grande. Nada apretado”.

Pero Berlín Occidental tiene sus zonas oscuras. La  Bahnhof (estación de ferrocarril) cercana al zoo se ha convertido en “lugar de reunión de putas, peristas, maricas, macarras, drogadictos y Dios sabe qué más”. Tom vuelve a Kreuzberg con Eric para visitar a Haki, un turco que actuaba como intermediario en la tramitación de permisos de residencia en el Berlín Occidental para paquistaníes e hindúes. Haki colabora con Eric, según palabras de este, en asuntos “más importantes que sus apestosos inmigrantes”, como el tráfico de drogas o de objetos robados. Highsmith pinta una escena desoladora. La casa huele a un guiso apestoso que cocina la abuela y en la puerta dos niños piden dinero a los visitantes. La niña, rubia, se dedica a la prostitución. La mujer de Haki era una prostituta drogadicta de Berlín Oriental que los soldados americanos introdujeron ilegalmente.

Berlín Oriental y el muro

Tom y Frank esperaron en una sala junto con unos 
cincuenta turistas y berlineses occidentales,
 muchos de ellos cargados con bolsas, cestas de fruta, 
latas de jamón y unas cajas que parecían de tiendas
 de ropa de confección. La mayoría eran personas 
de cierta edad que probablemente 
visitaban por enésima vez a sus hermanos 
y primos separados por el Muro desde 1961
Frank, que viaja con pasaporte falso, desea “echar un vistazo al Berlín Oriental” y Ripley no ve peligro en ello: “Les interesa más despojar a los visitantes de unos cuantos marcos que saber quiénes son...”. Tom comenta con su discípulo un artículo sobre “la ocupación militar o control” de la ciudad por parte de tropas inglesas, francesas y americanas: “Berlín era artificial, algo especial, ni siquiera parte de la Alemania Occidental, y puede que ni tan sólo desease serlo, toda vez que los berlineses siempre se habían enorgullecido de ser berlineses”.

En el tren urbano S-Bahn llegan a la Friedrichstrasse, estación terminal de Berlín Oeste. Los viajeros que querían pasar al Este debían dirigirse a un pabellón acristalado para pasar el control. Highsmith describe el ambiente del conocido como “Tränenpalas” (el Palacio de las lágrimas), lleno de turistas y jubilados con los paquetes para sus familiares del Este. Al salir de allí, “al fin libres” estaba el muro gris y con tres metros de altura, rematado con alambrada de púas.

Ahora estaban «libres». Tom sonrió al pensar en ello, 
y echaron a andar por la Friedrichstrasse, 
que continuaba más allá del Muro
Tom y Frank caminan por la Friedrichstrasse y por Unter den Linden, comen en un restaurante y toman café en la torre de la Alexanderplatz. Pero todo les parece triste, la gente va mal vestida y Tom se siente deprimido. Le explica a Frank que no todos los que viven en Berlín Este son comunistas, pero no pueden irse a vivir a la Alemania Occidental si lo desean.

A los dos les parece que Alemania es maravillosa y que la gente parece más amistosa. Sin embargo, Tom piensa que Berlín es un lugar raro para decir aquello. Al otro lado del muro, en el Berlín Este, había zonas con soldados haciendo guardia, perros, una franja de campos minados de cincuenta metros de ancho: “Y más allá, una trinchera antivehículos de casi tres metros de profundidad y, sin embargo, más allá de la trinchera, una franja de tierra arada de tal modo que se vieran las pisadas”. Cuando visitan a las afueras el Glienicker-Brücke, el puente donde se intercambiaban espías, Tom le traduce a Frank una inscripción:

Los que dieron a este puente el nombre de Puente de la Unidad construyeron también el Muro, colocaron alambre de púas, crearon franjas de muerte y de esta manera obstaculizan la unidad.

Los locales nocturnos

West Side Gallery
Tom y Frank visitan la primera noche el famoso local de Romy Haag, un bar-discoteca “un tanto pensado para los turistas”, en el que a última hora había un espectáculo de travestis.  La artista transexual Romy Haag mantenía en esa época una relación con David Bowie. De regreso al hotel los viajeros se cruzan con una pareja disfrazada de arlequín y naipe ambulante que vendrían o irían a una fiesta:

Tom ya había observado antes que en Berlín a la gente le gustaba cambiar de indumentaria y pasar de un extremo a otro, incluso disfrazarse—.(…) La ciudad de Berlín era estrafalaria, artificial, al menos en su estatuto político, y quizás sus habitantes a veces trataban de superarla con su forma de vestir y comportarse. Era también, para los berlineses, una forma de decir «¡Existimos!». Pero Tom no estaba de humor para poner sus pensamientos en orden. Se limitó a decir—: ¡Y pensar que la rodean esos pesados de los rusos sin una pizca de sentido del humor!

La siguiente noche acuden a The Glad Hand, un local con atronadora música discotequera, abarrotado de travestis y “de hombres y jovenzuelos que se hablaban a grito pelado”. Tom se da cuenta, “casi avergonzado”, que parecía demasiado normal y que si no lo expulsaban de allí era porque llevaba a Frank con él: “Esto le llevó a un pensamiento más feliz: era objeto de envidia por ir acompañado de un chico guapo de dieciséis años”. Otro día Tom visita con Eric otra discoteca de hombres “mucho más «chic", Der Hump, con “una escalera acristalada que subía a los lavabos y donde los clientes se encontraban de pie estableciendo contactos, o tratando de establecerlos, con otros clientes que se hallaban debajo”.

El Oberbaumbrücke era en 1978 un paso fronterizo peatonal
El osito de Berlín

Tom Ripley y el joven Frank encarnan el tópico del puer senex, con el añadido de bastantes dosis de ambigüedad. Ripley se cuestiona si no se habrá encariñado demasiado con ese chico que lo idolatra. Disfruta transmitiéndole conocimientos y experiencia de la vida. El ha conseguido vivir y olvidarse de la culpa y Frank debe aprender esta lección. Antes de iniciar el viaje habían visitado la exposición «París-Berlín», en el  Centro Pompidou. Tom le comenta a Frank algunos cuadros como “El  becerro de oro” de Emil Nolde. Las preguntas y el interés de Frank generan en Ripley una emoción nueva:
 
Tom experimentó la curiosa sensación de haber sido conquistado, y eso no le gustó. ¿Cuál era la causa? Estaba seguro de que era algo ajeno a los cuadros. Tendría que librarse del muchacho. La situación se estaba volviendo un poco afectuosa, emocional, peor.

Cuando visitan Kreuzberg el chico le dice a Tom que nunca olvidará ese día, “mi último día con usted”. “Las palabras de un amante”, piensa Tom. Un osito, símbolo de Berlín, que Frank había ganado en un tiro al blanco, se convertirá a lo largo del libro en un símbolo de esa relación entre los dos viajeros. Tom nunca abandonará a aquel oso de juguete.

La transformación

La Potsdamer Plazt que Ripley hubiera visto en los
 años 70 era un lugar desolado, un erial dividido por el muro
Para rescatar a Frank Tom decide transformarse en mujer y citar a los secuestradores en Der Hump. Max le proporciona un vestido largo, holgado, “rosa, blanco y transparente, con una triple hilera de volantes fruncidos en el borde”, una peluca rojiza con “cascadas de rizos”, unos zapatos de tacón y un bolso. Luego Max, que también trabaja como maquillador, se empleará a fondo en el rostro de Ripley. Le maquilla los labios y remata su obra con un lunar en la mejilla.

Tom, que siempre ha sentido “el gusto del disfraz y la careta” como escribía Baudelaire, parece encontrarse “en un mundo de fantasía”. Pero, cuando tenga que moverse y actuar, su disfraz de mujer le hará sentirse “estúpido y vulnerable”. De ese modo se presenta en la discoteca. Suena una estridente música, huele a marihuana y “en la pista de baile, hombres y chicos” se retuercen y saltan “al compás de un rock ensordecedor, martilleante”. Tom imita los movimientos de una mujer: pestañea, extrae lentamente un cigarrillo de su bolso... Después Rolo, la pareja de Max, le pide que baile:

Al cabo de unos segundos, Tom tuvo que quitarse los zapatos de tacón alto. Rolo se hizo cargo de ellos galantemente y empezó a golpearlos por encima de su cabeza como si fueran castañuelas. Faldas girando como remolinos, todo el mundo riéndose, aunque no de ellos, ya que, de hecho, nadie prestaba la menor atención a Tom y Rolo. El contacto de la pista bajo los pies desnudos era agradable. De vez en cuando, Tom apoyaba una mano encima de la peluca para enderezársela y una vez fue Rolo quien se encargó de ello. (...). ¡No era raro que a los berlineses les gustase disfrazarse! Uno podía sentirse libre y en cierto sentido como uno mismo al ir disfrazado.
La nueva Potsdamer Plazt. El recuerdo
de la línea del muro en el asfalto

Una banda sonora: Lou Reed

Patricia Highsmith convierte el disco Transformer (1972) de Lou Reed en la banda sonora de Tras los pasos de Ripley. A la escritora le encantaba la canción Make Up, con su aire de música de cabaret. Transformer acompaña a los protagonistas desde Europa a Estados Unidos. Es el disco preferido de Frank Pierson, el guapo joven que no es consciente de su belleza.

Para Ripley las canciones de Transformer actúan como un elemento evocador. Mientras maquilla a Tom, Max canta Make Up imitando a Lou Reed: “Carmín y colorete, incienso y hielo…”, y Tom se acuerda de Heloise –ella suele poner a menudo el disco– y de su tranquila vida hogareña. Pero Transformer quedará unido para siempre con el recuerdo del hermoso Frank.

Tras los pasos de Ripley recibió en su día críticas positivas y negativas. Algunos consideraban que a la narración le faltaba suspense. Highsmith deja cabos sueltos en esta novela, que no alcanza la intensidad de El juego de Ripley, la mejor de la Ripliada. Pero Tras los pasos de Ripley tiene el encanto de reflejar aquel Berlín de los años 70, visto con los ojos de un turista, y de mostrarnos a un Ripley más amable, capaz de sentir un verdadero afecto.

Un negocio redondo
No sabemos qué pensaría la escritora al contemplar la multitud de turistas que hoy en día invade Berlín, o cómo reaccionaría Tom Ripley al pasear libremente desde el Tiergarten hasta Unter der Linden. Probablemente Ripley visitaría los restos del muro convertido en la West Side Gallery y, en las tiendas de souvenirs cercanas a la Puerta de Brandeburgo o a la réplica del Chekpoint Charlie, se sorprendería al descubrir en los anaqueles trocitos de muro con certificado de autenticidad. Un negocio redondo, pensaría. Y quizás, ante la vista de los nuevos edificios levantados en lo que hasta 1990 era una desolada Potsdamer Platz, se diría con asombro: “Todo parece tan nuevo ahora…”.






2 comentarios:

  1. Grandísimo post, un lujo revisitar Berlín con esta literatura, debería haberme leído el libro cuando la visité, lo haré cuando la revisite...Gracias por enseñame...

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    1. Muchas gracias a ti por tu lectura y tus palabras, Eduardo

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