domingo, 5 de octubre de 2014

"Mi séquito silencioso", de Charles Simic

El tiempo es el gran maestro de ceremonias de Mi séquito silencioso; alrededor de él giran imágenes y fantasmas, escenas y reflexiones. “El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo”, escribe Charles Simic (Belgrado, 1938) en sus memorias Una mosca en la sopa. El poeta se convierte a veces en “ese maldito necio que enfoca una linterna / sin apenas batería hacia el pasado”. Después, el tono de voz y los detalles conformarán un estilo poético inconfundible.

Vaso Roto Ediciones ha publicado en 2014 Mi séquito silencioso, traducido por Antonio Albors. El original –My Noiseless Entourage– apareció en Estados Unidos en 2005 y supuso un hito más en la larga trayectoria poética de Charles Simic.

El libro está dividido en cuatro secciones. La primera de ellas se inicia con “Descripción de algo perdido”, el poema encargado de dar un cierto aire melancólico: “Los años pasaron en sucesión/ de estaciones sin nombre”. El objeto que se va perdiendo es la vida: “Hasta que alguien me dijo ¡eso es todo!”. Pero se trata de un tono elegíaco tamizado por la ironía, el distanciamiento y una aparente frialdad. El tiempo y la muerte –esas “ambigüedades”– son también los protagonistas del hermoso poema “Dibujando sombras”.

El poeta parece verse desde fuera, como si él mismo formara parte de una fotografía o una película, la de la propia vida. Así lo contemplamos en “Autorretrato en la cama” o en el poema “A los sueños”:  

Aún vivo en todas las viejas direcciones,
llevo gafas oscuras, incluso en el interior,
donde las confidencias comparten mi cama
con los fantasmas, entrando en la cocina
a medianoche para comprobar el grifo.

Todo se acaba perdiendo, nos recuerda el héroe “siempre lleno de extravagante ilusión”. En “Los jugadores del piso de arriba” hace acto de presencia el insomnio, ese inseparable compañero de Charles Simic desde su adolescencia.

La vida es cuestión de suerte: “¿Es Dios o el diablo el que tira?”. También es azarosa la creación poética. Simic escribe en Una mosca en la sopa: “Todas las artes tienen que ver con el callejón sin salida en el que nos encontramos. (…). Todo poema es un acto de desesperación o, si lo prefieren, una tirada de dados”.

Pero cada vida está enmarcada en el transcurrir de la Historia. El individuo se halla sometido a instancias superiores contra las que nada puede hacer. La trayectoria vital de Simic, como la de muchos de su generación, le obligó a permanecer alerta. Padeció los bombardeos de Belgrado durante la Segunda Guerra Mundial, vivió la escasez de la posguerra y supo lo que era sentirse un apátrida pobre y sospechoso en el París de los años 50.

La llegada a los Estados Unidos en 1954 le permitió descubrir el sueño americano con sus luces deslumbrantes y sus sombras. El poema “Alarma” es una metáfora de la inseguridad y la inquietud que nos sobrecogen. En el camino nos acompaña nuestro “séquito silencioso”; son nuestros fantasmas y recuerdos, y estaríamos demasiado solos sin ellos: “Fue desconcertante, incluso aterrador,/ enfrentarme a mi propia soledad”.

Pasa el tiempo y las etapas de nuestra existencia se parecen a ese “gran surtido de vidas antiguas” del poema “Tienda de ropa usada”; y una ponchera de plata, un objeto inútil, permanece frente a un paisaje en ruinas: “Muchos pobres infelices no dejaron rastro /de haber vivido aquí alguna vez”.

     Autostopistas
                  sobre una foto de Walker Evans de los años treinta

     Tiempos duros les empujaron pronto
     a este lúgubre trozo de carretera
     llevando una maleta y un colchón enrollado
     con una sartén atada, del tipo que usarías
     sobre un fuego de campamento
     cuando usas por almohada un tronco con musgo.

     Ël tiene esperanza y ella vergüenza
     de pedirle a un extraño que les lleve
     lejos de aquí en una nube en la que vuelan
     polvo y grava, a través de los árboles sin hojas
     con sus pequeñas, enredadas y afiladas ramitas.
     Un hombre y una mujer esperando un paseo


     Ella trabajará como criada o camarera,
     él servirá gasolina o robará bancos.
     Se comprarán un coche tan grande
     como uno fúnebre para escapar rápido,
     y no se olvidarán de parar por ti, caballero,
     si a ti mismo te llega la mala suerte.

En el poema “Viaje a Citera”, la  isla que simboliza el erotismo y el amor carnal deja de ser el marco de la escena galante de Watteau, o de la alegoría de Baudelaire, y se convierte en la escena de un robo, con un toque de humor negro.

Los lugares del tiempo predominan en la segunda parte del poemario, como la librería de viejo atestada de libros en los que sus antiguos dueños han dejado sus huellas. La fotografía de unos autostopistas, de Walker Evans, bajo un fondo de música country, nos lleva a imaginar la historia de sus vidas; y a pesar de todo, en medio de desesperanza, permanece la fe en el ser humano.

El tiempo se cobija en los cementerios o en el misterio de la naturaleza (“El mundo que fluye sobre lo inútil”), mientras seguimos siempre adelante como la estatua de “Batalla en gris”:

Otro día de labios apretados en nuestro
camino. Igual que un soldado gris
del monumento a la Guerra Civil que                                                                    avanza
despreocupado por un estrecho camino en                                                      el campo.

Simic nos ofrece además su particular bestiario, en ese afán de la poesía de querer abarcarlo todo: pájaros, gatos, orugas, arañas, cucarachas, y el grillo como metáfora del insomnio. La poesía intenta recomponer ese mundo caótico que no descansa nunca:

Conversación en la radio

“Tuve suerte de llevar la Biblia conmigo.
Cuando los extraterrestres me raptaron…”

¡América! le grité a la radio,
¡incluso a las 2 de la madrugada eres un manicomio!

¡No, rectifico!
Eres un ángel de piedra en el cementerio

escuchando a los gansos en el cielo
con tus ojos cegados por la nieve.

La tercera parte de Mi séquito silencioso se abre con “Mi hora de confesar”, una peculiar reflexión sobre la creación poética: “Un perro intentando escribir un poema sobre por qué ladra,/ ¡eso soy yo, querido lector!”. “Mi dueño es invisible y todopoderoso”, leemos en otro verso del poema en el que el perro acaba “gruñéndole, también, a algo de ahí fuera / que no sería capaz de nombrar”.

En los poemas-escena de esta sección se dibujan, con breves pinceladas, granjas silenciosas pobladas de animales y objetos, como los palillos de dientes en “Veo muchos palos en el suelo”. En esas instantáneas parece como si el tiempo se hubiera detenido.

Todos habían perdido la noción del tiempo

La gran puerta abierta de una iglesia.
El coche fúnebre con una rueda pinchada.
La abuela en la acera, apoyándose
en un bastón de caña y ahuecando la oreja.

La huésped que nadie ha visto,
llenando su bañera en el piso de arriba.
El niño que subió al tejado
para hacer compañía a las nubes.

Un viejo llevando una silla
y una cuerda hasta el patio de atrás
como si fuera a ahorcarse con ella
para luego sentarse y perder la noción del tiempo.

El poeta dirige sus palabras al destino, imprevisible y amenazante, que decide entre la buena y la mala suerte, entre el equilibrio y el caos: “Siempre fuiste para mí más real que Dios./  Montando el atrezo de una tragedia…”.


“Dios es el público ideal, sobre todo si no puedes dormir o si te encuentras en un agujero en el Amazonas. Si falta, peor todavía”, leemos en las memorias de Charles Simic. Ese gran destinatario de la poesía se ve superado por el destino: “Ahí fuera el mundo es un enigma/ que ni siquiera tú puedes resolver”. Dios es “el propietario ausente” que nos ha dejado solos ante el dolor y el misterio. La poesía, cuya esencia es “decir lo indecible”, continuará preguntándose por lo inexplicable, aunque nunca pueda obtener respuesta. 


Publicado en Tendencias21

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