lunes, 3 de noviembre de 2014

CeroCeroCero y los libros que golpean como un hacha

¿Qué se arriesga al leer? Muchísimo. Abrir un libro, hojear páginas, es peligroso. Una vez abiertas las páginas de Émile Zola o de Varlam Shalámov no se puede volver atrás. Lo creo profundamente. Pero el riesgo de conocer esas historias a menudo es ignorado por el propio lector. No se da cuenta de ello. Si yo pudiera cuantificar realmente el daño que causan a los poderes los ojos que conocen, las personas que quieren saber, intentaría dibujar un diagrama. Detenciones, cárceles y tribunales valen la mitad de la mitad en comparación con el peligro que puede generar conocer los mecanismos, los hechos, sentir esas historias como propias, cercanas.

                                          Roberto Saviano, CeroCeroCero


En una carta de 1904, dirigida a su amigo Oskar Pollak el joven Kafka escribía:

Pienso que solo deberíamos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en la cara, ¿para qué leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices en tu carta? Por Dios, podríamos ser igual de felices sin libros, y si nos hicieran falta libros para ser felices, podríamos escribirlos nosotros mismos, llegado el caso. (…); un libro tiene que ser un hacha que abra un agujero en el mar helado de nuestro interior.

Gomorra y CeroCeroCero de Roberto Saviano pertenecen a la categoría de “libros que golpean como un hacha”. La herida que dejan permanece tras leerlos y duele. Pero es una herida necesaria si queremos mirar de frente el tiempo en que vivimos, si buscamos comprender, al menos en la superficie, los mecanismos que rigen nuestro mundo.

Roberto Saviano nació en Nápoles en 1979. Solo tenía veintisiete años cuando en 2006 publicó Gomorra: un viaje al imperio económico y al sueño de poder de la camorra, un libro intenso, por su contenido y por su poderoso estilo literario. Saviano posee ese don único de saber narrar, de atrapar al lector con unas historias que se quedan grabadas para siempre. Las primeras páginas de Gomorra nos trasladaban hasta puerto de Nápoles. Caminábamos entre los inabarcables contenedores, sentíamos el vértigo del comercio global, los flujos económicos, las leyes del mercado. Todo pasa por allí, como los cadáveres congelados de unos chinos que se precipitan al vacío. Habían pagado un seguro para ser enterrados en su tierra.

La Camorra es un imperio económico que se extiende desde la industria textil hasta el cemento: “El poder de los clanes seguía siendo el poder del cemento. En sus actividades de construcción yo había sentido físicamente, visceralmente, toda su potencia”, escribe Saviano. Todo vale para conseguir beneficio económico y poder. Da igual sumir a un territorio en la pobreza, en la falta de expectativas. No se vive para el futuro, lo que importa es el presente. Por ello, tras describir la violencia, el comercio de la droga, las extorsiones y la corrupción, Saviano acababa su libro con “Tierra de fuegos”, el capítulo dedicado a los vertederos ilegales:

Los vertederos eran el emblema más concreto de todo ciclo económico. Amontonan todo lo que ha sido, son la verdadera estela del consumo, algo más que la huella que todo producto deja en la corteza terrestre. El sur de Italia es la terminal de todos los residuos tóxicos, los restos inútiles, la escoria de la producción.
(…)
Los boss no han tenido el menor escrúpulo en recubrir de veneno sus propios pueblos, dejando pudrirse las tierras que rodeaban sus propias villas y sus propios dominios. La vida de un boss es breve; el poder de un clan, entre guerras internas, arrestos, matanzas y cadenas perpetuas, no puede durar mucho. Ahogar en residuos tóxicos un territorio, rodear los propios pueblos de montañas de veneno puede resultar un problema solo para quien posee una dimensión de poder a largo plazo y dotada de una responsabilidad social. En la inmediatez del negocio, en cambio, no hay más que un elevado margen de beneficios y la ausencia de cualquier contraindicación.

Todo transcurre a una velocidad vertiginosa, las noticias se sepultan unas a otras y vamos olvidando. Solo hay que esperar, dejar que pase el tiempo. Pero cuando un libro da unidad a lo disperso, buscando una respuesta y un sentido, las piezas del rompecabezas encajan de tal forma que no se pueden separar, que no se pueden borrar de la memoria. La palabra se convierte en un arma, la más legítima para defender la dignidad humana y la vida. De este modo quiso luchar el sacerdote Don Peppino Diana, asesinado por la Camorra. “Yo sé, y tengo las pruebas” –escribe Saviano, recordando a Pasolini–. “Yo sé dónde se originan las economías y de dónde toman su olor. El olor de la afirmación y de la victoria. Yo sé qué exuda el beneficio. Yo sé”.

Roberto Saviano, nacido en tierras de la Camorra, desentrañaba el poder económico de los clanes, la crueldad “ligada a los negocios, donde nada tiene valor si no genera poder; donde todo tiene el sabor de una batalla final”.

La Camorra no teme que se escriban libros sobre ella. Teme que se lean esos libros, y Gomorra se convirtió enseguida best seller que influyó sobre una sociedad que reclamaba que la justicia actuase de manera más eficiente, que se aceleraran las investigaciones, que se desenmascarara a los políticos corruptos, marionetas bajo el poder de los clanes. Saviano fue condenado a muerte por la mafia napolitana, y desde entonces vive bajo protección policial.

El tráfico de drogas, de cocaína, es la actividad económica más rentable para las mafias. En CeroCeroCero. Cómo la cocaína gobierna el mundo, Roberto Saviano nos proporciona una visión global de uno de los ejes de la economía. Con la coca se pueden obtener beneficios gigantescos:

No hay mercado en el mundo que rinda más que el de la cocaína. No hay inversión financiera en el mundo que rente como invertir en cocaína. Ni siquiera las subidas de acciones récord pueden compararse con los «intereses» que da la coca. (…) Si hubieras invertido 1.000 euros en acciones de Apple a principios de 2012, ahora tendrías 1.670. No está mal. Pero si hubieras invertido 1.000 euros en coca a principios de 2012, ahora tendrías 182.000: ¡cien veces más que invirtiendo en el título bursátil récord del año!

El título "CeroCeroCero" proviene de la expresión que se utiliza para nombrar la coca de más alta calidad. La cocaína dejó de ser a principios de los años ochenta del siglo pasado una droga elitista. Su consumo, aunque caro, se popularizó;  era la droga “buena”, frente a la marginal heroína:  

Dopamina y noradrenalina son los nombres de los neurotransmisores a los que la coca ama con locura y de los que no querría separarse nunca. El primero es el que te permite ser el centro de la fiesta, porque ahora todo es más fácil. Es más fácil hablar, es más fácil ligar, es más fácil ser simpático, es más fácil sentirse apreciado. El segundo, la noradrenalina, (…) Aumenta el estado de vigilancia y alerta, a tu alrededor el entorno se llena de peligros y amenazas, se vuelve hostil, siempre esperas sufrir un daño o un ataque. (…) La cocaína es la gasolina de los cuerpos. Es la vida elevada al cubo. Antes de consumirte, de destruirte.

Roverto Saviano analiza la industria de la coca, su poder económico que se extiende como un gran árbol por todo el mundo. Narra episodios a través de los cuales asistimos al traspaso del poder empresarial, en un principio en manos de los productores, Colombia, y después la de los distribuidores, México, la tierra que la coca debía atravesar para llevar a Estados Unidos.

Las reglas del mercado han llenado de violencia a Mexico, –pues el comercio de cocaína no solo genera dinero sino crueldad–; las instituciones han quedado debilitadas y se han desatado guerras entre cárteles y de estos contra el Estado, con secuestros, torturas y asesinatos brutales.

Saviano disecciona las conexiones entre Colombia y la mafia calabresa, la Ndrangheta, así como el papel de la mafia rusa y las relaciones de la coca con organizaciones terroristas que utilizan el tráfico de droga para financiarse. Y nos recuerda también que España continúa siendo el “punto de entrada por excelencia” de la cocaína en Europa y que no debemos olvidar que, alrededor de 1999 nuestro país, que estaba “en pleno boom inmobiliario, era el lugar ideal donde los narcotraficantes de todo el mundo podían reunirse y comprar, comprar, comprar ladrillo y toneladas de coca”.

La coca genera dinero que no se cuenta, se pesa. Con él se compra a políticos y funcionarios; con él se construyen urbanizaciones, se abren y cierran negocios. Es dinero que hay que lavar y este lavado genera otro entramado económico al que no han sido ajenos algunos bancos. Pero no se dispone de instrumentos suficientes para atacar el dinero sucio. Tampoco existe demasiado interés. Al fin y al cabo es dinero, y eleva la cifra del producto interior bruto.  

“Ahora sé que tengo la misma obsesión que Ahab. Mi ballena blanca es la coca. También ella es inaprensible y también ella surca todos los océanos”, escribe Roberto Sabiano. Porque en CeroCeroCero su autor se cuestiona si ha merecido la pena todos estos años de huída y reclusión, Quería narrar, entender lo que sucedía. Podía haber elegido “la vida del arte”. Pero aunque “nunca merece la pena renunciar a cualquier camino que lleve a la felicidad”, por muy pequeña que sea, ya no es posible regresar al punto de partida:

He contemplado el abismo y me he convertido en un monstruo. No podía ser de otro modo. Con una mano rozas el origen de la violencia, con la otra acaricias las raíces de la crueldad. Con un ojo observas los cimientos de los edificios, con un oído auscultas el latido de los flujos financieros. (…)

Saviano reivindica el poder de la escritura, del estudio y la lectura para cambiar el mundo. La lectura no es un acto pasivo, es un acto peligroso “porque da forma y dimensión a las palabras, las encarna y las dispersa en todas direcciones”:

Conocer el narcotráfico, conocer el vínculo entre la racionalidad del mal y la del dinero, desgarrar el velo que embota la supuesta conciencia del mundo. Conocer es empezar a cambiar. A quien no desperdicia estas historias, no las olvida, las siente como propias, a esas personas va mi respeto. Quien siente sobre sí las palabras, quien se las graba en la piel, quien se construye un nuevo vocabulario, está cambiando el curso del mundo porque ha entendido cómo estar en él. Es como romper las cadenas. Las palabras son acción, son tejido conectivo. Sólo quien conoce estas historias puede defenderse de ellas. Sólo quien se las cuenta a su hijo, a su amigo, a su marido, sólo quien las lleva a los lugares públicos, a las tertulias, a las aulas, está articulando una posibilidad de resistencia. Para quien está solo sobre el abismo es como estar en una jaula, pero si son muchos quienes deciden afrontar el abismo, entonces los barrotes de esa celda se derriten. Y una celda sin barrotes ya no es una celda.  

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