domingo, 14 de diciembre de 2014

Octavio Paz, "Obra poética"

Para Octavio Paz la poesía es conocimiento y revelación, y el poema una “vía de acceso al tiempo puro, inmersión en las aguas originales de la existencia". "La poesía no es nada sino tiempo, ritmo perpetuamente creador”, escribía en su ensayo El arco y la lira.

La edición Obra poética (1935-1998) (Galaxia Gutenberg, 2014) conmemora el centenario de Octavio Paz (México 1914-1998). Su lectura es un camino que hay que recorrer despacio. El mapa que dibujaremos al final no será una línea recta sino un círculo en cuyo centro confluyen estratos de varias épocas, imágenes de una biografía escrita por el tiempo y la memoria. Octavio Paz, en el prólogo, se cuestiona la existencia de distintas etapas en una obra:

¿Hay ciclos realmente? ¿No estamos condenados a escribir siempre el mismo poema? Una obra, si lo es de veras, no es sino la terca reiteración de dos o tres obsesiones. Cada cambio es un intento por decir aquello que no pudimos decir antes; un puente secreto une los torpes y ardientes balbuceos de la adolescencia a los titubeos de la vejez.

“Al releerme converso con muchos desconocidos y en todos ellos me reconozco”, escribe el poeta, para quien “cada poema es el borrador de otro que nunca escribiremos”. Al final son los lectores los que deciden qué poemas resistirán el paso de los años.

Octavio Paz se ocupó de la edición de sus obras completas, en ocho tomos. Fijó sus textos poéticos y recuperó algunos poemas anteriores al que él consideraba su primer libro Libertad bajo palabra (1949). Eran poemas de juventud como Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón, de 1937; sin embargo decidió incluirlo “por el doble testimonio de una convicción y una amistad. La convicción se llamó España –la leal, la popular–; la amistad se llamó José Boch”.  

Nuestra ración de tiempo y paraíso

El recuerdo de su estancia en España, en 1937, junto con su primera mujer, la escritora Elena Garro, quedará reflejado en estos versos de Piedra de sol (1957):  

Madrid, 1937,
en la Plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes escupidas
y el huracán de los motores, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos.

El amor, como la poesía, nos libera por un instante de la opresión del tiempo, nos devuelve nuestra porción de eternidad: “El amor nos suspende, nos arranca de nosotros mismos y nos arroja a lo extraño por excelencia: otro cuerpo, otros ojos, otro ser”, leemos en El arco y la lira. Porque la poesía es “búsqueda de los otros, descubrimiento de la otredad”.

Años después en el poema Carta de creencia (cantata) del libro Árbol adentro (1976-1988), Octavio Paz escribiría:
                               
                                                  Amar:
abrir la puerta prohibida,
                                             pasaje
que nos lleva al otro lado del tiempo.
Instante:
               reverso de la muerte,
nuestra frágil eternidad.

El amor es una “isla sin horas,/ isla rodeada de tiempo”, “reconciliación con el Gran todo / y con los otros”, “volver al día del comienzo. Al día de hoy” porque “tal vez amar es aprender/ a caminar por este mundo”.

La búsqueda de la otredad

Si la poesía es revelación, “¿qué es lo que nos revela la poesía?”, se pregunta el poeta en El arco y la lira. La respuesta a esa pregunta se convierte en un tema constante en la obra de Octavio Paz: “La revelación es creación. El lenguaje poético revela la condición paradójica del hombre, su otredad". “El poema nos hace recordar lo que hemos olvidado: lo que somos realmente”. Pero ese instante en el que regresamos a nuestro verdadero ser nos produce una sensación de extrañeza, de caída en el vacío.

“En cada espejo yace un doble, / un adversario que nos refleja y nos abisma”, leemos en Repaso nocturno (1950). Dos años después en Tokio, Octavio Paz escribe en el poema ¿No hay salida?:

este instante soy yo, salí de pronto de mí mismo, no tengo nombre ni rostro,
yo está aquí, echado a mis pies, mirándome mirándose mirarme mirado

Mutra gira también en torno a la búsqueda del otro. En este gran poema cuyos versos se extienden y fluyen como un río, aparece la imagen de Heráclito con la que Octavio Paz titulará su ensayo sobre la poesía: “el universo como una lira y un arco”.

Filosofía y poesía

Para Octavio Paz la poesía y la filosofía van unidas: “Poesía y pensamiento forman, para mí, un invisible pero muy real sistema de vasos comunicantes”, escribe en unas aclaraciones sobre la génesis del poema El mismo tiempo, recogido en el libro Días hábiles (1958-1961).

 “¿Con quién hablamos al hablar a solas?” se pregunta Octavio Paz en El mismo tiempo:

Conmigo no empezó el mundo
no ha de acabar conmigo
                                             Soy
un latido en el río de latidos

El sentido de nuestra breve existencia y nuestra necesidad de trascender es uno de los temas esenciales en la poesía de Octavio Paz. En Árbol adentro el poeta es consciente de que el momento final está cada día más cerca. Así en el poema Pequeña variación escribe:

No soy el primer hombre
–me digo, a lo Epicteto–
que va a morir sobre la tierra.
Y el mundo se desploma por mi sangre
al tiempo que lo digo.

El poema Ejercicio preparatorio va precedido de una famosa cita de Montaigne: La préméditation de la mort est préméditation de la liberté. Qui a appris à mourir, il a désappris à servir (La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. El que aprende a morir aprende a no servir). Montaigne, Horacio y Cervantes acompañan al poeta en esta meditación sobre la muerte: “No he sido son Quijote (…)/ pero quiero/ como él, morir con los ojos abiertos”:

                                                        Morir
sabiendo que morir es regresar
adonde no sabemos,
                                     adonde,
sin esperanza lo esperamos.
                                    Morir
reconciliado con los tres tiempos
y las cinco direcciones,
                                     el alma
–o lo que así llamamos–
vuelta una transparencia.
                                               
Todo poema es tiempo y arde

Como explica Octavio Paz en las notas, excepto Cuento de dos jardines todos los poemas de Ladera Este (1962-1968), Hacia el comienzo (1964-1968) y Blanco (1966) fueron compuestos en la India, Afganistán y Ceilán. Su trabajo como diplomático lo había llevado por distintos países. En los años 60, su estancia en la India como embajador está unida a un enriquecimiento poético y personal; coincide además con la época en la que conoce a Marie José Tramini, su segunda mujer.

Los viajes, los lugares que visita, la mezcla de sensaciones, arquitecturas, culturas y paisajes quedarán reflejados en su poesía. “Todo poema es tiempo y arde” escribe en Tumba de Amir Khusrú. Son también poemas de celebración, de estar aquí en el tiempo como en Perpetua encarnada:

Estoy atado al tiempo
                                    prendido prendado
estoy enamorado de este mundo
ando a tientas en mí mismo extraviado

En el poema Cuento de dos jardines, escrito en una travesía marítima entre Bombay y las Palmas, Octavio Paz evoca el jardín de su casa en Mixcoac, y la higuera a la que trepaba cuando era niño: “En aquel jardín aprendí a despedirme”. Ahora ha dejado atrás la India:

Una casa, un jardín,
                                 no son lugares:
giran, van y vienen.
                                   Sus apariciones
abren en el espacio
                                 otro espacio,
otro tiempo en el tiempo.
                                                Sus eclipses
no son abdicaciones:
                                     nos quemaría
la vivacidad de uno de esos instantes
si durase otro instante.
                                          
El recuerdo de Baudelarie y a Pessoa acompaña al poeta en esa travesía:

Ahora,
           quieto
                         sobre la arista de una ola:
un albatros,
                    peñasco de espuma.
Instantáneo,
                      se dispersa en alas.
No estamos lejos de Durban
                                           (allí estudió Pessoa)
(…)
El jardín se ha quedado atrás.
                                                   ¿Atrás o adelante?
No hay más jardines que los que llevamos dentro.
              
Estamos hechos de palabras

El libro Vuelta recoge poemas escritos entre 1969-1975. En los años 70 el Octavio Paz regresa a México. Lejos queda la infancia y la casa de Mixcoac:  

Estoy en un sexto piso,
                                       estoy
en una jaula colgada del tiempo

De 1974 es el largo poema Pasado en claro, donde fluyen los recuerdos -“voy al encuentro de mí mismo”-, instantes que recobran su existencia al ser nombrados:

No veo con los ojos: las palabras
son mis ojos. Vivimos entre nombres;
lo que no tiene nombre todavía
no existe: Adán de lodo,
no un muñeco de barro, una metáfora.
Ver el mundo es deletrearlo.
Espejo de palabras: ¿dónde estuve?
Mis palabras me miran desde el charco
de mi memoria.

De la prosa poética al topoema

Obra poética reúne algunos textos en prosa: el poema dramático La hija de Rappacini y las prosas poéticas de ¿Águila o sol?,  una de cuyas secciones, Arenas movedizas, (1949) está formada por relatos, como el inquietante Mi vida con la ola.

No se incluyen en esta edición el libro de prosa poética El mono gramático, ni las traducciones –recreaciones– que Octavio Paz escribió a lo largo de su vida. Sí se han recogido  poemas colectivos como Renga (1971), en el que colaboraron Jacques Roubaud, Edoardo Sanguineti y Charles Tomlinson.

Aunque con algunas dudas, Octavio Paz decidió incluir ese juego poético al que bautizó como Topoemas: “Poesía espacial, por oposición a la poesía temporal, discursiva. Recurso contra el discurso”. Porque todo es signo, hasta los silencios, los espacios en blanco, la disposición de los versos en la página, como supo ver Mallarmé en su poema Un Coup de dés.

Bosque de "vivientes pilares"

Octavio Paz es heredero de la gran tradición que parte de los clásicos grecolatinos y llega hasta los Siglos de Oro. Influyeron en su poesía el Modernismo, las vanguardias, sobre todo el Surrealismo, y los poetas norteamericanos Whitman, Eliot y Pound. Y heredó también esa antigua tradición que redescubrieron los románticos y simbolistas: la analogía, “la visión del universo como un sistema de correspondencias” y “la visión del lenguaje como el doble del universo”,  nos recuerda el poeta en su ensayo Los hijos del Limo

“Hombre, árbol de imágenes,/ palabras que son flores que son frutos que son actos” leemos en Himno entre ruinas (1948). Por encima de estilos y tendencias esta idea impregnará su obra. Años después, casi al final de su vida escribiría en Árbol adentro: “Este libro tiene la forma de un árbol de cinco ramas. Sus raíces son mentales y sus hojas son sílabas”.

Para Octavio Paz la literatura occidental nace de una tradición única, que sobrepasa los límites estrechos de las literaturas nacionales. A todo ello el poeta unió su conocimiento de las literaturas orientales: india, china, japonesa. Su poesía se fue enriqueciendo con los años, y su entusiasmo y su afán por absorberlo todo enriquecieron también nuestra cultura.

Son numerosos los poemas que, como homenaje o signo de amistad, Octavio Paz dedica a escritores y pintores. Entre ellos se incluyen el poema Luis Cernuda (1902-1963): Ni cisne andaluz/ ni pájaro de lujo /Pájaro por las alas /hombre por la tristeza” o el Imprólogo a la poesía de Vasko Popa, el “cazador de reflejos errantes”: “Anoto para mi prólogo: /la escopeta de Vasko no mata/ es dadora de imágenes”. Y en el poema Noche en claro que recrea un encuentro con André Breton y Benjamin Péret en París, Octavio Paz nos dejó escritos estos versos:

Hemos perdido todas las batallas
todos los días ganamos una

                                               Poesía

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