miércoles, 26 de febrero de 2014

“Cartas a Felice”: Kafka, el amor y la literatura

No tienes por qué preguntar si te quiero. A veces tengo la sensación de que todo, todo está desierto, y que tú te alzas, solitaria, sobre las ruinas de Berlín.
                            
 Kafka, carta del 10 de junio de 1913.


La tarde del 13 de agosto de 1912, Franz Kafka, joven escritor y abogado, de veintinueve años recién cumplidos, con un empleo seguro como funcionario, llega a la vivienda paterna de su amigo Max Brod. El motivo de su visita era “discutir la ordenación” del manuscrito del primer libro que Kafka se decidía a publicar: Contemplación, una pequeña selección de “breves prosas”. Pero había otra visita en la casa, la señorita Felice Bauer, una joven berlinesa de veinticuatro años –cumpliría veinticinco en noviembre–, conocida de la familia, que estaba de paso en Praga en su viaje hacia Budapest, donde asistiría a la boda de su hermana.

El 15 de agosto Kafka escribe en su diario: “He pensado mucho en –qué apuro me da escribir nombres– F.B.”. El 20 de agosto nos dejará su famosa descripción de Felice con anotaciones como estas: “me pareció una criada”, “cara larga y huesuda que mostraba abiertamente su vacío”, mientras me sentaba la miré por vez primera con más detenimiento; cuando estuve sentado ya tenía un juicio inquebrantable. Como se-”. Kafka debió de ser interrumpido en ese instante y sus impresiones quedaron inacabadas. De este modo dejó abierto un misterioso camino de su vida y su obra que ha sido objeto de múltiples interpretaciones; entre ellas, la más común, es obviar el protagonismo de Felice en esta historia y convertir a la joven en un personaje que Kafka creó a través de sus cartas.  

sábado, 1 de febrero de 2014

Leyendo a Vasko Popa

Vasko Popa me llegó a través de Charles Simic. Las lecturas son como migas de pan que nos conducen por nuevos caminos. Y sentimos el deseo de adentrarnos en ellos. Es la curiosidad de abrir un libro, de descubrir el mundo que guarda entre sus páginas.

Estoy leyendo a Vasko Popa y recuerdo unas palabras que Kafka escribía en una carta a Felice Bauer. Le hablaba de un libro filosófico escrito por su amigo Félix Weltsch: «Yo por mi parte estoy forzándome a leerlo y entenderlo; allí donde no hay nada que se pueda tocar con la mano, mi atención se disipa con demasiada facilidad». Recuerdo también lo que el lector Kafka le escribió a Milena Jesenská acerca de un escritor situado, en apariencia, muy lejos del universo kafkiano: “Me gusta mucho Chejov, a veces locamente”.

Y me vienen a la memoria las ideas de Chejov, como las mostraba Raymond Carver en Tres rosas amarillas:

Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía —según confesó en cierta ocasión— de «una visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan».

De este modo Chejov nos mantiene alerta ante el misterio de las cosas. ¿Será ese el regalo? Y pienso en las palabras de Virginia Woolf:

He soñado a veces que cuando amanezca el Día del Juicio y los grandes conquistadores, abogados y estadistas se acerquen a recibir su recompensa -sus coronas, sus laureles, sus nombres tallados de manera indeleble en mármol imperecedero- el Todopoderoso se volverá hacia Pedro, no sin cierta envidia, cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: "Mira, esos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Les gustaba leer.

Esta cita me trae a Emily Dickinson; para ella los libros eran «esos amigos cautivadores, las inmortalidades, quizá, que cada uno puede pre-recibir». Después de visitarla, sorprendido, el escritor T.W. Higginson,  en una larga carta dirigida a su mujer, anotó esta frase que le había oído decir a Emily:  

Si leo un libro y se me enfría tanto el cuerpo que ningún fuego puede calentarme, sé que “eso” es poesía. Si tengo la sensación física de que se me vuela la tapa de los sesos sé que “eso” es poesía. Son para mí las únicas maneras de saberlo. ¿Existe alguna otra manera?

Y entonces, en el silencio, escucho este poema de Vasko Popa:

Construcción

El coronel partisano retirado
Se gasta todo su dinero
Y todo su tiempo libre
En libros

Sus coetáneos jubilados
Lo invitan al paseo a una cerveza
Le hacen bromas y preguntas
Para qué tanto conocimiento

El antiguo obrero de la construcción
Se da golpecitos con el índice
En su cana cabeza

No quiero llevar esta olla
Vacía bajo la tierra


El poema está recogido en: VASKO POPA, El cansancio ajeno. Poesía completa. Vaso Roto Ediciones, 2012.