sábado, 19 de abril de 2014

Simic y el mundo que fluye sobre lo inútil


Caminamos con nuestro séquito de fantasmas a cuestas. Con gestos les ordenamos que se callen, pero son tan testarudos que, cuando menos se los espera, surgen del insomnio o las sombras. Convivimos con estos cargantes espíritus. Algunos nos limitamos a soportarlos; otros, por suerte, consiguen transformarlos en arte. Este es el caso de Charles Simic. 

Sentados en la mecedora de un porche imaginario, vemos pasar a los personajes que pueblan Mi séquito silencioso. El primero de ellos es la vida, el inexplicable objeto cuyo nombre se nos escapa. “La vida es el secreto más fino, mientras esta perdure todos debemos susurrar”, escribía en una carta Emily Dickinson.

Mi séquito silencioso nos ha traído de nuevo a Simic. Sus poemas nos recuerdan que podemos mirar hacia lo incomprensible desde fuera, contemplar la experiencia de un instante que ha quedado suspendido en el tiempo. Nos recuerdan además que podemos reírnos de nosotros mismos, de nuestros miedos y nuestra pequeñez. Es poesía que inquieta y  consuela, como aceptar un enigma que nunca será resuelto.

El mundo fluye sobre lo inútil

Olas nacidas para repetirse a sí mismas,
balbuciendo eternas excusas
a las gaviotas que recorren la costa.
O tú, viento racheado, molestando a esos pinos
con tu oratoria salvaje.

Incluso tú, oscuridad que llegas,
y tú, arbusto seco rodando
a través de un pueblo fantasma
con la chinche que sólo vive un día
sobre una cortina rota
y un cielo lleno de nubes blancas.

Una foto rasgada tras otra
cuyas partes no encajan –¿y por qué
habrían de hacerlo, lúgubres rumores,
con todo vuestro aderezo de estupidez?–.
Siempre que acudí al mar y al cielo
en busca de consejo, esto es lo que obtuve.

Charles Simic

Charles Simic, (Traducción de Antonio Albors). Mi séquito silencioso. Vaso Roto Ediciones. Madrid-México, 2014.