domingo, 1 de marzo de 2015

"Orlando": Borges lee a Virginia Woolf


El 30 de Octubre de 1936, en la Revista Hogar, Jorge Luis Borges publica un artículo divulgativo sobre Virginia Woolf. Acerca de los orígenes de la escritora, que “ha sido considerada «el primer novelista de Inglaterra»”, señala:

Adelina Virginia Stephen nació en Londres en 1882. (El primer nombre se desvaneció sin dejar un rastro.) Es hija de Mr. Leslie Stephen, compilador de biografías de Swift, de Johnson y de Hobbes, libros cuyo valor está en la buena claridad de la prosa y en la precisión de los datos, y que ensayan poco el análisis y nunca la invención.

Borges reconoce que “lo indiscutible es que (Virginia Woolf) se trata de una de las inteligencias e imaginaciones más delicadas que ahora ensayan felices experimentos con la novela inglesa”.


Por esas fechas Borges ya habría acabado su traducción de Orlando: A Biography, que se publicaría en marzo de 1937, nueve años después de la primera edición en Inglaterra. En el artículo, que concluía con un fragmento del primer capítulo de Orlando, Borges se refería de este modo a la novela:

En Orlando (1928) también hay la preocupación del tiempo. El héroe de esa novela originalísima —sin duda la más intensa de Virginia Woolf y una de las más singulares y desesperantes de nuestra época— vive trescientos años y es, a ratos, un símbolo de Inglaterra y de su poesía en particular. La magia, la amargura y la felicidad colaboran en ese libro. Es, además, un libro musical, no solamente por las virtudes eufónicas de su prosa, sino por la estructura misma de su composición, hecha de un número limitado de temas que regresan y se combinan.

Las últimas ediciones de Orlando

Lumen ha publicado en 2014 la última edición de Orlando. En la contraportada junto a la sinopsis de la novela, se destaca que la editorial “recupera la ya clásica traducción de la obra que hiciera otro gran escritor, Jorge Luis Borges”; pero lo cierto es que hay poco que recuperar, pues la gran mayoría de los lectores hispanohablantes hemos leído este libro en la traducción de Borges, cuya penúltima edición había sido publicada por Alianza Editorial en 2003.

Durante estos últimos años se han cuestionado algunos aspectos de esta traducción y se han realizado estudios exhaustivos que analizan la versión borgiana. Y aunque siempre es un placer leer a Borges, hemos de ser conscientes de que leemos a Virginia Woolf a través de la lectura de Borges, quien no tuvo reparos en enmendar algunos matices de estilo, modificar, eliminar o agregar figuras retóricas y suprimir frases que considerase superfluas. Además obvió ciertas cuestiones de género; pequeñas minucias en tan singular novela fantástica.

En 2012 Alianza Editorial publicó otra versión de Orlando, traducida por María Luisa Balseiro. En esta edición se incluyen también las deliciosas fotografías que acompañaban al Orlando: A Biography de la Hogarth Press, la imprenta de los Woolf.

Orlando y el mal de la literatura

Edición de Orlando  en
Alianza Editorial (2012)
Traducción de Mª Luisa Balseiro 
Conocemos la génesis de Orlando y el proceso creativo de esta biografía imaginaria en la que, bajo el humor y la parodia, subyace una crítica al papel de la mujer en la historia, en la literatura y la sociedad de la época en que fue escrita. Los juegos con el tiempo, con el cambio de sexo de Orlando, la forma en que el narrador se inmiscuye en el relato, la delicada ironía que permite expresar libremente ideas que algunos de manera displicente tacharían como feministas; todo ello, combinado con un relato fantástico en el que las aventuras peregrinas se suceden en la vida y en la mente del personaje protagonista, convierte a Orlando en una novela única cuya influencia en la literatura del boom hispanoamericano, y en especial en Gabriel García Márquez, Virginia Woolf nunca hubiera podido imaginar.

“Nuestro deber es comunicar los hechos auténticos, y dejar a juicio del lector las conclusiones”, dice el narrador biógrafo de esta novela que comienza en la era isabelina, cuando Orlando tiene dieciséis años y la reina Isabel queda prendada de él por sus hermosas piernas y espíritu inocente. Orlando marcha a la corte y aprende el arte de la seducción. La reina, celosa, lo expulsa y Orlando se sumerge en los ambientes bohemios. Vuelve a la corte poco antes de la coronación del rey Jaime, cuando una gran helada ha convertido el Támesis en una pista de patinaje. Orlando conoce a Sasha, “la princesa rusa” y experimenta en sí mismo los celos.  Regresa a sus propiedades y permanece dormido durante “siete días y siete noches”. “¿Estamos conformados de tal manera que diariamente necesitamos minúsculas dosis de muerte para ejercer el oficio de vivir?”, reflexiona el narrador-biógrafo:

¿Qué cosas son la muerte y la vida? Al cabo de esperar cuarenta minutos la solución de tales preguntas, y de comprobar que no viene, sigamos con el cuento.

Al despertar, Orlando solo piensa en retirarse del mundo –como le sucedía a Vita Sackville West, la amiga de Virginia– y dedicarse a escribir, lejos de todo. Es el momento de retomar su poema The Oak Tree, que Borges tradujo como La encina, (El roble en la traducción de M.L. Balseiro) y que hacía referencia a un poema de Vita: The Land. Orlando conoce a su admirado Nick Greene –paradigma del literato trepador– que lo desilusiona. 

Desde el comienzo de la novela, cuando “los poetas cantaban bellamente la vejez de las rosas y la caída de los pétalos”, Orlando, como Virginia y Vita, padece del mal de la literatura:

Orlando era un hidalgo que padecía del amor de la literatura. Muchas personas de su tiempo, aún más las de su rango, escapaban al mal y quedaban en libertad de correr, de cabalgar o de enamorarse a su gusto.

Y aunque “un apuesto caballero como él, decían, no necesitaba libros”, era uno de “los aficionados a ese vicio”.  Escribir un libro suponía “una gloria que oscurecía todas las glorias de la sangre y el rango”. Y Orlando  “era de nacimiento un escritor, más bien que un aristócrata”:

Daría el último centavo (¡tan virulento es ese mal!) por escribir un solo librito y hacerse célebre; pero todo el oro del Perú no puede comprarle el tesoro de una frase bien hecha.

Ante el asedio de la archiduquesa Harriet, Orlando le pide al rey Carlos que le nombre embajador en Constantinopla. Tras varios éxitos diplomáticos una noche caerá en otro nuevo letargo de siete días. Cuando despierta se entera por un documento de que se había casado con Rosina Pepita, bailarina (alusión a la abuela de Vita), hija, al parecer, de un gitano. Aunque lo más sorprendente es que Orlando, ya con treinta años, se ha convertido en una mujer.

Orlando convive durante un tiempo con gitanos en las colinas de Turquía, pero comienza a sentirse distinto; eso y la nostalgia por Inglaterra la empujan a regresar: “ ‘¡Quién pudiera escribir!’, gritaba (pues tenía el prejuicio literario de que las palabras escritas son palabras compartidas)”.

Tras una travesía en barco, Orlando está de nuevo en su país y continúa escribiendo su poema, aunque si intuye la presencia de alguien “esconde el manuscrito rápidamente”. Ha pasado el tiempo, es el siglo XVIII y Orlando triunfa en sociedad y se codea con Mr. Pope, Mr. Addison y Mr. Swift, a quienes admira y agasaja.  Hastiada de la misoginia de los escritores, de la vida mundana y de la archiduquesa, ahora archiduque, que la corteja, Orlando se viste de hombre y se hace amiga de unas prostitutas. En cuanto a la sexualidad de Orlando, su biógrafo escribe:

Parece que no le costaba el menor esfuerzo mantener ese doble papel, pues cambiaba de género con una frecuencia increíble (…). Este artificio le permitía recoger una doble cosecha, aumentaron los goces de la vida y se multiplicaron sus experiencias. Cambiaba la honestidad del calzón corto por el encanto de la falda y gozaba por igual del amor de ambos sexos.            

También se alude a “una fuga hasta Holanda con cierta dama y de la persecución del esposo” –como le sucedió a Vita Sackville West–, “pero nada diremos de la verdad, o falta de verdad, de esas habladurías”.

Llega la era victoriana y Orlando, una “mujer hecha y derecha” de treinta y dos años retoma su cuaderno de poesía, iniciado en 1586; aunque termina sometiéndose al “Espíritu de la Época”; es decir, contrae matrimonio:

Esas cosas la indujeron a aceptar (“paso a paso la inclinaron a someterse a”, en la traducción de ML. Balsero) el nuevo descubrimiento –de la reina Victoria o de quien fuese– de que a cada hombre y cada mujer le corresponde vitaliciamente otro, que lo mantiene, o que tiene que mantener, hasta que los separe la muerte.

Orlando se casa con un hombre especial, un caballero que ostenta un “nombre de oscuro plumaje”, haciendo alusión a la homosexualidad de Harold, el marido de Vita. Y al igual que esta, Orlando deberá enfrentarse a problemas sucesorios ya que, por su condición de mujer, no puede heredar el castillo de sus antepasados. Nuestra protagonista se adentra en el siglo XX, y su historia termina el 11 de octubre de 1928, mes en que se publica la novela. Orlando tiene treinta y seis años. Durante estos siglos Nick Greene ha estado apareciendo como una sombra y, al final, su presencia en los salones provoca en  Orlando “un desencanto inexplicable”:

Todos esos años había imaginado que la literatura –sírvanle de disculpa su reclusión, su rango y su sexo– eran algo libre como el viento, cálido como el fuego, veloz como el rayo; algo inestable, imprescindible y abrupto, y he aquí que la literatura era un señor de edad vestido de gris hablando de duquesas: La desilusión fue tan grande que uno de los botones o broches que sujetaba la parte superior de su traje se reventó y dejó caer sobre la mesa “La encina”, un poema.
Fotografía de Vita que ilustraba, con el 
subtítulo "Orlando a su vuelta a Inglaterra", 
la primera edición de Orlando.
Las ilustraciones originales se  reproducen 
en la edición de Alianza Editorial.

 

He was a woman


Como señala Leah Leone, a partir de los años 70 Orlando dejó de ser solo una novela fantástica para comenzar a analizarse como un texto feminista y en la actualidad “entre el público lector anglófono se ha convertido en un texto clave para los movimientos feministas y queer”.

En julio de 1937 Victoria Ocampo impartió una  conferencia –“Virginia Woolf, Orlando y Cía”– en la que analizaba los aspectos feministas de la novela y su crítica al sistema patriarcal. Resulta curioso que Victoria Ocampo le pidiera a Borges que tradujera Orlando y Un cuarto propio, cuando en su ensayo “Carta a Virginia Woolf”, citada por Leah Leone, escribía:

Mi única ambición es llegar a escribir un día, más o menos bien, más o menos mal, pero como una mujer. (...) Pues entiendo que una mujer no puede aliviarse de sus sentimientos y pensamientos en un estilo masculino, del mismo modo que no puede hablar con voz de hombre.

Pero Orlando, traducido por Borges, alcanzó la fama como novela fantástica. Para Borges el cambio de sexo del protagonista está más relacionado con lo mágico que con la crítica social. De ese modo resta importancia a uno de los momentos esenciales a la novela, cuando Orlando se convierte en mujer y el biógrafo debe expresar este extraño hecho: we have no choice left but to confess —he was a woman. Borges lo traduce como: “Debemos confesarlo: era una mujer”. Según Leah Lehone, al  aprovechar “la estructura sintética de los verbos en español, el traductor le baja el tono a este enunciado, diciendo simplemente, «era una mujer»”. M. L. Balseiro utiliza la misma frase; sin embargo conserva ese juego en el que el narrador parece sentir vergüenza ante lo sucedido: “No nos queda más remedio que confesarlo: era una mujer”.

En el barco que la lleva hasta Inglaterra, cuando siente que “las faldas se le enredan en las piernas” Orlando comprende con sobresalto “las responsabilidades y los privilegios de su condición”:

Recordó cómo de muchacho había exigido que las mujeres fueran sumisas, castas, perfumadas y exquisitamente ataviadas. “Ahora deberé padecer en carne propia esas exigencias –pensó–, porque las mujeres no son (a juzgar por mí misma) naturalmente sumisas, castas, perfumadas y exquisitamente ataviadas. Sólo una disciplina aburridísima les otorga esas gracias, sin las cuales no pueden conocer ninguno de los goces de la vida.

En la travesía, al ver los tobillos de Orlando, un marinero está a punto de caerse de un mástil:

Caerse de un mástil –pensó–, porque una mujer muestra los tobillos; disfrazarse de mamarracho y desfilar por la calle para que las mujeres lo admiren; negar instrucción a la mujer para que no se ría de uno; ser el esclavo de la falda más insignificante, y, sin embargo, pavonearse como si fueran los reyes de la creación. ¡Cielos! –pensó–, ¡qué tontas nos hacen, qué tontas somos! (“qué tontos somos” en la traducción de ML Balseiro)” Y aquí parecía por cierta ambigüedad en sus términos que condenara a los dos sexos imparcialmente, como si no perteneciera a ninguno; y, en efecto, vacilaba en ese momento: era varón, era mujer, sabía los secretos, compartía las flaquezas de los dos.

Más adelante deja de haber una “absoluta igualdad de Orlando hombre y Orlando mujer”:

Se estaba poniendo algo más modesta, como la mayoría de las mujeres (“as women are”, “como lo son las mujeres”, en la traducción de ML. Balseiro), de su inteligencia; un poco más vanidosa, como la mayoría de las mujeres (“as women are”, “como lo son las mujeres”), de su persona.

Un libro incomparable

A mediados de los años 80, en una de sus conversaciones radiofónicas con Osvaldo Ferrari, Borges habló acerca de Virginia Woolf y Orlando, al que consideraba “un gran libro”, con un “tema curioso: ella toma la familia de los Sackville…”. Y continuaba de este modo:

Esa novela está dedicada, no a un individuo particular de esa familia –salvo su amiga, Victoria Sackville West– sino, digamos, al concepto, a esa familia como un arquetipo platónico; como una forma universal –que es el nombre que los escolásticos dieron a los arquetipos.

Borges confiesa a su entrevistador que él tradujo Orlando, pero que Un cuarto propio lo tradujo su madre; luego ambos se revisaban mutuamente las traducciones. Un cuarto propio le había interesado menos:

…El tema, desde luego, es, digamos un mero alegato a favor de las mujeres y el feminismo. Pero, como yo soy feminista, no requiero alegatos para convencerme, ya que estoy convencido. Ahora Virginia Woolf se convirtió en una misionera de ese propósito, pero, como yo comparto ese propósito, puedo prescindir de misioneras. No obstante, ese libro, Orlando, es realmente un libro admirable. Y es una lástima que en las últimas páginas decaiga; pero eso suele ocurrir con los libros. Por ejemplo, con los Cien años de soledad; parece que la soledad no hubiera debido vivir cien años, sino ochenta.

Casi cincuenta años después de haberlo traducido, Orlando seguía siendo para Borges un excelente ejemplo de literatura fantástica. “Además –respondía a una pregunta de Ferrrari– es un libro incomparable, ya que yo no recuerdo ningún otro escrito así”.



BIBLIOGRAFÍA:

CHIKIAR BAUER, Irene, Virginia Woolf. La vida por escrito, Buenos Aires, Taurus, 2012. (publicado en España en 2015)
FERRARI, Osvaldo. En diálogo II. Buenos Aires: Siglo XXI, 2005

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