viernes, 8 de mayo de 2015

“Continente salvaje” o la guerra que no acabó en mayo de 1945

La Segunda Guerra Mundial era como un enorme superpetrolero que surcaba las aguas de Europa: tenía tantísimo ímpetu que, si bien hubo que cambiar totalmente sus motores en mayo de 1945, su recorrido turbulento no se detuvo hasta muchos años después.
                                              Keith Lowe, Continente salvaje
“Imaginemos un mundo sin instituciones. Es un mundo en el que las fronteras entre países parecen haberse disuelto, dejando un único paisaje infinito por donde la gente viaja buscando comunidades que ya no existen”. Así comienza Keith Lowe  Continente salvaje, un libro sobre la historia europea en la época inmediatamente posterior a la II Guerra Mundial. Europa, después de la experiencia traumática de la guerra, se despertó en medio de la devastación, la oscuridad y el caos.
En algunos territorios se había arrasado todo, a veces para que nada cayera en manos enemigas. Las comunicaciones eran difíciles, el dinero carecía de valor, no había nada que vender o comprar, no existían la ley y el orden; sólo había hambruna, ciudades convertidas en escombros, industrias destruidas o desmanteladas.
Continente salvaje pertenece a ese género histórico divulgativo, en el que, a través de una rigurosa labor de investigación y de síntesis, se nos ofrece una visión de conjunto sobre un periodo de la historia. En la primera parte del libro Lowe se centra en la destrucción física, los desplazamientos, el hambre y la destrucción moral. La destrucción física simbolizaba la barbarie, el poder de autodestrucción del ser humano:
Primo Levi, que sobrevivió a Auschwitz, sostenía que había algo casi sobrenatural en el modo en que los alemanes habían destruido todo a su paso. En su opinión, los restos destrozados de una base del ejército en Slutsk, cerca de Minsk, demostraban «el genio de la destrucción, o anticreación, aquí como en Auschwitz; era la mística de la esterilidad, más allá de todas las exigencias de la guerra o el estímulo del botín». Los estragos causados por los Aliados fueron casi igual de dañinos: cuando Levi contempló las ruinas de Viena se vio abrumado por una «fuerte y amenazadora sensación de que en todas partes estaba presente una maldad irreparable y definitiva, acurrucada en las entrañas de Europa y el mundo, la semilla del daño futuro».
Pero el número de muertos resultaba aún más incomprensible. Las cifras y estadistas enmascaran la realidad de la muerte, sin embargo no pueden ocultar el sentimiento de ausencia ante la pérdida de tantos seres humanos. Este sentimiento unía a Europa, lo mismo que lo hacía el hambre. Para los que no la sufrían, el hambre parecía tener solo una dimensión física pero, para los que la padecían, “adquirir comida también tenía una dimensión espiritual”. Así Kathryn Hulme, subdirectora de un campo para desplazados, escribía a finales de 1945:
Cuesta creer que algunas latitas relucientes de pasta de carne y sardinas pudieran dar comienzo a un motín en el campo, que las bolsas de té Lipton, las latas de café Varrington House y las tabletas de chocolate enriquecido con vitaminas pudieran volver a los hombres locos de deseo. Pero es así. Esto forma parte de la destrucción de Europa tanto como las ruinas descarnadas de Francfort. Esto sólo es la ruina del alma humana. Es mil veces más doloroso de ver.
Europa se hallaba sumida en una “ciénaga moral”: “Todas las nacionalidades y todas las creencias políticas —en grados muy distintos, por supuesto— fueron víctimas y autoras simultáneamente”. La segunda parte de Continente salvaje está centrada en la venganza: qué sucede en los campos de concentración recién liberados, cómo sobreviven los que fueron desplazados para trabajar como mano de obra esclava y los prisioneros de guerra, cómo se desata la venganza contra los colaboracionistas, venganza de la que no escapan mujeres y niños.
La limpieza étnica es el tema de la tercera parte del libro, dedicada a lo que ocurre con las distintas minorías étnicas, desde los judíos hasta la expulsión de los alemanes de territorios donde tradicionalmente habían vivido. Y conoceremos también lo que sucede en países como Ucrania, Polonia o Yugoslavia.
Por último Lowe se ocupa de las guerras civiles, las guerras que surgieron en distintos territorios: la violencia en Francia e Italia, la Guerra Civil Griega, el caso de Rumania… La Segunda Guerra mundial no fue solo una guerra por el territorio, sino una guerra racial y étnica. Por ello no nos sirve la manera tradicional de entender la guerra como un conflicto entre el Eje y los Aliados. La derrota de los alemanes no supuso el fin de la violencia pues “los conflictos relacionados con la raza, la nacionalidad y la política continuaron durante semanas, meses y a veces años”:
Era prácticamente imposible salir de la Segunda Guerra Mundial sin enemigos. No puede haber una demostración mejor del legado moral y humano de la guerra. Tras la desolación de regiones enteras, tras la carnicería de más de 35 millones de personas y tras las innumerables matanzas en nombre de la nacionalidad, la raza, la religión, la clase social o el prejuicio personal, prácticamente todo el mundo en el continente sufrió algún tipo de pérdida o injusticia.
Europa vivía en un ambiente de ira y rencor que algunos supieron aprovechar. Así el comunismo utilizó ese odio y el descontento de las poblaciones para ir aumentando su poder. Por otro lado los nacionalistas “comprendieron que las tensiones producidas durante la guerra podían ser utilizadas para promover un programa alternativo, en su caso la limpieza étnica de sus países”:
Muchas naciones explotaron el nuevo odio hacia los alemanes en el periodo de posguerra para expulsar a las antiguas comunidades Volksdeutsch que habían vivido por todo el este de Europa durante cientos de años. Polonia aprovechó el odio hacia los ucranianos para lanzar un programa de expulsión e integración forzosa. Eslovacos, húngaros y rumanos emprendieron una serie de intercambios de población, y los grupos antisemitas utilizaron la violencia que se respiraba para hacer que los pocos judíos que quedaban se marcharan del continente. Dichos grupos aspiraban nada menos que a crear una serie de naciones-estado étnicamente puras en el centro y el este de Europa.
Por eso, cuando acabó la guerra fría, emergieron las viejas tensiones nacionalistas. Después de 50 años no se había olvidado. El ejemplo más terrible fue Yugoslavia donde lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial, y sus consecuencias, se utilizó para justificar la barbarie.  
La historia y el mito
Casi todas las comunidades tienen una parte de su historia que les resulta incómoda. De este modo “noruegos, daneses, holandeses, belgas, franceses e italianos han forjado historias sobre las injusticias que sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial, y al repetirlas sin cesar han logrado crear la impresión de que todos los pueblos estaban más o menos unidos contra los invasores fascistas y nazis”. Pero no fue así, hubo además un ambiente de colaboracionismo. A su vez, los colaboracionistas han creado mitos sobre las injusticias que sufrieron después de la liberación, debido a sus ideas de derecha.
Los vencedores también tienen sus mitos. Por ejemplo, Gran Bretaña y Estados Unidos recuerdan la Segunda Guerra Mundial “como una época en la que su «mejor generación» salvó al mundo de la maldad del nazismo”, como si ellos lo hubieran hecho todo sin ayuda.
Cada nación crea sus mitos, pero el problema es que esos mitos entran en conflicto con los mitos de otras naciones y pueblos:
Si los alemanes de los Sudetes recuerdan su expulsión de las tierras fronterizas checas como una época atroz, los checos la conmemoran como la época en la que por fin se enmendaron los errores históricos. Si algunos ucranianos polacos aclaman las disculpas de la prensa liberal por la Operación Vístula, algunos polacos ucranianos las contemplan como una traición nacional. Y si los británicos consideran que el bombardero Lancaster es un símbolo de orgullo, muchos alemanes sólo lo recuerdan como un símbolo de destrucción indiscriminada.
Lowe nos recuerda que otro problema que genera la repetición de mitos es que acaban mezclándose con medias verdades y hasta con “mentiras descaradas”. Por eso el olvido no puede ser una opción. No se pueden olvidar sucesos tan terribles, porque borrar el pasado “solo conduce a más resentimiento” y porque, “los hechos distorsionados son mucho más peligrosos que los verdaderos”. No se puede entender la Europa de hoy sin saber lo que sucedió en la época de la que trata Continente salvaje. No es solo una cuestión para historiadores y especialistas, porque “es nuestra memoria del pasado lo que nos hace ser quienes somos, no sólo a nivel nacional, sino también a uno intensamente personal”. Como señala Keith Lowe:
Aquellos que deseen aprovecharse del odio y el rencor en beneficio propio, siempre tratarán de deformar el debido equilibrio entre una versión de la historia y otra. Sacan los hechos de contexto; la culpa es para ellos un juego unilateral; e intentan convencernos de que los problemas históricos son los problemas de hoy. Si queremos poner fin al ciclo de odio y violencia, tenemos que hacer precisamente lo contrario. Debemos demostrar que las ideas contrapuestas de la historia pueden coexistir. Debemos mostrar que las atrocidades del pasado encajaban en su contexto histórico, y que la culpa no sólo va unida a una de las partes, sino a una gran variedad de partes. Debemos esforzarnos en descubrir la verdad, en especial cuando se trata de estadísticas, y entonces esa verdad estará lista para distribuirla. Después de todo se trata de historia, y no hay que permitir que envenene el presente.

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