martes, 26 de mayo de 2015

“Lo que no tiene nombre” y “Parece una tontería”

                                                                               Y recuerda cuando la vida era
                               dulce y ya no puede encarar dulcemente lo que le queda de
                               vida
                                                                               Raymond Carver, “Limonada”

Lo que no tiene nombre, de la escritora colombiana Piedad Bonnett, llegó a mis manos de manera casual. Pensé que no iba a leerlo, pues la trama era tan dolorosa que en aquel momento no podía enfrentarme a ella. Sin embargo, parece como si hubiese libros que no eligiéramos; que fueran ellos los que nos eligiesen a nosotros. Cuando leí la primera página supe que no abandonaría aquella historia.

Piedad Bonnett escribe Lo que no tiene nombre tras la pérdida de su hijo Daniel, un joven artista de 28 años que se suicida en Nueva York, después de haber convivido con una enfermedad mental durante ocho años. Había luchado, había conseguido controlarla, pero nunca estuvo a salvo de ella.

De manera directa y a la vez poética, con sentimiento y sin sentimentalismos, Piedad Bonnett nos cuenta la historia de su hijo y crea un relato a partir de su experiencia, de sus emociones y reflexiones como madre. A través de la literatura se trata de comprender el dolor, de aceptarlo y de seguir viviendo. El libro, como ha señalado su autora en alguna entrevista, acaba convirtiéndose en un canto a la vida. Piedad Bonnett logra mantener vivo a su hijo en las palabras: “Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba”.

Ella ha vivido el duelo –“Se ha estudiado tanto al respecto que pareciera que todo sentimiento o reacción está ya catalogado”–; sabe “que el dolor del alma se siente primero en el cuerpo”, y que es un dolor que a veces se acerca a la locura. Durante semanas la persiguen la incredulidad y el estupor y sólo en “brevísimos instantes de lucidez” acepta que su hijo no va a regresar:

Un estado similar a aquel que en mi niñez precipitó el descubrimiento del concepto de eternidad, y que cuajaba en mi mente en forma de metáfora: un mar negro, infinito, sin orillas, que me producía tal terror que sentía náuseas.

Sabe que para una madre el consuelo no llega nunca y sabe “que no hay un dolor más solitario”, no solo porque esconda las lágrimas para no traspasar su dolor a otros seres queridos, sino “porque ninguna palabra expresaría verdaderamente el sentimiento”.

En Lo que no tiene nombre hay también una crítica a los sistemas sanitarios, al estigma de la enfermedad mental y al tabú del suicidio en una sociedad hipócrita. Cuando Piedad Bonnett se cuestiona sobre la necesidad de escribir el libro, estas son algunas de sus respuestas:

Quizá porque un libro se escribe sobre todo para hacerse preguntas.
Porque narrar equivale a distanciar, a dar perspectiva y sentido.
Porque contando mi historia tal vez cuento muchas otras.
Porque a pesar de todo, de mi confusión y mi desaliento, todavía tengo fe en las palabras.

Un diálogo con la literatura

Lo que no tiene nombre es además un diálogo con la literatura, con escritores y libros que, en esos duros momentos acompañan a la autora y la consuelan. La literatura es esencial para su vida; forma parte de su experiencia y se convierte en una forma de conocimiento.

La escritura nos ayuda a fijar las sensaciones, los instantes. Nos ayuda a no olvidar. Las palabras dejan de revolotear sobre nuestras cabezas y descienden como filas de hormigas a las que seguimos en busca de un refugio. Son las migas de pan que trazan un camino para no perdernos, para que no nos falte alimento y cobijo, algo en lo que sostenernos.

En este diálogo con otras obras literarias, Piedad Bonnett menciona uno de los relatos más conmovedores de Raymond Carver: Parece una tontería. Carver se adentra en el tema del dolor por la pérdida de un hijo, un tema que más tarde exploraría en el sobrecogedor poema Limonada, en el que una limonada se convierte en el símbolo de lo irreparable.

La noche anterior a la muerte de su hijo Piedad Bonnett sabe que él está mal y que ha aceptado ingresar en una clínica. Quería regalarle a Daniel una sesión de spa para que fuera con su hermana, que se encontraba también en Nueva York:

Entonces me senté en mi mullido sofá de siempre, donde paso muchas horas leyendo, y recordé un cuento de Raymond Carver, «Parece una tontería». Y algo dentro de mí produjo un pensamiento en apariencia absurdo: me va a llegar la cuenta del spa cuando Dani ya esté muerto.

En Parece una tontería, Ann Weis encarga un sábado en una pastelería de un centro comercial una tarta para Scotty, su hijo, que el lunes cumple ocho años. El pastelero es un hombre de “rasgos vulgares”, que no le cae simpático: “No hubo cortesía entre ellos, sólo las palabras justas, los datos indispensables”.

Pero el lunes por la mañana a Scotty lo atropella un coche y debe ingresar en el hospital. Ann y Howard –un matrimonio de poco más de treinta años– habían tenido hasta entonces una vida feliz y sin sobresaltos. Howard piensa que “hasta el momento se había librado de la desgracia, de aquellas fuerzas cuya existencia conocía y que podían incapacitar o destruir a un hombre si la mala suerte se presentaba o si las cosas se ponían mal de repente”. Poco a poco el miedo se apodera de él. Ann y Howard se confiesan que han rezado y entonces ella siente por primera vez “que estaban juntos en aquella desgracia”. Esa unión va siendo más fuerte conforme pasan las horas, hasta el punto de que ya no necesitan ni palabras:

No dijeron nada. Pero parecían comprenderse hasta lo más profundo, como si la inquietud les hubiese vuelto transparentes del modo más natural del mundo.

Cuando el miércoles por la mañana el niño muere y el médico les sugiere que es mejor que se vayan del hospital, Ann se lamenta por no poder decir nada más que “no, no. No puedo dejarle aquí”.

Oyó sus propias palabras y pensó que no era justo que utilizase el mismo lenguaje de la televisión, cuando la gente se siente agobiada por muertes repentinas o violentas. Quería encontrar palabras originales.

El cuento se convierte en magistral con la creación del personaje del pastelero, cuyas llamadas telefónicas a la casa, en el breve tiempo en que Ann o Howard van a asearse, generan un inquietante clima de tensión. Además del dolor y el desasosiego, el matrimonio tiene que soportar las llamadas anónimas de alguien que les habla de Scotty y de una tarta.

El miércoles por la noche, cuando los dos ya están solos en la casa, Ann cae en la cuenta de que se trata del pastelero. En un impulso Ann y Howard van hasta el centro comercial; quieren descargar su ira contra aquel ser despreciable. Y entonces, el relato dará un giro inesperado. Tras increpar al pastelero, Ann rompe a llorar: “No es justo –dijo–. No es justo, no lo es”.

Carver crea un final poético en el que, en la desesperanza y la desolación, hay un hilo que une a los seres humanos: la necesidad de dar y recibir consuelo. En un momento de aquella larga noche, Ann y Howard escuchan estas palabras de aquel hombre brusco y solitario:

–Quizá necesiten comer algo –dijo el pastelero–. Espero que prueben mis bollos calientes. Tienen que comer para conservar las fuerzas. En momentos como éste, comer parece una tontería, pero sienta bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario